El NaNoWriMo, u otra excusa más para ponerme a escribir, por el amor de dios

El National Novel Writing Month, vaya.

Lo he intentado desde que me enteré que existía este concurso. Se supone que es un concurso, en el que todos los que lleguen a la meta son “ganadores”. La meta: 50,000 palabras en 30 días. Una novela lista para su publicación. Se supone. Y yo, cuando estaba en prepa, influenciada por las noticias americanas que leía en Tumblr, quise intentarlo.

Por su puesto, siempre fracasé en la empresa. Como siempre he fracasado en mi empresa de mantener un diario fiel, en un cuaderno, durante los 365 días del año. Mi mente de teflón tiene la culpa. Mi procrastinación perenne también. Si no liberara tantas endorfinas en pensar “mejor lo hago al ratito” creo que sería la escritora prolífica que siempre sueño que sería. Entonces el asunto se reduce en si quiero continuar con las ensoñaciones matutinas o las realidades tangibles. Es como subir al cerro: claro que desde la carretera, el monolito se antoja inexorable. Pero una vez que se ponen los piecitos en acción se llega a la mitad del camino y, de repente, se observa la ciudad desde la comodidad de una piedra afilada. O sea, que se tiene que empezar por algún lado.

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Empiezo por el miedo.

Estoy frente a la computadora, esquivando mi itinerario de trabajo durante el mes. Me digo a mí misma: “es que no puedo escribir una novela, así como así”. Tengo dos en el cajón. Una novela YA y La Primera Novela. Las abro de vez en cuando y en todas esas ocasiones examino mis comienzos con el pesar de un forense primerizo. Me da miedo mirar durante mucho tiempo las partes diseminadas del cuerpo al que intento darle sentido. Me mareo, desenfoco la vista, hago como que todo está bien y cierro mis carpetas diciendo lo que todos los desidiosos dicen: “Ya llegará la inspiración”. Así que inauguro mi primer NaNoWriMo con 50 cuartillas de una historia que se me ocurrió hace una semana y para terminar mi fanfiction de Star Trek. Paso a pasito. Ténganme paciencia.

Le sigo con el aburrimiento.

Lo que me sobra es tiempo y me empeño en creer que no. Pero sí, y mucho. Lo que me sobra de tiempo es inversamente proporcional a lo que me falta de área de trabajo, por lo que en mi nomadismo godinezco (que cómo los antiguos pobladores del mundo, me dedico a buscar los pastizales más verdes y con mejor conexión a internet) tengo la oportunidad de sentarme, pensar y, si hay suerte, escribir. He intentando aprovechar aquello. Sí, sí, que me he dedicado a hacer larguísimo un pedazo de ficción para fans de una serie de los sesenta que debía haberme dado para unas 5 mil palabras y he acabado con un monstruo de casi 20 mil, pero ¡EY! Que estamos hablando de escribir-escribir.

Finalmente, la disciplina.

Como ser humano absolutamente falible, le tengo miedo de la arbitrariedad con la manejo mis deseos. Siempre he creído que siempre sucumbo a ellos, que soy débil, que me deberían atar a las astas de los barcos, porque no soporto el canto de las sirenas. Pero luego me sorprendo a mi misma en mi estoicismo, en la medida represión a la que me auto-sujeto, como si se tratara de un ritual importantísimo, al que faltar sería un grave pecado. O sea, que mi disciplina es nula y mis maestros Jedi o mis monjes benedictinos me reprenderían por absurda.

Me gusta sujetarme a la calma de un calendario y de un horario, eso es cierto. También me gusta llorar en mi almohada durante horas, culpando a los hados por mi mala fortuna. El NaNoWriMo será pues un concurso muy real para mí, un “¿realmente podré hacer esto durante 30 días?”. No se trata de realmente escribir una novela (que para eso ya estoy planeando un maratón parecido para diciembre), pero si de un calentamiento, de volver al partido y no estar escuchándolo desde la calle y de sacudir ese auto-impuesto analfabetismo que generé debido a los traumas y angustias de mi duelo.

¿Pero qué cosa más feliz puede existir que dedicarse a escribir durante un par de horas al día, sin lineamientos, sin fechas tope, sin respiraciones agraviadas en el cuello de una pobre muchacha que sólo quiere que la dejen escribir laaaargo y tendiiiido? Ahorita no se me ocurre otra cosa de la que aferrarme con fuerza más que esta. Sin suscripción al gimnasio, debo dedicarme a la calistenia de los dedos sobre el teclado, de los ojos sobre la pantalla y del trasero sobre el asiento ergonómico para evitar dolores de cóccix. La felicidad absoluta, sin me preguntan.

NaNoWriMo es el acrónimo de National Novel Writing Month (y por lo tanto debe pronunciarse algo así como “nanoraimo”), es decir, Mes Nacional de Escritura de Novela. Surgió en 1999, en Estados Unidos, cuando una veintena de amigos se propuso un reto: escribir una novela de 50 mil palabras en un mes. El mes de noviembre. El equivalente a 50 mil palabras es un libro de unas 175 páginas, o unas 80 páginas de Word en Times New Roman 12, interlineado sencillo. Tanto les gustó el desafío que al año siguiente repitieron. Y tanto gustó a otras personas que pronto la iniciativa dejó de ser “nacional” y de ejecutarse solo en inglés.

