La negligencia de “estar bien”

Estaba viendo un documental de Vice absurdo: al parecer hay familias conservadoras de California que detestan vivir en ese “agujero liberal” y han contactado a empresas que se dedican a recolocar a estas familias en vecindarios “realmente americanos”. La gran mayoría acaban mudándose a Texas, por supuesto. Uno de los comentarios en el video de YouTube era que “estadísticamente, están en lo correcto: rodearse de personas que piensan igual que nosotros acrecenta nuestra felicidad. Por otra parte, esto acabará separando al país”.

Estaba viendo eso, mientras me comía a cucharadas mi smoothie bowl de frutos rojos y guayaba, a un lado de mis gatas. Mediodía, silencio absoluto en la casa, no me he quitado la pijama (que siempre es un par de leggings y una sudadera) y no planeo hacerlo en todo el día. En los comentarios de este video, la queja principal es la siguiente: LOS SAFE SPACES SON PARA MARICAS. Lo leo un poco preocupada, viendo a mis gatas, a mis pies sin calcetas. Sé que todo aquello tiene que ver con una postura política muy gringa, con el reciente cambio en la balanza del discurso (reduccionista, a mi parecer) de liberal-conservador y a la tendencia imposiblemente humana de separarse en categorías. Sé que no me afecta a mí, pero al mismo tiempo sé que lo hace de manera muy real.

El asunto comienza dónde siempre (o bueno, desde hace 2 años): mi trabajo es insatisfactorio, por decirlo de manera amable. Quizá excluyendo mi tiempo haciendo debates (por lo menos tenía compañeros de mi edad), todos los empleos que he tenido en mi cuarto de siglo han sido terribles, deprimentes y tediosos. La particularidad del actual es que, en una serie de acontecimientos fuera de mi control, hago home office. Y lo hago endemoniadamente bien.

El chongo despeinado es esencial para el home office.

Me levanto a las 8 de la mañana, prendo la computadora y comienzo a trabajar antes de que las gatas me pidan comida o agua. Edito boletines o corrijo códigos html envuelta en la cobija que me tejió mi tía. A mediodía bajo a mi casa a desayunar. Recibo llamadas, mando mensajes, termino mi carga del día y hago la comida junto con mi mamá. A veces salgo a hacer otras cosas (brunchear con mis amigas, lidiar con el SAT, comprar más leche vegetal) o a veces me quedo a gustito en mi cama hasta bien entradas las 3 de la tarde. Cada tercer día, sin embargo, impelida por un gran sentimiento de justicia, voy a la oficina de mis superiores a pedir (una vez más) mi escritorio y mi silla. Negocio: “La computadora la pongo yo, sólo quiero un lugar”. Responden, inexorables: “Estamos trabajando; danos unos día”. Los días se han convertido en 4 meses de trabajar desde mi casa. Muchos me han dicho que es la mejor de las posibilidades y no lo niego. Mi cuarto al amanecer es mi safe space. Me aterra pensar en perder la oportunidad de continuar mi trabajo y de perder mi tiempo en una oficina fría y lejos de rica y nutritiva comida. No me gusta pensar en que no podré hacer yoga a las 2 de la tarde porque voy a estar 30 minutos lejos de mi tapete y de la conexión libre de Internet.

La Sara Andrade de hace 6 meses habría hecho lo posible por mantenerse en ese espacio (la llamada zona de confort) como en una especie de retribución al universo por haberme hecho sufrir tanto. “Merezco este tiempo de paz, idiotas”, diría.

Sin embargo, no es justo.

No es justo para mí estar en una posición de home office porque mis empleadores no pueden darme lo básico para trabajar (o el tiempo suficiente como para sentarme frente a ellos y quejarme A GRITOS). Estoy gastando mis propios recursos para quedar bien, e incluso el tiempo y recursos de otras personas. Es irrisoria la situación. A pesar de que en mi calidad de “aviadora funcional” las cosas me vayan medianamente bien, a mi no me sienta bien. Entran en juego algo que se llama respeto y dignidad en esta decisión.

Pienso en las otras muchas cosas en las que soy negligente, creyendo que lo que más importa es que “me siento bien” y no tanto el “si esto es justo para mí”. Por ejemplo, mi salud mental y física. El beber cerveza como maníaca para detener un poco el influjo de pensamientos coherentes (y, oh, las Navidades fueron testigos de mi negligencia) y acrecentar el dolor de barriga. Ahora, a pesar de que la extraño tanto, he dejado de tomarla. He dejado el azúcar y las harinas refinadas (¡dejaría mi estómago de ser millenial intolerante al gluten!) y ahora consumo los tan vilipendiados smoothies de plátano con cacao y los avocado toast como si en eso se me diera la vida. ¡Y quizá sí! Entre el yoga y las caminatas al cerro y el darle besitos a mis gatas y en desearles cosas buenas a mis amigos y dejar de desear mi propia muerte he encontrado una paz inusitada. Como una calma no resignada, una tranquilidad más bien ganada a pulso. Estar bien porque me he esforzado en estar bien, porque me he esforzado en que mi tripa deje de doler, en dejar de llorar a medianoche, en dejar de encerrarme en los mismos hábitos y espacios, creyendo que habitar el safe space de la inactividad no me ha afectado en absoluto.

