Los sorprendentes resultados: acerca de la memoria

Diana y yo íbamos de camino a Guanajuato, para visitar a Karen que estaba participando en el Verano de la Ciencia en Irapuato. Me tomé la libertad de usar un cheque de mi beca (lo siento mucho, dioses de las becas) y partimos temprano hacia la capital, para luego de ahí irnos a Irapuato. Nunca habíamos viajado solas y juntas. Teníamos listas nuestros playlists para los viajes en camión. Diana tenía descargados varios podcasts de RadioLab. Escuchamos uno del proceso creativo de un músico, otro acerca del autismo y uno sobre la memoria. Éste último hablaba sobre el Alzheimer y sobre un compositor que al intentar remasterizar un antiguo casette descubrió que, poco a poco, ésta se desintegraba. Pitchfork lo explica de mejor manera:

En un estado saludable, la cinta analógica es de marrón pálido, que es el color de la grabación de audio magnético que contiene. En 2001, William Basinski, buscando digitalizar una colección de antiguas cintas que había creado con música easy-listening, descubrió que la cinta comenzaba a flaquear un poco mientras la tocaba, como si se pelará la pintura. Al tocar los bucles repetidamente, estos comenzaron a perder su composición hasta que la cinta se desintegró. Lo que comienza como un fragmento de una trompeta, eventualmente se degrada en una pálida imitación, como si hubiera producido una composición y luego, inmediatamente después, se tocara su memoria desvanecida.

The Disintegration Loops son inmensamente largos (la primera de sus cuatro partes dura más de una hora), que están compuestos de fragmentos repetidos a veces tan cortos como cinco o 10 segundos. En el transcurso de ese gigantesco tiempo de ejecución, escuchas que la pieza se derrumba, literalmente. “Estoy grabando la vida y la muerte de una melodía”, dijo Basinski en una entrevista de Radiolab en 2011. “Simplemente me hizo pensar en los seres humanos, ya sabes, y en cómo morimos”. Los misterios de la vida y la muerte son quizás una pregunta demasiado grande para ser contestada por el dron de cinta, y Basinski no lo intenta. Su pieza es bella y triste, temporal e infinita; sus cambios son imperceptibles, pero siempre presentes. Suena como el viento, como el cuerno de un barco que se escucha en la distancia cuando se pierde en el mar, de camino a rescatarte o a pasarte. (Seguir leyendo aquí).

Recuerdo de vez en cuando la sensación que nos produjo enterarnos de eso. Fue una confrontación muy clara con la temporalidad de las cosas; como tener frente a nosotras La Respuesta y no poderla verla de frente, porque (como se nos había advertido) es una visión aterradora. Nacemos para morir y cada día que vivimos, olvidamos algo. Damos círculos en nuestra pequeña esfera de significados, y esta poco a poco se desgasta. Llegamos al final de esta, no porque cerremos una figura geométrica de perfecta simetría. Simplemente paramos, como una canción que se interrumpe un segundo antes de terminar.

Varios músicos tomaron esa misma idea (la de la memoria que persiste a pesar del tiempo, pero que finalmente sucumbe ante la nada) y un puñado de artistas publican sus mixes bajo el subgénero del ambiente que alguien nombró “hauntology”.

Creánlo o no, es algo que me pasa al ver mi perfil de Instagram.

Puedo ver una línea muy clara, que muta constantemente, entre las cosas que reconozco como cercanas, mías todavía, y entre las que ya no me pertenecen del todo, porque ya pasaron a formar parte de un orden diferente. Ahora mismo, si abro la aplicación, las cosas comienzan a difuminarse antes de Italia. Parece tanto tiempo, a pesar de que sólo han pasado 6 meses, y al ver mi cara, no me reconozco del todo (eh, que todo eso del copete Copérnico fue un error, producto de mi triste corazón).

No he borrado mis cuentas pasadas de Instagram. La primera (Quintaesencias) guarda mi cara del 2014. La segunda (hagiografia) contiene mi cara del 2015. La tercera (janegayre), del 2016. Y la de ahora (sputnik.an, la que más ha durado), mis caras del 2017 y toda esta mitad del 2018. Abro esas cuantas de vez en cuando, y casi puedo sentir olores o sabores increíblemente específicos. Abro hagiografia, por ejemplo, y una foto que tengo de cuando estaba escribiendo Orquídea de supermercado. Recuerdo vívidamente el olor de la lluvia (Facebook hace poco me recordó que publiqué en mayo, casi asustada: “¿No creen que no ha dejado de llover?”) y la sensación de darle la espalda a la puerta de mi cuarto, porque acababa de acomodar un escritorio, que nadie usaba, entre mi cama y mis libros.

No recuerdo, sin embargo, nada de esos flashazos significativos que nos electrizan cuando salimos del baño y que decimos, iluminados: “¡He aquí la más absoluta de las verdades!”. Sé que las tuve. Sé que todas esas pequeñas experiencias que documenté en Instagram desde el 2014 forman parte integral de lo que yo, a mediados del 2018, intento dilucidar.

En secundaria, mi mamá me compró un perfume Anaïs-Anaïs. Por la misma fecha, mi papá me compró un disco de éxitos de Los Beatles. Entre fragancia y canciones, una quedó mezclada con la otra. Ahora, cada vez que escucho Anna (Go To Him) o Chains, recuerdo el olor a las miles de flores que evoca el aroma. Me pasa lo mismo con las canciones de Air de Las Vírgenes Suicidas y el helado de queso, o el soundtrack del juego de PC de Harry Potter y la Cámara Secreta y la luz del atardecer que se filtra por las ventanas de mi casa, cuando estoy sola.

La relatividad de nuestra memoria se vuelve patente en momentos de crisis. Vivimos cada segundo con intensidad y sobrevivimos el ojo del huracán sólo para no recordarlo justo en el segundo en que salimos de éste. En cambio, recordamos con absoluta claridad momentos aleatorios, como la vez que decidimos que, de andar por una banqueta, jamás pisaríamos la línea amarilla y que seguimos obedeciendo a pesar de que no tienen ningún sentido. O el aroma de las flores que nuestra maestra en primaria puso el Día del Maestro o cómo nos sentimos de avergonzados cuando alguien nos descubrió en nuestra mentira blanca del día.

El hecho de que no soy más que memoria (como también hace patente la película 50 First Days) me atormenta más de lo que me concilia. Sobre todo porque me jactó de tener la peor memoria. Quizá, por esa razón, decidí abandonar la tediosa costumbre que tenía de cerrar todas mis redes sociales cada año, como en una especie de purificación azteca, intentando renovarme, salir de la cáscara, ver escamas nuevas, contemplar el vacío que he dejado detrás y andar sobre de él, imaginando esta u otra cosa, sin querer asimilar nunca la verdad. No es una forma honesta de vivir. Es escoger entre pedregullos o montañas. ¿Quién puede decir que una u otra cosa es más importante?

Escribí en uno de mis diarios, hace mucho:

Pensé: Qué hermoso es ser así como él. Crear experiencias significativas a cada paso. Caminar y plantar bien los pies. Dejar marca. Qué hermoso recordar fechas y rostros y el movimiento exacto de los labios de las personas cuando pronunciaron algo digno de citar. ¡Cuánto he aprendido de él! Ya no vivo en la vaguedad de la niebla matutina. Tengo un nombre y un pasado. Recojo con las manos las pepitas de oro que antes me negaba a tomar, excusando que en el camino hay que ir lo más ligero posible. Qué hermoso ir cargado de deliciosas cargas. Qué hermoso es estar presente.