NaNoWriMo: a escribir que se acaba el mundo (o el mes)

Yo voy a escribir, empezando este jueves, de lunes a sábado la Historia Principal (y escribir más de 1,924 palabras al día) y todos los domingos del mes me voy a dedicar exclusivamente al Fanfiction (que no tiene límite de palabras, pero al tener yo la historia completamente definida, el asunto radica más bien en terminar). Mi horario de escritura empieza a las 9 am y termina a las 9 pm, con descansos necesarios durante estas 12 horas.

Lo escribo aquí para dar permiso total de humillarme en caso de no cumplir con lo cometido.

De ahí en más, la invitación está abierta a todos los que quieran participar. A los que me quieran acompañar en la Biblioteca, aquí voy a estar, seguramente. A los que quieran ver de lejitos, cada domingo haré un update del desafío.

Y bueno… ¡nos vemos el 30 de noviembre!

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Simónides de Ceos no juega al futbol americano porque sabe que la memoria es corta

«Extranjero, ve a decir a los espartanos que yacemos aquí, en obediencia a sus leyes
Epitafio encontrado en el camino de las Termópilas, compuesto por Simónides de Ceos

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Se abre el telón.

Una figura rubia y rubicunda se quita el casco y saluda hacia el público que vitorea desde las gradas. El viento de octubre le pega en la cara y sonríe. Aparece ante nosotros Peyton Manning, quaterback de los Broncos de Denver, luminaria del siglo XXI, celebrando el récord de más pases de anotación en la historia de la NFL, y que ahora le pertenece. Es una figura divina en ajustados calzoncillos blancos. Es el portador del glorioso #areté.

Desde el televisor, una voz surge, en medio de la celebración. La voz del coro. El reportero dice: “Manning, la figura estrella, celebra su nuevo récord. ¿Qué más le queda por hacer al corebac de 38 años? Quizá retirarse y hacer una vida fuera del fútbol”. Esas palabras flotan, como si no lo quisieran, junto al papel picado y junto a las ovaciones del público americano.

“¡Qué idea tan griega!”, pienso. Las becas de fútbol americano, los jóvenes fornidos y tontos cuya única habilidad radica en la de ser inamovibles como montañas, veloces como liebres. Aquiles se moriría de la vergüenza. Jugar, triunfar y, finalmente, retroceder a la oscuridad del anonimato. Vender autos usados, perseguir un puesto político. “Escribir un libro y plantar un árbol”. ¿Qué más le queda por hacer a Peyton Manning? Ser padre de familia o presentador deportivo de las noticias a las tres, actor o líder motivacional. El coro de reporteros reaparece frente al televisor. Visten trajes y llevan micrófonos en las solapas del saco:

☞ “La muerte sería más noble que el olvido”.

Pocos recuerdan que Esquilo luchó contra los persas, en la primera de las Guerras Médicas. El ideal griego de vida. Luchar, triunfar y, finalmente, retroceder a la oscuridad del anonimato. De esta batalla y no de sus tragedias, se glorió el dramaturgo en su inscripción funeraria: De su valor Maratón fue testigo / y los Medos de larga cabellera, que tuvieron demasiado de él. Y así como él, Frínico, Estesícoro de Hímera y Simónides de Ceos deseaban que sus esfuerzos gloriosos contra la invasión del ejército de Darío perduraran eternamente (¡qué palabra tan fuerte es eternidad!), mas su obras líricas y trágicas son las que se empastan y se venden en las librerías de clásicos y son leídas con fruición por nerviosos estudiantes de filología.

☞ El kleos de la letras sobre el de la batalla.

Esquilo se pone frente a Peyton Manning y nos damos cuenta de que no son tan diferentes. El primero porta una barba ciertamente más voluminosa, pero los dos son altos, de espaldas anchas, rubios y con las mejillas quemadas por el sol. A sus redondas cabezas les quedan muy bien los cascos. Pero la diferencia es clara, importante y crucial. Esquilo gana esta ronda, para alegría de Aristófanes, pues Manning no podrá sacudirse del mote de “quaterback”, y en el Almanaque de Deportes del siglo XXII nadie recordará si plantó un árbol o escribió un libro. Escrito sobre piedra, como en un epitafio, aparecerá: “Rompió el récord de más pases de anotación”. No es necesario volver al futuro para saberlo. En la década de Twitter y Youtube, la muerte es más noble que el olvido.