Aquí algunas de mis actividades para el wellness:

No me esfuerzo demasiado, claro. Sigo siendo yo, después de todo, y a veces le muerdo violentamente a un bolillo y a veces me como un chocolate lleno de azúcar. O a veces me siento a pudrir neuronas viendo videos de Vice o de cómo ganar 7,000 dólares al mes haciendo YouTube, o compilaciones de recetas de Tasty. Ya saben, tomarse las cosas no tan en serio, dar entrada a lo ridículo de vivir. Y me digo frente al espejo: “Debo cuidarme la panza y el corazón, y dejar de ser negligente como las familias republicanas de Los Ángeles mudándose al centro de Texas para poder blandir una AK47 en el Walmart local con total libertad”.

Después de todo, tenemos altas y bajas; es lo más normal.

Canción de la semana: Andromeda, de Weyes Blood

(se pronuncia GÜAIS BLOOD lol)

Perros mirando hacia abajo: un ejercicio en el mindfullness

Esto debe ser como una tendencia mía bien marcada. Hasta hoy me percato. Si recapitulo sin pensarlo mucho, encuentro clases de natación, gimnasia, un día de ballet, karate, kick boxing, yoga y las 3 veces que he entrado al gimnasio increíblemente motivada y no he vuelto por una y otra razón. Cuento esto sin considerar las optativas del colegio, de las que huía porque en mi papel de ñoña rechazada no me sentía del todo bien siendo portera/tiro al blanco del equipo de fútbol o el integrante de brazos más débiles del equipo de voleibol.

La tendencia es que siempre he querido hacer deporte/ejercicio físico y siempre me encuentro a mí misma fracasando estrepitosamente. Creo que lo único en lo que mi disciplina no ha fracasado estrepitosamente es en el de escribir en el internet, y aún así lo estoy haciendo de manera terrible. Pero aquí estoy, 10 de enero del nuevo año 2019, y estoy completamente convencida de que puedo obligarme a seguir con disciplina, aunque sea 1 (UNA) cosa por 365 días en el año. Quiero decir, ni siquiera dormir lo hago bien, porque de repente me entra la locura estacional y me vuelvo a forzar a estar despierta durante 80 horas, al punto en que escucho sinfonías de Mozart saliendo de las cosas.

Así que en el maelstrom de las festividades navideñas tomé una resolución entre las muchas resoluciones que suelo tomar a fin de año: empezaría a hacer yoga todos los días. El 30 de diciembre encontré un canal en YouTube y una rutina de 31 días para hacer durante enero y el 1 de enero, con un poco de resaca, hice el primer día para alivio de mi columna y de mis huesos ateridos luego de meses en encierro godinato. ¡Dioses, qué alivio el del estiramiento antinatural de las extremidades! ¡Qué regalo el de la circulación de la sangre de cabeza a pies cuando uno hace un perro mirando hacia abajo!

Recuerdo con alegría los meses que mi hermana y mi tía íbamos a yoga, con un grupo de mujeres que tenían una forma brutal de hacernos sudar y doler con sólo plantar dos pies sobre el tapete. Durante ese tiempo, logré hacer muchísimas posiciones yoguis, cuyos nombres sánscritos se me escapan, y llevar mi nariz hacia la punta de mi dedo gordo sin molestia alguna. ¿A dónde se habrá ido esa flexibilidad? No lo sé, duds.

Esta mujer es como la Bob Ross del Yoga en casa

Total, que a los 5 días yo ya sentía una transformación sensible. Mis huesos crujían con alegría al despertar y mi postura al sentarme frente al computador mejoró visiblemente. Claro que no dejo de sentir dolor en todas las parte de mi cuerpo: panza, parte trasera de las piernas, el hueco de los codos, los hombros, el cuello. También comencé a salir a caminar por ahí sin rumbo, pero con prisa (imaginen a Flanders apretando el paso) durante una hora o 30 minutos. ¡Santo remedio a las aflicciones del horario de 9 a 5! Mi estómago dejó de doler (que según mi doctor, era un síntoma del “tipo emocional” lol) y comencé a dormir con mucho más gusto. Bueno, oigan, por favor, que esto no se trata de venderles la idea del yoga como estilo de vida, porque Vishnú sabe que soy un desastre, pero si lo que han necesitado durante estos días es ese mensaje que los invite a mover la carnes, este es.

