La profesionalización de la duda

Uno argüiría que es porque soy una criatura de mi época. Es más, por puñados se cuentan los estudiosos que consideran que los millenials han acabado con cientos de industrias y han posicionado a otras cientos. Que viven en la incógnita de las generaciones que sobreviven el cambio de milenio. Los que hablan con los ángeles piensan que es porque estamos al final de la era de piscis y vamos a iniciar la de acuario. Que Cristo se despide y nos dejará a otro mártir. ¿Cómo se llamará? ¿Tostada con aguacate? ¿Spotify sin anuncios? ¿Crocs de colores?

Me gusta esa frase que dice algo como que— “Nací después cómo para explorar a la tierra y nací antes de la exploración espacial, pero nací justo en el momento para presenciar como los neo nazis apropiaron el meme de Pepe The Frog para avanzar su propaganda fascista”, porque si eso no explica la perpetua confusión en la que vivo, entonces realmente no sé qué axioma podría hacerlo.

Pero resumo: Nunca sé lo que hago, lo que está pasando ni lo que sucederá en un futuro, lo que, a la larga, es mi mayor virtud y ventaja.

Por ejemplo, quienes han seguido de cerca mis historias de Instagram sabrán de lo que hablo. Parece que me atacan los infortunios cual Thalía en telenovela de Televisa, pero la verdad es que todo se trata de mi nula capacidad de entrever entre lo patente, la realidad que tranquiliza a los sabios. Ya saben: que estoy idiota y me cae todo de sorpresa todo el tiempo, como un bebé que no sabe a dónde se fue su mamá luego de que ésta se escondió detrás de sus manos. Tengo la capacidad de asombro de un labrador de un año. Infinita. No sé nada en absoluto y cada día para mí es un regalo desconocido, de proporciones épicas.

Supongo que eso es lo que me lleva a querer escribir; siempre impelida por la seguridad del necio, de que lo está viviendo es único y especial y no hay nadie más que él que pueda describirlo. Y porque, supongo, nos ha hace falta a nosotros los despistados algo más que el sidekick en la película o el bildungsroman de la chica que crece en una sabia mujer. Hay que ser valientes y reconocer que algunos despistados simplemente nos quedamos despistados. A veces me digo: “Es que soy piscis” (como si aquello quisiera decir algo en absoluto) o “es que soy un alma nueva” (a diferencia de la notoria alma vieja que es mi hermana) o el clásico “soy demasiado bondadosa” (frase que mi abuela devolvería con el otro clásico: en mi rancho así le dicen a los pendejos), pero no puedo negar que por mi innata habilidad de mirar a la tierra como si no tuviera 4 billones de años. y querer compartirlo con el resto, me ha salvado de convertirme en una creyente del terraplanismo. O sea, que todavía tengo capacidad de discernimiento

Pero vuelvo a lo de mi empleo, al ser el asunto que más me posiciona frente a la incontrovertible noción de lo inútil que soy —y Dios quiera y no los aburra más acerca de mis dolores de cabeza enfrentándome ante la hidra godinista del sector público mexicano, porque literal no puedo hablar de otra cosa más—.

Esta imagen se llama Depressed secretary.

Todo comenzó cuando la Sara Andrade del 2018 creyó que tener una oficina propia resolvería todos su problemas. Que Virginia Woolf me perdone, pero ¿acaso la idea de un espacio cerrado, con la única compañía de una computadora que sólo puede funcionar con Word y wordreference abiertos, y un trabajo fútil ya hecho a las 9 de la mañana y una taza de té con leche, al lado del lapicero lleno de bicolores sin usar y un cactus al límite de la negligencia, acaso todo esto no es perfectamente romántico? Atacada por mi propia esperanza, terminé contemplando el suicidio cuando lo que resultó de mi contratación godinezca fue una silla sin respaldo en un espacio ya ocupado por 8 personas más. La gente más lista me decía: “Bueno ¿pues que esperabas?”. Yo lloraba en un pasillo del Oxxo, ante la mirada desencantada de la chica de braquets que me vendía mi americano intenso cada día a las 10 de la mañana, preguntándonos las dos la razón de existir.

