A whole new mess, o 2020, el año de nuestro descontento

Quiero ser terriblemente sincera porque, al sopesar todas mis posibilidades, no me queda otra salida. La sinceridad es esta: he estado terriblemente triste estos últimos -¿qué serán?- 18 meses. Es una tristeza extraña a la que no le puedo poner el dedo encima con exactitud y porque, bueno, clínicamente se le llama depresión y no “tristeza ante la incertidumbre de estar viva y no saber hacia donde tomar el siguiente paso”. Paso los días en esa falsa serenidad de quien sabe que un paso en falso es un caída estrepitosa hacia la oscuridad. Pareciera que estás en paz, incluso, cuando en realidad estás forzando a todo tu cuerpo a mantenerse en equilibrio. Y fluctuó entre sentirme medianamente normal y completamente desesperada, incapaz de ver más allá de mi nariz.

Dejé de escribir en este blog en noviembre (aunque nunca dejé de intentarlo; tengo como 8 borradores sin concluir) alegándome a mí misma que, no podía presentarle al mundo (que es equivalente a las 10 personas que me leen) esta masa informe de sentimientos que a veces no tienen nombre. Con cada semana que pasaba, me excusaba diciendo que a la próxima me sentiría bien. O quizá al siguiente mes. No, todavía no escribiré nada, me decía, va a ser Navidad, o va ser enero y febrero, y no nada que tenga que hacer, pero sería mejor tomarme un respiro ¿no?

Todo el mundo ya sabe qué pasó en marzo: el fin. En reddit (del que me tuve que hacer usuaria) todos aplaudían a los preppers, que son las personas que han estado preparándose para el fin del mundo desde el principio. Ellos se palmeaban la espalda. “Nosotros no tenemos que acabarnos el papel de baño en Walmart. Nosotros llevamos comprándolo desde 2006”. Me acordaba tontamente de mis planes de hace 2 años. Que quería comprarme un terreno en alguno de esos espacios entre carreteras. Que quería vivir de frijol y chile. Que quería alejarme de todo esto; del centro en dónde siempre es el fin del mundo.

Lo que hice, en la cuarentena, fue repegarme aún más hacia mi misma, en lugar de vaporizarme hacia las periferias de la tierra. Hice todo lo que se tenía que hacer:

  1. Cociné pan de plátano
  2. Limpié toda la casa
  3. Me pinté el cabello
  4. Escribí un cuento
  5. Hice un mes de ejercicio
  6. Bajé 5 kilos
  7. Subí 5 kilos
  8. Lloré a medianoche
  9. Me reí a las 4 de la mañana
  10. Grabé un tiktok
  11. Leí poemas
  12. Escuché un disco completo
  13. Vi una película que no quería ver
  14. Extrañé a todas las personas que he conocido en mi vida
  15. Saqué a pasear a mis gatos
  16. Terminé un capítulo de mi tesis
  17. Me enfermé
  18. Me curé
  19. Descubrí que este dolor no se cura con pastillas
  20. Me deshice y me volví a armar
Un día me pinté el pelo del color de atardecer y fui al cerro.

Pensé: sea lo que sea que es esto que tengo entre las manos, no tengo la capacidad de deformarlo, de ahogarlo, de guardarlo en un cajón y olvidarme de él. Tengo que cargar con él, como en el cuento de Mariana Enríquez, mi fantasma echado a perder, que me sigue a todos lados, paso a pasito. La tía pobre de Murakami. El saquito atado a un palo de todos los vagabundos.

Hubo un momento, entre abril y mayo, en el que me dejé ir. En el río de lo que fuera aquello, me explicaba a mi misma que esto no era más que natural. Los ríos, naturalmente, se van encurveciendo, hasta que se cortan y dejan atrás cerraduras de agua. Una serpiente de agua que busca ser caballo. Arrastrarse en la tierra, hasta aprender a galopar. Algo así era mi plan. Me voy a guardar aquí, en el abrigo de mis cobijas hasta que salga yo con la capacidad de escribir lo que quiero escribir, sin miedo, con absoluta decisión. Pero me di cuenta, a mitad de mi hibernación, que aquello sólo era encierro. Asolación sin propósito.