El asunto del reto de 31 días que les puse allá arriba es que no haces yoga, sino que utilizas herramientas de la yoga para alinear lo que esté desalineado. ¡No lo sé Rick, pero a mí me ha funcionado perfectamente! Estar atento de tu cuerpo, de las plantas de tus pies, de algo tan sencillo como respirar a tiempo. Lo que los millenials llamamos mindfullness.

m i n d f u l l n e s s

Llevo 10 días en este proceso y estoy orgullosa de mí misma. Sin embargo, no me confío. A los 11 días dejé el NaNoWriMo para nunca volver (aunque siendo sincera, algunas críticas situaciones y personajes inútiles determinaron que noviembre de 2018 se volviera uno de los peores meses de mi existencia como ser humano en este planeta) y viendo mi historial deportivo, lo más probable es que esto dure otro par de meses más. Pero veamos qué sucede: si logro hacer 365 días de yoga y para el 31 de diciembre del 2019 puedo pararme de cabeza, flotar por los aires y soltar máximas hinduistas, entonces ya saben qué sucedió. Si para Marzo estoy dando excusas a mi personalidad aireada y caprichosa, alegando que mi pasado determina de manera innegable lo que hago en este presente, pues ya saben qué palabra dejar en los comentarios… “fracasada”.

Es broma lol. No... no dejen comentarios así porfavore. 

Anyway, estoy ahorita en leggings, con un video de 3 horas de música de yoga/spa/study de fondo y mi tapete en espera de verme sufrir por otros 30 minutos en las posiciones más fáciles del universo y sonriendo hacia la nada porque Adriene me ha dicho que el mejor estiramiento es el de la sonrisa sobre la cara. Si no fuera tan cínica, les diría que aquello es una paparrucha new age a la que no hay que prestarle atención. Pero como le he dado la vuelta entera a mi cinismo les digo que sí es verdad, que tiene razón.

Presentaciones y otros -perks-

Mientras la vida interior me lleva por derroteros que me gusta llamar de “devastación y desconsuelo insoslayable”, estos últimos meses he sobrevivido gracias a las pequeñas charlas y presentaciones que he llevado a cabo ahora que Orquídea de supermercado está allá afuera en el mundo. Es extrañísimo. A veces me encuentro a mí misma rumiando tonterías y me asalta la realización de que “Oh, cierto: tengo un libro”. Mi yo de 13 años me pediría más solemnidad. Yo, de 25 años, le tendría que explicar a esa chiquilla que, a pesar de sus esfuerzos, la vida siempre será vulgar e insoportable y absolutamente tediosa.

Esto no vulgar ni insoportable. Es precioso y lo tomo entre mis manos como quien tomaría una estrella de mar: sorprendido, emocionado y al borde del ataque de pánico al tener a una criatura tan excepcional tan cerca.

Es mi libro (que a veces leo y digo: cuándo santísimos escribí esto y por qué es hermoso, wtf) y muchas personas (más, más de las que esperaba) lo han leído. Chicos y chicas han leído las historias que me inventé a los 20 años y se han encontrado ahí, representados. A veces, en mis sueños de fama a la griega, me digo que necesito antes 70 premios, 5 millones de ejemplares vendidos y 3 películas en Netflix para darme por bien servida, pero yo ya me doy por bien servida. Que tomen entre sus manos mi libro y digan: Siento esto muy cerca, muy dentro. Lo entiendo y algo remueve en mí. Ese es todo mi trabajo como escritora.

La presentación oficial fue este 18 de diciembre, a las 6 de la tarde, en el cafe Punta del Cielo, frente a Catedral. Todo fue surreal. Me acompañaron el equipo de trabajo de Texere y la incondicional Arely (¡y las dos con primer nuevo libro!) y todos mis amigos y familia. ¿No suena eso casi irrespetuoso? Todo fue muy brillante, muy bonito, lleno de esas sensaciones de estar haciendo algo bueno y muy bien. Sólo por eso estoy agradecida. En serio, no me caben las gracias. Ando como recién conversa: salgo a la calle y me dan ganas de estrecharles las manos a todos los transeúntes. Algo así de ridículo. Ahora mismo, atenazada por los efectos secundarios de la vacuna para la influenza que muy inteligentemente me puse 3 horas antes de la presentación, me dan ganas de horadar mi cama y vivir en el hueco hasta los 60 años.

Pero fotos, fotos de las presentaciones:

Soleado

Mi mamá solía contar, de tiempo en tiempo, que la psicóloga le había dicho que me compraran un perrito, porque yo estaba deprimida. Yo he dicho también, de tiempo en tiempo, que de 10 años no me acuerdo de mi misma. No me recuerdo triste o sola. Es un espacio sin tiempo, sin sustancia, que estoy segura haber vivido pero de cuyas días no encuentro su peso.

