El signo de nuestros tiempos

Escribí estas 700 palabras para la edición sobre tauromaquia del suplemento Crítica, del periódico NTR. Karen me mandó mensaje pidiéndome una postura en contra de este fenómeno. Por supuesto: ¿acaso todavía hay viejitos rejegos creyendo que se puede justificar la lidia de toros? No lo sé, Rick. Pero pensé en el fin del mundo y en Harry Styles y que Ozuna borró todo el contenido de su Instagram luego de decir que nunca lo habían contratado para la Feria de Zacatecas y me dije: "Realmente hay cosas más importantes que la satisfacción de una decena de personas que creen que ver morir a un toro es tener una personalidad". Pero, oh cielo, realmente todo esto es el signo de nuestros tiempos.
Link a la publicación digital: http://eldiariontr.com/2019/09/18/critica

Hoy, en el funeral del abuelo de mi sobrino, luego de verlo en el féretro, él preguntó: “¿Por qué mi abuelito tiene en sus manos un rosario?”. No supimos qué decirle. Su papá le contestó, luego de pensarlo un rato, aunque sin estar muy seguro: “Pues así se acostumbra”.

Al vivir en un estado como Zacatecas –en el centro de un país plagado de contrastes, en el que la mitad de sus nacidos parten a Estados Unidos, y 60 de cada 100 habitantes migran a otros estados de la república– lo que mantiene la cohesión es la costumbre. Nosotros como zacatecanos nos sentimos orgullosos de decir “reborujado”, de comer gorditas de yesca o de asistir a los múltiples festivales culturales en el centro histórico. Estas coincidencias nos hacen comunidad.

Sin embargo, e inevitablemente, el tiempo pasa, y se convierte en el juez de lo que ha de perdurar. Es evidente, pues, que mientras la cultura globalizada prevalece, las viejas tradiciones enraizadas en la religión católica han dejado de representar a las nuevas generaciones.

John Martin, The End of the World, The Great Day of His Wrath, Tate Britain, London, 1851-53

En el caso particular de la tauromaquia (o las corridas de toros o simplemente “los toros”), su relación con los zacatecanos ha sobrevivido las críticas y el desinterés generalizado porque se ha convertido en un placer de ese porcentaje adinerado y conservador que, a lo ancho y largo del país, han tomado como bandera a su alineación política. Si decimos que todo lo privado es público, podemos decir, entonces, que toda costumbre es política. Y a inicios del siglo 21, caracterizado ya por la lucha de la justicia social y la preservación de la naturaleza, parece inconcebible que se les permita a las corridas de toros operar como lo ha hecho desde la Conquista.

El asesinato de un animal, de la manera ritualística que recuerda más bien al Antiguo Testamento, tendría cabida en una sociedad en que las manifestaciones culturales todavía tienen un tinte religioso. Si se sacrificaba a una vaca era para agradar a aquel dios patriarcal, perdido en las nubes. Si se sacrificaba a una persona era para calmar al dios lluvia y a sus aguas mortales. Ahora, como brillantes conquistadores del neutrino y de los agujeros negros, ¿tenemos los seres humanos que asesinar a un animal? 

En la Edad Media, decía Bajtín, se hacían los carnavales tomaban lugar para oponerse a la cultura oficial, al tono serio, religioso y feudal de la época. En septiembre de 2019, junto con el ambiente de la feria en honor a la fundación de Zacatecas y a la virgen patrona de la ciudad, se celebra la Fiesta Taurina, que para la gran mayoría no es un festejo importante o agradable de presenciar.

Yo recuerdo la primera vez que asistí a una corrida. Me pareció una celebración complicada, aburrida y violenta. Una celebración alejada a mi realidad y a mi contexto. Luego de que presencié la muerte del primer toro, le pedí a mi padre que me sacara de ahí. No he vuelto a presencial otra lidia y no planeo hacerlo. 

Más de la mitad de los mexicanos está a favor de prohibir las corridas de toros, según una encuesta que se realizó luego de que el presidente Andrés Manuel López Obrador consideró someter su prohibición a la opinión pública. El 59% de los mexicanos votaría a favor de restringir las corridas de toros; en contra, 31% se opondría.

Nuestros rituales son otros. Nuestras luchas son diferentes a las que se pugnaban a principios del siglo 20, en la Época Dorada de la tauromaquia. A nuestra generación –millenials o generación Z, como quieran decirles– nos interesa, por ejemplo, tener un planeta habitable. Nos interesa el salvaguardar la frágil economía que nos han dejado las generaciones pasadas. Nos interesa saber quién o quién no nos dio follow en Instagram o qué nuevo single ha sacado Bad Bunny.

El culto a la sangre derramada ha quedado atrás; no sólo el de los animales, inocentes víctimas de los laberintos de nuestra cultura, sino de las personas que han perdido la vida en el daño colateral del ego del hombre.

Es tiempo de responder los grandes cuestionamientos de nuestra vida no con un “así se acostumbra”, sino con una visión responsable y humana.

La profesionalización de la duda

Uno argüiría que es porque soy una criatura de mi época. Es más, por puñados se cuentan los estudiosos que consideran que los millenials han acabado con cientos de industrias y han posicionado a otras cientos. Que viven en la incógnita de las generaciones que sobreviven el cambio de milenio. Los que hablan con los ángeles piensan que es porque estamos al final de la era de piscis y vamos a iniciar la de acuario. Que Cristo se despide y nos dejará a otro mártir. ¿Cómo se llamará? ¿Tostada con aguacate? ¿Spotify sin anuncios? ¿Crocs de colores?

Me gusta esa frase que dice algo como que— “Nací después cómo para explorar a la tierra y nací antes de la exploración espacial, pero nací justo en el momento para presenciar como los neo nazis apropiaron el meme de Pepe The Frog para avanzar su propaganda fascista”, porque si eso no explica la perpetua confusión en la que vivo, entonces realmente no sé qué axioma podría hacerlo.

Pero resumo: Nunca sé lo que hago, lo que está pasando ni lo que sucederá en un futuro, lo que, a la larga, es mi mayor virtud y ventaja.

Por ejemplo, quienes han seguido de cerca mis historias de Instagram sabrán de lo que hablo. Parece que me atacan los infortunios cual Thalía en telenovela de Televisa, pero la verdad es que todo se trata de mi nula capacidad de entrever entre lo patente, la realidad que tranquiliza a los sabios. Ya saben: que estoy idiota y me cae todo de sorpresa todo el tiempo, como un bebé que no sabe a dónde se fue su mamá luego de que ésta se escondió detrás de sus manos. Tengo la capacidad de asombro de un labrador de un año. Infinita. No sé nada en absoluto y cada día para mí es un regalo desconocido, de proporciones épicas.

