Traducción: El vaso vacío, de Louise Glück

Desde hace dos años he traducido un poema para finales de año. Algo como para cerrarlo todo, atarlo con un moño, entregármelo a mí misma y decir: He aquí tus tribulaciones. Este año fueron muchas. Tanto así que tuve que sacrificar el escribir y leer. Annus vermi. Terrible es una palabra que no le quiero adjudicar, pues, de entre todo las llamas y el fango, crecieron camelias.

Glück, como siempre, sabe apuntalar mi sombra que camina de manera aterradoramente precisa. Mientras tanto, les dejo el poema y una promesa: escribiré.

 

Pedí mucho; recibí mucho.

Pedí mucho; recibí poco. Recibí

casi nada.

¿Y mientras tanto? Un par de sombrillas que se abren adentro.

Un par de zapatos, por error, en la mesa de la cocina.

¡Oh, equívoco, equívoco!– era mi naturaleza. Era

de corazón duro, remota. Era

egoísta, rígida al grado de la tiranía.

Pero siempre fui esa persona,  incluso desde mi infancia.

Pequeña, de pelo oscuro, temida por los otros niños.

Nunca cambié. Dentro del cristal, la abstracta

marea de la fortuna cambió

de alta a baja, de la noche a la mañana.

¿Fue el mar? ¿Respondiendo, quizá,

a una fuerza celestial?  Para estar a salvo,

recé. Intenté ser una mejor persona.

Pronto, me pareció que lo que comienza como terror

y madura en narcisismo moral

podría haberse convertido, de hecho,

en crecimiento humano real. Quizá

esto es a lo que mis amigos se referían, tomando mi mano,

diciéndome que entienden

el abuso, la increíble mierda que acepté,

presuponiendo (o eso creí alguna vez) que estaba un poco enferma

al dar tanto por tan poco.

Pero lo que ellos querían decir era que yo era buena (juntando mis manos intensamente)–

una buena amiga y persona, no una criatura de pathos.

¡No era patética! Era de gran aliento,

como una reina o una santa.

Bueno, todo eso crea una conjetura interesante.

Y se me ocurre que lo que es crucial es creer

en el esfuerzo, creer que algo bueno saldrá de, simplemente, intentarlo.

un bien no contaminado por el corrupto impulso de

persuadir o seducir–

¿Qué somos sin esto?

Dando vueltas en este oscuro universo,

solos, con miedo, incapaces de influir en el destino–

¿Qué tenemos realmente?

Tristes trucos con escaleras y zapatos

trucos con sal, impuramente motivados en el recurrente

intento de crear un personaje.

¿Qué tenemos para apaciguar a estas grandes fuerzas?

Y pienso, finalmente, que esa es la pregunta

que destruyó a Agamemnon, ahí en la playa,

las naves griegas prestas, el mar

invisible más allá del puerto sereno, el futuro,

letal, inestable: fue un tonto, al pensar

que eso podía ser controlado. Debió haber dicho

No tengo nada, estoy a tu merced.

“The Empty Glass” by Louise Glück, from The Seven Ages.

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Traducción: Misterios de navidad de los McNuggets de pollo explicados por la Gente Estelar Macrobiótica y la ouija mágica de la tía Harriet

