Cómo perder horas de tu vida, una guía. Primera parte.

No sé ustedes, pero yo encuentro una extraña satisfacción, muy cercana a la que siente quien comete un delito, al acomodarme en medio de mi cama, rodeada de almohadas y sacar el celular con una mano (porque la otra está bien guardada en el burrito de cobijas) y ver los videos que Instagram me recomienda, hasta que los ojos me duelan o los dedos se me entuman. Mi cerebro, alimentado de videos diy, life hacks, de trenzados imposibles y de fails de gatitos, libera endorfinas como loco y la gratificación instantánea que obtengo (la que ha resultado mi peor enemiga) me vuelve un caracol en todo el sentido de la palabra: babosa y feliz.

Mis neuronas se toman unas vacaciones a Balí y yo, si es que me siento lo suficientemente dinámica, aprendo a armar casas en miniatura. He aquí una lista.

Youtube

Ah, Youtube, ¿cuántas horas no he pasado, en espiral, viendo videos acerca de cómo se teñían los antiguos uniformes de las huestes romanas o cuáles son los mejores labiales de menos 5 dólares? Aquí, algunos canales dignos para binge-watch hasta altas horas de la madrugada. (Alert: la mayoría están en inglés)

  • Ask a mortician: No digo esto muy seguido pero ME ENCANTA MORIR Y LA MUERTE. Y, por suerte, hay gente que siente lo mismo. Literal, me puse a ver a Caitlin Doughty durante una semana entera y ahora estoy segura de que mi meta en la vida es ser embalsamada y mostrada en algún jardín. Pero en serio, es una joya. ¡Oh! Y tiene muchísimos videos acerca de santos y muertes medievales.
  • Cody Ko: DON’T @ ME pero este morro es mi youtuber favorito y lo amo y todos los videos que hace me encantan. Una disculpa adelantada. Pero su contenido es REALMENTE DIVERTIDO y deberían verlo. Literal, todos sus videos. Empiecen.
  • ElmundoDKBza: Miren este dude es uno de los pocos en español que sigo fielmente y obvio tenían que ser videos de miedo y fantasmas y la muerte. Lo que me gusta es su producción visual, o sea que, me asustan más sus efectos de sonidos que el video en sí. Pero si son las 3 de la mañana y quieren seguir despiertos, aterrorizados de la sombra más pequeña y el rechinido más leve, recomiendo esto.
  • Getty Museum: ¿Qué lugar más apropiado para perder el tiempo y aparentar que no lo estás haciendo que un museo? Pues el Museo Getty volvió en forma de instructivos videos de menos de 5 minutos que puedes ver desde la comunidad de tu nido de cobijas y migajas de Madalenas Bimbo. ¿Mis favoritos? Los Getty Talks de hora y media acerca de temas que nadie nunca te preguntará pero que traerás a la mesa durante reuniones con amigos, para comprobar una vez porque no tienes relaciones sanas con la gente.
  • Grand Illusions: Este don es una joya en la vida de cualquiera, porque es el canal más wholesome del universo. Literalmente es un señor mostrando artículos creativos e interesantes. Y eso es todo. Lo tkm mucho y ustedes lo van tkm también.
  • Hokeykki: Tres palabras: RECETAS ASMR COREANAS. Un canal de recetas hermosas en 4K y sin música ni diálogo y todo bien precioso. Cuando ando estresada veo esto y de repente soy la persona más zen del mundo.
  • Kirsten Dirksen: Este es otro de esos canales que te hacen decir ¿Cómo es que no estoy viviendo mi potencial al 100% y sigo comiendo Madalenas a las 2 de la tarde desde mi cama mientras otras personas se dedican a tiempo completo en cosas extremadamente cool? Sí, es un canal de diseño de interiores y casas alrededor del mundo. Directo, sin ediciones grandiosas ni música molesta. 5 de 5.
  • Lisa Eldridge: No sería este un post completo sin un shotout a mi reina y madre, Lisa Eldridge que me ha enseñado todo lo que sé de maquillaje. Su canal es elegante, sus videos van directo al punto y te invita a gastar mil pesos en sombras Chanel o Láncome con su hermoso acento inglés. Lo que sea por mi mamá Lisa.
  • The Square To Spare: Un día desperté con ganas de ver como hacían maquetas y descubrí el mundillo fantásticos de creaciones en miniatura de Youtube. Huelga decir que he dedicado incontables minutos a admirar como se puede hacer una casa encantada del tamaño de una caja de zapatos. Adéntrense conmigo a este mundillo. No se arrepentirán.
  • Vsauce: Tengo que presumir que soy de las fans OG de Micheal Stevens y que solía ver todos sus videos de tops y datos científicos curiosos. Luego se volvió el vato más azotado de la plataforma al narrarte temas terribles como la naturaleza del color, la izquiera y la derecha, el lenguaje y el fin del universo visible. Todavía puedo declamar con absoluta claridad muchos de sus videos (Why things are creepy o Juvenoia) y pues ¡Hello, Micheal here! de aquí a la eternidad. ¡Y tienen subtítulos! Pero, en serio, ver sus videos me ha ayudado muchísimo en como hilar un texto y como estructurar una idea, pues tiene una forma tan clara pero interactiva de dar a conocer su punto. Un genio, pues

 

Netflix:

¿Qué clase de lista sería esta sin al menos un Top7 de series recomendadas? Spoiler alert: todas mis recomendaciones son SUMAMENTE ÑOÑAS Y ANGL

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OSAJONAS. Una disculpa.