Supongo que eso es lo que me lleva a querer escribir; siempre impelida por la seguridad del necio, de que lo está viviendo es único y especial y no hay nadie más que él que pueda describirlo. Y porque, supongo, nos ha hace falta a nosotros los despistados algo más que el sidekick en la película o el bildungsroman de la chica que crece en una sabia mujer. Hay que ser valientes y reconocer que algunos despistados simplemente nos quedamos despistados. A veces me digo: “Es que soy piscis” (como si aquello quisiera decir algo en absoluto) o “es que soy un alma nueva” (a diferencia de la notoria alma vieja que es mi hermana) o el clásico “soy demasiado bondadosa” (frase que mi abuela devolvería con el otro clásico: en mi rancho así le dicen a los pendejos), pero no puedo negar que por mi innata habilidad de mirar a la tierra como si no tuviera 4 billones de años. y querer compartirlo con el resto, me ha salvado de convertirme en una creyente del terraplanismo. O sea, que todavía tengo capacidad de discernimiento

Pero vuelvo a lo de mi empleo, al ser el asunto que más me posiciona frente a la incontrovertible noción de lo inútil que soy —y Dios quiera y no los aburra más acerca de mis dolores de cabeza enfrentándome ante la hidra godinista del sector público mexicano, porque literal no puedo hablar de otra cosa más—.

Esta imagen se llama Depressed secretary.

Todo comenzó cuando la Sara Andrade del 2018 creyó que tener una oficina propia resolvería todos su problemas. Que Virginia Woolf me perdone, pero ¿acaso la idea de un espacio cerrado, con la única compañía de una computadora que sólo puede funcionar con Word y wordreference abiertos, y un trabajo fútil ya hecho a las 9 de la mañana y una taza de té con leche, al lado del lapicero lleno de bicolores sin usar y un cactus al límite de la negligencia, acaso todo esto no es perfectamente romántico? Atacada por mi propia esperanza, terminé contemplando el suicidio cuando lo que resultó de mi contratación godinezca fue una silla sin respaldo en un espacio ya ocupado por 8 personas más. La gente más lista me decía: “Bueno ¿pues que esperabas?”. Yo lloraba en un pasillo del Oxxo, ante la mirada desencantada de la chica de braquets que me vendía mi americano intenso cada día a las 10 de la mañana, preguntándonos las dos la razón de existir.

Mi psicóloga llamaba a las armas. Lucha por tu lugar, me decía. Hazte respetar. Envalentonada, comencé una especie de viacrucis que me llevó por todas la esquinas de la ratonera en la que yo me empeñaba por asistir. Cada uno de los main bosses que enfrentaba, en lugar de pelearse conmigo a puño limpio, se encogía de hombros y me decía, decepcionándome una vez más: “Parece que eres la única poco satisfecha con tu situación, la verdad”. Al parecer, sí. Estoy justo en medio de la extraña conjunción de sucesos que me permite trabajar desde mi casa, escribir, leer, acompañar a mi mamá durante el día, asistir a la escuela, y ser pagada por ello. Otros, en mi lugar, se acostarían de lo lindo en la hamaca imaginaria de la desatención gubernamental. Pero yo, necia, insisto: ¡Mi pequeña oficina! ¡Mi computadora del 2000! ¡El respeto que merezco como funcionaria pública! ¡Mi cactus! Que me puede todavía un poco eso de la dignidad laboral.

También pareciera ser que todo es porque no puedo aceptar la derrota de vivir una vida poca extraordinaria. ¿Acaso hay espacio para nosotros los poco moderados? ¿A dónde iremos los que no atinamos en sentir lo adecuado, y acabamos sintiéndolo todo o nada en absoluto? ¿Qué hacemos con esta manija descompuesta que no le atina al tibio, y siempre saca agua helada o agua hirviendo?

El jueves pasado, como suele suceder, rompí en llanto y tuvo que intervenir mi madre santísima para decirme que si era tan malo para mí el no participar activamente en aquel hoyo de ratas que entonces presente mi renuncia. Me dice: “Relájate y el lunes asistes con esa intención”. Seguí su consejo con confianza. Sucede entonces que durante el fin de semana conocí a un par de personas que no sufren en absoluto de ninguna de la aflicciones mentales de los desadaptados. ¡Oh! ¡La tranquilidad de saber que un paso sucede al otro! ¡Y la confianza en sus propias consideraciones! ¡Ah, la ausencia de la duda! Me veo frente a ellos como todo lo contrario: soy yo una profesional en la duda. He crecido, como una niña regalada al Bolshoi, elástica en perplejidad. Me vuelan las verdades absolutas por encima de la cabeza, esas que son tan necesarias para tener una casa o un carro a los 25 y poder salir a tomar una copa de vino con los amigos.

Hace poco alguien me dijo, luego de escuchar mi diatriba de cómo siempre consideré hacerme monja recluida, que soy demasiado aprensiva cómo para funcionar. Corregí en mi mente: “Soy demasiada obsesiva, tal vez”. Si la aprensión se entiende como figuración o temor infundado o formado antes de la experiencia, quiero creer que lo que me aqueja a mí es más bien una curiosidad excesiva por todas las materias. Por supuesto, tengo mis hiperfijaciones (ahora mismo, es Fleabag y esta ciudad en la que vivo como concepto literario) y siempre las tendré, pero prefiero ser un jack of all trades and master of none a quedarme con la ansiedad de no haber hecho nada en absoluto por temor a no hacerlo perfectamente. Ya lo dice nuestro abuelito Whitman: Soy grande y contengo multitudes. Soy una isla de gran complejidad y no pueden contenerme y acepto el caos, acepto la ola, lo acepto todo con brazos abiertos.
Luego robaron nuestras maletas del auto de nuestros nuevos y muy adultos amigos. Oop.

Llegué a mi casa sin nada más que con la seguridad de que realmente no podemos escapar de la entropía de existir, y de que ese no es el asunto. El meollo del problema radica en que no puedo permitir que aquella nebulosidad impida mi crecimiento. Sí, claro, es injusto ser la única empleada sin un espacio para trabajar, y sin la camisa con el logo bordado, y sin amigos para salir a beber los viernes, pero también es extremadamente afortunado el ser remunerada por teclear códigos html en pijama desde mi habitación.

