Línea Blanca

Lo primero que notó fue el ruido del refrigerador.

Zumbaba y gruñía de manera intermitente durante todo el día. Parecía ser el sonido de una criatura feral, un monstruo incesante que mugía cuando la casa se encontraba en silencio, o en medio de la noche, cuando ella se levantaba por un vaso de agua, repentinamente acalorada. El refrigerador blanco se levantaba frente a ella, como un golem de plástico helado, zumbando sin parar. Uhmmmmm, uhmmmm. Todo el día sin parar. Pensaba que lo que le molestaba del asunto no era que sonara, sino que se callara y volviera a gemir de manera entrecortada. Le crispaba los nervios. Le hacía sentir la piel caliente y la sangre fría saber que había estado en silencio y no lo había aprovechado por estar haciendo otra cosa, y ahora tenía que aguantarse a escucharlo de nuevo.

 Un día, como pudo, lo arrastró a la mitad de la cocina para averiguar si podía cortar o remendar algún cable o tubo y parar aquella tortura. Detrás de la carátula aparentemente límpida del refrigerador, se encontró con una columna vertebral metálica, llena de polvo pegajoso, pero impenetrable a sus deseos. Quería hacerlo callar, pero entre más miraba de abajo a arriba, el laberinto de varillas la confundía más.

“¿Qué estás haciendo con ese refrigerador?”, le reclamo una voz grave, bien conocida.

“Lo estoy limpiando”, le contestó rápido y sin pensarlo, de rodillas detrás del aparato. Sí, tal vez limpiarlo solucione algo, pensó.

“Pues estaría bien que luego bajaras al sótano y limpiaras el otro congelador, que ya está muy sucio”, le ordenó la voz.

“Sí, sí, acabando bajo”.

No, limpiar nunca ha solucionado nada.

Lo primero que notó, si lo piensa bien, sentada en el sillón frío de su sala, lo primero que notó fue que ya no le quedaban ganas de coser. Le había hecho el vestido de novia a tres de sus hijas, recordó. ¿O a dos? Recordó como le cosió las perlitas de plástico iridiscente alrededor del cuello a uno de esos vestidos. Una a una, como si estuviera rezando el rosario. El sonido de la máquina de coser sí que le gustaba, pensó. No era tan agresiva como la del refrigerador, e iba y venía a su ritmo. Era una Singer negra, de pedal de metal y cajones de madera. Olía siempre a tela y al jabón que usaba para marcar los patrones. El pie, sin cansarse nunca, se coordinaba con las manos, que empujaban la tela hacia la inescapable aguja e hilo Seralón. Cerró los ojos e imitó el movimiento, sentada en el sillón. Sí, todavía podría hacerlo. Todavía podría coser un vestido. Pensó en medidas y cortes: una manga corta y un pecho y espalda medianos; una falda plisada como el del uniforme de sus hijas. O un pantalón. Largo hasta el tobillo, con dos pinzas en la cintura, como el del uniforme de sus hijos. Nunca habían comprado uniformes. Ella los había hecho a máquina. Sí, eso le contó una vez a su hija (¿o había sido a su nieta?), como le pidió los uniformes a su vecina, como los deshizo y los volvió a armar y cómo se memorizó la hechura. Hace mucho, le dijo, cuando vivíamos en la otra casa. Esta está muy grande, muy grande y sólo se escucha el refrigerador y ya no se escuchan ni los gatos ni los niños, le dijo. El refrigerador y ella, siempre solos en esa casa enorme de tres pisos y una docena de cuartos vacíos. Abrió los ojos y volvió a fijar la mirada en la televisión. No, ya no le quedaban ganas. La Singer estaba sepultada debajo de muchas cajas de zapatos y de viejas revistas de patrones. No, ya no.

Lo primero que notó, si lo analiza bien, muy muy bien, acostada en su cama, de noche, atenta al mugido del refrigerador, lo primero que notó fue que cuando llegaban sus hijos a visitarla ya no sabía qué decirles. Les quería decir del refrigerador, pero a veces solamente les contaba lo del gato que se había salido un día y que ya no había vuelto. Les quería preguntar por sus nietos, por sus nueras, por el clima de allá afuera, pero se quedaba escuchándolos hablar y ella, con el entrecejo fruncido, se repetía: “¿Qué les quería decir?, ¿qué les quería decir?”. Se acordó del día que su nieta fue a llevarle un queso y una bolsa de leche en polvo.

“Ay, hija, pero si ya tenemos”.

“No, abue, ayer me marcaste por teléfono y me dijiste que faltaban”.

“Oh, bueno, tú siéntate y deja los guardo”.

Al acercarse al refrigerador para guardar el queso, se acordó de decirle del sonido.

“Este refrigerador suena mucho, mija, ¿no será que le puedan mover algo?”

“Si me dijo el otro día que vine. Y le dije que estaba raro, porque estos refrigeradores nuevos ya son muy callados”.

“Hija, es que suena y suena y no puedo dormir”.

“¿Ya le dijo a mi abuelo?”

“No, mija, no quiero molestarlo con eso”.

