Los sorprendentes resultados: acerca de la memoria

Diana y yo íbamos de camino a Guanajuato, para visitar a Karen que estaba participando en el Verano de la Ciencia en Irapuato. Me tomé la libertad de usar un cheque de mi beca (lo siento mucho, dioses de las becas) y partimos temprano hacia la capital, para luego de ahí irnos a Irapuato. Nunca habíamos viajado solas y juntas. Teníamos listas nuestros playlists para los viajes en camión. Diana tenía descargados varios podcasts de RadioLab. Escuchamos uno del proceso creativo de un músico, otro acerca del autismo y uno sobre la memoria. Éste último hablaba sobre el Alzheimer y sobre un compositor que al intentar remasterizar un antiguo casette descubrió que, poco a poco, ésta se desintegraba. Pitchfork lo explica de mejor manera:

En un estado saludable, la cinta analógica es de marrón pálido, que es el color de la grabación de audio magnético que contiene. En 2001, William Basinski, buscando digitalizar una colección de antiguas cintas que había creado con música easy-listening, descubrió que la cinta comenzaba a flaquear un poco mientras la tocaba, como si se pelará la pintura. Al tocar los bucles repetidamente, estos comenzaron a perder su composición hasta que la cinta se desintegró. Lo que comienza como un fragmento de una trompeta, eventualmente se degrada en una pálida imitación, como si hubiera producido una composición y luego, inmediatamente después, se tocara su memoria desvanecida.

The Disintegration Loops son inmensamente largos (la primera de sus cuatro partes dura más de una hora), que están compuestos de fragmentos repetidos a veces tan cortos como cinco o 10 segundos. En el transcurso de ese gigantesco tiempo de ejecución, escuchas que la pieza se derrumba, literalmente. “Estoy grabando la vida y la muerte de una melodía”, dijo Basinski en una entrevista de Radiolab en 2011. “Simplemente me hizo pensar en los seres humanos, ya sabes, y en cómo morimos”. Los misterios de la vida y la muerte son quizás una pregunta demasiado grande para ser contestada por el dron de cinta, y Basinski no lo intenta. Su pieza es bella y triste, temporal e infinita; sus cambios son imperceptibles, pero siempre presentes. Suena como el viento, como el cuerno de un barco que se escucha en la distancia cuando se pierde en el mar, de camino a rescatarte o a pasarte. (Seguir leyendo aquí).

Recuerdo de vez en cuando la sensación que nos produjo enterarnos de eso. Fue una confrontación muy clara con la temporalidad de las cosas; como tener frente a nosotras La Respuesta y no poderla verla de frente, porque (como se nos había advertido) es una visión aterradora. Nacemos para morir y cada día que vivimos, olvidamos algo. Damos círculos en nuestra pequeña esfera de significados, y esta poco a poco se desgasta. Llegamos al final de esta, no porque cerremos una figura geométrica de perfecta simetría. Simplemente paramos, como una canción que se interrumpe un segundo antes de terminar.

Varios músicos tomaron esa misma idea (la de la memoria que persiste a pesar del tiempo, pero que finalmente sucumbe ante la nada) y un puñado de artistas publican sus mixes bajo el subgénero del ambiente que alguien nombró “hauntology”.

Creánlo o no, es algo que me pasa al ver mi perfil de Instagram.

Puedo ver una línea muy clara, que muta constantemente, entre las cosas que reconozco como cercanas, mías todavía, y entre las que ya no me pertenecen del todo, porque ya pasaron a formar parte de un orden diferente. Ahora mismo, si abro la aplicación, las cosas comienzan a difuminarse antes de Italia. Parece tanto tiempo, a pesar de que sólo han pasado 6 meses, y al ver mi cara, no me reconozco del todo (eh, que todo eso del copete Copérnico fue un error, producto de mi triste corazón).

No he borrado mis cuentas pasadas de Instagram. La primera (Quintaesencias) guarda mi cara del 2014. La segunda (hagiografia) contiene mi cara del 2015. La tercera (janegayre), del 2016. Y la de ahora (sputnik.an, la que más ha durado), mis caras del 2017 y toda esta mitad del 2018. Abro esas cuantas de vez en cuando, y casi puedo sentir olores o sabores increíblemente específicos. Abro hagiografia, por ejemplo, y una foto que tengo de cuando estaba escribiendo Orquídea de supermercado. Recuerdo vívidamente el olor de la lluvia (Facebook hace poco me recordó que publiqué en mayo, casi asustada: “¿No creen que no ha dejado de llover?”) y la sensación de darle la espalda a la puerta de mi cuarto, porque acababa de acomodar un escritorio, que nadie usaba, entre mi cama y mis libros.

