La batalla de los gatos: o how I got back on my bullshit

Algo sucedió en la colonia una vez que decidí traer a Jane a la casa. Podría inventarme ideas disparatadas, conspiraciones iluminatis, o fenómenos apocalípticos para explicar el fenómeno acaecido: nuestra calle se llenó, de repente, de gatos. O mejor podría decir que ahora con Jane en la línea de visión, todo gato es aún más reconocible. Total: contando con las manos, encontramos que, durante un par de semanas, convivían entre 7 u 8 gatos en nuestras azoteas. Cuando Sonny y el pomeriano nervioso de la vecina eran los reyes de la calle, cada tercera Luna llena se podía escuchar el maullido malévolo de algún minino perdido, pero nuestra colonia era paraíso perruno, aire lleno de ladridos y banquetas llenas de caca, sin rastros de colas ondeantes, orejitas tringulares ni boquitas en forma de 3.

Cuando la gente me preguntaba “¿con qué animal te identificas más?” (y para no volver a cometer la indiscreción de decir “una vaca pastando” como sucedió en una entrevista de trabajo) solía contestar que con mi perro gordo sueltapelos metomentodo. Era yo 100% perruna.

Cathy (por Catherine Earnshaw) y Jane (por Jane Eyre)

Entonces, llegó Jane en 2016 y, sonará exagerado, pero esto revolucionó nuestra vida. Mis padres, por ejemplo, redescubrieron los alcances de la obsesión. Sonny recuperó un poco de su vitalidad perdida para poder jugar con la Juanita, y Diana y yo comenzamos a volvernos aquellos usuarios de Tumblr que tanto detestábamos que hacían uso indiscriminado del hashtag #Caturday. Vamos, que un gato se te mete en el cerebro y hace nido en alguna parte entre el córtex y el cerebelo y, oh dios, la serotonina que se libera de ver a un michi de panza, moviendo la cola sin ninguna preocupación.

Sonny, como saben, murió en noviembre del año pasado. Atenazados por el dolor de su perdida, y luego de una retail therapy en un Buen Fin, Diana y yo adoptamos a Cathy, una gatequita color trapo sucio, en una feria de adopción. Pensamos, de manera ilusa, que conocíamos los límites del amor hacia una criatura peluda, pero entre dos gatitas de colores disparejos, personalidades definidas y cientos de fotos en nuestros carretes del celular, descubrimos que habíamos caído todos en el foso sin fondo de la adoración. Mi mamá comenzó a comprarse ropa y accesorios con gatitos impresos. Tanto así que llegó a gastar todos sus euros en Venecia para comprarse un trío de gatos de cristal soplado. Mi papá, por su parte, comenzó a tratarlos como protagonistas de sus historias.

En su libro, mi papá escribe en un cuentito sobre La batalla de los gatos. La historia gira alrededor del odio desmedido de un hijo por los gatos de su madre y su venganza en forma de dos perros criados para matarlos. El main coon de la colonia, enorme e imponente, al final de refriega termina por decirle con voz de mando: “Los animales somos amigos y tú eres un idiota”. El sujeto acaba muerto de la impresión. Cuando él me contaba del cuento, me imaginaba todo de manera épica, con gatos con caras de malo y perros doberman de tamaños desproporcionales y un hombrecillo vengativo viéndolo todo desde la esquina. Muy cómic todo, muy oscuro. Muy como si tuviera a Keanu Reeves de protagonista o algo así.

Supongo que si nos parecemos…

La realidad, por supuesto, supera la ficción.

Con el fallecimiento de Sonny los gatos tenían cancha libre para hacer y deshacer y mi padre, sin ganas de ser amonestado por algún michi hablador, ha tomado la costumbre de correrlos a todos lejos de sus ahora hijas putativas (en el sentido tanto de “gathijas” como de sustitutas mía y de Diana; ahora yo soy la Cathy y Diana es la Jane) y de amenazarlos con “darles su poquito” si siguen intentando entrar a la casa.

Cathy es la culpable del alboroto. Tierna, sociable y con una carita que te quieres comer, los gatos de la calle han intentado todo por ser merecedores de su amistad y, por lo menos, de la indiferencia de Jane. Mi primogénita, por supuesto, los detesta a todos sin reserva alguna. Entre Jane y Cathy, princesas del callejón, existe un equilibrio perfecto que pone al margen la histeria de los gatos que no han sido esterilizados. Cathy los atrae y Jane los repele. Cathy juega con ellos y Jane les deja sendas rajadas en la cabeza. Los gatos, idiotas como todos los de su género, siguen subiendo la hipotética torre medieval, con flores y versos, para ganar a las Bellas Damas™ del 105. Todos están destinados al fracaso por supuesto: Jane y Cathy están esterilizadas y no pueden ni quieren ser merecedoras de La Caricia. Entonces, si hago una lista se pueden contabilizar a los Caballerescos Gateques así:

  • El Gris: gato vecino que fue el primero en meterse a la casa por Cathy y que sufrió de primera mano los ataques de Jane; parece ser el líder de su manada (Fig. 2)
  • El Chilletas: un viejo gato moteado, que fue bautizado así por mi mamá por ir caminando por la calle mientras se queja. Normalmente aparece para pelearse con el Gris, Stormy y el Siamés. (Fig. 5)
  • El Naranja: gato miembro de la manada del Gris. Él se guarda en su casa y no causa alboroto
  • La/El Peludín: uno de los favoritos de mi mamá por están peludito, blanquito y chiquito, miembro también de la manada del Gris.
  • El Negrito: otro de la manada del Gris. Está jaspeadito y tampoco la hace de emoción
  • El Hermano de Cathy: gato de otra vecina, que es parecidísimo a Cathy y que se lleva muy bien con ella (Fig. 1)
  • El Otro hermano de Cathy: gato de otros vecinos; blanco con gris y parecido también a Cathy, pero es más bien latoso y no se lleva bien con Cathy (Fig. 3)
  • El Siamés: un habitual en las peleas de los gatos, vive en la otra calle y nomás viene al alboroto.
  • Stormy (o Griso): el único que, por su tenacidad y peludez, tiene nombre. Un tierno de corazón, gordo roba croquetas y que tiene casa y nombre, pero insiste en venir a la casa a comer y ver a Cathy (Fig. 4)

Pareciera ser que, acostumbrados a lo dicho, leído y visto, los gatos salen de noche para gritonearse, arañarse y jurarse venganzas terribles, pero los gatos de este sitcom zacatecano salen muy campantes a mediodía, a maullarnos por las ventanas y las puertas, con la esperanza de que saquemos a Cathy y ellos puedan verla.

Cathy, como todos saben, es una inocentona. Es ella un personaje de Marilyn Monroe: rubia, preciosa y corta de luces. Todos adoran a Cathy y ella los adora de vuelta. Cathy se nos ha perdido ya varias veces porque la tonta va y se mete a la casa del vecino y no sabe como volver. Le teme a los perros y a las personas, pero convive muy bien con sus amigos gatunos de la calle. Como hija adoptiva de mi hermana, claro, está predispuesta al ridículo.

Jane, que es dos al mismo tiempo (en la veterinaria nos preguntan siempre por “la gatita con quimerismo”) y que el amor de su pequeña vida fue nuestro gordo Sonny, detesta a los gatos como especie en general. No se lleva bien con Cathy: la soporta y de vez en cuando comparte sillón para la siesta. Sin embargo, adora a Darcy, el schnauzer de mi tía, y juega con él cuando viene de visita. Jane es gato y perro, solemos decir. Es sociable con los humanos (y es la favorita de mis papás), pero cautelosa en la interacción entre michis.

En el tinaco de las vecinas

Todas sus relaciones, cabe destacar, se llevan a cabo en el techo de nuestra casa y de los vecinos. Trepan, saltan y corren. Maullan al ritmo del amor no correspondido, bufan en despecho a las palomas que, sin las croquetas que tan desinteresadamente les daba el Sonny, se ven flacas, flacas y tristes, muy tristes, perepetadas en los tinacos.

Yo, como testigo silente de todo, me dedico a alimentarlos y ponerles nombres y personalidades. Eso me lleva a subirme al techo y a recordar viejos hábitos. En la preparatoria, por alguna razón, solía pasar las tardes trepada en el techo de la casa, mirando el punto más profundo del cielo hasta sentirme revuelta desde dentro, como de cabeza, sin perspectiva del derecho y el revés. Pasaba horas tostándome al sol, buscando alguna respuesta en el recorte de la ciudad desde esa altura. De subir el techo, cual gato sin quehacer, comencé a escalar el cerro. Si lo que en ese entonces buscaba era el estar un paso más cerca a la sustancia escurridiza de la bóveda celeste entonces aquel era el paso lógico. De los gatos de la colonia pase a los gatos monteses del cerro.

Antes, yo caminaba en La Bufa con Sonny que, por la costumbre, ya podía andar sin correa. El vato buscaba su matorral de siempre para cagar en él y luego llenarme el pantalón al enterrar su pastelito. Ahora, sola y triste como las palomas de los tinacos, tengo que andar por los caminos de las liebres y los gatos silvestres como para sentirme acompañada. Mi mamá me etiqueta en esos videos de The Dodo en los que gatos aventureros acompañan a sus dueños senderistas. Eso me hace sentir aún más abandonada. ¿Me vería muy mal llevando a Jane a las faldas de La Bufa, obligándola a convivir con la sociedad animal y humana que tanto rechaza? ¿No se me perderá entre el color rojo de la tierra y el ocre del zacate seco? ¿No preferiré en realidad quedarme entre las paredes conocidas de mi casa?

Hasta en el cerro hay escaleras.

Pienso, sola y en silencio, dos horas bien metida en el cerro, que quizá si me parezco más a los gatos que a los perros (o que a las vacas pastando). Que ando como ellos, buscando subir a todas las elevaciones de la tierra, rehuyendo del ojo amigo, contentándome con tener un espacio para relamerme el lomo sin ser molestada. O quizá soy como Jane, mitad y mitad. O quizá soy como Cathy, 100% una tonta de remate.