“Si quiere, yo le dijo”

“No, cómo crees. No lo molestes con eso. Son mis cosas. Qué suena y suena y luego se calla y luego suena de nuevo”.

“Sí me dijo”.

Se quedaron calladas un rato. Comenzó a vaciar la leche en polvo en un tupper de plástico.

“¿Si te conté de la vez de tu abuelo? ¿De lo que me dijo antes de casarme?”

“No, abuelita”, le contestó su nieta, que dejó el celular en la mesa y exhaló con resignación. “Nunca me ha contado esa historia”.

¿Cuál es mi nombre?

Su papá había sido muy claro con ella. Si se iba, no podía volver. Si se casaba con ese muchacho, tan chica ella, ella tendría que hacerse cargo ya de su vida y de la de su esposo. Eso le dijo. Esas cosas no se olvidan por más que quiera uno, pensó. Le dijo que no se casara, que estaba muy chica, que se esperara a terminar la secundaria técnica. Él le pagaba la carrera de corte y confección. No tendría que trabajar, sólo tenía que esperarse. Eso le dijo. Le dijo que si se iba, él ya no la iba a ayudar. Y menos yéndose tan lejos, al sur, a una ciudad que ni él conocía. Pero ella estaba enamorada, le había dicho. Estoy tan enamorada que siento que me queman las entrañas. Él había sido tan amable con ella, no como los demás que parecía que le tenían miedo. Él la agarraba con fuerza del brazo y de la cintura y le susurraba al oído que no se fuera con otro, que ella era de él. Ella sentía como su cuerpo se ablandaba y se acoplaba a la de él, como si estuvieran hechos de la misma sustancia. Él trabajaba ya, no como sus compañeros de escuela. Tenía una camioneta, que aunque estaba vieja, era de él. Con esa iba y venía, de ciudad en ciudad. Y ella se quería ir con él a dónde fuera él.

“Pues si te vas, ya no vuelves”. Y se casó sin el permiso de su padre, pero con él presente. Se casó con un vestido que le hizo su tía. Se casó con él, que no tenía familia presente que le reclamara nada, y se fue con él, lejos, lejos y ya no volvió, como le había prometido su papá. Como sus hijos que se fueron y ya no volvieron. Como el gato, que se fue y no volvió. Esas cosas no se olvidan, analizó en la oscuridad de su cuarto. El irse es una herida que se abre y nunca se cierra.

Un día, se despertó dentro del baño. Estaba soñando que sus canarios en vez de cantar comenzaban a sonar como el refrigerador. Uhmmmmm, uhmmmm, uhmmmmm, cantaban los canarios, que tenían picos metálicos y hacían vibrar las jaulas. Uhmmmm. El azulejo estaba frío y ella, en camisón largo, no había notado que se había golpeado la cabeza, que ahora le sangraba profusamente. Se quedó sentada ahí, confusa, intentando recordar cuando se había levantado del baño, cuando se había ido a dormir, pero sólo pensaba en sus canarios.

La puerta se abrió de golpe.

“¡Te estoy hablando!”, le grito su marido, antes de pasmarse frente a ella. Nunca lo había visto así, confundido después de un grito. Le pareció aún más extraño todo. Seguro que seguía soñando. Después de un grito, siempre venía un golpe, nunca el silencio. Eso lo sabían sus hijos y algunos de sus nietos, pero sobre todo ella. Los primeros habían sido casi juguetones; una nalgada o una sacudida en el hombro. Después, los manotazos los recibía directo en la cara, haciéndole soltar lágrimas del impacto, no tanto ya del coraje. A sus hijos los azotaba con las varas que recogía del cerro, a dos de sus nietos los llegó a golpear con el cable de la plancha, pero a ella siempre la golpeaba con la mano limpia. O el puño. O la suela de su bota. Dependía del castigo. Se había memorizado también el orden en que ocurrían los hechos. Primero era la equivocación que ella hubiera cometido, luego el reclamo y el grito y la retahíla de groserías y, finalmente, el impacto.

Ahora, pensó, quizá yo me adelanté al porrazo. Ya no tendrá que golpearme. Se comenzó a reír. Nunca lo había pensado. Nunca le había pasado por la cabeza golpearse a ella misma, antes que él lo hiciera. Comenzó a reírse y continuó riéndose cuando él la levanto en silencio y fue la dejó en su habitación, cerrando la puerta tras de él.

El sonido del aparato en el que estaba no se parecía a ninguno de los que ella tenía en su casa. Todo producían siempre un chirrido muy familiar. La licuadora, la batidora, la plancha cuando la levantaba y dejaba escapar una exhalación de vapor, el atomizador con detergente, la lavadora de tambor, la televisión o la radio. Todos zumbaban de cierta manera que no podía explicar realmente, pero que sabía que era esencialmente diferente al del tubo en el que la habían metido. Era como una especie de estática, un rumor más parecido al del ronroneo de un gato que al del zumbido de un mosquito. Una voz le pedía mover los dedos de vez en cuando. Ella empujó los cuatro dedos de sus dos manos, como hacía cuando cosía.

