La batalla de los gatos: o how I got back on my bullshit

Algo sucedió en la colonia una vez que decidí traer a Jane a la casa. Podría inventarme ideas disparatadas, conspiraciones iluminatis, o fenómenos apocalípticos para explicar el fenómeno acaecido: nuestra calle se llenó, de repente, de gatos. O mejor podría decir que ahora con Jane en la línea de visión, todo gato es aún más reconocible. Total: contando con las manos, encontramos que, durante un par de semanas, convivían entre 7 u 8 gatos en nuestras azoteas. Cuando Sonny y el pomeriano nervioso de la vecina eran los reyes de la calle, cada tercera Luna llena se podía escuchar el maullido malévolo de algún minino perdido, pero nuestra colonia era paraíso perruno, aire lleno de ladridos y banquetas llenas de caca, sin rastros de colas ondeantes, orejitas tringulares ni boquitas en forma de 3.

Cuando la gente me preguntaba “¿con qué animal te identificas más?” (y para no volver a cometer la indiscreción de decir “una vaca pastando” como sucedió en una entrevista de trabajo) solía contestar que con mi perro gordo sueltapelos metomentodo. Era yo 100% perruna.

Cathy (por Catherine Earnshaw) y Jane (por Jane Eyre)

Entonces, llegó Jane en 2016 y, sonará exagerado, pero esto revolucionó nuestra vida. Mis padres, por ejemplo, redescubrieron los alcances de la obsesión. Sonny recuperó un poco de su vitalidad perdida para poder jugar con la Juanita, y Diana y yo comenzamos a volvernos aquellos usuarios de Tumblr que tanto detestábamos que hacían uso indiscriminado del hashtag #Caturday. Vamos, que un gato se te mete en el cerebro y hace nido en alguna parte entre el córtex y el cerebelo y, oh dios, la serotonina que se libera de ver a un michi de panza, moviendo la cola sin ninguna preocupación.

Sonny, como saben, murió en noviembre del año pasado. Atenazados por el dolor de su perdida, y luego de una retail therapy en un Buen Fin, Diana y yo adoptamos a Cathy, una gatequita color trapo sucio, en una feria de adopción. Pensamos, de manera ilusa, que conocíamos los límites del amor hacia una criatura peluda, pero entre dos gatitas de colores disparejos, personalidades definidas y cientos de fotos en nuestros carretes del celular, descubrimos que habíamos caído todos en el foso sin fondo de la adoración. Mi mamá comenzó a comprarse ropa y accesorios con gatitos impresos. Tanto así que llegó a gastar todos sus euros en Venecia para comprarse un trío de gatos de cristal soplado. Mi papá, por su parte, comenzó a tratarlos como protagonistas de sus historias.

En su libro, mi papá escribe en un cuentito sobre La batalla de los gatos. La historia gira alrededor del odio desmedido de un hijo por los gatos de su madre y su venganza en forma de dos perros criados para matarlos. El main coon de la colonia, enorme e imponente, al final de refriega termina por decirle con voz de mando: “Los animales somos amigos y tú eres un idiota”. El sujeto acaba muerto de la impresión. Cuando él me contaba del cuento, me imaginaba todo de manera épica, con gatos con caras de malo y perros doberman de tamaños desproporcionales y un hombrecillo vengativo viéndolo todo desde la esquina. Muy cómic todo, muy oscuro. Muy como si tuviera a Keanu Reeves de protagonista o algo así.

Supongo que si nos parecemos…

La realidad, por supuesto, supera la ficción.

Con el fallecimiento de Sonny los gatos tenían cancha libre para hacer y deshacer y mi padre, sin ganas de ser amonestado por algún michi hablador, ha tomado la costumbre de correrlos a todos lejos de sus ahora hijas putativas (en el sentido tanto de “gathijas” como de sustitutas mía y de Diana; ahora yo soy la Cathy y Diana es la Jane) y de amenazarlos con “darles su poquito” si siguen intentando entrar a la casa.

Cathy es la culpable del alboroto. Tierna, sociable y con una carita que te quieres comer, los gatos de la calle han intentado todo por ser merecedores de su amistad y, por lo menos, de la indiferencia de Jane. Mi primogénita, por supuesto, los detesta a todos sin reserva alguna. Entre Jane y Cathy, princesas del callejón, existe un equilibrio perfecto que pone al margen la histeria de los gatos que no han sido esterilizados. Cathy los atrae y Jane los repele. Cathy juega con ellos y Jane les deja sendas rajadas en la cabeza. Los gatos, idiotas como todos los de su género, siguen subiendo la hipotética torre medieval, con flores y versos, para ganar a las Bellas Damas™ del 105. Todos están destinados al fracaso por supuesto: Jane y Cathy están esterilizadas y no pueden ni quieren ser merecedoras de La Caricia. Entonces, si hago una lista se pueden contabilizar a los Caballerescos Gateques así:

  • El Gris: gato vecino que fue el primero en meterse a la casa por Cathy y que sufrió de primera mano los ataques de Jane; parece ser el líder de su manada (Fig. 2)
  • El Chilletas: un viejo gato moteado, que fue bautizado así por mi mamá por ir caminando por la calle mientras se queja. Normalmente aparece para pelearse con el Gris, Stormy y el Siamés. (Fig. 5)
  • El Naranja: gato miembro de la manada del Gris. Él se guarda en su casa y no causa alboroto
  • La/El Peludín: uno de los favoritos de mi mamá por están peludito, blanquito y chiquito, miembro también de la manada del Gris.
  • El Negrito: otro de la manada del Gris. Está jaspeadito y tampoco la hace de emoción
  • El Hermano de Cathy: gato de otra vecina, que es parecidísimo a Cathy y que se lleva muy bien con ella (Fig. 1)
  • El Otro hermano de Cathy: gato de otros vecinos; blanco con gris y parecido también a Cathy, pero es más bien latoso y no se lleva bien con Cathy (Fig. 3)
  • El Siamés: un habitual en las peleas de los gatos, vive en la otra calle y nomás viene al alboroto.
  • Stormy (o Griso): el único que, por su tenacidad y peludez, tiene nombre. Un tierno de corazón, gordo roba croquetas y que tiene casa y nombre, pero insiste en venir a la casa a comer y ver a Cathy (Fig. 4)