Stormy está maullando por la ventana. Le he dejado las sobras de las gatas en la ventana, que se come con mucha hambre. Más en la noche, el Chilletas va a llegar al callejón buscando pelea. Saldrá el Gris, harto de la dinámica, pero dispuesto a tirar zarpazos. Se pelearán durante una hora y se escucharán como lloriqueos de bebé. En la mañana, Stormy seguirá al filo de la ventana, a pesar de tener casa y familia. Los hermanos de Cathy la van a estar buscando para jugar, pero nuestras gatas, princesitas de la casa, siguen dormidas en la king-size de mis papás. Esto se seguirá repitiendo hasta que deje de suceder, hasta que el viejo Chilletas deje de aparecer, hasta que la vecina se lleve a su manada de gatos, hasta que no dejen salir a Stormy de su casa, hasta que nosotros nos vayamos con nuestras michis en el brazo y comencemos otras batallas en otros techos, en otras calles.

Por ahora, ya tengo en el carrito de Amazon dos pecheritas tamaño S, para en la quincena llevarme a mis gatas al sendero de sus hermanos salvajes y hacernos compañía en otras alturas.

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La negligencia de “estar bien”

Estaba viendo un documental de Vice absurdo: al parecer hay familias conservadoras de California que detestan vivir en ese “agujero liberal” y han contactado a empresas que se dedican a recolocar a estas familias en vecindarios “realmente americanos”. La gran mayoría acaban mudándose a Texas, por supuesto. Uno de los comentarios en el video de YouTube era que “estadísticamente, están en lo correcto: rodearse de personas que piensan igual que nosotros acrecenta nuestra felicidad. Por otra parte, esto acabará separando al país”.

Estaba viendo eso, mientras me comía a cucharadas mi smoothie bowl de frutos rojos y guayaba, a un lado de mis gatas. Mediodía, silencio absoluto en la casa, no me he quitado la pijama (que siempre es un par de leggings y una sudadera) y no planeo hacerlo en todo el día. En los comentarios de este video, la queja principal es la siguiente: LOS SAFE SPACES SON PARA MARICAS. Lo leo un poco preocupada, viendo a mis gatas, a mis pies sin calcetas. Sé que todo aquello tiene que ver con una postura política muy gringa, con el reciente cambio en la balanza del discurso (reduccionista, a mi parecer) de liberal-conservador y a la tendencia imposiblemente humana de separarse en categorías. Sé que no me afecta a mí, pero al mismo tiempo sé que lo hace de manera muy real.

El asunto comienza dónde siempre (o bueno, desde hace 2 años): mi trabajo es insatisfactorio, por decirlo de manera amable. Quizá excluyendo mi tiempo haciendo debates (por lo menos tenía compañeros de mi edad), todos los empleos que he tenido en mi cuarto de siglo han sido terribles, deprimentes y tediosos. La particularidad del actual es que, en una serie de acontecimientos fuera de mi control, hago home office. Y lo hago endemoniadamente bien.

El chongo despeinado es esencial para el home office.

Me levanto a las 8 de la mañana, prendo la computadora y comienzo a trabajar antes de que las gatas me pidan comida o agua. Edito boletines o corrijo códigos html envuelta en la cobija que me tejió mi tía. A mediodía bajo a mi casa a desayunar. Recibo llamadas, mando mensajes, termino mi carga del día y hago la comida junto con mi mamá. A veces salgo a hacer otras cosas (brunchear con mis amigas, lidiar con el SAT, comprar más leche vegetal) o a veces me quedo a gustito en mi cama hasta bien entradas las 3 de la tarde. Cada tercer día, sin embargo, impelida por un gran sentimiento de justicia, voy a la oficina de mis superiores a pedir (una vez más) mi escritorio y mi silla. Negocio: “La computadora la pongo yo, sólo quiero un lugar”. Responden, inexorables: “Estamos trabajando; danos unos día”. Los días se han convertido en 4 meses de trabajar desde mi casa. Muchos me han dicho que es la mejor de las posibilidades y no lo niego. Mi cuarto al amanecer es mi safe space. Me aterra pensar en perder la oportunidad de continuar mi trabajo y de perder mi tiempo en una oficina fría y lejos de rica y nutritiva comida. No me gusta pensar en que no podré hacer yoga a las 2 de la tarde porque voy a estar 30 minutos lejos de mi tapete y de la conexión libre de Internet.

La Sara Andrade de hace 6 meses habría hecho lo posible por mantenerse en ese espacio (la llamada zona de confort) como en una especie de retribución al universo por haberme hecho sufrir tanto. “Merezco este tiempo de paz, idiotas”, diría.

Sin embargo, no es justo.

No es justo para mí estar en una posición de home office porque mis empleadores no pueden darme lo básico para trabajar (o el tiempo suficiente como para sentarme frente a ellos y quejarme A GRITOS). Estoy gastando mis propios recursos para quedar bien, e incluso el tiempo y recursos de otras personas. Es irrisoria la situación. A pesar de que en mi calidad de “aviadora funcional” las cosas me vayan medianamente bien, a mi no me sienta bien. Entran en juego algo que se llama respeto y dignidad en esta decisión.