Dos semanas antes de Navidad, mis padres leyeron un panfleto acerca de la industrialización de la comida y nos dijeron que, de ese momento en adelante, comeríamos comida macrobiótica. El día siguiente, mi padre nos mostró el menú para la cena de navidad: kale, lechuga china, champiñones shiiitake, galletas de alga marina y tofu frito. Yo tenía ocho años, mi hermano nueve, y mis hermanas diez y once. Todo lo que queríamos era un Chicloso Charleston y una bolsa de varitas de regaliz, pero estaban ahora fuera de los límites. Mis padres leyeron en alguna parte que el colorante comestible en los cereales promovía la hiperactividad en los niños; mi madre comenzó a servir avena y cereal salado con linaza. Si rogábamos por algún endulzante, ella nos cortaba pedazos de plátanos. Mis padres se unieron a la comunidad de comida natural y firmaron para obtener limpias de colón. No se nos permitía más la soda, las papas fritas, la comida rápida o la goma de mascar. Mi madre nos dijo que el jarabe de maíz producía cáncer. “¡Está en todas partes”, dijo, mientras leía la etiqueta de una lata de salsa de tomate. Pronto después de eso, dejó de rasurarse las piernas. Dejó de usar ropa interior, sostenes y nada que tuviera acrílico. Nuestras calcetas de navidad tuvieron que ser tejidas con la lana de ovejas de Suiza. Mi madre estaba convencida de que el oropel era radioactivo. Mi padre trajo gorras de cáñamo e hilo dental de algodón orgánico para llenar las calcetas. Decoramos el árbol con palomitas de maíz orgánicas y piel de naranjas. Mi padre quemó incienso y leyó pedazos de Siddharta de Hermann Hesse.
En las noches, yo rezaba a Dios: ¡Por favor, envíame una barra de chocolate! Por favor, mándame un Laffy Taffy. Escribía cartas desesperadas a Papa Noél: “Querido Santa, mis padres se han hecho hippies. No quiero chicles de jengibre y sopa miso en sobre para Navidad. No quiero tratamientos capilares de cera de abeja ni faciales con mascarillas de sílice de las aguas termales de Islandia. No quiero un kit casero de enemas ni un cepillo de dientes hecho con periódico reciclado. Sólo quiero McNuggets de pollo”.
Obtuve mi deseo. Después de la cena de Navidad, mi madre tuvo una reacción alérgica al tofu frito. Se sofocó, la piel se le llenó de urticaria y se le cerró la garganta. Mi padre ojeó el libro de remedios homeopáticos y le dijo que chupara una varita de ragaliz: no sucedió nada. Entonces le dijo que mordiera la cáscara de una toronja: no sucedió nada. Finalmente la llevó al hospital donde le vaciaron el estómago y la hicieron dormir junto a un hombre con demencia. La mañana siguiente, cuando llegó a casa con la vista nublada, y tan blanca como un fantasma, mi madre se rindió y rogó por una malteada de McDonald’s. Mi padre se encogió de hombros. Nos subimos al auto y compramos Big Macs y McNuggets del auto servicio.
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El año siguiente, mis padres leyeron demasiadas novelas de Anne Rice y trajeron a la casa bolsas de ajo para llenar nuestras calcetas. También pusieron espejos en cada habitación, por seguridad. Mi padre vio en la TV un especial de mitos celtas y supersticiones y decidió laminar tréboles de cuatro hojas y regalarlas como adornos de Navidad. Nos animó a usarlas en el cuello, como collares de identificación, para atraer a la buena suerte. Cada una tenía nuestros nombres y una cita de alguna novela de James Joyce. La mía decía: “¡Hola! Mi nombre es Sufjan. La historia es una pesadilla de la que intentamos despertar”. Cuando mi madre accidentalmente rompió el espejo del armario de abrigos, nos obligó a usar una pata de conejo de la suerte en nuestros cinturones. Pero en Año Nuevo, mi hermana mayor se rompió el brazo al resbalarse por las jardineras de la colina vecina y mi padre fue despedido de su trabajo en el parque estatal. Unas semanas después nuestro perro fue arrollado por la barredora de nieve y mi madre dijo esto es suficiente. Nos pidió de vuelta los llaveros de pata de conejo, nuestros brazaletes con talismanes de ying yang y nuestros tréboles de cuatro hojas. Mi padre se apropió de nuestra póliza de seguro de vida y comenzó a comprar billetes de lotería y mi madre usó el ajo que sobró para sus frittatas de huevo.
Un par de años después, todos estaban hablando acerca del eclipse lunar de Navidad. Mis padres consideraron este fenómeno celestial un signo de mucha importancia. Empezaron a interesarse en la idea de que ellos eran “Gente Estelar”, alienígenas espaciales de otro planeta que temporalmente habitaban cuerpo humanos. Había millones de Personas de las Estrellas en cada planeta esperando a que la Fuente Universal de Poder acabara con todas esas disparatadas guerras y todo el sufrimiento de una vez por todas. Había un libro de tapa blanda que frecuentaba las encimeras de la cocina (¿Eres una Persona Estelar? ¿Soy una Persona Estelar? Por Curtis Leopard) con ilustraciones de cristales, objetos interplanetarios, rostros iluminados con ojos concéntricos y testimonios personales acerca de experiencias de vidas pasadas en otros planetas. Se leía la descripción de un hombre, un cocinero de comida rápida de Cleveland, llamado Garth, quien contaba haber sido un rey marciano con un harem. Papá Noel, declaraba el libro, era una Persona Estelar con problemas de afectividad desplazada. Iba por el mundo dando regalos porque su madre del espacio no le había mostrado suficiente cariño.
Mi propia madre estaba muy segura de que, en otra vida y en otro planeta, ella había sido una bruja. Señalaba los efectos secundarios: su proclividad a barrer con escobas medievales que había comprado en una tienda de antigüedades; también aseguraba poseer poderes telekinéticos. Pero nunca la vimos mover nada, ni siquiera nuestra incredulidad. La evidencia de mi madre era un inventario de preguntas retóricas. “¿Te has sentido lejana a la realidad?”, leía de una portada de un libro. “¿Alguna vez te has sentido cansada o nostálgica sin razón aparente?”. Ella señalaba otros síntomas: acné, migrañas, el interés por aprender lenguas extranjeras. Me preocupaba. Acababa de empezar la preparatoria y me comenzaron a salir manchas rojizas alrededor de la lisa piel de mi barbilla, donde me comenzaba a crecer la barba. También estaba en el primer año de alemán. Mi madre me miró por encima de sus lentes. “Parece que cumples con los requisitos”, me dijo. “¿Te duele la cabeza de vez en cuando?”. En navidad, ese año, me regalaron un copia de las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury y un telescopio de Sears, pero siempre estaba muy nublado como para poder ver algo, ni siquiera un eclipse de luna.
Luego, sucedió esa navidad cuando la tía Harriet se divorció y se mudó con nosotros un par de semanas. Mis padres la acomodaron en la sala, en un catre, a un lado del árbol de navidad. “No molesten a tía Harriet”, nos advirtió mi madre. “Está pasando por la menopausia”. Yo, con solo siete años de edad, pensé que la menopausia era algo parecido a unas vacaciones muy largas que tomas luego de trabajar muy duro. “Exactamente”, dijo mi madre. “Pero no se lo digas a nadie más”.
La tía Harriet fumaba cigarros sin filtro y leía revistas Vogue, de cabo a rabo. En la noche, luego de algunas bebidas, nos llamaba a la sala y sacaba una tabla de Ouija, que usaba como guía espiritual. Nos poníamos en círculo alrededor de ella, mis hermanos y hermanas yo, tocando con la yema de los dedos el puntero en forma de corazón, como si aquello se tratara de ir a la iglesia. La tía Harriet preguntó a los espíritus si había vida en otros planetas, que si había esperanza para los etíopes que morían de hambre, que quién sería el próximo presidente de los Estados Unidos. Después de cada pregunta, el puntero se movía con facilidad a través de la tabla, deletreando respuestas ominosas y yo sentía mis manos calentarse. “Anda y pregunta algo”, me animó la tía Harriet. Atormenté a mi cerebro hurgando en mi catálogo de los misterios del mundo, de las preguntas sin respuesta, de los secretos del universo. Pero me decanté por algo menos grandioso: “¿Qué me traerá Santa de Navidad?”. Mis hermanas bufaron y se burlaron, pusieron los ojos en blanco y me pincharon la panza con sus dedos. “Santa Claus ni siquiera existe”, gritaron y, justo en ese momento, los poderes de la tabla desaparecieron.
En la mañana de Navidad, mi madre nos informó: la tía Harriet había hecho las maletas y había tomado un autobús a Canadá, en donde quería enseñar yoga a niños discapacitados. “Está teniendo una crisis de la mediana edad”, dijo, pasándonos nuestros regalos de debajo del árbol. “¡Que dios la ayude!”. La tía Harriet había dejado un par de cosas al lado de su catre: una caja de zapatos con cristales New Age, una cajetilla de cigarros y su tabla de ouija, doblada y raída de las esquinas, como un juguete para perro. Después de los regalos, de la cena de Navidad y de que nuestros padres se fueran a sus cuartos a leer el periódico, yo y mi hermano nos escabullimos a la sala, para sacar las cosas de la tía Harriet. Mi hermano vació los cigarros y con ellos construyó una fortaleza de la Guerra Civil en la alfombra. Mis hermanas hicieron aretes con los cristales, usando hilo de cocer y anzuelos. Yo saque, mientras nadie veía, la tabla de ouija y la llevé a mi habitación, dejándola encima de mis almohadas, concentrándome en los misterios del universo. “¿La tía Harriet estará bien?”, pregunté, poniendo mis dedos en el puntero. “¿Alguna vez se casará de nuevo? ¿Encontrará paz y felicidad? ¿La vida tienen algún sentido?”. Y lentamente, el puntero, temblando, vivo, recorría el abecedario como un disco de hockey en cámara lenta. “Sí, sí, sí”, la tabla me aseguraba con cada pregunta. “¡Todo va a estar bien!”.

¡Estoy ejercitando mi esternocleidomastoideo!

Salí del gimnasio atarantada. Aquello había sido brutal. No recordaba haber sudado tanto, en tan poco tiempo, de tantas áreas de mi cuerpecillo que temblaba a cada paso, alejándome con decisión de aquel templo del dolor. Uno diría (ese uno, soy yo, claro) que en un lugar en el que se celebra la autoflagelación, los gemidos guturales propios del casi fallecido y las lágrimas productos de la extenuación física estaría encantada de asistir.

El twist de la historia es que estoy encantada.

Salí y me fui a echar al pastito del Parque Sierra de Álica, conocido por ser un lugar perfecto para las siestas y los arrumacos indecentes, y me acomodé debajo de un árbol, repasando los lugares en los que los músculos chillaban de dolor. ¡Qué alivio el del descanso público, a la mirada de parejas besuconas y perritos paseadores!

