De la imposibilidad de un alma. Sufjan y yo.

Corría el 2009 y yo decidí abrir mi tumblr luego de observar a mi hermana encontrar imagen tras imagen de su banda japonesa favorita. Esa página prometía un pozo sin fondo de diversión visual. Quien ha estado desde el 2008 en aquella plataforma sabe de lo que hablo: su famoso azul de fondo y montones de imágenes de Starbucks y bostonianos con los primeros filtros de Instagram, o sea, un paraíso hipster al que podía migrar luego de la locura de Metroflog y el eventual cierre de las páginas personales de Hotmail, Messenger y el declive de Harrylatino.  Al año, ya era mi pequeño paraíso, y fue ahí dónde descubrí dos cosas que definirían los años consecuentes: el fandom de Sherlock y la música de Sufjan Stevens.

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Sucedió con uno de esos posts, populares en aquel tiempo, en el que algún listillo combinaba dos canciones parecidas y la hacía sonar increíble. Era un mashup de Clocks de Coldplay y Chicago de un tal “Sufjan Stevens”, que nadie parecía conocer. Escuche el audio, que no era más que la música de Clocks con la voz de Sufjan superpuesta. Lo busqué en Google, pero lo único que me aparecía era Cat Stevens. En Ares (porque sí, eran tiempos de Ares) sólo me aparecía That Dress Looks Nice On You y  la Chicago original. Durante meses, estuve contenta con tener esas tres canciones en mi colección.

Seguí buscando, un poco desesperada, porque NADIE parecía saber nada acerca del cantante que comenzaba a atormentarme por ser tan endemoniadamente evasivo. Encontré, un día, una página de bandcamp (la suya) que contenía 4 álbumes: A Sun Came, Michigan, Seven Swans e Illinoise, sus primeros cuatro discos, y todos a mi disposición. Al poco tiempo, también pude descargarlos, y para mi sorpresa, en ese mismo año sacó un álbum y un EP: The Age of Adz y All Delighted People. Eventualmente, en su bandcamp también aparecerían Enjoy Your Rabbit y The BQE.

Quiero recalcar dos cosas muy importantes y que necesito dejar muy muy claras.

La primera es que no sé que es la música.

Podrá parecer que sí y podrá parecer que conozco mucho de esta o aquella banda o cantante, pero el concepto de “música” o “canción” me vuela por encima de la cabeza y no logro entender como es que alguien se aprende una canción o alguien produce sonidos con sus dedos en un par de cuerdas y todo lo demás. Nunca he sido de esas personas que dicen: La música es mi vida. Si me conocen, ya saben lo realmente analfabeta que soy en materia musical. Simplemente me es imposible aprenderme la letra de la rolita popera en la radio porque mi cerebro carece de la sinapsis necesaria para poder entender qué demonios es esa armonía. No canto, no toco, no bailo. Ni siquiera me sé una canción completa de Sufjan. Me gusta el sonido de la estática y de los viejos refrigeradores, y hasta ahí se limitan mi sensibilidad al respecto de la música. Si me dan a escoger, prefiero el silencio. Si me piden que les diga cuál es mi género favorito digo “cantos gregorianos” y si a mis 15 años me preguntaban que cuál era mi banda favorita, seguramente respondería con un genérico: “Uhm, me gusta de todo”, a falta de (de hecho) un gusto musical.

Cuando digo que escucho a tres bandas nada más, no es una exageración. Mi shuffling en Spotify y YouTube se reduce a Sufjan, Beach House y Joanna Newsom (otra artista huidiza: tiene dos (2) videos musicales y ha proclamado nunca aparecer en Spotify. ¡Ay de mí!). A veces escucho La Mer de Debussy en repeat durante el día. Otras veces, pongo sonidos de ventiladores industriales.

La segunda es que este dude es de los artistas más huraños y menos dados a la promoción en el mundo entero. No tiene ni un video musical, hace conciertos cada venida de papa y casi no concede entrevistas. O sea, que no es Ed Sheeran y no corro con la suerte de ver 500 millones de vistas en su VEVO o de verlo cada 30 minutos en MTV. Es tan inaprensible que durante años su página en AZLyrics sólo tuvo las canciones más populares y su página de Wikipedia no podía explicarme quién diablos es esta persona que escucho casi diario, por el amor de Dios. Luego de su último disco comenzó a salir un poco a la vista de los demás, pero durante años, AÑOS, lo único que tenía de él eran videos amateur de sus conciertos del 2006 en Detroit o Nueva York o sus posts neuróticos de tumblr (porque sí, el señor tiene tumblr también).

