De las carreteras temprano en la mañana

Sin planearlo, me he encontrado en el asiento del copiloto durante estos meses. No es un lugar en el que yo haya imaginado ser presa de importantes disquisiciones. La más importante de estas es: ¿por qué no he aprendido a manejar? El asunto es que sí sé, pero comodina como soy, prefiero ir en el asiento de copiloto, y dedicarme a pensar. O como la canción de Courtney Barnett: A veces sentarme y pensar, y a veces sólo sentarme.

Aunque no todos mis viajes han sido como copiloto. He viajado todo el mes a lo ancho y lo largo del estado, desde mediados de mayo, para concretar y realizar debates. Para eso me contrataron en el Instituto Electoral. Una vez concluido mi contrato, analizo, deberé buscar las formas de seguir viajando, pues a pesar de la extenuación propia del cuerpo que pasa seis horas en el espacio reducido del asiento de un Express, le he tomado gusto.

El 22 de mayo escribí en mis notas del celular:

¿Extraña el cerro partido la ausencia de la roca? ¿De sí misma? El camino en carretera sólo es soportable porque sabemos que continúa. ¿Quién tiene la valentía de abrirse paso en el camino no explorado?

Hay un tramo peculiar de camino a Río Grande que me hizo escribir esto. Subes una colina, después de Fresnillo y se puede notar, kilómetros atrás, la precisión matemática con la que se cercenó el  cerro para hacer la pendiente menos pronunciada. Andamos 100 kilómetros al día, del punto A al  punto B, y me atenaza la ansiedad al imaginarme a una sola persona, apisonando la tierra roja para hacer la carretera. La incomodidad se disipa cuando vamos hacia Jalpa o a Monte Escobedo y me sorprende, como un codazo en las costillas, lo impresionante que es la sierra lejana y la hondonada reverdecida.

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Este último mes viajamos a distintos municipios para concretar debates entre candidatos. Cuando me dijeron que íbamos a Juan Aldama, yo tuve que checar un par de veces el mapa de Zacatecas porque no tenía la menor idea de si teníamos que “subir” o “bajar”. Lo mismo me pasó con Villa de Cos, Valparaíso y Jalpa. “¿Está en la patita?”, preguntaba confundida. “¿O tenemos que ir para la cabeza?”. Estado en forma de anciano que anda. Hoy me doy cuenta de que no tengo la menor idea de en qué lugar vivo.

Desde el carro, me siento presa de una culpabilidad que quiero reconocer lo más pronto posible. Les digo a todos: “No puedo creer que yo pensaba que Zacatecas era feo con ganas”. Lo mismo decía visitando las cabeceras municipales. O comiendo al alguna marisquería, sorprendida y molesta ante mi propio esnobismo. ¡Cómo si la belleza se concentrara únicamente en las capitales administrativas!

Para viajar en carretera, la hora ideal es temprano en la mañana cuando el sol no ha salido por completo y los cerros siguen humedecidos por el rocío. Yo salía de mi casa a las 7 de la mañana y a las ocho ya estábamos en Jerez o en Fresnillo, mirando la señalética verde bandera, preguntándonos en cuánto tiempo llegaríamos a tal o tal lugar, planeando qué comer y a qué hora, apostando en que si habría letras coloridas en la plaza principal, deletreando el nombre del lugar.

A veces, consideré seriamente lo de ahorrar mi dinero en un futuro no muy lejano, vender mi hipotética casa y mi hipotético carro y comprar un terrero en alguna esquina perdida. Tener una docena de vacas, plantar chile, vivir sin cable, sin internet; levantarme con las primeras luces de sol y sólo viajar al pueblo más cercano ṕara lo indispensable.  Todas esas cosas que piensas solamente, como posibilidades reales y tangibles, cuando estás a 2 horas de camino de tu destino. ¿Qué tiene de malo dejarlo todo, te dices cuando miras a la distancia, y cavar un hoyo en medio del campo agreste, el que no ha sido usado para la agricultura o la ganadería? Imagino cómo escabullirme del trabajo. Fingir que tengo que ir al baño y salirme del Consejo Municipal Electoral y correr un par de horas, hasta que deje de ver casas y luces, encontrar un hueco entre una piedra y un matorral, y enterrarme ahí, como un topo.

Todas esas ideas se disipan cuando llego en la noche a mi casa, a mi cama, y recuerdo todos mis planes, todas las cosas que quiero escribir y todos los lugares que quiero habitar (entre los que se encuentra, claro, el hoyo en la tierra) y vuelvo a pensar con deleite en los caminos que he recorrido y que quiero recorrer.

Junto con estos viajes, descubrí a Niña Tormenta y se volvió el soundtrack indiscutible de los cerros zacatecanos. Vayan y escúchenla.

Roman Holiday, o porqué no debes gastar 4,60 euros en un botella de agua

Nuestra guía nos aseguró, con seguridad socarrona, que todo guía se gradúa en Italia. “Es la de cajón”, dijo. Estamos sentados en Venecia, esperando el barco que nos va a llevar a tierra firme. Ha estado lloviendo todo el día, pero los turistas no se amilanan. Siento que he visto millones de rostros. Estamos todos ateridos, adoloridos y el deseo generalizado es irse a la cama calientita del hotel.