Nunca he sido atlética ni deportista. Pueden preguntárselo a mi cursillo de prepa en educación física, único en ser otorgado por la total y absoluta ausencia de Sara Andrade en aquel patio en la profundidades de la prepa 1. Pueden preguntárselo a mi uniforme de gala que me sacó del apuro en la primaria y secundaria, los día que debía llevar el uniforme deportivo y me negaba a darle vueltas a la cancha. Y sí: colgarse los árboles y saltar maniáticamente por las escaleras a toda velocidad es algo por lo que se me recuerda, pero aquello no me parecía “atlético”. Era cuestión de escuchar un silbato o un “pónganse en pareja” para que se me bajara la presión, mis extremidades se hicieran de gelatina y perdiera toda fe en la raza humana.

Siempre he querido ser más hábil en el manejo del cuerpo, sin embargo.tumblr_onmt0hUzem1vlgdvyo1_1280

Simplemente, mi talento reside en ser pariente de los helechos y en tener una relación profunda y trascendental con el frío y duro piso. O sea: que si camino me caigo.

Mi conexión con el piso es tal que gran parte de lo que escribo se origina de mi constante conversación con el concreto/azulejo/tierra roja. Mis rodillas, llenas de cicatrices, adoran con absoluta resignación al piso. El piso, del tamaño del mundo, las ama con egoísta devoción. La gravedad, cupido intransigente, me mete zancadillas cada 15 minutos. Los tobillos son aquí los que no agradecen esta romántica historia de amor: los constantes esguinces los han hecho asustadizos e irritables.

El deporte no es mi fuerte. Ninguna de sus variaciones. Cuando jugaba futbol no sabía patear el balón (a veces, con suerte, pateaba alguna espinilla que me hacía acreedora de una tarjeta roja), cuando jugaba basquetbol no sabía coordinar ojo/mano/canasta con el acto de saltar por lo aires. De las pocas veces que jugué cachibol, salí despedida hacia los escalones de las gradas del gimnasio escolar y perdí el conocimiento un par minutos. Sólo recuerdo las caras de mis compañeros, apiñadas sobre mí, y al profesor preguntando, exasperado: ¿En serio te acabas de desmayar?

Encontré mi fuerte en la natación y en la yoga.

Mi condición de piscis nato me otorgó la habilidad de ondear bajo el agua como anguila. Me encantaba, desde muy pequeña, estar bajo el agua. A los 10 años, mi crol y mariposa eran tan espectaculares que mi maestra me anotó a un concurso regional. Obviamente, no asistí. Aterrada, dejé plantada a mi maestra y no volví jamás a la piscina del Injudez. Volví a natación un tiempo, en la alberca Bicentenario. Sin embargo, los altos niveles de cloro, doñas de gobierno con piernas embadurnadas de crema Pons y borlitas de tela al fondo de la piscina acabaron por ahuyentarme para siempre. Mi maestro me dijo un día: “¡Tú deberías estar nadando con los avanzados, no aquí con principiantes 2!”. Yo sólo divisiva a la Muerte hacia la zona de 2 metros y medio, con su largo y huesudo dedo, pidiéndome acercarme a mi total desaparición.

La yoga llegó a mí al buscar actividades afines a mi vegetarianismo. Encontramos, mi hermana, mi tía y yo, un lugar pequeñísimo en el que tres maestras se dividían la carga de trabajo y nos enseñaban los nombres correctos de las posiciones que, con esfuerzo, componíamos: adomukha svanasana o el perro mirando hacia abajo, sarvangasana o la vela, vrikshasana o el árbol, savasana, o la posición del muerto. A veces, nos hacían mirar hacia una vela y nos pedían pensar en nada y mirar y mirar hasta perder la capacidad de parpadear y no ser nosotros, sino ser la vela. Otras veces, nos preparaban tamales veganos.

Dejé de asistir, porque la líder espiritual del pequeño espacio se iría a Querétaro o Puebla con sus 4 hijos y dos perros a propagar la sanidad del hatha yoga lejos de nosotras. Yo, que había recuperado mi antaña elasticidad infantil, tuve que aguantarme mi corazón roto y volver a mi rutina de ir por churros con salsa de Magallo y dos litros de Coca y olvidarme de ser sana en cuerpo y alma. Quiero decir: no estoy tan loca como para yo sola ponerme a hacer mi saludo al sol.

Finalmente, un día, me operaron del cuello y tuve que aprender a sentarme de nuevo y mientras la tuberculosis hacía mella en mi cansado organismo (que había sufrido enfermedad tras enfermedad en el último año), todas mis energías desaparecieron. Mi elasticidad, mi condición, mi ganas de atarme las agujetas hicieron las maletas, tomaron su sombrero de viaje y se largaron para siempre. Subir la docena y media de escaleras hacia el segundo piso de mi casa era una tortura. Que me daba el “bof” machín, vaya. Poco a poco recuperé la energía y ya no tenía que escoger entre bajar por agua o ir al baño, ya que la perspectiva de hacer aquellas actividades era como intentar trepar una montaña. Poco a poco, el torcer el cuello no era totalmente imposible. Mi esternocleidomastoideo ya era mío de nuevo, por lo que la idea de ejercitarme se volvió un poco más real.

Karen y yo pagamos nuestra inscripción y mensualidad hace un mes, exactamente.

Debo decir que estaba asustada: aquello lo había pagado con mi salario godín (que se vio cercenado de manera violenta) y la perspectiva de atender las clases con 1) doñas de gobierno embadurnadas de crema Pond’s o 2) morros adictos a los chochos y a escuchar The Eye of the Tiger mientras hacen pierna me parecía terrorífico.

La primera clase resultó fenomenal. Así como el resto de las clases de pilates y activación. En cardio, no me sentí como una inútil entre gente muy musculosa y doñas muy flojas. Corrí 20 minutos y me sentí la Ana Guevara del Capital Gym. Salí sudorosa y el dolor me duró en los huesos el resto de la semana. Comencé a progresar. Aguantaba las palizas de las clases con menos pujidos y aguantaba corriendo más tiempo.

Pequeños logros. Ahora no me da el bof cuando subo las escaleras de mi casa.

Ahora, lo más difícil es pararme de aquí, de este suave pastito, en esta tibia temperatura. ¿Qué dirán los enamorados si me oyen roncar, presa del sueño post-gimnasio?

 

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Entro a mi trabajo con la seguridad de quien lo ha hecho un centenar de veces. Normalmente, en las escaleras que suben a mi oficina nunca me encuentro a nadie, por lo que puedo subir sin que algún compañero sonriente me interrumpa el trayecto, para instalarme en mi silla robada de otra oficina y mis post-it que me recuerdan que no debo olvidar que la lotería se publica a las 11 pm. Otras veces, está el velador, sentadito en una esquina, amable y bonachón, esperando un saludo vespertino.

Así es cuando las cosas se ponen difíciles.

Trastabilleo, le sonrío maníacamente, le digo algo que suena entre “hola” y “cómo está” al mismo tiempo. Hocomolasta. Je je je. Buenas…. tardes. Hola, buenas tardes. Luego una sonrisa de oreja a oreja,  porque por supuesto que no lo estoy mirando a la cara; pero cuando me doy cuenta de que no escuchó o no entendió mi balbuceo, con la confianza de que la sonrisa pueda transmitir todo lo que un saludo cortés se supone que debe otorgar.