Pienso en las otras muchas cosas en las que soy negligente, creyendo que lo que más importa es que “me siento bien” y no tanto el “si esto es justo para mí”. Por ejemplo, mi salud mental y física. El beber cerveza como maníaca para detener un poco el influjo de pensamientos coherentes (y, oh, las Navidades fueron testigos de mi negligencia) y acrecentar el dolor de barriga. Ahora, a pesar de que la extraño tanto, he dejado de tomarla. He dejado el azúcar y las harinas refinadas (¡dejaría mi estómago de ser millenial intolerante al gluten!) y ahora consumo los tan vilipendiados smoothies de plátano con cacao y los avocado toast como si en eso se me diera la vida. ¡Y quizá sí! Entre el yoga y las caminatas al cerro y el darle besitos a mis gatas y en desearles cosas buenas a mis amigos y dejar de desear mi propia muerte he encontrado una paz inusitada. Como una calma no resignada, una tranquilidad más bien ganada a pulso. Estar bien porque me he esforzado en estar bien, porque me he esforzado en que mi tripa deje de doler, en dejar de llorar a medianoche, en dejar de encerrarme en los mismos hábitos y espacios, creyendo que habitar el safe space de la inactividad no me ha afectado en absoluto.

Aquí algunas de mis actividades para el wellness:

No me esfuerzo demasiado, claro. Sigo siendo yo, después de todo, y a veces le muerdo violentamente a un bolillo y a veces me como un chocolate lleno de azúcar. O a veces me siento a pudrir neuronas viendo videos de Vice o de cómo ganar 7,000 dólares al mes haciendo YouTube, o compilaciones de recetas de Tasty. Ya saben, tomarse las cosas no tan en serio, dar entrada a lo ridículo de vivir. Y me digo frente al espejo: “Debo cuidarme la panza y el corazón, y dejar de ser negligente como las familias republicanas de Los Ángeles mudándose al centro de Texas para poder blandir una AK47 en el Walmart local con total libertad”.

Después de todo, tenemos altas y bajas; es lo más normal.

Canción de la semana: Andromeda, de Weyes Blood

(se pronuncia GÜAIS BLOOD lol)

Perros mirando hacia abajo: un ejercicio en el mindfullness

Esto debe ser como una tendencia mía bien marcada. Hasta hoy me percato. Si recapitulo sin pensarlo mucho, encuentro clases de natación, gimnasia, un día de ballet, karate, kick boxing, yoga y las 3 veces que he entrado al gimnasio increíblemente motivada y no he vuelto por una y otra razón. Cuento esto sin considerar las optativas del colegio, de las que huía porque en mi papel de ñoña rechazada no me sentía del todo bien siendo portera/tiro al blanco del equipo de fútbol o el integrante de brazos más débiles del equipo de voleibol.

La tendencia es que siempre he querido hacer deporte/ejercicio físico y siempre me encuentro a mí misma fracasando estrepitosamente. Creo que lo único en lo que mi disciplina no ha fracasado estrepitosamente es en el de escribir en el internet, y aún así lo estoy haciendo de manera terrible. Pero aquí estoy, 10 de enero del nuevo año 2019, y estoy completamente convencida de que puedo obligarme a seguir con disciplina, aunque sea 1 (UNA) cosa por 365 días en el año. Quiero decir, ni siquiera dormir lo hago bien, porque de repente me entra la locura estacional y me vuelvo a forzar a estar despierta durante 80 horas, al punto en que escucho sinfonías de Mozart saliendo de las cosas.

Así que en el maelstrom de las festividades navideñas tomé una resolución entre las muchas resoluciones que suelo tomar a fin de año: empezaría a hacer yoga todos los días. El 30 de diciembre encontré un canal en YouTube y una rutina de 31 días para hacer durante enero y el 1 de enero, con un poco de resaca, hice el primer día para alivio de mi columna y de mis huesos ateridos luego de meses en encierro godinato. ¡Dioses, qué alivio el del estiramiento antinatural de las extremidades! ¡Qué regalo el de la circulación de la sangre de cabeza a pies cuando uno hace un perro mirando hacia abajo!

Recuerdo con alegría los meses que mi hermana y mi tía íbamos a yoga, con un grupo de mujeres que tenían una forma brutal de hacernos sudar y doler con sólo plantar dos pies sobre el tapete. Durante ese tiempo, logré hacer muchísimas posiciones yoguis, cuyos nombres sánscritos se me escapan, y llevar mi nariz hacia la punta de mi dedo gordo sin molestia alguna. ¿A dónde se habrá ido esa flexibilidad? No lo sé, duds.

Esta mujer es como la Bob Ross del Yoga en casa

Total, que a los 5 días yo ya sentía una transformación sensible. Mis huesos crujían con alegría al despertar y mi postura al sentarme frente al computador mejoró visiblemente. Claro que no dejo de sentir dolor en todas las parte de mi cuerpo: panza, parte trasera de las piernas, el hueco de los codos, los hombros, el cuello. También comencé a salir a caminar por ahí sin rumbo, pero con prisa (imaginen a Flanders apretando el paso) durante una hora o 30 minutos. ¡Santo remedio a las aflicciones del horario de 9 a 5! Mi estómago dejó de doler (que según mi doctor, era un síntoma del “tipo emocional” lol) y comencé a dormir con mucho más gusto. Bueno, oigan, por favor, que esto no se trata de venderles la idea del yoga como estilo de vida, porque Vishnú sabe que soy un desastre, pero si lo que han necesitado durante estos días es ese mensaje que los invite a mover la carnes, este es.

