De la imposibilidad de un alma. Sufjan y yo.

Corría el 2009 y yo decidí abrir mi tumblr luego de observar a mi hermana encontrar imagen tras imagen de su banda japonesa favorita. Esa página prometía un pozo sin fondo de diversión visual. Quien ha estado desde el 2008 en aquella plataforma sabe de lo que hablo: su famoso azul de fondo y montones de imágenes de Starbucks y bostonianos con los primeros filtros de Instagram, o sea, un paraíso hipster al que podía migrar luego de la locura de Metroflog y el eventual cierre de las páginas personales de Hotmail, Messenger y el declive de Harrylatino.  Al año, ya era mi pequeño paraíso, y fue ahí dónde descubrí dos cosas que definirían los años consecuentes: el fandom de Sherlock y la música de Sufjan Stevens.

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Sucedió con uno de esos posts, populares en aquel tiempo, en el que algún listillo combinaba dos canciones parecidas y la hacía sonar increíble. Era un mashup de Clocks de Coldplay y Chicago de un tal “Sufjan Stevens”, que nadie parecía conocer. Escuche el audio, que no era más que la música de Clocks con la voz de Sufjan superpuesta. Lo busqué en Google, pero lo único que me aparecía era Cat Stevens. En Ares (porque sí, eran tiempos de Ares) sólo me aparecía That Dress Looks Nice On You y  la Chicago original. Durante meses, estuve contenta con tener esas tres canciones en mi colección.

Seguí buscando, un poco desesperada, porque NADIE parecía saber nada acerca del cantante que comenzaba a atormentarme por ser tan endemoniadamente evasivo. Encontré, un día, una página de bandcamp (la suya) que contenía 4 álbumes: A Sun Came, Michigan, Seven Swans e Illinoise, sus primeros cuatro discos, y todos a mi disposición. Al poco tiempo, también pude descargarlos, y para mi sorpresa, en ese mismo año sacó un álbum y un EP: The Age of Adz y All Delighted People. Eventualmente, en su bandcamp también aparecerían Enjoy Your Rabbit y The BQE.

Quiero recalcar dos cosas muy importantes y que necesito dejar muy muy claras.

La primera es que no sé que es la música.

Podrá parecer que sí y podrá parecer que conozco mucho de esta o aquella banda o cantante, pero el concepto de “música” o “canción” me vuela por encima de la cabeza y no logro entender como es que alguien se aprende una canción o alguien produce sonidos con sus dedos en un par de cuerdas y todo lo demás. Nunca he sido de esas personas que dicen: La música es mi vida. Si me conocen, ya saben lo realmente analfabeta que soy en materia musical. Simplemente me es imposible aprenderme la letra de la rolita popera en la radio porque mi cerebro carece de la sinapsis necesaria para poder entender qué demonios es esa armonía. No canto, no toco, no bailo. Ni siquiera me sé una canción completa de Sufjan. Me gusta el sonido de la estática y de los viejos refrigeradores, y hasta ahí se limitan mi sensibilidad al respecto de la música. Si me dan a escoger, prefiero el silencio. Si me piden que les diga cuál es mi género favorito digo “cantos gregorianos” y si a mis 15 años me preguntaban que cuál era mi banda favorita, seguramente respondería con un genérico: “Uhm, me gusta de todo”, a falta de (de hecho) un gusto musical.

Cuando digo que escucho a tres bandas nada más, no es una exageración. Mi shuffling en Spotify y YouTube se reduce a Sufjan, Beach House y Joanna Newsom (otra artista huidiza: tiene dos (2) videos musicales y ha proclamado nunca aparecer en Spotify. ¡Ay de mí!). A veces escucho La Mer de Debussy en repeat durante el día. Otras veces, pongo sonidos de ventiladores industriales.

La segunda es que este dude es de los artistas más huraños y menos dados a la promoción en el mundo entero. No tiene ni un video musical, hace conciertos cada venida de papa y casi no concede entrevistas. O sea, que no es Ed Sheeran y no corro con la suerte de ver 500 millones de vistas en su VEVO o de verlo cada 30 minutos en MTV. Es tan inaprensible que durante años su página en AZLyrics sólo tuvo las canciones más populares y su página de Wikipedia no podía explicarme quién diablos es esta persona que escucho casi diario, por el amor de Dios. Luego de su último disco comenzó a salir un poco a la vista de los demás, pero durante años, AÑOS, lo único que tenía de él eran videos amateur de sus conciertos del 2006 en Detroit o Nueva York o sus posts neuróticos de tumblr (porque sí, el señor tiene tumblr también).

Así que Sufjan Stevens llegó como si se tratase de una llave, que abriría mis atolondrados oídos a un nuevo tipo de experiencia sensorial. Y todo empezó cuando escuché por primera vez Impossible Soul, la última canción de The Age Of Adz, cuya característica principal es que dura 25 minutos y habla sobre las posibilidades y esperanzas de un alma presa de la ansiedad y la culpa. Un milagro, dirían los más crédulos.

sufjanMi primer acercamiento con Sufjan es, por supuesto, su voz. Suelo decir que es la más pequeña de todas, porque es tan suave que parece casi un susurro, pero al mismo tiempo tan clara y precisa que es inconfundible. Luego el banjo o el piano, su sonido maximalista, sus ganas de querer usar siempre flautas dulces y ocho violines y siete tombrones, o la forma en que usa el autotune, casi como un chiste, pero que resulta maravilloso. Finalmente, sus letras, que siempre fue lo que más me llamó la atención porque era lo que más podía entender.

Sufjan narra de la manera más delicadamente imprecisa su vida, su educación católica, el amor hacia los personajes americanos más particulares (Andrew Jackson, John Wayne Gacy o Tonya Harding), la relación fallida con su madre, la mitología griega, su perpetua obsesión con la Navidad y hasta pequeñas historias de amor sin género enmarcadas en los suburbios de Michigan. En mi búsqueda por más de él, me encontré con varios cuentos que escribió cuando él todavía esperaba ser escritor. Estudió Literatura y mandó a concursar un libro de cuentos que ganó el primer lugar en su universidad. Pero luego tomó su banjo y su flauta dulce y se dio cuenta de que lo que tenía que hacer era tocar y escribir música.