De acuerdo con la resonancia magnética, le dijo su hija, que la tomaba la mano con fuerza, y con la interpretación del neurólogo, ella estaba enferma y debía comenzar a tomar medicamento. Que no se preocupara, que ella y su hermana iban a ir diario para ayudarla a que se tomara la medicina. Que había que ir al doctor más seguido. Que la iban a sacar a caminar. Que no se preocupara. Ella quiso decirle a su hija que no estaba preocupada, que estaba confundida solamente, quería decirle que le dolía un poco la rodilla y que el refrigerador seguía sonando; quería decirle que estaba bien, pero de su boca sólo salió una palabra:

“No”.

La casa grande la había construido su esposo toda su vida. Había sido su único proyecto, en lo único que pensaba luego de llegar de trabajar y de lo único que hablaba con ella mientras cenaba y de lo que le pedía a Dios todos los domingos en la iglesia. Terminar de construir su casa, para que vivan allí todos sus hijos y todos sus nietos. Una casa grande para todos, le decía. No este cuartucho que se está cayendo, ni vamos a tener lavadero ni estufa de leña. No, vamos a tener una cocina grande como las que salen en la tele. Y no vamos a tener ese pirul en medio del patio, que parece que vivimos en medio del cerro, no, vamos a tener una sala grande para que se sienten todo y una mesa para 12 personas y un sótano y una terraza y una cochera. Y cada año le añadía un cuarto a su casa, y cada año la pasaba entre su trabajo y el terreno que estaba a las afueras de la ciudad y que ella no conocía porque él nunca la había llevado a verla. Ella no podía salir mucho de la casucha que él odiaba tanto, de hecho. Él no la dejaba salir y, a base de pura costumbre, se encariñó. Ella quería a su casita y se lo había dicho muchas veces. A mí me gustan las vigas de madera que están en el techo, a mi me gusta el zaguán, a mi me gusta el patio de tierra y a mi me gusta que cuando llueve huele a tierra mojada y me gusta platicar con mi vecina a través de la pared baja que divide las casas. Ella me cuenta que en el patio de su casa hay un agujero en el que tira la basura y nunca se llena y su esposo le dijo que es un tiro de mina y que adentro, muy adentro, seguro hay plata, pero ella lo llena de los pañales de sus hijos y se ríen, y él no la escucha porque él piensa en su casa grande, piensa más en esa casa que en ella. Quiere más a su casa que a mí. “Y yo quiero a mi casita más”, le dijo una de esas tantas noches, en la que él se quedaba dormido contándole de la construcción. “Yo ya no me quiero ir de nuevo”.

Pero terminaron yéndose. 40 años después, 13 hijos, 26 nietos y 5 bisnietos después, terminaron yéndose. Y solamente quedaban ellos dos. Ellos dos en la casa grande, que era tan grande que ella se escogió un cuarto para ella sola y su marido otro para él. Ahí adentro ya vivía un gato negro que visitaba la terraza para arremolinarse en la tierra y dormirse bajo el sol. Ahí adentro, todos los sueños de marido se consolidaron y se quedaron quietos, como si estuvieran hechos de piedra: las camas, la sala, la mesa, la línea blanca que había pedido traer de otro estado y los cuartos vacíos. Ahí adentro, todos los recuerdos de su cerebro parecieron quedarse atrás, en su casita de adobe y vigas. Las palabras, quizá, se quedaron guardadas en los cajones de la Singer. Las historias, debajo del pirul o entre la pared de su casa y la de la vecina. Sus ganas se fueron cuando se murió su última golondrina y ya no quiso que su hijo le trajera otro pobre pajarito enjaulado.

Llego a la casa grande igual de vacía. Llena de huecos imposibles de llenar, por mucho esfuerzo que tomara. Ni las habitaciones se usaron ni, a decir de su doctor, las partes de su cerebro que la hacían recordar, hablar o valerse por ella misma. Quizá por falta de uso, pensó, mucho tiempo después, ya sentada frente a la televisión, al lado de su esposo. Quizá porque nunca sirvieron de nada y a nadie le importó lo que ella hacía o decía. ¿Para qué tanto doctor?, se dijo, rascándose la rodilla. Esto ya se sabía desde hace mucho tiempo.

“Abuelita, ¿quieres caminar por la sombrita?”

“No”, le respondió, siguiendo a su nieta que la sostenía de un brazo.

“Nos podemos seguir aquí por la banqueta o meternos al parque”.

“No, no”.

“Bueno, igual y por la sombrita está más calmado”, respondió su nieta.

Iban por una avenida, cerca de la casa, camino a un parque a dónde ella siempre la llevaba a caminar. Allí adentro le gustaba. Sonaban las hojas de los árboles como si fuera el mar. Nunca había conocido el mar, pero se le afiguraba que quizá así sonaba. Adentro, habían pintado una línea blanca que a ella le gustaba seguir con la mirada. La gente que iba en bicicleta iba dentro de ella y cada vez que un ciclista pasaba, ella soltaba una risa de alegría. Su nieta se reía con ella.

“Qué tranquilo está hoy”, le dijo. “Qué bonito día hace”.

