Cuento: La luz ámbar

I am being
eaten away by light.

Debería reformarse una ley de planeación urbana que dicte que las calles de una ciudad sólo pueden alumbrarse por la luz, entre amarilla y naranja, de las farolas. Las ciudades no deberían ser iluminadas por nada más que luz ámbar. Las ciudades que están iluminadas de esta manera poseen una característica muy particular que las metrópolis modernas de luz blanca no pueden albergar: están vivas.

Hay una diferencia crucial entre una ciudad que se siente viva y otra que, de hecho, está viva.  La Ciudad de México, por ejemplo. Su multiplicidad de luces (neones, titilantes, rojas y azules, ácidas, moribundas, de pesebre, de santuario) le otorga a la noche la sensación de que uno camina por el lomo de una mole pétrea de muchos ojos y muchas bocas. Si subes una loma y diriges la mirada hacia cualquier punto cardinal, varias jorobas aterciopeladas brillan ante la cantidad inmensurable de los focos que sus habitantes usan. Por otra parte, esta ciudad que habito: pequeña capital de un estado que tiene la forma de un viejo en marcha. Ciudad de las escaleras y las placitas en el centro de las colonias; ciudad de las luces ambarinas, que le confieren a la noche una sensación de perenne compañía. Si uno sube al cerro más alto y mira hacia cualquier punto cardinal, observará, con facilidad, una multitud de arañas de oro entre la más terrible de las oscuridades. La luz le otorga a las más lejanas colonias atributos de animales. A la fuente que se yergue en su centro, a las escaleras que llevan a las primarias, a las verjas que defienden los museos les otorga vida; cálida y sincera vida.

Descubrí esto cuando, en mi calidad de ser humano bípedo, me caí a la mitad de una plaza solitaria a las dos y media de la mañana. Las caídas estrepitosas y definitivas, como todos lo saben, son origen de disquisiciones fundamentales. Uno jamás es más (y menos) consciente de su cuerpo que cuando se cae, sin duda alguna, hacia el suelo. Existe un segundo de plena libertad en el que el cayente acepta su destino y se pregunta, muy serenamente, si aquello debería ser objeto de vergüenza o de valentía. Importante: para caer, se necesita saber caer. Se debe estar consciente de que, efectivamente, se caerá, o de otra manera, el levantarse puede resultar una tarea más complicada de lo que uno cree a primera vista.

Al caer yo, por lo tanto, hice lo que toda persona que sabe caerse, hace: me quedé acostada, paralela al suelo, y esperé a que algo sucediera que me sacara de aquella situación. Sin miedo, sin vergüenza, sin frío, lo que descubrí fue que, a pesar de encontrarme en una placita en medio de una colonia adormecida, un jueves en la madrugada, no estaba sola. Descubrí que se materializaba ante mí una especie de figura difusa, de tamaño de todo aquello que alcazaba a ver por el rabillo del ojo, que me observaba de vuelta. Descubrí que mientras los filósofos se entretenían en reyertas sobre si el vacío te miraba de vuelta o no, la respuesta se encontraba entre las ondas de luz amarillenta, que chocaban groseramente entre paredes y bustos de héroes revolucionarios, entre árboles y ventanas, formando entre los vértices de aquella geometría de radiación visible, una persona no humana que me acompañaba.

Lo demás fue más sencillo: de aquella triste noche en adelante, no volví a sentirme sola en la ciudad.

Le intenté explicar eso a mi madre cuando me preguntó “por qué entodosloscielos” seguía apareciendo en la casa después de medianoche. Le expliqué, lo mejor que pude, que el allá afuera no era tan diferente al aquí adentro. Le pregunté, con seriedad: “¿A veces no sientes que cuando sales a la calle, en realidad no estás saliendo a ningún aparte? ¿Qué todo esto es un gran adentro, como si la ciudad entera fuera una gran habitación?”. Me pidió que dejara de hablar. A mi padre, por otra parte, le preocupaban los criminales en potencia que hacían de la oscuridad entre las esquinas su arma perfecta. No intenté explicarle que el color ámbar me acompañaba, paso a paso, hasta la puerta de la casa. No tenía sentido. Aquella realidad me había sido revelada sólo a mí y, como elegida, debía sufrir la carga de la incomprensión.