Detrás de mí, como un chiste, entra un compañero, que, sin problema alguno, se detiene, le tiende la mano y le pregunta por su salud, su familia, el clima y le desea UN EXCELENTE DÍA. Es una bofetada cruel a mi torpeza. El velador, reconocido, le contesta con alegría y le desea un EXCELENTE día de vuelta y yo me quedo a la mita del pasillo, sin buenos deseos, sin saber cómo abrir la boca y repensando mi estrategia para salir sin mella la próxima vez que me enfrente al dichoso Buenos días, que me mete zancadillas una y otra vez.

Pero eso de adultear me pone de nervios. Sobre todo porque uno se va enterando de que no se trata de pagar impuestos (que el gobierno quita de nuestra nómina, queramos o no) ni de pasar sin miedo a que nos pidan nuestra INE en el bar en turno, sino que se trata de poder relacionarse con efectividad entre nuestros compañeros de trabajo o el desconocido del otro lado de la ventanilla del banco. Si uno va y pide en voz muy baja, con el flequillo todo en la cara y sin saber qué demonios es un café macchiato latte au chocolat, es considerado un adolescente. Pero si una entra al mismo café, con la bolsa colocada en el hombro, una sonrisa, pregunta amablemente por el clima y pide “lo de siempre” entonces, resuenan las campanas, eres un adulto hecho y derecho. Un súper saludador, experto en introducciones y preguntas vagas que deben ser contestadas con una sonrisa, conocedor de sobrenombres pegadizos, maestro en apretones de manos.

Es como para querer aventarse del segundo piso.

Tengo la suerte de trabajar con gente de mi edad, recién egresados de sus universidades, que no se sienten traicionados ni dañados directamente en sus frágiles corazones si uno no recita “BUENOS DÍAS” al resto de sus compañeros. Ellos y yo nos entendemos. El asunto no es pretender que nos deseamos buenos días, sino realmente procurar hacer el día bueno. Ah, pero mis superiores, profesionales en el quehacer adulto, demandan con severidad la sonrisa, la frase y el apretón de manos (los peorcitos te ponen el cachete sin que tu lo hayas pedido; cuentas cacarizas, exhalas 7 Machos y tienes que hundirte, con la determinación de un santo aceptando el espadazo en el cuello, en aquella absurda acción de tronar beso en el aire).scanimage152-1805

O sea: que no lo entiendo. Para mí es como ver los bailes de salón de la época de la Regencia, los que salen en todas las novelas de Jane Austen. No comprendo cuándo todos los presentes se aprendieron los pasos y cómo pueden sentirse a gusto haciéndolos y todavía contar con la habilidad de comentar acerca de como Mr. Darcy es un bruto. Tampoco quiero pecar de amargada. Me preocupa no dejar abajo a mi amigo el señor velador. Que él no me considera su amiga, pero yo ya he planeado miles de veces la conversación que cambiará nuestras vidas y consolidará nuestra amistad. El problema es que no sale con la fluidez y soltura que necesito para que él entienda mis intenciones.

La verdad es que toda mi vida quise ser Elizabeth Bennet: sagaz, testaruda y digna, derribando enemigos a diestra y siniestra con mi precisa forma de hablar. Ser adulta me ha demostrado que soy Darcy: huraña, tímida, mal pedo y con tendencia a complicarlo todo.

La duda se coloca sobre mí como una nubecilla que no llueve sino que suelta comentarios que me hacen temblar de miedo como: “¿Te aseguraste de no tener nada entre los dientes?” o “Pero ¿para qué le dices eso? Obviamente no entiende nada de lo que dices” o el clásico “Lo mejor para ambos sería que te quedaras callada”.

Hace poco, en detrimento de mi paz mental, hubo una reunión en el trabajo en la que se discutió, entre otras cosas, que debíamos convivir más con nuestros superiores. Se nos reunió a los empleados de edición y diseño y se nos pidió, como quien regaña a un niño que sigue tirando sus juguetes y no los vuelve a poner en su lugar, que debíamos decir buenos días y, de preferencia, no escuchar música en nuestros audífonos y participar con risas muy sonoras en los chistes y aceptar el hecho de que no habrá gomas ni lápices durante un mes. Alguien levantó un dedo gordo y temblorín y declaró, como herido de bala: “Ella no me saludó el otro día que íbamos subiendo las escaleras“.

Me paralizo en mi lugar. Mientras que el chisme malintencionado no iba contra mí, aquello se sintió cercano. Aquello se sintió ominoso. Comprobé que uno realmente puede morir por no recibir o por no otorgar un saludo. Las miradas de los superiores se detienen en mi compañera que se queda sin decir nada, sorprendida como yo. Observamos a la víctima de su indiferencia, un adulto bien entrado en sus 50, sollozando, preguntándose porque son “esos muchachos tan malos, tan pocos corteses”.

Luego de aquella experiencia traumática, he procurado intentar practicar la desenvoltura de las señora que le preguntan a los cajeros del Oxxo que si les puede poner doble bolsa y aparte regalarles una cuchara, y ay, mire qué cara está la leche, cómo llovió ayer, paso mañana al mismo día, hasta luego querido, con la esperanza de que el cajero me diga adiós con la mano y no agradezca a los cielos deshacerse de aquella viejilla preguntona.

Quiero decir: realmente es un juego de equilibrios. Los platos chinos de malabarismo se quedan cortos cuando se trata de entablar la perfecta relación con los porteros en turno, o con el jefe en turno o con el señor berrinchudo que desayuno saludos mañaneros y se irrita, cual bebé de troll de la montaña (sólo me queda imaginarme qué reacción tendría un bebé de troll sin que se le salude apropiadamente).

Voy tirando, al fin y al cabo. A veces suelto una broma demasiado local y todos se me quedan viendo en silencio, pero han llegado a la conclusión de que aquello debe ser gracioso y no me dejan abajo. Buenos compañeros. Otras veces, afortunadas veces que saboreo con alegría, me sale natural la pregunta que sigue al comentario hecho al aire.

“¡Ay!”, dice alguien. “Soy yo, ¿o está haciendo demasiado calor?”.

Me acomodo en mi lugar y me revuelvo el cabello, orgullosa. Es mi oportunidad.

“Uf, sí. Parece que el verano no se acaba ¿verdad?”, contesto.

El o la interpelad@ me devuelve la sonrisa y continuamos charlando sobre absolutamente nada, dándonos sendos apretones de manos a través de la mirada. “Buena pregunta acerca del clima, compañero”. “Buena pregunta acerca del clima, compañera”.

Nos volvemos, henchidos de alegría, hacia la computadora, para pelearnos con el lenguaje, en otro ring, con otras intenciones.

De las propiedades de la identidad

Siempre te encuentras con ese tipo de personas: toman las tazas llenas de café con determinación y te miran a los ojos sin miedo. Las noto porque son todo lo que carezco. La confianza de quien no se hace preguntas para aprender, sino para reafirmar su poder sobre algo o alguien. Yo, que cuando se trata de estrechar lazos con otros humanos, prefiero ser lo más cuidadosa posible, soy todo lo contrario a estas personas que poseen las propiedades de un ventarrón enfurecido.

Alguien me preguntó el otro día: Quién es Sara Andrade, con decidida intención.

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(Yo me aguanté la carcajada; luego de la aventura con Maggie Zavala y las 100 preguntas periodísticas que uno no debe olvidar, aquella forma de referirse al entrevistado en tercera persona me voltea de risa).