“Sí”, le contestó ella, viendo el suelo, pensando en cosas que ya no tenían nombre.

Cuento: Notre Dame

Escribí este cuento en ¿2014? Era de cuando estaba realmente obsesionada con mis santos y acabábamos de llegar de París y la imagen de Carlomagno todo esmeralda todavía me perforaba las pupilas. Decido compartirlo porque lo acabo de encontrar. ¡Gracias por leer!

Junté mis manos para orar. Lo hacía sólo de costumbre. No tenía mucho que decir; no sabía qué decir. Las junté y cerré los ojos. ¿Esto es lo que se hace? Siento movimientos detrás de mí; modestos frufrús, voces en portugués, el ruido de la goma de los zapatos deportivos del hombre que vi al entrar. Estoy frente a San Jorge y una Virgen vestida de índigo que no reconozco. Pareciera que las únicas luces son las de las velas eléctricas. El silencio ha hecho nido en mis oídos. Las manos muy juntas. Los ojos ahora hacia arriba, hacia donde miran los santos. Pienso en Dios.

(Pero pienso en ti, veladamente. Que Dios, celoso como es, no se entere. Pienso en Dios y en ti, al mismo tiempo, como una cosa natural. Cuando me detuve a observar la verde figura de Carlomagno, tú te seguiste de largo. La idea de caminar durante una hora más en un lugar tan viejo no te parecía tan tentadora como un café bien cargado en el bistro de mesas rojas que viste de camino. No te digo nada. Me dices, “te espero allá, ¿ok?, no tardes”. Asiento. Carlomagno, no el herrumboso que está frente a nosotros, sino su mismísimo espíritu, me mira con el ceño fruncido. No sé muchas cosas, me defiendo; sé sólo las necesarias. Atravieso las puertas doble de madera de la catedral, me interno rápidamente hacia uno de los últimos nichos. Me acomodo en el reclinario e intento buscar el lugar al que miran los santos. ¿Qué es lo que ven?, pregunto desesperada. El cuarto dorado que contiene todas las cosas, me responde el incómodo dragón debajo de la preciosa suela del santo. Sus ojos de esmeralda son los únicos que me miran a mí. Un frío que no viene de ninguna parte me invade. ¿Dónde está ese lugar?, le preguntó al dragón derrotado. Mírate las manos, susurra casi triste, mira detrás de tu hombro. Observa atentamente hacia donde te llevan tus pies. San Jorge le pisa el hocico con más fuerza. Me levanto, asustada, decidida a salir, pero un resplandor dorado me detiene. Una joven, toda de oro, con una espada en las manos, que también mira hacia arriba, me detiene el paso. La reconozco sin leer el nombre que aparece en la placa de su pedestal. Le beso los pies. Somos pequeñas polillas polvorientas en sus manos. Podría aplastarnos completamente, pero no lo hace. Finalmente lo hará, por supuesto. Ahora, bienaventurados, sólo estamos rodeados de su fuego y de nuestro polvo. ¿Cómo lo sabes?, le pregunto. Agarro su túnica con fuerza. Baja la mirada y el ruido, todo, se detiene. Escucho la voz de Dios tan clara como tus lágrimas, me dice con ternura. No estoy llorando, respondo, alejándome. Pero lo harás. El aire fresco de la mañana me pega con fuerza en las mejillas al salir. Estás sentado, te veo desde aquí. Levanto la mano para que me veas tú a mí. Le das un sorbo al café y miras hacia el cielo).

Junto las manos con más fuerza.

A space of multiple falls

Mi hermana, Diana Andrade, tradujo este texto mío que apareció en la última entrega de la revista de Punto de Partida, Un espacio de múltiples caídas, al inglés. Interesante ver como cambian las sensaciones de las cosas leídas en otro idioma. Pasen a leer (o a practicar su inglés, con Larousse en mano) y manden kudos a Diana, para que se anime a traducir más cosas, más ahora que su plan de vida ya involucra adentrarse al oscuro mundo de las Letras y la Lingüística y prepararse como traductora. ¡Yey por un post positivo para el futuro! También no olviden leer todo lo que hay en la revista. ¡En serio una lectura imperdible!

How nice it is of me to be writing to you,
when you’re not writing to me.

Virginia Woolf to Vita Sacville-West,
July, 1927.

It rains. I walk down to the meeting point: from my house to the busiest downtown avenue. I carry my mother’s umbrella, the mint colored one with red flowers. It looks like she bought it in some Chinese store: it isn’t sturdy. It’s not cold, it only drizzles from right to left, in spite of being mid September.

We agreed to go for coffee to our favorite bakery, near the Cathedral. Then to maybe go to the movies or to visit the art exposition in local crafts market. Nothing set in stone. “There’s a really interesting film in the local cinema”, he said. “¿Did you know that that person will be at the exposition?”, I answered.

To get to the avenue, I must go down a cluster of stairs that starts at the edge of the church and ends on our meeting point. I say cluster because said street is parts stairs and parts ramp, and then the unevenness of the garage ramps from the houses. So the railing comes and goes. The alley gives the feeling of have been sketched by Escher. Towards the end, the stairs bifurcate: left and right, a hole opens up in the middle which –for the sound of constant running water– gives way to the sewers.