Mis papás y yo queríamos un chihuahueño. En la veterinaria, acabamos llevándonos al beagle gordito que estaba dormido en su plato de comida.

Así lo recuerdo. Gordo y bonachón. Sonny

La vez que se metió un ladrón a robar, suponemos, Sonny lo recibió con lengüetazos. Cuando alguien nuevo llegaba a la casa por la puerta principal, Sonny no esperaba ni un segundo para hundir uñas, olisquear suelas y posar sendo trasero en las piernas del primer incauto. Simplemente los amaba a todos.

Así, también logró atravesar tela, plástico, madera y yeso, impelido por su hambre voraz. Dice Diana: “A Sonny sólo le faltaba una cosa: llenadera”. Unos de primeros sueños que tuve de mi perro, era de él convertido en salchichón con orejas. Las salchichas Fud eran su pasión. Las rebanadas de jamón, las naranjas maduras, la fruta, las tostadas charras, el brócoli, el papel con mocos, los calzones, la esquinas de nuestra casa se acumulaban en segundo lugar.

A veces, yo lloraba. Sonny saltaba a la cama y me olía la cara. Me hundía en su panza gorda, buscando consuelo y casi siempre funcionaba. A veces, me reía. De él, de camino al cerro, con el trasero hundido en un matorral, cagando por quinta vez, entusiasmado de hundir el trasero en las plantas, feliz de oler más cacas, de comer tierra, de raspar el zacate seco con sus patas delanteras y de llenarme de caca el pantalón. Copio el epitafio de Esquilo:

De sus cacas La Bufa fue testigo / y las palomas de grises alas, que tuvieron demasiado de él.

Mató ratas, ratones, gorriones y palomas. A él, lo afligió su gordura, la hinchazón de sus orejas, la cola fracturada, la patita chueca y, finalmente, la insuficiencia renal, que lo debilitó hasta hacerlo una sombra del maravilloso y brillante gordo que siempre fue. Tú sabes desde el principio que sobrevivirás a tu perro. Nosotros fuimos lo suficientemente tontos como para considerar su existencia en cantidades de enternidad.

Cuando lo mirábamos a la carilla regordeta, nos decíamos: Mi perro nopuede ser sólo un perro. Es una persona completa. Sentíamos su obstinada, latosa, ruidosa, amable y preciosa personalidad a través de sus ojos caramelo.

Lo he escuchado todo: los perros son nuestros mejores amigos. Los más fieles. Los más tiernos. Los más protectores. Es verdad, pero no es suficiente.

Sonny fue el Sol.

La canción es de Boney M, ese ecléctico grupo de funk ochentero conocido por el Ra-ra-rasputin. Uno de los primeros días, Sunny comenzó a sonar y mi perro entró corriendo hacia conmigo. Le dije a Diana o a mi mamá: Parece que le gusta la canción. De Toto, a Amigo, a Campeón, mi perro chiquito y gordito, pasó a llamarse Sonny. Sin la U, para evitar confusiones. 15 años después, cuando Jane llegó a la casa, pensaba: “Debí haberle puesto Cher”. Sonny and Cher. Algo así de tonto.

Sonny. Sonno. Soncho. Roncho. Gordelio. Bordelio. Chonny, Salchichony. El gordo. El mugre gordo. Que enseñó a mi gata a raspar puertas para exigir la entrada. Que una vez se fue corriendo hasta la Bufa y yo detrás de él. El que aceptaba a todos los chicos que metía a mi sala, con completa confianza. El que soltaba pelos a granel. El que se comió un sillón entero cuando nos fuimos de vacaciones. El tonto que una vez se quiso pelear con perro más grande que él. El beagle que roncaba como si fuera una Olimpiada. Mi perro, que llegó a nuestras vidas para hacernos feliz. Sólo eso. Y sólo eso hizo.

Una de las fotos más viejitas que tengo de él. De hace 8 años.
Sunny, yesterday my life was filled with rain.
Sunny, you smiled at me and really eased the pain.
The dark days are gone, and the bright days are here.
My Sunny one shines so sincere.
Sunny, one so true, I love you.

De soledades a soledades

Me recuerdo muy bien, como en tercera persona, estar sentada en las gradas de la cancha del colegio. Estaría en tercero de primaria. Había perdido a los amigos que me había granjeado durante esos tres años de escuela gracias a mi ya insana obsesión con Harry Potter. Llevaba en ese entonces El Cáliz de Fuego, que era el libro más gordo que compañeros y muchas maestras habían visto. Como no me quería perder una página de libro por jugar a los atrapados, me iba a la biblioteca, donde leí los primeros cuatro libros de la saga sin que nadie me molestara. Eso provocó que si alguien echara de menos mi presencia, se acostumbrara a no verme por ahí a la hora de recreo, lo que me hizo una exiliada. Tenía 8 años y no le hablaba a nadie y nadie me hablaba a mí. Quizá la madre Fracis me hacía plática o algún profesor, pero eso era todo.

