Del {des}encanto

Entre los 16 y 19 años sufrí de un extraño ataque de ansiedad que me impedía salir de mi habitación en la noche. Me despertaba a las 3 de la mañana presa de dolor chillante en la vejiga, o con una sed atroz. Sudorosa y con las ideas poco claras, me sentaba en mi cama para mirar la puerta oscurecida de mi cuarto. Ahí era donde empezaban los problemas.

Del otro lado de la puerta todas las más siniestras posibilidades se gestaban. Un asesino en serie, psicótico, dispuesto a rebanarme en dos, una muñeca de porcelana con pequeños ojos rojos, un alien rabioso o un bicho intergaláctico del tamaño de la puerta. Una junta de duendes o mi perro poseído, flotando por la sala de la televisión. Lo que fuera, pero algo tan imposiblemente espantoso que mi mano se quedaba a unos centímetros de la manija de la puerta, y yo sin atreverme a salir al baño o la cocina por agua. Tenía que debatirme durante una hora. Prendía la luz, tomaba mi celular, me ponía los zapatos y contaba hasta tres; me volvía a meter a la cama y volvía a hacerlo todo de nuevo, volví a contar hasta tres antes de abrir la puerta, dispuesta a morir o a matar, para enfrentar lo que viniera.

El resultado, siempre, SIEMPRE, era la anodina oscuridad de mi casa a las 4 de la mañana. Bajaba como un rayo por un vaso de agua o hacer pipí y me volvía a meter en las cobijas, sintiéndome realmente tonta, y quizá un poco decepcionada, porque por supuesto que NADA se iría a aparecer, qué estaba pensando, los fantasmas victorianos no son reales, Sonny realmente no es un ser maligno, oh ho ho¡Qué tonta yo!

El terror volvía a tomar su lugar usual la noche siguiente.

El asunto es que luego de un par de años de expectativa y de decepción, la cosa comenzó a perder su encanto. Parecía que incluso La Ansiedad™ se daba por vencida, como si existiera realmente un límite para creer que dentro de la oscuridad de mi casa existía un peligro.

Recuerdo claramente, una noche cualquiera, estar sentada en las escaleras de mi casa, a oscuras, luego de salir por agua, pensando en si debía ponerme un pantalón o un vestido al día siguiente y percatarme, de repente, que estaba ahí. Fue como “Oh, ya. Es que le tengo miedo a la oscuridad 😐”.

No es algo que me gusta experimentar. Me siento traicionada por la vida. No es que me enoje, como dicen los papás, es que me decepciona bastante el hecho de que no existan los monstruos y tenga que enfrentarme a esta vida aburrida. La única particularidad de la noche es que El Sol está en Australia y no podemos ver tan bien el suelo en el que caminamos.

Me ha sucedido, como a todas las personas, desde muy chica. Mi problema es que siempre me toma por sorpresa.

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“Nunca tan bueno”

Siento que no he entendido que las cosas no son tan espectaculares o únicas o hermosas como creo que sean. Craso error. Si en literatura, creer a primera vista lo que leemos es la “suspensión de la incredulidad”, el make-believe de la vida diaria posee las mismas características áreas del pacto ficcional. Hay que elevarse por el aire, como haría mi perro si realmente estuviera poseído, y dejarse llevar ante la cara brillante de la existencia y apreciarla sólo por encimita. Como ver El Vestido™ y creer que es blanco y dorado.

El desencanto, la caída más atroz e inevitable de todas. ¡Plop! Directo y sin escalas a la cruda realidad.

De las {orquídeas}

Hablando un poco del génesis de mi libro que está a punto de publicarse (por las manos santas del equipo de Texere), el desencanto es unos de los punto focales. Recuerdo estar frente al computador, en mi eterno zapping de Wikipedia, y leer, bastante sorprendida, que el mercado de las orquídeas se había devaluado luego de que Walmart y otras tiendas departamentales parecidas lograrán hacerlas crecer en invernaderos de su propiedad. Antes, explicaba un artículo, sólo se podían encontrar en las profundidades de selvas amazónicas o de China; muchos pequeños productos sobrevivían de la venta de las flores. Finalmente, la locura por las orquídeas disminuiría con rapidez una vez que comenzaron a ser accesibles en las grandes cadenas de almacenes de productos. Este fenómeno se puede comparar con la Fiebre de los Tulipanes o los spinners: un producto aparentemente único que se replica de manera violenta hasta que pierde todo valor ante el cliente.

Bastante sorprendida ante esta historia, me acordé de varias personas en mi vida. Personas que yo había considerado las más brillantes, las más increíbles y llenas de tanta luz que era imposible verlas a la cara y cuya grandiosidad jamás cambiaría. Pensé que ellos habían sido mis propias orquídeas de supermercado, aparentemente exóticas, pero decididamente vulgares y comunes. Una amiga del montón, un amigo que partiría el cielo como un cometa poco particular.

