Tres meses tarde es mejor que nunca: Viaje a Italia 2017-2018

Ya se la saben: la procrastinación es la madre de todos los sentimientos de fracaso. El origen de esta es similar: al no poder ofrecer la perfección (o sea, que por un sentido agudo del fracaso) se escoge no actuar. Ahí yace la mitad de mis proyectos. RIP in peace.

Pero Italia sucedió, eso es innegable. Que tome fotos, también. Y como prometí subir esto y este es mi blog y si quiero me muero, pues he ahí. Honestamente Italia es precioso y su historia es impactante. ¿Quiero volver? Mil veces sí. ¿Quiero volver a gastar 2 mil pesos en una cena? Hell to the no. Ya aprendí mi lección y la próxima que me vean por allá, andaré de turista en los mini markets comprando aguas de .18 euros. Ok ahí tienen, bye.

De la imposibilidad de un alma. Sufjan y yo.

Corría el 2009 y yo decidí abrir mi tumblr luego de observar a mi hermana encontrar imagen tras imagen de su banda japonesa favorita. Esa página prometía un pozo sin fondo de diversión visual. Quien ha estado desde el 2008 en aquella plataforma sabe de lo que hablo: su famoso azul de fondo y montones de imágenes de Starbucks y bostonianos con los primeros filtros de Instagram, o sea, un paraíso hipster al que podía migrar luego de la locura de Metroflog y el eventual cierre de las páginas personales de Hotmail, Messenger y el declive de Harrylatino.  Al año, ya era mi pequeño paraíso, y fue ahí dónde descubrí dos cosas que definirían los años consecuentes: el fandom de Sherlock y la música de Sufjan Stevens.

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Sucedió con uno de esos posts, populares en aquel tiempo, en el que algún listillo combinaba dos canciones parecidas y la hacía sonar increíble. Era un mashup de Clocks de Coldplay y Chicago de un tal “Sufjan Stevens”, que nadie parecía conocer. Escuche el audio, que no era más que la música de Clocks con la voz de Sufjan superpuesta. Lo busqué en Google, pero lo único que me aparecía era Cat Stevens. En Ares (porque sí, eran tiempos de Ares) sólo me aparecía The Dress Looks Nice On You y  la Chicago original. Durante meses, estuve contenta con tener esas tres canciones en mi colección.

Seguí buscando, un poco desesperada, porque NADIE parecía saber nada acerca del cantante que comenzaba a atormentarme por ser tan endemoniadamente evasivo. Encontré, un día, una página de bandcamp (la suya) que contenía 4 álbumes: A Sun Came, Michigan, Seven Swans e Illinoise, sus primeros cuatro discos, y todos a mi disposición. Al poco tiempo, también pude descargarlos, y para mi sorpresa, en ese mismo año sacó un álbum y un EP: The Age of Adz y All Delighted People. Eventualmente, en su bandcamp también aparecerían Enjoy Your Rabbit y The BQE.

Quiero recalcar dos cosas muy importantes y que necesito dejar muy muy claras.

La primera es que no sé que es la música.

Podrá parecer que sí y podrá parecer que conozco mucho de esta o aquella banda o cantante, pero el concepto de “música” o “canción” me vuela por encima de la cabeza y no logro entender como es que alguien se aprende una canción o alguien produce sonidos con sus dedos en un par de cuerdas y todo lo demás. Nunca he sido de esas personas que dicen: La música es mi vida. Si me conocen, ya saben lo realmente analfabeta que soy en materia musical. Simplemente me es imposible aprenderme la letra de la rolita popera en la radio porque mi cerebro carece de la sinapsis necesaria para poder entender qué demonios es esa armonía. No canto, no toco, no bailo. Ni siquiera me sé una canción completa de Sufjan. Me gusta el sonido de la estática y de los viejos refrigeradores, y hasta ahí se limitan mi sensibilidad al respecto de la música. Si me dan a escoger, prefiero el silencio. Si me piden que les diga cuál es mi género favorito digo “cantos gregorianos” y si a mis 15 años me preguntaban que cuál era mi banda favorita, seguramente respondería con un genérico: “Uhm, me gusta de todo”, a falta de (de hecho) un gusto musical.