El asunto del reto de 31 días que les puse allá arriba es que no haces yoga, sino que utilizas herramientas de la yoga para alinear lo que esté desalineado. ¡No lo sé Rick, pero a mí me ha funcionado perfectamente! Estar atento de tu cuerpo, de las plantas de tus pies, de algo tan sencillo como respirar a tiempo. Lo que los millenials llamamos mindfullness.

m i n d f u l l n e s s

Llevo 10 días en este proceso y estoy orgullosa de mí misma. Sin embargo, no me confío. A los 11 días dejé el NaNoWriMo para nunca volver (aunque siendo sincera, algunas críticas situaciones y personajes inútiles determinaron que noviembre de 2018 se volviera uno de los peores meses de mi existencia como ser humano en este planeta) y viendo mi historial deportivo, lo más probable es que esto dure otro par de meses más. Pero veamos qué sucede: si logro hacer 365 días de yoga y para el 31 de diciembre del 2019 puedo pararme de cabeza, flotar por los aires y soltar máximas hinduistas, entonces ya saben qué sucedió. Si para Marzo estoy dando excusas a mi personalidad aireada y caprichosa, alegando que mi pasado determina de manera innegable lo que hago en este presente, pues ya saben qué palabra dejar en los comentarios… “fracasada”.

Es broma lol. No... no dejen comentarios así porfavore. 

Anyway, estoy ahorita en leggings, con un video de 3 horas de música de yoga/spa/study de fondo y mi tapete en espera de verme sufrir por otros 30 minutos en las posiciones más fáciles del universo y sonriendo hacia la nada porque Adriene me ha dicho que el mejor estiramiento es el de la sonrisa sobre la cara. Si no fuera tan cínica, les diría que aquello es una paparrucha new age a la que no hay que prestarle atención. Pero como le he dado la vuelta entera a mi cinismo les digo que sí es verdad, que tiene razón.

Presentaciones y otros -perks-

Mientras la vida interior me lleva por derroteros que me gusta llamar de “devastación y desconsuelo insoslayable”, estos últimos meses he sobrevivido gracias a las pequeñas charlas y presentaciones que he llevado a cabo ahora que Orquídea de supermercado está allá afuera en el mundo. Es extrañísimo. A veces me encuentro a mí misma rumiando tonterías y me asalta la realización de que “Oh, cierto: tengo un libro”. Mi yo de 13 años me pediría más solemnidad. Yo, de 25 años, le tendría que explicar a esa chiquilla que, a pesar de sus esfuerzos, la vida siempre será vulgar e insoportable y absolutamente tediosa.

Esto no vulgar ni insoportable. Es precioso y lo tomo entre mis manos como quien tomaría una estrella de mar: sorprendido, emocionado y al borde del ataque de pánico al tener a una criatura tan excepcional tan cerca.

Es mi libro (que a veces leo y digo: cuándo santísimos escribí esto y por qué es hermoso, wtf) y muchas personas (más, más de las que esperaba) lo han leído. Chicos y chicas han leído las historias que me inventé a los 20 años y se han encontrado ahí, representados. A veces, en mis sueños de fama a la griega, me digo que necesito antes 70 premios, 5 millones de ejemplares vendidos y 3 películas en Netflix para darme por bien servida, pero yo ya me doy por bien servida. Que tomen entre sus manos mi libro y digan: Siento esto muy cerca, muy dentro. Lo entiendo y algo remueve en mí. Ese es todo mi trabajo como escritora.

La presentación oficial fue este 18 de diciembre, a las 6 de la tarde, en el cafe Punta del Cielo, frente a Catedral. Todo fue surreal. Me acompañaron el equipo de trabajo de Texere y la incondicional Arely (¡y las dos con primer nuevo libro!) y todos mis amigos y familia. ¿No suena eso casi irrespetuoso? Todo fue muy brillante, muy bonito, lleno de esas sensaciones de estar haciendo algo bueno y muy bien. Sólo por eso estoy agradecida. En serio, no me caben las gracias. Ando como recién conversa: salgo a la calle y me dan ganas de estrecharles las manos a todos los transeúntes. Algo así de ridículo. Ahora mismo, atenazada por los efectos secundarios de la vacuna para la influenza que muy inteligentemente me puse 3 horas antes de la presentación, me dan ganas de horadar mi cama y vivir en el hueco hasta los 60 años.

Pero fotos, fotos de las presentaciones:

Soleado

Mi mamá solía contar, de tiempo en tiempo, que la psicóloga le había dicho que me compraran un perrito, porque yo estaba deprimida. Yo he dicho también, de tiempo en tiempo, que de 10 años no me acuerdo de mi misma. No me recuerdo triste o sola. Es un espacio sin tiempo, sin sustancia, que estoy segura haber vivido pero de cuyas días no encuentro su peso.

Mis papás y yo queríamos un chihuahueño. En la veterinaria, acabamos llevándonos al beagle gordito que estaba dormido en su plato de comida.