Algunos ejemplos preferidos:

And I have a sister somewhere in Detroit.
She has black hair and small hands.
And I have a kettledrum,
I'll hit the earth with you
Sister
Oh! I love you from the top of my heart.
And what difference does it make?
I still love you a lot; Oh! I love you from the top of my heart
And on your breast I gently laid. Oh! My head in your arms.
Do you love me from the top of your heart?
All Delighted People (Original Version)
You, you must be a Christmas tree, a Christmas tree.
You light up the room, oh, you light up the room.
Oh, you light up the room.
Barcarola (You Must Be A Christmas Tree)
The only thing that keeps me from cutting my arm,
Cross hatch, warm bath, Holiday Inn after dark,
Signs and wonders: water stain writing the wall,
Daniel’s message; blood of the moon on us all.
The Only Thing

Muchas de las cosas que amamos, no las entendemos del todo. La idea, a pesar de la obsesión personal y las ganas de saber hasta el más pequeño de los detalles, es aceptar lo que queremos como si se tratara de nuestra propia imagen en el espejo. Yo entiendo (y siento) a lo que amo como un reflejo de lo más real y profundo que se desarrolla en mi alma. Las personas que me rodean, la música que escucho, las escritoras que leo, los colores que tomo como míos.

El sentimiento de encontrarse, cara a cara, con un igual es lo que nos hace, como especie, querer seguir adelante, ante la promesa de que otros verán lo mismo en nosotros, o que no estamos aislados en nuestras experiencias o que, a pesar del miedo, seguimos caminando con la mirada puesta más allá de la cordillera que tapa la mitad del cielo.

Al ser yo de naturaleza hiperbólica no puedo evitar enarbolar como una bandera la cara y bíceps de Sufjan y gritar cuando veo su cara en los Oscars, luego de casi más de 10 años de recreármelo para mi solita, sin que nadie (salvo a los pocos que lo descubrieron de manera violenta luego de Carrie & Lowell) me acompañara en mi pasión por un señor de 40 años del norte de Estados Unidos, que canta muy bajito y que no tienen la menor idea de que una chica en México le dedica, cada tercer día, un tarareo o un gesto ceñudo. Nada puedo hacer para evitarlo.

Lo que sí puedo hacer es decirles: ¡Hey! ¿Quieren escuchar conmigo 23 minutos y medio de Sufjan Stevens? Quizá lo odies, quizá no, pero esto me representa fielmente y necesito, necesito que nos veas, porque boy, we can do much more together.

Veinticinco y otras mutaciones

25/25

A las 11:38 am, el día de mi cumpleaños 25, estaba vomitando el yogurt de frutas de Vip’s que a duras penas pude tragar. Ya había pedido mi platillo favorito del restaurante (huevos divorciados poblanos) y sentí con absoluta claridad, 25 años después de mi nacimiento, que me estaba arrepintiendo de todas las decisiones de mi vida.  Intentaba tragar saliva, pero aquella era una empresa imposible. Me pasé el día acostada, haciendo un esfuerzo monumental por no devolver (otra vez) el agua que podía pasar más allá de la garganta y quejándome de un dolor indeterminado entre pecho y frente.

24 horas antes de ese terrible momento, estaba yo muy contenta de estar a punto de celebrar con mis amigos; de comer y beber. 24 horas después, estaba yo muy contenta con mis nuevos compañeros del trabajo, quienes me llevaron un pastel y me cantaron Las Mañanitas, a pesar de mi cara de “he estado cruda 48 horas y deseo el dulce abrazo de la muerte”. O sea: a pesar de mis ganas de siempre querer hacer que las Fechas Importantes sean Realmente Importantes, debo aprender a que la simetría no siempre es posible.

Hace un año, celebraba en un ambiente y estado totalmente diferente al de ahora. Recién operada, cansada como nunca en la vida, invadida de una aplastante tristeza que no sabía de dónde provenía pero cuyo origen y su eventual descubrimiento revolucionaría mi vida en un decisivo antes y después, estaba sentada entre mis amigos y mi familia, segura de que de los 24 quizá no pasaría.

Dando pasos de un año hacia atrás es como puedo recordar todos mis cumpleaños. A los 18 me vestí de blanco. A los 15, los pasé con el uniforme del colegio negándome a bailar canciones de quinceañera. A veces contabilizaba el paso del tiempo en Olimpiadas. Recuerdo las Olimpiadas de Invierno del 2002 y cómo yo hacía las matemáticas: 4 más 4 más 4 más 4…. dentro de 16 años tendré 25 y cómo es posible que el tiempo pase tan inevitablemente, como el frío que rompe las tuberías, y yo sigo sin alcanzar la parte alta del refrigerador.

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A los 9 años pensaba, súbitamente emocionada y aterrada, que cuándo tuviera 18 años más sería una persona tan distinta que si me viera a la cara no la reconocería. Pensaba en el futuro como una entidad gelatinosa, inefable e inalcanzable. Me veo ahora y veo la foto que tengo guardada en mi cartera de mi carita de tercero de kínder y me digo: Me reconocería a mi misma entre un mar de gente. No hay manera de que esa niña no sea yo. Lo que soy yo es el único camino.

Considero ahora mismo, triunfante, que ese es mi regalo de cuarto de siglo.

La Métrica Austen

Le cuento a mi mamá de mi primer día de trabajo en mi nuevo trabajo y ella sentencia: ¿Y cómo es tu jefe? ¿Collins o Wickham?

Me explico.

La métrica para medir a mis jefes resultó luego de un jefe que tuve en un restaurante indeterminado en el que trabaje durante el tiempo de mi prepa-universidad. El dude en cuestión era un (a falta de mejores palabras) un mamador infumable. O sea, justo como se describe al primo Collins, azote personal de las familia Bennet. El Collins de Zacatecas (en una posición de poder que, como su tocayo inglés, no sabía ostentar) solía subirse a un escalón y pregonar acerca de sus incuestionable conocimiento en la gastronomía internacional. Todos debíamos escucharlo, educados, pero los más exasperados solían echar polvos laxantes a su comida o esconderle sus comandas favoritas. Le tenía una fascinación casi abnormal a su propio jefe y solía emocionarse al borde de las lágrimas por las cosas más insignificantes y vulgares, como el tinte rubio de cabello o los iPhone. Sin entrar en más detalles (pues casi estoy segura de que sus amigos cercanos todavía son mis amigos en facebook), Collins era un pesado que sólo podía ser descrito bajo los parámetros de Jane Austen. Mi madre, que ha leído sus novelas de pi a pa, aprobó mi elección de apodo.