  • Brooklyn 99: ¿Otra serie de comedia de policías más? Sí, y es wholesome, divertida y exactamente el humor que mi inocente corazón busca. Hay cuatro temporadas en Netflix y no se arrepentirán de la cara de Andy Samberg (que por cierto es mi favorito luego de ser el orgulloso esposo de mi diosa Joanna Newsom), ni de los diálogos o los personajes. Yo soy 50% Gina Linetti y 50% Jake Peralta.
  • The Good Place: ¡Escuchen! Esta serie es un regalo del cielo. Narra la vida, después de la vida, de 4 personas que murieron y ahora viven en el Good Place. ¿Fácil? ÑO. Y por eso me aventé la serie de un sentón y fui tan feliz. Tan feliz. 10/10 una de las mejores series en Netflix.tumblr_oyuhvlr2L11rq49qyo1_400
  • Chef’s Table: Cinematografía y comida, en episodios de una hora. Este es el contenido que se debe ver cuando uno está solo en casa, está lloviendo y anhelas sentir que realmente esta vida tiene sentido.
  • Steven Universe: Si me conocen saben que yo moriría por mi gordito Steven Universe y por Pearl en cualquier segundo porque literalmente salvaron mi vida. Lamentablemente, Netflix sólo tiene la primera temporada, pero si le PICAN AQUÍ, encontrarán más de esta hermosura hecha animación.
  • RuPaul’s Drag Race: ¿Realmente tengo que decir más? Sólo vayan y denle clic. Es una experiencia que transforma vidas and then LIPSYNC FOR YOUR LIFE.
  • The Keepers: Si lo que buscan, en cambio, es preguntarse porque seguimos viviendo en este mundo podrido, lleno de maldad, esta serie es ideal. Lloré mucho y me sentí terrible y con náuseas durante mi maratón, pero es un misterio que se va desenvolviendo lentamente y te atrapa desde el primer minuto. Oh, dios. El mundo realmente está podrido.
  • La serie que no debe ser nombrada: Ya saben a qué me refiero. Y como ya la cancelaron por siempre, háganse un terrible favor y véanla por fin. O no la vean. A mi no me interesa.tumblr_okikezRnek1vsxvq5o1_250

Les dejo esta primera parte, porque todavía tengo que recolectar los CIENTOS de links de Wikipedia que NECESITO y DEBO compartir con ustedes porque me encanta leer Wikipedia. Así como blogs, documentos en archive.org y así. Disfruten amiguitos. Y comenten, plis, qué hacen cuando su cerebro clama por contenido basura para calmar las ansias y desconectarse de esta horrible vida que nos exige estar hiperalertas todo el tiempo. ¡Los quiero!

 

Roman Holiday, o porqué no debes gastar 4,60 euros en un botella de agua

Nuestra guía nos aseguró, con seguridad socarrona, que todo guía se gradúa en Italia. “Es la de cajón”, dijo. Estamos sentados en Venecia, esperando el barco que nos va a llevar a tierra firme. Ha estado lloviendo todo el día, pero los turistas no se amilanan. Siento que he visto millones de rostros. Estamos todos ateridos, adoloridos y el deseo generalizado es irse a la cama calientita del hotel.

O sea sí: Venecia es precioso, fuera de este mundo, incluso en un brumoso día de invierno. Pero me siento tan pequeñita que eso no me ayuda a sentirme en paz. Tengo el vestido mojado de la góndola, los pies cansados de atravesar docenas de puentes y la mirada borrosa de tanto ver. Quiero decir, aquí yo compito contra una basílica bizantina del año 800. Estoy enojada conmigo misma. Me enfada pensar así, pero en los días que llevo en Italia no puedo parar. Hemos paseado por Milán, Verona y Venecia. Mañana nos vamos a Florencia y yo estoy dispuesta a huir de Venecia tan rápido como nuestro chófer (un napolitano con un exagerado sentido de la moda y la irritabilidad) pueda.

Estoy segura de que el mármol la tiene contra mí. La roca, el ladrillo, el bronce de las estatuas, todo conjurado para aplastarme contra mi misma. La gente que sigue pasando. Veo botas, chamarras, gorritos para no mojarse la cabeza. Santa María de Fiore me está mirando, pero ¿cómo podría distinguirme? A mi no cabe en las pupilas. Soy un granito de tierra en el aire. Estoy hambrienta y sedienta. Así que me meto a un tabacci y tomo una botella de agua y cuando la voy a pagar el señor del otro lado de la barra me dice: quattro con sessanta. Le pago con un billete de 5 euros y me salgo aún más aturdida. Acabo de pagar 100 pesos por agua que me acabo en un par de minutos (y mis 2 botellas de 2 litros del Oxxo a 18 pesos lloran por mí) y esta ciudad la tiene contra mí. Sus puertas, el adoquín, el prosciutto que cuelga de las tiendas, la tienda de Dolce & Gabanna que sólo vende bolsas y lentes, el guía que nos lleva a ver a El David y, particularmente, al pulido y redondo trasero de el David.

Si Stendhal se desmayaba en presencia de la belleza milenaria de Florencia, yo me enojo.

Estoy irritada la mitad del viaje y la otra mitad, por fin, caigo en una extraña melancolía, la de turista desubicada, que se acaba de percatar de que todas las ciudades son lo mismo. Roma tiene la particularidad de que hay pilares y arcos de antes de Cristo y miles de personas metiendo y sacando la mano de una boca abierta en la roca del Coliseo. La Bocca della Verità te come si dices mentiras.

Aquí la verdad, pues.

Yo, como Audrey Hepburn, también estoy huyendo. No es descuido el estar actualizando mi blog luego de 6 meses. Renuncié a mi trabajo, me corté el cabello y fui y vine a Italia. Fui de vuelta a mi cerro, donde me acosté dentro de un tiro de mina y sentí que me iba a morir. Siento que no puedo ganar, a pesar de estar haciendo exactamente lo que quise por meses y meses. A pesar de sentirme libre y en paz y feliz. Uno supone, cuando se encuentra frente al Arco de Constantino que se trata más bien algo de aquí adentro, en lugar de algo de allá afuera.

Pasé los meses anteriores al viaje alegando que iría en busca de la plaza en la finalmente acabaría con mi vida y cuando llegué a las plazas que esperaba me mostraran una romántica cara a la muerte, descubrí que aquello no era lo que quería. Me lo demostraron, con cruel honestidad, las figuras petrificadas de los habitantes de Pompeya. ¿A qué estoy jugando? Yo quiero vivir tantos años como los que tiene la Basílica de San Marcos o la Columna de Trajano.

