Trascender la trampa: las villanas del capitalismo y yo

Entre que procrastino terminar un cuento o empezar otro, sucede lo inevitable: Amazon.com.mx me toma del ojo y comienzo a scrolear las distintas opciones de gasto capitalista que se traduce en la promesa de envíos gratuitos en menos de dos días, todo gracias a que gasto 399 al año para ser parte del club Prime. Eso es lo que destaca a Amazon de tantas otras páginas de compra-venta, según he leído. Que Jeff Bezos ha amasado insanas cantidades de dinero por hacer trabajar a hordas de empleados mal pagados con tal de hacerle llegar a la chica veinteañera en turno una base de Maybelline a la puerta de su casa, porque no se puede molestar en caminar 10 minutos a su tienda de cosméticos más cercana.

En lo que va del año, la página me anuncia que he realizado 16 compras a través de la plataforma. Entre básculas, libros Young Adult en su idioma y paletas de sombras para ojos siento crearse un lazo estrecho entre empresa y cliente. Amazon es mi mejor amigo, que salta de repente mientras surfeo la net, para decirme que ese humidificador al que le eché el ojo por medio minutos está en descuento. No me siento espiada, al contrario, me siento acompañada, segura de que alguien en la vastedad del Internet me conoce tan bien como para recomendarme unos pants de yoga mientras intento descubrir la mejor receta para brownies.

Ni a mí tampoco, aparentemente.

A veces, poquísimas veces, a la mitad de la noche abro los ojos y pienso: “Demonios, debería estar ahorrando para mi futuro, que es infinitamente más incierto que la futura fortuna de Bezos”. Me atenaza la culpa: “¿Cómo demonios me he atrevido a gastar, otra vez, miles de pesos en maquillaje lleno de glitter?”. En la oscuridad de mi habitación me siento inmoral, sucia, llena de remordimiento. “No puedo creer que he sido presa de esta máquina reptiliana come almas; mañana mismo cierro mi cuenta”. Veo, como si se trataran los fantasmas de las Navidades pasadas, a todos los trabajadores mal pagados a los que he hecho trabajar horas extras por exigirles mi base Fit Me de Maybelline, una botellita de cristal de 30 ml que puedo cubrir con una mano completa, empaquetada en un sobre manila tamaño radiográfico. Me dicen: Sara, por el amor de dios, tú sabes lo que es trabajar así, ¿por qué nos haces esto?

A la mañana siguiente, claro, las endorfinas que uno libera en las compras capitalistas sin conciencia se encarga de que no sólo mantenga mi perfil de Amazon Prime (que, se ha demostrado, es endemoniadamente difícil de eliminar), sino que navegue las páginas de eBay, MercadoLibre, demonios, incluso Wish, para satisfacer mi necesidad de gratificación instantánea.

En momentos de claridad, como en estos, me pregunto cuál es la estrategia correcta para escapar la trampa capitalista que los super-ricos han tendido para ganar dinero de nuestra fútil mano de obra. Quizá, como muchos ya hacen, hacerme zero waste y consumir de manera local y órganica. Quizá, como otros también, dedicarme al freeganismo y recoger la buena comida de los Walmarts del mundo tiran porque no ha sido comprada a tiempo. O también, la ruta que tal vez toma la mayoría, no hacer nada y esperar a que la Tierra se consuma en fuego (y cantar las de Hozier, ¡Wasteland, baby!) y morir en medio del caos que bien yo pude haber evitado. Pero vuelvo a lo inevitable: por muchos popotes que yo rechace en Starbucks, mi contribución al planeta es mínima en comparación con lo que las grandes empresas, dueñas de todo, puede hacer para detener esta vorágine de contaminación, pobreza e incertidumbre.

“That you gaze unafraid as they saw from the city ruins”

Es bien conocido que son sólo 100 empresas las que son responsables del 70% de las emisiones de gas con efecto invernadero en el mundo. Un estudio, Carbon Majors Report, señala como culpables a las grandes empresas de combustibles fósiles como causantes en la subida de la temperatura global: “ExxonMobil, Shell, BP y Chevron se encuentran entre las empresas de inversionistas con mayor emisión desde 1988. Si los combustibles fósiles continúan extrayéndose al mismo ritmo en los próximos 28 años que en 1988 y 2017, dice el informe, las temperaturas medias estarían en camino de aumentar en 4ºC para finales de siglo. Es probable que esto tenga consecuencias catastróficas, como la extinción sustancial de especies y los riesgos globales de escasez de alimentos”. (The Carbon Majors Database, CDP Carbon Majors Report 2017).

No sólo tienen un rol principal en el temido calentamiento global, sino también en la contaminación activa de los grandes cuerpos de agua del mundo, las terribles condiciones laborales en países en desarrollo y el uso indiscriminado de la mercadotecnia para hacernos creer que lo que hacen es exactamente lo que necesitamos. Lo que quiero decir es que, si queremos evitar que las tortugas sufran, entonces debemos guillotinar a los reptilianos super-ricos.

¿O hay otra salida?

Las villanas del capitalismo

Estaba comiendo lentejas, a la mesa de la casa, leyendo, atónita, la historia de una tal Caroline Calloway y su rise and fall en el mundo editorial, luego de que ella, influencer egresada del NYU, se granjeara un acuerdo de $500,000 dólares para publicar sus románticas memorias sobre su estancia en la Universidad de Cambridge (que titularía And We Were Like), que hizo pública en su Instagram (con más de 800 mil seguidores) y engañara a medio mundo con supuestos talleres de creatividad. No sólo nunca escribió el libro (a pesar de haber recibido medio millón de dólares para hacerlo y de tener que pagar 100 mil dólares en retribución…), sino que se atrevió a cobrar $165 dólares por una plática vocacional en su departamento de Boston y regalar mason jars para los incautos que cayeron en sus encantos. La cultura del Influencer de Instagram en un párrafo.

Le conté la historia a mi hermana que me replicó, un poco harta: “¿Y tú por qué no has logrado engañar a una editorial y que te den medio millón para publicar?“. Me como las lentejas en silencio. Demonios. Esa es la pregunta del millón, ¿no? ¿Cómo es que la gente más despreciable del mundo logra obtener millones de dólares? La historia de Caroline Calloway me impactó por su cercanía: ¿qué daría yo por estar en su posición? Una chica rica (blanca y privilegiada) como para estudiar en las universidades más prestigiosas del mundo y escribir sobre lo que veo. No sólo escribir, sino recibir montones de dinero para que la gente puede leer mis tonterías. ¡Y yo aquí pagando $1,500 pesos para mantener mi punto com enn WordPress! ¡Qué haría yo con 10 millones de pesos para publicar mis vicisitudes godinas, mis recuerdos letrudos! Les digo lo que haría: trabajar duro para concretar ese libro. Quiero decir, por ese dinero, les hacía una heptalogía sin miedo, sin rencores. Sin embargo, la realidad de las cosas es otra y mi dignidad (aprendida en casa) no es capaz de hacerle eso a la gente. Caroline Calloway, sin remordimiento aparente, sigue vendiendo talleres, a pesar del escarnio público y la deuda de un libro que jamás será publicado.

Supongo que el secreto es ser blanca, rubia y bonita.