Mis jefes consecuentes fueron el bandido, mentiroso y ruin de Wickham, la atolondrada pero bonachona señora Bennet y ahora, tengo la fortuna de poseer a mi propio señor Bennet, encerrado entre libros y datos curiosos, pero absorto de la realidad más cercana. Un ente bondadoso aunque lejano y huraño.

fdhgghA lo que voy: estoy contentísima de tener a un señor Bennet y no a una Carolina Bingley o una Lady Catherine de Bourgh. Y esto sólo pensando en Orgullo y prejuicio. Veo mi vida hacia adelante y veo no 25 años, sino 50 y más, y estoy segura de que podré repasarme el padrón austeniano sin mayor problema.

Le decía a mi mamá: ¿Por qué no tendré a un Darcy de jefe? Pero luego me acordé que, (y como dice Wikipedia: (as he) lacks ease and social graces, and so others frequently mistake his aloof decorum and rectitude as further proof of excessive pride) SOY YO mi propio Darcy. Por qué O H  D I O S M Í O, las danzas sociales y de etiqueta de la oficina godín promedio serán, finalmente, mi muerte. ¿Saberme el nombre y apodo del secretario de la oficina de al lado? ¿Saber qué decir cuándo chocas con alguien de camino al garrafón de agua? ¿Las palabras secretas que se pronuncian antes de salir a comer?

No hay novela del 1800 que sepa describir con exactitud  la ridiculez del empleo de escritorio. De conocerme, Jane Austen me dedicaría una risita socarrona. ¡Madres del mundo, ayúdenme!

Rojo tirándole al verde

Cuando abrí mi tumblr por primera vez, hace ya casi 8 años, comencé a interesarme en un aspecto poco explorado para mí: el espectro de la luz fragmentada. Entiéndase: el color. Repentinamente adicta a cambiar los valores html/css del tema de mi página, comencé a apreciar las virtudes de los colores que antes consideraba ofensivos. El amarillo y el rojo, por ejemplo, que ahora considero mis favoritos. Es tonto, pero luego de 8 años de repasar cientos de miles de imágenes en una plataforma que se vuelve una ventana al interior de tu alma, el color rojo en particular se ha vuelto un estandarte para mí.

Recuerdo esto porque la publicación de mi libro está a la vuelta de la esquina. Es una locura.

Justo ayer mandaba el informe de actividades de estos últimos tres meses y no pude evitar ponerme sentimental y escribir algo como: No he parado de llorar porque ya tengo mi portada hecha y todo está precioso y ojalá, oh grandes jueces de los estímulos de creación, entiendan mis lágrimas. Los tkm.

Lo que me perturba un poco de todo esto es que, una vez que eso esté afuera, ya no podré hacer nada al respecto. Allí afuera estará una parte de mí y estará a la merced de quien decida tomarlo. Pienso en el color que escogimos para la portada: un frambuesa muy amigable. Sobreanalizo: ¿entenderá la gente qué es lo que quiero decir al tener ese color en la portada? ¿debí haber escogido algo más rojo, quizá más marrón, un rojo tirándole al verde, a la mitad de esa escala cromática? Ahora tomo mis libros con mucho más respeto. Hay algunos de colores y ediciones tan atroces que no puedo más que compadecer a los autores. ¿Se entenderá que este color y no otro es el reflejo más íntimo de mis palabras? ¿Tendré que aparecerme en los hogares de quien haya comprado el libro y guiarlos, parte por parte, en qué significa cada cosa, desde solapas hasta construcciones sintácticas?

Al final me relajo. Lo importante es ~lo de adentro~ ¿no es así? Esos pequeños manchones de tinta que quieren decir letras, que quieren decir palabras, que quieren decir: Digo sí a lo imposible (aveda).

 

 

Cómo perder horas de tu vida, una guía. Primera parte.

No sé ustedes, pero yo encuentro una extraña satisfacción, muy cercana a la que siente quien comete un delito, al acomodarme en medio de mi cama, rodeada de almohadas y sacar el celular con una mano (porque la otra está bien guardada en el burrito de cobijas) y ver los videos que Instagram me recomienda, hasta que los ojos me duelan o los dedos se me entuman. Mi cerebro, alimentado de videos diy, life hacks, de trenzados imposibles y de fails de gatitos, libera endorfinas como loco y la gratificación instantánea que obtengo (la que ha resultado mi peor enemiga) me vuelve un caracol en todo el sentido de la palabra: babosa y feliz.

Mis neuronas se toman unas vacaciones a Balí y yo, si es que me siento lo suficientemente dinámica, aprendo a armar casas en miniatura. He aquí una lista.

Youtube

Ah, Youtube, ¿cuántas horas no he pasado, en espiral, viendo videos acerca de cómo se teñían los antiguos uniformes de las huestes romanas o cuáles son los mejores labiales de menos 5 dólares? Aquí, algunos canales dignos para binge-watch hasta altas horas de la madrugada. (Alert: la mayoría están en inglés)

