De soledades a soledades

Me recuerdo muy bien, como en tercera persona, estar sentada en las gradas de la cancha del colegio. Estaría en tercero de primaria. Había perdido a los amigos que me había granjeado durante esos tres años de escuela gracias a mi ya insana obsesión con Harry Potter. Llevaba en ese entonces El Cáliz de Fuego, que era el libro más gordo que compañeros y muchas maestras habían visto. Como no me quería perder una página de libro por jugar a los atrapados, me iba a la biblioteca, donde leí los primeros cuatro libros de la saga sin que nadie me molestara. Eso provocó que si alguien echara de menos mi presencia, se acostumbrara a no verme por ahí a la hora de recreo, lo que me hizo una exiliada. Tenía 8 años y no le hablaba a nadie y nadie me hablaba a mí. Quizá la madre Fracis me hacía plática o algún profesor, pero eso era todo.

Me recuerdo pequeña y viendo a todos los demás jugar. Aunque me esfuerce no recuerdo haber estado triste, pero lo más probable es que sí.

Todavía me faltaría un año para conocer a Karen y para que mi hermana entrara a la primaria junto conmigo. En tercero de primaria era la niña más solitaria de la escuela, todo por ser una pequeña obsesiva.

Ahora que soy completamente analfabeta y no leo y no escribo y no sé cómo diablos citar en APA y me encuentro igual de solitaria, me pregunto en qué diablos me he equivocado en la vida o si esta soledad a la que nos vemos sometidos día a día es más bien una predisposición natural, como la de quemarse bajo el sol o estornudar con el polvo, y que simplemente debo aceptar mi condición.

En mi actual trabajo las cosas se desenvuelven bien en el sentido más austero de la palabra. Nadie me acosa laboralmente ni me mete zancadillas en las escaleras con la intención de verme rodar. Simplemente soy invisible. Lo cual está bien (continuando con la austeridad) porque puedo escapar de vez en cuando y nadie se percata de mi falta. Más bien: me veo obligada a huir para poder respirar. Me paso una hora en el Oxxo, como su fantasma residente, y los empleados me miran como entre indecisos entre correrme u ofrecerme guarida en la trastienda, de lástima. Hace un par de días comencé a ir a la Biblioteca Mauricio Magdaleno, donde encontré a hermanos en soledad. Un anciano que se va a leer un periódico y una enciclopedia todos los días, los estudiantes casuales que prefieren el silencio apremiante de la sala general, las encargadas con cubrebocas y cuchicheos de ratón. Estoy sola en una mesa, dándole la espalda a la ventana y siento que puedo respirar con normalidad.

Comparo la consistencia de ambas soledades.

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Una rana espacial

En una, es opresiva y en la otra, liberadora. En una, me siento como debe sentirse un pez en una pecera con castillos y algas de plástico y que en el fondo un marinero le diga perpetuamente hola, porque es un muñequito, sin poder dialogar con nadie ni salir a desayunar a las gorditas, sin poder chismorrear sobre la nueva secretaria que usa tacones de 15 centímetros todos los días, proeza monumental.

Me sorprendo (como J. D., de la serie Scrubs) de la insignificancia que tomo en mi propia metáfora. Antes, cuando transformaba mis antiguos empleos en alegorías, era yo tripulante de un barco o de una nave espacial. Ahora soy pez beta que morirá en un par de semanas, en el olvido. O eso es lo que siento.

En la mañana, luego de checar la entrada en mi trabajo, me vuelvo a salir, para encaminarme a algún lugarcito en el qué desayunar y leer un fic o un libro en mi Kindle. Me siento en paz, lejana y anónima, pero en paz. Cuando llego a la Biblioteca Estatal, lo que me recibe no es un beso tronado o un Buenos días, sino el cálido abrazo del silencio impuesto. Ahí me estoy hasta que tengo que regresar a mi trabajo a checar la salida y enfilar hacia mi casa, echándome a la bolsa otro día de perfectas nadas.

Experimento lo que uno siente cuando se está en medio de una piscina, de muertito. Flotando, el sol en la cara, los oídos debajo del agua y sólo el gluglu del líquido clorado que se mece por el viento de verano. Es como un día de vacaciones, pero sin familia y sin sin gritos de niños en el tobogán y sin horarios de bufét. Está lloviendo (las colitas de Willa que nos ha nublado toda la semana) y me detengo para apreciar de manera muy consciente lo afortunada de no estar triste en una situación que descrita suena terriblemente angustiosa.

Si les dijera (y lo he hecho, en los momentos de derrota): “Me siento extranjera hasta en mi propia piel y, como dice la Britney, this loneliness is killing me”, quizá podría aceptar llamadas de atención y mensajes de preocupación. Pero como les estoy diciendo: “Soy una rana en una hoja de Loto en un laguito de alguna campiña sin perturbar”, creo que merezco una que otra palmada en la espalda, por haber sacado lo bueno de lo tedioso y por transformar mi rutina en un escape creativo, en el que trabajo y escribo, como siempre quise. Presiento que la yo de 8 años no estaba tan feliz con el acuerdo del olvido y la alienación debido a los libros que leía. Sé que me volqué a leer más, debido a esa soledad (llegando, cuando tenía 11, a leer Los Cuentos de Canterbury sin haber entendido ni pizca), pero hoy me encuentro más sabia (eso quiero creer) y acepto esta condición con calmada resignación.