En escalas más violentas, están los casos de la falsa socialité Anna Delvey (quizá mi favorita de todas ellas) y Elizabeth Holmes, la siniestra CEO de la infame Theranos. La primera engañó a todo el Soho de Nueva York y les hizo creer que era la hija desconocida de un magnate alemán que “solamente estaba buscando comprar un edificio en Manhattan y hacerlo un museo de arte”. La chica (en realidad llamada Anna Sorokin, de orígenes humildes) arrojó un dardo a la lejana nebulosidad de los bancos suizos y dio en el blanco: alegando que poseía una fortuna de 60 millones de euros, pidió un préstamo de 22 millones de dólares, que obtuvo a través de una línea de crédito de 100 mil dólares, que obtuvo de la misma manera, alegando que poseía lo que no tenía. Lo milagroso de su situación es que a través de estos juegos gigantescos de transacciones millonarias la chica estiró las manos y se hizo de unos 275 mil dólares con el que se dio un mes de ensueño, viviendo en un hotel neoyorkino, comprando ropa y comida, viajando a Venecia y apareciendo en los Instagrams de los más ricos. Su artículo de The Cut (que enlazo más arriba) hace de su estafa una aventura que hasta las víctimas más afectadas admirarían. Se parece mucho a la gran proeza del Sueño Americano, de lograr lo más grande a partir de la nada, tanto así que se habla de un documental o de una película en su honor. El único problema de Anna fue el de haberse metido con los ricos reptilianos. Ahora enfrenta el juicio en su contra y la promesa de varios años en prisión.

Así fue como también sucedió con Elizabeth Holmes, la joven mente maestra detrás de Theranos, la empresa que prometía revolucionar la medicina mediante nuevas pruebas de sangre a través de una pequeña gota. Holmes, hija del vicepresidente del todavía infame Enron (talk about nurture), a los 19 acumuló una inversión de 700 millones de dólares para arrancar a Theranos, nombre creado a partir de “terapia” y “diagnosis”. No sólo llegó a ser considerada la empresaria billonaria más joven de la década, con 9 billones de dólares, de acuerdo a Forbes, sino que embustó a personajes de la talla de Bill Clinton, Henry Kissinger y Betsy DeVos, haciéndose pasar por la Steve Jobs de la medicina moderna. No sólo eso, en su papel de villana de Disney, con su cuello alto y su voz de baritono, provocó que el jefe del área de Ciencias de la empresa se quitara la vida antes las presiones y engaños que ella y su pareja asestaban para que no saliera a la luz el terrible secreto: Theranos no era más que una gran mentira. En poco tiempo, se descubrió que era imposible diagnosticar diabetes o malaria de una sola gota de sangre y que los milagrosos resultados que la Elizabeth prometía en la televisión habían sido fabricados. Para ese entonces, ya habían vendido la fraudulenta tecnología a Walgreens y a Departamentos de Salud de varios estados americanos. Acusada de “fraude masivo” por su fallida empresa, Forbes tuvo que ratificar su afirmación y anunció que lo que en realidad valía Elizabeth Holmes era cero dólares.

¡Qué golpe!

Las veo y descubro, como quién quiere ver entre pesadas cortinas, sus intenciones: si todo es sobre el dinero, para estas mujeres también es sobre reivindicación. A pesar de su patente privilegio (incluso la más pobre de este trío, Anna Delvey, estudió la universidad y se pagó su vuelo a Nueva York), se dieron cuenta de que para una gran porción de la población las cosas se tornan difíciles. Como villanas de este drama, por supuesto, también decidieron tomar el camino de los malvados: pisotear por encima de las cabezas de los demás para llegar a la delantera. Su error, como he dicho, fue que no pisotearon a pobres trabajadores mal pagados, con horarios y expectativas imposibles de cumplir, como en el caso de Amazon y Jeff Bezos, sino a la clase cocodrilo, a ese 10% turbio que maneja el 90% de la riqueza del planeta Tierra. También, porque es imposible hacer caso omiso a esto, que al ser mujeres el escrutinio al que son y fueron sometidos es mayor que a sus compañeros estafadores masculinos. A pesar de que muchos admiran a cada una (o en conjunto) por las estafas, fraudes y engaños que tan expertamente manifestaron en el mundo, presiento que como yo, no son más que víctimas de esta gran maquinaria, que lo único que desea es perpetuar esa demanda y oferta insostenible.

Como moraleja, me quedó lo que la autora de la note sobre Caroline Calloway dice al respecto del caso:

She has had every opportunity handed to her, including a book deal that would be life-changing for most, but she had no intention of following through. […] Her main problem is that she doesn’t want to be an artist or a storyteller or a writer: she wants to have made art, to have told stories, to have been a writer, to have taught, and so on. But that requires work, research, planning, sacrifice, and an acute understanding that not everything you do will be successful or worthy of celebration. She has nothing to offer but is selling everything.

Aunque yo jamás posea la estamina para embaucar al estado de Arizona o a los ricos de Soho o Cambridge, si estoy dispuesta a acaparar todo los hilos sueltitos que el capitalismo permite que tome (pienso en las pruebas gratis de comida en Sam’s y mi estómago gruñe contento) y también estoy dispuesta a formar parte de aquella futura revolución alla français en la que exigiremos que las cabezas cocodrilezcas de los que nos han orillado a esto rueden por las plazas.

Supongo que las villanas tienen razón: a veces la única acción posible es violenta. Mientras tanto, me dedico a scrolear, hasta que el resto se una a la causa.

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Mala en aritmética

Siempre he tenido esta afición por los números que no quieren significar nada. O sea: que si no tengo que sumar, restar o agregar letras, me encanta eso de obsesionarme con un número en particular. Reformulo: me considero cabalística de pacotilla. Supongo que eso nace de la lectura temprana de El Diccionario del Mago que influyó las suaves neuronas espejos de mi cerebro. En este libro, indispensable en mi obsesión infantil por Harry Potter, había una entrada dedicada a la numerología en el que te enseñaba cómo sacar de tu fecha de nacimiento el número que definiría tu vida.

El mío era (de sumar, 25+02+1993, que es 2020, y sumar los dígitos de ése) el 4. Recuerdo todavía lo que decía el diccionario: el 4 es el número de la estabilidad, tanto así que una mesa tiene cuatro patas. Mi cabecita explotaba de la impresión. El cuatro, según mi lectura, era el número de la naturaleza, de las estaciones, de los puntos cardinales. También era el número de la muerte, por su correspondencia con el fonema de la palabra muerte en japonés. Me apropié de este número y de su cuadratura durante la secundaria. Luego sumaba los números que resultaban de mi nombre simplificado: colocas un número en cada letra del alfabeto, siendo la A el 1, la B el 2 y así sucesivamente. El resultado me deba el portentoso número 1. El diccionario decía que, por lo tanto, estaba destinada a la grandeza. Si sumaba todas las letras de mi nombre completo, me daba el 9, que significaba el camino del místico iluminado. Yo anotaba todo esto, azorada, en mi libreta de matemáticas, en lugar de atender las clases de cómo hacer un ecuación de segundo grado.

Cabe destacar: soy malísima en las ciencias exactas. Como el pajarito ese que dice: El riesgo que tomé fue calculado pero, dios, soy malo en matemáticas.

Nuestro cerebro está hecho para reconocer patrones, porque esto asegura nuestra supervivencia. En el bosque de signos y significados en el que habita mi mente, sobrevivo de la cantidad de endorfinas que libero al sumar los números que resultan del nombre de mi persona predilecta. A veces es el 4 o el 9. Me emociono si hay correspondencia. A veces resulta un 8 o un 3. Y sumo en mi cabeza, como tonta: “Si yo soy un 4 y esa otra persona es un 3, entonces resultamos en un 7, que es el número de la magos y las brujas. Eso quiere decir que somos almas gemelas, estoy segura”.