Así lo recuerdo. Gordo y bonachón. Sonny

La vez que se metió un ladrón a robar, suponemos, Sonny lo recibió con lengüetazos. Cuando alguien nuevo llegaba a la casa por la puerta principal, Sonny no esperaba ni un segundo para hundir uñas, olisquear suelas y posar sendo trasero en las piernas del primer incauto. Simplemente los amaba a todos.

Así, también logró atravesar tela, plástico, madera y yeso, impelido por su hambre voraz. Dice Diana: “A Sonny sólo le faltaba una cosa: llenadera”. Unos de primeros sueños que tuve de mi perro, era de él convertido en salchichón con orejas. Las salchichas Fud eran su pasión. Las rebanadas de jamón, las naranjas maduras, la fruta, las tostadas charras, el brócoli, el papel con mocos, los calzones, la esquinas de nuestra casa se acumulaban en segundo lugar.

A veces, yo lloraba. Sonny saltaba a la cama y me olía la cara. Me hundía en su panza gorda, buscando consuelo y casi siempre funcionaba. A veces, me reía. De él, de camino al cerro, con el trasero hundido en un matorral, cagando por quinta vez, entusiasmado de hundir el trasero en las plantas, feliz de oler más cacas, de comer tierra, de raspar el zacate seco con sus patas delanteras y de llenarme de caca el pantalón. Copio el epitafio de Esquilo:

De sus cacas La Bufa fue testigo / y las palomas de grises alas, que tuvieron demasiado de él.

Mató ratas, ratones, gorriones y palomas. A él, lo afligió su gordura, la hinchazón de sus orejas, la cola fracturada, la patita chueca y, finalmente, la insuficiencia renal, que lo debilitó hasta hacerlo una sombra del maravilloso y brillante gordo que siempre fue. Tú sabes desde el principio que sobrevivirás a tu perro. Nosotros fuimos lo suficientemente tontos como para considerar su existencia en cantidades de enternidad.

Cuando lo mirábamos a la carilla regordeta, nos decíamos: Mi perro nopuede ser sólo un perro. Es una persona completa. Sentíamos su obstinada, latosa, ruidosa, amable y preciosa personalidad a través de sus ojos caramelo.

Lo he escuchado todo: los perros son nuestros mejores amigos. Los más fieles. Los más tiernos. Los más protectores. Es verdad, pero no es suficiente.

Sonny fue el Sol.

La canción es de Boney M, ese ecléctico grupo de funk ochentero conocido por el Ra-ra-rasputin. Uno de los primeros días, Sunny comenzó a sonar y mi perro entró corriendo hacia conmigo. Le dije a Diana o a mi mamá: Parece que le gusta la canción. De Toto, a Amigo, a Campeón, mi perro chiquito y gordito, pasó a llamarse Sonny. Sin la U, para evitar confusiones. 15 años después, cuando Jane llegó a la casa, pensaba: “Debí haberle puesto Cher”. Sonny and Cher. Algo así de tonto.

Sonny. Sonno. Soncho. Roncho. Gordelio. Bordelio. Chonny, Salchichony. El gordo. El mugre gordo. Que enseñó a mi gata a raspar puertas para exigir la entrada. Que una vez se fue corriendo hasta la Bufa y yo detrás de él. El que aceptaba a todos los chicos que metía a mi sala, con completa confianza. El que soltaba pelos a granel. El que se comió un sillón entero cuando nos fuimos de vacaciones. El tonto que una vez se quiso pelear con perro más grande que él. El beagle que roncaba como si fuera una Olimpiada. Mi perro, que llegó a nuestras vidas para hacernos feliz. Sólo eso. Y sólo eso hizo.

Una de las fotos más viejitas que tengo de él. De hace 8 años.
Sunny, yesterday my life was filled with rain.
Sunny, you smiled at me and really eased the pain.
The dark days are gone, and the bright days are here.
My Sunny one shines so sincere.
Sunny, one so true, I love you.

De soledades a soledades

Me recuerdo muy bien, como en tercera persona, estar sentada en las gradas de la cancha del colegio. Estaría en tercero de primaria. Había perdido a los amigos que me había granjeado durante esos tres años de escuela gracias a mi ya insana obsesión con Harry Potter. Llevaba en ese entonces El Cáliz de Fuego, que era el libro más gordo que compañeros y muchas maestras habían visto. Como no me quería perder una página de libro por jugar a los atrapados, me iba a la biblioteca, donde leí los primeros cuatro libros de la saga sin que nadie me molestara. Eso provocó que si alguien echara de menos mi presencia, se acostumbrara a no verme por ahí a la hora de recreo, lo que me hizo una exiliada. Tenía 8 años y no le hablaba a nadie y nadie me hablaba a mí. Quizá la madre Fracis me hacía plática o algún profesor, pero eso era todo.

Me recuerdo pequeña y viendo a todos los demás jugar. Aunque me esfuerce no recuerdo haber estado triste, pero lo más probable es que sí.

Todavía me faltaría un año para conocer a Karen y para que mi hermana entrara a la primaria junto conmigo. En tercero de primaria era la niña más solitaria de la escuela, todo por ser una pequeña obsesiva.