Sin embargo, me obligo a volver a empezar. Me obligó a cerrar algo que ni siquiera sé cuando empezó. Pienso de camino a la Fuente de Trevi qué puedo desear. Hay infinidad de lugares a los cuales aventar una moneda y pedir un deseo. Hay decenas de monumentos a los que manosear en búsqueda de algo agradable, cientos de piedras qué pisar, miles de tumbas a las qué mirar, con esperanza. Mientras que es un eficaz truco para recaudar millones de euros, y a mi monedero de NiNi recién estrenada no le parece uno muy gracioso, siento que de eso se trata venir, de arrojar un pedazo de metal a las inquietas aguas de una famosísima fuente y creer, firmemente, que ha sucedido un cambio trascendente en tu vida y que, de ahora en adelante, puedes hacer el resto.

O sea, sí. Graduarme de algo y dar un paso adelante. Dejar de lamentar el frío de enero (ir dar paso a los vientos de Febrero y luego, hacia el final, a mis 25 años) ((¿cuántos años tendrá un guijarro en la explanada del Coliseo?)) y arrojar cuatro euros al agua y no gastarlos en una botella de 750 ml de agua. En serio. No gasten en agua, qué demonios.

En Venecia me compré un cuaderno con la idea de escribir todos los días. Pero ¿no que nos íbamos a dejar de autoengañar? Mejor escribo aquí y se los comparto a ustedes, los que quieran leer.

 

Traducción: El vaso vacío, de Louise Glück

Desde hace dos años he traducido un poema para finales de año. Algo como para cerrarlo todo, atarlo con un moño, entregármelo a mí misma y decir: He aquí tus tribulaciones. Este año fueron muchas. Tanto así que tuve que sacrificar el escribir y leer. Annus vermi. Terrible es una palabra que no le quiero adjudicar, pues, de entre todo las llamas y el fango, crecieron camelias.

Glück, como siempre, sabe apuntalar mi sombra que camina de manera aterradoramente precisa. Mientras tanto, les dejo el poema y una promesa: escribiré.

 

Pedí mucho; recibí mucho.

Pedí mucho; recibí poco. Recibí

casi nada.

¿Y mientras tanto? Un par de sombrillas que se abren adentro.

Un par de zapatos, por error, en la mesa de la cocina.

¡Oh, equívoco, equívoco!– era mi naturaleza. Era

de corazón duro, remota. Era

egoísta, rígida al grado de la tiranía.

Pero siempre fui esa persona,  incluso desde mi infancia.

Pequeña, de pelo oscuro, temida por los otros niños.

Nunca cambié. Dentro del cristal, la abstracta

marea de la fortuna cambió

de alta a baja, de la noche a la mañana.

¿Fue el mar? ¿Respondiendo, quizá,

a una fuerza celestial?  Para estar a salvo,

recé. Intenté ser una mejor persona.

Pronto, me pareció que lo que comienza como terror

y madura en narcisismo moral

podría haberse convertido, de hecho,

en crecimiento humano real. Quizá

esto es a lo que mis amigos se referían, tomando mi mano,

diciéndome que entienden

el abuso, la increíble mierda que acepté,

presuponiendo (o eso creí alguna vez) que estaba un poco enferma

al dar tanto por tan poco.

Pero lo que ellos querían decir era que yo era buena (juntando mis manos intensamente)–

una buena amiga y persona, no una criatura de pathos.

¡No era patética! Era de gran aliento,

como una reina o una santa.

Bueno, todo eso crea una conjetura interesante.

Y se me ocurre que lo que es crucial es creer

en el esfuerzo, creer que algo bueno saldrá de, simplemente, intentarlo.

un bien no contaminado por el corrupto impulso de

persuadir o seducir–

¿Qué somos sin esto?

Dando vueltas en este oscuro universo,

solos, con miedo, incapaces de influir en el destino–

¿Qué tenemos realmente?

Tristes trucos con escaleras y zapatos

trucos con sal, impuramente motivados en el recurrente

intento de crear un personaje.

¿Qué tenemos para apaciguar a estas grandes fuerzas?

Y pienso, finalmente, que esa es la pregunta

que destruyó a Agamemnon, ahí en la playa,

las naves griegas prestas, el mar

invisible más allá del puerto sereno, el futuro,

letal, inestable: fue un tonto, al pensar

que eso podía ser controlado. Debió haber dicho

No tengo nada, estoy a tu merced.

“The Empty Glass” by Louise Glück, from The Seven Ages.

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Traducción: Misterios de navidad de los McNuggets de pollo explicados por la Gente Estelar Macrobiótica y la ouija mágica de la tía Harriet