Más delante, en preparatoria, la cosa había evolucionado en un cerebro entrenado para sacar números de gestos, de metros recorridos, o de miradas compartidas. En la universidad, pasé al mundo de la geometría, al conectar puntos de la ciudad con una regla precisa que me indicaba que mi deseo tenía la forma de un hexágono irregular. Veía constelaciones en las calles, formaba triángulos en los lunares de las caras, comparaba la sonoridad fonológica de los apellidos. Me gustaba hacer cosas los días 16 y los 23 (que son 7 y 5, que son 12, que da un 3) porque siempre están juntos en el calendarios, uno encima del otro. Me gustaban los febreros que empezaban en domingo por su simetría. Me gustaban las colonias que numeraban sus casas de manera sensible, del 1 al infinito, números pares de un lado, números nones del otro. Encontré alivio en la supuesta seguridad que me daba algo que nadie podía negar: la simple aritmética de la vida. Si todo era tan fácil como agregar y substraer números del 1 al 9, entonces no había ningún secreto para mí. A los 18 años, entonces, era la Alquimista más improbable del siglo XXI.

El Paisaje con la caída de Ícaro, Pieter Bruegel, el viejo. O como lo conozco: mi peor enemigo.

La fecha de mi cumpleaños, claro, me parecía fabuloso en sus múltiples sietes que podía resultar de los números, o por la contundencia del 5 en el día, por el filo del 3 al final del año, por la redondez y calma del 2 del chiquito febrero.

Como se pueden imaginar, es cansado existir de tal manera. Mi obsesión por aquella antaña cuadratura, ponía en jaque el natural suceso de las cosas. Quiero decir, tendemos al caos. Somos entrópicos por diseño, por lo que mi cábala de niña no tiene cabida en el gran teatro del Universo y todos mis intentos por interpretar cualquier cosa acaban pulverizados. ¡Vaya sorpresa!

Me río ahora, pero hace unos años esto era una realización dolorosa para mí. Si la magia no es real, entonces ¿cuál es el punto?

A pesar de todo, hoy cumplo 26 años. Hace un año (pues cumplía 25 en el 25) saboreaba una promesa que intuía en esta simetría. Fallé espectacularmente en mis portentosos designios, como el Paisaje con la caída de Ícaro de Bruegel. Directo hacia el agua y sin hacer mucho ruido en el planeta. Así cumplimos años todos: a partir de nuestro escandaloso nacimiento, sólo nos damos cuenta de aquello por las extremidades convulsas que crecen, por la estela de plumas que dejamos detrás. No hay matemáticas para explicar el porque existe la indiferencia, el porque no podemos descifrar nada acerca de nosotros mismos y los demás, o de cómo es que podemos sobrevivir esto (hago un movimiento con las manos, con el que intento abarcar todo lo que me rodea).

En año nuevo, me declaraba libre, por fin, de la adicción a la numerología. Me ponía a la merced de lo incontrolable como debí haber hecho a los 15, en vestido rosa de tafeta, en lugar de postrarme en un banquito de madera y anunciar inmortalidad. Como dice Glück de Agamenón: “he was a fool, thinking│it could be controlled. He should have said│I have nothing, I am at your mercy.”

Feliz cumpleaños, Sara Andrade. You’re a number-loving fool. Todo te sorprende todo el tiempo, nada tienes definido. Las cartas señalan el dos de espadas (tus amigas te dicen “escritora sin rumbo”; no por estar perdida, sino por trazarlo mientras andas) y el Universo insiste en el hálito azulado de la montaña lejana: What do we have to appease the great forces?

Yo tengo esto: palabras sin números, días y días, ciudades sin formas (como la constelación azarosa que es Zacatecas). Mi deseo al soplar las velas: más luz.

La negligencia de “estar bien”

Estaba viendo un documental de Vice absurdo: al parecer hay familias conservadoras de California que detestan vivir en ese “agujero liberal” y han contactado a empresas que se dedican a recolocar a estas familias en vecindarios “realmente americanos”. La gran mayoría acaban mudándose a Texas, por supuesto. Uno de los comentarios en el video de YouTube era que “estadísticamente, están en lo correcto: rodearse de personas que piensan igual que nosotros acrecenta nuestra felicidad. Por otra parte, esto acabará separando al país”.

Estaba viendo eso, mientras me comía a cucharadas mi smoothie bowl de frutos rojos y guayaba, a un lado de mis gatas. Mediodía, silencio absoluto en la casa, no me he quitado la pijama (que siempre es un par de leggings y una sudadera) y no planeo hacerlo en todo el día. En los comentarios de este video, la queja principal es la siguiente: LOS SAFE SPACES SON PARA MARICAS. Lo leo un poco preocupada, viendo a mis gatas, a mis pies sin calcetas. Sé que todo aquello tiene que ver con una postura política muy gringa, con el reciente cambio en la balanza del discurso (reduccionista, a mi parecer) de liberal-conservador y a la tendencia imposiblemente humana de separarse en categorías. Sé que no me afecta a mí, pero al mismo tiempo sé que lo hace de manera muy real.

El asunto comienza dónde siempre (o bueno, desde hace 2 años): mi trabajo es insatisfactorio, por decirlo de manera amable. Quizá excluyendo mi tiempo haciendo debates (por lo menos tenía compañeros de mi edad), todos los empleos que he tenido en mi cuarto de siglo han sido terribles, deprimentes y tediosos. La particularidad del actual es que, en una serie de acontecimientos fuera de mi control, hago home office. Y lo hago endemoniadamente bien.

El chongo despeinado es esencial para el home office.

Me levanto a las 8 de la mañana, prendo la computadora y comienzo a trabajar antes de que las gatas me pidan comida o agua. Edito boletines o corrijo códigos html envuelta en la cobija que me tejió mi tía. A mediodía bajo a mi casa a desayunar. Recibo llamadas, mando mensajes, termino mi carga del día y hago la comida junto con mi mamá. A veces salgo a hacer otras cosas (brunchear con mis amigas, lidiar con el SAT, comprar más leche vegetal) o a veces me quedo a gustito en mi cama hasta bien entradas las 3 de la tarde. Cada tercer día, sin embargo, impelida por un gran sentimiento de justicia, voy a la oficina de mis superiores a pedir (una vez más) mi escritorio y mi silla. Negocio: “La computadora la pongo yo, sólo quiero un lugar”. Responden, inexorables: “Estamos trabajando; danos unos día”. Los días se han convertido en 4 meses de trabajar desde mi casa. Muchos me han dicho que es la mejor de las posibilidades y no lo niego. Mi cuarto al amanecer es mi safe space. Me aterra pensar en perder la oportunidad de continuar mi trabajo y de perder mi tiempo en una oficina fría y lejos de rica y nutritiva comida. No me gusta pensar en que no podré hacer yoga a las 2 de la tarde porque voy a estar 30 minutos lejos de mi tapete y de la conexión libre de Internet.

La Sara Andrade de hace 6 meses habría hecho lo posible por mantenerse en ese espacio (la llamada zona de confort) como en una especie de retribución al universo por haberme hecho sufrir tanto. “Merezco este tiempo de paz, idiotas”, diría.

Sin embargo, no es justo.

No es justo para mí estar en una posición de home office porque mis empleadores no pueden darme lo básico para trabajar (o el tiempo suficiente como para sentarme frente a ellos y quejarme A GRITOS). Estoy gastando mis propios recursos para quedar bien, e incluso el tiempo y recursos de otras personas. Es irrisoria la situación. A pesar de que en mi calidad de “aviadora funcional” las cosas me vayan medianamente bien, a mi no me sienta bien. Entran en juego algo que se llama respeto y dignidad en esta decisión.