Releo mis diarios del 2007-2008. Entre otras cosas, me detengo en escribir que: “según mi amiga KB debería dejar de ser una histérica y aceptar que ellos no son las personas que yo digo que son”. No sé quienes son ellos. No sé quién es KB. Otra entrada dice: “No puedo creer que sigo creyendo que van a cambiar. ¡¡¡No van a cambiar!!! ¡Me siento tan estúpida! ¡Pero yo sé lo que son en realidad y me enoja que nadie lo vea!”. Otra más explica mi estado mental: “Tengo 15 años y me quiero morir”.

Dos cosas quedan claras: mi perenne actitud hiperbólica ante los hechos más insignificantes de mi vida no ha cambiado nada y a los 15 años yo ya había sufrido los estragos de la decepción platónica. Esa que sucede cuando te enteras que tus padres son humanos o cuando te explican que Lindsay Lohan no tienen una gemela (y que no se llama Dennis Quaid) y que Juego de Gemelas es todo una gran mentira. Aquello se replicaría el resto de mi vida hasta ahora (si tengo muchísima suerte y muchísimo cuidado). El crush violento, la equiparación divina, las dudas de la terrenalidad, la caída del desencanto. Mis torpes conclusiones eran que todos somos falibles y que nadie tiene gemelos perdidos ingleses.

Aquello es algo que todos sobrellevamos y, si tenemos suerte, superamos; y somos tan culpables como los demás. ¿Quién no ha caído presa del encantamiento de la limerencia? ¿Quién no ha sido objeto de una obsesiva admiración? Recuerdo que me pasaba bastante con mis propios amigos, a quienes depositaba en estándares imposibles de cumplir, cegada por mi violento sentimiento de amor. Eso, finalmente, se constituye en una injusticia, por lo que no sólo acabas triste y desencantado, sino con un inquietante sentimiento de remordimiento.

El amor y el miedo exacerbados llevan irremediablemente a la decepción, pues nada nunca es tan bueno como lo creemos. No es pesimismo (porque quien me conoce sabe que soy la persona más estúpidamente optimista), sino una verdad ineludible. Aquella Oh, Gran Verdad Ineludible me ha golpeado con violencia en la cara en incontables ocasiones. Algunas de esas, incluso, le han dado la vuelta a su originaria vulgaridad que se han vuelto piedras preciosas que sostengo en la mano de manera constante. La vez que los amigos déspotas forjaron mi carácter, la vez que el crush salvaje que me orilló a revalorar mis decisiones, la vez que Dios mismo se quedó callado y su ausencia me demostró la intricada delicadeza de nuestras acciones. En mi libro, Orquídea de supermercado, es lo que intento dilucidar.

Cómo por ejemplo (Storytime): como es bien sabido (o mejor dicho, como he hecho el esfuerzo de dar a conocer) me caigo ante la menor provocación, sin que eso amilane mis ganas de trepar hacia lo más alto, entiéndase como cerro, edificación irregular o árbol torcido. Mi yo de 17 años era una chica teatral que consideraba a su cuerpo simple transporte, por lo que no me pareció extraño ni ridículo pedirle a mi Crush del Momento (que en la prepa aparecían por montones, como florecitas de pirul en la cabeza) que fuéramos a una casa abandonada en medio de una colina, rumbo a Bracho. Nos metimos allí y comencé yo a platicar con pesada exactitud de que iba el libro de Murakami en turno y cuando Mi Crush se estaba perdiendo en un sueño sin retorno, recuerdo mirarle la cara con profunda admiración y jurar y perjurar que su piel estaba brillando. Lo grité, lo dancé, lo escribí en perfectos sonetos en la parte de atrás de mi libreta. Le decía a mi amiga: “No puedo creer que Mi Crush tenga diamantina en la piel de manera natural”. Aquel brillo sobrenatural, me daba cuenta, no sólo se reducía a su piel. Caminar a su lado significaba que las faroles se encendían solitas, que cuando llovía el agua no nos tocaba, que el señor de las rosas de Castilla le regalara un ramo por “tan honesta sonrisa”. Era un pequeño milagro empaquetado en radiantes mejillas y enchinadas pestañas. Yo escribía como posesa en mi libreta: Estoy dispuesta a matar o morir por esta persona, lo juro, no me prueben.

Un día, me mandó un mensaje de texto con el nombre de su ex y toda mi parafernalia se vino abajo cuando me di cuenta de que en realidad era un histérico insoportable y un indeciso de muerte. Aguantaba yo, perdida en su nuca, 90 minutos de él decidiendo entre si salir a la calle o ver una película en Cuevana.

Por lo que, al final del día, en este libro me río de mi propia ridiculez. ¡Oh, dios!

Sin embargo, el proceso de mirar a mi vida y escoger, entre el entramado que veo detrás mi, el delgado hilo que une a esta y esta otra y esta historia ha sido uno de los más satisfactorios y extraños, pero definitivamente el menos decepcionante. Realmente que escribir es la única acción que podría repetir, como quien abre y cierra una puerta, una y otra vez, por el resto de mis días.

 

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sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

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