Dos semanas antes de Navidad, mis padres leyeron un panfleto acerca de la industrialización de la comida y nos dijeron que, de ese momento en adelante, comeríamos comida macrobiótica. El día siguiente, mi padre nos mostró el menú para la cena de navidad: kale, lechuga china, champiñones shiiitake, galletas de alga marina y tofu frito. Yo tenía ocho años, mi hermano nueve, y mis hermanas diez y once. Todo lo que queríamos era un Chicloso Charleston y una bolsa de varitas de regaliz, pero estaban ahora fuera de los límites. Mis padres leyeron en alguna parte que el colorante comestible en los cereales promovía la hiperactividad en los niños; mi madre comenzó a servir avena y cereal salado con linaza. Si rogábamos por algún endulzante, ella nos cortaba pedazos de plátanos. Mis padres se unieron a la comunidad de comida natural y firmaron para obtener limpias de colón. No se nos permitía más la soda, las papas fritas, la comida rápida o la goma de mascar. Mi madre nos dijo que el jarabe de maíz producía cáncer. “¡Está en todas partes”, dijo, mientras leía la etiqueta de una lata de salsa de tomate. Pronto después de eso, dejó de rasurarse las piernas. Dejó de usar ropa interior, sostenes y nada que tuviera acrílico. Nuestras calcetas de navidad tuvieron que ser tejidas con la lana de ovejas de Suiza. Mi madre estaba convencida de que el oropel era radioactivo. Mi padre trajo gorras de cáñamo e hilo dental de algodón orgánico para llenar las calcetas. Decoramos el árbol con palomitas de maíz orgánicas y piel de naranjas. Mi padre quemó incienso y leyó pedazos de Siddharta de Hermann Hesse.
En las noches, yo rezaba a Dios: ¡Por favor, envíame una barra de chocolate! Por favor, mándame un Laffy Taffy. Escribía cartas desesperadas a Papa Noél: “Querido Santa, mis padres se han hecho hippies. No quiero chicles de jengibre y sopa miso en sobre para Navidad. No quiero tratamientos capilares de cera de abeja ni faciales con mascarillas de sílice de las aguas termales de Islandia. No quiero un kit casero de enemas ni un cepillo de dientes hecho con periódico reciclado. Sólo quiero McNuggets de pollo”.
Obtuve mi deseo. Después de la cena de Navidad, mi madre tuvo una reacción alérgica al tofu frito. Se sofocó, la piel se le llenó de urticaria y se le cerró la garganta. Mi padre ojeó el libro de remedios homeopáticos y le dijo que chupara una varita de ragaliz: no sucedió nada. Entonces le dijo que mordiera la cáscara de una toronja: no sucedió nada. Finalmente la llevó al hospital donde le vaciaron el estómago y la hicieron dormir junto a un hombre con demencia. La mañana siguiente, cuando llegó a casa con la vista nublada, y tan blanca como un fantasma, mi madre se rindió y rogó por una malteada de McDonald’s. Mi padre se encogió de hombros. Nos subimos al auto y compramos Big Macs y McNuggets del auto servicio.
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El año siguiente, mis padres leyeron demasiadas novelas de Anne Rice y trajeron a la casa bolsas de ajo para llenar nuestras calcetas. También pusieron espejos en cada habitación, por seguridad. Mi padre vio en la TV un especial de mitos celtas y supersticiones y decidió laminar tréboles de cuatro hojas y regalarlas como adornos de Navidad. Nos animó a usarlas en el cuello, como collares de identificación, para atraer a la buena suerte. Cada una tenía nuestros nombres y una cita de alguna novela de James Joyce. La mía decía: “¡Hola! Mi nombre es Sufjan. La historia es una pesadilla de la que intentamos despertar”. Cuando mi madre accidentalmente rompió el espejo del armario de abrigos, nos obligó a usar una pata de conejo de la suerte en nuestros cinturones. Pero en Año Nuevo, mi hermana mayor se rompió el brazo al resbalarse por las jardineras de la colina vecina y mi padre fue despedido de su trabajo en el parque estatal. Unas semanas después nuestro perro fue arrollado por la barredora de nieve y mi madre dijo esto es suficiente. Nos pidió de vuelta los llaveros de pata de conejo, nuestros brazaletes con talismanes de ying yang y nuestros tréboles de cuatro hojas. Mi padre se apropió de nuestra póliza de seguro de vida y comenzó a comprar billetes de lotería y mi madre usó el ajo que sobró para sus frittatas de huevo.
Un par de años después, todos estaban hablando acerca del eclipse lunar de Navidad. Mis padres consideraron este fenómeno celestial un signo de mucha importancia. Empezaron a interesarse en la idea de que ellos eran “Gente Estelar”, alienígenas espaciales de otro planeta que temporalmente habitaban cuerpo humanos. Había millones de Personas de las Estrellas en cada planeta esperando a que la Fuente Universal de Poder acabara con todas esas disparatadas guerras y todo el sufrimiento de una vez por todas. Había un libro de tapa blanda que frecuentaba las encimeras de la cocina (¿Eres una Persona Estelar? ¿Soy una Persona Estelar? Por Curtis Leopard) con ilustraciones de cristales, objetos interplanetarios, rostros iluminados con ojos concéntricos y testimonios personales acerca de experiencias de vidas pasadas en otros planetas. Se leía la descripción de un hombre, un cocinero de comida rápida de Cleveland, llamado Garth, quien contaba haber sido un rey marciano con un harem. Papá Noel, declaraba el libro, era una Persona Estelar con problemas de afectividad desplazada. Iba por el mundo dando regalos porque su madre del espacio no le había mostrado suficiente cariño.
Mi propia madre estaba muy segura de que, en otra vida y en otro planeta, ella había sido una bruja. Señalaba los efectos secundarios: su proclividad a barrer con escobas medievales que había comprado en una tienda de antigüedades; también aseguraba poseer poderes telekinéticos. Pero nunca la vimos mover nada, ni siquiera nuestra incredulidad. La evidencia de mi madre era un inventario de preguntas retóricas. “¿Te has sentido lejana a la realidad?”, leía de una portada de un libro. “¿Alguna vez te has sentido cansada o nostálgica sin razón aparente?”. Ella señalaba otros síntomas: acné, migrañas, el interés por aprender lenguas extranjeras. Me preocupaba. Acababa de empezar la preparatoria y me comenzaron a salir manchas rojizas alrededor de la lisa piel de mi barbilla, donde me comenzaba a crecer la barba. También estaba en el primer año de alemán. Mi madre me miró por encima de sus lentes. “Parece que cumples con los requisitos”, me dijo. “¿Te duele la cabeza de vez en cuando?”. En navidad, ese año, me regalaron un copia de las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury y un telescopio de Sears, pero siempre estaba muy nublado como para poder ver algo, ni siquiera un eclipse de luna.
Luego, sucedió esa navidad cuando la tía Harriet se divorció y se mudó con nosotros un par de semanas. Mis padres la acomodaron en la sala, en un catre, a un lado del árbol de navidad. “No molesten a tía Harriet”, nos advirtió mi madre. “Está pasando por la menopausia”. Yo, con solo siete años de edad, pensé que la menopausia era algo parecido a unas vacaciones muy largas que tomas luego de trabajar muy duro. “Exactamente”, dijo mi madre. “Pero no se lo digas a nadie más”.
La tía Harriet fumaba cigarros sin filtro y leía revistas Vogue, de cabo a rabo. En la noche, luego de algunas bebidas, nos llamaba a la sala y sacaba una tabla de Ouija, que usaba como guía espiritual. Nos poníamos en círculo alrededor de ella, mis hermanos y hermanas yo, tocando con la yema de los dedos el puntero en forma de corazón, como si aquello se tratara de ir a la iglesia. La tía Harriet preguntó a los espíritus si había vida en otros planetas, que si había esperanza para los etíopes que morían de hambre, que quién sería el próximo presidente de los Estados Unidos. Después de cada pregunta, el puntero se movía con facilidad a través de la tabla, deletreando respuestas ominosas y yo sentía mis manos calentarse. “Anda y pregunta algo”, me animó la tía Harriet. Atormenté a mi cerebro hurgando en mi catálogo de los misterios del mundo, de las preguntas sin respuesta, de los secretos del universo. Pero me decanté por algo menos grandioso: “¿Qué me traerá Santa de Navidad?”. Mis hermanas bufaron y se burlaron, pusieron los ojos en blanco y me pincharon la panza con sus dedos. “Santa Claus ni siquiera existe”, gritaron y, justo en ese momento, los poderes de la tabla desaparecieron.
En la mañana de Navidad, mi madre nos informó: la tía Harriet había hecho las maletas y había tomado un autobús a Canadá, en donde quería enseñar yoga a niños discapacitados. “Está teniendo una crisis de la mediana edad”, dijo, pasándonos nuestros regalos de debajo del árbol. “¡Que dios la ayude!”. La tía Harriet había dejado un par de cosas al lado de su catre: una caja de zapatos con cristales New Age, una cajetilla de cigarros y su tabla de ouija, doblada y raída de las esquinas, como un juguete para perro. Después de los regalos, de la cena de Navidad y de que nuestros padres se fueran a sus cuartos a leer el periódico, yo y mi hermano nos escabullimos a la sala, para sacar las cosas de la tía Harriet. Mi hermano vació los cigarros y con ellos construyó una fortaleza de la Guerra Civil en la alfombra. Mis hermanas hicieron aretes con los cristales, usando hilo de cocer y anzuelos. Yo saque, mientras nadie veía, la tabla de ouija y la llevé a mi habitación, dejándola encima de mis almohadas, concentrándome en los misterios del universo. “¿La tía Harriet estará bien?”, pregunté, poniendo mis dedos en el puntero. “¿Alguna vez se casará de nuevo? ¿Encontrará paz y felicidad? ¿La vida tienen algún sentido?”. Y lentamente, el puntero, temblando, vivo, recorría el abecedario como un disco de hockey en cámara lenta. “Sí, sí, sí”, la tabla me aseguraba con cada pregunta. “¡Todo va a estar bien!”.