¿Es esta una verdad ineludible? ¿Acaso esto es un vistazo de sabiduría en este blog que se dedica a regurgitar lo obvio en dos o tres fórmulas ensayadas hasta el hastío? No lo sé, pero yo, Sara Andrade del 2019, sólo quiero que el mundo no se acabe y que me espere a entender unas dos o tres cosas básicas sobre la vida. Ya si quiere venir Cristo 2.0 con crocs de colores, pues adelante.

Canción de la semana:

Entre el caos y el orden

La conversación está girando alrededor de las cosas que, aunque me gustan, no son necesariamente buenas. Le digo que me gustan las fechas precisas, los calendarios tachados, las cajas llenas de secretos. “Hay un orden en el caos, quiero creer”. No sólo el desastre que es aparente, pero algo más dentro de éste. Pensado, elaborado y puesto de manera precisa en algún lugar. Como una pirámide lunar. Un colibrí en el desierto. Un ojo en la roca que permite la entrada del sol.

Durante semanas, la rutina fue la misma. El lunes me vestía de rojo. El martes, naranja. Miércoles, amarillo. Jueves, azul. Viernes, morado. A veces, en viernes era rosa. O alguna tonalidad de rojo, si había que santificar el fin de semana, si debía ver a alguien y quería mostrarle el pigmento de mi sentimiento. A veces, cuando la semana era triste, me vestía de azul. Si salía el jueves a beber, me vestía de flores. Si en miércoles tenía hablar frente a la clase, usaba el guinda de las secretarias. Era un diseño preciso. Un color para definir el día, a pesar de lo que sucediera. Mi ropa en el clóset se dividía en este esquema. Empezando por el rojo, un arcoiris de tela, y al final los monocromáticos. Negro, blanco y gris para usar cuando no quería pensar demasiado.

En alguna esquina del cuarto, una caja repleta de notas. Hechizos de certera definición. Uno para el cuerpo, otro para el corazón, otro para el futuro. 39 libretas sin llenar, diseminadas en la casa. Un sol azul. Estrellas amarillas. Coronas de flores. Una lista pegada en el espejo: no de cosas para comprar en el super, sino una de pasos para alcanzar la ataraxia. La fórmula alquímica que me inventé a los 15 años, que contenía una copia exacta de lo que conocía de mí y la idea vaga de lo que no.

Analizaba que si se pueden encontrar patrones tan preciosos, circulares, imposiblemente redondos a lo ancho del Universo es porque existe algo más importante que esta patente linealidad, del nacimiento a la muerte; y, ¿por qué no he dedicar mi vida a esa magia cotidiana? Al quehacer interior, reordenar la íntima naturaleza del espíritu. A vivir en un castillo, en medio de un claro, rodeado de árboles. Una fosa. Una torre. Un vestíbulo con un candelabro eléctrico. Yo en medio, paralela con el suelo.

La autoexploración espiritual es necesaria para la posterior represión. ¿Qué límites colocas si no sabes dónde empiezas y dónde te acabas? Debes tener buena vista del arbusto que vas a recortar en forma de cubo, porque nunca nada se cercena en la oscuridad, así como nada crece sin Sol directo. Bajo la luz más brillante es en la que nos desvelamos para destrozarnos con efectividad.

Está todo lo demás: los juegos infantiles que a veces recuerdo con absoluta claridad (la última vez que jugué con esa mentalidad lancé una flecha, me acuerdo; o! lonesome cowboy), las veces que corrí en un parque a medianoche, las velitas que soplé, sentarme en el mismo lado de la mesa de la cocina, escuchar en la calle la canción que pensé, pelearme al borde de las lágrimas, comer algo echado a perder, manos sosteniendo las mejillas, cuando me cortaron mal el cabello y lloré. Las cosas que llenan el vacío de allá afuera, que se colocan alrededor de la forma de una chica que crece.

Una casa en llamas. Venecia bajo el agua.

Hablamos así, poniendo imágenes en las cosas que no sé cuántas palabras me van a tomar describirlas. Lo intento de manera directa: “Estoy a dos días de aventarme bajo las llantas de la ruta 2”. A veces, me voy por la tangente: “Llevo años sin hacer algo que se pueda considerar valiente en cualquier cultura”. Otras veces, escupo imágenes que no sé si puedan interpretarse como quiero que se interpreten: “Es un círculo que yo quería ver siempre a punto de cerrarse, como si fuera un símbolo de esperanza: la incompletud”.

Ella me devuelve las declaraciones histéricas con axiomas que me parecen salidos de Delphi: “Estás sosteniendo las columnas de Sansón, en lugar de tirarlas. Hay un río que se sale de su cauce. Te abres paso sin mapa, sin lámpara, sin saber que hay al siguiente paso. Estás triste porque no puedes controlar nada en absoluto: no hay existe nada más normal en el mundo”.

Entre el caos y el orden, le digo, entre lo que puedo y no puedo controlar, estoy yo escribiendo, sola en mi habitación. Se escucha el clac, clac del teclado, el tenue zumbido de la pantalla, la canción de Sufjan con 15 rayitas de volumen. Lo controlo y al mismo tiempo no: escribo sobre una chica que se cae y ve las estrellas. Tengo todo trazado en un cuaderno, lleno de rayas, números, nombres e historias. Hay un plan definido. Un arquitecto que dibuja calles y avenidas en papel albanene. Al teclear el plan comienza a distorsionarse, como si comenzara a cobrar vida. En la misma línea de metáfora: la ciudad crece como se le da la gana. Ni Brunelleschi ni Alberti pueden detener la estructura viva de esta ciudad. De esta ciudad que soy yo frente a la pantalla, de mí misma que me recreo en un montón de bits, como para intentar darle forma a todo lo que significo.

O soy un pozo, como siempre. Un pozo que no es oscuro, sino que está lleno de luz perpetua. Que no se acaba y parece ir hacia todos lados. A veces me acerco a alguna pared rugosa, que brilla como un plato de oro. A veces me recuesto en su suelo, fresco como un arroyo. Esto no es oscuro ni frío ni temible. Es vivir dentro de un haz de luz, y viajo a velocidades imponentes. Existo suspendida entre esencias. ¿Qué crece realmente si eres una nube henchida de luz? Carezco de la corporalidad que otorga la tierra que permite el crecimiento. Soy bruma resplandeciente. Cambio de forma, pero soy lo mismo. De gas paso a líquido, de líquido a hielo y de nuevo a gas. Un ciclo de nada, realmente. Entonces, me digo: si he de reciclar este líquido, que es sangre, ¿por qué no mejor me recuesto a descansar? ¿Por qué no mejor lo dejo ahí y acepto vivir con esta fuga de líquido? Vivir un poquito inclinada, como he sentido que he de hacerlo desde que no estoy sana. Un poquito incómoda, un poquito mal. Me resigno a no existir perfectamente feliz, porque lo que resta no me pertenece. No me pertenece este deseo, no soy yo su comandante, y no tengo poder sobre nada.