I go downstairs carefully. I recall the lights of the ambulance and people circling a spot on the floor: a long time ago, a lady rolled down the stairs to her death. After that, the local government renewed the alley. Before, it was just stairs.

In total, there are two hundred quarry steps, the edges gone and now a liquid roundness makes the most accomplished feet slip. Sometimes those feet are mine. I stop by the church’s closed gate. My boots are sinked in a black puddle that reflects the exact greenish glow of the glossy umbrella. It’s early still, he won’t be here for five or ten minutes.

I fell here when I was thirteen, or maybe a few more steps towards the center of the stairs. I was late to the end-of-school mass and I ran downhill without measuring the narrow space of the step. A twisted ankle, hands inside the pockets of my sweater. I fell sideways and hit my head to the edge of the sidewalk. I woke up between the embrace of a neighbor and the screams of the nuns coming out from the temple. Until I arrived to the hospital I could see myself in a mirror. Inside the restroom of the ER, my head and half my face were soaked in blood that matched my burgundy uniform, which smelled like iron. I looked like a heroine, like an amazon. It didn’t even hurt. I’ve never looked more beautiful.

When I told him about my incident, he laughed: “only you would be happy to crack your head in two”, he said. I informed him that the sidewalk displayed my blood for three days before the neighbor who found me washed it with water and Pine-Sol. “It was the most interesting moment of my life”, I added faking hurt. Sometimes, in the darkness of his room, he runs his hands through my hair and his fingers stop for a moment on the six-stitched scar. As payment in kind, I kiss the scar in his knuckles that he got on a fight. “We’re the same”, I tell him. “Marks of war.”

We have walked these stairs up and down many times. He likes them. “I see you at the stairs”, he texts me and I obey. I wait for him and watch him arrive from the avenue. Sometimes we go up to my house or even farther. Sometimes we go inside the church’s patio and sit between the pepper tree and the shrine of the Patrocinio’s virgin. I then share pieces of me: “There was a fountain before. I was baptized here. There, they threw the coins. They fell like gushes from my father’s hands, like streams of silvery water. There, the children rose their hands thinking of spending their coins on orange juice and cookies. It was filled with sound. It is filled with sound now, even though there’s only you and me whispering secrets.”

On one occasion he tripped on a ramp. I caught him by the sweater before he fell. “What would I do with you and your head cracked open?” We laughed like fools. I imagined him in a puddle of blood the whole evening. It wasn’t the same heroic image that I had seen in the hospital’s restroom.

The water of the puddle trembles when a group of women walk downstairs to the avenue in a rush.

I have dreamt of that place as well. At night, the entire city is mine. Its ruffs, the parks and the treetops, the hills and the alleys. He and I, sitting on the ancient stairs. Calmly, he says: “We can’t see each other anymore” and I don’t cry. His face darkens even darker than the night surrounding us. “¿Do you remember that time when I went through town, all the way to your window and tapped gently because I didn’t want to fright you? I couldn’t stop looking at you, even if I wanted to”, I tell him. Sometimes I dream that we dance and music comes through the stones. Sometimes we’re not ourselves: we have different faces, different lives, and we find each other in that middle point. One going up and the other going down.

Although the question remains: “What would you do if it weren’t me and you weren’t you and we found each other?” He answers that probably nothing because we wouldn’t even meet. I reassure him that what we share has the same essence as any elemental force, that if we find shelter in the idea of those stairs as our inhabitable place, we are destined to something more than a relationship that will eventually end. So we choose corners between buildings, balconies with view to the city, trees that bloom with time, I take all the places we shelter on like sparrows in winter.

I see him turn at the corner. He’s smoking, in spite the rain. His hair is wet. If he sees me under a green umbrella besides the church, he doesn’t show it and leans in the wall. Throws the cigarette butt to the sewer and I descend carefully. The stair opens up in two. He’s in the right side. I go down to the left to surprise him, but he begins climbing the stairs. I shout his name from below. He turns, with a grimace. Confused, annoyed. “What were you thinking, huh?” he tells me, maybe without meaning to. While he starts coming down to where I am, I take the umbrella off me, thinking of giving it to him so that he stops getting wet. And I –with all the intention– say: about gravity.

Cuento: La luz ámbar

I am being
eaten away by light.

Debería reformarse una ley de planeación urbana que dicte que las calles de una ciudad sólo pueden alumbrarse por la luz, entre amarilla y naranja, de las farolas. Las ciudades no deberían ser iluminadas por nada más que luz ámbar. Las ciudades que están iluminadas de esta manera poseen una característica muy particular que las metrópolis modernas de luz blanca no pueden albergar: están vivas.