  • Ask a mortician: No digo esto muy seguido pero ME ENCANTA MORIR Y LA MUERTE. Y, por suerte, hay gente que siente lo mismo. Literal, me puse a ver a Caitlin Doughty durante una semana entera y ahora estoy segura de que mi meta en la vida es ser embalsamada y mostrada en algún jardín. Pero en serio, es una joya. ¡Oh! Y tiene muchísimos videos acerca de santos y muertes medievales.
  • Cody Ko: DON’T @ ME pero este morro es mi youtuber favorito y lo amo y todos los videos que hace me encantan. Una disculpa adelantada. Pero su contenido es REALMENTE DIVERTIDO y deberían verlo. Literal, todos sus videos. Empiecen.
  • ElmundoDKBza: Miren este dude es uno de los pocos en español que sigo fielmente y obvio tenían que ser videos de miedo y fantasmas y la muerte. Lo que me gusta es su producción visual, o sea que, me asustan más sus efectos de sonidos que el video en sí. Pero si son las 3 de la mañana y quieren seguir despiertos, aterrorizados de la sombra más pequeña y el rechinido más leve, recomiendo esto.
  • Getty Museum: ¿Qué lugar más apropiado para perder el tiempo y aparentar que no lo estás haciendo que un museo? Pues el Museo Getty volvió en forma de instructivos videos de menos de 5 minutos que puedes ver desde la comunidad de tu nido de cobijas y migajas de Madalenas Bimbo. ¿Mis favoritos? Los Getty Talks de hora y media acerca de temas que nadie nunca te preguntará pero que traerás a la mesa durante reuniones con amigos, para comprobar una vez porque no tienes relaciones sanas con la gente.
  • Grand Illusions: Este don es una joya en la vida de cualquiera, porque es el canal más wholesome del universo. Literalmente es un señor mostrando artículos creativos e interesantes. Y eso es todo. Lo tkm mucho y ustedes lo van tkm también.
  • Hokeykki: Tres palabras: RECETAS ASMR COREANAS. Un canal de recetas hermosas en 4K y sin música ni diálogo y todo bien precioso. Cuando ando estresada veo esto y de repente soy la persona más zen del mundo.
  • Kirsten Dirksen: Este es otro de esos canales que te hacen decir ¿Cómo es que no estoy viviendo mi potencial al 100% y sigo comiendo Madalenas a las 2 de la tarde desde mi cama mientras otras personas se dedican a tiempo completo en cosas extremadamente cool? Sí, es un canal de diseño de interiores y casas alrededor del mundo. Directo, sin ediciones grandiosas ni música molesta. 5 de 5.
  • Lisa Eldridge: No sería este un post completo sin un shotout a mi reina y madre, Lisa Eldridge que me ha enseñado todo lo que sé de maquillaje. Su canal es elegante, sus videos van directo al punto y te invita a gastar mil pesos en sombras Chanel o Láncome con su hermoso acento inglés. Lo que sea por mi mamá Lisa.
  • The Square To Spare: Un día desperté con ganas de ver como hacían maquetas y descubrí el mundillo fantásticos de creaciones en miniatura de Youtube. Huelga decir que he dedicado incontables minutos a admirar como se puede hacer una casa encantada del tamaño de una caja de zapatos. Adéntrense conmigo a este mundillo. No se arrepentirán.
  • Vsauce: Tengo que presumir que soy de las fans OG de Micheal Stevens y que solía ver todos sus videos de tops y datos científicos curiosos. Luego se volvió el vato más azotado de la plataforma al narrarte temas terribles como la naturaleza del color, la izquiera y la derecha, el lenguaje y el fin del universo visible. Todavía puedo declamar con absoluta claridad muchos de sus videos (Why things are creepy o Juvenoia) y pues ¡Hello, Micheal here! de aquí a la eternidad. ¡Y tienen subtítulos! Pero, en serio, ver sus videos me ha ayudado muchísimo en como hilar un texto y como estructurar una idea, pues tiene una forma tan clara pero interactiva de dar a conocer su punto. Un genio, pues

 

Netflix:

¿Qué clase de lista sería esta sin al menos un Top7 de series recomendadas? Spoiler alert: todas mis recomendaciones son SUMAMENTE ÑOÑAS Y ANGL

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OSAJONAS. Una disculpa.

  • Brooklyn 99: ¿Otra serie de comedia de policías más? Sí, y es wholesome, divertida y exactamente el humor que mi inocente corazón busca. Hay cuatro temporadas en Netflix y no se arrepentirán de la cara de Andy Samberg (que por cierto es mi favorito luego de ser el orgulloso esposo de mi diosa Joanna Newsom), ni de los diálogos o los personajes. Yo soy 50% Gina Linetti y 50% Jake Peralta.
  • The Good Place: ¡Escuchen! Esta serie es un regalo del cielo. Narra la vida, después de la vida, de 4 personas que murieron y ahora viven en el Good Place. ¿Fácil? ÑO. Y por eso me aventé la serie de un sentón y fui tan feliz. Tan feliz. 10/10 una de las mejores series en Netflix.tumblr_oyuhvlr2L11rq49qyo1_400
  • Chef’s Table: Cinematografía y comida, en episodios de una hora. Este es el contenido que se debe ver cuando uno está solo en casa, está lloviendo y anhelas sentir que realmente esta vida tiene sentido.
  • Steven Universe: Si me conocen saben que yo moriría por mi gordito Steven Universe y por Pearl en cualquier segundo porque literalmente salvaron mi vida. Lamentablemente, Netflix sólo tiene la primera temporada, pero si le PICAN AQUÍ, encontrarán más de esta hermosura hecha animación.
  • RuPaul’s Drag Race: ¿Realmente tengo que decir más? Sólo vayan y denle clic. Es una experiencia que transforma vidas and then LIPSYNC FOR YOUR LIFE.
  • The Keepers: Si lo que buscan, en cambio, es preguntarse porque seguimos viviendo en este mundo podrido, lleno de maldad, esta serie es ideal. Lloré mucho y me sentí terrible y con náuseas durante mi maratón, pero es un misterio que se va desenvolviendo lentamente y te atrapa desde el primer minuto. Oh, dios. El mundo realmente está podrido.
  • La serie que no debe ser nombrada: Ya saben a qué me refiero. Y como ya la cancelaron por siempre, háganse un terrible favor y véanla por fin. O no la vean. A mi no me interesa.tumblr_okikezRnek1vsxvq5o1_250

Les dejo esta primera parte, porque todavía tengo que recolectar los CIENTOS de links de Wikipedia que NECESITO y DEBO compartir con ustedes porque me encanta leer Wikipedia. Así como blogs, documentos en archive.org y así. Disfruten amiguitos. Y comenten, plis, qué hacen cuando su cerebro clama por contenido basura para calmar las ansias y desconectarse de esta horrible vida que nos exige estar hiperalertas todo el tiempo. ¡Los quiero!

 

Roman Holiday, o porqué no debes gastar 4,60 euros en un botella de agua

Nuestra guía nos aseguró, con seguridad socarrona, que todo guía se gradúa en Italia. “Es la de cajón”, dijo. Estamos sentados en Venecia, esperando el barco que nos va a llevar a tierra firme. Ha estado lloviendo todo el día, pero los turistas no se amilanan. Siento que he visto millones de rostros. Estamos todos ateridos, adoloridos y el deseo generalizado es irse a la cama calientita del hotel.