¡Estoy ejercitando mi esternocleidomastoideo!

Salí del gimnasio atarantada. Aquello había sido brutal. No recordaba haber sudado tanto, en tan poco tiempo, de tantas áreas de mi cuerpecillo que temblaba a cada paso, alejándome con decisión de aquel templo del dolor. Uno diría (ese uno, soy yo, claro) que en un lugar en el que se celebra la autoflagelación, los gemidos guturales propios del casi fallecido y las lágrimas productos de la extenuación física estaría encantada de asistir.

El twist de la historia es que estoy encantada.

Salí y me fui a echar al pastito del Parque Sierra de Álica, conocido por ser un lugar perfecto para las siestas y los arrumacos indecentes, y me acomodé debajo de un árbol, repasando los lugares en los que los músculos chillaban de dolor. ¡Qué alivio el del descanso público, a la mirada de parejas besuconas y perritos paseadores!

Nunca he sido atlética ni deportista. Pueden preguntárselo a mi cursillo de prepa en educación física, único en ser otorgado por la total y absoluta ausencia de Sara Andrade en aquel patio en la profundidades de la prepa 1. Pueden preguntárselo a mi uniforme de gala que me sacó del apuro en la primaria y secundaria, los día que debía llevar el uniforme deportivo y me negaba a darle vueltas a la cancha. Y sí: colgarse los árboles y saltar maniáticamente por las escaleras a toda velocidad es algo por lo que se me recuerda, pero aquello no me parecía “atlético”. Era cuestión de escuchar un silbato o un “pónganse en pareja” para que se me bajara la presión, mis extremidades se hicieran de gelatina y perdiera toda fe en la raza humana.

Siempre he querido ser más hábil en el manejo del cuerpo, sin embargo.tumblr_onmt0hUzem1vlgdvyo1_1280

Simplemente, mi talento reside en ser pariente de los helechos y en tener una relación profunda y trascendental con el frío y duro piso. O sea: que si camino me caigo.

Mi conexión con el piso es tal que gran parte de lo que escribo se origina de mi constante conversación con el concreto/azulejo/tierra roja. Mis rodillas, llenas de cicatrices, adoran con absoluta resignación al piso. El piso, del tamaño del mundo, las ama con egoísta devoción. La gravedad, cupido intransigente, me mete zancadillas cada 15 minutos. Los tobillos son aquí los que no agradecen esta romántica historia de amor: los constantes esguinces los han hecho asustadizos e irritables.

El deporte no es mi fuerte. Ninguna de sus variaciones. Cuando jugaba futbol no sabía patear el balón (a veces, con suerte, pateaba alguna espinilla que me hacía acreedora de una tarjeta roja), cuando jugaba basquetbol no sabía coordinar ojo/mano/canasta con el acto de saltar por lo aires. De las pocas veces que jugué cachibol, salí despedida hacia los escalones de las gradas del gimnasio escolar y perdí el conocimiento un par minutos. Sólo recuerdo las caras de mis compañeros, apiñadas sobre mí, y al profesor preguntando, exasperado: ¿En serio te acabas de desmayar?

Encontré mi fuerte en la natación y en la yoga.