Pienso en las otras muchas cosas en las que soy negligente, creyendo que lo que más importa es que “me siento bien” y no tanto el “si esto es justo para mí”. Por ejemplo, mi salud mental y física. El beber cerveza como maníaca para detener un poco el influjo de pensamientos coherentes (y, oh, las Navidades fueron testigos de mi negligencia) y acrecentar el dolor de barriga. Ahora, a pesar de que la extraño tanto, he dejado de tomarla. He dejado el azúcar y las harinas refinadas (¡dejaría mi estómago de ser millenial intolerante al gluten!) y ahora consumo los tan vilipendiados smoothies de plátano con cacao y los avocado toast como si en eso se me diera la vida. ¡Y quizá sí! Entre el yoga y las caminatas al cerro y el darle besitos a mis gatas y en desearles cosas buenas a mis amigos y dejar de desear mi propia muerte he encontrado una paz inusitada. Como una calma no resignada, una tranquilidad más bien ganada a pulso. Estar bien porque me he esforzado en estar bien, porque me he esforzado en que mi tripa deje de doler, en dejar de llorar a medianoche, en dejar de encerrarme en los mismos hábitos y espacios, creyendo que habitar el safe space de la inactividad no me ha afectado en absoluto.

Aquí algunas de mis actividades para el wellness:

No me esfuerzo demasiado, claro. Sigo siendo yo, después de todo, y a veces le muerdo violentamente a un bolillo y a veces me como un chocolate lleno de azúcar. O a veces me siento a pudrir neuronas viendo videos de Vice o de cómo ganar 7,000 dólares al mes haciendo YouTube, o compilaciones de recetas de Tasty. Ya saben, tomarse las cosas no tan en serio, dar entrada a lo ridículo de vivir. Y me digo frente al espejo: “Debo cuidarme la panza y el corazón, y dejar de ser negligente como las familias republicanas de Los Ángeles mudándose al centro de Texas para poder blandir una AK47 en el Walmart local con total libertad”.

Después de todo, tenemos altas y bajas; es lo más normal.

Canción de la semana: Andromeda, de Weyes Blood

(se pronuncia GÜAIS BLOOD lol)

Los sorprendentes resultados: acerca de la memoria

Diana y yo íbamos de camino a Guanajuato, para visitar a Karen que estaba participando en el Verano de la Ciencia en Irapuato. Me tomé la libertad de usar un cheque de mi beca (lo siento mucho, dioses de las becas) y partimos temprano hacia la capital, para luego de ahí irnos a Irapuato. Nunca habíamos viajado solas y juntas. Teníamos listas nuestros playlists para los viajes en camión. Diana tenía descargados varios podcasts de RadioLab. Escuchamos uno del proceso creativo de un músico, otro acerca del autismo y uno sobre la memoria. Éste último hablaba sobre el Alzheimer y sobre un compositor que al intentar remasterizar un antiguo casette descubrió que, poco a poco, ésta se desintegraba. Pitchfork lo explica de mejor manera:

En un estado saludable, la cinta analógica es de marrón pálido, que es el color de la grabación de audio magnético que contiene. En 2001, William Basinski, buscando digitalizar una colección de antiguas cintas que había creado con música easy-listening, descubrió que la cinta comenzaba a flaquear un poco mientras la tocaba, como si se pelará la pintura. Al tocar los bucles repetidamente, estos comenzaron a perder su composición hasta que la cinta se desintegró. Lo que comienza como un fragmento de una trompeta, eventualmente se degrada en una pálida imitación, como si hubiera producido una composición y luego, inmediatamente después, se tocara su memoria desvanecida.

The Disintegration Loops son inmensamente largos (la primera de sus cuatro partes dura más de una hora), que están compuestos de fragmentos repetidos a veces tan cortos como cinco o 10 segundos. En el transcurso de ese gigantesco tiempo de ejecución, escuchas que la pieza se derrumba, literalmente. “Estoy grabando la vida y la muerte de una melodía”, dijo Basinski en una entrevista de Radiolab en 2011. “Simplemente me hizo pensar en los seres humanos, ya sabes, y en cómo morimos”. Los misterios de la vida y la muerte son quizás una pregunta demasiado grande para ser contestada por el dron de cinta, y Basinski no lo intenta. Su pieza es bella y triste, temporal e infinita; sus cambios son imperceptibles, pero siempre presentes. Suena como el viento, como el cuerno de un barco que se escucha en la distancia cuando se pierde en el mar, de camino a rescatarte o a pasarte. (Seguir leyendo aquí).

Recuerdo de vez en cuando la sensación que nos produjo enterarnos de eso. Fue una confrontación muy clara con la temporalidad de las cosas; como tener frente a nosotras La Respuesta y no poderla verla de frente, porque (como se nos había advertido) es una visión aterradora. Nacemos para morir y cada día que vivimos, olvidamos algo. Damos círculos en nuestra pequeña esfera de significados, y esta poco a poco se desgasta. Llegamos al final de esta, no porque cerremos una figura geométrica de perfecta simetría. Simplemente paramos, como una canción que se interrumpe un segundo antes de terminar.

Varios músicos tomaron esa misma idea (la de la memoria que persiste a pesar del tiempo, pero que finalmente sucumbe ante la nada) y un puñado de artistas publican sus mixes bajo el subgénero del ambiente que alguien nombró “hauntology”.

Creánlo o no, es algo que me pasa al ver mi perfil de Instagram.

Puedo ver una línea muy clara, que muta constantemente, entre las cosas que reconozco como cercanas, mías todavía, y entre las que ya no me pertenecen del todo, porque ya pasaron a formar parte de un orden diferente. Ahora mismo, si abro la aplicación, las cosas comienzan a difuminarse antes de Italia. Parece tanto tiempo, a pesar de que sólo han pasado 6 meses, y al ver mi cara, no me reconozco del todo (eh, que todo eso del copete Copérnico fue un error, producto de mi triste corazón).

No he borrado mis cuentas pasadas de Instagram. La primera (Quintaesencias) guarda mi cara del 2014. La segunda (hagiografia) contiene mi cara del 2015. La tercera (janegayre), del 2016. Y la de ahora (sputnik.an, la que más ha durado), mis caras del 2017 y toda esta mitad del 2018. Abro esas cuantas de vez en cuando, y casi puedo sentir olores o sabores increíblemente específicos. Abro hagiografia, por ejemplo, y una foto que tengo de cuando estaba escribiendo Orquídea de supermercado. Recuerdo vívidamente el olor de la lluvia (Facebook hace poco me recordó que publiqué en mayo, casi asustada: “¿No creen que no ha dejado de llover?”) y la sensación de darle la espalda a la puerta de mi cuarto, porque acababa de acomodar un escritorio, que nadie usaba, entre mi cama y mis libros.

No recuerdo, sin embargo, nada de esos flashazos significativos que nos electrizan cuando salimos del baño y que decimos, iluminados: “¡He aquí la más absoluta de las verdades!”. Sé que las tuve. Sé que todas esas pequeñas experiencias que documenté en Instagram desde el 2014 forman parte integral de lo que yo, a mediados del 2018, intento dilucidar.