Pensé en cómo lo hacía yo, sin embargo. No dejo marca, pensé. No es lo que hago. Camino ligera y me esfuerzo en no salir en las fotos. No quiero que nadie saque un álbum y me señale la cara mal enfocada y diga: “Mira, qué recuerdos”. No sé que hice hace dos años en el día de las madres. No sé que dicen las personas cuando abren las bocas. Todo se disuelve perfectamente como una nube en junio. Tengo tantos nombres y muchos futuros posibles. No recojo pepitas: tamizo con esfuerzo lo que me presenta el camino y dejo colar lo que no tiene un tamaño considerable. Me interesan las montañas porque no las puedo perder y porque, en realidad, no me pertenecen del todo. Son parte de algo más grande, de un orden superior.

Son dos maneras de enfrentarse al mundo: él recoge tantas cosas brillantes a lo largo de su tránsito y las guarda con esmero. Se hace pesado en ocasiones. Hay veces en que tiene que detenerse para darse un respiro. Le duele la cantidad de cosas que pueden existir. Yo, por otro lado, me esmero en no tener nada más que aquello que transforma geografías. Los accidentes topográficos de tal envergadura no aparecen todo el tiempo: mi destino es el de estar sola en el valle que resulta de aquel desplazamiento tectónico. Aprendimos de esto, queramos o no. Aprendimos a ser felices con nuestros recursos.

Me encuentro feliz de mis decisiones. De decir recrearme cada que abro el Instagram y me pregunto, con absoluta curiosidad: ¿Pero quién diablos es esa persona? y de luego encontrar, en los pequeños detalles, las razones de porqué estoy en donde estoy. Como diría Jenny Holzer “Vivimos los sorprendentes resultados de viejos planes”. Y así, y así, hasta que dejemos de sonar.

you live the surprise results of old plans

De las carreteras temprano en la mañana

Sin planearlo, me he encontrado en el asiento del copiloto durante estos meses. No es un lugar en el que yo haya imaginado ser presa de importantes disquisiciones. La más importante de estas es: ¿por qué no he aprendido a manejar? El asunto es que sí sé, pero comodina como soy, prefiero ir en el asiento de copiloto, y dedicarme a pensar. O como la canción de Courtney Barnett: A veces sentarme y pensar, y a veces sólo sentarme.

Aunque no todos mis viajes han sido como copiloto. He viajado todo el mes a lo ancho y lo largo del estado, desde mediados de mayo, para concretar y realizar debates. Para eso me contrataron en el Instituto Electoral. Una vez concluido mi contrato, analizo, deberé buscar las formas de seguir viajando, pues a pesar de la extenuación propia del cuerpo que pasa seis horas en el espacio reducido del asiento de un Express, le he tomado gusto.

El 22 de mayo escribí en mis notas del celular:

¿Extraña el cerro partido la ausencia de la roca? ¿De sí misma? El camino en carretera sólo es soportable porque sabemos que continúa. ¿Quién tiene la valentía de abrirse paso en el camino no explorado?

Hay un tramo peculiar de camino a Río Grande que me hizo escribir esto. Subes una colina, después de Fresnillo y se puede notar, kilómetros atrás, la precisión matemática con la que se cercenó el  cerro para hacer la pendiente menos pronunciada. Andamos 100 kilómetros al día, del punto A al  punto B, y me atenaza la ansiedad al imaginarme a una sola persona, apisonando la tierra roja para hacer la carretera. La incomodidad se disipa cuando vamos hacia Jalpa o a Monte Escobedo y me sorprende, como un codazo en las costillas, lo impresionante que es la sierra lejana y la hondonada reverdecida.

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Este último mes viajamos a distintos municipios para concretar debates entre candidatos. Cuando me dijeron que íbamos a Juan Aldama, yo tuve que checar un par de veces el mapa de Zacatecas porque no tenía la menor idea de si teníamos que “subir” o “bajar”. Lo mismo me pasó con Villa de Cos, Valparaíso y Jalpa. “¿Está en la patita?”, preguntaba confundida. “¿O tenemos que ir para la cabeza?”. Estado en forma de anciano que anda. Hoy me doy cuenta de que no tengo la menor idea de en qué lugar vivo.

Desde el carro, me siento presa de una culpabilidad que quiero reconocer lo más pronto posible. Les digo a todos: “No puedo creer que yo pensaba que Zacatecas era feo con ganas”. Lo mismo decía visitando las cabeceras municipales. O comiendo al alguna marisquería, sorprendida y molesta ante mi propio esnobismo. ¡Cómo si la belleza se concentrara únicamente en las capitales administrativas!

Para viajar en carretera, la hora ideal es temprano en la mañana cuando el sol no ha salido por completo y los cerros siguen humedecidos por el rocío. Yo salía de mi casa a las 7 de la mañana y a las ocho ya estábamos en Jerez o en Fresnillo, mirando la señalética verde bandera, preguntándonos en cuánto tiempo llegaríamos a tal o tal lugar, planeando qué comer y a qué hora, apostando en que si habría letras coloridas en la plaza principal, deletreando el nombre del lugar.

A veces, consideré seriamente lo de ahorrar mi dinero en un futuro no muy lejano, vender mi hipotética casa y mi hipotético carro y comprar un terrero en alguna esquina perdida. Tener una docena de vacas, plantar chile, vivir sin cable, sin internet; levantarme con las primeras luces de sol y sólo viajar al pueblo más cercano ṕara lo indispensable.  Todas esas cosas que piensas solamente, como posibilidades reales y tangibles, cuando estás a 2 horas de camino de tu destino. ¿Qué tiene de malo dejarlo todo, te dices cuando miras a la distancia, y cavar un hoyo en medio del campo agreste, el que no ha sido usado para la agricultura o la ganadería? Imagino cómo escabullirme del trabajo. Fingir que tengo que ir al baño y salirme del Consejo Municipal Electoral y correr un par de horas, hasta que deje de ver casas y luces, encontrar un hueco entre una piedra y un matorral, y enterrarme ahí, como un topo.

Todas esas ideas se disipan cuando llego en la noche a mi casa, a mi cama, y recuerdo todos mis planes, todas las cosas que quiero escribir y todos los lugares que quiero habitar (entre los que se encuentra, claro, el hoyo en la tierra) y vuelvo a pensar con deleite en los caminos que he recorrido y que quiero recorrer.

Junto con estos viajes, descubrí a Niña Tormenta y se volvió el soundtrack indiscutible de los cerros zacatecanos. Vayan y escúchenla.

❈ ¿Cómo dices que te llamas? ❈

A los 11 años yo era todo menos yo.

Me acuerdo mucho de El Caballero Inexistente, de Italo Calvino, específicamente de Gurdulú, el vagabundo y loco del pueblo que se cree que es todo con lo que interactúa. Si ve un árbol, un árbol será, si ve un cuenco de agua, o un perro, o una lanza presta a atacar, también. Nunca vacío, siempre henchido de significado.

