Mala en aritmética

Siempre he tenido esta afición por los números que no quieren significar nada. O sea: que si no tengo que sumar, restar o agregar letras, me encanta eso de obsesionarme con un número en particular. Reformulo: me considero cabalística de pacotilla. Supongo que eso nace de la lectura temprana de El Diccionario del Mago que influyó las suaves neuronas espejos de mi cerebro. En este libro, indispensable en mi obsesión infantil por Harry Potter, había una entrada dedicada a la numerología en el que te enseñaba cómo sacar de tu fecha de nacimiento el número que definiría tu vida.

El mío era (de sumar, 25+02+1993, que es 2020, y sumar los dígitos de ése) el 4. Recuerdo todavía lo que decía el diccionario: el 4 es el número de la estabilidad, tanto así que una mesa tiene cuatro patas. Mi cabecita explotaba de la impresión. El cuatro, según mi lectura, era el número de la naturaleza, de las estaciones, de los puntos cardinales. También era el número de la muerte, por su correspondencia con el fonema de la palabra muerte en japonés. Me apropié de este número y de su cuadratura durante la secundaria. Luego sumaba los números que resultaban de mi nombre simplificado: colocas un número en cada letra del alfabeto, siendo la A el 1, la B el 2 y así sucesivamente. El resultado me deba el portentoso número 1. El diccionario decía que, por lo tanto, estaba destinada a la grandeza. Si sumaba todas las letras de mi nombre completo, me daba el 9, que significaba el camino del místico iluminado. Yo anotaba todo esto, azorada, en mi libreta de matemáticas, en lugar de atender las clases de cómo hacer un ecuación de segundo grado.

Cabe destacar: soy malísima en las ciencias exactas. Como el pajarito ese que dice: El riesgo que tomé fue calculado pero, dios, soy malo en matemáticas.

Nuestro cerebro está hecho para reconocer patrones, porque esto asegura nuestra supervivencia. En el bosque de signos y significados en el que habita mi mente, sobrevivo de la cantidad de endorfinas que libero al sumar los números que resultan del nombre de mi persona predilecta. A veces es el 4 o el 9. Me emociono si hay correspondencia. A veces resulta un 8 o un 3. Y sumo en mi cabeza, como tonta: “Si yo soy un 4 y esa otra persona es un 3, entonces resultamos en un 7, que es el número de la magos y las brujas. Eso quiere decir que somos almas gemelas, estoy segura”.

Más delante, en preparatoria, la cosa había evolucionado en un cerebro entrenado para sacar números de gestos, de metros recorridos, o de miradas compartidas. En la universidad, pasé al mundo de la geometría, al conectar puntos de la ciudad con una regla precisa que me indicaba que mi deseo tenía la forma de un hexágono irregular. Veía constelaciones en las calles, formaba triángulos en los lunares de las caras, comparaba la sonoridad fonológica de los apellidos. Me gustaba hacer cosas los días 16 y los 23 (que son 7 y 5, que son 12, que da un 3) porque siempre están juntos en el calendarios, uno encima del otro. Me gustaban los febreros que empezaban en domingo por su simetría. Me gustaban las colonias que numeraban sus casas de manera sensible, del 1 al infinito, números pares de un lado, números nones del otro. Encontré alivio en la supuesta seguridad que me daba algo que nadie podía negar: la simple aritmética de la vida. Si todo era tan fácil como agregar y substraer números del 1 al 9, entonces no había ningún secreto para mí. A los 18 años, entonces, era la Alquimista más improbable del siglo XXI.

El Paisaje con la caída de Ícaro, Pieter Bruegel, el viejo. O como lo conozco: mi peor enemigo.

La fecha de mi cumpleaños, claro, me parecía fabuloso en sus múltiples sietes que podía resultar de los números, o por la contundencia del 5 en el día, por el filo del 3 al final del año, por la redondez y calma del 2 del chiquito febrero.