En secundaria, mi mamá me compró un perfume Anaïs-Anaïs. Por la misma fecha, mi papá me compró un disco de éxitos de Los Beatles. Entre fragancia y canciones, una quedó mezclada con la otra. Ahora, cada vez que escucho Anna (Go To Him) o Chains, recuerdo el olor a las miles de flores que evoca el aroma. Me pasa lo mismo con las canciones de Air de Las Vírgenes Suicidas y el helado de queso, o el soundtrack del juego de PC de Harry Potter y la Cámara Secreta y la luz del atardecer que se filtra por las ventanas de mi casa, cuando estoy sola.

La relatividad de nuestra memoria se vuelve patente en momentos de crisis. Vivimos cada segundo con intensidad y sobrevivimos el ojo del huracán sólo para no recordarlo justo en el segundo en que salimos de éste. En cambio, recordamos con absoluta claridad momentos aleatorios, como la vez que decidimos que, de andar por una banqueta, jamás pisaríamos la línea amarilla, y que seguimos repitiendo, como obedeciendo una ley punible, a pesar de que no tienen ningún sentido. O el aroma de las flores que nuestra maestra en primaria puso el Día del Maestro o cómo nos sentimos de avergonzados cuando alguien nos descubrió en nuestra mentira blanca del día.

El hecho de que no soy más que memoria (como también hace patente la película 50 First Days) me atormenta más de lo que me concilia. Sobre todo porque me jactó de tener la peor memoria. Quizá, por esa razón, decidí abandonar la tediosa costumbre que tenía de cerrar todas mis redes sociales cada año, como en una especie de purificación azteca, intentando renovarme, salir de la cáscara, ver escamas nuevas, contemplar el vacío que he dejado detrás y andar sobre de él, imaginando esta u otra cosa, sin querer asimilar nunca la verdad. No es una forma honesta de vivir. Es escoger entre pedregullos o montañas. ¿Quién puede decir que una u otra cosa es más importante?

Escribí en uno de mis diarios, hace mucho:

Pensé: Qué hermoso es ser así como él. Crear experiencias significativas a cada paso. Caminar y plantar bien los pies. Dejar marca. Qué hermoso recordar fechas y rostros y el movimiento exacto de los labios de las personas cuando pronunciaron algo digno de citar. ¡Cuánto he aprendido de él! Ya no vivo en la vaguedad de la niebla matutina. Tengo un nombre y un pasado. Recojo con las manos las pepitas de oro que antes me negaba a tomar, excusando que en el camino hay que ir lo más ligero posible. Qué hermoso ir cargado de deliciosas cargas. Qué hermoso es estar presente.

Pensé en cómo lo hacía yo, sin embargo. No dejo marca, pensé. No es lo que hago. Camino ligera y me esfuerzo en no salir en las fotos. No quiero que nadie saque un álbum y me señale la cara mal enfocada y diga: “Mira, qué recuerdos”. No sé que hice hace dos años en el día de las madres. No sé que dicen las personas cuando abren las bocas. Todo se disuelve perfectamente como una nube en junio. Tengo tantos nombres y muchos futuros posibles. No recojo pepitas: tamizo con esfuerzo lo que me presenta el camino y dejo colar lo que no tiene un tamaño considerable. Me interesan las montañas porque no las puedo perder y porque, en realidad, no me pertenecen del todo. Son parte de algo más grande, de un orden superior.

Son dos maneras de enfrentarse al mundo: él recoge tantas cosas brillantes a lo largo de su tránsito y las guarda con esmero. Se hace pesado en ocasiones. Hay veces en que tiene que detenerse para darse un respiro. Le duele la cantidad de cosas que pueden existir. Yo, por otro lado, me esmero en no tener nada más que aquello que transforma geografías. Los accidentes topográficos de tal envergadura no aparecen todo el tiempo: mi destino es el de estar sola en el valle que resulta de aquel desplazamiento tectónico. Aprendimos de esto, queramos o no. Aprendimos a ser felices con nuestros recursos.

Me encuentro feliz de mis decisiones. De recrearme cada que abro el Instagram y me pregunto, con absoluta curiosidad: ¿Pero quién diablos es esa persona? y de luego encontrar, en los pequeños detalles, las razones de porqué estoy en donde estoy. Como diría Jenny Holzer “Vivimos los sorprendentes resultados de viejos planes”. Y así, y así, hasta que dejemos de sonar.

you live the surprise results of old plans

De las carreteras temprano en la mañana

Sin planearlo, me he encontrado en el asiento del copiloto durante estos meses. No es un lugar en el que yo haya imaginado ser presa de importantes disquisiciones. La más importante de estas es: ¿por qué no he aprendido a manejar? El asunto es que sí sé, pero comodina como soy, prefiero ir en el asiento de copiloto, y dedicarme a pensar. O como la canción de Courtney Barnett: A veces sentarme y pensar, y a veces sólo sentarme.

Aunque no todos mis viajes han sido como copiloto. He viajado todo el mes a lo ancho y lo largo del estado, desde mediados de mayo, para concretar y realizar debates. Para eso me contrataron en el Instituto Electoral. Una vez concluido mi contrato, analizo, deberé buscar las formas de seguir viajando, pues a pesar de la extenuación propia del cuerpo que pasa seis horas en el espacio reducido del asiento de un Express, le he tomado gusto.

El 22 de mayo escribí en mis notas del celular:

¿Extraña el cerro partido la ausencia de la roca? ¿De sí misma? El camino en carretera sólo es soportable porque sabemos que continúa. ¿Quién tiene la valentía de abrirse paso en el camino no explorado?

Hay un tramo peculiar de camino a Río Grande que me hizo escribir esto. Subes una colina, después de Fresnillo y se puede notar, kilómetros atrás, la precisión matemática con la que se cercenó el  cerro para hacer la pendiente menos pronunciada. Andamos 100 kilómetros al día, del punto A al  punto B, y me atenaza la ansiedad al imaginarme a una sola persona, apisonando la tierra roja para hacer la carretera. La incomodidad se disipa cuando vamos hacia Jalpa o a Monte Escobedo y me sorprende, como un codazo en las costillas, lo impresionante que es la sierra lejana y la hondonada reverdecida.

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Este último mes viajamos a distintos municipios para concretar debates entre candidatos. Cuando me dijeron que íbamos a Juan Aldama, yo tuve que checar un par de veces el mapa de Zacatecas porque no tenía la menor idea de si teníamos que “subir” o “bajar”. Lo mismo me pasó con Villa de Cos, Valparaíso y Jalpa. “¿Está en la patita?”, preguntaba confundida. “¿O tenemos que ir para la cabeza?”. Estado en forma de anciano que anda. Hoy me doy cuenta de que no tengo la menor idea de en qué lugar vivo.

Desde el carro, me siento presa de una culpabilidad que quiero reconocer lo más pronto posible. Les digo a todos: “No puedo creer que yo pensaba que Zacatecas era feo con ganas”. Lo mismo decía visitando las cabeceras municipales. O comiendo al alguna marisquería, sorprendida y molesta ante mi propio esnobismo. ¡Cómo si la belleza se concentrara únicamente en las capitales administrativas!

Para viajar en carretera, la hora ideal es temprano en la mañana cuando el sol no ha salido por completo y los cerros siguen humedecidos por el rocío. Yo salía de mi casa a las 7 de la mañana y a las ocho ya estábamos en Jerez o en Fresnillo, mirando la señalética verde bandera, preguntándonos en cuánto tiempo llegaríamos a tal o tal lugar, planeando qué comer y a qué hora, apostando en que si habría letras coloridas en la plaza principal, deletreando el nombre del lugar.