No recuerdo, sin embargo, nada de esos flashazos significativos que nos electrizan cuando salimos del baño y que decimos, iluminados: “¡He aquí la más absoluta de las verdades!”. Sé que las tuve. Sé que todas esas pequeñas experiencias que documenté en Instagram desde el 2014 forman parte integral de lo que yo, a mediados del 2018, intento dilucidar.

En secundaria, mi mamá me compró un perfume Anaïs-Anaïs. Por la misma fecha, mi papá me compró un disco de éxitos de Los Beatles. Entre fragancia y canciones, una quedó mezclada con la otra. Ahora, cada vez que escucho Anna (Go To Him) o Chains, recuerdo el olor a las miles de flores que evoca el aroma. Me pasa lo mismo con las canciones de Air de Las Vírgenes Suicidas y el helado de queso, o el soundtrack del juego de PC de Harry Potter y la Cámara Secreta y la luz del atardecer que se filtra por las ventanas de mi casa, cuando estoy sola.

La relatividad de nuestra memoria se vuelve patente en momentos de crisis. Vivimos cada segundo con intensidad y sobrevivimos el ojo del huracán sólo para no recordarlo justo en el segundo en que salimos de éste. En cambio, recordamos con absoluta claridad momentos aleatorios, como la vez que decidimos que, de andar por una banqueta, jamás pisaríamos la línea amarilla, y que seguimos repitiendo, como obedeciendo una ley punible, a pesar de que no tienen ningún sentido. O el aroma de las flores que nuestra maestra en primaria puso el Día del Maestro o cómo nos sentimos de avergonzados cuando alguien nos descubrió en nuestra mentira blanca del día.

El hecho de que no soy más que memoria (como también hace patente la película 50 First Days) me atormenta más de lo que me concilia. Sobre todo porque me jactó de tener la peor memoria. Quizá, por esa razón, decidí abandonar la tediosa costumbre que tenía de cerrar todas mis redes sociales cada año, como en una especie de purificación azteca, intentando renovarme, salir de la cáscara, ver escamas nuevas, contemplar el vacío que he dejado detrás y andar sobre de él, imaginando esta u otra cosa, sin querer asimilar nunca la verdad. No es una forma honesta de vivir. Es escoger entre pedregullos o montañas. ¿Quién puede decir que una u otra cosa es más importante?

Escribí en uno de mis diarios, hace mucho:

Pensé: Qué hermoso es ser así como él. Crear experiencias significativas a cada paso. Caminar y plantar bien los pies. Dejar marca. Qué hermoso recordar fechas y rostros y el movimiento exacto de los labios de las personas cuando pronunciaron algo digno de citar. ¡Cuánto he aprendido de él! Ya no vivo en la vaguedad de la niebla matutina. Tengo un nombre y un pasado. Recojo con las manos las pepitas de oro que antes me negaba a tomar, excusando que en el camino hay que ir lo más ligero posible. Qué hermoso ir cargado de deliciosas cargas. Qué hermoso es estar presente.

Pensé en cómo lo hacía yo, sin embargo. No dejo marca, pensé. No es lo que hago. Camino ligera y me esfuerzo en no salir en las fotos. No quiero que nadie saque un álbum y me señale la cara mal enfocada y diga: “Mira, qué recuerdos”. No sé que hice hace dos años en el día de las madres. No sé que dicen las personas cuando abren las bocas. Todo se disuelve perfectamente como una nube en junio. Tengo tantos nombres y muchos futuros posibles. No recojo pepitas: tamizo con esfuerzo lo que me presenta el camino y dejo colar lo que no tiene un tamaño considerable. Me interesan las montañas porque no las puedo perder y porque, en realidad, no me pertenecen del todo. Son parte de algo más grande, de un orden superior.

Son dos maneras de enfrentarse al mundo: él recoge tantas cosas brillantes a lo largo de su tránsito y las guarda con esmero. Se hace pesado en ocasiones. Hay veces en que tiene que detenerse para darse un respiro. Le duele la cantidad de cosas que pueden existir. Yo, por otro lado, me esmero en no tener nada más que aquello que transforma geografías. Los accidentes topográficos de tal envergadura no aparecen todo el tiempo: mi destino es el de estar sola en el valle que resulta de aquel desplazamiento tectónico. Aprendimos de esto, queramos o no. Aprendimos a ser felices con nuestros recursos.

