Nadie me toca con impunidad

Los resultados de ADN de la menor encontrada sin vida la tarde de ayer lunes en un predio de la privada Villa de las Flores, en Guadalupe, finalmente confirmaron que se trata de la niña Sanjuana, desaparecida en la colonia Gavilanes desde el viernes 20 de julio, cuyo caso será investigado como feminicidio.

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Hay flores que cortan cuando las tocas.

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Mary, reina de los escoceses, se viste de color marrón para a su ejecución. Es el color de los mártires. La desvisten, la arrodillan en una plataforma de madera, y murmura antes de ser ejecutada: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum.

Del incidente de la liga de la Condesa Joan de Kent (que en su condición de listón resbaló por el noble y rollizo muslo y cayó en el piso real a la vista de todos) y de la frase Honi siot qui mal y pense (que proclamó el ilustre Enrique III, mientras se ataba el furtivo listón en su propia pierna) se han escrito innumerables páginas. No es poco: la antiquísima y muy importante Orden de la Jarretera se funda sobre esta leyenda. Sir Gawain y el caballero verde y Tirant lo Blanc hacen uso del lema para avanzar sus tramas caballerescas: este es el ideal. Servir a la Bella Dama™, a la corona inglesa y a Dios. Practicantes de rituales absurdos (¿no todos los rituales, al final del día, son absurdos?) que preferían gloriarse en la xenofobia que en el desdén al género femenino, cuyo mérito se reduce en la musa medieval de cabellos largos y rubios, de voces suaves, encerradas en lo alto de una torre, esperando a que Lancelot irrumpa por la noche y les enseñe lo que es el Verdadero Amor.

Pero el lema llama la atención: “Que la vergüenza caiga sobre aquel que piense mal de ello” es su traducción del francés antiguo (o la mala transcripción de Martorell: Castigado sea quien piense mal de esto). Se huele la desesperación de las casas reinantes europeas del siglo XIV: mi derecho de estar aquí y de reclamar tus tierras es divino. La vergüenza (o el castigo) caerá sobre ti. Y, porque era mi 1300 y las cosas funcionaban así, la vergüenza solía caer sobre ti.

¿Pero a quién le importa la vergüenza alla Guerra de los Cien años en el siglo de Snapchat? Las guerras aquí duran 10 segundos antes de que sean sustituidas por otra guerra, más crucial, más fresca, hasta que la próxima aparezca. Kim Jong-Un y Trump han destruido la Tierra y a todos sus habitantes una docena de veces y seguimos aquí, ecuánimes, a la espera del Apocalipsis que nos eliminará para siempre.

Las guerras que se gestan, en realidad, son inmateriales. Nunca parecen estar presentes. Los enemigos son invisibles, no tienen piernas con listones y no portan espadas de renombre. Los enemigos son sombras a la vuelta de la esquina, que se alargan a cada farola naranja; sombras frías, familiares, inesperadas.

Y es que ¿a quién puede interesarle el concepto de la justa venganza cuando las muertes se apilan una sobre otra sin descanso? ¿Quién puede ocuparse de resarcir honores cuando las cabezas ruedan como un desfiladero desgajándose por la lluvia?

Juana de Kent no tuvo que preocuparse por su cuello. Sus bellas manos galesas se preocuparon solamente en estar bien colocadas sobre su regazo. Yo, sin tanta suerte, las tengo que colocar en el teclado, como me enseñaron en mecanografía, en aras de salvarme mi propio pellejo. Otras tantas, las tienen que juntar palma con palma y tienen que rezar por su vida, rogar por un momento más, rogar por ver el día siguiente, porque no les cercenen la carne y las dejen, en pedazos irreconocibles, entre matorrales de cardos, entre las aguas sucias de una ciudad que ya no escucha un grito entre el fragor incesante de la batalla por la supervivencia.

