Entre el caos y el orden

La conversación está girando alrededor de las cosas que, aunque me gustan, no son necesariamente buenas. Le digo que me gustan las fechas precisas, los calendarios tachados, las cajas llenas de secretos. “Hay un orden en el caos, quiero creer”. No sólo el desastre que es aparente, pero algo más dentro de éste. Pensado, elaborado y puesto de manera precisa en algún lugar. Como una pirámide lunar. Un colibrí en el desierto. Un ojo en la roca que permite la entrada del sol.

Durante semanas, la rutina fue la misma. El lunes me vestía de rojo. El martes, naranja. Miércoles, amarillo. Jueves, azul. Viernes, morado. A veces, en viernes era rosa. O alguna tonalidad de rojo, si había que santificar el fin de semana, si debía ver a alguien y quería mostrarle el pigmento de mi sentimiento. A veces, cuando la semana era triste, me vestía de azul. Si salía el jueves a beber, me vestía de flores. Si en miércoles tenía hablar frente a la clase, usaba el guinda de las secretarias. Era un diseño preciso. Un color para definir el día, a pesar de lo que sucediera. Mi ropa en el clóset se dividía en este esquema. Empezando por el rojo, un arcoiris de tela, y al final los monocromáticos. Negro, blanco y gris para usar cuando no quería pensar demasiado.

En alguna esquina del cuarto, una caja repleta de notas. Hechizos de certera definición. Uno para el cuerpo, otro para el corazón, otro para el futuro. 39 libretas sin llenar, diseminadas en la casa. Un sol azul. Estrellas amarillas. Coronas de flores. Una lista pegada en el espejo: no de cosas para comprar en el super, sino una de pasos para alcanzar la ataraxia. La fórmula alquímica que me inventé a los 15 años, que contenía una copia exacta de lo que conocía de mí y la idea vaga de lo que no.

Analizaba que si se pueden encontrar patrones tan preciosos, circulares, imposiblemente redondos a lo ancho del Universo es porque existe algo más importante que esta patente linealidad, del nacimiento a la muerte; y, ¿por qué no he dedicar mi vida a esa magia cotidiana? Al quehacer interior, reordenar la íntima naturaleza del espíritu. A vivir en un castillo, en medio de un claro, rodeado de árboles. Una fosa. Una torre. Un vestíbulo con un candelabro eléctrico. Yo en medio, paralela con el suelo.

La autoexploración espiritual es necesaria para la posterior represión. ¿Qué límites colocas si no sabes dónde empiezas y dónde te acabas? Debes tener buena vista del arbusto que vas a recortar en forma de cubo, porque nunca nada se cercena en la oscuridad, así como nada crece sin Sol directo. Bajo la luz más brillante es en la que nos desvelamos para destrozarnos con efectividad.

Está todo lo demás: los juegos infantiles que a veces recuerdo con absoluta claridad (la última vez que jugué con esa mentalidad lancé una flecha, me acuerdo; o! lonesome cowboy), las veces que corrí en un parque a medianoche, las velitas que soplé, sentarme en el mismo lado de la mesa de la cocina, escuchar en la calle la canción que pensé, pelearme al borde de las lágrimas, comer algo echado a perder, manos sosteniendo las mejillas, cuando me cortaron mal el cabello y lloré. Las cosas que llenan el vacío de allá afuera, que se colocan alrededor de la forma de una chica que crece.

Una casa en llamas. Venecia bajo el agua.

Hablamos así, poniendo imágenes en las cosas que no sé cuántas palabras me van a tomar describirlas. Lo intento de manera directa: “Estoy a dos días de aventarme bajo las llantas de la ruta 2”. A veces, me voy por la tangente: “Llevo años sin hacer algo que se pueda considerar valiente en cualquier cultura”. Otras veces, escupo imágenes que no sé si puedan interpretarse como quiero que se interpreten: “Es un círculo que yo quería ver siempre a punto de cerrarse, como si fuera un símbolo de esperanza: la incompletud”.