No quiero suponer lo que los demás experimentaron al estar tres meses encerrados, pero quiero suponer que fue algo parecido: primero una especie de emoción ante lo extraño que todo era, luego una paranoia paralizante y finalmente un aletargamiento feroz. Recuerdo haberle dicho, muy optimista, a mi mamá: ojalá nos encerráramos un mes cada año, para que el planeta se recupere, para dejar a los gatos monteces bajar a la ciudad y oler lo que les hemos arrebatado. Al final, asomada en la ventana, me imaginaba a mi misma volando en mil pedazos, o me iba a hurtadillas al cerro, a invadir el espacio de los gatos monteces, a hacerme ovillo en algún pedazo de zacate, lejos de mi cama y de mi computadora y de mis libros leídos a medias y de la tristeza repegada en las cortinas.

Algo de impresionante tiene la sensación de saber que, por lo menos, no estoy sola en este sentimiento y que millones de personas están entre 4 paredes, preguntándose también como es que la humanidad, luego de millones de años en la libertar del nomadimo prehistórico, ha decidido que encerrarse (con o sin bicho) es la mejor idea. En julio, adquirí una loca obsesión por leer sobre los eones históricos (y culpo directamente a Animal Crossing, claro) y ver recreaciones de los supercontinentes o de los oceános primigenios, de color verde esmeralda. Febril, soñaba que yo misma me encontraba en medio de ese planeta extraño y me convertía en una roca, sólo para ser encontrada 30 millones de años después, para convertirme en un anillo de compromiso. Si no puedo ser un ser humano funcional quizá pueda ser un rechoncho zircón.

Pero como siempre, todas mis pretensiones fueron vanas. No me convertí en tiktoker viral. No cociné los 100 panes que quería hacer. No escribí nada importante. No leí un libro completo de corrido. No tuve que salvar al mundo ni el mundo me salvó a mí. Los días se siguieron, uno dando paso al otro, naturalmente y yo, no muy naturalmente, tuve que aceptar que es imposible alzarme de las cintas de mis botas, o de mis orejas de conejo como Bugs Bunny, sino que tenía que realizar lo mundano, por más terrible que pareciera: levantarme de mi cama a las 8 de la mañana, barrer debajo de la cajonera, sentarme, abrir el Word, leer la última frase que escribí cuando todavía mi cabeza actuaba con sentido y decirme “¿y qué quería hacer con esto?”. Estoy en eso, quiero decirle al mundo. Estoy entre enfocar la mirada y cerrar los ojos. Estoy entre flexionar la rodilla y poner el pie en el siguiente escalón, sea a dónde sea que me lleve.

Me ha tomado un mes escribir esto, de hecho. Comencé a escribirlo el primero de agosto, envalentonada por el nuevo mes, y día con día la tarea de escribir una línea me parecía más difícil. Pero lo he hecho: aquí estoy yo, 10 meses después. No sé si tenga algo importante qué decir, pero sé que tengo el ímpetu para decir algo. Eso es lo que me interesa ahora, que con bichos nanométricos o sin ellos, que con fines de semana o fines del mundo, que con todo lo que exista entre eso que se gesta aquí adentro (señalo mi pecho y mi cabeza) y lo que está allá afuera (señalo la pantalla y mi timeline de Twitter), que a pesar de todo, yo todavía poseo el ímpetu de escribir.

Y hago un imaginario brindis, por todos nosotros, los que no teníamos rumbo y que el encierro no hizo más que subrayar con ganas ese hecho, y por los que estamos dispuestos a vivir otro verano de desastres y de errores y de lágrimas y de pequeños triunfos, pequeños zircones enterrados en las rocas. Brindo por ello.

Canción del mes: Whole New Mess de Angel Olsen

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sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

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