Ahora que soy completamente analfabeta y no leo y no escribo y no sé cómo diablos citar en APA y me encuentro igual de solitaria, me pregunto en qué diablos me he equivocado en la vida o si esta soledad a la que nos vemos sometidos día a día es más bien una predisposición natural, como la de quemarse bajo el sol o estornudar con el polvo, y que simplemente debo aceptar mi condición.

En mi actual trabajo las cosas se desenvuelven bien en el sentido más austero de la palabra. Nadie me acosa laboralmente ni me mete zancadillas en las escaleras con la intención de verme rodar. Simplemente soy invisible. Lo cual está bien (continuando con la austeridad) porque puedo escapar de vez en cuando y nadie se percata de mi falta. Más bien: me veo obligada a huir para poder respirar. Me paso una hora en el Oxxo, como su fantasma residente, y los empleados me miran como entre indecisos entre correrme u ofrecerme guarida en la trastienda, de lástima. Hace un par de días comencé a ir a la Biblioteca Mauricio Magdaleno, donde encontré a hermanos en soledad. Un anciano que se va a leer un periódico y una enciclopedia todos los días, los estudiantes casuales que prefieren el silencio apremiante de la sala general, las encargadas con cubrebocas y cuchicheos de ratón. Estoy sola en una mesa, dándole la espalda a la ventana y siento que puedo respirar con normalidad.

Comparo la consistencia de ambas soledades.

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Una rana espacial

En una, es opresiva y en la otra, liberadora. En una, me siento como debe sentirse un pez en una pecera con castillos y algas de plástico y que en el fondo un marinero le diga perpetuamente hola, porque es un muñequito, sin poder dialogar con nadie ni salir a desayunar a las gorditas, sin poder chismorrear sobre la nueva secretaria que usa tacones de 15 centímetros todos los días, proeza monumental.

Me sorprendo (como J. D., de la serie Scrubs) de la insignificancia que tomo en mi propia metáfora. Antes, cuando transformaba mis antiguos empleos en alegorías, era yo tripulante de un barco o de una nave espacial. Ahora soy pez beta que morirá en un par de semanas, en el olvido. O eso es lo que siento.

En la mañana, luego de checar la entrada en mi trabajo, me vuelvo a salir, para encaminarme a algún lugarcito en el qué desayunar y leer un fic o un libro en mi Kindle. Me siento en paz, lejana y anónima, pero en paz. Cuando llego a la Biblioteca Estatal, lo que me recibe no es un beso tronado o un Buenos días, sino el cálido abrazo del silencio impuesto. Ahí me estoy hasta que tengo que regresar a mi trabajo a checar la salida y enfilar hacia mi casa, echándome a la bolsa otro día de perfectas nadas.

Experimento lo que uno siente cuando se está en medio de una piscina, de muertito. Flotando, el sol en la cara, los oídos debajo del agua y sólo el gluglu del líquido clorado que se mece por el viento de verano. Es como un día de vacaciones, pero sin familia y sin sin gritos de niños en el tobogán y sin horarios de bufét. Está lloviendo (las colitas de Willa que nos ha nublado toda la semana) y me detengo para apreciar de manera muy consciente lo afortunada de no estar triste en una situación que descrita suena terriblemente angustiosa.

Si les dijera (y lo he hecho, en los momentos de derrota): “Me siento extranjera hasta en mi propia piel y, como dice la Britney, this loneliness is killing me”, quizá podría aceptar llamadas de atención y mensajes de preocupación. Pero como les estoy diciendo: “Soy una rana en una hoja de Loto en un laguito de alguna campiña sin perturbar”, creo que merezco una que otra palmada en la espalda, por haber sacado lo bueno de lo tedioso y por transformar mi rutina en un escape creativo, en el que trabajo y escribo, como siempre quise. Presiento que la yo de 8 años no estaba tan feliz con el acuerdo del olvido y la alienación debido a los libros que leía. Sé que me volqué a leer más, debido a esa soledad (llegando, cuando tenía 11, a leer Los Cuentos de Canterbury sin haber entendido ni pizca), pero hoy me encuentro más sabia (eso quiero creer) y acepto esta condición con calmada resignación.

No sé cuánto vaya a durar este arreglo personal. Una vez que Recursos Materiales me encuentre un escritorio y una silla completa, quizá. El día que Recursos Humanos me niegue la entrada, por trabajar fuera del edificio, tal vez. Pero todo esto terminará, así como termina la compañía y el bienestar, también lo hace la soledad y la incomodidad.

 

La consistencia de las oficinas a deshoras: un ejercicio en la futilidad

Abrí los ojos a las 5 de la mañana, creyendo que eran las 7 y luego, al intentar dormirme de nuevo, no pude creer que la alarma sonará las 2 horas después en la que debía, porque yo acababa de cerrar los ojos, pensando “si sonara la alarma ahora mismo, quedaría como idiota”. Quedé como una idiota, pero de todos modos hice el esfuerzo de levantarme e irme a mi (oh dioses) nuevo empleo.