Me encuentro feliz de mis decisiones. De recrearme cada que abro el Instagram y me pregunto, con absoluta curiosidad: ¿Pero quién diablos es esa persona? y de luego encontrar, en los pequeños detalles, las razones de porqué estoy en donde estoy. Como diría Jenny Holzer “Vivimos los sorprendentes resultados de viejos planes”. Y así, y así, hasta que dejemos de sonar.

you live the surprise results of old plans

De la imposibilidad de un alma. Sufjan y yo.

Corría el 2009 y yo decidí abrir mi tumblr luego de observar a mi hermana encontrar imagen tras imagen de su banda japonesa favorita. Esa página prometía un pozo sin fondo de diversión visual. Quien ha estado desde el 2008 en aquella plataforma sabe de lo que hablo: su famoso azul de fondo y montones de imágenes de Starbucks y bostonianos con los primeros filtros de Instagram, o sea, un paraíso hipster al que podía migrar luego de la locura de Metroflog y el eventual cierre de las páginas personales de Hotmail, Messenger y el declive de Harrylatino.  Al año, ya era mi pequeño paraíso, y fue ahí dónde descubrí dos cosas que definirían los años consecuentes: el fandom de Sherlock y la música de Sufjan Stevens.

giphy

Sucedió con uno de esos posts, populares en aquel tiempo, en el que algún listillo combinaba dos canciones parecidas y la hacía sonar increíble. Era un mashup de Clocks de Coldplay y Chicago de un tal “Sufjan Stevens”, que nadie parecía conocer. Escuche el audio, que no era más que la música de Clocks con la voz de Sufjan superpuesta. Lo busqué en Google, pero lo único que me aparecía era Cat Stevens. En Ares (porque sí, eran tiempos de Ares) sólo me aparecía That Dress Looks Nice On You y  la Chicago original. Durante meses, estuve contenta con tener esas tres canciones en mi colección.

Seguí buscando, un poco desesperada, porque NADIE parecía saber nada acerca del cantante que comenzaba a atormentarme por ser tan endemoniadamente evasivo. Encontré, un día, una página de bandcamp (la suya) que contenía 4 álbumes: A Sun Came, Michigan, Seven Swans e Illinoise, sus primeros cuatro discos, y todos a mi disposición. Al poco tiempo, también pude descargarlos, y para mi sorpresa, en ese mismo año sacó un álbum y un EP: The Age of Adz y All Delighted People. Eventualmente, en su bandcamp también aparecerían Enjoy Your Rabbit y The BQE.

Quiero recalcar dos cosas muy importantes y que necesito dejar muy muy claras.

La primera es que no sé que es la música.

Podrá parecer que sí y podrá parecer que conozco mucho de esta o aquella banda o cantante, pero el concepto de “música” o “canción” me vuela por encima de la cabeza y no logro entender como es que alguien se aprende una canción o alguien produce sonidos con sus dedos en un par de cuerdas y todo lo demás. Nunca he sido de esas personas que dicen: La música es mi vida. Si me conocen, ya saben lo realmente analfabeta que soy en materia musical. Simplemente me es imposible aprenderme la letra de la rolita popera en la radio porque mi cerebro carece de la sinapsis necesaria para poder entender qué demonios es esa armonía. No canto, no toco, no bailo. Ni siquiera me sé una canción completa de Sufjan. Me gusta el sonido de la estática y de los viejos refrigeradores, y hasta ahí se limitan mi sensibilidad al respecto de la música. Si me dan a escoger, prefiero el silencio. Si me piden que les diga cuál es mi género favorito digo “cantos gregorianos” y si a mis 15 años me preguntaban que cuál era mi banda favorita, seguramente respondería con un genérico: “Uhm, me gusta de todo”, a falta de (de hecho) un gusto musical.

Cuando digo que escucho a tres bandas nada más, no es una exageración. Mi shuffling en Spotify y YouTube se reduce a Sufjan, Beach House y Joanna Newsom (otra artista huidiza: tiene dos (2) videos musicales y ha proclamado nunca aparecer en Spotify. ¡Ay de mí!). A veces escucho La Mer de Debussy en repeat durante el día. Otras veces, pongo sonidos de ventiladores industriales.

La segunda es que este dude es de los artistas más huraños y menos dados a la promoción en el mundo entero. No tiene ni un video musical, hace conciertos cada venida de papa y casi no concede entrevistas. O sea, que no es Ed Sheeran y no corro con la suerte de ver 500 millones de vistas en su VEVO o de verlo cada 30 minutos en MTV. Es tan inaprensible que durante años su página en AZLyrics sólo tuvo las canciones más populares y su página de Wikipedia no podía explicarme quién diablos es esta persona que escucho casi diario, por el amor de Dios. Luego de su último disco comenzó a salir un poco a la vista de los demás, pero durante años, AÑOS, lo único que tenía de él eran videos amateur de sus conciertos del 2006 en Detroit o Nueva York o sus posts neuróticos de tumblr (porque sí, el señor tiene tumblr también).

