La consistencia de las oficinas a deshoras: un ejercicio en la futilidad

Abrí los ojos a las 5 de la mañana, creyendo que eran las 7 y luego, al intentar dormirme de nuevo, no pude creer que la alarma sonará las 2 horas después en la que debía, porque yo acababa de cerrar los ojos, pensando “si sonara la alarma ahora mismo, quedaría como idiota”. Quedé como una idiota, pero de todos modos hice el esfuerzo de levantarme e irme a mi (oh dioses) nuevo empleo.

De saber cómo soy, de saber la retahíla de tonterías que pienso de cada casual conversación, o del sonido de los tacones y zapatos que suben escaleras con prisas, estoy casi segura de que la persona que me extendió mi nombramiento (un desconocido amable pero indiferente, de esos que abundan ahí) me lo hubiera arrebatado de las manos y me mandaría hacia los soldados que en la entrada canjean armas por juguetes y nuevos billetes de Benito Juárez. “Llévensela lejos, donde nadie la encuentre”. Me imagino pequeñísima en el horizonte, arrastrada por un pelotón. Me imagino los disparos al unísono, a lo lejos. Escapismo, le dicen.

Hago un esfuerzo monumental: quiero huir, pero no lo hago. Quiero pararme de este nuevo escritorio y de este nuevo asiento y alejarme, pero no lo hago. No me malinterpreten: agradezco muchísimo tener un trabajo y poder tener un medio para continuar acrecentando mi colección de sombras para los ojos. O sea, que si pudiera evitarlo, lo haría, pero ¿quién no lo haría? Pienso que esa vida de bohemios intelectuales que tanto añoraba a los 13 años no es precisamente una vida barata. Por algo LORD FUCKING BYRON, en su calidad de noble descarado, es el bohemio por excelencia. Pero YO estoy atada a esa simple vida de pequeño consumista capitalista que no ha hallado la fórmula para esquivar el gloriado trabajo burgués. ¡Ah, la burocracia! ¿Qué acaso mi trabajo no es el sueño de todo medioclasero del siglo XVIII?

Vuelvo los pasos hacia la cordura. Esto se llama Ansiedad. Una condición que me es familiar en estos contextos de absoluta alienación. No sé qué hago aquí, no sé cuál es mi tarea, nadie sabe nada más que lo suficiente para hacer funcionar la gran maquinaria que habita este edificio. Nadie me conoce y yo no los reconozco de vuelta. Tiemblo de terror. Si estuviera en una obra de teatro, y mi función fuera la de hacer preguntas (como un coro a la compostura), diría en voz alta: SEÑORES, DE QUÉ DEMONIOS SE TRATA ESTO. He bromeado lo suficiente acerca de como las oficinas gubernamentales funcionan sostenidas en un palito de paleta y un clip como para saber que realmente no es una broma. Como ese truco de las sillas en el que cuatro personas se acuestan en las piernas de los otros, y una a una van quitando una silla, hasta formar un cuadrado que se sostiene en el aire. Si levanto el fondo de esta oficina, presiento, veré detrás un público, personal de luces, un director, una orquesta completa, todos mirándome de vuelta, como diciendo que vuelva a lo mío. El Truman Show Godín.

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Estoy en mi escritorio, perforando hojas que deben ir en un cartapasio verde y rígido. Me tomo mi tiempo, alineando la hoja A4 para que en la carpeta no se vean fuera de lugar. Está lloviendo y nadie dice mucho. Se escucha el “chac, chac” de la hoja que se corta. Acomodo los memos de viejos a nuevos, primero enero 2018 y hasta el final agosto 2018. Membreto la carpeta, agregó la información adecuada a transparencia, guardo el cartapasio en un librero detrás de mi y vuelvo a sentarme a mi escritorio, pensando en cuál será la forma más rápida de acabar con mi vida ahora que ya no tiene sentido mi presencia en aquel lugar. Veo el reloj de la computadora: 8:34 am. Me quedan otras 7 horas de silencio e inutilidad. Chac, chac.

Me regaño a mí misma. “A la próxima, tómate 8 horas en hacer esto”.

¿Se acuerdan de mi Métrica Jane Austen para catalogar a mis jefes y/o situación laboral?

Bueno, pues ahora me encuentro en una danza sin sentido entre jefes, directores y secretarios que poca intención tienen de mandarme, torturarme o tomarme como su pequeña mascota, por lo que no podría hablar libremente de su relación conmigo. Al parecer, aquí yo soy dueña de mi tiempo y yo debo administrarlo como crea conveniente. No me queda de otra más que autocatalogarme y escojo al personaje austiniano que mejor me define: la crédula Catherine Morland, y este lugar es La Abadía de Northanger y yo estoy esperando encontrar trabajo riguroso, esfuerzos concienzudos y metas gloriosas, pero sólo hallo un teclado que no sirve, Windows XP, Mozilla y un garrafón que no surte agua caliente. Busco refugio en los baños, pero sólo encuentro olor a hospital abarrotado de enfermos. Salgo al patio, que huele a humo de cigarro. Atravieso el puente y del otro lado me saludan los techos de casas a las que nunca entraré, cuyos habitantes nunca conoceré.

Catherine buscaba en el Bath de la Regencia terrores, desmayos y fantasmas como en los Misterios de Udolfo. Quizá yo buscaba ese furor casi religioso de las oficinas japonesas (me enchinaba de la emoción al pensar en Estupor y temblores de Amélie Nothomb: ¡ah, las delicias del terrorismo godín!). Pero la cuarta transformación no ha llegado en este cubículo de mazmorra y debo someterme al chac, chac de la hoja bond que se perfora, al tac, tac de la plataforma llenada, al sigh y yawn intermitentes.

Me queda la salida de Amélie: defenestrarme en la primera oportunidad.

Para mi suerte, este edificio no tiene ventanas.

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sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

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