Línea Blanca

Lo primero que notó fue el ruido del refrigerador.

Zumbaba y gruñía de manera intermitente durante todo el día. Parecía ser el sonido de una criatura feral, un monstruo incesante que mugía cuando la casa se encontraba en silencio, o en medio de la noche, cuando ella se levantaba por un vaso de agua, repentinamente acalorada. El refrigerador blanco se levantaba frente a ella, como un golem de plástico helado, zumbando sin parar. Uhmmmmm, uhmmmm. Todo el día sin parar. Pensaba que lo que le molestaba del asunto no era que sonara, sino que se callara y volviera a gemir de manera entrecortada. Le crispaba los nervios. Le hacía sentir la piel caliente y la sangre fría saber que había estado en silencio y no lo había aprovechado por estar haciendo otra cosa, y ahora tenía que aguantarse a escucharlo de nuevo.

 Un día, como pudo, lo arrastró a la mitad de la cocina para averiguar si podía cortar o remendar algún cable o tubo y parar aquella tortura. Detrás de la carátula aparentemente límpida del refrigerador, se encontró con una columna vertebral metálica, llena de polvo pegajoso, pero impenetrable a sus deseos. Quería hacerlo callar, pero entre más miraba de abajo a arriba, el laberinto de varillas la confundía más.

“¿Qué estás haciendo con ese refrigerador?”, le reclamo una voz grave, bien conocida.

“Lo estoy limpiando”, le contestó rápido y sin pensarlo, de rodillas detrás del aparato. Sí, tal vez limpiarlo solucione algo, pensó.

“Pues estaría bien que luego bajaras al sótano y limpiaras el otro congelador, que ya está muy sucio”, le ordenó la voz.

“Sí, sí, acabando bajo”.

No, limpiar nunca ha solucionado nada.

Lo primero que notó, si lo piensa bien, sentada en el sillón frío de su sala, lo primero que notó fue que ya no le quedaban ganas de coser. Le había hecho el vestido de novia a tres de sus hijas, recordó. ¿O a dos? Recordó como le cosió las perlitas de plástico iridiscente alrededor del cuello a uno de esos vestidos. Una a una, como si estuviera rezando el rosario. El sonido de la máquina de coser sí que le gustaba, pensó. No era tan agresiva como la del refrigerador, e iba y venía a su ritmo. Era una Singer negra, de pedal de metal y cajones de madera. Olía siempre a tela y al jabón que usaba para marcar los patrones. El pie, sin cansarse nunca, se coordinaba con las manos, que empujaban la tela hacia la inescapable aguja e hilo Seralón. Cerró los ojos e imitó el movimiento, sentada en el sillón. Sí, todavía podría hacerlo. Todavía podría coser un vestido. Pensó en medidas y cortes: una manga corta y un pecho y espalda medianos; una falda plisada como el del uniforme de sus hijas. O un pantalón. Largo hasta el tobillo, con dos pinzas en la cintura, como el del uniforme de sus hijos. Nunca habían comprado uniformes. Ella los había hecho a máquina. Sí, eso le contó una vez a su hija (¿o había sido a su nieta?), como le pidió los uniformes a su vecina, como los deshizo y los volvió a armar y cómo se memorizó la hechura. Hace mucho, le dijo, cuando vivíamos en la otra casa. Esta está muy grande, muy grande y sólo se escucha el refrigerador y ya no se escuchan ni los gatos ni los niños, le dijo. El refrigerador y ella, siempre solos en esa casa enorme de tres pisos y una docena de cuartos vacíos. Abrió los ojos y volvió a fijar la mirada en la televisión. No, ya no le quedaban ganas. La Singer estaba sepultada debajo de muchas cajas de zapatos y de viejas revistas de patrones. No, ya no.

Lo primero que notó, si lo analiza bien, muy muy bien, acostada en su cama, de noche, atenta al mugido del refrigerador, lo primero que notó fue que cuando llegaban sus hijos a visitarla ya no sabía qué decirles. Les quería decir del refrigerador, pero a veces solamente les contaba lo del gato que se había salido un día y que ya no había vuelto. Les quería preguntar por sus nietos, por sus nueras, por el clima de allá afuera, pero se quedaba escuchándolos hablar y ella, con el entrecejo fruncido, se repetía: “¿Qué les quería decir?, ¿qué les quería decir?”. Se acordó del día que su nieta fue a llevarle un queso y una bolsa de leche en polvo.

“Ay, hija, pero si ya tenemos”.

“No, abue, ayer me marcaste por teléfono y me dijiste que faltaban”.

“Oh, bueno, tú siéntate y deja los guardo”.

Al acercarse al refrigerador para guardar el queso, se acordó de decirle del sonido.

“Este refrigerador suena mucho, mija, ¿no será que le puedan mover algo?”

“Si me dijo el otro día que vine. Y le dije que estaba raro, porque estos refrigeradores nuevos ya son muy callados”.

“Hija, es que suena y suena y no puedo dormir”.

“¿Ya le dijo a mi abuelo?”

“No, mija, no quiero molestarlo con eso”.