Luego de la risa, se instaló una furia muy específica: ¿Cómo que quién diablos soy yo? ¿Qué clase de pregunta barata, molesta, honestamente aburrida es esa? ¿También leíste El Mundo de Sofía y te sentiste chido en tu clase de introducción a la filosofía? Largo de aquí con tus preguntas de reportero de cuarta.

Cuando, luego de trastabillar en busca de una respuesta inteligente para salir de tal atolladero, le pregunté que cómo uno responde tal deleznable pregunta, me dijo: “Pues es fácil, dices: Soy una persona con principios que quiere seguir su vida lo mejor posible”.

Si pudiera poner los ojos más en blanco, Anish Kapoor me compraría para hacer uso exclusivo de tan enfurecido color.

O sea, concluyendo de mi terrible experiencia, las personas que se conocen a sí mismas son unas arrogantes insufribles.

Pero la cosa no acaba ahí ¿o sí?

Analizo con cuidado la premisa anterior: Soy una persona con principios que busca seguir su vida lo mejor posible. La masco, la estiro, la pongo a contraluz y me parece absurda de principio a fin. Dejando de lado un poco a lado mi filosofía de que el lenguaje es falso, ¿quién puede sentirse identificado con un par de palabras que indican “frase que puedes encontrar en un playera de WalMart”? Claro que soy una persona con principios que busca seguir su vida lo mejor posible. ¡Todas las personas quieren lograr aquello! No puedo creer que me vi atropellada de una manera tan vil para recibir esa blanda respuesta olor a col.

Me espíritu de individualidad, que generé desde muy pequeña, me repele a todas aquellas generalizaciones, por muy pequeñas que sean. Me pongo tres aretes y falda con pantalón. NO QUIERO SER COMO LOS DEMÁS. YO SOY YO. YO NO TENGO QUE SER UNA FRASE HALLMARK. Pero luego, cuando veo a todos usar bomber jackets y bobs largos y hacer bullet journals y poner el filtro C1 de VSCO Cam en sus fotos de instagram, yo quiero ser como todos, claro que sí, quiero ser aquella persona que veo pasar, exactamente, o como aquella otra, sí, todos ellos. Quiero ser un árbol, una fuente, un vaso de leche que se cae, NO QUIERO SER YO CUANDO SE EXTIENDEN ANTE MÍ TODAS ESTAS HERMOSAS POSIBILIDADES.

o SEA.

Más que pelearme con el ser y no ser, me peleo con la idea de que tenemos que saber qué somos y que no. ¿Por qué demonios?, le pregunto a todas las personas que se enfundan en una biografía tan perfecta y dulce que rompe los dientes.

Yo nunca sé quien soy. Pero, al mismo tiempo, sé perfectamente quién soy.

A veces ando por mi vida y pienso: Cielos, realmente no tengo la menor idea de nada ¿verdad? Otras veces, cuando me siento particularmente feliz, digo: Cielos, esto es una típica reacción Saraandrade. Classic Saropi.

Por ejemplo: Estaba recordando como la vez que fui a París y visitamos un local de Ladurée yo, conscientemente, decidí no comprarme los mundialmente reconocidos macarrones franceses por temor a verme como una turista efusiva. ¿Pueden creer a esta persona que leen? FUI A PARÍS Y NO COMPRÉ COSAS POR NO VERME BÁSICA. Dioses del viento, llévenme lejos de aquí. ¿Saben qué me compré? Un lápiz rosa con la tipografía de la casa repostera y regresé a Zacatecas sintiéndome como un pedazo de queso dejado en el sol.

Pero por otro lado, me siento muy orgullosa de ser como soy en situaciones de alto estrés. Como en el momento de lidiar con mi bendita tisis o cuando me asedian con flechas ardientes en mi trabajo. Me calmo, me siento, respiro y me pongo a escribir. Acepto mi condición de enferma tuberculosa y creo algo a partir de aquello. Algo valioso e importante para mí. Algo de lo que puedo estar realmente orgullosa. Me apropio de mis desventuras y las obligo a obedecerme en el único espacio en el que tengo absoluto control de las cosas.

Sin embargo, estos últimos meses me he probado a mi misma que las cosas que yo consideraba cruciales en la receta de conceptos que me componen no son tan certeros como creía. ¿Mis lecturas por ejemplo? En el año he hecho CERO LECTURAS (bueno… quizá unas dos y media) PORQUE LEER ME PROVOCA PESADILLAS. Yo, que hace un par de años, me consideraba “lectora empedernida” y lo escribía en mi bio de twitter, no he podido terminar un libro de Amélie Nothomb porque el suelo se me mueve, la cabeza comienza a pulsarme terriblemente y termino con las energías por el suelo durante el resto del día. A veces siento que estoy traicionando a la más pura esencia de mi alma cuando decido ver un video de cómo hacer un pastel en forma de pizza gigante que leer a Eleanor Catton de una sentada.

Pero no dejo de ser yo.

A eso me refiero yo: Instalarnos en una frase inmutable es el verdadero asesinato de la identidad.

Mis fluctuaciones me definen tan profundamente como definen la danza o los sandwiches con mayonesa o las tardes de lluvia a todos los demás.  El hecho de que vamos de punto A a punto B es lo que nos describe. Me precio de querer ser una montaña, pero honestamente no hay nada más precioso que convertirse en el temblor del agua del río.

Es como mirarse en el espejo y memorizarte la cara. Una vez que te dejas de ver no estás tan seguro de qué lunar va en dónde o de cómo tuerces la boca cuando dices sí, sí quiero un pedazo de pastel, pero estás completamente seguro de que, una vez que te veas en una fotografía sabrás discernirte.

A lo que voy: ¡al diablo las instituciones reguladores del yo!

Yo seré yo y nada, ni siquiera yo, podré evitarlo. Y es que ¿se acuerdan del lápiz parisino? Lo perdí al mes.

Classic Saropi.

Cuento: La luz ámbar

I am being
eaten away by light.

Debería reformarse una ley de planeación urbana que dicte que las calles de una ciudad sólo pueden alumbrarse por la luz, entre amarilla y naranja, de las farolas. Las ciudades no deberían ser iluminadas por nada más que luz ámbar. Las ciudades que están iluminadas de esta manera poseen una característica muy particular que las metrópolis modernas de luz blanca no pueden albergar: están vivas.

Hay una diferencia crucial entre una ciudad que se siente viva y otra que, de hecho, está viva.  La Ciudad de México, por ejemplo. Su multiplicidad de luces (neones, titilantes, rojas y azules, ácidas, moribundas, de pesebre, de santuario) le otorga a la noche la sensación de que uno camina por el lomo de una mole pétrea de muchos ojos y muchas bocas. Si subes una loma y diriges la mirada hacia cualquier punto cardinal, varias jorobas aterciopeladas brillan ante la cantidad inmensurable de los focos que sus habitantes usan. Por otra parte, esta ciudad que habito: pequeña capital de un estado que tiene la forma de un viejo en marcha. Ciudad de las escaleras y las placitas en el centro de las colonias; ciudad de las luces ambarinas, que le confieren a la noche una sensación de perenne compañía. Si uno sube al cerro más alto y mira hacia cualquier punto cardinal, observará, con facilidad, una multitud de arañas de oro entre la más terrible de las oscuridades. La luz le otorga a las más lejanas colonias atributos de animales. A la fuente que se yergue en su centro, a las escaleras que llevan a las primarias, a las verjas que defienden los museos les otorga vida; cálida y sincera vida.