Entre el caos y el orden, me contesta ella, existen cosas que son eternas. Entre lo que puedes y no puedes controlar están los pedregullos que hacen el camino: una flor de jacaranda, una nota doblada al fondo de la mochila, un lápiz mordido, la chamarra que tengo desde los 7 años y me niego a tirar. Tengo un post-it pegado en el espejo que dice: Acuérdate. El problema es que no me acuerdo de lo que olvide, como Neville Longbottom. Pero aquello me hace repasar el día. Pienso en las cosas tediosas, angustiantes, vulgares, terribles que me han pasado. Cosas que detesto pero que no son necesariamente malas. Al contrastar se conoce lo rescatable, lo valioso. Ahora que me he dejado de rituales primorosos, de hechizos que rayaban en el autismo, siento que el vacío dejado permite conocer el límite exacto de lo que sí puedo llamar mío. Pienso inmediatamente en dos cosas: este imponente amor al mundo (o en las palabras de Mary Oliver: estar de pie y estar asombrada) y que, si todo lo anterior falla, siempre hay espacio para escribirlo.

Ella me dice: “No dejes de escribir, entonces”. Y llegando a mi casa, una hora después, es lo que hago.

La batalla de los gatos: o how I got back on my bullshit

Algo sucedió en la colonia una vez que decidí traer a Jane a la casa. Podría inventarme ideas disparatadas, conspiraciones iluminatis, o fenómenos apocalípticos para explicar el fenómeno acaecido: nuestra calle se llenó, de repente, de gatos. O mejor podría decir que ahora con Jane en la línea de visión, todo gato es aún más reconocible. Total: contando con las manos, encontramos que, durante un par de semanas, convivían entre 7 u 8 gatos en nuestras azoteas. Cuando Sonny y el pomeriano nervioso de la vecina eran los reyes de la calle, cada tercera Luna llena se podía escuchar el maullido malévolo de algún minino perdido, pero nuestra colonia era paraíso perruno, aire lleno de ladridos y banquetas llenas de caca, sin rastros de colas ondeantes, orejitas tringulares ni boquitas en forma de 3.

Cuando la gente me preguntaba “¿con qué animal te identificas más?” (y para no volver a cometer la indiscreción de decir “una vaca pastando” como sucedió en una entrevista de trabajo) solía contestar que con mi perro gordo sueltapelos metomentodo. Era yo 100% perruna.

Cathy (por Catherine Earnshaw) y Jane (por Jane Eyre)

Entonces, llegó Jane en 2016 y, sonará exagerado, pero esto revolucionó nuestra vida. Mis padres, por ejemplo, redescubrieron los alcances de la obsesión. Sonny recuperó un poco de su vitalidad perdida para poder jugar con la Juanita, y Diana y yo comenzamos a volvernos aquellos usuarios de Tumblr que tanto detestábamos que hacían uso indiscriminado del hashtag #Caturday. Vamos, que un gato se te mete en el cerebro y hace nido en alguna parte entre el córtex y el cerebelo y, oh dios, la serotonina que se libera de ver a un michi de panza, moviendo la cola sin ninguna preocupación.

Sonny, como saben, murió en noviembre del año pasado. Atenazados por el dolor de su perdida, y luego de una retail therapy en un Buen Fin, Diana y yo adoptamos a Cathy, una gatequita color trapo sucio, en una feria de adopción. Pensamos, de manera ilusa, que conocíamos los límites del amor hacia una criatura peluda, pero entre dos gatitas de colores disparejos, personalidades definidas y cientos de fotos en nuestros carretes del celular, descubrimos que habíamos caído todos en el foso sin fondo de la adoración. Mi mamá comenzó a comprarse ropa y accesorios con gatitos impresos. Tanto así que llegó a gastar todos sus euros en Venecia para comprarse un trío de gatos de cristal soplado. Mi papá, por su parte, comenzó a tratarlos como protagonistas de sus historias.

En su libro, mi papá escribe en un cuentito sobre La batalla de los gatos. La historia gira alrededor del odio desmedido de un hijo por los gatos de su madre y su venganza en forma de dos perros criados para matarlos. El main coon de la colonia, enorme e imponente, al final de refriega termina por decirle con voz de mando: “Los animales somos amigos y tú eres un idiota”. El sujeto acaba muerto de la impresión. Cuando él me contaba del cuento, me imaginaba todo de manera épica, con gatos con caras de malo y perros doberman de tamaños desproporcionales y un hombrecillo vengativo viéndolo todo desde la esquina. Muy cómic todo, muy oscuro. Muy como si tuviera a Keanu Reeves de protagonista o algo así.

Supongo que si nos parecemos…

La realidad, por supuesto, supera la ficción.

Con el fallecimiento de Sonny los gatos tenían cancha libre para hacer y deshacer y mi padre, sin ganas de ser amonestado por algún michi hablador, ha tomado la costumbre de correrlos a todos lejos de sus ahora hijas putativas (en el sentido tanto de “gathijas” como de sustitutas mía y de Diana; ahora yo soy la Cathy y Diana es la Jane) y de amenazarlos con “darles su poquito” si siguen intentando entrar a la casa.

Cathy es la culpable del alboroto. Tierna, sociable y con una carita que te quieres comer, los gatos de la calle han intentado todo por ser merecedores de su amistad y, por lo menos, de la indiferencia de Jane. Mi primogénita, por supuesto, los detesta a todos sin reserva alguna. Entre Jane y Cathy, princesas del callejón, existe un equilibrio perfecto que pone al margen la histeria de los gatos que no han sido esterilizados. Cathy los atrae y Jane los repele. Cathy juega con ellos y Jane les deja sendas rajadas en la cabeza. Los gatos, idiotas como todos los de su género, siguen subiendo la hipotética torre medieval, con flores y versos, para ganar a las Bellas Damas™ del 105. Todos están destinados al fracaso por supuesto: Jane y Cathy están esterilizadas y no pueden ni quieren ser merecedoras de La Caricia. Entonces, si hago una lista se pueden contabilizar a los Caballerescos Gateques así:

