Trascender la trampa: las villanas del capitalismo y yo

Entre que procrastino terminar un cuento o empezar otro, sucede lo inevitable: Amazon.com.mx me toma del ojo y comienzo a scrolear las distintas opciones de gasto capitalista que se traduce en la promesa de envíos gratuitos en menos de dos días, todo gracias a que gasto 399 al año para ser parte del club Prime. Eso es lo que destaca a Amazon de tantas otras páginas de compra-venta, según he leído. Que Jeff Bezos ha amasado insanas cantidades de dinero por hacer trabajar a hordas de empleados mal pagados con tal de hacerle llegar a la chica veinteañera en turno una base de Maybelline a la puerta de su casa, porque no se puede molestar en caminar 10 minutos a su tienda de cosméticos más cercana.

En lo que va del año, la página me anuncia que he realizado 16 compras a través de la plataforma. Entre básculas, libros Young Adult en su idioma y paletas de sombras para ojos siento crearse un lazo estrecho entre empresa y cliente. Amazon es mi mejor amigo, que salta de repente mientras surfeo la net, para decirme que ese humidificador al que le eché el ojo por medio minutos está en descuento. No me siento espiada, al contrario, me siento acompañada, segura de que alguien en la vastedad del Internet me conoce tan bien como para recomendarme unos pants de yoga mientras intento descubrir la mejor receta para brownies.

Ni a mí tampoco, aparentemente.

A veces, poquísimas veces, a la mitad de la noche abro los ojos y pienso: “Demonios, debería estar ahorrando para mi futuro, que es infinitamente más incierto que la futura fortuna de Bezos”. Me atenaza la culpa: “¿Cómo demonios me he atrevido a gastar, otra vez, miles de pesos en maquillaje lleno de glitter?”. En la oscuridad de mi habitación me siento inmoral, sucia, llena de remordimiento. “No puedo creer que he sido presa de esta máquina reptiliana come almas; mañana mismo cierro mi cuenta”. Veo, como si se trataran los fantasmas de las Navidades pasadas, a todos los trabajadores mal pagados a los que he hecho trabajar horas extras por exigirles mi base Fit Me de Maybelline, una botellita de cristal de 30 ml que puedo cubrir con una mano completa, empaquetada en un sobre manila tamaño radiográfico. Me dicen: Sara, por el amor de dios, tú sabes lo que es trabajar así, ¿por qué nos haces esto?

A la mañana siguiente, claro, las endorfinas que uno libera en las compras capitalistas sin conciencia se encarga de que no sólo mantenga mi perfil de Amazon Prime (que, se ha demostrado, es endemoniadamente difícil de eliminar), sino que navegue las páginas de eBay, MercadoLibre, demonios, incluso Wish, para satisfacer mi necesidad de gratificación instantánea.

En momentos de claridad, como en estos, me pregunto cuál es la estrategia correcta para escapar la trampa capitalista que los super-ricos han tendido para ganar dinero de nuestra fútil mano de obra. Quizá, como muchos ya hacen, hacerme zero waste y consumir de manera local y órganica. Quizá, como otros también, dedicarme al freeganismo y recoger la buena comida de los Walmarts del mundo tiran porque no ha sido comprada a tiempo. O también, la ruta que tal vez toma la mayoría, no hacer nada y esperar a que la Tierra se consuma en fuego (y cantar las de Hozier, ¡Wasteland, baby!) y morir en medio del caos que bien yo pude haber evitado. Pero vuelvo a lo inevitable: por muchos popotes que yo rechace en Starbucks, mi contribución al planeta es mínima en comparación con lo que las grandes empresas, dueñas de todo, puede hacer para detener esta vorágine de contaminación, pobreza e incertidumbre.

“That you gaze unafraid as they saw from the city ruins”

Es bien conocido que son sólo 100 empresas las que son responsables del 70% de las emisiones de gas con efecto invernadero en el mundo. Un estudio, Carbon Majors Report, señala como culpables a las grandes empresas de combustibles fósiles como causantes en la subida de la temperatura global: “ExxonMobil, Shell, BP y Chevron se encuentran entre las empresas de inversionistas con mayor emisión desde 1988. Si los combustibles fósiles continúan extrayéndose al mismo ritmo en los próximos 28 años que en 1988 y 2017, dice el informe, las temperaturas medias estarían en camino de aumentar en 4ºC para finales de siglo. Es probable que esto tenga consecuencias catastróficas, como la extinción sustancial de especies y los riesgos globales de escasez de alimentos”. (The Carbon Majors Database, CDP Carbon Majors Report 2017).