Entre cuarto de primaria y segundo de secundaria, yo era un Gurdulú de experta manufactura. No había más que ponerme el libro o la serie o la película enfrente para yo mimetizarme con aquel producto creativo. Incluso con conceptos abstractos que no comprendía completamente: el corazón rodeado de espinas del Sagrado Corazón, el color naranja, la liminalidad de los aeropuertos vacíos. Ya saben: esa sensación confusa pero certera de que algún engranaje en ti –grande o pequeño– cambió para siempre.

A los 11 años, también, yo ya era una experta en el teclado QWERTY y era de las pocas en mi salón de clases con un correo electrónico funcional. El mío: scabbers. Compuesto de mis iniciales SCAB y mi amor intenso y profundo por Harry Potter, así que Scabbers, a pesar de que fuer el nombre de la rata-animago-mortífago de Peter Pettigrew. En el momento decisivo de escoger mi nombre en la antíquisima página de hotmail, mi madurez triunfó: yo sé que pude escoger algo más ~quirky~ como “sara_lovegood” “jkrmidiosa”, pero sabía que parece aquel remoto 2003 nadie tenía scabbers como nombre de mail y me apropié de ese nombre.

Lo primero que hice con ese correo fue integrarme como miembro activo a HarryLatino. Por aquel tiempo, mi mamá y yo pasábamos horas en la computadora viendo la página de JKRowling.com, que en aquel entonces era una experiencia maravillosa: la página principal era el escritorio desordenado de Jotacá con diversos objetos interactivos: una goma, la pluma, una liga para el cabello, una envoltura de chicle de menta. Podía acceder a su biblioteca, a la zona de noticias, al pizarrón de corcho (en el que había un radio que tocaba canciones de Las Brujas de Macbeth) y un pasillo con una puerta y un espejo al fondo, en el que en ocasiones especiales, Jotacá posteaba noticias de los libros. Si esperabas 10 minutos en la página, Peeves volaba todo del escritorio y podías encontrar dibujos antaños de Dean Thomas o Hagrid. ¡Dios! Aquella página era pura magia.

Para ese tiempo mi mamá también me presentó el primer fic que leí en mi vida. Una historia de 7 cuartillas de una muchacha que conoce a Snape en el tren a Hogwarts. Mi mamá me dijo: Podrías escribir tu propia historia. Yo, asustada, pensé que no podía mancillar el trabajo de mi heroína personal. Más tarde, demasiado envalentonada, decidí escribir el primer capítulo de La Orden del Fénix (que empezaba con que Cho Chang le mandaba una carta a Harry y él no la leía y los Dursley se iban a un concurso de pays y Sirius recogía a Harry para llevárselo a la Madriguera). Sólo puedo decir que 1) gracias a Dios que eso desapareció del universo y 2) ¿por qué siempre quiero escribir un montón?

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Lo que pasó primero es que en HarryLatino descubrí Potterfic, el foro y el chat de rol. Estos espacios fueron esenciales en mi crecimiento y lo digo sin exagerar. En Potterfic descubrí desde estructura literaria y suspenso ficcional hasta partes del cuerpo y su extraño funcionamiento. En el foro descubrí la gastritis inducida por el estrés ante los spoilers. En el chat de rol, por otra parte, aprendí a escribir sin ver el teclado y la esencia más profunda de mí misma. En aquel entonces, el chat de rol de HL era una pantalla verde con todos los esenciales: una columna donde podías ver quién o quién no estaba en el chat, el recuadro de las conversaciones, y el cuadro de texto en el que escribías y donde también había emoticones simples.

Para los menos enterados, me revelo: el chat de rol, como su nombre lo dice, es tomar un rol de tal o tal obra creativa y jugar con otros a que estamos en aquel mundo. En HL, normalmente, todos íbamos a Hogwarts y éramos estudiantes. Así que entrabas al chat e iniciabas la conversación con algo como:

tunombreñoño: *salgo del castillo y me siento abajo de un árbol* ugh estoy aburrida
elnombreñoñodeotrotip@: *llego con tunombreñoño y me siento a su lado* hey hola quieres ir a cazar ardillas mutantes al bosque prohibido?
tunombreñoño: *me paro y saco mi varita* vamos!! 🙂

Juro que era súper divertido.

Inocente yo, entré bajo el nombre de scabbers sólo para descubrir que los populares (y muy españoles) “hermione_granger” y “potter17” se burlaban de mí por haber escogido tan ridículo nombre. Me salí del chat y volví bajo el elegante nombre de katrina_black y la gente comenzó a respetarme un poco más, hasta que en una de nuestras usuales peleas de rol alguien me llamó “¡letrina black!” y yo, a mis inocentes 12 años, volví a salir del chat, busqué el significado de letrina y regresé, furiosa, en forma de un ominoso “.” y pasé días enteros aterrorizando a mis congéneres, que llamaron a aquel ataque “La Ira del Puntito”. Cambié mi nombre después por Lillian_Catweller, en miras de crear un personaje original, pero tampoco fue bien recibido.

Mi primera crisis de nombre comenzó ahí: si no era una rata, o miembro de la familia Black o incluso una bruja de cabello rojo y naranja (según los dibujos que Karen hacía en las partes traseras de nuestros cuadernos de secundaria), si ni siquiera era un puntito, entonces, ¿quién era yo?

Fue potter17 o king0weasley quienes me mostaron la amplia puerta del MSN (cuando platicaba con hermione_granger y se despedían diciendo: eh, a la misma hora en msn tío?) y logré que mis amigos niña_oscura y uriel-el-mago me agregaran y pasáramos del lúdico chat a las amistades a distancia en línea, con todo y zumbidos.

A lo que voy es que fue en esa preciosa época, en aquellos neblinosos años del AOL en disco e Internet que obstruía las llamadas vespertinas entre tías, en la que yo comencé mi ardua tarea de saber cómo diablos llamarme en la web. Y me refiero a un NOMBRE. Eterno y poderoso. Como el que escogían las monjitas de mi escuela, con el que sacralizaban el resto de sus vidas.

Mi nombre, Sara Andrade, estaba fuera de cuestión. ¿Quién diablos va y se hunde en las aguas profundas del internet para quedarse con lo que el acta de nacimiento dicta? Yo no.

Luego del intento fallido de scabbers, me decanté por la otra de mis grandes pasiones: la literatura. Luego de Harry Potter, leí a Chaucer y a María de Francia como si aquello fuera muy sencillo. Recuerdo haber sido, por un par de meses, “excalibur” y “ginebra12”. Recuerdo también haber leído un libro de Hechizos y pociones con Karen. En secundaria, impelidas por nuestra obsesión, intentábamos todos los métodos para ser mágicas: en nuestra iniciación wicca, ella y yo escogimos nuestros nombres. El mío fue Minerva. La efervescencia duró un par de semanas.

Luego, entrando a la prepa, recogí los libros que mi abuela, oh, gran sabia de la lectura, tiraba porque no le habían gustado o le habían parecido una perdida de tiempo. Tomé Al oeste del sol, al sur de la frontera y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Murakami. Yo, caí rendida. Mi abuela, inmutable, me ofreció su reseña: “Están muy bien y todo, pero eso de que se mete a un pozo y eso… ya fue mucha locura”. En Metroflog yo me llamaba Scabbers (todavía dispuesta a no dejar morir ese nombre), pero pronto cambié el nombre por “PajaroQueDaCuerda” y luego por “Philia_”, por la película japonesa, All About Lily Chou-Chou.