Hay una diferencia crucial entre una ciudad que se siente viva y otra que, de hecho, está viva.  La Ciudad de México, por ejemplo. Su multiplicidad de luces (neones, titilantes, rojas y azules, ácidas, moribundas, de pesebre, de santuario) le otorga a la noche la sensación de que uno camina por el lomo de una mole pétrea de muchos ojos y muchas bocas. Si subes una loma y diriges la mirada hacia cualquier punto cardinal, varias jorobas aterciopeladas brillan ante la cantidad inmensurable de los focos que sus habitantes usan. Por otra parte, esta ciudad que habito: pequeña capital de un estado que tiene la forma de un viejo en marcha. Ciudad de las escaleras y las placitas en el centro de las colonias; ciudad de las luces ambarinas, que le confieren a la noche una sensación de perenne compañía. Si uno sube al cerro más alto y mira hacia cualquier punto cardinal, observará, con facilidad, una multitud de arañas de oro entre la más terrible de las oscuridades. La luz le otorga a las más lejanas colonias atributos de animales. A la fuente que se yergue en su centro, a las escaleras que llevan a las primarias, a las verjas que defienden los museos les otorga vida; cálida y sincera vida.

Descubrí esto cuando, en mi calidad de ser humano bípedo, me caí a la mitad de una plaza solitaria a las dos y media de la mañana. Las caídas estrepitosas y definitivas, como todos lo saben, son origen de disquisiciones fundamentales. Uno jamás es más (y menos) consciente de su cuerpo que cuando se cae, sin duda alguna, hacia el suelo. Existe un segundo de plena libertad en el que el cayente acepta su destino y se pregunta, muy serenamente, si aquello debería ser objeto de vergüenza o de valentía. Importante: para caer, se necesita saber caer. Se debe estar consciente de que, efectivamente, se caerá, o de otra manera, el levantarse puede resultar una tarea más complicada de lo que uno cree a primera vista.

Al caer yo, por lo tanto, hice lo que toda persona que sabe caerse, hace: me quedé acostada, paralela al suelo, y esperé a que algo sucediera que me sacara de aquella situación. Sin miedo, sin vergüenza, sin frío, lo que descubrí fue que, a pesar de encontrarme en una placita en medio de una colonia adormecida, un jueves en la madrugada, no estaba sola. Descubrí que se materializaba ante mí una especie de figura difusa, de tamaño de todo aquello que alcazaba a ver por el rabillo del ojo, que me observaba de vuelta. Descubrí que mientras los filósofos se entretenían en reyertas sobre si el vacío te miraba de vuelta o no, la respuesta se encontraba entre las ondas de luz amarillenta, que chocaban groseramente entre paredes y bustos de héroes revolucionarios, entre árboles y ventanas, formando entre los vértices de aquella geometría de radiación visible, una persona no humana que me acompañaba.

Lo demás fue más sencillo: de aquella triste noche en adelante, no volví a sentirme sola en la ciudad.

Le intenté explicar eso a mi madre cuando me preguntó “por qué entodosloscielos” seguía apareciendo en la casa después de medianoche. Le expliqué, lo mejor que pude, que el allá afuera no era tan diferente al aquí adentro. Le pregunté, con seriedad: “¿A veces no sientes que cuando sales a la calle, en realidad no estás saliendo a ningún aparte? ¿Qué todo esto es un gran adentro, como si la ciudad entera fuera una gran habitación?”. Me pidió que dejara de hablar. A mi padre, por otra parte, le preocupaban los criminales en potencia que hacían de la oscuridad entre las esquinas su arma perfecta. No intenté explicarle que el color ámbar me acompañaba, paso a paso, hasta la puerta de la casa. No tenía sentido. Aquella realidad me había sido revelada sólo a mí y, como elegida, debía sufrir la carga de la incomprensión.

Así que durante largos meses de callada amistad con la luz de las farolas, comencé a percatarme de su extraña personalidad.

¿Quién puede otorgarle adjetivos a las cosas, fuera de nuestro metomentodo lenguaje? La luz, más intrusiva que la curiosidad humana, nos regala colores, formas, texturas y sombras. Abre al ojo ante la inabarcable estructura del universo, que es absurda sin brillo. Recuerdo de niña creer que la luz sólo provenía de los focos: ni siquiera esperaba entender lo que el sol realmente era. La única fuente de luz verdadera era la de una bombilla de luz blanca, 60 watts. Recuerdo haber escuchado en un programa de Discovery: La luz viaja a más de 300 mil kilómetros por segundo. No hay nada más veloz que la luz. Y recuerdo pasar horas prendiendo y apagando los focos de mi cuarto, pensando: Esta luz viaja muy lento, esto no puede ser verdad.

La luz ámbar de las farolas de esta ciudad es lenta pero pesada. Tiene el andar de elefante que atraviesa una sabana en busca de agua. Pero es angular, debido a la arquitectura constantemente perpendicular de las calles: tiene, más bien, la figura de un muñequito de madera de articulaciones móviles. Pero la luz camina a tu lado con fluidez: ríos de agua que no siente, rayos oblicuos de líquido oro.

Es más fácil, para cualquiera, imaginar algo así como un amigo: en donde se concentran las multitudes, existe una persona.