A María de Escocia, legítima reina de Escocia, la entregaron los hombres que ansiaban un pedazo del trono que poseía Isabel de Inglaterra,. La trasladaron de castillo a castillo, de trama en trama, como una pluma de ganso o un fino mueble (el baldaquino que la acompañaría en sus lujosa celda, que tenía grabado “En mi final está mi principio”) y ella, sin poder hacer mucho a pesar del poder que representaba, se dejaba hilar, se dejaba encerrar en jaulas de oro. Sin esposo, sin hijos, sin aliados, fue enjuiciada por traición y por conspirar en la muerte de la reina que ella no reconocía, a la que 20 años antes le había pedido ayuda para manterner la cabeza sobre los hombros. Cuando le dijeron que ese era el precio del crimen cometido, ella les dijo a sus jueces: Look to your consciences and remember that the theatre of the whole world is wider than the kingdom of England. 

El teatro del mundo (la sonrisa y el puchero) es mucho más ancho que esta ciudad de límites indefenidos.

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Un cardo, pese a su visible fragilidad, deja su huella en la mano intransigente que se atreve a tocarlo. Se prende de la piel de la palma, se hunde en carne. Nemo me impune lacessit.

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Pienso en la inmensidad de su nombre, que me golpea como un gancho certero en el centro del estómago. Santa ella. Una niña. Como Juana de Arco, que murió en las llamas provocadas por los que la llamaron hereje y mujer que gritaba alto y niña que escuchaba a Dios en su cabeza y no de los labios de los hombros que seguramente sabían más que ella. Pienso en mi gata, que se llama Juana también, pequeñita, que no hace mella en el mundo a su alrededor. Pienso en todas las santas, en todas las gatas, en todas las niñas que se miran las rodillas raspadas de tanto caerse cuando juegan, pero que insisten en salir una vez más, para volver a levantarse, a pesar de las costras y de las regañinas de mamá.

Pienso en las sombras anónimas, que no figuran en las páginas de Historias del Mundo. No son condes ni cardenales de apellido centenario. No hay complots, no hay diplomacia, ni reinos enteros que se disputan el Oro de las Indias.

Es una niña, vestida de lila. San Juana.

Es una niña, de camino a la escuela. Cinthia.

Es una niña, junto a su madre, Anita.

Se nos desdibuja frente a los ojos la realidad que hace posible que ellas, tan pequeñas, que no dejan mella por donde andan, desaparezcan de manera tan brutal y tengamos que buscarlas entre los cardos salvajes de los lotes sin habitar, para encontrarlas mutiladas, manchadas por las manos de los cobardes sin rostro.

¿Es el asesinato de niñas impune?

¿Se les puede tocar sin castigo?

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De acuerdo con la leyenda, el lema Nemo me impune lacessit se refería inicialmente a la flor del cardo, símbolo de Escocia: durante un ataque sorpresa de los daneses, uno de los invasores pisó un cardo y gritó adolorido, alertando así a los defensores de su presencia. Luego del funesto episodio de María de Escocia, la gente común usaría el “¿Quien se atreve a meterse conmigo?” y el “Nadie puede meterse conmigo sin venganza”.

De esto, se crearía la Orden del Cardo, que a diferencia de su homóloga inglesa no se identifica por las preservación de la dignidad de una dama de muslos blancos si no por la mordida vengativa de una flor que hace gritar hasta el más avezado de los soldados.

Nadie me toca con impunidad.

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San Juana, tu nombre no será olvidado.

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Y en Inglaterra, la cabeza de la reina de los escoceces rodó de la manos del verdugo. Su cuerpo y su ropa carmesí fue incinerada en la chimenea del Gran Salón, frente a la docena de cortesanos que presenciaron la ejecución. De ella quedan pinturas que se exhiben en museos y efigies en iglesias,  para recordar a María I de Escocia como la mártir heroíca de una tragedia patética.

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San Juana, tu nombre no será olvidado, aunque querramos.

Nadie te toca con impunidad.

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De: TooDrunk TooFuck In en Facebook. Gracias por permitirme usar su imagen.