Traducción: 3 poemas de Mary Oliver

Luego de leerla intermitentemente en Tumblr, de ver el video en el que ella, de cabellito blanco y voz suave, leer Wild Geese, y de tomar como mía la experiencia estética del picnic rústico y de ir a abrazar la tierra roja del cerro, me tomé muy en serio la muerte de Mary Oliver a principios de año. Casi inmediatamente compré un libro suyo para Kindle y comencé a aprenderme sus poemas. Es apreciable su trabajo ahora, en esta coyuntura de incendios forestales y sesgos de derechos humanos. Lo que siempre ha atraído de su poesía es su impasible y perenne declaración: Amar, amar, amar. Ojalá con estos poemas que traduzco puedan descubrir el encanto de Mary.

Cuarenta años

durante cuarenta años
las hojas de blanco papel han
pasado bajo mis manos y he intentado
mejorar su pacífico

vacío, al depositar
pequeños caireles pequeños tallos
de letras escritas
pequeñas llamas saltando

ni una página
fue menos que fascinante
discurso lleno de cadencia
sus pálidos nervios escondiéndose

en las curvas de las Qs
detrás de las marciales Hs
en los pies palmeados de las Ws
cuarenta años

y de nuevo, esta mañana como siempre
me detengo mientras el mundo vuelve
mojado y hermoso, estoy pensando
que el lenguaje

no es ni siquiera un río
ni siquiera un árbol ni siquiera un campo verde
ni siquiera una negra hormiga que viaja
enérgicamente modestamente

de día a día, de una
dorada página a otra.


Cuando la muerte venga

Cuando la muerte venga
como un oso hambriento en otoño;
cuando la muerta venga y tome todas las monedas brillantes de
su bolsa

para comprarme, y cerrar su bolsa de golpe;
cuando la muerte venga
como el sarampión,

cuando la muerte venga
como un iceberg entre los omoplatos,

quiero atravesar la puerta llena de curiosidad,
preguntándome:
¿cómo será, aquella cabaña de oscuridad?

Y por lo tanto, lo veo todo
como una fraternidad y una hermandad,
y miro al tiempo como no más que una idea,
y considero a la eternidad como otra posibilidad.

y pienso en cada vida como una flor, tan común
como una margarita de campo, y tan singular,

y a cada nombre una música cómoda en la boca,
tendiendo, como hace toda la música, hacia el silencio,

y a cada cuerpo un león de coraje, y algo
precioso para la tierra.

Cuando se acabe, quiero decir que toda mi vida
fui esposa que se casó con el asombro.
Fui el esposo, tomando al mundo entre mis brazos.

Cuando se acabe, no quiero preguntarme
si hice de mi vida algo particular y
real.

No quiero encontrarme a mí misma suspirando y asustada,
repleta de argumentos.
No quiero terminar simplemente habiendo visitado este mundo.

La mensajera

Mi trabajo es el de amar al mundo.
Aquí los girasoles, ahí el colibrí–
idénticos buscadores de dulzura.
Aquí la apresurada levadura; ahí las azules ciruelas.
Aquí la almeja, hundida en la arena moteada.

¿Mis botas son viejas? ¿Mi abrigo está roto?
¿Ya no soy joven ni todavía la mitad de perfecta? Déjenme
concentrarme en lo que importa,
que es mi trabajo,

el cuál, en su mayoría, es estar de pie y aprender a estar
asombrada.
El mosquero, la candelilla.
Las ovejas en su pastura, y la pastura.
Lo cual es, en su mayoría, jubiloso, pues todos los ingredientes están aquí,

que son gratitud, por haber recibido una mente y un corazón
y estos cuerpos vestidos,
una boca que da gritos de alegría
a la polilla, al reyezuelo, a la soñolienta y recién excavada almeja
para decirles, una y otra vez, como es
que viviremos para siempre.

Traducción: Letanía en la cual ciertas cosas están tachadas, de Richard Siken

Cada mañana, las hojas de maple.

Cada mañana otro capítulo donde el héroe pasa su peso de un pie al otro. Cada mañana las mismas grandes y pequeñas palabras deletreando deseo, deletreando Estarás siempre solo y luego morirás.

Así que, tal vez, quería darte algo más que un catálogo de actos no-definitivos, algo más que esta desesperación.

Querido Así-y-Así, siento no haber asistido a tu fiesta.

Querido Así-y-Así, siento haber asistido a tu fiesta

y seducirte y haberte dejado magullado y arruinado, pequeña cosa triste.

Quieres una mejor historia. ¿Quién no?

Un bosque, entonces. Árboles preciosos. Y una mujer cantando.

Amor en el agua, amor bajo el agua, amor, amor y así sucesivamente.

Qué dulce mujer. ¡Canta mujer, canta! Y por supuesto, ella despierta al dragón.

El amor siempre despierta al dragón y de repente

llamas por todas partes.

Sé que piensas que soy el dragón, eso sería tan como yo, pero no lo soy. No soy el dragón.

