Sobre construir con paciencia, o lo que me ha enseñado Animal Crossing Pocket Camp

Ante la noción de que el dinero ahorra tiempo, la paciencia es una virtud que resulta costosa. Y no es que yo sea paciente; más bien, carezco de la capacidad de capturar al tiempo como un concepto comprensible. Volteo hacia atrás y me doy cuenta. “Ah, ha pasado un año entero”, me digo sorprendida. Como ese gif: una flecha lentísima, atravesando en cámara lenta unos globos dispuestos en fila india. No se sabe si pasa lento o rápido. No sé en qué momento transicioné del ayer al hoy y, aún así, la perspectiva del hoy al mañana me parezca insorteable.

Entonces, en la dulce bruma de la procrastinación nini, unos días antes de volver a la maestría, descargué Animal Crossing Pocket Camp en mi celular.

Soy yo y mis amigos, en mi parcela.

De la casa que se cae a pedazos.

Vivimos en un callejón. He vivido aquí toda mi vida, por lo que, naturalmente, las casas de aquí tienen más 26 años. Si eran nuevas cuando yo llegué al mundo, ahora no lo son. La casa de enfrente que antes portaba un “MUÑOZ” gigante y rojo en su fachada, ahora está forrada de un polvillo rosa, casi blanco, último vestigio del apellido. La casa de más abajo se cae a pedazos. Hace unos meses, despertamos con que la esquina del techo se había desprendido; pero como ahí viven estudiantes, que entran y salen cada año, a nadie nunca le ha preocupado su reparación. La casa que antes era la de mi abuela fue remodelada hace un año. La pintura ya comenzó a pelarse. Nuestra casa, que no por ser mía es inmune al paso del tiempo, tiene un manchón gigante de humedad que empieza en el recibidor, se pasa a las escaleras, se mete al baño para hacer nido y a su paso tumba pintura, yeso, ladrillo y papel de baño.

Le dije a mi mamá que deberíamos empezar a proyectar una renovación integral para la casa. Los muebles tienen la edad de Diana, la pintura es tan vieja como mis primos los más grandes y yo no quiero desgastarme junto con la casa, pues así es como me siento. Pienso que no debería invertir dinero y tiempo en un edificio en el que ya no voy a vivir más tiempo, pero luego me mimetizo en estas construcciones de paredes y pisos, de escaleras y ventanas, y sin mi caparazón, ¿quién soy realmente?

Luego de que la antediluviana casa de mi abuela (a una casa de la nuestra) fuera desalojada, renovada y habitada por alguna familia de fantasmas, nuestra casa palidece a su lado. Nos sentimos, de repente, atrapados por el paso del tiempo. ¿Cuándo pasó?, ¿por qué no nos dimos cuenta de esto? Por lo pronto, con el buen sueldo de mis 6 meses en el IEEZ, renovamos el patio trasero. Le pusimos piso que imitaba piedra y pintamos las paredes amarillas. El antiguo suelo de cemento que se descarapelaba (y que adoraban Sonny y Jane para empanizarse de polvo) quedó en el recuerdo. Mi papá comenzó a celebrar carnes asadas. La casa era digna, de repente, de mostrar.

Eso es lo que quiero cuando hablo de remodelar: un espacio digno de presumir, que demuestre la vivacidad de nuestras células, que se renuevan cada día. El dato científico dice que nuestra piel no es la misma a la de hace 7 años y cada día un buen cacho de nosotros queda entre las sábanas, y luego en el suelo y luego en el recogedor y la escoba. ¿Puede ser la casa otra piel? Untarla de serum coreano, ponerle su mascarilla de baba de caracol y verla brillar.

De la tesis de maestría

Abro el archivo del protocolo y me revienta la cabeza. Les digo a mis amigas que me siento como un cachorro labrador rascando la arena de una playa. Hago un hoyo, en busca de algo, y lo veo relleno de agua minutos después. Abro otro agujero, nada, sólo arena. Rasco y rasco. Sé que estoy mal en mis aseveraciones. Sé que lo que estoy suponiendo no puede ser comprobado porque, vaya, es una falacia. Insisto: mi cerebro me dice que está mal, pero no tengo la información suficiente para corregirlo.

Así que, como todos los estudiantes del Planeta Tierra, la solución es procrastinarlo todo hasta el límite. Abro el archivo, releo mis tonterías (en un párrafo pongo algo como “mi objetivo es controvertir el concepto entero de literatura hispanoamericana en su totalidad”) y luego abro veinticinco pestañas de YouTube. Estoy viendo un video sobre chismes de la realeza británica, otro sobre los efectos del ayahuasca, otro más es un podcast en el que se discute si realmente la gasolina de los aviones puede fundir columnas de metal.

En la oscuridad de mi habitación a las 2 de la mañana, pretendo debatir sobre los temas de mi tesis mientras veo como maquillarme como zombie para Halloween. Algo me roza la nuca. Ahuyento ese pensamiento como si se tratara de una polilla molesta. Algo me provoca un tic. Me hace decir en voz alta, cuestionando al aire: ¿MARCO TEÓRICO, EH? Sacudo la cabeza. Es de madrugada y la ciudad entera duerme y yo solita me estoy peleando entre hacer el protocolo o ver otro video sobre la drag queen que guardó un cadavér en una bolsa de tintorería durante 30 años. (Es la ansiedad, me diría mi psicóloga. Agarra el toro por los cuernos. Termina lo que tengas que terminar. Qué dificil es terminar, le respondería yo).