  • El Gris: gato vecino que fue el primero en meterse a la casa por Cathy y que sufrió de primera mano los ataques de Jane; parece ser el líder de su manada (Fig. 2)
  • El Chilletas: un viejo gato moteado, que fue bautizado así por mi mamá por ir caminando por la calle mientras se queja. Normalmente aparece para pelearse con el Gris, Stormy y el Siamés. (Fig. 5)
  • El Naranja: gato miembro de la manada del Gris. Él se guarda en su casa y no causa alboroto
  • La/El Peludín: uno de los favoritos de mi mamá por están peludito, blanquito y chiquito, miembro también de la manada del Gris.
  • El Negrito: otro de la manada del Gris. Está jaspeadito y tampoco la hace de emoción
  • El Hermano de Cathy: gato de otra vecina, que es parecidísimo a Cathy y que se lleva muy bien con ella (Fig. 1)
  • El Otro hermano de Cathy: gato de otros vecinos; blanco con gris y parecido también a Cathy, pero es más bien latoso y no se lleva bien con Cathy (Fig. 3)
  • El Siamés: un habitual en las peleas de los gatos, vive en la otra calle y nomás viene al alboroto.
  • Stormy (o Griso): el único que, por su tenacidad y peludez, tiene nombre. Un tierno de corazón, gordo roba croquetas y que tiene casa y nombre, pero insiste en venir a la casa a comer y ver a Cathy (Fig. 4)

Pareciera ser que, acostumbrados a lo dicho, leído y visto, los gatos salen de noche para gritonearse, arañarse y jurarse venganzas terribles, pero los gatos de este sitcom zacatecano salen muy campantes a mediodía, a maullarnos por las ventanas y las puertas, con la esperanza de que saquemos a Cathy y ellos puedan verla.

Cathy, como todos saben, es una inocentona. Es ella un personaje de Marilyn Monroe: rubia, preciosa y corta de luces. Todos adoran a Cathy y ella los adora de vuelta. Cathy se nos ha perdido ya varias veces porque la tonta va y se mete a la casa del vecino y no sabe como volver. Le teme a los perros y a las personas, pero convive muy bien con sus amigos gatunos de la calle. Como hija adoptiva de mi hermana, claro, está predispuesta al ridículo.

Jane, que es dos al mismo tiempo (en la veterinaria nos preguntan siempre por “la gatita con quimerismo”) y que el amor de su pequeña vida fue nuestro gordo Sonny, detesta a los gatos como especie en general. No se lleva bien con Cathy: la soporta y de vez en cuando comparte sillón para la siesta. Sin embargo, adora a Darcy, el schnauzer de mi tía, y juega con él cuando viene de visita. Jane es gato y perro, solemos decir. Es sociable con los humanos (y es la favorita de mis papás), pero cautelosa en la interacción entre michis.

En el tinaco de las vecinas

Todas sus relaciones, cabe destacar, se llevan a cabo en el techo de nuestra casa y de los vecinos. Trepan, saltan y corren. Maullan al ritmo del amor no correspondido, bufan en despecho a las palomas que, sin las croquetas que tan desinteresadamente les daba el Sonny, se ven flacas, flacas y tristes, muy tristes, perepetadas en los tinacos.

Yo, como testigo silente de todo, me dedico a alimentarlos y ponerles nombres y personalidades. Eso me lleva a subirme al techo y a recordar viejos hábitos. En la preparatoria, por alguna razón, solía pasar las tardes trepada en el techo de la casa, mirando el punto más profundo del cielo hasta sentirme revuelta desde dentro, como de cabeza, sin perspectiva del derecho y el revés. Pasaba horas tostándome al sol, buscando alguna respuesta en el recorte de la ciudad desde esa altura. De subir el techo, cual gato sin quehacer, comencé a escalar el cerro. Si lo que en ese entonces buscaba era el estar un paso más cerca a la sustancia escurridiza de la bóveda celeste entonces aquel era el paso lógico. De los gatos de la colonia pase a los gatos monteses del cerro.

Antes, yo caminaba en La Bufa con Sonny que, por la costumbre, ya podía andar sin correa. El vato buscaba su matorral de siempre para cagar en él y luego llenarme el pantalón al enterrar su pastelito. Ahora, sola y triste como las palomas de los tinacos, tengo que andar por los caminos de las liebres y los gatos silvestres como para sentirme acompañada. Mi mamá me etiqueta en esos videos de The Dodo en los que gatos aventureros acompañan a sus dueños senderistas. Eso me hace sentir aún más abandonada. ¿Me vería muy mal llevando a Jane a las faldas de La Bufa, obligándola a convivir con la sociedad animal y humana que tanto rechaza? ¿No se me perderá entre el color rojo de la tierra y el ocre del zacate seco? ¿No preferiré en realidad quedarme entre las paredes conocidas de mi casa?

Hasta en el cerro hay escaleras.

Pienso, sola y en silencio, dos horas bien metida en el cerro, que quizá si me parezco más a los gatos que a los perros (o que a las vacas pastando). Que ando como ellos, buscando subir a todas las elevaciones de la tierra, rehuyendo del ojo amigo, contentándome con tener un espacio para relamerme el lomo sin ser molestada. O quizá soy como Jane, mitad y mitad. O quizá soy como Cathy, 100% una tonta de remate.

Stormy está maullando por la ventana. Le he dejado las sobras de las gatas en la ventana, que se come con mucha hambre. Más en la noche, el Chilletas va a llegar al callejón buscando pelea. Saldrá el Gris, harto de la dinámica, pero dispuesto a tirar zarpazos. Se pelearán durante una hora y se escucharán como lloriqueos de bebé. En la mañana, Stormy seguirá al filo de la ventana, a pesar de tener casa y familia. Los hermanos de Cathy la van a estar buscando para jugar, pero nuestras gatas, princesitas de la casa, siguen dormidas en la king-size de mis papás. Esto se seguirá repitiendo hasta que deje de suceder, hasta que el viejo Chilletas deje de aparecer, hasta que la vecina se lleve a su manada de gatos, hasta que no dejen salir a Stormy de su casa, hasta que nosotros nos vayamos con nuestras michis en el brazo y comencemos otras batallas en otros techos, en otras calles.

Por ahora, ya tengo en el carrito de Amazon dos pecheritas tamaño S, para en la quincena llevarme a mis gatas al sendero de sus hermanos salvajes y hacernos compañía en otras alturas.