Mi psicóloga llamaba a las armas. Lucha por tu lugar, me decía. Hazte respetar. Envalentonada, comencé una especie de viacrucis que me llevó por todas la esquinas de la ratonera en la que yo me empeñaba por asistir. Cada uno de los main bosses que enfrentaba, en lugar de pelearse conmigo a puño limpio, se encogía de hombros y me decía, decepcionándome una vez más: “Parece que eres la única poco satisfecha con tu situación, la verdad”. Al parecer, sí. Estoy justo en medio de la extraña conjunción de sucesos que me permite trabajar desde mi casa, escribir, leer, acompañar a mi mamá durante el día, asistir a la escuela, y ser pagada por ello. Otros, en mi lugar, se acostarían de lo lindo en la hamaca imaginaria de la desatención gubernamental. Pero yo, necia, insisto: ¡Mi pequeña oficina! ¡Mi computadora del 2000! ¡El respeto que merezco como funcionaria pública! ¡Mi cactus! Que me puede todavía un poco eso de la dignidad laboral.

También pareciera ser que todo es porque no puedo aceptar la derrota de vivir una vida poca extraordinaria. ¿Acaso hay espacio para nosotros los poco moderados? ¿A dónde iremos los que no atinamos en sentir lo adecuado, y acabamos sintiéndolo todo o nada en absoluto? ¿Qué hacemos con esta manija descompuesta que no le atina al tibio, y siempre saca agua helada o agua hirviendo?

El jueves pasado, como suele suceder, rompí en llanto y tuvo que intervenir mi madre santísima para decirme que si era tan malo para mí el no participar activamente en aquel hoyo de ratas que entonces presente mi renuncia. Me dice: “Relájate y el lunes asistes con esa intención”. Seguí su consejo con confianza. Sucede entonces que durante el fin de semana conocí a un par de personas que no sufren en absoluto de ninguna de la aflicciones mentales de los desadaptados. ¡Oh! ¡La tranquilidad de saber que un paso sucede al otro! ¡Y la confianza en sus propias consideraciones! ¡Ah, la ausencia de la duda! Me veo frente a ellos como todo lo contrario: soy yo una profesional en la duda. He crecido, como una niña regalada al Bolshoi, elástica en perplejidad. Me vuelan las verdades absolutas por encima de la cabeza, esas que son tan necesarias para tener una casa o un carro a los 25 y poder salir a tomar una copa de vino con los amigos.

Hace poco alguien me dijo, luego de escuchar mi diatriba de cómo siempre consideré hacerme monja recluida, que soy demasiado aprensiva cómo para funcionar. Corregí en mi mente: “Soy demasiada obsesiva, tal vez”. Si la aprensión se entiende como figuración o temor infundado o formado antes de la experiencia, quiero creer que lo que me aqueja a mí es más bien una curiosidad excesiva por todas las materias. Por supuesto, tengo mis hiperfijaciones (ahora mismo, es Fleabag y esta ciudad en la que vivo como concepto literario) y siempre las tendré, pero prefiero ser un jack of all trades and master of none a quedarme con la ansiedad de no haber hecho nada en absoluto por temor a no hacerlo perfectamente. Ya lo dice nuestro abuelito Whitman: Soy grande y contengo multitudes. Soy una isla de gran complejidad y no pueden contenerme y acepto el caos, acepto la ola, lo acepto todo con brazos abiertos.
Luego robaron nuestras maletas del auto de nuestros nuevos y muy adultos amigos. Oop.

Llegué a mi casa sin nada más que con la seguridad de que realmente no podemos escapar de la entropía de existir, y de que ese no es el asunto. El meollo del problema radica en que no puedo permitir que aquella nebulosidad impida mi crecimiento. Sí, claro, es injusto ser la única empleada sin un espacio para trabajar, y sin la camisa con el logo bordado, y sin amigos para salir a beber los viernes, pero también es extremadamente afortunado el ser remunerada por teclear códigos html en pijama desde mi habitación.

¿Es esta una verdad ineludible? ¿Acaso esto es un vistazo de sabiduría en este blog que se dedica a regurgitar lo obvio en dos o tres fórmulas ensayadas hasta el hastío? No lo sé, pero yo, Sara Andrade del 2019, sólo quiero que el mundo no se acabe y que me espere a entender unas dos o tres cosas básicas sobre la vida. Ya si quiere venir Cristo 2.0 con crocs de colores, pues adelante.

Canción de la semana:

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