«Una sola cosa le aflige en el Aqueronte: no es que haya dejado el sol detrás, sino que encontró allí los pasillos del Leteo», Simónides, Fragmento 67

Simónides de Ceos es recordado por dos cosas: el epitafio de los trescientos espartanos muertos en el desfiladero de Termópilas y por la anécdota en la que, gracias a su portentosa memoria, identifica los cuerpos desfigurados de los asistentes a una fiesta, luego de morir aplastados por el derrumbe del techo, porque sabía exactamente en donde estaba cada uno. Padre del método de Loci, lírico coral. Su poesía sobrevive en pedazos. Los reporteros le siguen la sombra, pues es Simónides de Ceos el que orquesta esta tragedia.

☞ El olvido es un río y la memoria, una casa de columnas jónicas.

Es aquí, cuando hace su entrada triunfal el anacrónico bufón: en julio de 1968, en México, un partido de fútbol americano desembocaría en una riña entre estudiantes del IPN y preparatorianos de la UNAM. El cuerpo de granaderos desintegra el conflicto y entra en las instalaciones del Politécnico. Jóvenes son arrestados y los ánimos se calentaron. A partir de este momento, una madeja de eventos se desenvuelve, como si fuera cayendo de una larguísima escalera: marchas, pliegos petitorios, manifestaciones. Voces sin rostro, anónimos armados con megáfonos. Hasta que, el 2 de octubre del mismo año, las Moiras cortan de tajo el hilo que cae.

Y caen los cuerpos, también. Caen y no dejan de caer. Los documentales que aparecen cada año con puntualidad en el televisor lo dicen. El profesor señala el lugar exacto en el que el estudiante en turno cayó, con una bala atravesada en el cráneo. Si Simónides hubiera estado ahí (en toga blanca y barba larga), ¿hubiera podido recordar el lugar exacto en el que cada persona cayó fulminadas, como por la flecha de Paris? Si Simónides viviera hoy, ¿recordaría con exactitud la ubicación de la fosa en la que yacen 43 cuerpos desfigurados? Dos epitafios:

«Porque perdimos preciosa juventud y tomamos a cambio la nube irregular de la guerraSimónides, Fragmento 2
«Porque una bruma propia de Éstige ha sobrevivido y la juventud de nuestro país toda ha perecido.», Esquilo, Los persas

Los ríos de gente que caminan por las arterias de las polis se muerden los labios. Llevan velas en las manos y consignas pegadas en las espaldas. El coro anuncia desde los puentes peatonales, donde son testigos de “el hacer memoria”:

☞ “La violencia más cruel es el anonimato”.

Los griegos pensaban que la escritura fijaba, y los epitafios son la primera manifestación que es creada para ser leída. Recordar para no morir. La memoria, según el sabio de Ceos, es un palacio de columnas fuertes y gruesas, capaz de soportar el peso de una vida entera. Poesía violenta. Una pica sobre el granito intransigente. Martillo, martillo sobre la pica. [Cac, cac, cac]. Clave de gato. Hashtag: Vivos se los llevaron, vivos los queremos.

Violencia es olvidar. Enterrar bajo la arena, la que se atora en las suelas de las sandalias, a todas esas voces sin megáfono y sin cuenta de Instagram. Vivir, crecer, morir. El ideal de la vida natural. Manning y Esquilo se llevan la mano al pecho. La realidad no es como los nueve poetas líricos de Quintiliano la han pintado. Los jarrones de terracota encontrados en el Peloponeso han mentido. Esto no es Esparta.

☞ Sin embargo, recordar es un acto de violencia.

El corifeo se levanta con un gruñido y cientos de voces se escuchan al mismo tiempo. La parábasis. “Yo no tuve relaciones sexuales con esa mujer”, dice el presidente. El sonido de un avión de pasajeros que colisiona contra un Polifemo de hierro y cristal. “Aquí en Chernobyl nos va de maravilla”, anuncia una voz de fuerte acento. El avión se estrella de nuevo y de nuevo y de nuevo. Las Moiras se han encontrado con que la madeja del año 2000 está hecha de acero inoxidable.

«Siendo mortales debemos tener pensamientos mortales, de modo que para todos los graves y cejijuntos, a tenerme a mí por juez, la vida no es realmente vida, sino catástrofe.», Eurípides, Alcestis

Me levanto de mi lugar, pues el único rostro que no aparece en las fotografías es el del fotógrafo. El testigo de la catástrofe es el más cruel de los animales.
Yo, sin nombre, sin musa, soy un número y un pedazo de carne atravesado por ondas electromagnéticas, y te señalo a ti, público en las gradas que aplaude a los actores de esta absurda y patética tragedia. ¡Tú, el culpable!, gritan desde el escenario. Tú el que recuerda, el que olvida, el que estipula las leyes. Deus ex machina arbitrario, Érebo de los rincones hasta el fondo de los salones, el horror de las cuentas sin fotos de perfil. ¡Tú, Sociedad! ¡Tú, Naturaleza humana! Aquí yacemos en obediencia a tus leyes.
Peyton Manning, corebac de los Broncos de Denver, no podrá escribir un libro ni plantar un árbol, en las manos ya no le cabe más que un balón ovoide. No se tallarán los nombres de los estudiantes fulminados en ninguna roca, pues ni la casa de columnas jónicas soportará su peso. Esquilo no deja de escribir acerca de Orestes y de la violencia. Clitemnestra gime: ─Fue la Moira, la que me indujo a hacerlo. Orestes, inflexible y furioso, recuerda: ─También ahora la Moira dispuso tu muerte.