En prepa, por ahí del 2009, acabé leyendo Sputnik, mi amor. Para ese tiempo, mi hermana y yo estábamos bastante inmersas en nuestra etapa weaboo japonesa, ella con Perfume (una banda de morritas cantoras) y yo con Murakami. En ese año fue cuando abrimos Tumblr y, claro, mi primer user fue “pajaroquedacuerda”. Y como Tumblr permite cambio ilimitados en el user, yo comencé una nueva exploración.

Luego de pajaroquedacuerda fui:

  • eyeslikepleiades (porque estaba traumada con las Pléyades)
  • pleaidism
  • quintaesencias (otra influencia medieval)
  • locutio (cuando tuve latín)
  • sputnikshine (que ahora es el nombre de mi correo de gmail)
  • sppputnik
  • bradamant (luego de leer el Orlando Furioso)
  • hagiografia (por los santos)
  • jehannedarcs (por Juanita de Arco)
  • janegayre (de la que estoy muy orgullosa)
  • y ahora, finalmente, sputnikan, que combina Sputnik y el “An” de Andrade.

Sputnik triunfó al final. Yo sé que es un nombre más bien común. Muchas personas me han preguntado: “Oye, ¿entonces eres la Sputnik de los memes literarios?” o “¿Eres Sputnik, la de youtube?”. Dios nos ampare. Con que no nos caiga la maldición del copyright murakamiano, yo y el cientos de chicas que se hacen llamar Sputnik estaremos a salvo.

Pero este es el nombre que escogí para mí, y he decidido que irá por delante de mí, en todas mis aventuras por el Internet. Me acuerdo mucho de la frase de Sputnik, mi amor que me hizo considerar nombrarme como Sumire:

-Tengo la cabeza atiborrada de cosas que quiero escribir. Como un granero atestado de cualquier manera -me dijo Sumire-. Imágenes, escenas, retazos de palabras, figuras humanas… Están llenos de vida dentro de mi cabeza, lanzando destellos cegadores. Y oigo cómo gritan: “¡Escribe!”. Pienso que de ahí tendría que surgir una gran historia. Tengo la impresión de que van a conducirme a algún lugar nuevo. Pero, llegado el momento, cuando me siento frente a la mesa e intento traducirlos en palabras, me doy cuenta de que se pierde algo vital. El cuarzo no cristaliza, todo queda en pedruscos. Y yo no llego a ninguna parte

Recuerdo haber estado leyendo y pensar que era algo que me sucedía de manera constante (y que me sigue sucediendo) y sentir una opresión en el pecho: no quería acabar como Sumire, perdida entre las rocas griegas de una isla en medio de la nada, sin la posibilidad de escribir nada más. Sentía ese destino como ominoso, cercano y posible. Como el propio satélite: “Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa”.

Pero yo quiero una palabra y necesito una promesa. Anclarme. Estar presente. Si era yo una nube perdida, el azul de las irregularidades lejanas en el horizonte, ahora quiero ser tan patente como el hígado rocoso de La Bufa. Necesito recrearme a mí misma, en cantera o en palabras. En palabras más simples: esta es mi marca.

Sputnikan. Sara Andrade. Es lo mismo.

Mucho gusto.

(Pero no te doy un beso en la mejilla, porque eso es horroroso).

 

Del {des}encanto

Entre los 16 y 19 años sufrí de un extraño ataque de ansiedad que me impedía salir de mi habitación en la noche. Me despertaba a las 3 de la mañana presa de dolor chillante en la vejiga, o con una sed atroz. Sudorosa y con las ideas poco claras, me sentaba en mi cama para mirar la puerta oscurecida de mi cuarto. Ahí era donde empezaban los problemas.

Del otro lado de la puerta todas las más siniestras posibilidades se gestaban. Un asesino en serie, psicótico, dispuesto a rebanarme en dos, una muñeca de porcelana con pequeños ojos rojos, un alien rabioso o un bicho intergaláctico del tamaño de la puerta. Una junta de duendes o mi perro poseído, flotando por la sala de la televisión. Lo que fuera, pero algo tan imposiblemente espantoso que mi mano se quedaba a unos centímetros de la manija de la puerta, y yo sin atreverme a salir al baño o la cocina por agua. Tenía que debatirme durante una hora. Prendía la luz, tomaba mi celular, me ponía los zapatos y contaba hasta tres; me volvía a meter a la cama y volvía a hacerlo todo de nuevo, volví a contar hasta tres antes de abrir la puerta, dispuesta a morir o a matar, para enfrentar lo que viniera.

El resultado, siempre, SIEMPRE, era la anodina oscuridad de mi casa a las 4 de la mañana. Bajaba como un rayo por un vaso de agua o hacer pipí y me volvía a meter en las cobijas, sintiéndome realmente tonta, y quizá un poco decepcionada, porque por supuesto que NADA se iría a aparecer, qué estaba pensando, los fantasmas victorianos no son reales, Sonny realmente no es un ser maligno, oh ho ho¡Qué tonta yo!

El terror volvía a tomar su lugar usual la noche siguiente.

El asunto es que luego de un par de años de expectativa y de decepción, la cosa comenzó a perder su encanto. Parecía que incluso La Ansiedad™ se daba por vencida, como si existiera realmente un límite para creer que dentro de la oscuridad de mi casa existía un peligro.

Recuerdo claramente, una noche cualquiera, estar sentada en las escaleras de mi casa, a oscuras, luego de salir por agua, pensando en si debía ponerme un pantalón o un vestido al día siguiente y percatarme, de repente, que estaba ahí. Fue como “Oh, ya. Es que le tengo miedo a la oscuridad 😐”.

No es algo que me gusta experimentar. Me siento traicionada por la vida. No es que me enoje, como dicen los papás, es que me decepciona bastante el hecho de que no existan los monstruos y tenga que enfrentarme a esta vida aburrida. La única particularidad de la noche es que El Sol está en Australia y no podemos ver tan bien el suelo en el que caminamos.

Me ha sucedido, como a todas las personas, desde muy chica. Mi problema es que siempre me toma por sorpresa.

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“Nunca tan bueno”

Siento que no he entendido que las cosas no son tan espectaculares o únicas o hermosas como creo que sean. Craso error. Si en literatura, creer a primera vista lo que leemos es la “suspensión de la incredulidad”, el make-believe de la vida diaria posee las mismas características áreas del pacto ficcional. Hay que elevarse por el aire, como haría mi perro si realmente estuviera poseído, y dejarse llevar ante la cara brillante de la existencia y apreciarla sólo por encimita. Como ver El Vestido™ y creer que es blanco y dorado.

El desencanto, la caída más atroz e inevitable de todas. ¡Plop! Directo y sin escalas a la cruda realidad.