A veces, consideré seriamente lo de ahorrar mi dinero en un futuro no muy lejano, vender mi hipotética casa y mi hipotético carro y comprar un terrero en alguna esquina perdida. Tener una docena de vacas, plantar chile, vivir sin cable, sin internet; levantarme con las primeras luces de sol y sólo viajar al pueblo más cercano ṕara lo indispensable.  Todas esas cosas que piensas solamente, como posibilidades reales y tangibles, cuando estás a 2 horas de camino de tu destino. ¿Qué tiene de malo dejarlo todo, te dices cuando miras a la distancia, y cavar un hoyo en medio del campo agreste, el que no ha sido usado para la agricultura o la ganadería? Imagino cómo escabullirme del trabajo. Fingir que tengo que ir al baño y salirme del Consejo Municipal Electoral y correr un par de horas, hasta que deje de ver casas y luces, encontrar un hueco entre una piedra y un matorral, y enterrarme ahí, como un topo.

Todas esas ideas se disipan cuando llego en la noche a mi casa, a mi cama, y recuerdo todos mis planes, todas las cosas que quiero escribir y todos los lugares que quiero habitar (entre los que se encuentra, claro, el hoyo en la tierra) y vuelvo a pensar con deleite en los caminos que he recorrido y que quiero recorrer.

Junto con estos viajes, descubrí a Niña Tormenta y se volvió el soundtrack indiscutible de los cerros zacatecanos. Vayan y escúchenla.

❈ ¿Cómo dices que te llamas? ❈

A los 11 años yo era todo menos yo.

Me acuerdo mucho de El Caballero Inexistente, de Italo Calvino, específicamente de Gurdulú, el vagabundo y loco del pueblo que se cree que es todo con lo que interactúa. Si ve un árbol, un árbol será, si ve un cuenco de agua, o un perro, o una lanza presta a atacar, también. Nunca vacío, siempre henchido de significado.

Entre cuarto de primaria y segundo de secundaria, yo era un Gurdulú de experta manufactura. No había más que ponerme el libro o la serie o la película enfrente para yo mimetizarme con aquel producto creativo. Incluso con conceptos abstractos que no comprendía completamente: el corazón rodeado de espinas del Sagrado Corazón, el color naranja, la liminalidad de los aeropuertos vacíos. Ya saben: esa sensación confusa pero certera de que algún engranaje en ti –grande o pequeño– cambió para siempre.

A los 11 años, también, yo ya era una experta en el teclado QWERTY y era de las pocas en mi salón de clases con un correo electrónico funcional. El mío: scabbers. Compuesto de mis iniciales SCAB y mi amor intenso y profundo por Harry Potter, así que Scabbers, a pesar de que fuer el nombre de la rata-animago-mortífago de Peter Pettigrew. En el momento decisivo de escoger mi nombre en la antíquisima página de hotmail, mi madurez triunfó: yo sé que pude escoger algo más ~quirky~ como “sara_lovegood” “jkrmidiosa”, pero sabía que parece aquel remoto 2003 nadie tenía scabbers como nombre de mail y me apropié de ese nombre.

Lo primero que hice con ese correo fue integrarme como miembro activo a HarryLatino. Por aquel tiempo, mi mamá y yo pasábamos horas en la computadora viendo la página de JKRowling.com, que en aquel entonces era una experiencia maravillosa: la página principal era el escritorio desordenado de Jotacá con diversos objetos interactivos: una goma, la pluma, una liga para el cabello, una envoltura de chicle de menta. Podía acceder a su biblioteca, a la zona de noticias, al pizarrón de corcho (en el que había un radio que tocaba canciones de Las Brujas de Macbeth) y un pasillo con una puerta y un espejo al fondo, en el que en ocasiones especiales, Jotacá posteaba noticias de los libros. Si esperabas 10 minutos en la página, Peeves volaba todo del escritorio y podías encontrar dibujos antaños de Dean Thomas o Hagrid. ¡Dios! Aquella página era pura magia.

Para ese tiempo mi mamá también me presentó el primer fic que leí en mi vida. Una historia de 7 cuartillas de una muchacha que conoce a Snape en el tren a Hogwarts. Mi mamá me dijo: Podrías escribir tu propia historia. Yo, asustada, pensé que no podía mancillar el trabajo de mi heroína personal. Más tarde, demasiado envalentonada, decidí escribir el primer capítulo de La Orden del Fénix (que empezaba con que Cho Chang le mandaba una carta a Harry y él no la leía y los Dursley se iban a un concurso de pays y Sirius recogía a Harry para llevárselo a la Madriguera). Sólo puedo decir que 1) gracias a Dios que eso desapareció del universo y 2) ¿por qué siempre quiero escribir un montón?

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Lo que pasó primero es que en HarryLatino descubrí Potterfic, el foro y el chat de rol. Estos espacios fueron esenciales en mi crecimiento y lo digo sin exagerar. En Potterfic descubrí desde estructura literaria y suspenso ficcional hasta partes del cuerpo y su extraño funcionamiento. En el foro descubrí la gastritis inducida por el estrés ante los spoilers. En el chat de rol, por otra parte, aprendí a escribir sin ver el teclado y la esencia más profunda de mí misma. En aquel entonces, el chat de rol de HL era una pantalla verde con todos los esenciales: una columna donde podías ver quién o quién no estaba en el chat, el recuadro de las conversaciones, y el cuadro de texto en el que escribías y donde también había emoticones simples.

Para los menos enterados, me revelo: el chat de rol, como su nombre lo dice, es tomar un rol de tal o tal obra creativa y jugar con otros a que estamos en aquel mundo. En HL, normalmente, todos íbamos a Hogwarts y éramos estudiantes. Así que entrabas al chat e iniciabas la conversación con algo como:

tunombreñoño: *salgo del castillo y me siento abajo de un árbol* ugh estoy aburrida
elnombreñoñodeotrotip@: *llego con tunombreñoño y me siento a su lado* hey hola quieres ir a cazar ardillas mutantes al bosque prohibido?
tunombreñoño: *me paro y saco mi varita* vamos!! 🙂

Juro que era súper divertido.

Inocente yo, entré bajo el nombre de scabbers sólo para descubrir que los populares (y muy españoles) “hermione_granger” y “potter17” se burlaban de mí por haber escogido tan ridículo nombre. Me salí del chat y volví bajo el elegante nombre de katrina_black y la gente comenzó a respetarme un poco más, hasta que en una de nuestras usuales peleas de rol alguien me llamó “¡letrina black!” y yo, a mis inocentes 12 años, volví a salir del chat, busqué el significado de letrina y regresé, furiosa, en forma de un ominoso “.” y pasé días enteros aterrorizando a mis congéneres, que llamaron a aquel ataque “La Ira del Puntito”. Cambié mi nombre después por Lillian_Catweller, en miras de crear un personaje original, pero tampoco fue bien recibido.

Mi primera crisis de nombre comenzó ahí: si no era una rata, o miembro de la familia Black o incluso una bruja de cabello rojo y naranja (según los dibujos que Karen hacía en las partes traseras de nuestros cuadernos de secundaria), si ni siquiera era un puntito, entonces, ¿quién era yo?

Fue potter17 o king0weasley quienes me mostaron la amplia puerta del MSN (cuando platicaba con hermione_granger y se despedían diciendo: eh, a la misma hora en msn tío?) y logré que mis amigos niña_oscura y uriel-el-mago me agregaran y pasáramos del lúdico chat a las amistades a distancia en línea, con todo y zumbidos.