☞ ¡Quitaos las máscaras! V de Venganza no os salvará.

Guy Fawkes y su Conspiración de la Pólvora nunca pensaron acabar en una fábrica clandestina, en medio de alguna selvática ciudad brasileña, en las que se producen máscaras en serie. Del uno al diez mil en una jornada de 16 horas. La revolución hacker del 2010 prometió no olvidar y no perdonar la incursión del gobierno americano al terreno anónimo de las inter-redes. Sin embargo, los hackers adolescentes nunca se acordarían de la pornografía infantil en el tablero /b/ de 4chan. Un drama satírico. Violencia eterna. No hay espacios para otro pase de anotación más.
Simónides se pasa el dedo índice por el cuello.

Se cierra el telón, apago el televisor. “¡Qué idea tan griega!”, vuelvo a pensar. Simónides de mCeos no juega al futbol americano porque sabe que la memoria es corta.

Consummatum est.

Nadie me toca con impunidad

Los resultados de ADN de la menor encontrada sin vida la tarde de ayer lunes en un predio de la privada Villa de las Flores, en Guadalupe, finalmente confirmaron que se trata de la niña Sanjuana, desaparecida en la colonia Gavilanes desde el viernes 20 de julio, cuyo caso será investigado como feminicidio.

*

Hay flores que cortan cuando las tocas.

*

Mary, reina de los escoceses, se viste de color marrón para a su ejecución. Es el color de los mártires. La desvisten, la arrodillan en una plataforma de madera, y murmura antes de ser ejecutada: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum.

Del incidente de la liga de la Condesa Joan de Kent (que en su condición de listón resbaló por el noble y rollizo muslo y cayó en el piso real a la vista de todos) y de la frase Honi siot qui mal y pense (que proclamó el ilustre Enrique III, mientras se ataba el furtivo listón en su propia pierna) se han escrito innumerables páginas. No es poco: la antiquísima y muy importante Orden de la Jarretera se funda sobre esta leyenda. Sir Gawain y el caballero verde y Tirant lo Blanc hacen uso del lema para avanzar sus tramas caballerescas: este es el ideal. Servir a la Bella Dama™, a la corona inglesa y a Dios. Practicantes de rituales absurdos (¿no todos los rituales, al final del día, son absurdos?) que preferían gloriarse en la xenofobia que en el desdén al género femenino, cuyo mérito se reduce en la musa medieval de cabellos largos y rubios, de voces suaves, encerradas en lo alto de una torre, esperando a que Lancelot irrumpa por la noche y les enseñe lo que es el Verdadero Amor.

Pero el lema llama la atención: “Que la vergüenza caiga sobre aquel que piense mal de ello” es su traducción del francés antiguo (o la mala transcripción de Martorell: Castigado sea quien piense mal de esto). Se huele la desesperación de las casas reinantes europeas del siglo XIV: mi derecho de estar aquí y de reclamar tus tierras es divino. La vergüenza (o el castigo) caerá sobre ti. Y, porque era mi 1300 y las cosas funcionaban así, la vergüenza solía caer sobre ti.

¿Pero a quién le importa la vergüenza alla Guerra de los Cien años en el siglo de Snapchat? Las guerras aquí duran 10 segundos antes de que sean sustituidas por otra guerra, más crucial, más fresca, hasta que la próxima aparezca. Kim Jong-Un y Trump han destruido la Tierra y a todos sus habitantes una docena de veces y seguimos aquí, ecuánimes, a la espera del Apocalipsis que nos eliminará para siempre.

Las guerras que se gestan, en realidad, son inmateriales. Nunca parecen estar presentes. Los enemigos son invisibles, no tienen piernas con listones y no portan espadas de renombre. Los enemigos son sombras a la vuelta de la esquina, que se alargan a cada farola naranja; sombras frías, familiares, inesperadas.

Y es que ¿a quién puede interesarle el concepto de la justa venganza cuando las muertes se apilan una sobre otra sin descanso? ¿Quién puede ocuparse de resarcir honores cuando las cabezas ruedan como un desfiladero desgajándose por la lluvia?

Juana de Kent no tuvo que preocuparse por su cuello. Sus bellas manos galesas se preocuparon solamente en estar bien colocadas sobre su regazo. Yo, sin tanta suerte, las tengo que colocar en el teclado, como me enseñaron en mecanografía, en aras de salvarme mi propio pellejo. Otras tantas, las tienen que juntar palma con palma y tienen que rezar por su vida, rogar por un momento más, rogar por ver el día siguiente, porque no les cercenen la carne y las dejen, en pedazos irreconocibles, entre matorrales de cardos, entre las aguas sucias de una ciudad que ya no escucha un grito entre el fragor incesante de la batalla por la supervivencia.