Ella (porque no había duda de su sexo) me acompañaba, entonces, a todos lados, o por lo menos durante cada solitario camino que tuviera

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ARTHUR RIMBAUD
Les illuminations. 1949
lithographs by F. Léger

una farola. Había pasajes oscuros (como la empinada subida hacia mi casa), pero ella me esperaba treinta metros a la distancia. A veces rutilaba: cansada de seguirme de placita en placita, de verme saltar a la fuente sin agua detrás de la funeraria, de sentarse conmigo en la banca de piedra de camino al Templo de las Palomitas, la luz iba y venía con exasperación.

Le tomé cariño. Comencé a vestirme de amarillo, para que no se sintiera tan sola. Mi hermana me preguntaba por qué ahora mi color favorito era el ocre. Mis padres no entendían mi repentina afición por salir de noche. Siempre he sido una criatura diurna, como los ciervos o los colibrís. Pero yo estaba dispuesta a convertirme en gato de pies ágiles, todo por acompañarla un rato más. Van Gogh había dicho que el amarillo era el color de la felicidad. Él se la comía a cucharadas, en forma de óleo. Yo, me bañaba en ella a las dos de la madrugada. Felices, a pesar del riesgo.

A veces, me encontraba entre una muchedumbre, viernes por la noche, y mi amiga se escindía en diferentes siluetas, o incluso se teñía de rosa o de verde, prodigio proporcionado por la iluminación partidista de la ciudad. Se filtraba, en silencio, a través de las ventanas sucias por la ceniza de cigarro del bar al que solía enterrarme cuando no me apetecía yacer como un tronco en medio de una plaza. Ella lo entendía.

A veces, ensordecerse es equivalente a dormir, me musitaba al oído. Silencio.

Porque habito en el reino del silencio, característica de la ciudad pequeña, a las once de la noche, nada suena, nada arruga el manto aterciopelado de la noche que se calla. Salía yo del bar, un poco mareada, con los lentes en la cabeza como una corona a los malos hábitos y me tambaleaba con decisión hacia mi casa. Para mí, nunca había otro lugar al que llegar. ¿A dónde podría refugiarme, sino era mi habitación? Mis amigos me pedían que esperara, que fuera a bailar con ellos al otro lado de la calle. Pero el hecho de salir allá afuera sólo se justifica antes el hecho de volver allá adentro. Uno no sale a un bar con la intención de no volver. Para eso está la montaña.

“¿Te vas tú sola?”, repetían, siempre, cada jueves.

“Mi casa queda 13 minutos de aquí”, les contestaba, invariablemente.

“¿Dónde vives?”

“Caminas detrás de Catedral y luego detrás de la Hidalgo y luego detrás del Templo de San José. Subes una calle tan empinada que cansa de verla. Das la vuelta y llegas a la puerta de mi casa. No te puedes perder”, les explicaba, imaginándome con deleite el recorrido.

“Ve con cuidado. En las noches las cosas son diferentes”, pero yo encogía los hombros.

Me dejaban ir porque no tenía miedo.

Le perdí el miedo a la noche y ese fue mi más grande logro durante ese tiempo. A veces, con absurda valentía, deseaba que apareciera un maleante (cara anodina, gorra y gabardina) que me pidiera mi celular y mi dinero y yo, iluminada, inmortal, le diría “¡No!” y el hombre, pequeño y oscuro y absolutamente nadie, se evaporaría en el frío aire de la medianoche. Sola, en medio de una calle vacía, en medio de una ciudad en la que todos sus habitantes dormían, acompañada solamente por la tenue luz naranja de una docena de farolas, era la persona más poderosa.

Pero aquello nunca dura para siempre. Ninguna caída dura eternamente, para nuestra mala fortuna. Podemos ralentizarla, podemos pretender que, de hecho, no estamos cayendo. Pero sólo hay un ganador en todo aquello: la gravedad contra nosotros. El suelo como destino. Una lucecita efímera entre dos grandes oscuridades.

Subí al cerro, pese a las recomendaciones de la voz lógica que me atormenta diario. Finales de octubre, luego de las lluvias dadivosas de septiembre, es el mejor mes para serpentear entre los caminos silvestres que las faldas de los cerros ofrecen. Después de las cinco de la tarde, cuando el sol ya está muy bajo, pero todavía brilla con intensidad. El clima es perfecto. La vista, verde esmeralda, casi irrisorio. “Este no es el lugar que me vio nacer”, te dices con sorna. “Esto no puede ser producto de la lluvia estacional”. Y entre el laberinto que es el zacate mojado y los árboles perennes y chaparros, hay un claro que se abre entre el salvaje de las zarzas y el monolito absurdo en forma de hígado que corona la ciudad. Ahí quería llegar, sentarme, respirar con tranquilidad el aire no viciado (pero me pregunto ¿esta ciudad viciará el aire?) y llorar un ratito. Como quien va al spa. Terapia del senderista con proclividad a platicar con el éter.

Caminé con decisión entre las colonias. Subí con decisión las carreteras. Trepe con decisión la primera empinada roca del cerro y anduve con decisión por la tierra rojiza. No tardé en llegar a dónde quería y, entre una piedra en forma de almohada y un tronco quemado, me acosté con decisión.