Así que Sufjan Stevens llegó como si se tratase de una llave, que abriría mis atolondrados oídos a un nuevo tipo de experiencia sensorial. Y todo empezó cuando escuché por primera vez Impossible Soul, la última canción de The Age Of Adz, cuya característica principal es que dura 25 minutos y habla sobre las posibilidades y esperanzas de un alma presa de la ansiedad y la culpa. Un milagro, dirían los más crédulos.

sufjanMi primer acercamiento con Sufjan es, por supuesto, su voz. Suelo decir que es la más pequeña de todas, porque es tan suave que parece casi un susurro, pero al mismo tiempo tan clara y precisa que es inconfundible. Luego el banjo o el piano, su sonido maximalista, sus ganas de querer usar siempre flautas dulces y ocho violines y siete tombrones, o la forma en que usa el autotune, casi como un chiste, pero que resulta maravilloso. Finalmente, sus letras, que siempre fue lo que más me llamó la atención porque era lo que más podía entender.

Sufjan narra de la manera más delicadamente imprecisa su vida, su educación católica, el amor hacia los personajes americanos más particulares (Andrew Jackson, John Wayne Gacy o Tonya Harding), la relación fallida con su madre, la mitología griega, su perpetua obsesión con la Navidad y hasta pequeñas historias de amor sin género enmarcadas en los suburbios de Michigan. En mi búsqueda por más de él, me encontré con varios cuentos que escribió cuando él todavía esperaba ser escritor. Estudió Literatura y mandó a concursar un libro de cuentos que ganó el primer lugar en su universidad. Pero luego tomó su banjo y su flauta dulce y se dio cuenta de que lo que tenía que hacer era tocar y escribir música.

Algunos ejemplos preferidos:

And I have a sister somewhere in Detroit.
She has black hair and small hands.
And I have a kettledrum,
I'll hit the earth with you
Sister
Oh! I love you from the top of my heart.
And what difference does it make?
I still love you a lot; Oh! I love you from the top of my heart
And on your breast I gently laid. Oh! My head in your arms.
Do you love me from the top of your heart?
All Delighted People (Original Version)
You, you must be a Christmas tree, a Christmas tree.
You light up the room, oh, you light up the room.
Oh, you light up the room.
Barcarola (You Must Be A Christmas Tree)
The only thing that keeps me from cutting my arm,
Cross hatch, warm bath, Holiday Inn after dark,
Signs and wonders: water stain writing the wall,
Daniel’s message; blood of the moon on us all.
The Only Thing

Muchas de las cosas que amamos, no las entendemos del todo. La idea, a pesar de la obsesión personal y las ganas de saber hasta el más pequeño de los detalles, es aceptar lo que queremos como si se tratara de nuestra propia imagen en el espejo. Yo entiendo (y siento) a lo que amo como un reflejo de lo más real y profundo que se desarrolla en mi alma. Las personas que me rodean, la música que escucho, las escritoras que leo, los colores que tomo como míos.

El sentimiento de encontrarse, cara a cara, con un igual es lo que nos hace, como especie, querer seguir adelante, ante la promesa de que otros verán lo mismo en nosotros, o que no estamos aislados en nuestras experiencias o que, a pesar del miedo, seguimos caminando con la mirada puesta más allá de la cordillera que tapa la mitad del cielo.

Al ser yo de naturaleza hiperbólica no puedo evitar enarbolar como una bandera la cara y bíceps de Sufjan y gritar cuando veo su cara en los Oscars, luego de casi más de 10 años de recreármelo para mi solita, sin que nadie (salvo a los pocos que lo descubrieron de manera violenta luego de Carrie & Lowell) me acompañara en mi pasión por un señor de 40 años del norte de Estados Unidos, que canta muy bajito y que no tienen la menor idea de que una chica en México le dedica, cada tercer día, un tarareo o un gesto ceñudo. Nada puedo hacer para evitarlo.

Lo que sí puedo hacer es decirles: ¡Hey! ¿Quieren escuchar conmigo 23 minutos y medio de Sufjan Stevens? Quizá lo odies, quizá no, pero esto me representa fielmente y necesito, necesito que nos veas, porque boy, we can do much more together.

Traducción: Misterios de navidad de los McNuggets de pollo explicados por la Gente Estelar Macrobiótica y la ouija mágica de la tía Harriet