Me recuerdo pequeña y viendo a todos los demás jugar. Aunque me esfuerce no recuerdo haber estado triste, pero lo más probable es que sí.

Todavía me faltaría un año para conocer a Karen y para que mi hermana entrara a la primaria junto conmigo. En tercero de primaria era la niña más solitaria de la escuela, todo por ser una pequeña obsesiva.

Ahora que soy completamente analfabeta y no leo y no escribo y no sé cómo diablos citar en APA y me encuentro igual de solitaria, me pregunto en qué diablos me he equivocado en la vida o si esta soledad a la que nos vemos sometidos día a día es más bien una predisposición natural, como la de quemarse bajo el sol o estornudar con el polvo, y que simplemente debo aceptar mi condición.

En mi actual trabajo las cosas se desenvuelven bien en el sentido más austero de la palabra. Nadie me acosa laboralmente ni me mete zancadillas en las escaleras con la intención de verme rodar. Simplemente soy invisible. Lo cual está bien (continuando con la austeridad) porque puedo escapar de vez en cuando y nadie se percata de mi falta. Más bien: me veo obligada a huir para poder respirar. Me paso una hora en el Oxxo, como su fantasma residente, y los empleados me miran como entre indecisos entre correrme u ofrecerme guarida en la trastienda, de lástima. Hace un par de días comencé a ir a la Biblioteca Mauricio Magdaleno, donde encontré a hermanos en soledad. Un anciano que se va a leer un periódico y una enciclopedia todos los días, los estudiantes casuales que prefieren el silencio apremiante de la sala general, las encargadas con cubrebocas y cuchicheos de ratón. Estoy sola en una mesa, dándole la espalda a la ventana y siento que puedo respirar con normalidad.

Comparo la consistencia de ambas soledades.

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Una rana espacial

En una, es opresiva y en la otra, liberadora. En una, me siento como debe sentirse un pez en una pecera con castillos y algas de plástico y que en el fondo un marinero le diga perpetuamente hola, porque es un muñequito, sin poder dialogar con nadie ni salir a desayunar a las gorditas, sin poder chismorrear sobre la nueva secretaria que usa tacones de 15 centímetros todos los días, proeza monumental.

Me sorprendo (como J. D., de la serie Scrubs) de la insignificancia que tomo en mi propia metáfora. Antes, cuando transformaba mis antiguos empleos en alegorías, era yo tripulante de un barco o de una nave espacial. Ahora soy pez beta que morirá en un par de semanas, en el olvido. O eso es lo que siento.

En la mañana, luego de checar la entrada en mi trabajo, me vuelvo a salir, para encaminarme a algún lugarcito en el qué desayunar y leer un fic o un libro en mi Kindle. Me siento en paz, lejana y anónima, pero en paz. Cuando llego a la Biblioteca Estatal, lo que me recibe no es un beso tronado o un Buenos días, sino el cálido abrazo del silencio impuesto. Ahí me estoy hasta que tengo que regresar a mi trabajo a checar la salida y enfilar hacia mi casa, echándome a la bolsa otro día de perfectas nadas.

Experimento lo que uno siente cuando se está en medio de una piscina, de muertito. Flotando, el sol en la cara, los oídos debajo del agua y sólo el gluglu del líquido clorado que se mece por el viento de verano. Es como un día de vacaciones, pero sin familia y sin sin gritos de niños en el tobogán y sin horarios de bufét. Está lloviendo (las colitas de Willa que nos ha nublado toda la semana) y me detengo para apreciar de manera muy consciente lo afortunada de no estar triste en una situación que descrita suena terriblemente angustiosa.

Si les dijera (y lo he hecho, en los momentos de derrota): “Me siento extranjera hasta en mi propia piel y, como dice la Britney, this loneliness is killing me”, quizá podría aceptar llamadas de atención y mensajes de preocupación. Pero como les estoy diciendo: “Soy una rana en una hoja de Loto en un laguito de alguna campiña sin perturbar”, creo que merezco una que otra palmada en la espalda, por haber sacado lo bueno de lo tedioso y por transformar mi rutina en un escape creativo, en el que trabajo y escribo, como siempre quise. Presiento que la yo de 8 años no estaba tan feliz con el acuerdo del olvido y la alienación debido a los libros que leía. Sé que me volqué a leer más, debido a esa soledad (llegando, cuando tenía 11, a leer Los Cuentos de Canterbury sin haber entendido ni pizca), pero hoy me encuentro más sabia (eso quiero creer) y acepto esta condición con calmada resignación.