A María de Escocia, legítima reina de Escocia, la entregaron los hombres que ansiaban un pedazo del trono que poseía Isabel de Inglaterra,. La trasladaron de castillo a castillo, de trama en trama, como una pluma de ganso o un fino mueble (el baldaquino que la acompañaría en sus lujosa celda, que tenía grabado “En mi final está mi principio”) y ella, sin poder hacer mucho a pesar del poder que representaba, se dejaba hilar, se dejaba encerrar en jaulas de oro. Sin esposo, sin hijos, sin aliados, fue enjuiciada por traición y por conspirar en la muerte de la reina que ella no reconocía, a la que 20 años antes le había pedido ayuda para manterner la cabeza sobre los hombros. Cuando le dijeron que ese era el precio del crimen cometido, ella les dijo a sus jueces: Look to your consciences and remember that the theatre of the whole world is wider than the kingdom of England. 

El teatro del mundo (la sonrisa y el puchero) es mucho más ancho que esta ciudad de límites indefenidos.

*

Un cardo, pese a su visible fragilidad, deja su huella en la mano intransigente que se atreve a tocarlo. Se prende de la piel de la palma, se hunde en carne. Nemo me impune lacessit.

*

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Pienso en la inmensidad de su nombre, que me golpea como un gancho certero en el centro del estómago. Santa ella. Una niña. Como Juana de Arco, que murió en las llamas provocadas por los que la llamaron hereje y mujer que gritaba alto y niña que escuchaba a Dios en su cabeza y no de los labios de los hombros que seguramente sabían más que ella. Pienso en mi gata, que se llama Juana también, pequeñita, que no hace mella en el mundo a su alrededor. Pienso en todas las santas, en todas las gatas, en todas las niñas que se miran las rodillas raspadas de tanto caerse cuando juegan, pero que insisten en salir una vez más, para volver a levantarse, a pesar de las costras y de las regañinas de mamá.

Pienso en las sombras anónimas, que no figuran en las páginas de Historias del Mundo. No son condes ni cardenales de apellido centenario. No hay complots, no hay diplomacia, ni reinos enteros que se disputan el Oro de las Indias.

Es una niña, vestida de lila. San Juana.

Es una niña, de camino a la escuela. Cinthia.

Es una niña, junto a su madre, Anita.

Se nos desdibuja frente a los ojos la realidad que hace posible que ellas, tan pequeñas, que no dejan mella por donde andan, desaparezcan de manera tan brutal y tengamos que buscarlas entre los cardos salvajes de los lotes sin habitar, para encontrarlas mutiladas, manchadas por las manos de los cobardes sin rostro.

¿Es el asesinato de niñas impune?

¿Se les puede tocar sin castigo?

*

De acuerdo con la leyenda, el lema Nemo me impune lacessit se refería inicialmente a la flor del cardo, símbolo de Escocia: durante un ataque sorpresa de los daneses, uno de los invasores pisó un cardo y gritó adolorido, alertando así a los defensores de su presencia. Luego del funesto episodio de María de Escocia, la gente común usaría el “¿Quien se atreve a meterse conmigo?” y el “Nadie puede meterse conmigo sin venganza”.

De esto, se crearía la Orden del Cardo, que a diferencia de su homóloga inglesa no se identifica por las preservación de la dignidad de una dama de muslos blancos si no por la mordida vengativa de una flor que hace gritar hasta el más avezado de los soldados.

Nadie me toca con impunidad.

*

San Juana, tu nombre no será olvidado.

*

Y en Inglaterra, la cabeza de la reina de los escoceces rodó de la manos del verdugo. Su cuerpo y su ropa carmesí fue incinerada en la chimenea del Gran Salón, frente a la docena de cortesanos que presenciaron la ejecución. De ella quedan pinturas que se exhiben en museos y efigies en iglesias,  para recordar a María I de Escocia como la mártir heroíca de una tragedia patética.

*

San Juana, tu nombre no será olvidado, aunque querramos.

Nadie te toca con impunidad.

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De: TooDrunk TooFuck In en Facebook. Gracias por permitirme usar su imagen.

 

 

Cuento: La luz ámbar

I am being
eaten away by light.

Debería reformarse una ley de planeación urbana que dicte que las calles de una ciudad sólo pueden alumbrarse por la luz, entre amarilla y naranja, de las farolas. Las ciudades no deberían ser iluminadas por nada más que luz ámbar. Las ciudades que están iluminadas de esta manera poseen una característica muy particular que las metrópolis modernas de luz blanca no pueden albergar: están vivas.