De las {orquídeas}

Hablando un poco del génesis de mi libro que está a punto de publicarse (por las manos santas del equipo de Texere), el desencanto es unos de los punto focales. Recuerdo estar frente al computador, en mi eterno zapping de Wikipedia, y leer, bastante sorprendida, que el mercado de las orquídeas se había devaluado luego de que Walmart y otras tiendas departamentales parecidas lograrán hacerlas crecer en invernaderos de su propiedad. Antes, explicaba un artículo, sólo se podían encontrar en las profundidades de selvas amazónicas o de China; muchos pequeños productos sobrevivían de la venta de las flores. Finalmente, la locura por las orquídeas disminuiría con rapidez una vez que comenzaron a ser accesibles en las grandes cadenas de almacenes de productos. Este fenómeno se puede comparar con la Fiebre de los Tulipanes o los spinners: un producto aparentemente único que se replica de manera violenta hasta que pierde todo valor ante el cliente.

Bastante sorprendida ante esta historia, me acordé de varias personas en mi vida. Personas que yo había considerado las más brillantes, las más increíbles y llenas de tanta luz que era imposible verlas a la cara y cuya grandiosidad jamás cambiaría. Pensé que ellos habían sido mis propias orquídeas de supermercado, aparentemente exóticas, pero decididamente vulgares y comunes. Una amiga del montón, un amigo que partiría el cielo como un cometa poco particular.

Releo mis diarios del 2007-2008. Entre otras cosas, me detengo en escribir que: “según mi amiga KB debería dejar de ser una histérica y aceptar que ellos no son las personas que yo digo que son”. No sé quienes son ellos. No sé quién es KB. Otra entrada dice: “No puedo creer que sigo creyendo que van a cambiar. ¡¡¡No van a cambiar!!! ¡Me siento tan estúpida! ¡Pero yo sé lo que son en realidad y me enoja que nadie lo vea!”. Otra más explica mi estado mental: “Tengo 15 años y me quiero morir”.

Dos cosas quedan claras: mi perenne actitud hiperbólica ante los hechos más insignificantes de mi vida no ha cambiado nada y a los 15 años yo ya había sufrido los estragos de la decepción platónica. Esa que sucede cuando te enteras que tus padres son humanos o cuando te explican que Lindsay Lohan no tienen una gemela (y que no se llama Dennis Quaid) y que Juego de Gemelas es todo una gran mentira. Aquello se replicaría y se replicará el resto de mi vida (si tengo muchísima suerte y muchísimo cuidado). El crush violento, la equiparación divina, las dudas de la terrenalidad, la caída del desencanto. Mis torpes conclusiones eran que todos somos falibles y que nadie tiene gemelos perdidos ingleses.

Aquello es algo que todos sobrellevamos y, si tenemos suerte, superamos; y somos tan culpables como los demás. ¿Quién no ha caído presa del encantamiento de la limerencia? ¿Quién no ha sido objeto de una obsesiva admiración? Recuerdo que me pasaba bastante con mis propios amigos, a quienes depositaba en estándares imposibles de cumplir, cegada por mi violento sentimiento de amor. Eso, finalmente, se constituye en una injusticia, por lo que no sólo acabas triste y desencantado, sino con un inquietante sentimiento de remordimiento.

El amor y el miedo exacerbados llevan irremediablemente a la decepción, pues nada nunca es tan bueno como lo creemos. No es pesimismo (porque quien me conoce sabe que soy la persona más estúpidamente optimista), sino una verdad ineludible. Aquella Oh, Gran Verdad Ineludible me ha golpeado con violencia en la cara en incontables ocasiones. Algunas de esas bofetadas, incluso, han transformado las cosas de manera radical, 360 grados: paso de la brillante emoción inicial a la vulgaridad verdadera, y de nuevo a la belleza de la piedra preciosa que sostengo en la mano de manera constante. La vez que los amigos déspotas forjaron mi carácter, la vez que el crush salvaje que me orilló a revalorar mis decisiones, la vez que Dios mismo se quedó callado y su ausencia me demostró la intricada delicadeza de nuestras acciones. En mi libro, Orquídea de supermercado, es lo que intento dilucidar.

Cómo por ejemplo (Storytime): como es bien sabido (o mejor dicho, como he hecho el esfuerzo de dar a conocer) me caigo ante la menor provocación, sin que eso amilane mis ganas de trepar hacia lo más alto, entiéndase como cerro, edificación irregular o árbol torcido. Mi yo de 17 años era una chica teatral que consideraba a su cuerpo simple transporte, por lo que no me pareció extraño ni ridículo pedirle a mi Crush del Momento (que en la prepa aparecían por montones, como florecitas de pirul en la cabeza) que fuéramos a una casa abandonada en medio de una colina, rumbo a Bracho. Nos metimos allí y comencé yo a platicar con pesada exactitud de que iba el libro de Murakami en turno y cuando Mi Crush se estaba perdiendo en un sueño sin retorno, recuerdo mirarle la cara con profunda admiración y jurar y perjurar que su piel estaba brillando. Lo grité, lo dancé, lo escribí en perfectos sonetos en la parte de atrás de mi libreta. Le decía a mi amiga: “No puedo creer que Mi Crush tenga diamantina en la piel de manera natural”. Aquel brillo sobrenatural, me daba cuenta, no sólo se reducía a su piel. Caminar a su lado significaba que las faroles se encendían solitas, que cuando llovía el agua no nos tocaba, que el señor de las rosas de Castilla le regalara un ramo por “tan honesta sonrisa”. Era un pequeño milagro empaquetado en radiantes mejillas y enchinadas pestañas. Yo escribía como posesa en mi libreta: Estoy dispuesta a matar o morir por esta persona, lo juro, no me prueben.

Un día, me mandó un mensaje de texto con el nombre de su ex y toda mi parafernalia se vino abajo cuando me di cuenta de que en realidad era un histérico insoportable y un indeciso de muerte. Aguantaba yo, perdida en su nuca, 90 minutos de él decidiendo entre si salir a la calle o ver una película en Cuevana.

Por lo que, al final del día, en este libro me río de mi propia ridiculez. ¡Oh, dios!

Sin embargo, el proceso de mirar a mi vida y escoger, entre el entramado que veo detrás mi, el delgado hilo que une a esta y esta otra y esta historia ha sido uno de los más satisfactorios y extraños, pero definitivamente el menos decepcionante. Realmente que escribir es la única acción que podría repetir, como quien abre y cierra una puerta, una y otra vez, por el resto de mis días.

 

De la imposibilidad de un alma. Sufjan y yo.

Corría el 2009 y yo decidí abrir mi tumblr luego de observar a mi hermana encontrar imagen tras imagen de su banda japonesa favorita. Esa página prometía un pozo sin fondo de diversión visual. Quien ha estado desde el 2008 en aquella plataforma sabe de lo que hablo: su famoso azul de fondo y montones de imágenes de Starbucks y bostonianos con los primeros filtros de Instagram, o sea, un paraíso hipster al que podía migrar luego de la locura de Metroflog y el eventual cierre de las páginas personales de Hotmail, Messenger y el declive de Harrylatino.  Al año, ya era mi pequeño paraíso, y fue ahí dónde descubrí dos cosas que definirían los años consecuentes: el fandom de Sherlock y la música de Sufjan Stevens.

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Sucedió con uno de esos posts, populares en aquel tiempo, en el que algún listillo combinaba dos canciones parecidas y la hacía sonar increíble. Era un mashup de Clocks de Coldplay y Chicago de un tal “Sufjan Stevens”, que nadie parecía conocer. Escuche el audio, que no era más que la música de Clocks con la voz de Sufjan superpuesta. Lo busqué en Google, pero lo único que me aparecía era Cat Stevens. En Ares (porque sí, eran tiempos de Ares) sólo me aparecía That Dress Looks Nice On You y  la Chicago original. Durante meses, estuve contenta con tener esas tres canciones en mi colección.

