El vaso vacío, de Louise Glück

Desde hace dos años he traducido un poema para finales de año. Algo como para cerrarlo todo, atarlo con un moño, entregármelo a mí misma y decir: He aquí tus tribulaciones. Este año fueron muchas. Tanto así que tuve que sacrificar el escribir y leer. Annus vermi. Terrible es una palabra que no le quiero adjudicar, pues, de entre todo las llamas y el fango, crecieron camelias.

Glück, como siempre, sabe apuntalar mi sombra que camina de manera aterradoramente precisa. Mientras tanto, les dejo el poema y una promesa: escribiré.

 

Pedí mucho; recibí mucho.

Pedí mucho; recibí poco. Recibí

casi nada.

¿Y mientras tanto? Un par de sombrillas que se abren adentro.

Un par de zapatos, por error, en la mesa de la cocina.

¡Oh, equívoco, equívoco!– era mi naturaleza. Era

de corazón duro, remota. Era

egoísta, rígida al grado de la tiranía.

Pero siempre fui esa persona,  incluso desde mi infancia.

Pequeña, de pelo oscuro, temida por los otros niños.

Nunca cambié. Dentro del cristal, la abstracta

marea de la fortuna cambió

de alta a baja, de la noche a la mañana.

¿Fue el mar? ¿Respondiendo, quizá,

a una fuerza celestial?  Para estar a salvo,

recé. Intenté ser una mejor persona.

Pronto, me pareció que lo que comienza como terror

y madura en narcisismo moral

podría haberse convertido, de hecho,

en crecimiento humano real. Quizá

esto es a lo que mis amigos se referían, tomando mi mano,

diciéndome que entienden

el abuso, la increíble mierda que acepté,

presuponiendo (o eso creí alguna vez) que estaba un poco enferma

al dar tanto por tan poco.

Pero lo que ellos querían decir era que yo era buena (juntando mis manos intensamente)–

una buena amiga y persona, no una criatura de pathos.

¡No era patética! Era de gran aliento,

como una reina o una santa.

Bueno, todo eso crea una conjetura interesante.

Y se me ocurre que lo que es crucial es creer

en el esfuerzo, creer que algo bueno saldrá de, simplemente, intentarlo.

un bien no contaminado por el corrupto impulso de

persuadir o seducir–

¿Qué somos sin esto?

Dando vueltas en este oscuro universo,

solos, con miedo, incapaces de influir en el destino–

¿Qué tenemos realmente?

Tristes trucos con escaleras y zapatos

trucos con sal, impuramente motivados en el recurrente

intento de crear un personaje.

¿Qué tenemos para apaciguar a estas grandes fuerzas?

Y pienso, finalmente, que esa es la pregunta

que destruyó a Agamemnon, ahí en la playa,

las naves griegas prestas, el mar

invisible más allá del puerto sereno, el futuro,

letal, inestable: fue un tonto, al pensar

que eso podía ser controlado. Debió haber dicho

No tengo nada, estoy a tu merced.

“The Empty Glass” by Louise Glück, from The Seven Ages.

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Misterios de navidad de los McNuggets de pollo explicados por la Gente Estelar Macrobiótica y la ouija mágica de la tía Harriet