Mi condición de piscis nato me otorgó la habilidad de ondear bajo el agua como anguila. Me encantaba, desde muy pequeña, estar bajo el agua. A los 10 años, mi crol y mariposa eran tan espectaculares que mi maestra me anotó a un concurso regional. Obviamente, no asistí. Aterrada, dejé plantada a mi maestra y no volví jamás a la piscina del Injudez. Volví a natación un tiempo, en la alberca Bicentenario. Sin embargo, los altos niveles de cloro, doñas de gobierno con piernas embadurnadas de crema Pons y borlitas de tela al fondo de la piscina acabaron por ahuyentarme para siempre. Mi maestro me dijo un día: “¡Tú deberías estar nadando con los avanzados, no aquí con principiantes 2!”. Yo sólo divisiva a la Muerte hacia la zona de 2 metros y medio, con su largo y huesudo dedo, pidiéndome acercarme a mi total desaparición.

La yoga llegó a mí al buscar actividades afines a mi vegetarianismo. Encontramos, mi hermana, mi tía y yo, un lugar pequeñísimo en el que tres maestras se dividían la carga de trabajo y nos enseñaban los nombres correctos de las posiciones que, con esfuerzo, componíamos: adomukha svanasana o el perro mirando hacia abajo, sarvangasana o la vela, vrikshasana o el árbol, savasana, o la posición del muerto. A veces, nos hacían mirar hacia una vela y nos pedían pensar en nada y mirar y mirar hasta perder la capacidad de parpadear y no ser nosotros, sino ser la vela. Otras veces, nos preparaban tamales veganos.

Dejé de asistir, porque la líder espiritual del pequeño espacio se iría a Querétaro o Puebla con sus 4 hijos y dos perros a propagar la sanidad del hatha yoga lejos de nosotras. Yo, que había recuperado mi antaña elasticidad infantil, tuve que aguantarme mi corazón roto y volver a mi rutina de ir por churros con salsa de Magallo y dos litros de Coca y olvidarme de ser sana en cuerpo y alma. Quiero decir: no estoy tan loca como para yo sola ponerme a hacer mi saludo al sol.

Finalmente, un día, me operaron del cuello y tuve que aprender a sentarme de nuevo y mientras la tuberculosis hacía mella en mi cansado organismo (que había sufrido enfermedad tras enfermedad en el último año), todas mis energías desaparecieron. Mi elasticidad, mi condición, mi ganas de atarme las agujetas hicieron las maletas, tomaron su sombrero de viaje y se largaron para siempre. Subir la docena y media de escaleras hacia el segundo piso de mi casa era una tortura. Que me daba el “bof” machín, vaya. Poco a poco recuperé la energía y ya no tenía que escoger entre bajar por agua o ir al baño, ya que la perspectiva de hacer aquellas actividades era como intentar trepar una montaña. Poco a poco, el torcer el cuello no era totalmente imposible. Mi esternocleidomastoideo ya era mío de nuevo, por lo que la idea de ejercitarme se volvió un poco más real.

Karen y yo pagamos nuestra inscripción y mensualidad hace un mes, exactamente.

Debo decir que estaba asustada: aquello lo había pagado con mi salario godín (que se vio cercenado de manera violenta) y la perspectiva de atender las clases con 1) doñas de gobierno embadurnadas de crema Pond’s o 2) morros adictos a los chochos y a escuchar The Eye of the Tiger mientras hacen pierna me parecía terrorífico.

La primera clase resultó fenomenal. Así como el resto de las clases de pilates y activación. En cardio, no me sentí como una inútil entre gente muy musculosa y doñas muy flojas. Corrí 20 minutos y me sentí la Ana Guevara del Capital Gym. Salí sudorosa y el dolor me duró en los huesos el resto de la semana. Comencé a progresar. Aguantaba las palizas de las clases con menos pujidos y aguantaba corriendo más tiempo.

Pequeños logros. Ahora no me da el bof cuando subo las escaleras de mi casa.

Ahora, lo más difícil es pararme de aquí, de este suave pastito, en esta tibia temperatura. ¿Qué dirán los enamorados si me oyen roncar, presa del sueño post-gimnasio?

 

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Entro a mi trabajo con la seguridad de quien lo ha hecho un centenar de veces. Normalmente, en las escaleras que suben a mi oficina nunca me encuentro a nadie, por lo que puedo subir sin que algún compañero sonriente me interrumpa el trayecto, para instalarme en mi silla robada de otra oficina y mis post-it que me recuerdan que no debo olvidar que la lotería se publica a las 11 pm. Otras veces, está el velador, sentadito en una esquina, amable y bonachón, esperando un saludo vespertino.

Así es cuando las cosas se ponen difíciles.

Trastabilleo, le sonrío maníacamente, le digo algo que suena entre “hola” y “cómo está” al mismo tiempo. Hocomolasta. Je je je. Buenas…. tardes. Hola, buenas tardes. Luego una sonrisa de oreja a oreja,  porque por supuesto que no lo estoy mirando a la cara; pero cuando me doy cuenta de que no escuchó o no entendió mi balbuceo, con la confianza de que la sonrisa pueda transmitir todo lo que un saludo cortés se supone que debe otorgar.

Detrás de mí, como un chiste, entra un compañero, que, sin problema alguno, se detiene, le tiende la mano y le pregunta por su salud, su familia, el clima y le desea UN EXCELENTE DÍA. Es una bofetada cruel a mi torpeza. El velador, reconocido, le contesta con alegría y le desea un EXCELENTE día de vuelta y yo me quedo a la mita del pasillo, sin buenos deseos, sin saber cómo abrir la boca y repensando mi estrategia para salir sin mella la próxima vez que me enfrente al dichoso Buenos días, que me mete zancadillas una y otra vez.

Pero eso de adultear me pone de nervios. Sobre todo porque uno se va enterando de que no se trata de pagar impuestos (que el gobierno quita de nuestra nómina, queramos o no) ni de pasar sin miedo a que nos pidan nuestra INE en el bar en turno, sino que se trata de poder relacionarse con efectividad entre nuestros compañeros de trabajo o el desconocido del otro lado de la ventanilla del banco. Si uno va y pide en voz muy baja, con el flequillo todo en la cara y sin saber qué demonios es un café macchiato latte au chocolat, es considerado un adolescente. Pero si una entra al mismo café, con la bolsa colocada en el hombro, una sonrisa, pregunta amablemente por el clima y pide “lo de siempre” entonces, resuenan las campanas, eres un adulto hecho y derecho. Un súper saludador, experto en introducciones y preguntas vagas que deben ser contestadas con una sonrisa, conocedor de sobrenombres pegadizos, maestro en apretones de manos.