Como se pueden imaginar, es cansado existir de tal manera. Mi obsesión por aquella antaña cuadratura, ponía en jaque el natural suceso de las cosas. Quiero decir, tendemos al caos. Somos entrópicos por diseño, por lo que mi cábala de niña no tiene cabida en el gran teatro del Universo y todos mis intentos por interpretar cualquier cosa acaban pulverizados. ¡Vaya sorpresa!

Me río ahora, pero hace unos años esto era una realización dolorosa para mí. Si la magia no es real, entonces ¿cuál es el punto?

A pesar de todo, hoy cumplo 26 años. Hace un año (pues cumplía 25 en el 25) saboreaba una promesa que intuía en esta simetría. Fallé espectacularmente en mis portentosos designios, como el Paisaje con la caída de Ícaro de Bruegel. Directo hacia el agua y sin hacer mucho ruido en el planeta. Así cumplimos años todos: a partir de nuestro escandaloso nacimiento, sólo nos damos cuenta de aquello por las extremidades convulsas que crecen, por la estela de plumas que dejamos detrás. No hay matemáticas para explicar el porque existe la indiferencia, el porque no podemos descifrar nada acerca de nosotros mismos y los demás, o de cómo es que podemos sobrevivir esto (hago un movimiento con las manos, con el que intento abarcar todo lo que me rodea).

En año nuevo, me declaraba libre, por fin, de la adicción a la numerología. Me ponía a la merced de lo incontrolable como debí haber hecho a los 15, en vestido rosa de tafeta, en lugar de postrarme en un banquito de madera y anunciar inmortalidad. Como dice Glück de Agamenón: “he was a fool, thinking│it could be controlled. He should have said│I have nothing, I am at your mercy.”

Feliz cumpleaños, Sara Andrade. You’re a number-loving fool. Todo te sorprende todo el tiempo, nada tienes definido. Las cartas señalan el dos de espadas (tus amigas te dicen “escritora sin rumbo”; no por estar perdida, sino por trazarlo mientras andas) y el Universo insiste en el hálito azulado de la montaña lejana: What do we have to appease the great forces?

Yo tengo esto: palabras sin números, días y días, ciudades sin formas (como la constelación azarosa que es Zacatecas). Mi deseo al soplar las velas: más luz.

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A space of multiple falls

Mi hermana, Diana Andrade, tradujo este texto mío que apareció en la última entrega de la revista de Punto de Partida, Un espacio de múltiples caídas, al inglés. Interesante ver como cambian las sensaciones de las cosas leídas en otro idioma. Pasen a leer (o a practicar su inglés, con Larousse en mano) y manden kudos a Diana, para que se anime a traducir más cosas, más ahora que su plan de vida ya involucra adentrarse al oscuro mundo de las Letras y la Lingüística y prepararse como traductora. ¡Yey por un post positivo para el futuro! También no olviden leer todo lo que hay en la revista. ¡En serio una lectura imperdible!

How nice it is of me to be writing to you,
when you’re not writing to me.

Virginia Woolf to Vita Sacville-West,
July, 1927.

It rains. I walk down to the meeting point: from my house to the busiest downtown avenue. I carry my mother’s umbrella, the mint colored one with red flowers. It looks like she bought it in some Chinese store: it isn’t sturdy. It’s not cold, it only drizzles from right to left, in spite of being mid September.

We agreed to go for coffee to our favorite bakery, near the Cathedral. Then to maybe go to the movies or to visit the art exposition in local crafts market. Nothing set in stone. “There’s a really interesting film in the local cinema”, he said. “¿Did you know that that person will be at the exposition?”, I answered.

To get to the avenue, I must go down a cluster of stairs that starts at the edge of the church and ends on our meeting point. I say cluster because said street is parts stairs and parts ramp, and then the unevenness of the garage ramps from the houses. So the railing comes and goes. The alley gives the feeling of have been sketched by Escher. Towards the end, the stairs bifurcate: left and right, a hole opens up in the middle which –for the sound of constant running water– gives way to the sewers.

I go downstairs carefully. I recall the lights of the ambulance and people circling a spot on the floor: a long time ago, a lady rolled down the stairs to her death. After that, the local government renewed the alley. Before, it was just stairs.