A lo que voy es que fue en esa preciosa época, en aquellos neblinosos años del AOL en disco e Internet que obstruía las llamadas vespertinas entre tías, en la que yo comencé mi ardua tarea de saber cómo diablos llamarme en la web. Y me refiero a un NOMBRE. Eterno y poderoso. Como el que escogían las monjitas de mi escuela, con el que sacralizaban el resto de sus vidas.

Mi nombre, Sara Andrade, estaba fuera de cuestión. ¿Quién diablos va y se hunde en las aguas profundas del internet para quedarse con lo que el acta de nacimiento dicta? Yo no.

Luego del intento fallido de scabbers, me decanté por la otra de mis grandes pasiones: la literatura. Luego de Harry Potter, leí a Chaucer y a María de Francia como si aquello fuera muy sencillo. Recuerdo haber sido, por un par de meses, “excalibur” y “ginebra12”. Recuerdo también haber leído un libro de Hechizos y pociones con Karen. En secundaria, impelidas por nuestra obsesión, intentábamos todos los métodos para ser mágicas: en nuestra iniciación wicca, ella y yo escogimos nuestros nombres. El mío fue Minerva. La efervescencia duró un par de semanas.

Luego, entrando a la prepa, recogí los libros que mi abuela, oh, gran sabia de la lectura, tiraba porque no le habían gustado o le habían parecido una perdida de tiempo. Tomé Al oeste del sol, al sur de la frontera y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Murakami. Yo, caí rendida. Mi abuela, inmutable, me ofreció su reseña: “Están muy bien y todo, pero eso de que se mete a un pozo y eso… ya fue mucha locura”. En Metroflog yo me llamaba Scabbers (todavía dispuesta a no dejar morir ese nombre), pero pronto cambié el nombre por “PajaroQueDaCuerda” y luego por “Philia_”, por la película japonesa, All About Lily Chou-Chou.

En prepa, por ahí del 2009, acabé leyendo Sputnik, mi amor. Para ese tiempo, mi hermana y yo estábamos bastante inmersas en nuestra etapa weaboo japonesa, ella con Perfume (una banda de morritas cantoras) y yo con Murakami. En ese año fue cuando abrimos Tumblr y, claro, mi primer user fue “pajaroquedacuerda”. Y como Tumblr permite cambio ilimitados en el user, yo comencé una nueva exploración.

Luego de pajaroquedacuerda fui:

  • eyeslikepleiades (porque estaba traumada con las Pléyades)
  • pleaidism
  • quintaesencias (otra influencia medieval)
  • locutio (cuando tuve latín)
  • sputnikshine (que ahora es el nombre de mi correo de gmail)
  • sppputnik
  • bradamant (luego de leer el Orlando Furioso)
  • hagiografia (por los santos)
  • jehannedarcs (por Juanita de Arco)
  • janegayre (de la que estoy muy orgullosa)
  • y ahora, finalmente, sputnikan, que combina Sputnik y el “An” de Andrade.

Sputnik triunfó al final. Yo sé que es un nombre más bien común. Muchas personas me han preguntado: “Oye, ¿entonces eres la Sputnik de los memes literarios?” o “¿Eres Sputnik, la de youtube?”. Dios nos ampare. Con que no nos caiga la maldición del copyright murakamiano, yo y el cientos de chicas que se hacen llamar Sputnik estaremos a salvo.

Pero este es el nombre que escogí para mí, y he decidido que irá por delante de mí, en todas mis aventuras por el Internet. Me acuerdo mucho de la frase de Sputnik, mi amor que me hizo considerar nombrarme como Sumire:

-Tengo la cabeza atiborrada de cosas que quiero escribir. Como un granero atestado de cualquier manera -me dijo Sumire-. Imágenes, escenas, retazos de palabras, figuras humanas… Están llenos de vida dentro de mi cabeza, lanzando destellos cegadores. Y oigo cómo gritan: “¡Escribe!”. Pienso que de ahí tendría que surgir una gran historia. Tengo la impresión de que van a conducirme a algún lugar nuevo. Pero, llegado el momento, cuando me siento frente a la mesa e intento traducirlos en palabras, me doy cuenta de que se pierde algo vital. El cuarzo no cristaliza, todo queda en pedruscos. Y yo no llego a ninguna parte

Recuerdo haber estado leyendo y pensar que era algo que me sucedía de manera constante (y que me sigue sucediendo) y sentir una opresión en el pecho: no quería acabar como Sumire, perdida entre las rocas griegas de una isla en medio de la nada, sin la posibilidad de escribir nada más. Sentía ese destino como ominoso, cercano y posible. Como el propio satélite: “Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa”.

Pero yo quiero una palabra y necesito una promesa. Anclarme. Estar presente. Si era yo una nube perdida, el azul de las irregularidades lejanas en el horizonte, ahora quiero ser tan patente como el hígado rocoso de La Bufa. Necesito recrearme a mí misma, en cantera o en palabras. En palabras más simples: esta es mi marca.

Sputnikan. Sara Andrade. Es lo mismo.

Mucho gusto.

(Pero no te doy un beso en la mejilla, porque eso es horroroso).

 

Del {des}encanto

Entre los 16 y 19 años sufrí de un extraño ataque de ansiedad que me impedía salir de mi habitación en la noche. Me despertaba a las 3 de la mañana presa de dolor chillante en la vejiga, o con una sed atroz. Sudorosa y con las ideas poco claras, me sentaba en mi cama para mirar la puerta oscurecida de mi cuarto. Ahí era donde empezaban los problemas.

Del otro lado de la puerta todas las más siniestras posibilidades se gestaban. Un asesino en serie, psicótico, dispuesto a rebanarme en dos, una muñeca de porcelana con pequeños ojos rojos, un alien rabioso o un bicho intergaláctico del tamaño de la puerta. Una junta de duendes o mi perro poseído, flotando por la sala de la televisión. Lo que fuera, pero algo tan imposiblemente espantoso que mi mano se quedaba a unos centímetros de la manija de la puerta, y yo sin atreverme a salir al baño o la cocina por agua. Tenía que debatirme durante una hora. Prendía la luz, tomaba mi celular, me ponía los zapatos y contaba hasta tres; me volvía a meter a la cama y volvía a hacerlo todo de nuevo, volví a contar hasta tres antes de abrir la puerta, dispuesta a morir o a matar, para enfrentar lo que viniera.

El resultado, siempre, SIEMPRE, era la anodina oscuridad de mi casa a las 4 de la mañana. Bajaba como un rayo por un vaso de agua o hacer pipí y me volvía a meter en las cobijas, sintiéndome realmente tonta, y quizá un poco decepcionada, porque por supuesto que NADA se iría a aparecer, qué estaba pensando, los fantasmas victorianos no son reales, Sonny realmente no es un ser maligno, oh ho ho¡Qué tonta yo!

El terror volvía a tomar su lugar usual la noche siguiente.

El asunto es que luego de un par de años de expectativa y de decepción, la cosa comenzó a perder su encanto. Parecía que incluso La Ansiedad™ se daba por vencida, como si existiera realmente un límite para creer que dentro de la oscuridad de mi casa existía un peligro.

Recuerdo claramente, una noche cualquiera, estar sentada en las escaleras de mi casa, a oscuras, luego de salir por agua, pensando en si debía ponerme un pantalón o un vestido al día siguiente y percatarme, de repente, que estaba ahí. Fue como “Oh, ya. Es que le tengo miedo a la oscuridad 😐”.