Descubrí esto cuando, en mi calidad de ser humano bípedo, me caí a la mitad de una plaza solitaria a las dos y media de la mañana. Las caídas estrepitosas y definitivas, como todos lo saben, son origen de disquisiciones fundamentales. Uno jamás es más (y menos) consciente de su cuerpo que cuando se cae, sin duda alguna, hacia el suelo. Existe un segundo de plena libertad en el que el cayente acepta su destino y se pregunta, muy serenamente, si aquello debería ser objeto de vergüenza o de valentía. Importante: para caer, se necesita saber caer. Se debe estar consciente de que, efectivamente, se caerá, o de otra manera, el levantarse puede resultar una tarea más complicada de lo que uno cree a primera vista.

Al caer yo, por lo tanto, hice lo que toda persona que sabe caerse, hace: me quedé acostada, paralela al suelo, y esperé a que algo sucediera que me sacara de aquella situación. Sin miedo, sin vergüenza, sin frío, lo que descubrí fue que, a pesar de encontrarme en una placita en medio de una colonia adormecida, un jueves en la madrugada, no estaba sola. Descubrí que se materializaba ante mí una especie de figura difusa, de tamaño de todo aquello que alcazaba a ver por el rabillo del ojo, que me observaba de vuelta. Descubrí que mientras los filósofos se entretenían en reyertas sobre si el vacío te miraba de vuelta o no, la respuesta se encontraba entre las ondas de luz amarillenta, que chocaban groseramente entre paredes y bustos de héroes revolucionarios, entre árboles y ventanas, formando entre los vértices de aquella geometría de radiación visible, una persona no humana que me acompañaba.

Lo demás fue más sencillo: de aquella triste noche en adelante, no volví a sentirme sola en la ciudad.

Le intenté explicar eso a mi madre cuando me preguntó “por qué entodosloscielos” seguía apareciendo en la casa después de medianoche. Le expliqué, lo mejor que pude, que el allá afuera no era tan diferente al aquí adentro. Le pregunté, con seriedad: “¿A veces no sientes que cuando sales a la calle, en realidad no estás saliendo a ningún aparte? ¿Qué todo esto es un gran adentro, como si la ciudad entera fuera una gran habitación?”. Me pidió que dejara de hablar. A mi padre, por otra parte, le preocupaban los criminales en potencia que hacían de la oscuridad entre las esquinas su arma perfecta. No intenté explicarle que el color ámbar me acompañaba, paso a paso, hasta la puerta de la casa. No tenía sentido. Aquella realidad me había sido revelada sólo a mí y, como elegida, debía sufrir la carga de la incomprensión.

Así que durante largos meses de callada amistad con la luz de las farolas, comencé a percatarme de su extraña personalidad.

¿Quién puede otorgarle adjetivos a las cosas, fuera de nuestro metomentodo lenguaje? La luz, más intrusiva que la curiosidad humana, nos regala colores, formas, texturas y sombras. Abre al ojo ante la inabarcable estructura del universo, que es absurda sin brillo. Recuerdo de niña creer que la luz sólo provenía de los focos: ni siquiera esperaba entender lo que el sol realmente era. La única fuente de luz verdadera era la de una bombilla de luz blanca, 60 watts. Recuerdo haber escuchado en un programa de Discovery: La luz viaja a más de 300 mil kilómetros por segundo. No hay nada más veloz que la luz. Y recuerdo pasar horas prendiendo y apagando los focos de mi cuarto, pensando: Esta luz viaja muy lento, esto no puede ser verdad.

La luz ámbar de las farolas de esta ciudad es lenta pero pesada. Tiene el andar de elefante que atraviesa una sabana en busca de agua. Pero es angular, debido a la arquitectura constantemente perpendicular de las calles: tiene, más bien, la figura de un muñequito de madera de articulaciones móviles. Pero la luz camina a tu lado con fluidez: ríos de agua que no siente, rayos oblicuos de líquido oro.

Es más fácil, para cualquiera, imaginar algo así como un amigo: en donde se concentran las multitudes, existe una persona.

Ella (porque no había duda de su sexo) me acompañaba, entonces, a todos lados, o por lo menos durante cada solitario camino que tuviera

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ARTHUR RIMBAUD
Les illuminations. 1949
lithographs by F. Léger

una farola. Había pasajes oscuros (como la empinada subida hacia mi casa), pero ella me esperaba treinta metros a la distancia. A veces rutilaba: cansada de seguirme de placita en placita, de verme saltar a la fuente sin agua detrás de la funeraria, de sentarse conmigo en la banca de piedra de camino al Templo de las Palomitas, la luz iba y venía con exasperación.

Le tomé cariño. Comencé a vestirme de amarillo, para que no se sintiera tan sola. Mi hermana me preguntaba por qué ahora mi color favorito era el ocre. Mis padres no entendían mi repentina afición por salir de noche. Siempre he sido una criatura diurna, como los ciervos o los colibrís. Pero yo estaba dispuesta a convertirme en gato de pies ágiles, todo por acompañarla un rato más. Van Gogh había dicho que el amarillo era el color de la felicidad. Él se la comía a cucharadas, en forma de óleo. Yo, me bañaba en ella a las dos de la madrugada. Felices, a pesar del riesgo.

A veces, me encontraba entre una muchedumbre, viernes por la noche, y mi amiga se escindía en diferentes siluetas, o incluso se teñía de rosa o de verde, prodigio proporcionado por la iluminación partidista de la ciudad. Se filtraba, en silencio, a través de las ventanas sucias por la ceniza de cigarro del bar al que solía enterrarme cuando no me apetecía yacer como un tronco en medio de una plaza. Ella lo entendía.

A veces, ensordecerse es equivalente a dormir, me musitaba al oído. Silencio.

Porque habito en el reino del silencio, característica de la ciudad pequeña, a las once de la noche, nada suena, nada arruga el manto aterciopelado de la noche que se calla. Salía yo del bar, un poco mareada, con los lentes en la cabeza como una corona a los malos hábitos y me tambaleaba con decisión hacia mi casa. Para mí, nunca había otro lugar al que llegar. ¿A dónde podría refugiarme, sino era mi habitación? Mis amigos me pedían que esperara, que fuera a bailar con ellos al otro lado de la calle. Pero el hecho de salir allá afuera sólo se justifica antes el hecho de volver allá adentro. Uno no sale a un bar con la intención de no volver. Para eso está la montaña.

“¿Te vas tú sola?”, repetían, siempre, cada jueves.

“Mi casa queda 13 minutos de aquí”, les contestaba, invariablemente.

“¿Dónde vives?”

“Caminas detrás de Catedral y luego detrás de la Hidalgo y luego detrás del Templo de San José. Subes una calle tan empinada que cansa de verla. Das la vuelta y llegas a la puerta de mi casa. No te puedes perder”, les explicaba, imaginándome con deleite el recorrido.

“Ve con cuidado. En las noches las cosas son diferentes”, pero yo encogía los hombros.

Me dejaban ir porque no tenía miedo.