Cuando digo que escucho a tres bandas nada más, no es una exageración. Mi shuffling en Spotify y YouTube se reduce a Sufjan, Beach House y Joanna Newsom (otra artista huidiza: tiene dos (2) videos musicales y ha proclamado nunca aparecer en Spotify. ¡Ay de mí!). A veces escucho La Mer de Debussy en repeat durante el día. Otras veces, pongo sonidos de ventiladores industriales.

La segunda es que este dude es de los artistas más huraños y menos dados a la promoción en el mundo entero. No tiene ni un video musical, hace conciertos cada venida de papa y casi no concede entrevistas. O sea, que no es Ed Sheeran y no corro con la suerte de ver 500 millones de vistas en su VEVO o de verlo cada 30 minutos en MTV. Es tan inaprensible que durante años su página en AZLyrics sólo tuvo las canciones más populares y su página de Wikipedia no podía explicarme quién diablos es esta persona que escucho casi diario, por el amor de Dios. Luego de su último disco comenzó a salir un poco a la vista de los demás, pero durante años, AÑOS, lo único que tenía de él eran videos amateur de sus conciertos del 2006 en Detroit o Nueva York o sus posts neuróticos de tumblr (porque sí, el señor tiene tumblr también).

Así que Sufjan Stevens llegó como si se tratase de una llave, que abriría mis atolondrados oídos a un nuevo tipo de experiencia sensorial. Y todo empezó cuando escuché por primera vez Impossible Soul, la última canción de The Age Of Adz, cuya característica principal es que dura 25 minutos y habla sobre las posibilidades y esperanzas de un alma presa de la ansiedad y la culpa. Un milagro, dirían los más crédulos.

sufjanMi primer acercamiento con Sufjan es, por supuesto, su voz. Suelo decir que es la más pequeña de todas, porque es tan suave que parece casi un susurro, pero al mismo tiempo tan clara y precisa que es inconfundible. Luego el banjo o el piano, su sonido maximalista, sus ganas de querer usar siempre flautas dulces y ocho violines y siete tombrones, o la forma en que usa el autotune, casi como un chiste, pero que resulta maravilloso. Finalmente, sus letras, que siempre fue lo que más me llamó la atención porque era lo que más podía entender.

Sufjan narra de la manera más delicadamente imprecisa su vida, su educación católica, el amor hacia los personajes americanos más particulares (Andrew Jackson, John Wayne Gacy o Tonya Harding), la relación fallida con su madre, la mitología griega, su perpetua obsesión con la Navidad y hasta pequeñas historias de amor sin género enmarcadas en los suburbios de Michigan. En mi búsqueda por más de él, me encontré con varios cuentos que escribió cuando él todavía esperaba ser escritor. Estudió Literatura y mandó a concursar un libro de cuentos que ganó el primer lugar en su universidad. Pero luego tomó su banjo y su flauta dulce y se dio cuenta de que lo que tenía que hacer era tocar y escribir música.

Algunos ejemplos preferidos:

And I have a sister somewhere in Detroit.
She has black hair and small hands.
And I have a kettledrum,
I'll hit the earth with you
Sister
Oh! I love you from the top of my heart.
And what difference does it make?
I still love you a lot; Oh! I love you from the top of my heart
And on your breast I gently laid. Oh! My head in your arms.
Do you love me from the top of your heart?
All Delighted People (Original Version)
You, you must be a Christmas tree, a Christmas tree.
You light up the room, oh, you light up the room.
Oh, you light up the room.
Barcarola (You Must Be A Christmas Tree)
The only thing that keeps me from cutting my arm,
Cross hatch, warm bath, Holiday Inn after dark,
Signs and wonders: water stain writing the wall,
Daniel’s message; blood of the moon on us all.
The Only Thing

Muchas de las cosas que amamos, no las entendemos del todo. La idea, a pesar de la obsesión personal y las ganas de saber hasta el más pequeño de los detalles, es aceptar lo que queremos como si se tratara de nuestra propia imagen en el espejo. Yo entiendo (y siento) a lo que amo como un reflejo de lo más real y profundo que se desarrolla en mi alma. Las personas que me rodean, la música que escucho, las escritoras que leo, los colores que tomo como míos.

El sentimiento de encontrarse, cara a cara, con un igual es lo que nos hace, como especie, querer seguir adelante, ante la promesa de que otros verán lo mismo en nosotros, o que no estamos aislados en nuestras experiencias o que, a pesar del miedo, seguimos caminando con la mirada puesta más allá de la cordillera que tapa la mitad del cielo.

