Veinticinco y otras mutaciones

25/25

A las 11:38 am, el día de mi cumpleaños 25, estaba vomitando el yogurt de frutas de Vip’s que a duras penas pude tragar. Ya había pedido mi platillo favorito del restaurante (huevos divorciados poblanos) y sentí con absoluta claridad, 25 años después de mi nacimiento, que me estaba arrepintiendo de todas las decisiones de mi vida.  Intentaba tragar saliva, pero aquella era una empresa imposible. Me pasé el día acostada, haciendo un esfuerzo monumental por no devolver (otra vez) el agua que podía pasar más allá de la garganta y quejándome de un dolor indeterminado entre pecho y frente.

24 horas antes de ese terrible momento, estaba yo muy contenta de estar a punto de celebrar con mis amigos; de comer y beber. 24 horas después, estaba yo muy contenta con mis nuevos compañeros del trabajo, quienes me llevaron un pastel y me cantaron Las Mañanitas, a pesar de mi cara de “he estado cruda 48 horas y deseo el dulce abrazo de la muerte”. O sea: a pesar de mis ganas de siempre querer hacer que las Fechas Importantes sean Realmente Importantes, debo aprender a que la simetría no siempre es posible.

Hace un año, celebraba en un ambiente y estado totalmente diferente al de ahora. Recién operada, cansada como nunca en la vida, invadida de una aplastante tristeza que no sabía de dónde provenía pero cuyo origen y su eventual descubrimiento revolucionaría mi vida en un decisivo antes y después, estaba sentada entre mis amigos y mi familia, segura de que de los 24 quizá no pasaría.

Dando pasos de un año hacia atrás es como puedo recordar todos mis cumpleaños. A los 18 me vestí de blanco. A los 15, los pasé con el uniforme del colegio negándome a bailar canciones de quinceañera. A veces contabilizaba el paso del tiempo en Olimpiadas. Recuerdo las Olimpiadas de Invierno del 2002 y cómo yo hacía las matemáticas: 4 más 4 más 4 más 4…. dentro de 16 años tendré 25 y cómo es posible que el tiempo pase tan inevitablemente, como el frío que rompe las tuberías, y yo sigo sin alcanzar la parte alta del refrigerador.

gjjjfn

A los 9 años pensaba, súbitamente emocionada y aterrada, que cuándo tuviera 18 años más sería una persona tan distinta que si me viera a la cara no la reconocería. Pensaba en el futuro como una entidad gelatinosa, inefable e inalcanzable. Me veo ahora y veo la foto que tengo guardada en mi cartera de mi carita de tercero de kínder y me digo: Me reconocería a mi misma entre un mar de gente. No hay manera de que esa niña no sea yo. Lo que soy yo es el único camino.

Considero ahora mismo, triunfante, que ese es mi regalo de cuarto de siglo.

La Métrica Austen

Le cuento a mi mamá de mi primer día de trabajo en mi nuevo trabajo y ella sentencia: ¿Y cómo es tu jefe? ¿Collins o Wickham?

Me explico.

La métrica para medir a mis jefes resultó luego de un jefe que tuve en un restaurante indeterminado en el que trabaje durante el tiempo de mi prepa-universidad. El dude en cuestión era un (a falta de mejores palabras) un mamador infumable. O sea, justo como se describe al primo Collins, azote personal de las familia Bennet. El Collins de Zacatecas (en una posición de poder que, como su tocayo inglés, no sabía ostentar) solía subirse a un escalón y pregonar acerca de sus incuestionable conocimiento en la gastronomía internacional. Todos debíamos escucharlo, educados, pero los más exasperados solían echar polvos laxantes a su comida o esconderle sus comandas favoritas. Le tenía una fascinación casi abnormal a su propio jefe y solía emocionarse al borde de las lágrimas por las cosas más insignificantes y vulgares, como el tinte rubio de cabello o los iPhone. Sin entrar en más detalles (pues casi estoy segura de que sus amigos cercanos todavía son mis amigos en facebook), Collins era un pesado que sólo podía ser descrito bajo los parámetros de Jane Austen. Mi madre, que ha leído sus novelas de pi a pa, aprobó mi elección de apodo.