Dos semanas antes de Navidad, mis padres leyeron un panfleto acerca de la industrialización de la comida y nos dijeron que, de ese momento en adelante, comeríamos comida macrobiótica. El día siguiente, mi padre nos mostró el menú para la cena de navidad: kale, lechuga china, champiñones shiiitake, galletas de alga marina y tofu frito. Yo tenía ocho años, mi hermano nueve, y mis hermanas diez y once. Todo lo que queríamos era un Chicloso Charleston y una bolsa de varitas de regaliz, pero estaban ahora fuera de los límites. Mis padres leyeron en alguna parte que el colorante comestible en los cereales promovía la hiperactividad en los niños; mi madre comenzó a servir avena y cereal salado con linaza. Si rogábamos por algún endulzante, ella nos cortaba pedazos de plátanos. Mis padres se unieron a la comunidad de comida natural y firmaron para obtener limpias de colón. No se nos permitía más la soda, las papas fritas, la comida rápida o la goma de mascar. Mi madre nos dijo que el jarabe de maíz producía cáncer. “¡Está en todas partes”, dijo, mientras leía la etiqueta de una lata de salsa de tomate. Pronto después de eso, dejó de rasurarse las piernas. Dejó de usar ropa interior, sostenes y nada que tuviera acrílico. Nuestras calcetas de navidad tuvieron que ser tejidas con la lana de ovejas de Suiza. Mi madre estaba convencida de que el oropel era radioactivo. Mi padre trajo gorras de cáñamo e hilo dental de algodón orgánico para llenar las calcetas. Decoramos el árbol con palomitas de maíz orgánicas y piel de naranjas. Mi padre quemó incienso y leyó pedazos de Siddharta de Hermann Hesse.
En las noches, yo rezaba a Dios: ¡Por favor, envíame una barra de chocolate! Por favor, mándame un Laffy Taffy. Escribía cartas desesperadas a Papa Noél: “Querido Santa, mis padres se han hecho hippies. No quiero chicles de jengibre y sopa miso en sobre para Navidad. No quiero tratamientos capilares de cera de abeja ni faciales con mascarillas de sílice de las aguas termales de Islandia. No quiero un kit casero de enemas ni un cepillo de dientes hecho con periódico reciclado. Sólo quiero McNuggets de pollo”.
Obtuve mi deseo. Después de la cena de Navidad, mi madre tuvo una reacción alérgica al tofu frito. Se sofocó, la piel se le llenó de urticaria y se le cerró la garganta. Mi padre ojeó el libro de remedios homeopáticos y le dijo que chupara una varita de ragaliz: no sucedió nada. Entonces le dijo que mordiera la cáscara de una toronja: no sucedió nada. Finalmente la llevó al hospital donde le vaciaron el estómago y la hicieron dormir junto a un hombre con demencia. La mañana siguiente, cuando llegó a casa con la vista nublada, y tan blanca como un fantasma, mi madre se rindió y rogó por una malteada de McDonald’s. Mi padre se encogió de hombros. Nos subimos al auto y compramos Big Macs y McNuggets del auto servicio.
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El año siguiente, mis padres leyeron demasiadas novelas de Anne Rice y trajeron a la casa bolsas de ajo para llenar nuestras calcetas. También pusieron espejos en cada habitación, por seguridad. Mi padre vio en la TV un especial de mitos celtas y supersticiones y decidió laminar tréboles de cuatro hojas y regalarlas como adornos de Navidad. Nos animó a usarlas en el cuello, como collares de identificación, para atraer a la buena suerte. Cada una tenía nuestros nombres y una cita de alguna novela de James Joyce. La mía decía: “¡Hola! Mi nombre es Sufjan. La historia es una pesadilla de la que intentamos despertar”. Cuando mi madre accidentalmente rompió el espejo del armario de abrigos, nos obligó a usar una pata de conejo de la suerte en nuestros cinturones. Pero en Año Nuevo, mi hermana mayor se rompió el brazo al resbalarse por las jardineras de la colina vecina y mi padre fue despedido de su trabajo en el parque estatal. Unas semanas después nuestro perro fue arrollado por la barredora de nieve y mi madre dijo esto es suficiente. Nos pidió de vuelta los llaveros de pata de conejo, nuestros brazaletes con talismanes de ying yang y nuestros tréboles de cuatro hojas. Mi padre se apropió de nuestra póliza de seguro de vida y comenzó a comprar billetes de lotería y mi madre usó el ajo que sobró para sus frittatas de huevo.
Un par de años después, todos estaban hablando acerca del eclipse lunar de Navidad. Mis padres consideraron este fenómeno celestial un signo de mucha importancia. Empezaron a interesarse en la idea de que ellos eran “Gente Estelar”, alienígenas espaciales de otro planeta que temporalmente habitaban cuerpo humanos. Había millones de Personas de las Estrellas en cada planeta esperando a que la Fuente Universal de Poder acabara con todas esas disparatadas guerras y todo el sufrimiento de una vez por todas. Había un libro de tapa blanda que frecuentaba las encimeras de la cocina (¿Eres una Persona Estelar? ¿Soy una Persona Estelar? Por Curtis Leopard) con ilustraciones de cristales, objetos interplanetarios, rostros iluminados con ojos concéntricos y testimonios personales acerca de experiencias de vidas pasadas en otros planetas. Se leía la descripción de un hombre, un cocinero de comida rápida de Cleveland, llamado Garth, quien contaba haber sido un rey marciano con un harem. Papá Noel, declaraba el libro, era una Persona Estelar con problemas de afectividad desplazada. Iba por el mundo dando regalos porque su madre del espacio no le había mostrado suficiente cariño.