“Si quiere, yo le dijo”

“No, cómo crees. No lo molestes con eso. Son mis cosas. Qué suena y suena y luego se calla y luego suena de nuevo”.

“Sí me dijo”.

Se quedaron calladas un rato. Comenzó a vaciar la leche en polvo en un tupper de plástico.

“¿Si te conté de la vez de tu abuelo? ¿De lo que me dijo antes de casarme?”

“No, abuelita”, le contestó su nieta, que dejó el celular en la mesa y exhaló con resignación. “Nunca me ha contado esa historia”.

¿Cuál es mi nombre?

Su papá había sido muy claro con ella. Si se iba, no podía volver. Si se casaba con ese muchacho, tan chica ella, ella tendría que hacerse cargo ya de su vida y de la de su esposo. Eso le dijo. Esas cosas no se olvidan por más que quiera uno, pensó. Le dijo que no se casara, que estaba muy chica, que se esperara a terminar la secundaria técnica. Él le pagaba la carrera de corte y confección. No tendría que trabajar, sólo tenía que esperarse. Eso le dijo. Le dijo que si se iba, él ya no la iba a ayudar. Y menos yéndose tan lejos, al sur, a una ciudad que ni él conocía. Pero ella estaba enamorada, le había dicho. Estoy tan enamorada que siento que me queman las entrañas. Él había sido tan amable con ella, no como los demás que parecía que le tenían miedo. Él la agarraba con fuerza del brazo y de la cintura y le susurraba al oído que no se fuera con otro, que ella era de él. Ella sentía como su cuerpo se ablandaba y se acoplaba a la de él, como si estuvieran hechos de la misma sustancia. Él trabajaba ya, no como sus compañeros de escuela. Tenía una camioneta, que aunque estaba vieja, era de él. Con esa iba y venía, de ciudad en ciudad. Y ella se quería ir con él a dónde fuera él.

“Pues si te vas, ya no vuelves”. Y se casó sin el permiso de su padre, pero con él presente. Se casó con un vestido que le hizo su tía. Se casó con él, que no tenía familia presente que le reclamara nada, y se fue con él, lejos, lejos y ya no volvió, como le había prometido su papá. Como sus hijos que se fueron y ya no volvieron. Como el gato, que se fue y no volvió. Esas cosas no se olvidan, analizó en la oscuridad de su cuarto. El irse es una herida que se abre y nunca se cierra.

Un día, se despertó dentro del baño. Estaba soñando que sus canarios en vez de cantar comenzaban a sonar como el refrigerador. Uhmmmmm, uhmmmm, uhmmmmm, cantaban los canarios, que tenían picos metálicos y hacían vibrar las jaulas. Uhmmmm. El azulejo estaba frío y ella, en camisón largo, no había notado que se había golpeado la cabeza, que ahora le sangraba profusamente. Se quedó sentada ahí, confusa, intentando recordar cuando se había levantado del baño, cuando se había ido a dormir, pero sólo pensaba en sus canarios.

La puerta se abrió de golpe.

“¡Te estoy hablando!”, le grito su marido, antes de pasmarse frente a ella. Nunca lo había visto así, confundido después de un grito. Le pareció aún más extraño todo. Seguro que seguía soñando. Después de un grito, siempre venía un golpe, nunca el silencio. Eso lo sabían sus hijos y algunos de sus nietos, pero sobre todo ella. Los primeros habían sido casi juguetones; una nalgada o una sacudida en el hombro. Después, los manotazos los recibía directo en la cara, haciéndole soltar lágrimas del impacto, no tanto ya del coraje. A sus hijos los azotaba con las varas que recogía del cerro, a dos de sus nietos los llegó a golpear con el cable de la plancha, pero a ella siempre la golpeaba con la mano limpia. O el puño. O la suela de su bota. Dependía del castigo. Se había memorizado también el orden en que ocurrían los hechos. Primero era la equivocación que ella hubiera cometido, luego el reclamo y el grito y la retahíla de groserías y, finalmente, el impacto.

Ahora, pensó, quizá yo me adelanté al porrazo. Ya no tendrá que golpearme. Se comenzó a reír. Nunca lo había pensado. Nunca le había pasado por la cabeza golpearse a ella misma, antes que él lo hiciera. Comenzó a reírse y continuó riéndose cuando él la levanto en silencio y fue la dejó en su habitación, cerrando la puerta tras de él.

El sonido del aparato en el que estaba no se parecía a ninguno de los que ella tenía en su casa. Todo producían siempre un chirrido muy familiar. La licuadora, la batidora, la plancha cuando la levantaba y dejaba escapar una exhalación de vapor, el atomizador con detergente, la lavadora de tambor, la televisión o la radio. Todos zumbaban de cierta manera que no podía explicar realmente, pero que sabía que era esencialmente diferente al del tubo en el que la habían metido. Era como una especie de estática, un rumor más parecido al del ronroneo de un gato que al del zumbido de un mosquito. Una voz le pedía mover los dedos de vez en cuando. Ella empujó los cuatro dedos de sus dos manos, como hacía cuando cosía.