Hay una diferencia crucial entre una ciudad que se siente viva y otra que, de hecho, está viva.  La Ciudad de México, por ejemplo. Su multiplicidad de luces (neones, titilantes, rojas y azules, ácidas, moribundas, de pesebre, de santuario) le otorga a la noche la sensación de que uno camina por el lomo de una mole pétrea de muchos ojos y muchas bocas. Si subes una loma y diriges la mirada hacia cualquier punto cardinal, varias jorobas aterciopeladas brillan ante la cantidad inmensurable de los focos que sus habitantes usan. Por otra parte, esta ciudad que habito: pequeña capital de un estado que tiene la forma de un viejo en marcha. Ciudad de las escaleras y las placitas en el centro de las colonias; ciudad de las luces ambarinas, que le confieren a la noche una sensación de perenne compañía. Si uno sube al cerro más alto y mira hacia cualquier punto cardinal, observará, con facilidad, una multitud de arañas de oro entre la más terrible de las oscuridades. La luz le otorga a las más lejanas colonias atributos de animales. A la fuente que se yergue en su centro, a las escaleras que llevan a las primarias, a las verjas que defienden los museos les otorga vida; cálida y sincera vida.

Descubrí esto cuando, en mi calidad de ser humano bípedo, me caí a la mitad de una plaza solitaria a las dos y media de la mañana. Las caídas estrepitosas y definitivas, como todos lo saben, son origen de disquisiciones fundamentales. Uno jamás es más (y menos) consciente de su cuerpo que cuando se cae, sin duda alguna, hacia el suelo. Existe un segundo de plena libertad en el que el cayente acepta su destino y se pregunta, muy serenamente, si aquello debería ser objeto de vergüenza o de valentía. Importante: para caer, se necesita saber caer. Se debe estar consciente de que, efectivamente, se caerá, o de otra manera, el levantarse puede resultar una tarea más complicada de lo que uno cree a primera vista.

Al caer yo, por lo tanto, hice lo que toda persona que sabe caerse, hace: me quedé acostada, paralela al suelo, y esperé a que algo sucediera que me sacara de aquella situación. Sin miedo, sin vergüenza, sin frío, lo que descubrí fue que, a pesar de encontrarme en una placita en medio de una colonia adormecida, un jueves en la madrugada, no estaba sola. Descubrí que se materializaba ante mí una especie de figura difusa, de tamaño de todo aquello que alcazaba a ver por el rabillo del ojo, que me observaba de vuelta. Descubrí que mientras los filósofos se entretenían en reyertas sobre si el vacío te miraba de vuelta o no, la respuesta se encontraba entre las ondas de luz amarillenta, que chocaban groseramente entre paredes y bustos de héroes revolucionarios, entre árboles y ventanas, formando entre los vértices de aquella geometría de radiación visible, una persona no humana que me acompañaba.

Lo demás fue más sencillo: de aquella triste noche en adelante, no volví a sentirme sola en la ciudad.

Le intenté explicar eso a mi madre cuando me preguntó “por qué entodosloscielos” seguía apareciendo en la casa después de medianoche. Le expliqué, lo mejor que pude, que el allá afuera no era tan diferente al aquí adentro. Le pregunté, con seriedad: “¿A veces no sientes que cuando sales a la calle, en realidad no estás saliendo a ningún aparte? ¿Qué todo esto es un gran adentro, como si la ciudad entera fuera una gran habitación?”. Me pidió que dejara de hablar. A mi padre, por otra parte, le preocupaban los criminales en potencia que hacían de la oscuridad entre las esquinas su arma perfecta. No intenté explicarle que el color ámbar me acompañaba, paso a paso, hasta la puerta de la casa. No tenía sentido. Aquella realidad me había sido revelada sólo a mí y, como elegida, debía sufrir la carga de la incomprensión.

Así que durante largos meses de callada amistad con la luz de las farolas, comencé a percatarme de su extraña personalidad.

¿Quién puede otorgarle adjetivos a las cosas, fuera de nuestro metomentodo lenguaje? La luz, más intrusiva que la curiosidad humana, nos regala colores, formas, texturas y sombras. Abre al ojo ante la inabarcable estructura del universo, que es absurda sin brillo. Recuerdo de niña creer que la luz sólo provenía de los focos: ni siquiera esperaba entender lo que el sol realmente era. La única fuente de luz verdadera era la de una bombilla de luz blanca, 60 watts. Recuerdo haber escuchado en un programa de Discovery: La luz viaja a más de 300 mil kilómetros por segundo. No hay nada más veloz que la luz. Y recuerdo pasar horas prendiendo y apagando los focos de mi cuarto, pensando: Esta luz viaja muy lento, esto no puede ser verdad.

La luz ámbar de las farolas de esta ciudad es lenta pero pesada. Tiene el andar de elefante que atraviesa una sabana en busca de agua. Pero es angular, debido a la arquitectura constantemente perpendicular de las calles: tiene, más bien, la figura de un muñequito de madera de articulaciones móviles. Pero la luz camina a tu lado con fluidez: ríos de agua que no siente, rayos oblicuos de líquido oro.

Es más fácil, para cualquiera, imaginar algo así como un amigo: en donde se concentran las multitudes, existe una persona.