Así que Sufjan Stevens llegó como si se tratase de una llave, que abriría mis atolondrados oídos a un nuevo tipo de experiencia sensorial. Y todo empezó cuando escuché por primera vez Impossible Soul, la última canción de The Age Of Adz, cuya característica principal es que dura 25 minutos y habla sobre las posibilidades y esperanzas de un alma presa de la ansiedad y la culpa. Un milagro, dirían los más crédulos.

sufjanMi primer acercamiento con Sufjan es, por supuesto, su voz. Suelo decir que es la más pequeña de todas, porque es tan suave que parece casi un susurro, pero al mismo tiempo tan clara y precisa que es inconfundible. Luego el banjo o el piano, su sonido maximalista, sus ganas de querer usar siempre flautas dulces y ocho violines y siete tombrones, o la forma en que usa el autotune, casi como un chiste, pero que resulta maravilloso. Finalmente, sus letras, que siempre fue lo que más me llamó la atención porque era lo que más podía entender.

Sufjan narra de la manera más delicadamente imprecisa su vida, su educación católica, el amor hacia los personajes americanos más particulares (Andrew Jackson, John Wayne Gacy o Tonya Harding), la relación fallida con su madre, la mitología griega, su perpetua obsesión con la Navidad y hasta pequeñas historias de amor sin género enmarcadas en los suburbios de Michigan. En mi búsqueda por más de él, me encontré con varios cuentos que escribió cuando él todavía esperaba ser escritor. Estudió Literatura y mandó a concursar un libro de cuentos que ganó el primer lugar en su universidad. Pero luego tomó su banjo y su flauta dulce y se dio cuenta de que lo que tenía que hacer era tocar y escribir música.

Algunos ejemplos preferidos:

And I have a sister somewhere in Detroit.
She has black hair and small hands.
And I have a kettledrum,
I'll hit the earth with you
Sister
Oh! I love you from the top of my heart.
And what difference does it make?
I still love you a lot; Oh! I love you from the top of my heart
And on your breast I gently laid. Oh! My head in your arms.
Do you love me from the top of your heart?
All Delighted People (Original Version)
You, you must be a Christmas tree, a Christmas tree.
You light up the room, oh, you light up the room.
Oh, you light up the room.
Barcarola (You Must Be A Christmas Tree)
The only thing that keeps me from cutting my arm,
Cross hatch, warm bath, Holiday Inn after dark,
Signs and wonders: water stain writing the wall,
Daniel’s message; blood of the moon on us all.
The Only Thing

Muchas de las cosas que amamos, no las entendemos del todo. La idea, a pesar de la obsesión personal y las ganas de saber hasta el más pequeño de los detalles, es aceptar lo que queremos como si se tratara de nuestra propia imagen en el espejo. Yo entiendo (y siento) a lo que amo como un reflejo de lo más real y profundo que se desarrolla en mi alma. Las personas que me rodean, la música que escucho, las escritoras que leo, los colores que tomo como míos.

El sentimiento de encontrarse, cara a cara, con un igual es lo que nos hace, como especie, querer seguir adelante, ante la promesa de que otros verán lo mismo en nosotros, o que no estamos aislados en nuestras experiencias o que, a pesar del miedo, seguimos caminando con la mirada puesta más allá de la cordillera que tapa la mitad del cielo.

Al ser yo de naturaleza hiperbólica no puedo evitar enarbolar como una bandera la cara y bíceps de Sufjan y gritar cuando veo su cara en los Oscars, luego de casi más de 10 años de recreármelo para mi solita, sin que nadie (salvo a los pocos que lo descubrieron de manera violenta luego de Carrie & Lowell) me acompañara en mi pasión por un señor de 40 años del norte de Estados Unidos, que canta muy bajito y que no tienen la menor idea de que una chica en México le dedica, cada tercer día, un tarareo o un gesto ceñudo. Nada puedo hacer para evitarlo.

Lo que sí puedo hacer es decirles: ¡Hey! ¿Quieren escuchar conmigo 23 minutos y medio de Sufjan Stevens? Quizá lo odies, quizá no, pero esto me representa fielmente y necesito, necesito que nos veas, porque boy, we can do much more together.