De saber cómo soy, de saber la retahíla de tonterías que pienso de cada casual conversación, o del sonido de los tacones y zapatos que suben escaleras con prisas, estoy casi segura de que la persona que me extendió mi nombramiento (un desconocido amable pero indiferente, de esos que abundan ahí) me lo hubiera arrebatado de las manos y me mandaría hacia los soldados que en la entrada canjean armas por juguetes y nuevos billetes de Benito Juárez. “Llévensela lejos, donde nadie la encuentre”. Me imagino pequeñísima en el horizonte, arrastrada por un pelotón. Me imagino los disparos al unísono, a lo lejos. Escapismo, le dicen.

Hago un esfuerzo monumental: quiero huir, pero no lo hago. Quiero pararme de este nuevo escritorio y de este nuevo asiento y alejarme, pero no lo hago. No me malinterpreten: agradezco muchísimo tener un trabajo y poder tener un medio para continuar acrecentando mi colección de sombras para los ojos. O sea, que si pudiera evitarlo, lo haría, pero ¿quién no lo haría? Pienso que esa vida de bohemios intelectuales que tanto añoraba a los 13 años no es precisamente una vida barata. Por algo LORD FUCKING BYRON, en su calidad de noble descarado, es el bohemio por excelencia. Pero YO estoy atada a esa simple vida de pequeño consumista capitalista que no ha hallado la fórmula para esquivar el gloriado trabajo burgués. ¡Ah, la burocracia! ¿Qué acaso mi trabajo no es el sueño de todo medioclasero del siglo XVIII?

Vuelvo los pasos hacia la cordura. Esto se llama Ansiedad. Una condición que me es familiar en estos contextos de absoluta alienación. No sé qué hago aquí, no sé cuál es mi tarea, nadie sabe nada más que lo suficiente para hacer funcionar la gran maquinaria que habita este edificio. Nadie me conoce y yo no los reconozco de vuelta. Tiemblo de terror. Si estuviera en una obra de teatro, y mi función fuera la de hacer preguntas (como un coro a la compostura), diría en voz alta: SEÑORES, DE QUÉ DEMONIOS SE TRATA ESTO. He bromeado lo suficiente acerca de como las oficinas gubernamentales funcionan sostenidas en un palito de paleta y un clip como para saber que realmente no es una broma. Como ese truco de las sillas en el que cuatro personas se acuestan en las piernas de los otros, y una a una van quitando una silla, hasta formar un cuadrado que se sostiene en el aire. Si levanto el fondo de esta oficina, presiento, veré detrás un público, personal de luces, un director, una orquesta completa, todos mirándome de vuelta, como diciendo que vuelva a lo mío. El Truman Show Godín.

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Estoy en mi escritorio, perforando hojas que deben ir en un cartapasio verde y rígido. Me tomo mi tiempo, alineando la hoja A4 para que en la carpeta no se vean fuera de lugar. Está lloviendo y nadie dice mucho. Se escucha el “chac, chac” de la hoja que se corta. Acomodo los memos de viejos a nuevos, primero enero 2018 y hasta el final agosto 2018. Membreto la carpeta, agregó la información adecuada a transparencia, guardo el cartapasio en un librero detrás de mi y vuelvo a sentarme a mi escritorio, pensando en cuál será la forma más rápida de acabar con mi vida ahora que ya no tiene sentido mi presencia en aquel lugar. Veo el reloj de la computadora: 8:34 am. Me quedan otras 7 horas de silencio e inutilidad. Chac, chac.

Me regaño a mí misma. “A la próxima, tómate 8 horas en hacer esto”.

¿Se acuerdan de mi Métrica Jane Austen para catalogar a mis jefes y/o situación laboral?

Bueno, pues ahora me encuentro en una danza sin sentido entre jefes, directores y secretarios que poca intención tienen de mandarme, torturarme o tomarme como su pequeña mascota, por lo que no podría hablar libremente de su relación conmigo. Al parecer, aquí yo soy dueña de mi tiempo y yo debo administrarlo como crea conveniente. No me queda de otra más que autocatalogarme y escojo al personaje austiniano que mejor me define: la crédula Catherine Morland, y este lugar es La Abadía de Northanger y yo estoy esperando encontrar trabajo riguroso, esfuerzos concienzudos y metas gloriosas, pero sólo hallo un teclado que no sirve, Windows XP, Mozilla y un garrafón que no surte agua caliente. Busco refugio en los baños, pero sólo encuentro olor a hospital abarrotado de enfermos. Salgo al patio, que huele a humo de cigarro. Atravieso el puente y del otro lado me saludan los techos de casas a las que nunca entraré, cuyos habitantes nunca conoceré.

Catherine buscaba en el Bath de la Regencia terrores, desmayos y fantasmas como en los Misterios de Udolfo. Quizá yo buscaba ese furor casi religioso de las oficinas japonesas (me enchinaba de la emoción al pensar en Estupor y temblores de Amélie Nothomb: ¡ah, las delicias del terrorismo godín!). Pero la cuarta transformación no ha llegado en este cubículo de mazmorra y debo someterme al chac, chac de la hoja bond que se perfora, al tac, tac de la plataforma llenada, al sigh y yawn intermitentes.

Me queda la salida de Amélie: defenestrarme en la primera oportunidad.

Para mi suerte, este edificio no tiene ventanas.