Traducción: 3 poemas de Mary Oliver

Luego de leerla intermitentemente en Tumblr, de ver el video en el que ella, de cabellito blanco y voz suave, lee Wild Geese, y de tomar como mía la experiencia estética del picnic rústico y de ir a abrazar la tierra roja del cerro, me tomé muy en serio la muerte de Mary Oliver a principios de año. Casi inmediatamente compré un libro suyo para Kindle y comencé a aprenderme sus poemas. Es apreciable su trabajo ahora, en esta coyuntura de incendios forestales y sesgos de derechos humanos. Lo que siempre ha atraído de su poesía es su impasible y perenne declaración: Amar, amar, amar. Ojalá con estos poemas que traduzco puedan descubrir el encanto de Mary.

Cuarenta años

durante cuarenta años
las hojas de blanco papel han
pasado bajo mis manos y he intentado
mejorar su pacífico

vacío, al depositar
pequeños caireles pequeños tallos
de letras escritas
pequeñas llamas saltando

ni una página
fue menos que fascinante
discurso lleno de cadencia
sus pálidos nervios escondiéndose

en las curvas de las Qs
detrás de las marciales Hs
en los pies palmeados de las Ws
cuarenta años

y de nuevo, esta mañana como siempre
me detengo mientras el mundo vuelve
mojado y hermoso, estoy pensando
que el lenguaje

no es ni siquiera un río
ni siquiera un árbol ni siquiera un campo verde
ni siquiera una negra hormiga que viaja
enérgicamente modestamente

de día a día, de una
dorada página a otra.


Cuando la muerte venga

Cuando la muerte venga
como un oso hambriento en otoño;
cuando la muerta venga y tome todas las monedas brillantes de
su bolsa

para comprarme, y cerrar su bolsa de golpe;
cuando la muerte venga
como el sarampión,

cuando la muerte venga
como un iceberg entre los omoplatos,

quiero atravesar la puerta llena de curiosidad,
preguntándome:
¿cómo será, aquella cabaña de oscuridad?

Y por lo tanto, lo veo todo
como una fraternidad y una hermandad,
y miro al tiempo como no más que una idea,
y considero a la eternidad como otra posibilidad.

y pienso en cada vida como una flor, tan común
como una margarita de campo, y tan singular,

y a cada nombre una música cómoda en la boca,
tendiendo, como hace toda la música, hacia el silencio,

y a cada cuerpo un león de coraje, y algo
precioso para la tierra.

Cuando se acabe, quiero decir que toda mi vida
fui esposa que se casó con el asombro.
Fui el esposo, tomando al mundo entre mis brazos.

Cuando se acabe, no quiero preguntarme
si hice de mi vida algo particular y
real.

No quiero encontrarme a mí misma suspirando y asustada,
repleta de argumentos.
No quiero terminar simplemente habiendo visitado este mundo.

La mensajera

Mi trabajo es el de amar al mundo.
Aquí los girasoles, ahí el colibrí–
idénticos buscadores de dulzura.
Aquí la apresurada levadura; ahí las azules ciruelas.
Aquí la almeja, hundida en la arena moteada.

¿Mis botas son viejas? ¿Mi abrigo está roto?
¿Ya no soy joven ni todavía la mitad de perfecta? Déjenme
concentrarme en lo que importa,
que es mi trabajo,

el cuál, en su mayoría, es estar de pie y aprender a estar
asombrada.
El mosquero, la candelilla.
Las ovejas en su pastura, y la pastura.
Lo cual es, en su mayoría, jubiloso, pues todos los ingredientes están aquí,

que son gratitud, por haber recibido una mente y un corazón
y estos cuerpos vestidos,
una boca que da gritos de alegría
a la polilla, al reyezuelo, a la soñolienta y recién excavada almeja
para decirles, una y otra vez, como es
que viviremos para siempre.

Cuento: Notre Dame

Escribí este cuento en ¿2014? Era de cuando estaba realmente obsesionada con mis santos y acabábamos de llegar de París y la imagen de Carlomagno todo esmeralda todavía me perforaba las pupilas. Decido compartirlo porque lo acabo de encontrar. ¡Gracias por leer!

Junté mis manos para orar. Lo hacía sólo de costumbre. No tenía mucho que decir; no sabía qué decir. Las junté y cerré los ojos. ¿Esto es lo que se hace? Siento movimientos detrás de mí; modestos frufrús, voces en portugués, el ruido de la goma de los zapatos deportivos del hombre que vi al entrar. Estoy frente a San Jorge y una Virgen vestida de índigo que no reconozco. Pareciera que las únicas luces son las de las velas eléctricas. El silencio ha hecho nido en mis oídos. Las manos muy juntas. Los ojos ahora hacia arriba, hacia donde miran los santos. Pienso en Dios.

(Pero pienso en ti, veladamente. Que Dios, celoso como es, no se entere. Pienso en Dios y en ti, al mismo tiempo, como una cosa natural. Cuando me detuve a observar la verde figura de Carlomagno, tú te seguiste de largo. La idea de caminar durante una hora más en un lugar tan viejo no te parecía tan tentadora como un café bien cargado en el bistro de mesas rojas que viste de camino. No te digo nada. Me dices, “te espero allá, ¿ok?, no tardes”. Asiento. Carlomagno, no el herrumboso que está frente a nosotros, sino su mismísimo espíritu, me mira con el ceño fruncido. No sé muchas cosas, me defiendo; sé sólo las necesarias. Atravieso las puertas doble de madera de la catedral, me interno rápidamente hacia uno de los últimos nichos. Me acomodo en el reclinario e intento buscar el lugar al que miran los santos. ¿Qué es lo que ven?, pregunto desesperada. El cuarto dorado que contiene todas las cosas, me responde el incómodo dragón debajo de la preciosa suela del santo. Sus ojos de esmeralda son los únicos que me miran a mí. Un frío que no viene de ninguna parte me invade. ¿Dónde está ese lugar?, le preguntó al dragón derrotado. Mírate las manos, susurra casi triste, mira detrás de tu hombro. Observa atentamente hacia donde te llevan tus pies. San Jorge le pisa el hocico con más fuerza. Me levanto, asustada, decidida a salir, pero un resplandor dorado me detiene. Una joven, toda de oro, con una espada en las manos, que también mira hacia arriba, me detiene el paso. La reconozco sin leer el nombre que aparece en la placa de su pedestal. Le beso los pies. Somos pequeñas polillas polvorientas en sus manos. Podría aplastarnos completamente, pero no lo hace. Finalmente lo hará, por supuesto. Ahora, bienaventurados, sólo estamos rodeados de su fuego y de nuestro polvo. ¿Cómo lo sabes?, le pregunto. Agarro su túnica con fuerza. Baja la mirada y el ruido, todo, se detiene. Escucho la voz de Dios tan clara como tus lágrimas, me dice con ternura. No estoy llorando, respondo, alejándome. Pero lo harás. El aire fresco de la mañana me pega con fuerza en las mejillas al salir. Estás sentado, te veo desde aquí. Levanto la mano para que me veas tú a mí. Le das un sorbo al café y miras hacia el cielo).