Le perdí el miedo a la noche y ese fue mi más grande logro durante ese tiempo. A veces, con absurda valentía, deseaba que apareciera un maleante (cara anodina, gorra y gabardina) que me pidiera mi celular y mi dinero y yo, iluminada, inmortal, le diría “¡No!” y el hombre, pequeño y oscuro y absolutamente nadie, se evaporaría en el frío aire de la medianoche. Sola, en medio de una calle vacía, en medio de una ciudad en la que todos sus habitantes dormían, acompañada solamente por la tenue luz naranja de una docena de farolas, era la persona más poderosa.

Pero aquello nunca dura para siempre. Ninguna caída dura eternamente, para nuestra mala fortuna. Podemos ralentizarla, podemos pretender que, de hecho, no estamos cayendo. Pero sólo hay un ganador en todo aquello: la gravedad contra nosotros. El suelo como destino. Una lucecita efímera entre dos grandes oscuridades.

Subí al cerro, pese a las recomendaciones de la voz lógica que me atormenta diario. Finales de octubre, luego de las lluvias dadivosas de septiembre, es el mejor mes para serpentear entre los caminos silvestres que las faldas de los cerros ofrecen. Después de las cinco de la tarde, cuando el sol ya está muy bajo, pero todavía brilla con intensidad. El clima es perfecto. La vista, verde esmeralda, casi irrisorio. “Este no es el lugar que me vio nacer”, te dices con sorna. “Esto no puede ser producto de la lluvia estacional”. Y entre el laberinto que es el zacate mojado y los árboles perennes y chaparros, hay un claro que se abre entre el salvaje de las zarzas y el monolito absurdo en forma de hígado que corona la ciudad. Ahí quería llegar, sentarme, respirar con tranquilidad el aire no viciado (pero me pregunto ¿esta ciudad viciará el aire?) y llorar un ratito. Como quien va al spa. Terapia del senderista con proclividad a platicar con el éter.

Caminé con decisión entre las colonias. Subí con decisión las carreteras. Trepe con decisión la primera empinada roca del cerro y anduve con decisión por la tierra rojiza. No tardé en llegar a dónde quería y, entre una piedra en forma de almohada y un tronco quemado, me acosté con decisión.

En aquel lugar no se escuchaba mucho. El tren, que pasaba en el cerro del otro lado. Algún tráiler de tránsito pesado. Quizá, si cerraba los ojos e ignoraba a los asqueles que se subían a mis párpados, unos niños riéndose. Allá arriba, se sentía, con mayor notoriedad, que la ciudad estaba viva. No por el movimiento, sino por su habilidad de mantenerse en calma a pesar de la cercanía. Los contrastes son los que hacen entendible el universo entero. Recordé la última vez que había subido al cerro y me sentí incómoda por un momento. Había llegado el momento, entonces. El sol se metía, el viento se enfriaba por minuto. Estábamos frente a la puerta y una esfinge de ojos de plata nos preguntaba con seriedad: ¿Cuándo fue la última vez que estuviste aquí? Y todo lo demás. La última vez que había estado ahí, no había estado sola. La última vez, no se me habría ocurrido hablarle a la luz y todo lo demás.

El asunto era que, en aquella ocasión, la persona que había estado allí, ya no era la persona que ahora está aquí, con los ojos bien puestos en el cielo color cobalto, intentando, con ganas, entender cuál era la razón por la que una persona no es esa misma persona a lo largo de su vida. ¿Quién podría saberlo? ¿El cielo, la montaña, la tierra humedecida?

Más de 600 días habían pasado desde ese día y yo había proclamado, como un Ozymandias en tercer semestre de la licenciatura, parapetada en lo más alto que conocía (que en aquel entonces era el techo de mi casa), con arrogancia y presunción, que no había nada en el mundo que pudiera sorprenderme pues había descubierto la llave secreta que abre todas las puertas. Era la primera alquimista de mi esencia. Aquel día, me mofé de la esfinge, la hice a un lado y abrí hacia el otro lado con la fuerza bruta de mi decisión. Me sentía invencible. Sobrevolaba la ciudad sin temor. Le había dicho a la cara de todos los dioses antiguos que la vida consistía en negarlo todo con los puños y aceptar morir sólo con sangre en la boca. Los únicos ojos que me miraban en ese triunfal momento, sin embargo, no me temieron. Me miraron con tristeza. Un par de manos me tomaron de los codos y me soltaron con sorpresa, como si quemara. Una boca, de labios torcidos, se abrió para decirme, con estudiada puntería: De camino a tu casa, vete por donde haya luz.

Brueghel no pudo haber pintado mejor mi caída al agua.

Vuelvo ahí, como un elefante memorioso, y me depositó al lugar que llamo mi hogar. Le hablo a la luz, porque de todas las caídas se aprende. Y anochece, finalmente, porque no puede ser de otra manera.

La ciudad, desde este nicho de evocación, se levanta como un gato que se ha dormido durante horas bajo el sol. Levanta el lomo y se le ilumina todo. Aquello visión es la recompensa. Mejor dicho: el premio de consolación. La absoluta consecuencia de un trastabilleo en medio de la oscuridad. Quién se tropieza por andar a ciegas aprende pronto que debe abrir los ojos.

Los abro.

Las arañas de oro que caminan en el lomo del animal gatuno que me maúlla cariñosamente. Suena el andar de los carros, el viento truena entre las irregularidades de los cerros, entre las hojas duras y resecas de los árboles y alguien, en el Callejón de Veyna, que puedo distinguir con absoluta certeza desde aquí, está agitando los brazos y grita porque le recorre sangre por las venas y porque algo entre el pecho y la garganta le impele a exclamar que el bar a sus espaldas tiene shots 2×3. Los tambores y el latigazo de la sábana en el tendedero. Fuegos artificiales desde el acueducto. Alguien se está casando a un kilómetro de mis piernas adormecidas. La campana que marca las 9 de la noche. Las luces de navidad que se quedaron en la ventana de una chica durante meses. La llamita rutilante de una veladora frente a una santa vestida con hilos dorados. Un espejo frente a ella. Un ojo abierto. Un puño cerrado con fuerza. Este puño. Este fuego. Esta vida.

Extiendo mi mano, que es una llave. Abriendo la puerta puedo ir más allá de la puerta.

Bajo el cerro antes de las 9:15, mientras tanto. Paso por el Oxxo 24 horas, por dos o tres colonias, bajo una calle tan empinada que duele de solo verla y llego a la puerta de mi casa. El recorrido me pasa en gerundio. Las cosas carecen de un borde delineado y de profundidad, como el horizonte del mar a la medianoche.

La única cosa viva, que viene caminando a mi lado, es la luz ámbar de las farolas. Mide casi lo mismo que yo, ahora que la veo con un poco más de atención. Quizá podría decir que lleva el cabello a la misma altura que yo. Las dos estamos usando estas botas desvencijadas, llenas de lodo. La chamarra dos tallas más grande. El andar desigual de alguien a quien dos esguinces en el tobillo le pasan la factura cuando hace frío.

Algunas personas le hablan a su sombra.

Yo solamente exijo a la municipalidad que mantenga íntegro el alumbrado público, que me compone.

De los motivos para pintarse la cara

Nací creyendo que era niño.

Con el tiempo, y gracias al condicionamiento de género, entendí que era mujer y que, por lo tanto, podía actuar en consecuencia.