Seguí buscando, un poco desesperada, porque NADIE parecía saber nada acerca del cantante que comenzaba a atormentarme por ser tan endemoniadamente evasivo. Encontré, un día, una página de bandcamp (la suya) que contenía 4 álbumes: A Sun Came, Michigan, Seven Swans e Illinoise, sus primeros cuatro discos, y todos a mi disposición. Al poco tiempo, también pude descargarlos, y para mi sorpresa, en ese mismo año sacó un álbum y un EP: The Age of Adz y All Delighted People. Eventualmente, en su bandcamp también aparecerían Enjoy Your Rabbit y The BQE.

Quiero recalcar dos cosas muy importantes y que necesito dejar muy muy claras.

La primera es que no sé que es la música.

Podrá parecer que sí y podrá parecer que conozco mucho de esta o aquella banda o cantante, pero el concepto de “música” o “canción” me vuela por encima de la cabeza y no logro entender como es que alguien se aprende una canción o alguien produce sonidos con sus dedos en un par de cuerdas y todo lo demás. Nunca he sido de esas personas que dicen: La música es mi vida. Si me conocen, ya saben lo realmente analfabeta que soy en materia musical. Simplemente me es imposible aprenderme la letra de la rolita popera en la radio porque mi cerebro carece de la sinapsis necesaria para poder entender qué demonios es esa armonía. No canto, no toco, no bailo. Ni siquiera me sé una canción completa de Sufjan. Me gusta el sonido de la estática y de los viejos refrigeradores, y hasta ahí se limitan mi sensibilidad al respecto de la música. Si me dan a escoger, prefiero el silencio. Si me piden que les diga cuál es mi género favorito digo “cantos gregorianos” y si a mis 15 años me preguntaban que cuál era mi banda favorita, seguramente respondería con un genérico: “Uhm, me gusta de todo”, a falta de (de hecho) un gusto musical.

Cuando digo que escucho a tres bandas nada más, no es una exageración. Mi shuffling en Spotify y YouTube se reduce a Sufjan, Beach House y Joanna Newsom (otra artista huidiza: tiene dos (2) videos musicales y ha proclamado nunca aparecer en Spotify. ¡Ay de mí!). A veces escucho La Mer de Debussy en repeat durante el día. Otras veces, pongo sonidos de ventiladores industriales.

La segunda es que este dude es de los artistas más huraños y menos dados a la promoción en el mundo entero. No tiene ni un video musical, hace conciertos cada venida de papa y casi no concede entrevistas. O sea, que no es Ed Sheeran y no corro con la suerte de ver 500 millones de vistas en su VEVO o de verlo cada 30 minutos en MTV. Es tan inaprensible que durante años su página en AZLyrics sólo tuvo las canciones más populares y su página de Wikipedia no podía explicarme quién diablos es esta persona que escucho casi diario, por el amor de Dios. Luego de su último disco comenzó a salir un poco a la vista de los demás, pero durante años, AÑOS, lo único que tenía de él eran videos amateur de sus conciertos del 2006 en Detroit o Nueva York o sus posts neuróticos de tumblr (porque sí, el señor tiene tumblr también).

Así que Sufjan Stevens llegó como si se tratase de una llave, que abriría mis atolondrados oídos a un nuevo tipo de experiencia sensorial. Y todo empezó cuando escuché por primera vez Impossible Soul, la última canción de The Age Of Adz, cuya característica principal es que dura 25 minutos y habla sobre las posibilidades y esperanzas de un alma presa de la ansiedad y la culpa. Un milagro, dirían los más crédulos.

sufjanMi primer acercamiento con Sufjan es, por supuesto, su voz. Suelo decir que es la más pequeña de todas, porque es tan suave que parece casi un susurro, pero al mismo tiempo tan clara y precisa que es inconfundible. Luego el banjo o el piano, su sonido maximalista, sus ganas de querer usar siempre flautas dulces y ocho violines y siete tombrones, o la forma en que usa el autotune, casi como un chiste, pero que resulta maravilloso. Finalmente, sus letras, que siempre fue lo que más me llamó la atención porque era lo que más podía entender.

Sufjan narra de la manera más delicadamente imprecisa su vida, su educación católica, el amor hacia los personajes americanos más particulares (Andrew Jackson, John Wayne Gacy o Tonya Harding), la relación fallida con su madre, la mitología griega, su perpetua obsesión con la Navidad y hasta pequeñas historias de amor sin género enmarcadas en los suburbios de Michigan. En mi búsqueda por más de él, me encontré con varios cuentos que escribió cuando él todavía esperaba ser escritor. Estudió Literatura y mandó a concursar un libro de cuentos que ganó el primer lugar en su universidad. Pero luego tomó su banjo y su flauta dulce y se dio cuenta de que lo que tenía que hacer era tocar y escribir música.

Algunos ejemplos preferidos:

And I have a sister somewhere in Detroit.
She has black hair and small hands.
And I have a kettledrum,
I'll hit the earth with you
Sister
Oh! I love you from the top of my heart.
And what difference does it make?
I still love you a lot; Oh! I love you from the top of my heart
And on your breast I gently laid. Oh! My head in your arms.
Do you love me from the top of your heart?
All Delighted People (Original Version)
You, you must be a Christmas tree, a Christmas tree.
You light up the room, oh, you light up the room.
Oh, you light up the room.
Barcarola (You Must Be A Christmas Tree)
The only thing that keeps me from cutting my arm,
Cross hatch, warm bath, Holiday Inn after dark,
Signs and wonders: water stain writing the wall,
Daniel’s message; blood of the moon on us all.
The Only Thing

Muchas de las cosas que amamos, no las entendemos del todo. La idea, a pesar de la obsesión personal y las ganas de saber hasta el más pequeño de los detalles, es aceptar lo que queremos como si se tratara de nuestra propia imagen en el espejo. Yo entiendo (y siento) a lo que amo como un reflejo de lo más real y profundo que se desarrolla en mi alma. Las personas que me rodean, la música que escucho, las escritoras que leo, los colores que tomo como míos.

El sentimiento de encontrarse, cara a cara, con un igual es lo que nos hace, como especie, querer seguir adelante, ante la promesa de que otros verán lo mismo en nosotros, o que no estamos aislados en nuestras experiencias o que, a pesar del miedo, seguimos caminando con la mirada puesta más allá de la cordillera que tapa la mitad del cielo.

Al ser yo de naturaleza hiperbólica no puedo evitar enarbolar como una bandera la cara y bíceps de Sufjan y gritar cuando veo su cara en los Oscars, luego de casi más de 10 años de recreármelo para mi solita, sin que nadie (salvo a los pocos que lo descubrieron de manera violenta luego de Carrie & Lowell) me acompañara en mi pasión por un señor de 40 años del norte de Estados Unidos, que canta muy bajito y que no tienen la menor idea de que una chica en México le dedica, cada tercer día, un tarareo o un gesto ceñudo. Nada puedo hacer para evitarlo.