Tampoco soy la princesa. ¿Quién soy yo? Soy sólo un escritor. Escribo cosas. Camino a través de tus sueños y me invento el futuro. Claro, hundo el bote del amor, pero eso viene después. Y sí, trago cristal, pero eso viene después.

Y la parte en la que te empujo al ras de la pared y cada parte de tu cuerpo roza los ladrillos, cállate

estoy llegando a eso.

Durante un tiempo pensé que yo era el dragón. Creo que te puedo decir eso ahora. Y, por un tiempo, pensé que también era la princesa, rosa algodón de azúcar, ahí sentada en mi habitación, en la torre del castillo, joven y hermosa y enamorada y esperándote confiadamente

pero la princesa se mira en el espejo y sólo ve a la princesa, mientras yo estoy aquí, bregando por el barro, respirando fuego y siendo apuñalado hasta la muerte.

Bien, entonces soy el dragón. Vaya cosa.

Tú todavía puedes ser el héroe.

¡Obtienes guantes mágicos! ¡Y un pez que habla! ¡Consigues ojos como linternas! ¿Qué más quieres?

Te cocinaré panqueques, te llevaré a cazar, te hablaré como si realmente estuvieras ahí.

¿Estás ahí, cariño? ¿Me conoces? ¿Está funcionando este micrófono?

Déjame hacerlo bien de una vez por todas, para que conste, déjame prepararte algo de crema y estrellas que se convierta en, te sabes la historia, simplemente el cielo.

Dentro de tu cabeza escuchas un teléfono timbrando y cuando abres los ojos, solamente un claro con un venado dentro. Hola cariño.

Dentro de tu cabeza el ruido del vidrio, el ruido de un accidente automovilístico, mientras los carros dan vueltas y explotan en cámara lenta.

Hola cariño, perdóname por eso.

Perdón por los codos huesudos, perdón por vivir ahí, perdón por la escena al fondo de la escalera y por estropear todo al decirlo en voz alta.

Especialmente eso, pero debí haberlo sabido.

Verás, yo tomo las partes que recuerdo y las coso juntas de vuelta

para crear una criatura que haga lo que digo o que me ame de vuelta.

No estoy muy seguro de por qué lo hago, pero en esta versión tú no te estás dando a comer a un hombre malo

contra un cielo negro salpicado de pequeñas luces.

Me retracto.

Las paredes de madera como ataúdes. Esos términos de las peores profundidades.

Me los llevo.

Aquí está la repetida imagen del amante destruido.

Tachada.

Manos torpes en un cuarto oscuro. Tachadas. Hay algo debajo del entarimado. Tachado. Y aquí está el tabernáculo reconstruido.

Aquí está la parte en donde todos eran felices todo el tiempo y todos estábamos perdonados, a pesar de que no lo mereciéramos.

Dentro de tu cabeza escuchas un teléfono timbrando, y cuando abres los ojos, te estás lavando en el baño de un extraño, de pie en una toalla amarilla, junto a la ventana, sólo a veinte minutos de distancia de la cosa más sucia que conoces.

Todas las habitaciones del castillo excepto esta, dice alguien, y se repente oscuridad, de repente, solamente oscuridad.

En la sala, en el patio destruido,

en la parte trasera del auto mientras las lucen pasan. En el gorgoteo y ruido del baño del aeropuerto, bañados en la luz antinatural de la farmacia, mis manos luciendo extrañas, mi cara extraña, mis pies demasiado lejos.

Y luego el avión, el asiento en la ventanilla frente al ala con una vista del ala y una pequeña bolsa de maníes.

Arribé a la ciudad y nos encontramos en la estación, tú sonriendo de una forma que me asustaba. Al fondo del callejón, a la vuelta de la sala de juegos, subiendo las escaleras del edificio, al pequeño cuarto de los grifos rotos, tus dibujos, todas tus cosas,

miré fuera por la ventana y dije

Esto no es muy distinto a casa

porque no lo era

pero entonces noté el cielo negro y todas esas luces.

Caminamos por la casa hacia el tren elevado.

Todos esos edificios, todo ese vidrio y el brillante y hermoso aire mecánico.

Estábamos dentro del vagón y comencé a llorar. Tú también estabas llorando, sonriendo y llorando de una forma que me ponía más histérico. Me dijiste que podía tener todo lo que quisiera, pero no pude decirlo en voz alta.

De hecho, dijiste El amor, para ti, es más grande que el típico amor romántico. Es como una religión. Es aterrador. Nadie querrá dormirse contigo nunca.

Muy bien, si eres tan grandioso, tú hazlo

aquí está el lápiz, hazlo funcionar.

Si la ventana está a tu derecha, estás en tu propia cama. Si la ventana está sobre tu corazón, y está cerrada a cal y canto, entonces estamos respirando agua de río.

Constrúyeme una ciudad y llámala Jerusalén. Constrúyeme otra y llámala Jerusalén.