Lo que quiero decir es que no entendía cómo es que había que usar vestidos, oler bonito, hablar delicadamente y tener el cabello largo para ser yo. Siempre tuve una idea muy clara de quién era: lo que me compone, lo que veo desplegado frente a mí cuando tengo que describirme, nunca obedeció a designios tan fútiles como el coordinar zapato con moño en la cabeza. Lo que era yo a los 13 años era un a nube sin forma. La idea de una formación rocosa a la lejanía: azulada, difusa, sin contornos. Me gustaba no tener límites y recuerdo haberle dicho a mis amigas con decisión: no creo jamás usar brillo labial en mi vida.

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Puedo ser una nube maquillada.

Hasta que lo hice.

Entiendo las mecánicas de la belleza occidental. No me engaño. Sé que me maquillo para no mostrar mi piel (que, honestamente, no tiene nada de malo), para aparentar que soy de un solo y brillante color (W3 de L’Oreal True Match o NC30 de Mac Pro Longwear) y para poder estamparme en los cachetes ese hermoso color coral de Elf Cosmetics que compré en Amazon a 225 pesos. No me gusta aparentar que así amanecí, suavecita y brillante, porque si algún error podemos cometer al maquillarnos (nosotras las mujeres, claro) es pretender que no sabemos qué hacemos cuando nos empolvamos la nariz.

Aprendí a maquillarme gracias a la influencia de las primeras beauty gurus de Youtube. Quien tuvo la suerte de encontrarlas a tan temprana fecha podrán recordar las condiciones: una chica metida en su baño, jalándose el párpado para poder dibujarse la línea sobre el ojo. O sea, cercana, real. Cuando Youtube se hizo negocio y cuando leakearon la rutina de Kim Kardashian la cosa cambió, claro. Pero yo hablo de los primeros días de Michelle Phan o Pixiwoo.

Diana, como todas las cosas importantes en mi vida, fue la que me dio el empujón a ese mundo. Yo todavía era un niño-nube cuando ella un día apareció maquillada al estilo Harajuku en la casa. Ya saben: delineador blanco, pestañas largas, piel muy blanca. Le dije: Diana enséñame a hacer eso que hiciste en tu cara. Diana me señaló la pantalla de la computadora de escritorio y me mostró a decenas de chicas maquillándose en sus baños.

Comienzas imitando, a eso voy.

Mi mamá tiene un cajón (el de arriba, el que importa) lleno de precioso maquillaje que llenaba de misterios exóticos mi mente infantil. No sabía para qué era la mitad de lo que veía y hurtaba, en obsesivo trance, para observar con detenimiento en la seguridad de mi cuarto. Ella siempre supo pintarse de tal manera que todos la miraban con admiración. Cuando ella se maquillaba para ir a una fiesta yo siempre me maravilla de la ilusión que lograba crear con polvos brillantes y olorosos.

En mi condición de niebla dispersa, por supuesto, aquello me parecía insoportablemente humano. Sí claro, tenemos granos y sebo y líneas de expresión y lunares y enrojecimientos y todo eso. ¿Qué le vamos a hacer? Las chicas en el colegio comenzaron a maquillarse entrando a la secundaria. Yo le hablaba a las paredes de los baños, todavía bien colocada en la tierra de las fantasías de primaria, cuando alguien un día me presentó un enchinador de pestañas.

La irrealidad de ese metal retorcido confirmó mi reserva: maquillarse es equivalente a la tortura medieval.

Las chicas se negaban a correr a la hora de educación física porque no querían chorrear polvo compacto y yo (sentada con todas ellas porque me había equivocado de uniforme y no podía hacer mucho con zapatos negros y falda) las veía compartirse el gloss como en un ritual que escapaba mi entendimiento. No sólo eso, todas se planchaban el cabello, se perfumaban, se depilaban los brazos y las piernas y se hacían tratamientos para tratarse el acné. Aquella era la norma. Y es que, a pesar de mi liviandad, mi educación católica me enseñó que seguir las reglas era lo ideal, por lo que, a pesar de ser bruma, no me gustaba salirme de la rayita.

Sufrí el último año de secundaria intentando manejar lo mejor posible todo aquello. ¿Qué es esto que hacen? A veces, un alma caritativa me explicaba: es que el rímel no se pone así…. O la monjita en turno me volteaba a ver con el ceño fruncido: Sara, ¿hace cuánto que no te bañas?

En la prepa, preocupada ante mi recién adquirida feminidad, comencé a usar vestidos de manera consciente, y aquello me agradó. Me compré mi primer delineador en este tiempo. También, gracias a la injerencia de mi madre, adquirí mi primera base de maquillaje (una de Neutrogena, bastante equis) y mi primer enchinador de pestañas. He triunfado, pensé, ilusionada, ahora sé de qué va este asunto.

En la prepa, por supuesto, nadie se maquillaba y nadie usaba vestidos.

Hay un diferencia de clases, comprendí. Aquellos chicos de 16 años eran más como yo, menos influenciados por las revistas de 90 pesos de Vogue. Aprendí, por lo tanto, acerca de lo que es tener cuerpo (porque es gratuito) y ser mujer. La cosa es que nadie te dice que una vez que te ves frente al espejo disfrazada de mujer es muy difícil salir de ahí. Comencé a ver más videos y comencé a imitar más. Comencé a usar sombras de colores, labiales, polvos translúcidos. Comencé a conocer de marcas. Urban Decay no era lo mismo que Jordana. Comencé a entender la sutil pero importante diferencia entre el SW, FW, Cruise, Haute Couture o Resort de Chanel.

Llegó el día en que, con mi larga cabellera enchinada, mi rutina matutina de 25 minutos frente al espejo, mi vestido rojo que combinaba perfectamente con mis zapatos y maquillaje había olvidado lo que era ser neblina en el horizonte. Ahora era tan patente como un monumento en una plaza, exigiendo ser mirada.

No hay maldad en aquello, aclaro. No estoy aquí para señalar con un dedo largo y tembloroso a las chicas que se maquillan todos los días ni a las que no lo hacen. Lo que quiero decir es que, en aquel punto, yo hacía todo aquello como no queriendo aceptar que, efectivamente, aquel menjurje que había que quitar en las noches, era artificial. El maquillaje sin consciencia es peligroso. No es que engañe a los demás acerca de nuestra apariencia, sino que nos conduce a un espejismo.

Me gusta maquillarme, entendí luego de dejar de hacerlo durante un tiempo. Me gusta comprar labiales y me gusta ver a Lisa Eldridge poner de manera preciosa un iluminador en alguna mejilla. Entendí también que actúo desde una plataforma de privilegio: puedo comprarme un bronceador y usarlo sin represalias o sin verme obligada a hacerlo. Lo hago por puro placer y no para esconder cicatrices o acné que provoque burlas de extraños. Estoy en una posición muy cómoda como para poder decir que el maquillaje no es tan importante como para suscribirme a una ideología radical pero lo demasiado relevante como para dedicarle un post en mi blog.

A veces, quisiera, sin embargo, volver a esos tiempos sin historia, en los que uno se pintaba la cara de blanco o rojo o negro porque uno era guerrero o sacerdote supremo o para adorar a un dios que habitaba dentro de una cueva.

Otras veces, más atenta a la realidad, me doy cuenta de que todavía lo hacemos. Somos criaturas que se pintan la cara. El resto, échenle la culpa al capitalismo.