Lo que sí puedo hacer es decirles: ¡Hey! ¿Quieren escuchar conmigo 23 minutos y medio de Sufjan Stevens? Quizá lo odies, quizá no, pero esto me representa fielmente y necesito, necesito que nos veas, porque boy, we can do much more together.

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Entro a mi trabajo con la seguridad de quien lo ha hecho un centenar de veces. Normalmente, en las escaleras que suben a mi oficina nunca me encuentro a nadie, por lo que puedo subir sin que algún compañero sonriente me interrumpa el trayecto, para instalarme en mi silla robada de otra oficina y mis post-it que me recuerdan que no debo olvidar que la lotería se publica a las 11 pm. Otras veces, está el velador, sentadito en una esquina, amable y bonachón, esperando un saludo vespertino.

Así es cuando las cosas se ponen difíciles.

Trastabilleo, le sonrío maníacamente, le digo algo que suena entre “hola” y “cómo está” al mismo tiempo. Hocomolasta. Je je je. Buenas…. tardes. Hola, buenas tardes. Luego una sonrisa de oreja a oreja,  porque por supuesto que no lo estoy mirando a la cara; pero cuando me doy cuenta de que no escuchó o no entendió mi balbuceo, con la confianza de que la sonrisa pueda transmitir todo lo que un saludo cortés se supone que debe otorgar.

Detrás de mí, como un chiste, entra un compañero, que, sin problema alguno, se detiene, le tiende la mano y le pregunta por su salud, su familia, el clima y le desea UN EXCELENTE DÍA. Es una bofetada cruel a mi torpeza. El velador, reconocido, le contesta con alegría y le desea un EXCELENTE día de vuelta y yo me quedo a la mita del pasillo, sin buenos deseos, sin saber cómo abrir la boca y repensando mi estrategia para salir sin mella la próxima vez que me enfrente al dichoso Buenos días, que me mete zancadillas una y otra vez.

Pero eso de adultear me pone de nervios. Sobre todo porque uno se va enterando de que no se trata de pagar impuestos (que el gobierno quita de nuestra nómina, queramos o no) ni de pasar sin miedo a que nos pidan nuestra INE en el bar en turno, sino que se trata de poder relacionarse con efectividad entre nuestros compañeros de trabajo o el desconocido del otro lado de la ventanilla del banco. Si uno va y pide en voz muy baja, con el flequillo todo en la cara y sin saber qué demonios es un café macchiato latte au chocolat, es considerado un adolescente. Pero si una entra al mismo café, con la bolsa colocada en el hombro, una sonrisa, pregunta amablemente por el clima y pide “lo de siempre” entonces, resuenan las campanas, eres un adulto hecho y derecho. Un súper saludador, experto en introducciones y preguntas vagas que deben ser contestadas con una sonrisa, conocedor de sobrenombres pegadizos, maestro en apretones de manos.

Es como para querer aventarse del segundo piso.

Tengo la suerte de trabajar con gente de mi edad, recién egresados de sus universidades, que no se sienten traicionados ni dañados directamente en sus frágiles corazones si uno no recita “BUENOS DÍAS” al resto de sus compañeros. Ellos y yo nos entendemos. El asunto no es pretender que nos deseamos buenos días, sino realmente procurar hacer el día bueno. Ah, pero mis superiores, profesionales en el quehacer adulto, demandan con severidad la sonrisa, la frase y el apretón de manos (los peorcitos te ponen el cachete sin que tu lo hayas pedido; cuentas cacarizas, exhalas 7 Machos y tienes que hundirte, con la determinación de un santo aceptando el espadazo en el cuello, en aquella absurda acción de tronar beso en el aire).scanimage152-1805

O sea: que no lo entiendo. Para mí es como ver los bailes de salón de la época de la Regencia, los que salen en todas las novelas de Jane Austen. No comprendo cuándo todos los presentes se aprendieron los pasos y cómo pueden sentirse a gusto haciéndolos y todavía contar con la habilidad de comentar acerca de como Mr. Darcy es un bruto. Tampoco quiero pecar de amargada. Me preocupa no dejar abajo a mi amigo el señor velador. Que él no me considera su amiga, pero yo ya he planeado miles de veces la conversación que cambiará nuestras vidas y consolidará nuestra amistad. El problema es que no sale con la fluidez y soltura que necesito para que él entienda mis intenciones.

La verdad es que toda mi vida quise ser Elizabeth Bennet: sagaz, testaruda y digna, derribando enemigos a diestra y siniestra con mi precisa forma de hablar. Ser adulta me ha demostrado que soy Darcy: huraña, tímida, mal pedo y con tendencia a complicarlo todo.

La duda se coloca sobre mí como una nubecilla que no llueve sino que suelta comentarios que me hacen temblar de miedo como: “¿Te aseguraste de no tener nada entre los dientes?” o “Pero ¿para qué le dices eso? Obviamente no entiende nada de lo que dices” o el clásico “Lo mejor para ambos sería que te quedaras callada”.

Hace poco, en detrimento de mi paz mental, hubo una reunión en el trabajo en la que se discutió, entre otras cosas, que debíamos convivir más con nuestros superiores. Se nos reunió a los empleados de edición y diseño y se nos pidió, como quien regaña a un niño que sigue tirando sus juguetes y no los vuelve a poner en su lugar, que debíamos decir buenos días y, de preferencia, no escuchar música en nuestros audífonos y participar con risas muy sonoras en los chistes y aceptar el hecho de que no habrá gomas ni lápices durante un mes. Alguien levantó un dedo gordo y temblorín y declaró, como herido de bala: “Ella no me saludó el otro día que íbamos subiendo las escaleras“.

Me paralizo en mi lugar. Mientras que el chisme malintencionado no iba contra mí, aquello se sintió cercano. Aquello se sintió ominoso. Comprobé que uno realmente puede morir por no recibir o por no otorgar un saludo. Las miradas de los superiores se detienen en mi compañera que se queda sin decir nada, sorprendida como yo. Observamos a la víctima de su indiferencia, un adulto bien entrado en sus 50, sollozando, preguntándose porque son “esos muchachos tan malos, tan pocos corteses”.

Luego de aquella experiencia traumática, he procurado intentar practicar la desenvoltura de las señora que le preguntan a los cajeros del Oxxo que si les puede poner doble bolsa y aparte regalarles una cuchara, y ay, mire qué cara está la leche, cómo llovió ayer, paso mañana al mismo día, hasta luego querido, con la esperanza de que el cajero me diga adiós con la mano y no agradezca a los cielos deshacerse de aquella viejilla preguntona.

Quiero decir: realmente es un juego de equilibrios. Los platos chinos de malabarismo se quedan cortos cuando se trata de entablar la perfecta relación con los porteros en turno, o con el jefe en turno o con el señor berrinchudo que desayuno saludos mañaneros y se irrita, cual bebé de troll de la montaña (sólo me queda imaginarme qué reacción tendría un bebé de troll sin que se le salude apropiadamente).

Voy tirando, al fin y al cabo. A veces suelto una broma demasiado local y todos se me quedan viendo en silencio, pero han llegado a la conclusión de que aquello debe ser gracioso y no me dejan abajo. Buenos compañeros. Otras veces, afortunadas veces que saboreo con alegría, me sale natural la pregunta que sigue al comentario hecho al aire.

“¡Ay!”, dice alguien. “Soy yo, ¿o está haciendo demasiado calor?”.