No sé cuánto vaya a durar este arreglo personal. Una vez que Recursos Materiales me encuentre un escritorio y una silla completa, quizá. El día que Recursos Humanos me niegue la entrada, por trabajar fuera del edificio, tal vez. Pero todo esto terminará, así como termina la compañía y el bienestar, también lo hace la soledad y la incomodidad.

 

La consistencia de las oficinas a deshoras: un ejercicio en la futilidad

Abrí los ojos a las 5 de la mañana, creyendo que eran las 7 y luego, al intentar dormirme de nuevo, no pude creer que la alarma sonará las 2 horas después en la que debía, porque yo acababa de cerrar los ojos, pensando “si sonara la alarma ahora mismo, quedaría como idiota”. Quedé como una idiota, pero de todos modos hice el esfuerzo de levantarme e irme a mi (oh dioses) nuevo empleo.

De saber cómo soy, de saber la retahíla de tonterías que pienso de cada casual conversación, o del sonido de los tacones y zapatos que suben escaleras con prisas, estoy casi segura de que la persona que me extendió mi nombramiento (un desconocido amable pero indiferente, de esos que abundan ahí) me lo hubiera arrebatado de las manos y me mandaría hacia los soldados que en la entrada canjean armas por juguetes y nuevos billetes de Benito Juárez. “Llévensela lejos, donde nadie la encuentre”. Me imagino pequeñísima en el horizonte, arrastrada por un pelotón. Me imagino los disparos al unísono, a lo lejos. Escapismo, le dicen.

Hago un esfuerzo monumental: quiero huir, pero no lo hago. Quiero pararme de este nuevo escritorio y de este nuevo asiento y alejarme, pero no lo hago. No me malinterpreten: agradezco muchísimo tener un trabajo y poder tener un medio para continuar acrecentando mi colección de sombras para los ojos. O sea, que si pudiera evitarlo, lo haría, pero ¿quién no lo haría? Pienso que esa vida de bohemios intelectuales que tanto añoraba a los 13 años no es precisamente una vida barata. Por algo LORD FUCKING BYRON, en su calidad de noble descarado, es el bohemio por excelencia. Pero YO estoy atada a esa simple vida de pequeño consumista capitalista que no ha hallado la fórmula para esquivar el gloriado trabajo burgués. ¡Ah, la burocracia! ¿Qué acaso mi trabajo no es el sueño de todo medioclasero del siglo XVIII?

Vuelvo los pasos hacia la cordura. Esto se llama Ansiedad. Una condición que me es familiar en estos contextos de absoluta alienación. No sé qué hago aquí, no sé cuál es mi tarea, nadie sabe nada más que lo suficiente para hacer funcionar la gran maquinaria que habita este edificio. Nadie me conoce y yo no los reconozco de vuelta. Tiemblo de terror. Si estuviera en una obra de teatro, y mi función fuera la de hacer preguntas (como un coro a la compostura), diría en voz alta: SEÑORES, DE QUÉ DEMONIOS SE TRATA ESTO. He bromeado lo suficiente acerca de como las oficinas gubernamentales funcionan sostenidas en un palito de paleta y un clip como para saber que realmente no es una broma. Como ese truco de las sillas en el que cuatro personas se acuestan en las piernas de los otros, y una a una van quitando una silla, hasta formar un cuadrado que se sostiene en el aire. Si levanto el fondo de esta oficina, presiento, veré detrás un público, personal de luces, un director, una orquesta completa, todos mirándome de vuelta, como diciendo que vuelva a lo mío. El Truman Show Godín.

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Estoy en mi escritorio, perforando hojas que deben ir en un cartapasio verde y rígido. Me tomo mi tiempo, alineando la hoja A4 para que en la carpeta no se vean fuera de lugar. Está lloviendo y nadie dice mucho. Se escucha el “chac, chac” de la hoja que se corta. Acomodo los memos de viejos a nuevos, primero enero 2018 y hasta el final agosto 2018. Membreto la carpeta, agregó la información adecuada a transparencia, guardo el cartapasio en un librero detrás de mi y vuelvo a sentarme a mi escritorio, pensando en cuál será la forma más rápida de acabar con mi vida ahora que ya no tiene sentido mi presencia en aquel lugar. Veo el reloj de la computadora: 8:34 am. Me quedan otras 7 horas de silencio e inutilidad. Chac, chac.

Me regaño a mí misma. “A la próxima, tómate 8 horas en hacer esto”.

¿Se acuerdan de mi Métrica Jane Austen para catalogar a mis jefes y/o situación laboral?