In total, there are two hundred quarry steps, the edges gone and now a liquid roundness makes the most accomplished feet slip. Sometimes those feet are mine. I stop by the church’s closed gate. My boots are sinked in a black puddle that reflects the exact greenish glow of the glossy umbrella. It’s early still, he won’t be here for five or ten minutes.

I fell here when I was thirteen, or maybe a few more steps towards the center of the stairs. I was late to the end-of-school mass and I ran downhill without measuring the narrow space of the step. A twisted ankle, hands inside the pockets of my sweater. I fell sideways and hit my head to the edge of the sidewalk. I woke up between the embrace of a neighbor and the screams of the nuns coming out from the temple. Until I arrived to the hospital I could see myself in a mirror. Inside the restroom of the ER, my head and half my face were soaked in blood that matched my burgundy uniform, which smelled like iron. I looked like a heroine, like an amazon. It didn’t even hurt. I’ve never looked more beautiful.

When I told him about my incident, he laughed: “only you would be happy to crack your head in two”, he said. I informed him that the sidewalk displayed my blood for three days before the neighbor who found me washed it with water and Pine-Sol. “It was the most interesting moment of my life”, I added faking hurt. Sometimes, in the darkness of his room, he runs his hands through my hair and his fingers stop for a moment on the six-stitched scar. As payment in kind, I kiss the scar in his knuckles that he got on a fight. “We’re the same”, I tell him. “Marks of war.”

We have walked these stairs up and down many times. He likes them. “I see you at the stairs”, he texts me and I obey. I wait for him and watch him arrive from the avenue. Sometimes we go up to my house or even farther. Sometimes we go inside the church’s patio and sit between the pepper tree and the shrine of the Patrocinio’s virgin. I then share pieces of me: “There was a fountain before. I was baptized here. There, they threw the coins. They fell like gushes from my father’s hands, like streams of silvery water. There, the children rose their hands thinking of spending their coins on orange juice and cookies. It was filled with sound. It is filled with sound now, even though there’s only you and me whispering secrets.”

On one occasion he tripped on a ramp. I caught him by the sweater before he fell. “What would I do with you and your head cracked open?” We laughed like fools. I imagined him in a puddle of blood the whole evening. It wasn’t the same heroic image that I had seen in the hospital’s restroom.

The water of the puddle trembles when a group of women walk downstairs to the avenue in a rush.

I have dreamt of that place as well. At night, the entire city is mine. Its ruffs, the parks and the treetops, the hills and the alleys. He and I, sitting on the ancient stairs. Calmly, he says: “We can’t see each other anymore” and I don’t cry. His face darkens even darker than the night surrounding us. “¿Do you remember that time when I went through town, all the way to your window and tapped gently because I didn’t want to fright you? I couldn’t stop looking at you, even if I wanted to”, I tell him. Sometimes I dream that we dance and music comes through the stones. Sometimes we’re not ourselves: we have different faces, different lives, and we find each other in that middle point. One going up and the other going down.

Although the question remains: “What would you do if it weren’t me and you weren’t you and we found each other?” He answers that probably nothing because we wouldn’t even meet. I reassure him that what we share has the same essence as any elemental force, that if we find shelter in the idea of those stairs as our inhabitable place, we are destined to something more than a relationship that will eventually end. So we choose corners between buildings, balconies with view to the city, trees that bloom with time, I take all the places we shelter on like sparrows in winter.

I see him turn at the corner. He’s smoking, in spite the rain. His hair is wet. If he sees me under a green umbrella besides the church, he doesn’t show it and leans in the wall. Throws the cigarette butt to the sewer and I descend carefully. The stair opens up in two. He’s in the right side. I go down to the left to surprise him, but he begins climbing the stairs. I shout his name from below. He turns, with a grimace. Confused, annoyed. “What were you thinking, huh?” he tells me, maybe without meaning to. While he starts coming down to where I am, I take the umbrella off me, thinking of giving it to him so that he stops getting wet. And I –with all the intention– say: about gravity.