Mis jefes consecuentes fueron el bandido, mentiroso y ruin de Wickham, la atolondrada pero bonachona señora Bennet y ahora, tengo la fortuna de poseer a mi propio señor Bennet, encerrado entre libros y datos curiosos, pero absorto de la realidad más cercana. Un ente bondadoso aunque lejano y huraño.

fdhgghA lo que voy: estoy contentísima de tener a un señor Bennet y no a una Carolina Bingley o una Lady Catherine de Bourgh. Y esto sólo pensando en Orgullo y prejuicio. Veo mi vida hacia adelante y veo no 25 años, sino 50 y más, y estoy segura de que podré repasarme el padrón austeniano sin mayor problema.

Le decía a mi mamá: ¿Por qué no tendré a un Darcy de jefe? Pero luego me acordé que, (y como dice Wikipedia: (as he) lacks ease and social graces, and so others frequently mistake his aloof decorum and rectitude as further proof of excessive pride) SOY YO mi propio Darcy. Por qué O H  D I O S M Í O, las danzas sociales y de etiqueta de la oficina godín promedio serán, finalmente, mi muerte. ¿Saberme el nombre y apodo del secretario de la oficina de al lado? ¿Saber qué decir cuándo chocas con alguien de camino al garrafón de agua? ¿Las palabras secretas que se pronuncian antes de salir a comer?

No hay novela del 1800 que sepa describir con exactitud  la ridiculez del empleo de escritorio. De conocerme, Jane Austen me dedicaría una risita socarrona. ¡Madres del mundo, ayúdenme!

Rojo tirándole al verde

Cuando abrí mi tumblr por primera vez, hace ya casi 8 años, comencé a interesarme en un aspecto poco explorado para mí: el espectro de la luz fragmentada. Entiéndase: el color. Repentinamente adicta a cambiar los valores html/css del tema de mi página, comencé a apreciar las virtudes de los colores que antes consideraba ofensivos. El amarillo y el rojo, por ejemplo, que ahora considero mis favoritos. Es tonto, pero luego de 8 años de repasar cientos de miles de imágenes en una plataforma que se vuelve una ventana al interior de tu alma, el color rojo en particular se ha vuelto un estandarte para mí.

Recuerdo esto porque la publicación de mi libro está a la vuelta de la esquina. Es una locura.

Justo ayer mandaba el informe de actividades de estos últimos tres meses y no pude evitar ponerme sentimental y escribir algo como: No he parado de llorar porque ya tengo mi portada hecha y todo está precioso y ojalá, oh grandes jueces de los estímulos de creación, entiendan mis lágrimas. Los tkm.

Lo que me perturba un poco de todo esto es que, una vez que eso esté afuera, ya no podré hacer nada al respecto. Allí afuera estará una parte de mí y estará a la merced de quien decida tomarlo. Pienso en el color que escogimos para la portada: un frambuesa muy amigable. Sobreanalizo: ¿entenderá la gente qué es lo que quiero decir al tener ese color en la portada? ¿debí haber escogido algo más rojo, quizá más marrón, un rojo tirándole al verde, a la mitad de esa escala cromática? Ahora tomo mis libros con mucho más respeto. Hay algunos de colores y ediciones tan atroces que no puedo más que compadecer a los autores. ¿Se entenderá que este color y no otro es el reflejo más íntimo de mis palabras? ¿Tendré que aparecerme en los hogares de quien haya comprado el libro y guiarlos, parte por parte, en qué significa cada cosa, desde solapas hasta construcciones sintácticas?

Al final me relajo. Lo importante es ~lo de adentro~ ¿no es así? Esos pequeños manchones de tinta que quieren decir letras, que quieren decir palabras, que quieren decir: Digo sí a lo imposible (aveda).

 

 

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sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

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