Así que durante largos meses de callada amistad con la luz de las farolas, comencé a percatarme de su extraña personalidad.

¿Quién puede otorgarle adjetivos a las cosas, fuera de nuestro metomentodo lenguaje? La luz, más intrusiva que la curiosidad humana, nos regala colores, formas, texturas y sombras. Abre al ojo ante la inabarcable estructura del universo, que es absurda sin brillo. Recuerdo de niña creer que la luz sólo provenía de los focos: ni siquiera esperaba entender lo que el sol realmente era. La única fuente de luz verdadera era la de una bombilla de luz blanca, 60 watts. Recuerdo haber escuchado en un programa de Discovery: La luz viaja a más de 300 mil kilómetros por segundo. No hay nada más veloz que la luz. Y recuerdo pasar horas prendiendo y apagando los focos de mi cuarto, pensando: Esta luz viaja muy lento, esto no puede ser verdad.

La luz ámbar de las farolas de esta ciudad es lenta pero pesada. Tiene el andar de elefante que atraviesa una sabana en busca de agua. Pero es angular, debido a la arquitectura constantemente perpendicular de las calles: tiene, más bien, la figura de un muñequito de madera de articulaciones móviles. Pero la luz camina a tu lado con fluidez: ríos de agua que no siente, rayos oblicuos de líquido oro.

Es más fácil, para cualquiera, imaginar algo así como un amigo: en donde se concentran las multitudes, existe una persona.

Ella (porque no había duda de su sexo) me acompañaba, entonces, a todos lados, o por lo menos durante cada solitario camino que tuviera

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ARTHUR RIMBAUD
Les illuminations. 1949
lithographs by F. Léger

una farola. Había pasajes oscuros (como la empinada subida hacia mi casa), pero ella me esperaba treinta metros a la distancia. A veces rutilaba: cansada de seguirme de placita en placita, de verme saltar a la fuente sin agua detrás de la funeraria, de sentarse conmigo en la banca de piedra de camino al Templo de las Palomitas, la luz iba y venía con exasperación.

Le tomé cariño. Comencé a vestirme de amarillo, para que no se sintiera tan sola. Mi hermana me preguntaba por qué ahora mi color favorito era el ocre. Mis padres no entendían mi repentina afición por salir de noche. Siempre he sido una criatura diurna, como los ciervos o los colibrís. Pero yo estaba dispuesta a convertirme en gato de pies ágiles, todo por acompañarla un rato más. Van Gogh había dicho que el amarillo era el color de la felicidad. Él se la comía a cucharadas, en forma de óleo. Yo, me bañaba en ella a las dos de la madrugada. Felices, a pesar del riesgo.

A veces, me encontraba entre una muchedumbre, viernes por la noche, y mi amiga se escindía en diferentes siluetas, o incluso se teñía de rosa o de verde, prodigio proporcionado por la iluminación partidista de la ciudad. Se filtraba, en silencio, a través de las ventanas sucias por la ceniza de cigarro del bar al que solía enterrarme cuando no me apetecía yacer como un tronco en medio de una plaza. Ella lo entendía.

A veces, ensordecerse es equivalente a dormir, me musitaba al oído. Silencio.

Porque habito en el reino del silencio, característica de la ciudad pequeña, a las once de la noche, nada suena, nada arruga el manto aterciopelado de la noche que se calla. Salía yo del bar, un poco mareada, con los lentes en la cabeza como una corona a los malos hábitos y me tambaleaba con decisión hacia mi casa. Para mí, nunca había otro lugar al que llegar. ¿A dónde podría refugiarme, sino era mi habitación? Mis amigos me pedían que esperara, que fuera a bailar con ellos al otro lado de la calle. Pero el hecho de salir allá afuera sólo se justifica antes el hecho de volver allá adentro. Uno no sale a un bar con la intención de no volver. Para eso está la montaña.