No es algo que me gusta experimentar. Me siento traicionada por la vida. No es que me enoje, como dicen los papás, es que me decepciona bastante el hecho de que no existan los monstruos y tenga que enfrentarme a esta vida aburrida. La única particularidad de la noche es que El Sol está en Australia y no podemos ver tan bien el suelo en el que caminamos.

Me ha sucedido, como a todas las personas, desde muy chica. Mi problema es que siempre me toma por sorpresa.

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“Nunca tan bueno”

Siento que no he entendido que las cosas no son tan espectaculares o únicas o hermosas como creo que sean. Craso error. Si en literatura, creer a primera vista lo que leemos es la “suspensión de la incredulidad”, el make-believe de la vida diaria posee las mismas características áreas del pacto ficcional. Hay que elevarse por el aire, como haría mi perro si realmente estuviera poseído, y dejarse llevar ante la cara brillante de la existencia y apreciarla sólo por encimita. Como ver El Vestido™ y creer que es blanco y dorado.

El desencanto, la caída más atroz e inevitable de todas. ¡Plop! Directo y sin escalas a la cruda realidad.

De las {orquídeas}

Hablando un poco del génesis de mi libro que está a punto de publicarse (por las manos santas del equipo de Texere), el desencanto es unos de los punto focales. Recuerdo estar frente al computador, en mi eterno zapping de Wikipedia, y leer, bastante sorprendida, que el mercado de las orquídeas se había devaluado luego de que Walmart y otras tiendas departamentales parecidas lograrán hacerlas crecer en invernaderos de su propiedad. Antes, explicaba un artículo, sólo se podían encontrar en las profundidades de selvas amazónicas o de China; muchos pequeños productos sobrevivían de la venta de las flores. Finalmente, la locura por las orquídeas disminuiría con rapidez una vez que comenzaron a ser accesibles en las grandes cadenas de almacenes de productos. Este fenómeno se puede comparar con la Fiebre de los Tulipanes o los spinners: un producto aparentemente único que se replica de manera violenta hasta que pierde todo valor ante el cliente.

Bastante sorprendida ante esta historia, me acordé de varias personas en mi vida. Personas que yo había considerado las más brillantes, las más increíbles y llenas de tanta luz que era imposible verlas a la cara y cuya grandiosidad jamás cambiaría. Pensé que ellos habían sido mis propias orquídeas de supermercado, aparentemente exóticas, pero decididamente vulgares y comunes. Una amiga del montón, un amigo que partiría el cielo como un cometa poco particular.

Releo mis diarios del 2007-2008. Entre otras cosas, me detengo en escribir que: “según mi amiga KB debería dejar de ser una histérica y aceptar que ellos no son las personas que yo digo que son”. No sé quienes son ellos. No sé quién es KB. Otra entrada dice: “No puedo creer que sigo creyendo que van a cambiar. ¡¡¡No van a cambiar!!! ¡Me siento tan estúpida! ¡Pero yo sé lo que son en realidad y me enoja que nadie lo vea!”. Otra más explica mi estado mental: “Tengo 15 años y me quiero morir”.

Dos cosas quedan claras: mi perenne actitud hiperbólica ante los hechos más insignificantes de mi vida no ha cambiado nada y a los 15 años yo ya había sufrido los estragos de la decepción platónica. Esa que sucede cuando te enteras que tus padres son humanos o cuando te explican que Lindsay Lohan no tienen una gemela (y que no se llama Dennis Quaid) y que Juego de Gemelas es todo una gran mentira. Aquello se replicaría y se replicará el resto de mi vida (si tengo muchísima suerte y muchísimo cuidado). El crush violento, la equiparación divina, las dudas de la terrenalidad, la caída del desencanto. Mis torpes conclusiones eran que todos somos falibles y que nadie tiene gemelos perdidos ingleses.

Aquello es algo que todos sobrellevamos y, si tenemos suerte, superamos; y somos tan culpables como los demás. ¿Quién no ha caído presa del encantamiento de la limerencia? ¿Quién no ha sido objeto de una obsesiva admiración? Recuerdo que me pasaba bastante con mis propios amigos, a quienes depositaba en estándares imposibles de cumplir, cegada por mi violento sentimiento de amor. Eso, finalmente, se constituye en una injusticia, por lo que no sólo acabas triste y desencantado, sino con un inquietante sentimiento de remordimiento.

El amor y el miedo exacerbados llevan irremediablemente a la decepción, pues nada nunca es tan bueno como lo creemos. No es pesimismo (porque quien me conoce sabe que soy la persona más estúpidamente optimista), sino una verdad ineludible. Aquella Oh, Gran Verdad Ineludible me ha golpeado con violencia en la cara en incontables ocasiones. Algunas de esas bofetadas, incluso, han transformado las cosas de manera radical, 360 grados: paso de la brillante emoción inicial a la vulgaridad verdadera, y de nuevo a la belleza de la piedra preciosa que sostengo en la mano de manera constante. La vez que los amigos déspotas forjaron mi carácter, la vez que el crush salvaje que me orilló a revalorar mis decisiones, la vez que Dios mismo se quedó callado y su ausencia me demostró la intricada delicadeza de nuestras acciones. En mi libro, Orquídea de supermercado, es lo que intento dilucidar.

Cómo por ejemplo (Storytime): como es bien sabido (o mejor dicho, como he hecho el esfuerzo de dar a conocer) me caigo ante la menor provocación, sin que eso amilane mis ganas de trepar hacia lo más alto, entiéndase como cerro, edificación irregular o árbol torcido. Mi yo de 17 años era una chica teatral que consideraba a su cuerpo simple transporte, por lo que no me pareció extraño ni ridículo pedirle a mi Crush del Momento (que en la prepa aparecían por montones, como florecitas de pirul en la cabeza) que fuéramos a una casa abandonada en medio de una colina, rumbo a Bracho. Nos metimos allí y comencé yo a platicar con pesada exactitud de que iba el libro de Murakami en turno y cuando Mi Crush se estaba perdiendo en un sueño sin retorno, recuerdo mirarle la cara con profunda admiración y jurar y perjurar que su piel estaba brillando. Lo grité, lo dancé, lo escribí en perfectos sonetos en la parte de atrás de mi libreta. Le decía a mi amiga: “No puedo creer que Mi Crush tenga diamantina en la piel de manera natural”. Aquel brillo sobrenatural, me daba cuenta, no sólo se reducía a su piel. Caminar a su lado significaba que las faroles se encendían solitas, que cuando llovía el agua no nos tocaba, que el señor de las rosas de Castilla le regalara un ramo por “tan honesta sonrisa”. Era un pequeño milagro empaquetado en radiantes mejillas y enchinadas pestañas. Yo escribía como posesa en mi libreta: Estoy dispuesta a matar o morir por esta persona, lo juro, no me prueben.

Un día, me mandó un mensaje de texto con el nombre de su ex y toda mi parafernalia se vino abajo cuando me di cuenta de que en realidad era un histérico insoportable y un indeciso de muerte. Aguantaba yo, perdida en su nuca, 90 minutos de él decidiendo entre si salir a la calle o ver una película en Cuevana.

Por lo que, al final del día, en este libro me río de mi propia ridiculez. ¡Oh, dios!

Sin embargo, el proceso de mirar a mi vida y escoger, entre el entramado que veo detrás mi, el delgado hilo que une a esta y esta otra y esta historia ha sido uno de los más satisfactorios y extraños, pero definitivamente el menos decepcionante. Realmente que escribir es la única acción que podría repetir, como quien abre y cierra una puerta, una y otra vez, por el resto de mis días.