La negligencia de “estar bien”

Estaba viendo un documental de Vice absurdo: al parecer hay familias conservadoras de California que detestan vivir en ese “agujero liberal” y han contactado a empresas que se dedican a recolocar a estas familias en vecindarios “realmente americanos”. La gran mayoría acaban mudándose a Texas, por supuesto. Uno de los comentarios en el video de YouTube era que “estadísticamente, están en lo correcto: rodearse de personas que piensan igual que nosotros acrecenta nuestra felicidad. Por otra parte, esto acabará separando al país”.

Estaba viendo eso, mientras me comía a cucharadas mi smoothie bowl de frutos rojos y guayaba, a un lado de mis gatas. Mediodía, silencio absoluto en la casa, no me he quitado la pijama (que siempre es un par de leggings y una sudadera) y no planeo hacerlo en todo el día. En los comentarios de este video, la queja principal es la siguiente: LOS SAFE SPACES SON PARA MARICAS. Lo leo un poco preocupada, viendo a mis gatas, a mis pies sin calcetas. Sé que todo aquello tiene que ver con una postura política muy gringa, con el reciente cambio en la balanza del discurso (reduccionista, a mi parecer) de liberal-conservador y a la tendencia imposiblemente humana de separarse en categorías. Sé que no me afecta a mí, pero al mismo tiempo sé que lo hace de manera muy real.

El asunto comienza dónde siempre (o bueno, desde hace 2 años): mi trabajo es insatisfactorio, por decirlo de manera amable. Quizá excluyendo mi tiempo haciendo debates (por lo menos tenía compañeros de mi edad), todos los empleos que he tenido en mi cuarto de siglo han sido terribles, deprimentes y tediosos. La particularidad del actual es que, en una serie de acontecimientos fuera de mi control, hago home office. Y lo hago endemoniadamente bien.

El chongo despeinado es esencial para el home office.

Me levanto a las 8 de la mañana, prendo la computadora y comienzo a trabajar antes de que las gatas me pidan comida o agua. Edito boletines o corrijo códigos html envuelta en la cobija que me tejió mi tía. A mediodía bajo a mi casa a desayunar. Recibo llamadas, mando mensajes, termino mi carga del día y hago la comida junto con mi mamá. A veces salgo a hacer otras cosas (brunchear con mis amigas, lidiar con el SAT, comprar más leche vegetal) o a veces me quedo a gustito en mi cama hasta bien entradas las 3 de la tarde. Cada tercer día, sin embargo, impelida por un gran sentimiento de justicia, voy a la oficina de mis superiores a pedir (una vez más) mi escritorio y mi silla. Negocio: “La computadora la pongo yo, sólo quiero un lugar”. Responden, inexorables: “Estamos trabajando; danos unos día”. Los días se han convertido en 4 meses de trabajar desde mi casa. Muchos me han dicho que es la mejor de las posibilidades y no lo niego. Mi cuarto al amanecer es mi safe space. Me aterra pensar en perder la oportunidad de continuar mi trabajo y de perder mi tiempo en una oficina fría y lejos de rica y nutritiva comida. No me gusta pensar en que no podré hacer yoga a las 2 de la tarde porque voy a estar 30 minutos lejos de mi tapete y de la conexión libre de Internet.

La Sara Andrade de hace 6 meses habría hecho lo posible por mantenerse en ese espacio (la llamada zona de confort) como en una especie de retribución al universo por haberme hecho sufrir tanto. “Merezco este tiempo de paz, idiotas”, diría.

Sin embargo, no es justo.

No es justo para mí estar en una posición de home office porque mis empleadores no pueden darme lo básico para trabajar (o el tiempo suficiente como para sentarme frente a ellos y quejarme A GRITOS). Estoy gastando mis propios recursos para quedar bien, e incluso el tiempo y recursos de otras personas. Es irrisoria la situación. A pesar de que en mi calidad de “aviadora funcional” las cosas me vayan medianamente bien, a mi no me sienta bien. Entran en juego algo que se llama respeto y dignidad en esta decisión.

Pienso en las otras muchas cosas en las que soy negligente, creyendo que lo que más importa es que “me siento bien” y no tanto el “si esto es justo para mí”. Por ejemplo, mi salud mental y física. El beber cerveza como maníaca para detener un poco el influjo de pensamientos coherentes (y, oh, las Navidades fueron testigos de mi negligencia) y acrecentar el dolor de barriga. Ahora, a pesar de que la extraño tanto, he dejado de tomarla. He dejado el azúcar y las harinas refinadas (¡dejaría mi estómago de ser millenial intolerante al gluten!) y ahora consumo los tan vilipendiados smoothies de plátano con cacao y los avocado toast como si en eso se me diera la vida. ¡Y quizá sí! Entre el yoga y las caminatas al cerro y el darle besitos a mis gatas y en desearles cosas buenas a mis amigos y dejar de desear mi propia muerte he encontrado una paz inusitada. Como una calma no resignada, una tranquilidad más bien ganada a pulso. Estar bien porque me he esforzado en estar bien, porque me he esforzado en que mi tripa deje de doler, en dejar de llorar a medianoche, en dejar de encerrarme en los mismos hábitos y espacios, creyendo que habitar el safe space de la inactividad no me ha afectado en absoluto.

Aquí algunas de mis actividades para el wellness:

No me esfuerzo demasiado, claro. Sigo siendo yo, después de todo, y a veces le muerdo violentamente a un bolillo y a veces me como un chocolate lleno de azúcar. O a veces me siento a pudrir neuronas viendo videos de Vice o de cómo ganar 7,000 dólares al mes haciendo YouTube, o compilaciones de recetas de Tasty. Ya saben, tomarse las cosas no tan en serio, dar entrada a lo ridículo de vivir. Y me digo frente al espejo: “Debo cuidarme la panza y el corazón, y dejar de ser negligente como las familias republicanas de Los Ángeles mudándose al centro de Texas para poder blandir una AK47 en el Walmart local con total libertad”.

