El NaNoWriMo, u otra excusa más para ponerme a escribir, por el amor de dios

El National Novel Writing Month, vaya.

Lo he intentado desde que me enteré que existía este concurso. Se supone que es un concurso, en el que todos los que lleguen a la meta son “ganadores”. La meta: 50,000 palabras en 30 días. Una novela lista para su publicación. Se supone. Y yo, cuando estaba en prepa, influenciada por las noticias americanas que leía en Tumblr, quise intentarlo.

Por su puesto, siempre fracasé en la empresa. Como siempre he fracasado en mi empresa de mantener un diario fiel, en un cuaderno, durante los 365 días del año. Mi mente de teflón tiene la culpa. Mi procrastinación perenne también. Si no liberara tantas endorfinas en pensar “mejor lo hago al ratito” creo que sería la escritora prolífica que siempre sueño que sería. Entonces el asunto se reduce en si quiero continuar con las ensoñaciones matutinas o las realidades tangibles. Es como subir al cerro: claro que desde la carretera, el monolito se antoja inexorable. Pero una vez que se ponen los piecitos en acción se llega a la mitad del camino y, de repente, se observa la ciudad desde la comodidad de una piedra afilada. O sea, que se tiene que empezar por algún lado.

NaNo-2018-Writer-Facebook-Cover

Empiezo por el miedo.

Estoy frente a la computadora, esquivando mi itinerario de trabajo durante el mes. Me digo a mí misma: “es que no puedo escribir una novela, así como así”. Tengo dos en el cajón. Una novela YA y La Primera Novela. Las abro de vez en cuando y en todas esas ocasiones examino mis comienzos con el pesar de un forense primerizo. Me da miedo mirar durante mucho tiempo las partes diseminadas del cuerpo al que intento darle sentido. Me mareo, desenfoco la vista, hago como que todo está bien y cierro mis carpetas diciendo lo que todos los desidiosos dicen: “Ya llegará la inspiración”. Así que inauguro mi primer NaNoWriMo con 50 cuartillas de una historia que se me ocurrió hace una semana y para terminar mi fanfiction de Star Trek. Paso a pasito. Ténganme paciencia.

Le sigo con el aburrimiento.

Lo que me sobra es tiempo y me empeño en creer que no. Pero sí, y mucho. Lo que me sobra de tiempo es inversamente proporcional a lo que me falta de área de trabajo, por lo que en mi nomadismo godinezco (que cómo los antiguos pobladores del mundo, me dedico a buscar los pastizales más verdes y con mejor conexión a internet) tengo la oportunidad de sentarme, pensar y, si hay suerte, escribir. He intentando aprovechar aquello. Sí, sí, que me he dedicado a hacer larguísimo un pedazo de ficción para fans de una serie de los sesenta que debía haberme dado para unas 5 mil palabras y he acabado con un monstruo de casi 20 mil, pero ¡EY! Que estamos hablando de escribir-escribir.

Finalmente, la disciplina.

Como ser humano absolutamente falible, le tengo miedo de la arbitrariedad con la manejo mis deseos. Siempre he creído que siempre sucumbo a ellos, que soy débil, que me deberían atar a las astas de los barcos, porque no soporto el canto de las sirenas. Pero luego me sorprendo a mi misma en mi estoicismo, en la medida represión a la que me auto-sujeto, como si se tratara de un ritual importantísimo, al que faltar sería un grave pecado. O sea, que mi disciplina es nula y mis maestros Jedi o mis monjes benedictinos me reprenderían por absurda.

Me gusta sujetarme a la calma de un calendario y de un horario, eso es cierto. También me gusta llorar en mi almohada durante horas, culpando a los hados por mi mala fortuna. El NaNoWriMo será pues un concurso muy real para mí, un “¿realmente podré hacer esto durante 30 días?”. No se trata de realmente escribir una novela (que para eso ya estoy planeando un maratón parecido para diciembre), pero si de un calentamiento, de volver al partido y no estar escuchándolo desde la calle y de sacudir ese auto-impuesto analfabetismo que generé debido a los traumas y angustias de mi duelo.

¿Pero qué cosa más feliz puede existir que dedicarse a escribir durante un par de horas al día, sin lineamientos, sin fechas tope, sin respiraciones agraviadas en el cuello de una pobre muchacha que sólo quiere que la dejen escribir laaaargo y tendiiiido? Ahorita no se me ocurre otra cosa de la que aferrarme con fuerza más que esta. Sin suscripción al gimnasio, debo dedicarme a la calistenia de los dedos sobre el teclado, de los ojos sobre la pantalla y del trasero sobre el asiento ergonómico para evitar dolores de cóccix. La felicidad absoluta, sin me preguntan.

NaNoWriMo es el acrónimo de National Novel Writing Month (y por lo tanto debe pronunciarse algo así como “nanoraimo”), es decir, Mes Nacional de Escritura de Novela. Surgió en 1999, en Estados Unidos, cuando una veintena de amigos se propuso un reto: escribir una novela de 50 mil palabras en un mes. El mes de noviembre. El equivalente a 50 mil palabras es un libro de unas 175 páginas, o unas 80 páginas de Word en Times New Roman 12, interlineado sencillo. Tanto les gustó el desafío que al año siguiente repitieron. Y tanto gustó a otras personas que pronto la iniciativa dejó de ser “nacional” y de ejecutarse solo en inglés.

NaNoWriMo: a escribir que se acaba el mundo (o el mes)

Yo voy a escribir, empezando este jueves, de lunes a sábado la Historia Principal (y escribir más de 1,924 palabras al día) y todos los domingos del mes me voy a dedicar exclusivamente al Fanfiction (que no tiene límite de palabras, pero al tener yo la historia completamente definida, el asunto radica más bien en terminar). Mi horario de escritura empieza a las 9 am y termina a las 9 pm, con descansos necesarios durante estas 12 horas.

Lo escribo aquí para dar permiso total de humillarme en caso de no cumplir con lo cometido.

De ahí en más, la invitación está abierta a todos los que quieran participar. A los que me quieran acompañar en la Biblioteca, aquí voy a estar, seguramente. A los que quieran ver de lejitos, cada domingo haré un update del desafío.

Y bueno… ¡nos vemos el 30 de noviembre!

Foto el 29-10-18 a la(s) 13.03 #3

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sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

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