Junto las manos con más fuerza.

Trascender la trampa: las villanas del capitalismo y yo

Entre que procrastino terminar un cuento o empezar otro, sucede lo inevitable: Amazon.com.mx me toma del ojo y comienzo a scrolear las distintas opciones de gasto capitalista que se traduce en la promesa de envíos gratuitos en menos de dos días, todo gracias a que gasto 399 al año para ser parte del club Prime. Eso es lo que destaca a Amazon de tantas otras páginas de compra-venta, según he leído. Que Jeff Bezos ha amasado insanas cantidades de dinero por hacer trabajar a hordas de empleados mal pagados con tal de hacerle llegar a la chica veinteañera en turno una base de Maybelline a la puerta de su casa, porque no se puede molestar en caminar 10 minutos a su tienda de cosméticos más cercana.

En lo que va del año, la página me anuncia que he realizado 16 compras a través de la plataforma. Entre básculas, libros Young Adult en su idioma y paletas de sombras para ojos siento crearse un lazo estrecho entre empresa y cliente. Amazon es mi mejor amigo, que salta de repente mientras surfeo la net, para decirme que ese humidificador al que le eché el ojo por medio minutos está en descuento. No me siento espiada, al contrario, me siento acompañada, segura de que alguien en la vastedad del Internet me conoce tan bien como para recomendarme unos pants de yoga mientras intento descubrir la mejor receta para brownies.

Ni a mí tampoco, aparentemente.

A veces, poquísimas veces, a la mitad de la noche abro los ojos y pienso: “Demonios, debería estar ahorrando para mi futuro, que es infinitamente más incierto que la futura fortuna de Bezos”. Me atenaza la culpa: “¿Cómo demonios me he atrevido a gastar, otra vez, miles de pesos en maquillaje lleno de glitter?”. En la oscuridad de mi habitación me siento inmoral, sucia, llena de remordimiento. “No puedo creer que he sido presa de esta máquina reptiliana come almas; mañana mismo cierro mi cuenta”. Veo, como si se trataran los fantasmas de las Navidades pasadas, a todos los trabajadores mal pagados a los que he hecho trabajar horas extras por exigirles mi base Fit Me de Maybelline, una botellita de cristal de 30 ml que puedo cubrir con una mano completa, empaquetada en un sobre manila tamaño radiográfico. Me dicen: Sara, por el amor de dios, tú sabes lo que es trabajar así, ¿por qué nos haces esto?

A la mañana siguiente, claro, las endorfinas que uno libera en las compras capitalistas sin conciencia se encarga de que no sólo mantenga mi perfil de Amazon Prime (que, se ha demostrado, es endemoniadamente difícil de eliminar), sino que navegue las páginas de eBay, MercadoLibre, demonios, incluso Wish, para satisfacer mi necesidad de gratificación instantánea.

En momentos de claridad, como en estos, me pregunto cuál es la estrategia correcta para escapar la trampa capitalista que los super-ricos han tendido para ganar dinero de nuestra fútil mano de obra. Quizá, como muchos ya hacen, hacerme zero waste y consumir de manera local y órganica. Quizá, como otros también, dedicarme al freeganismo y recoger la buena comida de los Walmarts del mundo tiran porque no ha sido comprada a tiempo. O también, la ruta que tal vez toma la mayoría, no hacer nada y esperar a que la Tierra se consuma en fuego (y cantar las de Hozier, ¡Wasteland, baby!) y morir en medio del caos que bien yo pude haber evitado. Pero vuelvo a lo inevitable: por muchos popotes que yo rechace en Starbucks, mi contribución al planeta es mínima en comparación con lo que las grandes empresas, dueñas de todo, puede hacer para detener esta vorágine de contaminación, pobreza e incertidumbre.

“That you gaze unafraid as they saw from the city ruins”

Es bien conocido que son sólo 100 empresas las que son responsables del 70% de las emisiones de gas con efecto invernadero en el mundo. Un estudio, Carbon Majors Report, señala como culpables a las grandes empresas de combustibles fósiles como causantes en la subida de la temperatura global: “ExxonMobil, Shell, BP y Chevron se encuentran entre las empresas de inversionistas con mayor emisión desde 1988. Si los combustibles fósiles continúan extrayéndose al mismo ritmo en los próximos 28 años que en 1988 y 2017, dice el informe, las temperaturas medias estarían en camino de aumentar en 4ºC para finales de siglo. Es probable que esto tenga consecuencias catastróficas, como la extinción sustancial de especies y los riesgos globales de escasez de alimentos”. (The Carbon Majors Database, CDP Carbon Majors Report 2017).

No sólo tienen un rol principal en el temido calentamiento global, sino también en la contaminación activa de los grandes cuerpos de agua del mundo, las terribles condiciones laborales en países en desarrollo y el uso indiscriminado de la mercadotecnia para hacernos creer que lo que hacen es exactamente lo que necesitamos. Lo que quiero decir es que, si queremos evitar que las tortugas sufran, entonces debemos guillotinar a los reptilianos super-ricos.

¿O hay otra salida?

Las villanas del capitalismo

Estaba comiendo lentejas, a la mesa de la casa, leyendo, atónita, la historia de una tal Caroline Calloway y su rise and fall en el mundo editorial, luego de que ella, influencer egresada del NYU, se granjeara un acuerdo de $500,000 dólares para publicar sus románticas memorias sobre su estancia en la Universidad de Cambridge (que titularía And We Were Like), que hizo pública en su Instagram (con más de 800 mil seguidores) y engañara a medio mundo con supuestos talleres de creatividad. No sólo nunca escribió el libro (a pesar de haber recibido medio millón de dólares para hacerlo y de tener que pagar 100 mil dólares en retribución…), sino que se atrevió a cobrar $165 dólares por una plática vocacional en su departamento de Boston y regalar mason jars para los incautos que cayeron en sus encantos. La cultura del Influencer de Instagram en un párrafo.