Pareciera ser que, acostumbrados a lo dicho, leído y visto, los gatos salen de noche para gritonearse, arañarse y jurarse venganzas terribles, pero los gatos de este sitcom zacatecano salen muy campantes a mediodía, a maullarnos por las ventanas y las puertas, con la esperanza de que saquemos a Cathy y ellos puedan verla.

Cathy, como todos saben, es una inocentona. Es ella un personaje de Marilyn Monroe: rubia, preciosa y corta de luces. Todos adoran a Cathy y ella los adora de vuelta. Cathy se nos ha perdido ya varias veces porque la tonta va y se mete a la casa del vecino y no sabe como volver. Le teme a los perros y a las personas, pero convive muy bien con sus amigos gatunos de la calle. Como hija adoptiva de mi hermana, claro, está predispuesta al ridículo.

Jane, que es dos al mismo tiempo (en la veterinaria nos preguntan siempre por “la gatita con quimerismo”) y que el amor de su pequeña vida fue nuestro gordo Sonny, detesta a los gatos como especie en general. No se lleva bien con Cathy: la soporta y de vez en cuando comparte sillón para la siesta. Sin embargo, adora a Darcy, el schnauzer de mi tía, y juega con él cuando viene de visita. Jane es gato y perro, solemos decir. Es sociable con los humanos (y es la favorita de mis papás), pero cautelosa en la interacción entre michis.

En el tinaco de las vecinas

Todas sus relaciones, cabe destacar, se llevan a cabo en el techo de nuestra casa y de los vecinos. Trepan, saltan y corren. Maullan al ritmo del amor no correspondido, bufan en despecho a las palomas que, sin las croquetas que tan desinteresadamente les daba el Sonny, se ven flacas, flacas y tristes, muy tristes, perepetadas en los tinacos.

Yo, como testigo silente de todo, me dedico a alimentarlos y ponerles nombres y personalidades. Eso me lleva a subirme al techo y a recordar viejos hábitos. En la preparatoria, por alguna razón, solía pasar las tardes trepada en el techo de la casa, mirando el punto más profundo del cielo hasta sentirme revuelta desde dentro, como de cabeza, sin perspectiva del derecho y el revés. Pasaba horas tostándome al sol, buscando alguna respuesta en el recorte de la ciudad desde esa altura. De subir el techo, cual gato sin quehacer, comencé a escalar el cerro. Si lo que en ese entonces buscaba era el estar un paso más cerca a la sustancia escurridiza de la bóveda celeste entonces aquel era el paso lógico. De los gatos de la colonia pase a los gatos monteses del cerro.

Antes, yo caminaba en La Bufa con Sonny que, por la costumbre, ya podía andar sin correa. El vato buscaba su matorral de siempre para cagar en él y luego llenarme el pantalón al enterrar su pastelito. Ahora, sola y triste como las palomas de los tinacos, tengo que andar por los caminos de las liebres y los gatos silvestres como para sentirme acompañada. Mi mamá me etiqueta en esos videos de The Dodo en los que gatos aventureros acompañan a sus dueños senderistas. Eso me hace sentir aún más abandonada. ¿Me vería muy mal llevando a Jane a las faldas de La Bufa, obligándola a convivir con la sociedad animal y humana que tanto rechaza? ¿No se me perderá entre el color rojo de la tierra y el ocre del zacate seco? ¿No preferiré en realidad quedarme entre las paredes conocidas de mi casa?

Hasta en el cerro hay escaleras.

Pienso, sola y en silencio, dos horas bien metida en el cerro, que quizá si me parezco más a los gatos que a los perros (o que a las vacas pastando). Que ando como ellos, buscando subir a todas las elevaciones de la tierra, rehuyendo del ojo amigo, contentándome con tener un espacio para relamerme el lomo sin ser molestada. O quizá soy como Jane, mitad y mitad. O quizá soy como Cathy, 100% una tonta de remate.

Stormy está maullando por la ventana. Le he dejado las sobras de las gatas en la ventana, que se come con mucha hambre. Más en la noche, el Chilletas va a llegar al callejón buscando pelea. Saldrá el Gris, harto de la dinámica, pero dispuesto a tirar zarpazos. Se pelearán durante una hora y se escucharán como lloriqueos de bebé. En la mañana, Stormy seguirá al filo de la ventana, a pesar de tener casa y familia. Los hermanos de Cathy la van a estar buscando para jugar, pero nuestras gatas, princesitas de la casa, siguen dormidas en la king-size de mis papás. Esto se seguirá repitiendo hasta que deje de suceder, hasta que el viejo Chilletas deje de aparecer, hasta que la vecina se lleve a su manada de gatos, hasta que no dejen salir a Stormy de su casa, hasta que nosotros nos vayamos con nuestras michis en el brazo y comencemos otras batallas en otros techos, en otras calles.

Por ahora, ya tengo en el carrito de Amazon dos pecheritas tamaño S, para en la quincena llevarme a mis gatas al sendero de sus hermanos salvajes y hacernos compañía en otras alturas.