Al ser yo de naturaleza hiperbólica no puedo evitar enarbolar como una bandera la cara y bíceps de Sufjan y gritar cuando veo su cara en los Oscars, luego de casi más de 10 años de recreármelo para mi solita, sin que nadie (salvo a los pocos que lo descubrieron de manera violenta luego de Carrie & Lowell) me acompañara en mi pasión por un señor de 40 años del norte de Estados Unidos, que canta muy bajito y que no tienen la menor idea de que una chica en México le dedica, cada tercer día, un tarareo o un gesto ceñudo. Nada puedo hacer para evitarlo.

Lo que sí puedo hacer es decirles: ¡Hey! ¿Quieren escuchar conmigo 23 minutos y medio de Sufjan Stevens? Quizá lo odies, quizá no, pero esto me representa fielmente y necesito, necesito que nos veas, porque boy, we can do much more together.

Veinticinco y otras mutaciones

25/25

A las 11:38 am, el día de mi cumpleaños 25, estaba vomitando el yogurt de frutas de Vip’s que a duras penas pude tragar. Ya había pedido mi platillo favorito del restaurante (huevos divorciados poblanos) y sentí con absoluta claridad, 25 años después de mi nacimiento, que me estaba arrepintiendo de todas las decisiones de mi vida.  Intentaba tragar saliva, pero aquella era una empresa imposible. Me pasé el día acostada, haciendo un esfuerzo monumental por no devolver (otra vez) el agua que podía pasar más allá de la garganta y quejándome de un dolor indeterminado entre pecho y frente.

24 horas antes de ese terrible momento, estaba yo muy contenta de estar a punto de celebrar con mis amigos; de comer y beber. 24 horas después, estaba yo muy contenta con mis nuevos compañeros del trabajo, quienes me llevaron un pastel y me cantaron Las Mañanitas, a pesar de mi cara de “he estado cruda 48 horas y deseo el dulce abrazo de la muerte”. O sea: a pesar de mis ganas de siempre querer hacer que las Fechas Importantes sean Realmente Importantes, debo aprender a que la simetría no siempre es posible.

Hace un año, celebraba en un ambiente y estado totalmente diferente al de ahora. Recién operada, cansada como nunca en la vida, invadida de una aplastante tristeza que no sabía de dónde provenía pero cuyo origen y su eventual descubrimiento revolucionaría mi vida en un decisivo antes y después, estaba sentada entre mis amigos y mi familia, segura de que de los 24 quizá no pasaría.

Dando pasos de un año hacia atrás es como puedo recordar todos mis cumpleaños. A los 18 me vestí de blanco. A los 15, los pasé con el uniforme del colegio negándome a bailar canciones de quinceañera. A veces contabilizaba el paso del tiempo en Olimpiadas. Recuerdo las Olimpiadas de Invierno del 2002 y cómo yo hacía las matemáticas: 4 más 4 más 4 más 4…. dentro de 16 años tendré 25 y cómo es posible que el tiempo pase tan inevitablemente, como el frío que rompe las tuberías, y yo sigo sin alcanzar la parte alta del refrigerador.

gjjjfn

A los 9 años pensaba, súbitamente emocionada y aterrada, que cuándo tuviera 18 años más sería una persona tan distinta que si me viera a la cara no la reconocería. Pensaba en el futuro como una entidad gelatinosa, inefable e inalcanzable. Me veo ahora y veo la foto que tengo guardada en mi cartera de mi carita de tercero de kínder y me digo: Me reconocería a mi misma entre un mar de gente. No hay manera de que esa niña no sea yo. Lo que soy yo es el único camino.

Considero ahora mismo, triunfante, que ese es mi regalo de cuarto de siglo.

La Métrica Austen

Le cuento a mi mamá de mi primer día de trabajo en mi nuevo trabajo y ella sentencia: ¿Y cómo es tu jefe? ¿Collins o Wickham?

Me explico.