Es como para querer aventarse del segundo piso.

Tengo la suerte de trabajar con gente de mi edad, recién egresados de sus universidades, que no se sienten traicionados ni dañados directamente en sus frágiles corazones si uno no recita “BUENOS DÍAS” al resto de sus compañeros. Ellos y yo nos entendemos. El asunto no es pretender que nos deseamos buenos días, sino realmente procurar hacer el día bueno. Ah, pero mis superiores, profesionales en el quehacer adulto, demandan con severidad la sonrisa, la frase y el apretón de manos (los peorcitos te ponen el cachete sin que tu lo hayas pedido; cuentas cacarizas, exhalas 7 Machos y tienes que hundirte, con la determinación de un santo aceptando el espadazo en el cuello, en aquella absurda acción de tronar beso en el aire).scanimage152-1805

O sea: que no lo entiendo. Para mí es como ver los bailes de salón de la época de la Regencia, los que salen en todas las novelas de Jane Austen. No comprendo cuándo todos los presentes se aprendieron los pasos y cómo pueden sentirse a gusto haciéndolos y todavía contar con la habilidad de comentar acerca de como Mr. Darcy es un bruto. Tampoco quiero pecar de amargada. Me preocupa no dejar abajo a mi amigo el señor velador. Que él no me considera su amiga, pero yo ya he planeado miles de veces la conversación que cambiará nuestras vidas y consolidará nuestra amistad. El problema es que no sale con la fluidez y soltura que necesito para que él entienda mis intenciones.

La verdad es que toda mi vida quise ser Elizabeth Bennet: sagaz, testaruda y digna, derribando enemigos a diestra y siniestra con mi precisa forma de hablar. Ser adulta me ha demostrado que soy Darcy: huraña, tímida, mal pedo y con tendencia a complicarlo todo.

La duda se coloca sobre mí como una nubecilla que no llueve sino que suelta comentarios que me hacen temblar de miedo como: “¿Te aseguraste de no tener nada entre los dientes?” o “Pero ¿para qué le dices eso? Obviamente no entiende nada de lo que dices” o el clásico “Lo mejor para ambos sería que te quedaras callada”.

Hace poco, en detrimento de mi paz mental, hubo una reunión en el trabajo en la que se discutió, entre otras cosas, que debíamos convivir más con nuestros superiores. Se nos reunió a los empleados de edición y diseño y se nos pidió, como quien regaña a un niño que sigue tirando sus juguetes y no los vuelve a poner en su lugar, que debíamos decir buenos días y, de preferencia, no escuchar música en nuestros audífonos y participar con risas muy sonoras en los chistes y aceptar el hecho de que no habrá gomas ni lápices durante un mes. Alguien levantó un dedo gordo y temblorín y declaró, como herido de bala: “Ella no me saludó el otro día que íbamos subiendo las escaleras“.

Me paralizo en mi lugar. Mientras que el chisme malintencionado no iba contra mí, aquello se sintió cercano. Aquello se sintió ominoso. Comprobé que uno realmente puede morir por no recibir o por no otorgar un saludo. Las miradas de los superiores se detienen en mi compañera que se queda sin decir nada, sorprendida como yo. Observamos a la víctima de su indiferencia, un adulto bien entrado en sus 50, sollozando, preguntándose porque son “esos muchachos tan malos, tan pocos corteses”.

Luego de aquella experiencia traumática, he procurado intentar practicar la desenvoltura de las señora que le preguntan a los cajeros del Oxxo que si les puede poner doble bolsa y aparte regalarles una cuchara, y ay, mire qué cara está la leche, cómo llovió ayer, paso mañana al mismo día, hasta luego querido, con la esperanza de que el cajero me diga adiós con la mano y no agradezca a los cielos deshacerse de aquella viejilla preguntona.

Quiero decir: realmente es un juego de equilibrios. Los platos chinos de malabarismo se quedan cortos cuando se trata de entablar la perfecta relación con los porteros en turno, o con el jefe en turno o con el señor berrinchudo que desayuno saludos mañaneros y se irrita, cual bebé de troll de la montaña (sólo me queda imaginarme qué reacción tendría un bebé de troll sin que se le salude apropiadamente).

Voy tirando, al fin y al cabo. A veces suelto una broma demasiado local y todos se me quedan viendo en silencio, pero han llegado a la conclusión de que aquello debe ser gracioso y no me dejan abajo. Buenos compañeros. Otras veces, afortunadas veces que saboreo con alegría, me sale natural la pregunta que sigue al comentario hecho al aire.

“¡Ay!”, dice alguien. “Soy yo, ¿o está haciendo demasiado calor?”.

Me acomodo en mi lugar y me revuelvo el cabello, orgullosa. Es mi oportunidad.

“Uf, sí. Parece que el verano no se acaba ¿verdad?”, contesto.

El o la interpelad@ me devuelve la sonrisa y continuamos charlando sobre absolutamente nada, dándonos sendos apretones de manos a través de la mirada. “Buena pregunta acerca del clima, compañero”. “Buena pregunta acerca del clima, compañera”.

Nos volvemos, henchidos de alegría, hacia la computadora, para pelearnos con el lenguaje, en otro ring, con otras intenciones.

De las propiedades de la identidad

Siempre te encuentras con ese tipo de personas: toman las tazas llenas de café con determinación y te miran a los ojos sin miedo. Las noto porque son todo lo que carezco. La confianza de quien no se hace preguntas para aprender, sino para reafirmar su poder sobre algo o alguien. Yo, que cuando se trata de estrechar lazos con otros humanos, prefiero ser lo más cuidadosa posible, soy todo lo contrario a estas personas que poseen las propiedades de un ventarrón enfurecido.

Alguien me preguntó el otro día: Quién es Sara Andrade, con decidida intención.