Mi propia madre estaba muy segura de que, en otra vida y en otro planeta, ella había sido una bruja. Señalaba los efectos secundarios: su proclividad a barrer con escobas medievales que había comprado en una tienda de antigüedades; también aseguraba poseer poderes telekinéticos. Pero nunca la vimos mover nada, ni siquiera nuestra incredulidad. La evidencia de mi madre era un inventario de preguntas retóricas. “¿Te has sentido lejana a la realidad?”, leía de una portada de un libro. “¿Alguna vez te has sentido cansada o nostálgica sin razón aparente?”. Ella señalaba otros síntomas: acné, migrañas, el interés por aprender lenguas extranjeras. Me preocupaba. Acababa de empezar la preparatoria y me comenzaron a salir manchas rojizas alrededor de la lisa piel de mi barbilla, donde me comenzaba a crecer la barba. También estaba en el primer año de alemán. Mi madre me miró por encima de sus lentes. “Parece que cumples con los requisitos”, me dijo. “¿Te duele la cabeza de vez en cuando?”. En navidad, ese año, me regalaron un copia de las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury y un telescopio de Sears, pero siempre estaba muy nublado como para poder ver algo, ni siquiera un eclipse de luna.
Luego, sucedió esa navidad cuando la tía Harriet se divorció y se mudó con nosotros un par de semanas. Mis padres la acomodaron en la sala, en un catre, a un lado del árbol de navidad. “No molesten a tía Harriet”, nos advirtió mi madre. “Está pasando por la menopausia”. Yo, con solo siete años de edad, pensé que la menopausia era algo parecido a unas vacaciones muy largas que tomas luego de trabajar muy duro. “Exactamente”, dijo mi madre. “Pero no se lo digas a nadie más”.
La tía Harriet fumaba cigarros sin filtro y leía revistas Vogue, de cabo a rabo. En la noche, luego de algunas bebidas, nos llamaba a la sala y sacaba una tabla de Ouija, que usaba como guía espiritual. Nos poníamos en círculo alrededor de ella, mis hermanos y hermanas yo, tocando con la yema de los dedos el puntero en forma de corazón, como si aquello se tratara de ir a la iglesia. La tía Harriet preguntó a los espíritus si había vida en otros planetas, que si había esperanza para los etíopes que morían de hambre, que quién sería el próximo presidente de los Estados Unidos. Después de cada pregunta, el puntero se movía con facilidad a través de la tabla, deletreando respuestas ominosas y yo sentía mis manos calentarse. “Anda y pregunta algo”, me animó la tía Harriet. Atormenté a mi cerebro hurgando en mi catálogo de los misterios del mundo, de las preguntas sin respuesta, de los secretos del universo. Pero me decanté por algo menos grandioso: “¿Qué me traerá Santa de Navidad?”. Mis hermanas bufaron y se burlaron, pusieron los ojos en blanco y me pincharon la panza con sus dedos. “Santa Claus ni siquiera existe”, gritaron y, justo en ese momento, los poderes de la tabla desaparecieron.
En la mañana de Navidad, mi madre nos informó: la tía Harriet había hecho las maletas y había tomado un autobús a Canadá, en donde quería enseñar yoga a niños discapacitados. “Está teniendo una crisis de la mediana edad”, dijo, pasándonos nuestros regalos de debajo del árbol. “¡Que dios la ayude!”. La tía Harriet había dejado un par de cosas al lado de su catre: una caja de zapatos con cristales New Age, una cajetilla de cigarros y su tabla de ouija, doblada y raída de las esquinas, como un juguete para perro. Después de los regalos, de la cena de Navidad y de que nuestros padres se fueran a sus cuartos a leer el periódico, yo y mi hermano nos escabullimos a la sala, para sacar las cosas de la tía Harriet. Mi hermano vació los cigarros y con ellos construyó una fortaleza de la Guerra Civil en la alfombra. Mis hermanas hicieron aretes con los cristales, usando hilo de cocer y anzuelos. Yo saque, mientras nadie veía, la tabla de ouija y la llevé a mi habitación, dejándola encima de mis almohadas, concentrándome en los misterios del universo. “¿La tía Harriet estará bien?”, pregunté, poniendo mis dedos en el puntero. “¿Alguna vez se casará de nuevo? ¿Encontrará paz y felicidad? ¿La vida tienen algún sentido?”. Y lentamente, el puntero, temblando, vivo, recorría el abecedario como un disco de hockey en cámara lenta. “Sí, sí, sí”, la tabla me aseguraba con cada pregunta. “¡Todo va a estar bien!”.