Bueno, pues ahora me encuentro en una danza sin sentido entre jefes, directores y secretarios que poca intención tienen de mandarme, torturarme o tomarme como su pequeña mascota, por lo que no podría hablar libremente de su relación conmigo. Al parecer, aquí yo soy dueña de mi tiempo y yo debo administrarlo como crea conveniente. No me queda de otra más que autocatalogarme y escojo al personaje austiniano que mejor me define: la crédula Catherine Morland, y este lugar es La Abadía de Northanger y yo estoy esperando encontrar trabajo riguroso, esfuerzos concienzudos y metas gloriosas, pero sólo hallo un teclado que no sirve, Windows XP, Mozilla y un garrafón que no surte agua caliente. Busco refugio en los baños, pero sólo encuentro olor a hospital abarrotado de enfermos. Salgo al patio, que huele a humo de cigarro. Atravieso el puente y del otro lado me saludan los techos de casas a las que nunca entraré, cuyos habitantes nunca conoceré.

Catherine buscaba en el Bath de la Regencia terrores, desmayos y fantasmas como en los Misterios de Udolfo. Quizá yo buscaba ese furor casi religioso de las oficinas japonesas (me enchinaba de la emoción al pensar en Estupor y temblores de Amélie Nothomb: ¡ah, las delicias del terrorismo godín!). Pero la cuarta transformación no ha llegado en este cubículo de mazmorra y debo someterme al chac, chac de la hoja bond que se perfora, al tac, tac de la plataforma llenada, al sigh y yawn intermitentes.

Me queda la salida de Amélie: defenestrarme en la primera oportunidad.

Para mi suerte, este edificio no tiene ventanas.

Veinticinco y otras mutaciones

25/25

A las 11:38 am, el día de mi cumpleaños 25, estaba vomitando el yogurt de frutas de Vip’s que a duras penas pude tragar. Ya había pedido mi platillo favorito del restaurante (huevos divorciados poblanos) y sentí con absoluta claridad, 25 años después de mi nacimiento, que me estaba arrepintiendo de todas las decisiones de mi vida.  Intentaba tragar saliva, pero aquella era una empresa imposible. Me pasé el día acostada, haciendo un esfuerzo monumental por no devolver (otra vez) el agua que podía pasar más allá de la garganta y quejándome de un dolor indeterminado entre pecho y frente.

24 horas antes de ese terrible momento, estaba yo muy contenta de estar a punto de celebrar con mis amigos; de comer y beber. 24 horas después, estaba yo muy contenta con mis nuevos compañeros del trabajo, quienes me llevaron un pastel y me cantaron Las Mañanitas, a pesar de mi cara de “he estado cruda 48 horas y deseo el dulce abrazo de la muerte”. O sea: a pesar de mis ganas de siempre querer hacer que las Fechas Importantes sean Realmente Importantes, debo aprender a que la simetría no siempre es posible.

Hace un año, celebraba en un ambiente y estado totalmente diferente al de ahora. Recién operada, cansada como nunca en la vida, invadida de una aplastante tristeza que no sabía de dónde provenía pero cuyo origen y su eventual descubrimiento revolucionaría mi vida en un decisivo antes y después, estaba sentada entre mis amigos y mi familia, segura de que de los 24 quizá no pasaría.

Dando pasos de un año hacia atrás es como puedo recordar todos mis cumpleaños. A los 18 me vestí de blanco. A los 15, los pasé con el uniforme del colegio negándome a bailar canciones de quinceañera. A veces contabilizaba el paso del tiempo en Olimpiadas. Recuerdo las Olimpiadas de Invierno del 2002 y cómo yo hacía las matemáticas: 4 más 4 más 4 más 4…. dentro de 16 años tendré 25 y cómo es posible que el tiempo pase tan inevitablemente, como el frío que rompe las tuberías, y yo sigo sin alcanzar la parte alta del refrigerador.

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A los 9 años pensaba, súbitamente emocionada y aterrada, que cuándo tuviera 18 años más sería una persona tan distinta que si me viera a la cara no la reconocería. Pensaba en el futuro como una entidad gelatinosa, inefable e inalcanzable. Me veo ahora y veo la foto que tengo guardada en mi cartera de mi carita de tercero de kínder y me digo: Me reconocería a mi misma entre un mar de gente. No hay manera de que esa niña no sea yo. Lo que soy yo es el único camino.

Considero ahora mismo, triunfante, que ese es mi regalo de cuarto de siglo.

La Métrica Austen

Le cuento a mi mamá de mi primer día de trabajo en mi nuevo trabajo y ella sentencia: ¿Y cómo es tu jefe? ¿Collins o Wickham?

Me explico.