No sólo tienen un rol principal en el temido calentamiento global, sino también en la contaminación activa de los grandes cuerpos de agua del mundo, las terribles condiciones laborales en países en desarrollo y el uso indiscriminado de la mercadotecnia para hacernos creer que lo que hacen es exactamente lo que necesitamos. Lo que quiero decir es que, si queremos evitar que las tortugas sufran, entonces debemos guillotinar a los reptilianos super-ricos.

¿O hay otra salida?

Las villanas del capitalismo

Estaba comiendo lentejas, a la mesa de la casa, leyendo, atónita, la historia de una tal Caroline Calloway y su rise and fall en el mundo editorial, luego de que ella, influencer egresada del NYU, se granjeara un acuerdo de $500,000 dólares para publicar sus románticas memorias sobre su estancia en la Universidad de Cambridge (que titularía And We Were Like), que hizo pública en su Instagram (con más de 800 mil seguidores) y engañara a medio mundo con supuestos talleres de creatividad. No sólo nunca escribió el libro (a pesar de haber recibido medio millón de dólares para hacerlo y de tener que pagar 100 mil dólares en retribución…), sino que se atrevió a cobrar $165 dólares por una plática vocacional en su departamento de Boston y regalar mason jars para los incautos que cayeron en sus encantos. La cultura del Influencer de Instagram en un párrafo.

Le conté la historia a mi hermana que me replicó, un poco harta: “¿Y tú por qué no has logrado engañar a una editorial y que te den medio millón para publicar?“. Me como las lentejas en silencio. Demonios. Esa es la pregunta del millón, ¿no? ¿Cómo es que la gente más despreciable del mundo logra obtener millones de dólares? La historia de Caroline Calloway me impactó por su cercanía: ¿qué daría yo por estar en su posición? Una chica rica (blanca y privilegiada) como para estudiar en las universidades más prestigiosas del mundo y escribir sobre lo que veo. No sólo escribir, sino recibir montones de dinero para que la gente puede leer mis tonterías. ¡Y yo aquí pagando $1,500 pesos para mantener mi punto com enn WordPress! ¡Qué haría yo con 10 millones de pesos para publicar mis vicisitudes godinas, mis recuerdos letrudos! Les digo lo que haría: trabajar duro para concretar ese libro. Quiero decir, por ese dinero, les hacía una heptalogía sin miedo, sin rencores. Sin embargo, la realidad de las cosas es otra y mi dignidad (aprendida en casa) no es capaz de hacerle eso a la gente. Caroline Calloway, sin remordimiento aparente, sigue vendiendo talleres, a pesar del escarnio público y la deuda de un libro que jamás será publicado.

Supongo que el secreto es ser blanca, rubia y bonita.

En escalas más violentas, están los casos de la falsa socialité Anna Delvey (quizá mi favorita de todas ellas) y Elizabeth Holmes, la siniestra CEO de la infame Theranos. La primera engañó a todo el Soho de Nueva York y les hizo creer que era la hija desconocida de un magnate alemán que “solamente estaba buscando comprar un edificio en Manhattan y hacerlo un museo de arte”. La chica (en realidad llamada Anna Sorokin, de orígenes humildes) arrojó un dardo a la lejana nebulosidad de los bancos suizos y dio en el blanco: alegando que poseía una fortuna de 60 millones de euros, pidió un préstamo de 22 millones de dólares, que obtuvo a través de una línea de crédito de 100 mil dólares, que obtuvo de la misma manera, alegando que poseía lo que no tenía. Lo milagroso de su situación es que a través de estos juegos gigantescos de transacciones millonarias la chica estiró las manos y se hizo de unos 275 mil dólares con el que se dio un mes de ensueño, viviendo en un hotel neoyorkino, comprando ropa y comida, viajando a Venecia y apareciendo en los Instagrams de los más ricos. Su artículo de The Cut (que enlazo más arriba) hace de su estafa una aventura que hasta las víctimas más afectadas admirarían. Se parece mucho a la gran proeza del Sueño Americano, de lograr lo más grande a partir de la nada, tanto así que se habla de un documental o de una película en su honor. El único problema de Anna fue el de haberse metido con los ricos reptilianos. Ahora enfrenta el juicio en su contra y la promesa de varios años en prisión.