O sea sí: Venecia es precioso, fuera de este mundo, incluso en un brumoso día de invierno. Pero me siento tan pequeñita que eso no me ayuda a sentirme en paz. Tengo el vestido mojado de la góndola, los pies cansados de atravesar docenas de puentes y la mirada borrosa de tanto ver. Quiero decir, aquí yo compito contra una basílica bizantina del año 800. Estoy enojada conmigo misma. Me enfada pensar así, pero en los días que llevo en Italia no puedo parar. Hemos paseado por Milán, Verona y Venecia. Mañana nos vamos a Florencia y yo estoy dispuesta a huir de Venecia tan rápido como nuestro chófer (un napolitano con un exagerado sentido de la moda y la irritabilidad) pueda.

Estoy segura de que el mármol la tiene contra mí. La roca, el ladrillo, el bronce de las estatuas, todo conjurado para aplastarme contra mi misma. La gente que sigue pasando. Veo botas, chamarras, gorritos para no mojarse la cabeza. Santa María de Fiore me está mirando, pero ¿cómo podría distinguirme? A mi no cabe en las pupilas. Soy un granito de tierra en el aire. Estoy hambrienta y sedienta. Así que me meto a un tabacci y tomo una botella de agua y cuando la voy a pagar el señor del otro lado de la barra me dice: quattro con sessanta. Le pago con un billete de 5 euros y me salgo aún más aturdida. Acabo de pagar 100 pesos por agua que me acabo en un par de minutos (y mis 2 botellas de 2 litros del Oxxo a 18 pesos lloran por mí) y esta ciudad la tiene contra mí. Sus puertas, el adoquín, el prosciutto que cuelga de las tiendas, la tienda de Dolce & Gabanna que sólo vende bolsas y lentes, el guía que nos lleva a ver a El David y, particularmente, al pulido y redondo trasero de el David.

Si Stendhal se desmayaba en presencia de la belleza milenaria de Florencia, yo me enojo.

Estoy irritada la mitad del viaje y la otra mitad, por fin, caigo en una extraña melancolía, la de turista desubicada, que se acaba de percatar de que todas las ciudades son lo mismo. Roma tiene la particularidad de que hay pilares y arcos de antes de Cristo y miles de personas metiendo y sacando la mano de una boca abierta en la roca del Coliseo. La Bocca della Verità te come si dices mentiras.

Aquí la verdad, pues.

Yo, como Audrey Hepburn, también estoy huyendo. No es descuido el estar actualizando mi blog luego de 6 meses. Renuncié a mi trabajo, me corté el cabello y fui y vine a Italia. Fui de vuelta a mi cerro, donde me acosté dentro de un tiro de mina y sentí que me iba a morir. Siento que no puedo ganar, a pesar de estar haciendo exactamente lo que quise por meses y meses. A pesar de sentirme libre y en paz y feliz. Uno supone, cuando se encuentra frente al Arco de Constantino que se trata más bien algo de aquí adentro, en lugar de algo de allá afuera.

Pasé los meses anteriores al viaje alegando que iría en busca de la plaza en la finalmente acabaría con mi vida y cuando llegué a las plazas que esperaba me mostraran una romántica cara a la muerte, descubrí que aquello no era lo que quería. Me lo demostraron, con cruel honestidad, las figuras petrificadas de los habitantes de Pompeya. ¿A qué estoy jugando? Yo quiero vivir tantos años como los que tiene la Basílica de San Marcos o la Columna de Trajano.

Sin embargo, me obligo a volver a empezar. Me obligó a cerrar algo que ni siquiera sé cuando empezó. Pienso de camino a la Fuente de Trevi qué puedo desear. Hay infinidad de lugares a los cuales aventar una moneda y pedir un deseo. Hay decenas de monumentos a los que manosear en búsqueda de algo agradable, cientos de piedras qué pisar, miles de tumbas a las qué mirar, con esperanza. Mientras que es un eficaz truco para recaudar millones de euros, y a mi monedero de NiNi recién estrenada no le parece uno muy gracioso, siento que de eso se trata venir, de arrojar un pedazo de metal a las inquietas aguas de una famosísima fuente y creer, firmemente, que ha sucedido un cambio trascendente en tu vida y que, de ahora en adelante, puedes hacer el resto.

O sea, sí. Graduarme de algo y dar un paso adelante. Dejar de lamentar el frío de enero (ir dar paso a los vientos de Febrero y luego, hacia el final, a mis 25 años) ((¿cuántos años tendrá un guijarro en la explanada del Coliseo?)) y arrojar cuatro euros al agua y no gastarlos en una botella de 750 ml de agua. En serio. No gasten en agua, qué demonios.

En Venecia me compré un cuaderno con la idea de escribir todos los días. Pero ¿no que nos íbamos a dejar de autoengañar? Mejor escribo aquí y se los comparto a ustedes, los que quieran leer.

 

Traducción: El vaso vacío, de Louise Glück

Desde hace dos años he traducido un poema para finales de año. Algo como para cerrarlo todo, atarlo con un moño, entregármelo a mí misma y decir: He aquí tus tribulaciones. Este año fueron muchas. Tanto así que tuve que sacrificar el escribir y leer. Annus vermi. Terrible es una palabra que no le quiero adjudicar, pues, de entre todo las llamas y el fango, crecieron camelias.

Glück, como siempre, sabe apuntalar mi sombra que camina de manera aterradoramente precisa. Mientras tanto, les dejo el poema y una promesa: escribiré.

 

Pedí mucho; recibí mucho.

Pedí mucho; recibí poco. Recibí

casi nada.

¿Y mientras tanto? Un par de sombrillas que se abren adentro.

Un par de zapatos, por error, en la mesa de la cocina.

¡Oh, equívoco, equívoco!– era mi naturaleza. Era

de corazón duro, remota. Era

egoísta, rígida al grado de la tiranía.

Pero siempre fui esa persona,  incluso desde mi infancia.

Pequeña, de pelo oscuro, temida por los otros niños.

Nunca cambié. Dentro del cristal, la abstracta

marea de la fortuna cambió

de alta a baja, de la noche a la mañana.

¿Fue el mar? ¿Respondiendo, quizá,

a una fuerza celestial?  Para estar a salvo,

recé. Intenté ser una mejor persona.

Pronto, me pareció que lo que comienza como terror

y madura en narcisismo moral

podría haberse convertido, de hecho,

en crecimiento humano real. Quizá

esto es a lo que mis amigos se referían, tomando mi mano,

diciéndome que entienden

el abuso, la increíble mierda que acepté,

presuponiendo (o eso creí alguna vez) que estaba un poco enferma

al dar tanto por tan poco.