La métrica para medir a mis jefes resultó luego de un jefe que tuve en un restaurante indeterminado en el que trabaje durante el tiempo de mi prepa-universidad. El dude en cuestión era un (a falta de mejores palabras) un mamador infumable. O sea, justo como se describe al primo Collins, azote personal de las familia Bennet. El Collins de Zacatecas (en una posición de poder que, como su tocayo inglés, no sabía ostentar) solía subirse a un escalón y pregonar acerca de sus incuestionable conocimiento en la gastronomía internacional. Todos debíamos escucharlo, educados, pero los más exasperados solían echar polvos laxantes a su comida o esconderle sus comandas favoritas. Le tenía una fascinación casi abnormal a su propio jefe y solía emocionarse al borde de las lágrimas por las cosas más insignificantes y vulgares, como el tinte rubio de cabello o los iPhone. Sin entrar en más detalles (pues casi estoy segura de que sus amigos cercanos todavía son mis amigos en facebook), Collins era un pesado que sólo podía ser descrito bajo los parámetros de Jane Austen. Mi madre, que ha leído sus novelas de pi a pa, aprobó mi elección de apodo.

Mis jefes consecuentes fueron el bandido, mentiroso y ruin de Wickham, la atolondrada pero bonachona señora Bennet y ahora, tengo la fortuna de poseer a mi propio señor Bennet, encerrado entre libros y datos curiosos, pero absorto de la realidad más cercana. Un ente bondadoso aunque lejano y huraño.

fdhgghA lo que voy: estoy contentísima de tener a un señor Bennet y no a una Carolina Bingley o una Lady Catherine de Bourgh. Y esto sólo pensando en Orgullo y prejuicio. Veo mi vida hacia adelante y veo no 25 años, sino 50 y más, y estoy segura de que podré repasarme el padrón austeniano sin mayor problema.

Le decía a mi mamá: ¿Por qué no tendré a un Darcy de jefe? Pero luego me acordé que, (y como dice Wikipedia: (as he) lacks ease and social graces, and so others frequently mistake his aloof decorum and rectitude as further proof of excessive pride) SOY YO mi propio Darcy. Por qué O H  D I O S M Í O, las danzas sociales y de etiqueta de la oficina godín promedio serán, finalmente, mi muerte. ¿Saberme el nombre y apodo del secretario de la oficina de al lado? ¿Saber qué decir cuándo chocas con alguien de camino al garrafón de agua? ¿Las palabras secretas que se pronuncian antes de salir a comer?

No hay novela del 1800 que sepa describir con exactitud  la ridiculez del empleo de escritorio. De conocerme, Jane Austen me dedicaría una risita socarrona. ¡Madres del mundo, ayúdenme!

Rojo tirándole al verde

Cuando abrí mi tumblr por primera vez, hace ya casi 8 años, comencé a interesarme en un aspecto poco explorado para mí: el espectro de la luz fragmentada. Entiéndase: el color. Repentinamente adicta a cambiar los valores html/css del tema de mi página, comencé a apreciar las virtudes de los colores que antes consideraba ofensivos. El amarillo y el rojo, por ejemplo, que ahora considero mis favoritos. Es tonto, pero luego de 8 años de repasar cientos de miles de imágenes en una plataforma que se vuelve una ventana al interior de tu alma, el color rojo en particular se ha vuelto un estandarte para mí.

Recuerdo esto porque la publicación de mi libro está a la vuelta de la esquina. Es una locura.

Justo ayer mandaba el informe de actividades de estos últimos tres meses y no pude evitar ponerme sentimental y escribir algo como: No he parado de llorar porque ya tengo mi portada hecha y todo está precioso y ojalá, oh grandes jueces de los estímulos de creación, entiendan mis lágrimas. Los tkm.

Lo que me perturba un poco de todo esto es que, una vez que eso esté afuera, ya no podré hacer nada al respecto. Allí afuera estará una parte de mí y estará a la merced de quien decida tomarlo. Pienso en el color que escogimos para la portada: un frambuesa muy amigable. Sobreanalizo: ¿entenderá la gente qué es lo que quiero decir al tener ese color en la portada? ¿debí haber escogido algo más rojo, quizá más marrón, un rojo tirándole al verde, a la mitad de esa escala cromática? Ahora tomo mis libros con mucho más respeto. Hay algunos de colores y ediciones tan atroces que no puedo más que compadecer a los autores. ¿Se entenderá que este color y no otro es el reflejo más íntimo de mis palabras? ¿Tendré que aparecerme en los hogares de quien haya comprado el libro y guiarlos, parte por parte, en qué significa cada cosa, desde solapas hasta construcciones sintácticas?

Al final me relajo. Lo importante es ~lo de adentro~ ¿no es así? Esos pequeños manchones de tinta que quieren decir letras, que quieren decir palabras, que quieren decir: Digo sí a lo imposible (aveda).