Hemos venido de Jerusalén, donde no encontramos lo que buscábamos, así que hazlo de nuevo, dame otra versión

un cuarto diferente, otro pasillo, la cocina pintada una y otra vez

otro plato de sopa.

La historia completa del deseo humano tarda aproximadamente setenta minutos en contarse.

Desafortunadamente, no tenemos ese tiempo.

Olvídate del dragón, deja el arma en la mesa, esto no tiene nada que ver con la felicidad.

Adelantémonos al momento de la epifanía, en luz dorada, mientras la cámara se desliza a donde está la acción,

junto al lago y retroiluminada, y enfoca, lo suficientemente cerca para observar los aros azules de mis ojos mientras digo algo horrible.

Nunca me gustó ese final tampoco. Más amor que fluye hacia el camino equivocado, y yo no quiero ser el tipo de persona que dice el camino equivocado.

Pero no funcionan, esas tachaduras, ese constante replegamiento de los pliegues.

Hubo partes buenas, claro,

todo dulces de limón y bolas de melón, riendo en pijamas de seda

y los granos de azúcar en las tostadas, amor amor o lo que sea, toma un número. Siento tanto que sea una historia tan mala.

Querido Perdón, sabes que hace poco tuvimos dificultades y hay muchas cosas que quiero preguntarte.

Lo intenté en aquella ocasión, en la preparatoria, en el segundo almuerzo, y de nuevo, años después, en la piscina clorada.

Te sigo hablando acerca del auxilio. Todavía no poseo esos lujos.

Te he dicho de donde he venido, así que ponlo todo junto.

Nos aferramos a nuestros vientres y rodamos por el piso…

Decir esto debería significar risa, no veneno.

Quiero más puré de manzana. Quiero más asientos reservados para los héroes.

Querido Perdón, te guardé un plato.

Deja de trabajar en el patio y entra a comer.

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Poema que traduje en 2015 para Letras, y ahora traigo a la vista de nuevo porque Pablo y Arely descubrieron a Siken hace poco. Suframos todos juntos.

Traducción: El vaso vacío, de Louise Glück

Desde hace dos años he traducido un poema para finales de año. Algo como para cerrarlo todo, atarlo con un moño, entregármelo a mí misma y decir: He aquí tus tribulaciones. Este año fueron muchas. Tanto así que tuve que sacrificar el escribir y leer. Annus vermi. Terrible es una palabra que no le quiero adjudicar, pues, de entre todo las llamas y el fango, crecieron camelias.

Glück, como siempre, sabe apuntalar mi sombra que camina de manera aterradoramente precisa. Mientras tanto, les dejo el poema y una promesa: escribiré.

 

Pedí mucho; recibí mucho.

Pedí mucho; recibí poco. Recibí

casi nada.

¿Y mientras tanto? Un par de sombrillas que se abren adentro.

Un par de zapatos, por error, en la mesa de la cocina.

¡Oh, equívoco, equívoco!– era mi naturaleza. Era

de corazón duro, remota. Era

egoísta, rígida al grado de la tiranía.

Pero siempre fui esa persona,  incluso desde mi infancia.

Pequeña, de pelo oscuro, temida por los otros niños.

Nunca cambié. Dentro del cristal, la abstracta

marea de la fortuna cambió

de alta a baja, de la noche a la mañana.

¿Fue el mar? ¿Respondiendo, quizá,

a una fuerza celestial?  Para estar a salvo,

recé. Intenté ser una mejor persona.

Pronto, me pareció que lo que comienza como terror

y madura en narcisismo moral

podría haberse convertido, de hecho,

en crecimiento humano real. Quizá

esto es a lo que mis amigos se referían, tomando mi mano,

diciéndome que entienden

el abuso, la increíble mierda que acepté,

presuponiendo (o eso creí alguna vez) que estaba un poco enferma

al dar tanto por tan poco.

Pero lo que ellos querían decir era que yo era buena (juntando mis manos intensamente)–

una buena amiga y persona, no una criatura de pathos.

¡No era patética! Era de gran aliento,

como una reina o una santa.

Bueno, todo eso crea una conjetura interesante.

Y se me ocurre que lo que es crucial es creer

en el esfuerzo, creer que algo bueno saldrá de, simplemente, intentarlo.

un bien no contaminado por el corrupto impulso de

persuadir o seducir–

¿Qué somos sin esto?

Dando vueltas en este oscuro universo,

solos, con miedo, incapaces de influir en el destino–

¿Qué tenemos realmente?

Tristes trucos con escaleras y zapatos

trucos con sal, impuramente motivados en el recurrente

intento de crear un personaje.

¿Qué tenemos para apaciguar a estas grandes fuerzas?

Y pienso, finalmente, que esa es la pregunta

que destruyó a Agamemnon, ahí en la playa,

las naves griegas prestas, el mar

invisible más allá del puerto sereno, el futuro,

letal, inestable: fue un tonto, al pensar

que eso podía ser controlado. Debió haber dicho

No tengo nada, estoy a tu merced.

“The Empty Glass” by Louise Glück, from The Seven Ages.

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