Pero lo que ellos querían decir era que yo era buena (juntando mis manos intensamente)–

una buena amiga y persona, no una criatura de pathos.

¡No era patética! Era de gran aliento,

como una reina o una santa.

Bueno, todo eso crea una conjetura interesante.

Y se me ocurre que lo que es crucial es creer

en el esfuerzo, creer que algo bueno saldrá de, simplemente, intentarlo.

un bien no contaminado por el corrupto impulso de

persuadir o seducir–

¿Qué somos sin esto?

Dando vueltas en este oscuro universo,

solos, con miedo, incapaces de influir en el destino–

¿Qué tenemos realmente?

Tristes trucos con escaleras y zapatos

trucos con sal, impuramente motivados en el recurrente

intento de crear un personaje.

¿Qué tenemos para apaciguar a estas grandes fuerzas?

Y pienso, finalmente, que esa es la pregunta

que destruyó a Agamemnon, ahí en la playa,

las naves griegas prestas, el mar

invisible más allá del puerto sereno, el futuro,

letal, inestable: fue un tonto, al pensar

que eso podía ser controlado. Debió haber dicho

No tengo nada, estoy a tu merced.

“The Empty Glass” by Louise Glück, from The Seven Ages.

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Traducción: Misterios de navidad de los McNuggets de pollo explicados por la Gente Estelar Macrobiótica y la ouija mágica de la tía Harriet