“¿Te vas tú sola?”, repetían, siempre, cada jueves.

“Mi casa queda 13 minutos de aquí”, les contestaba, invariablemente.

“¿Dónde vives?”

“Caminas detrás de Catedral y luego detrás de la Hidalgo y luego detrás del Templo de San José. Subes una calle tan empinada que cansa de verla. Das la vuelta y llegas a la puerta de mi casa. No te puedes perder”, les explicaba, imaginándome con deleite el recorrido.

“Ve con cuidado. En las noches las cosas son diferentes”, pero yo encogía los hombros.

Me dejaban ir porque no tenía miedo.

Le perdí el miedo a la noche y ese fue mi más grande logro durante ese tiempo. A veces, con absurda valentía, deseaba que apareciera un maleante (cara anodina, gorra y gabardina) que me pidiera mi celular y mi dinero y yo, iluminada, inmortal, le diría “¡No!” y el hombre, pequeño y oscuro y absolutamente nadie, se evaporaría en el frío aire de la medianoche. Sola, en medio de una calle vacía, en medio de una ciudad en la que todos sus habitantes dormían, acompañada solamente por la tenue luz naranja de una docena de farolas, era la persona más poderosa.

Pero aquello nunca dura para siempre. Ninguna caída dura eternamente, para nuestra mala fortuna. Podemos ralentizarla, podemos pretender que, de hecho, no estamos cayendo. Pero sólo hay un ganador en todo aquello: la gravedad contra nosotros. El suelo como destino. Una lucecita efímera entre dos grandes oscuridades.

Subí al cerro, pese a las recomendaciones de la voz lógica que me atormenta diario. Finales de octubre, luego de las lluvias dadivosas de septiembre, es el mejor mes para serpentear entre los caminos silvestres que las faldas de los cerros ofrecen. Después de las cinco de la tarde, cuando el sol ya está muy bajo, pero todavía brilla con intensidad. El clima es perfecto. La vista, verde esmeralda, casi irrisorio. “Este no es el lugar que me vio nacer”, te dices con sorna. “Esto no puede ser producto de la lluvia estacional”. Y entre el laberinto que es el zacate mojado y los árboles perennes y chaparros, hay un claro que se abre entre el salvaje de las zarzas y el monolito absurdo en forma de hígado que corona la ciudad. Ahí quería llegar, sentarme, respirar con tranquilidad el aire no viciado (pero me pregunto ¿esta ciudad viciará el aire?) y llorar un ratito. Como quien va al spa. Terapia del senderista con proclividad a platicar con el éter.

Caminé con decisión entre las colonias. Subí con decisión las carreteras. Trepe con decisión la primera empinada roca del cerro y anduve con decisión por la tierra rojiza. No tardé en llegar a dónde quería y, entre una piedra en forma de almohada y un tronco quemado, me acosté con decisión.

En aquel lugar no se escuchaba mucho. El tren, que pasaba en el cerro del otro lado. Algún tráiler de tránsito pesado. Quizá, si cerraba los ojos e ignoraba a los asqueles que se subían a mis párpados, unos niños riéndose. Allá arriba, se sentía, con mayor notoriedad, que la ciudad estaba viva. No por el movimiento, sino por su habilidad de mantenerse en calma a pesar de la cercanía. Los contrastes son los que hacen entendible el universo entero. Recordé la última vez que había subido al cerro y me sentí incómoda por un momento. Había llegado el momento, entonces. El sol se metía, el viento se enfriaba por minuto. Estábamos frente a la puerta y una esfinge de ojos de plata nos preguntaba con seriedad: ¿Cuándo fue la última vez que estuviste aquí? Y todo lo demás. La última vez que había estado ahí, no había estado sola. La última vez, no se me habría ocurrido hablarle a la luz y todo lo demás.