Le conté la historia a mi hermana que me replicó, un poco harta: “¿Y tú por qué no has logrado engañar a una editorial y que te den medio millón para publicar?“. Me como las lentejas en silencio. Demonios. Esa es la pregunta del millón, ¿no? ¿Cómo es que la gente más despreciable del mundo logra obtener millones de dólares? La historia de Caroline Calloway me impactó por su cercanía: ¿qué daría yo por estar en su posición? Una chica rica (blanca y privilegiada) como para estudiar en las universidades más prestigiosas del mundo y escribir sobre lo que veo. No sólo escribir, sino recibir montones de dinero para que la gente puede leer mis tonterías. ¡Y yo aquí pagando $1,500 pesos para mantener mi punto com enn WordPress! ¡Qué haría yo con 10 millones de pesos para publicar mis vicisitudes godinas, mis recuerdos letrudos! Les digo lo que haría: trabajar duro para concretar ese libro. Quiero decir, por ese dinero, les hacía una heptalogía sin miedo, sin rencores. Sin embargo, la realidad de las cosas es otra y mi dignidad (aprendida en casa) no es capaz de hacerle eso a la gente. Caroline Calloway, sin remordimiento aparente, sigue vendiendo talleres, a pesar del escarnio público y la deuda de un libro que jamás será publicado.

Supongo que el secreto es ser blanca, rubia y bonita.

En escalas más violentas, están los casos de la falsa socialité Anna Delvey (quizá mi favorita de todas ellas) y Elizabeth Holmes, la siniestra CEO de la infame Theranos. La primera engañó a todo el Soho de Nueva York y les hizo creer que era la hija desconocida de un magnate alemán que “solamente estaba buscando comprar un edificio en Manhattan y hacerlo un museo de arte”. La chica (en realidad llamada Anna Sorokin, de orígenes humildes) arrojó un dardo a la lejana nebulosidad de los bancos suizos y dio en el blanco: alegando que poseía una fortuna de 60 millones de euros, pidió un préstamo de 22 millones de dólares, que obtuvo a través de una línea de crédito de 100 mil dólares, que obtuvo de la misma manera, alegando que poseía lo que no tenía. Lo milagroso de su situación es que a través de estos juegos gigantescos de transacciones millonarias la chica estiró las manos y se hizo de unos 275 mil dólares con el que se dio un mes de ensueño, viviendo en un hotel neoyorkino, comprando ropa y comida, viajando a Venecia y apareciendo en los Instagrams de los más ricos. Su artículo de The Cut (que enlazo más arriba) hace de su estafa una aventura que hasta las víctimas más afectadas admirarían. Se parece mucho a la gran proeza del Sueño Americano, de lograr lo más grande a partir de la nada, tanto así que se habla de un documental o de una película en su honor. El único problema de Anna fue el de haberse metido con los ricos reptilianos. Ahora enfrenta el juicio en su contra y la promesa de varios años en prisión.

Así fue como también sucedió con Elizabeth Holmes, la joven mente maestra detrás de Theranos, la empresa que prometía revolucionar la medicina mediante nuevas pruebas de sangre a través de una pequeña gota. Holmes, hija del vicepresidente del todavía infame Enron (talk about nurture), a los 19 acumuló una inversión de 700 millones de dólares para arrancar a Theranos, nombre creado a partir de “terapia” y “diagnosis”. No sólo llegó a ser considerada la empresaria billonaria más joven de la década, con 9 billones de dólares, de acuerdo a Forbes, sino que embustó a personajes de la talla de Bill Clinton, Henry Kissinger y Betsy DeVos, haciéndose pasar por la Steve Jobs de la medicina moderna. No sólo eso, en su papel de villana de Disney, con su cuello alto y su voz de baritono, provocó que el jefe del área de Ciencias de la empresa se quitara la vida antes las presiones y engaños que ella y su pareja asestaban para que no saliera a la luz el terrible secreto: Theranos no era más que una gran mentira. En poco tiempo, se descubrió que era imposible diagnosticar diabetes o malaria de una sola gota de sangre y que los milagrosos resultados que la Elizabeth prometía en la televisión habían sido fabricados. Para ese entonces, ya habían vendido la fraudulenta tecnología a Walgreens y a Departamentos de Salud de varios estados americanos. Acusada de “fraude masivo” por su fallida empresa, Forbes tuvo que ratificar su afirmación y anunció que lo que en realidad valía Elizabeth Holmes era cero dólares.

¡Qué golpe!

Las veo y descubro, como quién quiere ver entre pesadas cortinas, sus intenciones: si todo es sobre el dinero, para estas mujeres también es sobre reivindicación. A pesar de su patente privilegio (incluso la más pobre de este trío, Anna Delvey, estudió la universidad y se pagó su vuelo a Nueva York), se dieron cuenta de que para una gran porción de la población las cosas se tornan difíciles. Como villanas de este drama, por supuesto, también decidieron tomar el camino de los malvados: pisotear por encima de las cabezas de los demás para llegar a la delantera. Su error, como he dicho, fue que no pisotearon a pobres trabajadores mal pagados, con horarios y expectativas imposibles de cumplir, como en el caso de Amazon y Jeff Bezos, sino a la clase cocodrilo, a ese 10% turbio que maneja el 90% de la riqueza del planeta Tierra. También, porque es imposible hacer caso omiso a esto, que al ser mujeres el escrutinio al que son y fueron sometidos es mayor que a sus compañeros estafadores masculinos. A pesar de que muchos admiran a cada una (o en conjunto) por las estafas, fraudes y engaños que tan expertamente manifestaron en el mundo, presiento que como yo, no son más que víctimas de esta gran maquinaria, que lo único que desea es perpetuar esa demanda y oferta insostenible.

Como moraleja, me quedó lo que la autora de la note sobre Caroline Calloway dice al respecto del caso:

She has had every opportunity handed to her, including a book deal that would be life-changing for most, but she had no intention of following through. […] Her main problem is that she doesn’t want to be an artist or a storyteller or a writer: she wants to have made art, to have told stories, to have been a writer, to have taught, and so on. But that requires work, research, planning, sacrifice, and an acute understanding that not everything you do will be successful or worthy of celebration. She has nothing to offer but is selling everything.

Aunque yo jamás posea la estamina para embaucar al estado de Arizona o a los ricos de Soho o Cambridge, si estoy dispuesta a acaparar todo los hilos sueltitos que el capitalismo permite que tome (pienso en las pruebas gratis de comida en Sam’s y mi estómago gruñe contento) y también estoy dispuesta a formar parte de aquella futura revolución alla français en la que exigiremos que las cabezas cocodrilezcas de los que nos han orillado a esto rueden por las plazas.

Supongo que las villanas tienen razón: a veces la única acción posible es violenta. Mientras tanto, me dedico a scrolear, hasta que el resto se una a la causa.