Me acomodo en mi lugar y me revuelvo el cabello, orgullosa. Es mi oportunidad.

“Uf, sí. Parece que el verano no se acaba ¿verdad?”, contesto.

El o la interpelad@ me devuelve la sonrisa y continuamos charlando sobre absolutamente nada, dándonos sendos apretones de manos a través de la mirada. “Buena pregunta acerca del clima, compañero”. “Buena pregunta acerca del clima, compañera”.

Nos volvemos, henchidos de alegría, hacia la computadora, para pelearnos con el lenguaje, en otro ring, con otras intenciones.

De las propiedades de la identidad

Siempre te encuentras con ese tipo de personas: toman las tazas llenas de café con determinación y te miran a los ojos sin miedo. Las noto porque son todo lo que carezco. La confianza de quien no se hace preguntas para aprender, sino para reafirmar su poder sobre algo o alguien. Yo, que cuando se trata de estrechar lazos con otros humanos, prefiero ser lo más cuidadosa posible, soy todo lo contrario a estas personas que poseen las propiedades de un ventarrón enfurecido.

Alguien me preguntó el otro día: Quién es Sara Andrade, con decidida intención.

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(Yo me aguanté la carcajada; luego de la aventura con Maggie Zavala y las 100 preguntas periodísticas que uno no debe olvidar, aquella forma de referirse al entrevistado en tercera persona me voltea de risa).

Luego de la risa, se instaló una furia muy específica: ¿Cómo que quién diablos soy yo? ¿Qué clase de pregunta barata, molesta, honestamente aburrida es esa? ¿También leíste El Mundo de Sofía y te sentiste chido en tu clase de introducción a la filosofía? Largo de aquí con tus preguntas de reportero de cuarta.

Cuando, luego de trastabillar en busca de una respuesta inteligente para salir de tal atolladero, le pregunté que cómo uno responde tal deleznable pregunta, me dijo: “Pues es fácil, dices: Soy una persona con principios que quiere seguir su vida lo mejor posible”.

Si pudiera poner los ojos más en blanco, Anish Kapoor me compraría para hacer uso exclusivo de tan enfurecido color.

O sea, concluyendo de mi terrible experiencia, las personas que se conocen a sí mismas son unas arrogantes insufribles.

Pero la cosa no acaba ahí ¿o sí?

Analizo con cuidado la premisa anterior: Soy una persona con principios que busca seguir su vida lo mejor posible. La masco, la estiro, la pongo a contraluz y me parece absurda de principio a fin. Dejando de lado un poco a lado mi filosofía de que el lenguaje es falso, ¿quién puede sentirse identificado con un par de palabras que indican “frase que puedes encontrar en un playera de WalMart”? Claro que soy una persona con principios que busca seguir su vida lo mejor posible. ¡Todas las personas quieren lograr aquello! No puedo creer que me vi atropellada de una manera tan vil para recibir esa blanda respuesta olor a col.

Me espíritu de individualidad, que generé desde muy pequeña, me repele a todas aquellas generalizaciones, por muy pequeñas que sean. Me pongo tres aretes y falda con pantalón. NO QUIERO SER COMO LOS DEMÁS. YO SOY YO. YO NO TENGO QUE SER UNA FRASE HALLMARK. Pero luego, cuando veo a todos usar bomber jackets y bobs largos y hacer bullet journals y poner el filtro C1 de VSCO Cam en sus fotos de instagram, yo quiero ser como todos, claro que sí, quiero ser aquella persona que veo pasar, exactamente, o como aquella otra, sí, todos ellos. Quiero ser un árbol, una fuente, un vaso de leche que se cae, NO QUIERO SER YO CUANDO SE EXTIENDEN ANTE MÍ TODAS ESTAS HERMOSAS POSIBILIDADES.

o SEA.

Más que pelearme con el ser y no ser, me peleo con la idea de que tenemos que saber qué somos y que no. ¿Por qué demonios?, le pregunto a todas las personas que se enfundan en una biografía tan perfecta y dulce que rompe los dientes.

Yo nunca sé quien soy. Pero, al mismo tiempo, sé perfectamente quién soy.

A veces ando por mi vida y pienso: Cielos, realmente no tengo la menor idea de nada ¿verdad? Otras veces, cuando me siento particularmente feliz, digo: Cielos, esto es una típica reacción Saraandrade. Classic Saropi.

Por ejemplo: Estaba recordando como la vez que fui a París y visitamos un local de Ladurée yo, conscientemente, decidí no comprarme los mundialmente reconocidos macarrones franceses por temor a verme como una turista efusiva. ¿Pueden creer a esta persona que leen? FUI A PARÍS Y NO COMPRÉ COSAS POR NO VERME BÁSICA. Dioses del viento, llévenme lejos de aquí. ¿Saben qué me compré? Un lápiz rosa con la tipografía de la casa repostera y regresé a Zacatecas sintiéndome como un pedazo de queso dejado en el sol.

Pero por otro lado, me siento muy orgullosa de ser como soy en situaciones de alto estrés. Como en el momento de lidiar con mi bendita tisis o cuando me asedian con flechas ardientes en mi trabajo. Me calmo, me siento, respiro y me pongo a escribir. Acepto mi condición de enferma tuberculosa y creo algo a partir de aquello. Algo valioso e importante para mí. Algo de lo que puedo estar realmente orgullosa. Me apropio de mis desventuras y las obligo a obedecerme en el único espacio en el que tengo absoluto control de las cosas.

Sin embargo, estos últimos meses me he probado a mi misma que las cosas que yo consideraba cruciales en la receta de conceptos que me componen no son tan certeros como creía. ¿Mis lecturas por ejemplo? En el año he hecho CERO LECTURAS (bueno… quizá unas dos y media) PORQUE LEER ME PROVOCA PESADILLAS. Yo, que hace un par de años, me consideraba “lectora empedernida” y lo escribía en mi bio de twitter, no he podido terminar un libro de Amélie Nothomb porque el suelo se me mueve, la cabeza comienza a pulsarme terriblemente y termino con las energías por el suelo durante el resto del día. A veces siento que estoy traicionando a la más pura esencia de mi alma cuando decido ver un video de cómo hacer un pastel en forma de pizza gigante que leer a Eleanor Catton de una sentada.

Pero no dejo de ser yo.

A eso me refiero yo: Instalarnos en una frase inmutable es el verdadero asesinato de la identidad.

Mis fluctuaciones me definen tan profundamente como definen la danza o los sandwiches con mayonesa o las tardes de lluvia a todos los demás.  El hecho de que vamos de punto A a punto B es lo que nos describe. Me precio de querer ser una montaña, pero honestamente no hay nada más precioso que convertirse en el temblor del agua del río.

Es como mirarse en el espejo y memorizarte la cara. Una vez que te dejas de ver no estás tan seguro de qué lunar va en dónde o de cómo tuerces la boca cuando dices sí, sí quiero un pedazo de pastel, pero estás completamente seguro de que, una vez que te veas en una fotografía sabrás discernirte.

A lo que voy: ¡al diablo las instituciones reguladores del yo!

Yo seré yo y nada, ni siquiera yo, podré evitarlo. Y es que ¿se acuerdan del lápiz parisino? Lo perdí al mes.

Classic Saropi.