O sea sí: Venecia es precioso, fuera de este mundo, incluso en un brumoso día de invierno. Pero me siento tan pequeñita que eso no me ayuda a sentirme en paz. Tengo el vestido mojado de la góndola, los pies cansados de atravesar docenas de puentes y la mirada borrosa de tanto ver. Quiero decir, aquí yo compito contra una basílica bizantina del año 800. Estoy enojada conmigo misma. Me enfada pensar así, pero en los días que llevo en Italia no puedo parar. Hemos paseado por Milán, Verona y Venecia. Mañana nos vamos a Florencia y yo estoy dispuesta a huir de Venecia tan rápido como nuestro chófer (un napolitano con un exagerado sentido de la moda y la irritabilidad) pueda.

Estoy segura de que el mármol la tiene contra mí. La roca, el ladrillo, el bronce de las estatuas, todo conjurado para aplastarme contra mi misma. La gente que sigue pasando. Veo botas, chamarras, gorritos para no mojarse la cabeza. Santa María de Fiore me está mirando, pero ¿cómo podría distinguirme? A mi no cabe en las pupilas. Soy un granito de tierra en el aire. Estoy hambrienta y sedienta. Así que me meto a un tabacci y tomo una botella de agua y cuando la voy a pagar el señor del otro lado de la barra me dice: quattro con sessanta. Le pago con un billete de 5 euros y me salgo aún más aturdida. Acabo de pagar 100 pesos por agua que me acabo en un par de minutos (y mis 2 botellas de 2 litros del Oxxo a 18 pesos lloran por mí) y esta ciudad la tiene contra mí. Sus puertas, el adoquín, el prosciutto que cuelga de las tiendas, la tienda de Dolce & Gabanna que sólo vende bolsas y lentes, el guía que nos lleva a ver a El David y, particularmente, al pulido y redondo trasero de el David.

Si Stendhal se desmayaba en presencia de la belleza milenaria de Florencia, yo me enojo.

Estoy irritada la mitad del viaje y la otra mitad, por fin, caigo en una extraña melancolía, la de turista desubicada, que se acaba de percatar de que todas las ciudades son lo mismo. Roma tiene la particularidad de que hay pilares y arcos de antes de Cristo y miles de personas metiendo y sacando la mano de una boca abierta en la roca del Coliseo. La Bocca della Verità te come si dices mentiras.

Aquí la verdad, pues.

Yo, como Audrey Hepburn, también estoy huyendo. No es descuido el estar actualizando mi blog luego de 6 meses. Renuncié a mi trabajo, me corté el cabello y fui y vine a Italia. Fui de vuelta a mi cerro, donde me acosté dentro de un tiro de mina y sentí que me iba a morir. Siento que no puedo ganar, a pesar de estar haciendo exactamente lo que quise por meses y meses. A pesar de sentirme libre y en paz y feliz. Uno supone, cuando se encuentra frente al Arco de Constantino que se trata más bien algo de aquí adentro, en lugar de algo de allá afuera.

Pasé los meses anteriores al viaje alegando que iría en busca de la plaza en la finalmente acabaría con mi vida y cuando llegué a las plazas que esperaba me mostraran una romántica cara a la muerte, descubrí que aquello no era lo que quería. Me lo demostraron, con cruel honestidad, las figuras petrificadas de los habitantes de Pompeya. ¿A qué estoy jugando? Yo quiero vivir tantos años como los que tiene la Basílica de San Marcos o la Columna de Trajano.

Sin embargo, me obligo a volver a empezar. Me obligó a cerrar algo que ni siquiera sé cuando empezó. Pienso de camino a la Fuente de Trevi qué puedo desear. Hay infinidad de lugares a los cuales aventar una moneda y pedir un deseo. Hay decenas de monumentos a los que manosear en búsqueda de algo agradable, cientos de piedras qué pisar, miles de tumbas a las qué mirar, con esperanza. Mientras que es un eficaz truco para recaudar millones de euros, y a mi monedero de NiNi recién estrenada no le parece uno muy gracioso, siento que de eso se trata venir, de arrojar un pedazo de metal a las inquietas aguas de una famosísima fuente y creer, firmemente, que ha sucedido un cambio trascendente en tu vida y que, de ahora en adelante, puedes hacer el resto.

O sea, sí. Graduarme de algo y dar un paso adelante. Dejar de lamentar el frío de enero (ir dar paso a los vientos de Febrero y luego, hacia el final, a mis 25 años) ((¿cuántos años tendrá un guijarro en la explanada del Coliseo?)) y arrojar cuatro euros al agua y no gastarlos en una botella de 750 ml de agua. En serio. No gasten en agua, qué demonios.

En Venecia me compré un cuaderno con la idea de escribir todos los días. Pero ¿no que nos íbamos a dejar de autoengañar? Mejor escribo aquí y se los comparto a ustedes, los que quieran leer.