Ella (porque no había duda de su sexo) me acompañaba, entonces, a todos lados, o por lo menos durante cada solitario camino que tuviera

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ARTHUR RIMBAUD
Les illuminations. 1949
lithographs by F. Léger

una farola. Había pasajes oscuros (como la empinada subida hacia mi casa), pero ella me esperaba treinta metros a la distancia. A veces rutilaba: cansada de seguirme de placita en placita, de verme saltar a la fuente sin agua detrás de la funeraria, de sentarse conmigo en la banca de piedra de camino al Templo de las Palomitas, la luz iba y venía con exasperación.

Le tomé cariño. Comencé a vestirme de amarillo, para que no se sintiera tan sola. Mi hermana me preguntaba por qué ahora mi color favorito era el ocre. Mis padres no entendían mi repentina afición por salir de noche. Siempre he sido una criatura diurna, como los ciervos o los colibrís. Pero yo estaba dispuesta a convertirme en gato de pies ágiles, todo por acompañarla un rato más. Van Gogh había dicho que el amarillo era el color de la felicidad. Él se la comía a cucharadas, en forma de óleo. Yo, me bañaba en ella a las dos de la madrugada. Felices, a pesar del riesgo.

A veces, me encontraba entre una muchedumbre, viernes por la noche, y mi amiga se escindía en diferentes siluetas, o incluso se teñía de rosa o de verde, prodigio proporcionado por la iluminación partidista de la ciudad. Se filtraba, en silencio, a través de las ventanas sucias por la ceniza de cigarro del bar al que solía enterrarme cuando no me apetecía yacer como un tronco en medio de una plaza. Ella lo entendía.

A veces, ensordecerse es equivalente a dormir, me musitaba al oído. Silencio.

Porque habito en el reino del silencio, característica de la ciudad pequeña, a las once de la noche, nada suena, nada arruga el manto aterciopelado de la noche que se calla. Salía yo del bar, un poco mareada, con los lentes en la cabeza como una corona a los malos hábitos y me tambaleaba con decisión hacia mi casa. Para mí, nunca había otro lugar al que llegar. ¿A dónde podría refugiarme, sino era mi habitación? Mis amigos me pedían que esperara, que fuera a bailar con ellos al otro lado de la calle. Pero el hecho de salir allá afuera sólo se justifica antes el hecho de volver allá adentro. Uno no sale a un bar con la intención de no volver. Para eso está la montaña.

“¿Te vas tú sola?”, repetían, siempre, cada jueves.

“Mi casa queda 13 minutos de aquí”, les contestaba, invariablemente.

“¿Dónde vives?”

“Caminas detrás de Catedral y luego detrás de la Hidalgo y luego detrás del Templo de San José. Subes una calle tan empinada que cansa de verla. Das la vuelta y llegas a la puerta de mi casa. No te puedes perder”, les explicaba, imaginándome con deleite el recorrido.

“Ve con cuidado. En las noches las cosas son diferentes”, pero yo encogía los hombros.

Me dejaban ir porque no tenía miedo.

Le perdí el miedo a la noche y ese fue mi más grande logro durante ese tiempo. A veces, con absurda valentía, deseaba que apareciera un maleante (cara anodina, gorra y gabardina) que me pidiera mi celular y mi dinero y yo, iluminada, inmortal, le diría “¡No!” y el hombre, pequeño y oscuro y absolutamente nadie, se evaporaría en el frío aire de la medianoche. Sola, en medio de una calle vacía, en medio de una ciudad en la que todos sus habitantes dormían, acompañada solamente por la tenue luz naranja de una docena de farolas, era la persona más poderosa.

Pero aquello nunca dura para siempre. Ninguna caída dura eternamente, para nuestra mala fortuna. Podemos ralentizarla, podemos pretender que, de hecho, no estamos cayendo. Pero sólo hay un ganador en todo aquello: la gravedad contra nosotros. El suelo como destino. Una lucecita efímera entre dos grandes oscuridades.

Subí al cerro, pese a las recomendaciones de la voz lógica que me atormenta diario. Finales de octubre, luego de las lluvias dadivosas de septiembre, es el mejor mes para serpentear entre los caminos silvestres que las faldas de los cerros ofrecen. Después de las cinco de la tarde, cuando el sol ya está muy bajo, pero todavía brilla con intensidad. El clima es perfecto. La vista, verde esmeralda, casi irrisorio. “Este no es el lugar que me vio nacer”, te dices con sorna. “Esto no puede ser producto de la lluvia estacional”. Y entre el laberinto que es el zacate mojado y los árboles perennes y chaparros, hay un claro que se abre entre el salvaje de las zarzas y el monolito absurdo en forma de hígado que corona la ciudad. Ahí quería llegar, sentarme, respirar con tranquilidad el aire no viciado (pero me pregunto ¿esta ciudad viciará el aire?) y llorar un ratito. Como quien va al spa. Terapia del senderista con proclividad a platicar con el éter.

Caminé con decisión entre las colonias. Subí con decisión las carreteras. Trepe con decisión la primera empinada roca del cerro y anduve con decisión por la tierra rojiza. No tardé en llegar a dónde quería y, entre una piedra en forma de almohada y un tronco quemado, me acosté con decisión.