Así fue como también sucedió con Elizabeth Holmes, la joven mente maestra detrás de Theranos, la empresa que prometía revolucionar la medicina mediante nuevas pruebas de sangre a través de una pequeña gota. Holmes, hija del vicepresidente del todavía infame Enron (talk about nurture), a los 19 acumuló una inversión de 700 millones de dólares para arrancar a Theranos, nombre creado a partir de “terapia” y “diagnosis”. No sólo llegó a ser considerada la empresaria billonaria más joven de la década, con 9 billones de dólares, de acuerdo a Forbes, sino que embustó a personajes de la talla de Bill Clinton, Henry Kissinger y Betsy DeVos, haciéndose pasar por la Steve Jobs de la medicina moderna. No sólo eso, en su papel de villana de Disney, con su cuello alto y su voz de baritono, provocó que el jefe del área de Ciencias de la empresa se quitara la vida antes las presiones y engaños que ella y su pareja asestaban para que no saliera a la luz el terrible secreto: Theranos no era más que una gran mentira. En poco tiempo, se descubrió que era imposible diagnosticar diabetes o malaria de una sola gota de sangre y que los milagrosos resultados que la Elizabeth prometía en la televisión habían sido fabricados. Para ese entonces, ya habían vendido la fraudulenta tecnología a Walgreens y a Departamentos de Salud de varios estados americanos. Acusada de “fraude masivo” por su fallida empresa, Forbes tuvo que ratificar su afirmación y anunció que lo que en realidad valía Elizabeth Holmes era cero dólares.

¡Qué golpe!

Las veo y descubro, como quién quiere ver entre pesadas cortinas, sus intenciones: si todo es sobre el dinero, para estas mujeres también es sobre reivindicación. A pesar de su patente privilegio (incluso la más pobre de este trío, Anna Delvey, estudió la universidad y se pagó su vuelo a Nueva York), se dieron cuenta de que para una gran porción de la población las cosas se tornan difíciles. Como villanas de este drama, por supuesto, también decidieron tomar el camino de los malvados: pisotear por encima de las cabezas de los demás para llegar a la delantera. Su error, como he dicho, fue que no pisotearon a pobres trabajadores mal pagados, con horarios y expectativas imposibles de cumplir, como en el caso de Amazon y Jeff Bezos, sino a la clase cocodrilo, a ese 10% turbio que maneja el 90% de la riqueza del planeta Tierra. También, porque es imposible hacer caso omiso a esto, que al ser mujeres el escrutinio al que son y fueron sometidos es mayor que a sus compañeros estafadores masculinos. A pesar de que muchos admiran a cada una (o en conjunto) por las estafas, fraudes y engaños que tan expertamente manifestaron en el mundo, presiento que como yo, no son más que víctimas de esta gran maquinaria, que lo único que desea es perpetuar esa demanda y oferta insostenible.

Como moraleja, me quedó lo que la autora de la note sobre Caroline Calloway dice al respecto del caso:

She has had every opportunity handed to her, including a book deal that would be life-changing for most, but she had no intention of following through. […] Her main problem is that she doesn’t want to be an artist or a storyteller or a writer: she wants to have made art, to have told stories, to have been a writer, to have taught, and so on. But that requires work, research, planning, sacrifice, and an acute understanding that not everything you do will be successful or worthy of celebration. She has nothing to offer but is selling everything.

Aunque yo jamás posea la estamina para embaucar al estado de Arizona o a los ricos de Soho o Cambridge, si estoy dispuesta a acaparar todo los hilos sueltitos que el capitalismo permite que tome (pienso en las pruebas gratis de comida en Sam’s y mi estómago gruñe contento) y también estoy dispuesta a formar parte de aquella futura revolución alla français en la que exigiremos que las cabezas cocodrilezcas de los que nos han orillado a esto rueden por las plazas.

Supongo que las villanas tienen razón: a veces la única acción posible es violenta. Mientras tanto, me dedico a scrolear, hasta que el resto se una a la causa.

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sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

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