De acuerdo con la resonancia magnética, le dijo su hija, que la tomaba la mano con fuerza, y con la interpretación del neurólogo, ella estaba enferma y debía comenzar a tomar medicamento. Que no se preocupara, que ella y su hermana iban a ir diario para ayudarla a que se tomara la medicina. Que había que ir al doctor más seguido. Que la iban a sacar a caminar. Que no se preocupara. Ella quiso decirle a su hija que no estaba preocupada, que estaba confundida solamente, quería decirle que le dolía un poco la rodilla y que el refrigerador seguía sonando; quería decirle que estaba bien, pero de su boca sólo salió una palabra:

“No”.

La casa grande la había construido su esposo toda su vida. Había sido su único proyecto, en lo único que pensaba luego de llegar de trabajar y de lo único que hablaba con ella mientras cenaba y de lo que le pedía a Dios todos los domingos en la iglesia. Terminar de construir su casa, para que vivan allí todos sus hijos y todos sus nietos. Una casa grande para todos, le decía. No este cuartucho que se está cayendo, ni vamos a tener lavadero ni estufa de leña. No, vamos a tener una cocina grande como las que salen en la tele. Y no vamos a tener ese pirul en medio del patio, que parece que vivimos en medio del cerro, no, vamos a tener una sala grande para que se sienten todo y una mesa para 12 personas y un sótano y una terraza y una cochera. Y cada año le añadía un cuarto a su casa, y cada año la pasaba entre su trabajo y el terreno que estaba a las afueras de la ciudad y que ella no conocía porque él nunca la había llevado a verla. Ella no podía salir mucho de la casucha que él odiaba tanto, de hecho. Él no la dejaba salir y, a base de pura costumbre, se encariñó. Ella quería a su casita y se lo había dicho muchas veces. A mí me gustan las vigas de madera que están en el techo, a mi me gusta el zaguán, a mi me gusta el patio de tierra y a mi me gusta que cuando llueve huele a tierra mojada y me gusta platicar con mi vecina a través de la pared baja que divide las casas. Ella me cuenta que en el patio de su casa hay un agujero en el que tira la basura y nunca se llena y su esposo le dijo que es un tiro de mina y que adentro, muy adentro, seguro hay plata, pero ella lo llena de los pañales de sus hijos y se ríen, y él no la escucha porque él piensa en su casa grande, piensa más en esa casa que en ella. Quiere más a su casa que a mí. “Y yo quiero a mi casita más”, le dijo una de esas tantas noches, en la que él se quedaba dormido contándole de la construcción. “Yo ya no me quiero ir de nuevo”.

Pero terminaron yéndose. 40 años después, 13 hijos, 26 nietos y 5 bisnietos después, terminaron yéndose. Y solamente quedaban ellos dos. Ellos dos en la casa grande, que era tan grande que ella se escogió un cuarto para ella sola y su marido otro para él. Ahí adentro ya vivía un gato negro que visitaba la terraza para arremolinarse en la tierra y dormirse bajo el sol. Ahí adentro, todos los sueños de marido se consolidaron y se quedaron quietos, como si estuvieran hechos de piedra: las camas, la sala, la mesa, la línea blanca que había pedido traer de otro estado y los cuartos vacíos. Ahí adentro, todos los recuerdos de su cerebro parecieron quedarse atrás, en su casita de adobe y vigas. Las palabras, quizá, se quedaron guardadas en los cajones de la Singer. Las historias, debajo del pirul o entre la pared de su casa y la de la vecina. Sus ganas se fueron cuando se murió su última golondrina y ya no quiso que su hijo le trajera otro pobre pajarito enjaulado.

Llego a la casa grande igual de vacía. Llena de huecos imposibles de llenar, por mucho esfuerzo que tomara. Ni las habitaciones se usaron ni, a decir de su doctor, las partes de su cerebro que la hacían recordar, hablar o valerse por ella misma. Quizá por falta de uso, pensó, mucho tiempo después, ya sentada frente a la televisión, al lado de su esposo. Quizá porque nunca sirvieron de nada y a nadie le importó lo que ella hacía o decía. ¿Para qué tanto doctor?, se dijo, rascándose la rodilla. Esto ya se sabía desde hace mucho tiempo.

“Abuelita, ¿quieres caminar por la sombrita?”

“No”, le respondió, siguiendo a su nieta que la sostenía de un brazo.

“Nos podemos seguir aquí por la banqueta o meternos al parque”.

“No, no”.

“Bueno, igual y por la sombrita está más calmado”, respondió su nieta.

Iban por una avenida, cerca de la casa, camino a un parque a dónde ella siempre la llevaba a caminar. Allí adentro le gustaba. Sonaban las hojas de los árboles como si fuera el mar. Nunca había conocido el mar, pero se le afiguraba que quizá así sonaba. Adentro, habían pintado una línea blanca que a ella le gustaba seguir con la mirada. La gente que iba en bicicleta iba dentro de ella y cada vez que un ciclista pasaba, ella soltaba una risa de alegría. Su nieta se reía con ella.

“Qué tranquilo está hoy”, le dijo. “Qué bonito día hace”.

“Sí”, le contestó ella, viendo el suelo, pensando en cosas que ya no tenían nombre.

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sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

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