Después de todo, tenemos altas y bajas; es lo más normal.

Canción de la semana: Andromeda, de Weyes Blood

(se pronuncia GÜAIS BLOOD lol)

Perros mirando hacia abajo: un ejercicio en el mindfullness

Esto debe ser como una tendencia mía bien marcada. Hasta hoy me percato. Si recapitulo sin pensarlo mucho, encuentro clases de natación, gimnasia, un día de ballet, karate, kick boxing, yoga y las 3 veces que he entrado al gimnasio increíblemente motivada y no he vuelto por una y otra razón. Cuento esto sin considerar las optativas del colegio, de las que huía porque en mi papel de ñoña rechazada no me sentía del todo bien siendo portera/tiro al blanco del equipo de fútbol o el integrante de brazos más débiles del equipo de voleibol.

La tendencia es que siempre he querido hacer deporte/ejercicio físico y siempre me encuentro a mí misma fracasando estrepitosamente. Creo que lo único en lo que mi disciplina no ha fracasado estrepitosamente es en el de escribir en el internet, y aún así lo estoy haciendo de manera terrible. Pero aquí estoy, 10 de enero del nuevo año 2019, y estoy completamente convencida de que puedo obligarme a seguir con disciplina, aunque sea 1 (UNA) cosa por 365 días en el año. Quiero decir, ni siquiera dormir lo hago bien, porque de repente me entra la locura estacional y me vuelvo a forzar a estar despierta durante 80 horas, al punto en que escucho sinfonías de Mozart saliendo de las cosas.

Así que en el maelstrom de las festividades navideñas tomé una resolución entre las muchas resoluciones que suelo tomar a fin de año: empezaría a hacer yoga todos los días. El 30 de diciembre encontré un canal en YouTube y una rutina de 31 días para hacer durante enero y el 1 de enero, con un poco de resaca, hice el primer día para alivio de mi columna y de mis huesos ateridos luego de meses en encierro godinato. ¡Dioses, qué alivio el del estiramiento antinatural de las extremidades! ¡Qué regalo el de la circulación de la sangre de cabeza a pies cuando uno hace un perro mirando hacia abajo!

Recuerdo con alegría los meses que mi hermana y mi tía íbamos a yoga, con un grupo de mujeres que tenían una forma brutal de hacernos sudar y doler con sólo plantar dos pies sobre el tapete. Durante ese tiempo, logré hacer muchísimas posiciones yoguis, cuyos nombres sánscritos se me escapan, y llevar mi nariz hacia la punta de mi dedo gordo sin molestia alguna. ¿A dónde se habrá ido esa flexibilidad? No lo sé, duds.

Esta mujer es como la Bob Ross del Yoga en casa

Total, que a los 5 días yo ya sentía una transformación sensible. Mis huesos crujían con alegría al despertar y mi postura al sentarme frente al computador mejoró visiblemente. Claro que no dejo de sentir dolor en todas las parte de mi cuerpo: panza, parte trasera de las piernas, el hueco de los codos, los hombros, el cuello. También comencé a salir a caminar por ahí sin rumbo, pero con prisa (imaginen a Flanders apretando el paso) durante una hora o 30 minutos. ¡Santo remedio a las aflicciones del horario de 9 a 5! Mi estómago dejó de doler (que según mi doctor, era un síntoma del “tipo emocional” lol) y comencé a dormir con mucho más gusto. Bueno, oigan, por favor, que esto no se trata de venderles la idea del yoga como estilo de vida, porque Vishnú sabe que soy un desastre, pero si lo que han necesitado durante estos días es ese mensaje que los invite a mover la carnes, este es.

El asunto del reto de 31 días que les puse allá arriba es que no haces yoga, sino que utilizas herramientas de la yoga para alinear lo que esté desalineado. ¡No lo sé Rick, pero a mí me ha funcionado perfectamente! Estar atento de tu cuerpo, de las plantas de tus pies, de algo tan sencillo como respirar a tiempo. Lo que los millenials llamamos mindfullness.

m i n d f u l l n e s s

Llevo 10 días en este proceso y estoy orgullosa de mí misma. Sin embargo, no me confío. A los 11 días dejé el NaNoWriMo para nunca volver (aunque siendo sincera, algunas críticas situaciones y personajes inútiles determinaron que noviembre de 2018 se volviera uno de los peores meses de mi existencia como ser humano en este planeta) y viendo mi historial deportivo, lo más probable es que esto dure otro par de meses más. Pero veamos qué sucede: si logro hacer 365 días de yoga y para el 31 de diciembre del 2019 puedo pararme de cabeza, flotar por los aires y soltar máximas hinduistas, entonces ya saben qué sucedió. Si para Marzo estoy dando excusas a mi personalidad aireada y caprichosa, alegando que mi pasado determina de manera innegable lo que hago en este presente, pues ya saben qué palabra dejar en los comentarios… “fracasada”.

Es broma lol. No... no dejen comentarios así porfavore. 

Anyway, estoy ahorita en leggings, con un video de 3 horas de música de yoga/spa/study de fondo y mi tapete en espera de verme sufrir por otros 30 minutos en las posiciones más fáciles del universo y sonriendo hacia la nada porque Adriene me ha dicho que el mejor estiramiento es el de la sonrisa sobre la cara. Si no fuera tan cínica, les diría que aquello es una paparrucha new age a la que no hay que prestarle atención. Pero como le he dado la vuelta entera a mi cinismo les digo que sí es verdad, que tiene razón.