Cuando por fin me digno a escribir una palabra en el documento, ha pasado un mes. ¡Qué pesada soy! Así que, enojada conmigo misma, sin la menor idea de nada, pero envalentonada ante la posibilidad de irme a Estados Unidos a perder mi tiempo de igual manera, termino mi protocolo en un par de horas. La espalda aterida y los ojos rojos son los únicos testigos de mi negligencia autoinfligida. He cerrado a los 25 ensayos de academia.edu antes de que me digan algo fuera de lugar.

Releo el texto y parece que he estado trabajando de manera responsable durante semanas. Me enojo más conmigo misma por eso. No por “engañar al sistema”, sino porque me percato de mis habilidades. ¿Qué sería de mí si la ansiedad dejara de morderme los tobillos y trabajara con toda mi capacidad? Dice el meme: I was too powerful, so God had to nerf me.

Gracias a todos los dioses, desde mi celular, truena una notificación. Mi mueble de Animal Crossing ya está listo.

De hacer muebles y recoger bayas

Ya conocía yo, de Tumblr, el culto a Animal Crossing. Como sólo una vez tuve un Nintendo DS (cuyo destino y paredero no recuerdo) y sólo compre Nintendo Pets y Mario Kart, nunca experimenté el juego de primera mano, sino hasta que anunciaron que habría una versión móvil (Animal Crossing Pocket Camp, o ACPC) hace dos años, en Octubre.

Para los menos enterados, Animal Crossing es: “una serie de videojuegos de simulación de vida en la que el jugador vive en un pueblo habitado por animales antropomórficos, llevando a cabo diversas actividades. La serie destaca por su sistema de juego abierto y su amplio uso del reloj y el calendario internos en el sistema para simular el paso real del tiempo, es decir, que el juego se desarrolla en tiempo real (1s=1s)“.

Hace dos años descargué la aplicación pero, entre los tumultos de mi vida personal y los cambios de empleo y de celular, perdí el poco avancé que realicé en la aplicación. Ahora, más tranquila, ganando más dinero y, sobre todo, con muchísimo tiempo libre, pude dedicarle buen tiempo al juego.

Mi cuarto propio, versión Nintendo

Por supuesto, como más arriba menciono, el catch de ACPC es que el juego es en tiempo real y a cada tres horas hay nuevos retos que completar, por lo que, por definición, es un juego adictivo. Luego están los personajes, luego están los paisajes de pixeles, luego están las recompensas traducidas en muebles con los que puedes decorar tu cabaña y tu parcela y, finalmente, estás tú, viendo un pequeña bola de nieve que es perfecta y que no te pide más que recoger frutas e insectos cada tres horas.

Yo, en ACPC siendo responsable.

En Youtube, muchos videos explican como el juego ha ayudado a superar depresiones y ansiedades. Personas alrededor del globo aseguran que el juego les ha cambiado la vida. Hay foros, páginas, wikias, canales, perfiles de Instagram, mercancía y vidas estructuradas alrededor de un juego que no tiene mucho de acción, que en realidad es bastante aburrido. La premisa es vivir una vida tranquila, unas vacaciones perpetuas entre animales que te regalan madera para que construyas una mesa. ¿Hay acaso un sueño más perfecto que eso? ¿La promesa de la paz no es suficiente para la mayoría?

A veces me encuentro con que he gastado horas enteras en decorar mi parcela de pixeles brillantes. Desesperada por no acumular los billetes suficientes, he recurrido a gastar 19 muy reales pesos. A veces, el pulgar derecho me punza en protesta. Me dice que podría estar leyendo para la maestría, en lugar de cazar mariposas y salmones para mis amigos ficticios. Me sorprendo a mi misma. “Si tan sólo pusiera este esfuerzo en algo más importante. Si tan sólo me esforzara igual en limpiar mi cuarto”.

Pero al ser un juego que se desarrolla conmigo misma, a mis tiempos (el chiste de la comunidad es que un puñado de hojas hechas bola se tardan 24 horas en crearse; pienso en cuánto me cuesta a mí escribir y desechar algo y asiento), y al ser un juego que se sustenta en la espera, presiento que puedo aprender algo más que admoniciones.

Si quiero mi casa limpia, debo trabajar en ello. Si quiero una tesis limpia, debo trabajar horas reales, traducidas en dedos en un teclado, ojos en archivo pdf. Si quiero algo, por muy intangible que sea, debo ir del punto A al punto B. No somos agujeros de gusano ni tenemos la capacidad de darle SKIP a la vida real. Cada segundo que nos es dado es un regalo, en el que podemos aprovechar. Pero como dice el tuit:

No tengo autoridad alguna para prevenir sobre los peligros de la procrastinación cuando esto ha dejado mi vida en tales ruinas.

https://twitter.com/collegepoet/status/1193685713063161862

Tengo autoridad (dios, quiero creer) sobre mis deseos. Las cosas que deseo están al alcance de mi mano. Para ir más allá de la puerta debo abrirla primero. Ahora mismo, no tengo dinero, pero lo tendré. Ahora mismo, la humedad de mi casa es ubicua, pero no lo será por siempre. Ahora mismo, no tengo la menor idea sobre mi tesis de maestría, pero en algún punto la tendré. Quizá un juego de Nintendo no tenga las respuestas sobre el problema de la vida humana, pero por ahora, el aprender a esperar (estoy a 16 horas y 13 minutos de terminar una cama rosa con dosel) me ha hecho apreciar más lo que tengo y lo que puedo tener si, tan sólo, dedico tiempo a ello. Si el tiempo es dinero, el ser pacientes, por default, te hace millonario.

La canción de la semana: We’ll meet again, Vera Lynn

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sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

2 thoughts on “Sobre construir con paciencia, o lo que me ha enseñado Animal Crossing Pocket Camp”

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