El asunto era que, en aquella ocasión, la persona que había estado allí, ya no era la persona que ahora está aquí, con los ojos bien puestos en el cielo color cobalto, intentando, con ganas, entender cuál era la razón por la que una persona no es esa misma persona a lo largo de su vida. ¿Quién podría saberlo? ¿El cielo, la montaña, la tierra humedecida?

Más de 600 días habían pasado desde ese día y yo había proclamado, como un Ozymandias en tercer semestre de la licenciatura, parapetada en lo más alto que conocía (que en aquel entonces era el techo de mi casa), con arrogancia y presunción, que no había nada en el mundo que pudiera sorprenderme pues había descubierto la llave secreta que abre todas las puertas. Era la primera alquimista de mi esencia. Aquel día, me mofé de la esfinge, la hice a un lado y abrí hacia el otro lado con la fuerza bruta de mi decisión. Me sentía invencible. Sobrevolaba la ciudad sin temor. Le había dicho a la cara de todos los dioses antiguos que la vida consistía en negarlo todo con los puños y aceptar morir sólo con sangre en la boca. Los únicos ojos que me miraban en ese triunfal momento, sin embargo, no me temieron. Me miraron con tristeza. Un par de manos me tomaron de los codos y me soltaron con sorpresa, como si quemara. Una boca, de labios torcidos, se abrió para decirme, con estudiada puntería: De camino a tu casa, vete por donde haya luz.

Brueghel no pudo haber pintado mejor mi caída al agua.

Vuelvo ahí, como un elefante memorioso, y me depositó al lugar que llamo mi hogar. Le hablo a la luz, porque de todas las caídas se aprende. Y anochece, finalmente, porque no puede ser de otra manera.

La ciudad, desde este nicho de evocación, se levanta como un gato que se ha dormido durante horas bajo el sol. Levanta el lomo y se le ilumina todo. Aquello visión es la recompensa. Mejor dicho: el premio de consolación. La absoluta consecuencia de un trastabilleo en medio de la oscuridad. Quién se tropieza por andar a ciegas aprende pronto que debe abrir los ojos.

Los abro.

Las arañas de oro que caminan en el lomo del animal gatuno que me maúlla cariñosamente. Suena el andar de los carros, el viento truena entre las irregularidades de los cerros, entre las hojas duras y resecas de los árboles y alguien, en el Callejón de Veyna, que puedo distinguir con absoluta certeza desde aquí, está agitando los brazos y grita porque le recorre sangre por las venas y porque algo entre el pecho y la garganta le impele a exclamar que el bar a sus espaldas tiene shots 2×3. Los tambores y el latigazo de la sábana en el tendedero. Fuegos artificiales desde el acueducto. Alguien se está casando a un kilómetro de mis piernas adormecidas. La campana que marca las 9 de la noche. Las luces de navidad que se quedaron en la ventana de una chica durante meses. La llamita rutilante de una veladora frente a una santa vestida con hilos dorados. Un espejo frente a ella. Un ojo abierto. Un puño cerrado con fuerza. Este puño. Este fuego. Esta vida.

Extiendo mi mano, que es una llave. Abriendo la puerta puedo ir más allá de la puerta.

Bajo el cerro antes de las 9:15, mientras tanto. Paso por el Oxxo 24 horas, por dos o tres colonias, bajo una calle tan empinada que duele de solo verla y llego a la puerta de mi casa. El recorrido me pasa en gerundio. Las cosas carecen de un borde delineado y de profundidad, como el horizonte del mar a la medianoche.

La única cosa viva, que viene caminando a mi lado, es la luz ámbar de las farolas. Mide casi lo mismo que yo, ahora que la veo con un poco más de atención. Quizá podría decir que lleva el cabello a la misma altura que yo. Las dos estamos usando estas botas desvencijadas, llenas de lodo. La chamarra dos tallas más grande. El andar desigual de alguien a quien dos esguinces en el tobillo le pasan la factura cuando hace frío.

Algunas personas le hablan a su sombra.

Yo solamente exijo a la municipalidad que mantenga íntegro el alumbrado público, que me compone.