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(Yo me aguanté la carcajada; luego de la aventura con Maggie Zavala y las 100 preguntas periodísticas que uno no debe olvidar, aquella forma de referirse al entrevistado en tercera persona me voltea de risa).

Luego de la risa, se instaló una furia muy específica: ¿Cómo que quién diablos soy yo? ¿Qué clase de pregunta barata, molesta, honestamente aburrida es esa? ¿También leíste El Mundo de Sofía y te sentiste chido en tu clase de introducción a la filosofía? Largo de aquí con tus preguntas de reportero de cuarta.

Cuando, luego de trastabillar en busca de una respuesta inteligente para salir de tal atolladero, le pregunté que cómo uno responde tal deleznable pregunta, me dijo: “Pues es fácil, dices: Soy una persona con principios que quiere seguir su vida lo mejor posible”.

Si pudiera poner los ojos más en blanco, Anish Kapoor me compraría para hacer uso exclusivo de tan enfurecido color.

O sea, concluyendo de mi terrible experiencia, las personas que se conocen a sí mismas son unas arrogantes insufribles.

Pero la cosa no acaba ahí ¿o sí?

Analizo con cuidado la premisa anterior: Soy una persona con principios que busca seguir su vida lo mejor posible. La masco, la estiro, la pongo a contraluz y me parece absurda de principio a fin. Dejando de lado un poco a lado mi filosofía de que el lenguaje es falso, ¿quién puede sentirse identificado con un par de palabras que indican “frase que puedes encontrar en un playera de WalMart”? Claro que soy una persona con principios que busca seguir su vida lo mejor posible. ¡Todas las personas quieren lograr aquello! No puedo creer que me vi atropellada de una manera tan vil para recibir esa blanda respuesta olor a col.

Me espíritu de individualidad, que generé desde muy pequeña, me repele a todas aquellas generalizaciones, por muy pequeñas que sean. Me pongo tres aretes y falda con pantalón. NO QUIERO SER COMO LOS DEMÁS. YO SOY YO. YO NO TENGO QUE SER UNA FRASE HALLMARK. Pero luego, cuando veo a todos usar bomber jackets y bobs largos y hacer bullet journals y poner el filtro C1 de VSCO Cam en sus fotos de instagram, yo quiero ser como todos, claro que sí, quiero ser aquella persona que veo pasar, exactamente, o como aquella otra, sí, todos ellos. Quiero ser un árbol, una fuente, un vaso de leche que se cae, NO QUIERO SER YO CUANDO SE EXTIENDEN ANTE MÍ TODAS ESTAS HERMOSAS POSIBILIDADES.

o SEA.

Más que pelearme con el ser y no ser, me peleo con la idea de que tenemos que saber qué somos y que no. ¿Por qué demonios?, le pregunto a todas las personas que se enfundan en una biografía tan perfecta y dulce que rompe los dientes.

Yo nunca sé quien soy. Pero, al mismo tiempo, sé perfectamente quién soy.

A veces ando por mi vida y pienso: Cielos, realmente no tengo la menor idea de nada ¿verdad? Otras veces, cuando me siento particularmente feliz, digo: Cielos, esto es una típica reacción Saraandrade. Classic Saropi.

Por ejemplo: Estaba recordando como la vez que fui a París y visitamos un local de Ladurée yo, conscientemente, decidí no comprarme los mundialmente reconocidos macarrones franceses por temor a verme como una turista efusiva. ¿Pueden creer a esta persona que leen? FUI A PARÍS Y NO COMPRÉ COSAS POR NO VERME BÁSICA. Dioses del viento, llévenme lejos de aquí. ¿Saben qué me compré? Un lápiz rosa con la tipografía de la casa repostera y regresé a Zacatecas sintiéndome como un pedazo de queso dejado en el sol.

Pero por otro lado, me siento muy orgullosa de ser como soy en situaciones de alto estrés. Como en el momento de lidiar con mi bendita tisis o cuando me asedian con flechas ardientes en mi trabajo. Me calmo, me siento, respiro y me pongo a escribir. Acepto mi condición de enferma tuberculosa y creo algo a partir de aquello. Algo valioso e importante para mí. Algo de lo que puedo estar realmente orgullosa. Me apropio de mis desventuras y las obligo a obedecerme en el único espacio en el que tengo absoluto control de las cosas.

Sin embargo, estos últimos meses me he probado a mi misma que las cosas que yo consideraba cruciales en la receta de conceptos que me componen no son tan certeros como creía. ¿Mis lecturas por ejemplo? En el año he hecho CERO LECTURAS (bueno… quizá unas dos y media) PORQUE LEER ME PROVOCA PESADILLAS. Yo, que hace un par de años, me consideraba “lectora empedernida” y lo escribía en mi bio de twitter, no he podido terminar un libro de Amélie Nothomb porque el suelo se me mueve, la cabeza comienza a pulsarme terriblemente y termino con las energías por el suelo durante el resto del día. A veces siento que estoy traicionando a la más pura esencia de mi alma cuando decido ver un video de cómo hacer un pastel en forma de pizza gigante que leer a Eleanor Catton de una sentada.

Pero no dejo de ser yo.

A eso me refiero yo: Instalarnos en una frase inmutable es el verdadero asesinato de la identidad.

Mis fluctuaciones me definen tan profundamente como definen la danza o los sandwiches con mayonesa o las tardes de lluvia a todos los demás.  El hecho de que vamos de punto A a punto B es lo que nos describe. Me precio de querer ser una montaña, pero honestamente no hay nada más precioso que convertirse en el temblor del agua del río.

Es como mirarse en el espejo y memorizarte la cara. Una vez que te dejas de ver no estás tan seguro de qué lunar va en dónde o de cómo tuerces la boca cuando dices sí, sí quiero un pedazo de pastel, pero estás completamente seguro de que, una vez que te veas en una fotografía sabrás discernirte.

A lo que voy: ¡al diablo las instituciones reguladores del yo!

Yo seré yo y nada, ni siquiera yo, podré evitarlo. Y es que ¿se acuerdan del lápiz parisino? Lo perdí al mes.

Classic Saropi.