En aquel lugar no se escuchaba mucho. El tren, que pasaba en el cerro del otro lado. Algún tráiler de tránsito pesado. Quizá, si cerraba los ojos e ignoraba a los asqueles que se subían a mis párpados, unos niños riéndose. Allá arriba, se sentía, con mayor notoriedad, que la ciudad estaba viva. No por el movimiento, sino por su habilidad de mantenerse en calma a pesar de la cercanía. Los contrastes son los que hacen entendible el universo entero. Recordé la última vez que había subido al cerro y me sentí incómoda por un momento. Había llegado el momento, entonces. El sol se metía, el viento se enfriaba por minuto. Estábamos frente a la puerta y una esfinge de ojos de plata nos preguntaba con seriedad: ¿Cuándo fue la última vez que estuviste aquí? Y todo lo demás. La última vez que había estado ahí, no había estado sola. La última vez, no se me habría ocurrido hablarle a la luz y todo lo demás.

El asunto era que, en aquella ocasión, la persona que había estado allí, ya no era la persona que ahora está aquí, con los ojos bien puestos en el cielo color cobalto, intentando, con ganas, entender cuál era la razón por la que una persona no es esa misma persona a lo largo de su vida. ¿Quién podría saberlo? ¿El cielo, la montaña, la tierra humedecida?

Más de 600 días habían pasado desde ese día y yo había proclamado, como un Ozymandias en tercer semestre de la licenciatura, parapetada en lo más alto que conocía (que en aquel entonces era el techo de mi casa), con arrogancia y presunción, que no había nada en el mundo que pudiera sorprenderme pues había descubierto la llave secreta que abre todas las puertas. Era la primera alquimista de mi esencia. Aquel día, me mofé de la esfinge, la hice a un lado y abrí hacia el otro lado con la fuerza bruta de mi decisión. Me sentía invencible. Sobrevolaba la ciudad sin temor. Le había dicho a la cara de todos los dioses antiguos que la vida consistía en negarlo todo con los puños y aceptar morir sólo con sangre en la boca. Los únicos ojos que me miraban en ese triunfal momento, sin embargo, no me temieron. Me miraron con tristeza. Un par de manos me tomaron de los codos y me soltaron con sorpresa, como si quemara. Una boca, de labios torcidos, se abrió para decirme, con estudiada puntería: De camino a tu casa, vete por donde haya luz.

Brueghel no pudo haber pintado mejor mi caída al agua.

Vuelvo ahí, como un elefante memorioso, y me depositó al lugar que llamo mi hogar. Le hablo a la luz, porque de todas las caídas se aprende. Y anochece, finalmente, porque no puede ser de otra manera.

La ciudad, desde este nicho de evocación, se levanta como un gato que se ha dormido durante horas bajo el sol. Levanta el lomo y se le ilumina todo. Aquello visión es la recompensa. Mejor dicho: el premio de consolación. La absoluta consecuencia de un trastabilleo en medio de la oscuridad. Quién se tropieza por andar a ciegas aprende pronto que debe abrir los ojos.

Los abro.

Las arañas de oro que caminan en el lomo del animal gatuno que me maúlla cariñosamente. Suena el andar de los carros, el viento truena entre las irregularidades de los cerros, entre las hojas duras y resecas de los árboles y alguien, en el Callejón de Veyna, que puedo distinguir con absoluta certeza desde aquí, está agitando los brazos y grita porque le recorre sangre por las venas y porque algo entre el pecho y la garganta le impele a exclamar que el bar a sus espaldas tiene shots 2×3. Los tambores y el latigazo de la sábana en el tendedero. Fuegos artificiales desde el acueducto. Alguien se está casando a un kilómetro de mis piernas adormecidas. La campana que marca las 9 de la noche. Las luces de navidad que se quedaron en la ventana de una chica durante meses. La llamita rutilante de una veladora frente a una santa vestida con hilos dorados. Un espejo frente a ella. Un ojo abierto. Un puño cerrado con fuerza. Este puño. Este fuego. Esta vida.

Extiendo mi mano, que es una llave. Abriendo la puerta puedo ir más allá de la puerta.

Bajo el cerro antes de las 9:15, mientras tanto. Paso por el Oxxo 24 horas, por dos o tres colonias, bajo una calle tan empinada que duele de solo verla y llego a la puerta de mi casa. El recorrido me pasa en gerundio. Las cosas carecen de un borde delineado y de profundidad, como el horizonte del mar a la medianoche.

La única cosa viva, que viene caminando a mi lado, es la luz ámbar de las farolas. Mide casi lo mismo que yo, ahora que la veo con un poco más de atención. Quizá podría decir que lleva el cabello a la misma altura que yo. Las dos estamos usando estas botas desvencijadas, llenas de lodo. La chamarra dos tallas más grande. El andar desigual de alguien a quien dos esguinces en el tobillo le pasan la factura cuando hace frío.

Algunas personas le hablan a su sombra.

Yo solamente exijo a la municipalidad que mantenga íntegro el alumbrado público, que me compone.