En aquel lugar no se escuchaba mucho. El tren, que pasaba en el cerro del otro lado. Algún tráiler de tránsito pesado. Quizá, si cerraba los ojos e ignoraba a los asqueles que se subían a mis párpados, unos niños riéndose. Allá arriba, se sentía, con mayor notoriedad, que la ciudad estaba viva. No por el movimiento, sino por su habilidad de mantenerse en calma a pesar de la cercanía. Los contrastes son los que hacen entendible el universo entero. Recordé la última vez que había subido al cerro y me sentí incómoda por un momento. Había llegado el momento, entonces. El sol se metía, el viento se enfriaba por minuto. Estábamos frente a la puerta y una esfinge de ojos de plata nos preguntaba con seriedad: ¿Cuándo fue la última vez que estuviste aquí? Y todo lo demás. La última vez que había estado ahí, no había estado sola. La última vez, no se me habría ocurrido hablarle a la luz y todo lo demás.

El asunto era que, en aquella ocasión, la persona que había estado allí, ya no era la persona que ahora está aquí, con los ojos bien puestos en el cielo color cobalto, intentando, con ganas, entender cuál era la razón por la que una persona no es esa misma persona a lo largo de su vida. ¿Quién podría saberlo? ¿El cielo, la montaña, la tierra humedecida?

Más de 600 días habían pasado desde ese día y yo había proclamado, como un Ozymandias en tercer semestre de la licenciatura, parapetada en lo más alto que conocía (que en aquel entonces era el techo de mi casa), con arrogancia y presunción, que no había nada en el mundo que pudiera sorprenderme pues había descubierto la llave secreta que abre todas las puertas. Era la primera alquimista de mi esencia. Aquel día, me mofé de la esfinge, la hice a un lado y abrí hacia el otro lado con la fuerza bruta de mi decisión. Me sentía invencible. Sobrevolaba la ciudad sin temor. Le había dicho a la cara de todos los dioses antiguos que la vida consistía en negarlo todo con los puños y aceptar morir sólo con sangre en la boca. Los únicos ojos que me miraban en ese triunfal momento, sin embargo, no me temieron. Me miraron con tristeza. Un par de manos me tomaron de los codos y me soltaron con sorpresa, como si quemara. Una boca, de labios torcidos, se abrió para decirme, con estudiada puntería: De camino a tu casa, vete por donde haya luz.

Brueghel no pudo haber pintado mejor mi caída al agua.

Vuelvo ahí, como un elefante memorioso, y me depositó al lugar que llamo mi hogar. Le hablo a la luz, porque de todas las caídas se aprende. Y anochece, finalmente, porque no puede ser de otra manera.

La ciudad, desde este nicho de evocación, se levanta como un gato que se ha dormido durante horas bajo el sol. Levanta el lomo y se le ilumina todo. Aquello visión es la recompensa. Mejor dicho: el premio de consolación. La absoluta consecuencia de un trastabilleo en medio de la oscuridad. Quién se tropieza por andar a ciegas aprende pronto que debe abrir los ojos.

Los abro.

Las arañas de oro que caminan en el lomo del animal gatuno que me maúlla cariñosamente. Suena el andar de los carros, el viento truena entre las irregularidades de los cerros, entre las hojas duras y resecas de los árboles y alguien, en el Callejón de Veyna, que puedo distinguir con absoluta certeza desde aquí, está agitando los brazos y grita porque le recorre sangre por las venas y porque algo entre el pecho y la garganta le impele a exclamar que el bar a sus espaldas tiene shots 2×3. Los tambores y el latigazo de la sábana en el tendedero. Fuegos artificiales desde el acueducto. Alguien se está casando a un kilómetro de mis piernas adormecidas. La campana que marca las 9 de la noche. Las luces de navidad que se quedaron en la ventana de una chica durante meses. La llamita rutilante de una veladora frente a una santa vestida con hilos dorados. Un espejo frente a ella. Un ojo abierto. Un puño cerrado con fuerza. Este puño. Este fuego. Esta vida.

Extiendo mi mano, que es una llave. Abriendo la puerta puedo ir más allá de la puerta.

Bajo el cerro antes de las 9:15, mientras tanto. Paso por el Oxxo 24 horas, por dos o tres colonias, bajo una calle tan empinada que duele de solo verla y llego a la puerta de mi casa. El recorrido me pasa en gerundio. Las cosas carecen de un borde delineado y de profundidad, como el horizonte del mar a la medianoche.

La única cosa viva, que viene caminando a mi lado, es la luz ámbar de las farolas. Mide casi lo mismo que yo, ahora que la veo con un poco más de atención. Quizá podría decir que lleva el cabello a la misma altura que yo. Las dos estamos usando estas botas desvencijadas, llenas de lodo. La chamarra dos tallas más grande. El andar desigual de alguien a quien dos esguinces en el tobillo le pasan la factura cuando hace frío.

Algunas personas le hablan a su sombra.

Yo solamente exijo a la municipalidad que mantenga íntegro el alumbrado público, que me compone.