Dos semanas antes de Navidad, mis padres leyeron un panfleto acerca de la industrialización de la comida y nos dijeron que, de ese momento en adelante, comeríamos comida macrobiótica. El día siguiente, mi padre nos mostró el menú para la cena de navidad: kale, lechuga china, champiñones shiiitake, galletas de alga marina y tofu frito. Yo tenía ocho años, mi hermano nueve, y mis hermanas diez y once. Todo lo que queríamos era un Chicloso Charleston y una bolsa de varitas de regaliz, pero estaban ahora fuera de los límites. Mis padres leyeron en alguna parte que el colorante comestible en los cereales promovía la hiperactividad en los niños; mi madre comenzó a servir avena y cereal salado con linaza. Si rogábamos por algún endulzante, ella nos cortaba pedazos de plátanos. Mis padres se unieron a la comunidad de comida natural y firmaron para obtener limpias de colón. No se nos permitía más la soda, las papas fritas, la comida rápida o la goma de mascar. Mi madre nos dijo que el jarabe de maíz producía cáncer. “¡Está en todas partes”, dijo, mientras leía la etiqueta de una lata de salsa de tomate. Pronto después de eso, dejó de rasurarse las piernas. Dejó de usar ropa interior, sostenes y nada que tuviera acrílico. Nuestras calcetas de navidad tuvieron que ser tejidas con la lana de ovejas de Suiza. Mi madre estaba convencida de que el oropel era radioactivo. Mi padre trajo gorras de cáñamo e hilo dental de algodón orgánico para llenar las calcetas. Decoramos el árbol con palomitas de maíz orgánicas y piel de naranjas. Mi padre quemó incienso y leyó pedazos de Siddharta de Hermann Hesse.
En las noches, yo rezaba a Dios: ¡Por favor, envíame una barra de chocolate! Por favor, mándame un Laffy Taffy. Escribía cartas desesperadas a Papa Noél: “Querido Santa, mis padres se han hecho hippies. No quiero chicles de jengibre y sopa miso en sobre para Navidad. No quiero tratamientos capilares de cera de abeja ni faciales con mascarillas de sílice de las aguas termales de Islandia. No quiero un kit casero de enemas ni un cepillo de dientes hecho con periódico reciclado. Sólo quiero McNuggets de pollo”.
Obtuve mi deseo. Después de la cena de Navidad, mi madre tuvo una reacción alérgica al tofu frito. Se sofocó, la piel se le llenó de urticaria y se le cerró la garganta. Mi padre ojeó el libro de remedios homeopáticos y le dijo que chupara una varita de ragaliz: no sucedió nada. Entonces le dijo que mordiera la cáscara de una toronja: no sucedió nada. Finalmente la llevó al hospital donde le vaciaron el estómago y la hicieron dormir junto a un hombre con demencia. La mañana siguiente, cuando llegó a casa con la vista nublada, y tan blanca como un fantasma, mi madre se rindió y rogó por una malteada de McDonald’s. Mi padre se encogió de hombros. Nos subimos al auto y compramos Big Macs y McNuggets del auto servicio.
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El año siguiente, mis padres leyeron demasiadas novelas de Anne Rice y trajeron a la casa bolsas de ajo para llenar nuestras calcetas. También pusieron espejos en cada habitación, por seguridad. Mi padre vio en la TV un especial de mitos celtas y supersticiones y decidió laminar tréboles de cuatro hojas y regalarlas como adornos de Navidad. Nos animó a usarlas en el cuello, como collares de identificación, para atraer a la buena suerte. Cada una tenía nuestros nombres y una cita de alguna novela de James Joyce. La mía decía: “¡Hola! Mi nombre es Sufjan. La historia es una pesadilla de la que intentamos despertar”. Cuando mi madre accidentalmente rompió el espejo del armario de abrigos, nos obligó a usar una pata de conejo de la suerte en nuestros cinturones. Pero en Año Nuevo, mi hermana mayor se rompió el brazo al resbalarse por las jardineras de la colina vecina y mi padre fue despedido de su trabajo en el parque estatal. Unas semanas después nuestro perro fue arrollado por la barredora de nieve y mi madre dijo esto es suficiente. Nos pidió de vuelta los llaveros de pata de conejo, nuestros brazaletes con talismanes de ying yang y nuestros tréboles de cuatro hojas. Mi padre se apropió de nuestra póliza de seguro de vida y comenzó a comprar billetes de lotería y mi madre usó el ajo que sobró para sus frittatas de huevo.
Un par de años después, todos estaban hablando acerca del eclipse lunar de Navidad. Mis padres consideraron este fenómeno celestial un signo de mucha importancia. Empezaron a interesarse en la idea de que ellos eran “Gente Estelar”, alienígenas espaciales de otro planeta que temporalmente habitaban cuerpo humanos. Había millones de Personas de las Estrellas en cada planeta esperando a que la Fuente Universal de Poder acabara con todas esas disparatadas guerras y todo el sufrimiento de una vez por todas. Había un libro de tapa blanda que frecuentaba las encimeras de la cocina (¿Eres una Persona Estelar? ¿Soy una Persona Estelar? Por Curtis Leopard) con ilustraciones de cristales, objetos interplanetarios, rostros iluminados con ojos concéntricos y testimonios personales acerca de experiencias de vidas pasadas en otros planetas. Se leía la descripción de un hombre, un cocinero de comida rápida de Cleveland, llamado Garth, quien contaba haber sido un rey marciano con un harem. Papá Noel, declaraba el libro, era una Persona Estelar con problemas de afectividad desplazada. Iba por el mundo dando regalos porque su madre del espacio no le había mostrado suficiente cariño.
Mi propia madre estaba muy segura de que, en otra vida y en otro planeta, ella había sido una bruja. Señalaba los efectos secundarios: su proclividad a barrer con escobas medievales que había comprado en una tienda de antigüedades; también aseguraba poseer poderes telekinéticos. Pero nunca la vimos mover nada, ni siquiera nuestra incredulidad. La evidencia de mi madre era un inventario de preguntas retóricas. “¿Te has sentido lejana a la realidad?”, leía de una portada de un libro. “¿Alguna vez te has sentido cansada o nostálgica sin razón aparente?”. Ella señalaba otros síntomas: acné, migrañas, el interés por aprender lenguas extranjeras. Me preocupaba. Acababa de empezar la preparatoria y me comenzaron a salir manchas rojizas alrededor de la lisa piel de mi barbilla, donde me comenzaba a crecer la barba. También estaba en el primer año de alemán. Mi madre me miró por encima de sus lentes. “Parece que cumples con los requisitos”, me dijo. “¿Te duele la cabeza de vez en cuando?”. En navidad, ese año, me regalaron un copia de las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury y un telescopio de Sears, pero siempre estaba muy nublado como para poder ver algo, ni siquiera un eclipse de luna.
Luego, sucedió esa navidad cuando la tía Harriet se divorció y se mudó con nosotros un par de semanas. Mis padres la acomodaron en la sala, en un catre, a un lado del árbol de navidad. “No molesten a tía Harriet”, nos advirtió mi madre. “Está pasando por la menopausia”. Yo, con solo siete años de edad, pensé que la menopausia era algo parecido a unas vacaciones muy largas que tomas luego de trabajar muy duro. “Exactamente”, dijo mi madre. “Pero no se lo digas a nadie más”.
La tía Harriet fumaba cigarros sin filtro y leía revistas Vogue, de cabo a rabo. En la noche, luego de algunas bebidas, nos llamaba a la sala y sacaba una tabla de Ouija, que usaba como guía espiritual. Nos poníamos en círculo alrededor de ella, mis hermanos y hermanas yo, tocando con la yema de los dedos el puntero en forma de corazón, como si aquello se tratara de ir a la iglesia. La tía Harriet preguntó a los espíritus si había vida en otros planetas, que si había esperanza para los etíopes que morían de hambre, que quién sería el próximo presidente de los Estados Unidos. Después de cada pregunta, el puntero se movía con facilidad a través de la tabla, deletreando respuestas ominosas y yo sentía mis manos calentarse. “Anda y pregunta algo”, me animó la tía Harriet. Atormenté a mi cerebro hurgando en mi catálogo de los misterios del mundo, de las preguntas sin respuesta, de los secretos del universo. Pero me decanté por algo menos grandioso: “¿Qué me traerá Santa de Navidad?”. Mis hermanas bufaron y se burlaron, pusieron los ojos en blanco y me pincharon la panza con sus dedos. “Santa Claus ni siquiera existe”, gritaron y, justo en ese momento, los poderes de la tabla desaparecieron.
En la mañana de Navidad, mi madre nos informó: la tía Harriet había hecho las maletas y había tomado un autobús a Canadá, en donde quería enseñar yoga a niños discapacitados. “Está teniendo una crisis de la mediana edad”, dijo, pasándonos nuestros regalos de debajo del árbol. “¡Que dios la ayude!”. La tía Harriet había dejado un par de cosas al lado de su catre: una caja de zapatos con cristales New Age, una cajetilla de cigarros y su tabla de ouija, doblada y raída de las esquinas, como un juguete para perro. Después de los regalos, de la cena de Navidad y de que nuestros padres se fueran a sus cuartos a leer el periódico, yo y mi hermano nos escabullimos a la sala, para sacar las cosas de la tía Harriet. Mi hermano vació los cigarros y con ellos construyó una fortaleza de la Guerra Civil en la alfombra. Mis hermanas hicieron aretes con los cristales, usando hilo de cocer y anzuelos. Yo saque, mientras nadie veía, la tabla de ouija y la llevé a mi habitación, dejándola encima de mis almohadas, concentrándome en los misterios del universo. “¿La tía Harriet estará bien?”, pregunté, poniendo mis dedos en el puntero. “¿Alguna vez se casará de nuevo? ¿Encontrará paz y felicidad? ¿La vida tienen algún sentido?”. Y lentamente, el puntero, temblando, vivo, recorría el abecedario como un disco de hockey en cámara lenta. “Sí, sí, sí”, la tabla me aseguraba con cada pregunta. “¡Todo va a estar bien!”.

¡Estoy ejercitando mi esternocleidomastoideo!

Salí del gimnasio atarantada. Aquello había sido brutal. No recordaba haber sudado tanto, en tan poco tiempo, de tantas áreas de mi cuerpecillo que temblaba a cada paso, alejándome con decisión de aquel templo del dolor. Uno diría (ese uno, soy yo, claro) que en un lugar en el que se celebra la autoflagelación, los gemidos guturales propios del casi fallecido y las lágrimas productos de la extenuación física estaría encantada de asistir.

El twist de la historia es que estoy encantada.

Salí y me fui a echar al pastito del Parque Sierra de Álica, conocido por ser un lugar perfecto para las siestas y los arrumacos indecentes, y me acomodé debajo de un árbol, repasando los lugares en los que los músculos chillaban de dolor. ¡Qué alivio el del descanso público, a la mirada de parejas besuconas y perritos paseadores!