Dos semanas antes de Navidad, mis padres leyeron un panfleto acerca de la industrialización de la comida y nos dijeron que, de ese momento en adelante, comeríamos comida macrobiótica. El día siguiente, mi padre nos mostró el menú para la cena de navidad: kale, lechuga china, champiñones shiiitake, galletas de alga marina y tofu frito. Yo tenía ocho años, mi hermano nueve, y mis hermanas diez y once. Todo lo que queríamos era un Chicloso Charleston y una bolsa de varitas de regaliz, pero estaban ahora fuera de los límites. Mis padres leyeron en alguna parte que el colorante comestible en los cereales promovía la hiperactividad en los niños; mi madre comenzó a servir avena y cereal salado con linaza. Si rogábamos por algún endulzante, ella nos cortaba pedazos de plátanos. Mis padres se unieron a la comunidad de comida natural y firmaron para obtener limpias de colón. No se nos permitía más la soda, las papas fritas, la comida rápida o la goma de mascar. Mi madre nos dijo que el jarabe de maíz producía cáncer. “¡Está en todas partes”, dijo, mientras leía la etiqueta de una lata de salsa de tomate. Pronto después de eso, dejó de rasurarse las piernas. Dejó de usar ropa interior, sostenes y nada que tuviera acrílico. Nuestras calcetas de navidad tuvieron que ser tejidas con la lana de ovejas de Suiza. Mi madre estaba convencida de que el oropel era radioactivo. Mi padre trajo gorras de cáñamo e hilo dental de algodón orgánico para llenar las calcetas. Decoramos el árbol con palomitas de maíz orgánicas y piel de naranjas. Mi padre quemó incienso y leyó pedazos de Siddharta de Hermann Hesse.
En las noches, yo rezaba a Dios: ¡Por favor, envíame una barra de chocolate! Por favor, mándame un Laffy Taffy. Escribía cartas desesperadas a Papa Noél: “Querido Santa, mis padres se han hecho hippies. No quiero chicles de jengibre y sopa miso en sobre para Navidad. No quiero tratamientos capilares de cera de abeja ni faciales con mascarillas de sílice de las aguas termales de Islandia. No quiero un kit casero de enemas ni un cepillo de dientes hecho con periódico reciclado. Sólo quiero McNuggets de pollo”.
Obtuve mi deseo. Después de la cena de Navidad, mi madre tuvo una reacción alérgica al tofu frito. Se sofocó, la piel se le llenó de urticaria y se le cerró la garganta. Mi padre ojeó el libro de remedios homeopáticos y le dijo que chupara una varita de ragaliz: no sucedió nada. Entonces le dijo que mordiera la cáscara de una toronja: no sucedió nada. Finalmente la llevó al hospital donde le vaciaron el estómago y la hicieron dormir junto a un hombre con demencia. La mañana siguiente, cuando llegó a casa con la vista nublada, y tan blanca como un fantasma, mi madre se rindió y rogó por una malteada de McDonald’s. Mi padre se encogió de hombros. Nos subimos al auto y compramos Big Macs y McNuggets del auto servicio.
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El año siguiente, mis padres leyeron demasiadas novelas de Anne Rice y trajeron a la casa bolsas de ajo para llenar nuestras calcetas. También pusieron espejos en cada habitación, por seguridad. Mi padre vio en la TV un especial de mitos celtas y supersticiones y decidió laminar tréboles de cuatro hojas y regalarlas como adornos de Navidad. Nos animó a usarlas en el cuello, como collares de identificación, para atraer a la buena suerte. Cada una tenía nuestros nombres y una cita de alguna novela de James Joyce. La mía decía: “¡Hola! Mi nombre es Sufjan. La historia es una pesadilla de la que intentamos despertar”. Cuando mi madre accidentalmente rompió el espejo del armario de abrigos, nos obligó a usar una pata de conejo de la suerte en nuestros cinturones. Pero en Año Nuevo, mi hermana mayor se rompió el brazo al resbalarse por las jardineras de la colina vecina y mi padre fue despedido de su trabajo en el parque estatal. Unas semanas después nuestro perro fue arrollado por la barredora de nieve y mi madre dijo esto es suficiente. Nos pidió de vuelta los llaveros de pata de conejo, nuestros brazaletes con talismanes de ying yang y nuestros tréboles de cuatro hojas. Mi padre se apropió de nuestra póliza de seguro de vida y comenzó a comprar billetes de lotería y mi madre usó el ajo que sobró para sus frittatas de huevo.
Un par de años después, todos estaban hablando acerca del eclipse lunar de Navidad. Mis padres consideraron este fenómeno celestial un signo de mucha importancia. Empezaron a interesarse en la idea de que ellos eran “Gente Estelar”, alienígenas espaciales de otro planeta que temporalmente habitaban cuerpo humanos. Había millones de Personas de las Estrellas en cada planeta esperando a que la Fuente Universal de Poder acabara con todas esas disparatadas guerras y todo el sufrimiento de una vez por todas. Había un libro de tapa blanda que frecuentaba las encimeras de la cocina (¿Eres una Persona Estelar? ¿Soy una Persona Estelar? Por Curtis Leopard) con ilustraciones de cristales, objetos interplanetarios, rostros iluminados con ojos concéntricos y testimonios personales acerca de experiencias de vidas pasadas en otros planetas. Se leía la descripción de un hombre, un cocinero de comida rápida de Cleveland, llamado Garth, quien contaba haber sido un rey marciano con un harem. Papá Noel, declaraba el libro, era una Persona Estelar con problemas de afectividad desplazada. Iba por el mundo dando regalos porque su madre del espacio no le había mostrado suficiente cariño.
