Cuento: Notre Dame

Escribí este cuento en ¿2014? Era de cuando estaba realmente obsesionada con mis santos y acabábamos de llegar de París y la imagen de Carlomagno todo esmeralda todavía me perforaba las pupilas. Decido compartirlo porque lo acabo de encontrar. ¡Gracias por leer!

Junté mis manos para orar. Lo hacía sólo de costumbre. No tenía mucho que decir; no sabía qué decir. Las junté y cerré los ojos. ¿Esto es lo que se hace? Siento movimientos detrás de mí; modestos frufrús, voces en portugués, el ruido de la goma de los zapatos deportivos del hombre que vi al entrar. Estoy frente a San Jorge y una Virgen vestida de índigo que no reconozco. Pareciera que las únicas luces son las de las velas eléctricas. El silencio ha hecho nido en mis oídos. Las manos muy juntas. Los ojos ahora hacia arriba, hacia donde miran los santos. Pienso en Dios.

(Pero pienso en ti, veladamente. Que Dios, celoso como es, no se entere. Pienso en Dios y en ti, al mismo tiempo, como una cosa natural. Cuando me detuve a observar la verde figura de Carlomagno, tú te seguiste de largo. La idea de caminar durante una hora más en un lugar tan viejo no te parecía tan tentadora como un café bien cargado en el bistro de mesas rojas que viste de camino. No te digo nada. Me dices, “te espero allá, ¿ok?, no tardes”. Asiento. Carlomagno, no el herrumboso que está frente a nosotros, sino su mismísimo espíritu, me mira con el ceño fruncido. No sé muchas cosas, me defiendo; sé sólo las necesarias. Atravieso las puertas doble de madera de la catedral, me interno rápidamente hacia uno de los últimos nichos. Me acomodo en el reclinario e intento buscar el lugar al que miran los santos. ¿Qué es lo que ven?, pregunto desesperada. El cuarto dorado que contiene todas las cosas, me responde el incómodo dragón debajo de la preciosa suela del santo. Sus ojos de esmeralda son los únicos que me miran a mí. Un frío que no viene de ninguna parte me invade. ¿Dónde está ese lugar?, le preguntó al dragón derrotado. Mírate las manos, susurra casi triste, mira detrás de tu hombro. Observa atentamente hacia donde te llevan tus pies. San Jorge le pisa el hocico con más fuerza. Me levanto, asustada, decidida a salir, pero un resplandor dorado me detiene. Una joven, toda de oro, con una espada en las manos, que también mira hacia arriba, me detiene el paso. La reconozco sin leer el nombre que aparece en la placa de su pedestal. Le beso los pies. Somos pequeñas polillas polvorientas en sus manos. Podría aplastarnos completamente, pero no lo hace. Finalmente lo hará, por supuesto. Ahora, bienaventurados, sólo estamos rodeados de su fuego y de nuestro polvo. ¿Cómo lo sabes?, le pregunto. Agarro su túnica con fuerza. Baja la mirada y el ruido, todo, se detiene. Escucho la voz de Dios tan clara como tus lágrimas, me dice con ternura. No estoy llorando, respondo, alejándome. Pero lo harás. El aire fresco de la mañana me pega con fuerza en las mejillas al salir. Estás sentado, te veo desde aquí. Levanto la mano para que me veas tú a mí. Le das un sorbo al café y miras hacia el cielo).

Junto las manos con más fuerza.

Published by

sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s