Ella me devuelve las declaraciones histéricas con axiomas que me parecen salidos de Delphi: “Estás sosteniendo las columnas de Sansón, en lugar de tirarlas. Hay un río que se sale de su cauce. Te abres paso sin mapa, sin lámpara, sin saber que hay al siguiente paso. Estás triste porque no puedes controlar nada en absoluto: no hay existe nada más normal en el mundo”.

Entre el caos y el orden, le digo, entre lo que puedo y no puedo controlar, estoy yo escribiendo, sola en mi habitación. Se escucha el clac, clac del teclado, el tenue zumbido de la pantalla, la canción de Sufjan con 15 rayitas de volumen. Lo controlo y al mismo tiempo no: escribo sobre una chica que se cae y ve las estrellas. Tengo todo trazado en un cuaderno, lleno de rayas, números, nombres e historias. Hay un plan definido. Un arquitecto que dibuja calles y avenidas en papel albanene. Al teclear el plan comienza a distorsionarse, como si comenzara a cobrar vida. En la misma línea de metáfora: la ciudad crece como se le da la gana. Ni Brunelleschi ni Alberti pueden detener la estructura viva de esta ciudad. De esta ciudad que soy yo frente a la pantalla, de mí misma que me recreo en un montón de bits, como para intentar darle forma a todo lo que significo.

O soy un pozo, como siempre. Un pozo que no es oscuro, sino que está lleno de luz perpetua. Que no se acaba y parece ir hacia todos lados. A veces me acerco a alguna pared rugosa, que brilla como un plato de oro. A veces me recuesto en su suelo, fresco como un arroyo. Esto no es oscuro ni frío ni temible. Es vivir dentro de un haz de luz, y viajo a velocidades imponentes. Existo suspendida entre esencias. ¿Qué crece realmente si eres una nube henchida de luz? Carezco de la corporalidad que otorga la tierra que permite el crecimiento. Soy bruma resplandeciente. Cambio de forma, pero soy lo mismo. De gas paso a líquido, de líquido a hielo y de nuevo a gas. Un ciclo de nada, realmente. Entonces, me digo: si he de reciclar este líquido, que es sangre, ¿por qué no mejor me recuesto a descansar? ¿Por qué no mejor lo dejo ahí y acepto vivir con esta fuga de líquido? Vivir un poquito inclinada, como he sentido que he de hacerlo desde que no estoy sana. Un poquito incómoda, un poquito mal. Me resigno a no existir perfectamente feliz, porque lo que resta no me pertenece. No me pertenece este deseo, no soy yo su comandante, y no tengo poder sobre nada.

Entre el caos y el orden, me contesta ella, existen cosas que son eternas. Entre lo que puedes y no puedes controlar están los pedregullos que hacen el camino: una flor de jacaranda, una nota doblada al fondo de la mochila, un lápiz mordido, la chamarra que tengo desde los 7 años y me niego a tirar. Tengo un post-it pegado en el espejo que dice: Acuérdate. El problema es que no me acuerdo de lo que olvide, como Neville Longbottom. Pero aquello me hace repasar el día. Pienso en las cosas tediosas, angustiantes, vulgares, terribles que me han pasado. Cosas que detesto pero que no son necesariamente malas. Al contrastar se conoce lo rescatable, lo valioso. Ahora que me he dejado de rituales primorosos, de hechizos que rayaban en el autismo, siento que el vacío dejado permite conocer el límite exacto de lo que sí puedo llamar mío. Pienso inmediatamente en dos cosas: este imponente amor al mundo (o en las palabras de Mary Oliver: estar de pie y estar asombrada) y que, si todo lo anterior falla, siempre hay espacio para escribirlo.

Ella me dice: “No dejes de escribir, entonces”. Y llegando a mi casa, una hora después, es lo que hago.

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sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

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