Mi propia madre estaba muy segura de que, en otra vida y en otro planeta, ella había sido una bruja. Señalaba los efectos secundarios: su proclividad a barrer con escobas medievales que había comprado en una tienda de antigüedades; también aseguraba poseer poderes telekinéticos. Pero nunca la vimos mover nada, ni siquiera nuestra incredulidad. La evidencia de mi madre era un inventario de preguntas retóricas. “¿Te has sentido lejana a la realidad?”, leía de una portada de un libro. “¿Alguna vez te has sentido cansada o nostálgica sin razón aparente?”. Ella señalaba otros síntomas: acné, migrañas, el interés por aprender lenguas extranjeras. Me preocupaba. Acababa de empezar la preparatoria y me comenzaron a salir manchas rojizas alrededor de la lisa piel de mi barbilla, donde me comenzaba a crecer la barba. También estaba en el primer año de alemán. Mi madre me miró por encima de sus lentes. “Parece que cumples con los requisitos”, me dijo. “¿Te duele la cabeza de vez en cuando?”. En navidad, ese año, me regalaron un copia de las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury y un telescopio de Sears, pero siempre estaba muy nublado como para poder ver algo, ni siquiera un eclipse de luna.
Luego, sucedió esa navidad cuando la tía Harriet se divorció y se mudó con nosotros un par de semanas. Mis padres la acomodaron en la sala, en un catre, a un lado del árbol de navidad. “No molesten a tía Harriet”, nos advirtió mi madre. “Está pasando por la menopausia”. Yo, con solo siete años de edad, pensé que la menopausia era algo parecido a unas vacaciones muy largas que tomas luego de trabajar muy duro. “Exactamente”, dijo mi madre. “Pero no se lo digas a nadie más”.
La tía Harriet fumaba cigarros sin filtro y leía revistas Vogue, de cabo a rabo. En la noche, luego de algunas bebidas, nos llamaba a la sala y sacaba una tabla de Ouija, que usaba como guía espiritual. Nos poníamos en círculo alrededor de ella, mis hermanos y hermanas yo, tocando con la yema de los dedos el puntero en forma de corazón, como si aquello se tratara de ir a la iglesia. La tía Harriet preguntó a los espíritus si había vida en otros planetas, que si había esperanza para los etíopes que morían de hambre, que quién sería el próximo presidente de los Estados Unidos. Después de cada pregunta, el puntero se movía con facilidad a través de la tabla, deletreando respuestas ominosas y yo sentía mis manos calentarse. “Anda y pregunta algo”, me animó la tía Harriet. Atormenté a mi cerebro hurgando en mi catálogo de los misterios del mundo, de las preguntas sin respuesta, de los secretos del universo. Pero me decanté por algo menos grandioso: “¿Qué me traerá Santa de Navidad?”. Mis hermanas bufaron y se burlaron, pusieron los ojos en blanco y me pincharon la panza con sus dedos. “Santa Claus ni siquiera existe”, gritaron y, justo en ese momento, los poderes de la tabla desaparecieron.
En la mañana de Navidad, mi madre nos informó: la tía Harriet había hecho las maletas y había tomado un autobús a Canadá, en donde quería enseñar yoga a niños discapacitados. “Está teniendo una crisis de la mediana edad”, dijo, pasándonos nuestros regalos de debajo del árbol. “¡Que dios la ayude!”. La tía Harriet había dejado un par de cosas al lado de su catre: una caja de zapatos con cristales New Age, una cajetilla de cigarros y su tabla de ouija, doblada y raída de las esquinas, como un juguete para perro. Después de los regalos, de la cena de Navidad y de que nuestros padres se fueran a sus cuartos a leer el periódico, yo y mi hermano nos escabullimos a la sala, para sacar las cosas de la tía Harriet. Mi hermano vació los cigarros y con ellos construyó una fortaleza de la Guerra Civil en la alfombra. Mis hermanas hicieron aretes con los cristales, usando hilo de cocer y anzuelos. Yo saque, mientras nadie veía, la tabla de ouija y la llevé a mi habitación, dejándola encima de mis almohadas, concentrándome en los misterios del universo. “¿La tía Harriet estará bien?”, pregunté, poniendo mis dedos en el puntero. “¿Alguna vez se casará de nuevo? ¿Encontrará paz y felicidad? ¿La vida tienen algún sentido?”. Y lentamente, el puntero, temblando, vivo, recorría el abecedario como un disco de hockey en cámara lenta. “Sí, sí, sí”, la tabla me aseguraba con cada pregunta. “¡Todo va a estar bien!”.