Nunca he sido atlética ni deportista. Pueden preguntárselo a mi cursillo de prepa en educación física, único en ser otorgado por la total y absoluta ausencia de Sara Andrade en aquel patio en la profundidades de la prepa 1. Pueden preguntárselo a mi uniforme de gala que me sacó del apuro en la primaria y secundaria, los día que debía llevar el uniforme deportivo y me negaba a darle vueltas a la cancha. Y sí: colgarse los árboles y saltar maniáticamente por las escaleras a toda velocidad es algo por lo que se me recuerda, pero aquello no me parecía “atlético”. Era cuestión de escuchar un silbato o un “pónganse en pareja” para que se me bajara la presión, mis extremidades se hicieran de gelatina y perdiera toda fe en la raza humana.

Siempre he querido ser más hábil en el manejo del cuerpo, sin embargo.tumblr_onmt0hUzem1vlgdvyo1_1280

Simplemente, mi talento reside en ser pariente de los helechos y en tener una relación profunda y trascendental con el frío y duro piso. O sea: que si camino me caigo.

Mi conexión con el piso es tal que gran parte de lo que escribo se origina de mi constante conversación con el concreto/azulejo/tierra roja. Mis rodillas, llenas de cicatrices, adoran con absoluta resignación al piso. El piso, del tamaño del mundo, las ama con egoísta devoción. La gravedad, cupido intransigente, me mete zancadillas cada 15 minutos. Los tobillos son aquí los que no agradecen esta romántica historia de amor: los constantes esguinces los han hecho asustadizos e irritables.

El deporte no es mi fuerte. Ninguna de sus variaciones. Cuando jugaba futbol no sabía patear el balón (a veces, con suerte, pateaba alguna espinilla que me hacía acreedora de una tarjeta roja), cuando jugaba basquetbol no sabía coordinar ojo/mano/canasta con el acto de saltar por lo aires. De las pocas veces que jugué cachibol, salí despedida hacia los escalones de las gradas del gimnasio escolar y perdí el conocimiento un par minutos. Sólo recuerdo las caras de mis compañeros, apiñadas sobre mí, y al profesor preguntando, exasperado: ¿En serio te acabas de desmayar?

Encontré mi fuerte en la natación y en la yoga.

Mi condición de piscis nato me otorgó la habilidad de ondear bajo el agua como anguila. Me encantaba, desde muy pequeña, estar bajo el agua. A los 10 años, mi crol y mariposa eran tan espectaculares que mi maestra me anotó a un concurso regional. Obviamente, no asistí. Aterrada, dejé plantada a mi maestra y no volví jamás a la piscina del Injudez. Volví a natación un tiempo, en la alberca Bicentenario. Sin embargo, los altos niveles de cloro, doñas de gobierno con piernas embadurnadas de crema Pons y borlitas de tela al fondo de la piscina acabaron por ahuyentarme para siempre. Mi maestro me dijo un día: “¡Tú deberías estar nadando con los avanzados, no aquí con principiantes 2!”. Yo sólo divisiva a la Muerte hacia la zona de 2 metros y medio, con su largo y huesudo dedo, pidiéndome acercarme a mi total desaparición.

La yoga llegó a mí al buscar actividades afines a mi vegetarianismo. Encontramos, mi hermana, mi tía y yo, un lugar pequeñísimo en el que tres maestras se dividían la carga de trabajo y nos enseñaban los nombres correctos de las posiciones que, con esfuerzo, componíamos: adomukha svanasana o el perro mirando hacia abajo, sarvangasana o la vela, vrikshasana o el árbol, savasana, o la posición del muerto. A veces, nos hacían mirar hacia una vela y nos pedían pensar en nada y mirar y mirar hasta perder la capacidad de parpadear y no ser nosotros, sino ser la vela. Otras veces, nos preparaban tamales veganos.

Dejé de asistir, porque la líder espiritual del pequeño espacio se iría a Querétaro o Puebla con sus 4 hijos y dos perros a propagar la sanidad del hatha yoga lejos de nosotras. Yo, que había recuperado mi antaña elasticidad infantil, tuve que aguantarme mi corazón roto y volver a mi rutina de ir por churros con salsa de Magallo y dos litros de Coca y olvidarme de ser sana en cuerpo y alma. Quiero decir: no estoy tan loca como para yo sola ponerme a hacer mi saludo al sol.

Finalmente, un día, me operaron del cuello y tuve que aprender a sentarme de nuevo y mientras la tuberculosis hacía mella en mi cansado organismo (que había sufrido enfermedad tras enfermedad en el último año), todas mis energías desaparecieron. Mi elasticidad, mi condición, mi ganas de atarme las agujetas hicieron las maletas, tomaron su sombrero de viaje y se largaron para siempre. Subir la docena y media de escaleras hacia el segundo piso de mi casa era una tortura. Que me daba el “bof” machín, vaya. Poco a poco recuperé la energía y ya no tenía que escoger entre bajar por agua o ir al baño, ya que la perspectiva de hacer aquellas actividades era como intentar trepar una montaña. Poco a poco, el torcer el cuello no era totalmente imposible. Mi esternocleidomastoideo ya era mío de nuevo, por lo que la idea de ejercitarme se volvió un poco más real.

Karen y yo pagamos nuestra inscripción y mensualidad hace un mes, exactamente.

Debo decir que estaba asustada: aquello lo había pagado con mi salario godín (que se vio cercenado de manera violenta) y la perspectiva de atender las clases con 1) doñas de gobierno embadurnadas de crema Pond’s o 2) morros adictos a los chochos y a escuchar The Eye of the Tiger mientras hacen pierna me parecía terrorífico.

La primera clase resultó fenomenal. Así como el resto de las clases de pilates y activación. En cardio, no me sentí como una inútil entre gente muy musculosa y doñas muy flojas. Corrí 20 minutos y me sentí la Ana Guevara del Capital Gym. Salí sudorosa y el dolor me duró en los huesos el resto de la semana. Comencé a progresar. Aguantaba las palizas de las clases con menos pujidos y aguantaba corriendo más tiempo.

Pequeños logros. Ahora no me da el bof cuando subo las escaleras de mi casa.

Ahora, lo más difícil es pararme de aquí, de este suave pastito, en esta tibia temperatura. ¿Qué dirán los enamorados si me oyen roncar, presa del sueño post-gimnasio?