La métrica para medir a mis jefes resultó luego de un jefe que tuve en un restaurante indeterminado en el que trabaje durante el tiempo de mi prepa-universidad. El dude en cuestión era un (a falta de mejores palabras) un mamador infumable. O sea, justo como se describe al primo Collins, azote personal de las familia Bennet. El Collins de Zacatecas (en una posición de poder que, como su tocayo inglés, no sabía ostentar) solía subirse a un escalón y pregonar acerca de sus incuestionable conocimiento en la gastronomía internacional. Todos debíamos escucharlo, educados, pero los más exasperados solían echar polvos laxantes a su comida o esconderle sus comandas favoritas. Le tenía una fascinación casi abnormal a su propio jefe y solía emocionarse al borde de las lágrimas por las cosas más insignificantes y vulgares, como el tinte rubio de cabello o los iPhone. Sin entrar en más detalles (pues casi estoy segura de que sus amigos cercanos todavía son mis amigos en facebook), Collins era un pesado que sólo podía ser descrito bajo los parámetros de Jane Austen. Mi madre, que ha leído sus novelas de pi a pa, aprobó mi elección de apodo.

Mis jefes consecuentes fueron el bandido, mentiroso y ruin de Wickham, la atolondrada pero bonachona señora Bennet y ahora, tengo la fortuna de poseer a mi propio señor Bennet, encerrado entre libros y datos curiosos, pero absorto de la realidad más cercana. Un ente bondadoso aunque lejano y huraño.

fdhgghA lo que voy: estoy contentísima de tener a un señor Bennet y no a una Carolina Bingley o una Lady Catherine de Bourgh. Y esto sólo pensando en Orgullo y prejuicio. Veo mi vida hacia adelante y veo no 25 años, sino 50 y más, y estoy segura de que podré repasarme el padrón austeniano sin mayor problema.

Le decía a mi mamá: ¿Por qué no tendré a un Darcy de jefe? Pero luego me acordé que, (y como dice Wikipedia: (as he) lacks ease and social graces, and so others frequently mistake his aloof decorum and rectitude as further proof of excessive pride) SOY YO mi propio Darcy. Por qué O H  D I O S M Í O, las danzas sociales y de etiqueta de la oficina godín promedio serán, finalmente, mi muerte. ¿Saberme el nombre y apodo del secretario de la oficina de al lado? ¿Saber qué decir cuándo chocas con alguien de camino al garrafón de agua? ¿Las palabras secretas que se pronuncian antes de salir a comer?

No hay novela del 1800 que sepa describir con exactitud  la ridiculez del empleo de escritorio. De conocerme, Jane Austen me dedicaría una risita socarrona. ¡Madres del mundo, ayúdenme!

Rojo tirándole al verde

Cuando abrí mi tumblr por primera vez, hace ya casi 8 años, comencé a interesarme en un aspecto poco explorado para mí: el espectro de la luz fragmentada. Entiéndase: el color. Repentinamente adicta a cambiar los valores html/css del tema de mi página, comencé a apreciar las virtudes de los colores que antes consideraba ofensivos. El amarillo y el rojo, por ejemplo, que ahora considero mis favoritos. Es tonto, pero luego de 8 años de repasar cientos de miles de imágenes en una plataforma que se vuelve una ventana al interior de tu alma, el color rojo en particular se ha vuelto un estandarte para mí.

Recuerdo esto porque la publicación de mi libro está a la vuelta de la esquina. Es una locura.

Justo ayer mandaba el informe de actividades de estos últimos tres meses y no pude evitar ponerme sentimental y escribir algo como: No he parado de llorar porque ya tengo mi portada hecha y todo está precioso y ojalá, oh grandes jueces de los estímulos de creación, entiendan mis lágrimas. Los tkm.

Lo que me perturba un poco de todo esto es que, una vez que eso esté afuera, ya no podré hacer nada al respecto. Allí afuera estará una parte de mí y estará a la merced de quien decida tomarlo. Pienso en el color que escogimos para la portada: un frambuesa muy amigable. Sobreanalizo: ¿entenderá la gente qué es lo que quiero decir al tener ese color en la portada? ¿debí haber escogido algo más rojo, quizá más marrón, un rojo tirándole al verde, a la mitad de esa escala cromática? Ahora tomo mis libros con mucho más respeto. Hay algunos de colores y ediciones tan atroces que no puedo más que compadecer a los autores. ¿Se entenderá que este color y no otro es el reflejo más íntimo de mis palabras? ¿Tendré que aparecerme en los hogares de quien haya comprado el libro y guiarlos, parte por parte, en qué significa cada cosa, desde solapas hasta construcciones sintácticas?

Al final me relajo. Lo importante es ~lo de adentro~ ¿no es así? Esos pequeños manchones de tinta que quieren decir letras, que quieren decir palabras, que quieren decir: Digo sí a lo imposible (aveda).