No sé cuánto vaya a durar este arreglo personal. Una vez que Recursos Materiales me encuentre un escritorio y una silla completa, quizá. El día que Recursos Humanos me niegue la entrada, por trabajar fuera del edificio, tal vez. Pero todo esto terminará, así como termina la compañía y el bienestar, también lo hace la soledad y la incomodidad.

 

De las carreteras temprano en la mañana

Sin planearlo, me he encontrado en el asiento del copiloto durante estos meses. No es un lugar en el que yo haya imaginado ser presa de importantes disquisiciones. La más importante de estas es: ¿por qué no he aprendido a manejar? El asunto es que sí sé, pero comodina como soy, prefiero ir en el asiento de copiloto, y dedicarme a pensar. O como la canción de Courtney Barnett: A veces sentarme y pensar, y a veces sólo sentarme.

Aunque no todos mis viajes han sido como copiloto. He viajado todo el mes a lo ancho y lo largo del estado, desde mediados de mayo, para concretar y realizar debates. Para eso me contrataron en el Instituto Electoral. Una vez concluido mi contrato, analizo, deberé buscar las formas de seguir viajando, pues a pesar de la extenuación propia del cuerpo que pasa seis horas en el espacio reducido del asiento de un Express, le he tomado gusto.

El 22 de mayo escribí en mis notas del celular:

¿Extraña el cerro partido la ausencia de la roca? ¿De sí misma? El camino en carretera sólo es soportable porque sabemos que continúa. ¿Quién tiene la valentía de abrirse paso en el camino no explorado?

Hay un tramo peculiar de camino a Río Grande que me hizo escribir esto. Subes una colina, después de Fresnillo y se puede notar, kilómetros atrás, la precisión matemática con la que se cercenó el  cerro para hacer la pendiente menos pronunciada. Andamos 100 kilómetros al día, del punto A al  punto B, y me atenaza la ansiedad al imaginarme a una sola persona, apisonando la tierra roja para hacer la carretera. La incomodidad se disipa cuando vamos hacia Jalpa o a Monte Escobedo y me sorprende, como un codazo en las costillas, lo impresionante que es la sierra lejana y la hondonada reverdecida.

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Este último mes viajamos a distintos municipios para concretar debates entre candidatos. Cuando me dijeron que íbamos a Juan Aldama, yo tuve que checar un par de veces el mapa de Zacatecas porque no tenía la menor idea de si teníamos que “subir” o “bajar”. Lo mismo me pasó con Villa de Cos, Valparaíso y Jalpa. “¿Está en la patita?”, preguntaba confundida. “¿O tenemos que ir para la cabeza?”. Estado en forma de anciano que anda. Hoy me doy cuenta de que no tengo la menor idea de en qué lugar vivo.

Desde el carro, me siento presa de una culpabilidad que quiero reconocer lo más pronto posible. Les digo a todos: “No puedo creer que yo pensaba que Zacatecas era feo con ganas”. Lo mismo decía visitando las cabeceras municipales. O comiendo al alguna marisquería, sorprendida y molesta ante mi propio esnobismo. ¡Cómo si la belleza se concentrara únicamente en las capitales administrativas!

Para viajar en carretera, la hora ideal es temprano en la mañana cuando el sol no ha salido por completo y los cerros siguen humedecidos por el rocío. Yo salía de mi casa a las 7 de la mañana y a las ocho ya estábamos en Jerez o en Fresnillo, mirando la señalética verde bandera, preguntándonos en cuánto tiempo llegaríamos a tal o tal lugar, planeando qué comer y a qué hora, apostando en que si habría letras coloridas en la plaza principal, deletreando el nombre del lugar.

A veces, consideré seriamente lo de ahorrar mi dinero en un futuro no muy lejano, vender mi hipotética casa y mi hipotético carro y comprar un terrero en alguna esquina perdida. Tener una docena de vacas, plantar chile, vivir sin cable, sin internet; levantarme con las primeras luces de sol y sólo viajar al pueblo más cercano ṕara lo indispensable.  Todas esas cosas que piensas solamente, como posibilidades reales y tangibles, cuando estás a 2 horas de camino de tu destino. ¿Qué tiene de malo dejarlo todo, te dices cuando miras a la distancia, y cavar un hoyo en medio del campo agreste, el que no ha sido usado para la agricultura o la ganadería? Imagino cómo escabullirme del trabajo. Fingir que tengo que ir al baño y salirme del Consejo Municipal Electoral y correr un par de horas, hasta que deje de ver casas y luces, encontrar un hueco entre una piedra y un matorral, y enterrarme ahí, como un topo.

Todas esas ideas se disipan cuando llego en la noche a mi casa, a mi cama, y recuerdo todos mis planes, todas las cosas que quiero escribir y todos los lugares que quiero habitar (entre los que se encuentra, claro, el hoyo en la tierra) y vuelvo a pensar con deleite en los caminos que he recorrido y que quiero recorrer.

Junto con estos viajes, descubrí a Niña Tormenta y se volvió el soundtrack indiscutible de los cerros zacatecanos. Vayan y escúchenla.