¡Estoy ejercitando mi esternocleidomastoideo!

Salí del gimnasio atarantada. Aquello había sido brutal. No recordaba haber sudado tanto, en tan poco tiempo, de tantas áreas de mi cuerpecillo que temblaba a cada paso, alejándome con decisión de aquel templo del dolor. Uno diría (ese uno, soy yo, claro) que en un lugar en el que se celebra la autoflagelación, los gemidos guturales propios del casi fallecido y las lágrimas productos de la extenuación física estaría encantada de asistir.

El twist de la historia es que estoy encantada.

Salí y me fui a echar al pastito del Parque Sierra de Álica, conocido por ser un lugar perfecto para las siestas y los arrumacos indecentes, y me acomodé debajo de un árbol, repasando los lugares en los que los músculos chillaban de dolor. ¡Qué alivio el del descanso público, a la mirada de parejas besuconas y perritos paseadores!

Nunca he sido atlética ni deportista. Pueden preguntárselo a mi cursillo de prepa en educación física, único en ser otorgado por la total y absoluta ausencia de Sara Andrade en aquel patio en la profundidades de la prepa 1. Pueden preguntárselo a mi uniforme de gala que me sacó del apuro en la primaria y secundaria, los día que debía llevar el uniforme deportivo y me negaba a darle vueltas a la cancha. Y sí: colgarse los árboles y saltar maniáticamente por las escaleras a toda velocidad es algo por lo que se me recuerda, pero aquello no me parecía “atlético”. Era cuestión de escuchar un silbato o un “pónganse en pareja” para que se me bajara la presión, mis extremidades se hicieran de gelatina y perdiera toda fe en la raza humana.

Siempre he querido ser más hábil en el manejo del cuerpo, sin embargo.tumblr_onmt0hUzem1vlgdvyo1_1280

Simplemente, mi talento reside en ser pariente de los helechos y en tener una relación profunda y trascendental con el frío y duro piso. O sea: que si camino me caigo.

Mi conexión con el piso es tal que gran parte de lo que escribo se origina de mi constante conversación con el concreto/azulejo/tierra roja. Mis rodillas, llenas de cicatrices, adoran con absoluta resignación al piso. El piso, del tamaño del mundo, las ama con egoísta devoción. La gravedad, cupido intransigente, me mete zancadillas cada 15 minutos. Los tobillos son aquí los que no agradecen esta romántica historia de amor: los constantes esguinces los han hecho asustadizos e irritables.

El deporte no es mi fuerte. Ninguna de sus variaciones. Cuando jugaba futbol no sabía patear el balón (a veces, con suerte, pateaba alguna espinilla que me hacía acreedora de una tarjeta roja), cuando jugaba basquetbol no sabía coordinar ojo/mano/canasta con el acto de saltar por lo aires. De las pocas veces que jugué cachibol, salí despedida hacia los escalones de las gradas del gimnasio escolar y perdí el conocimiento un par minutos. Sólo recuerdo las caras de mis compañeros, apiñadas sobre mí, y al profesor preguntando, exasperado: ¿En serio te acabas de desmayar?

Encontré mi fuerte en la natación y en la yoga.

Mi condición de piscis nato me otorgó la habilidad de ondear bajo el agua como anguila. Me encantaba, desde muy pequeña, estar bajo el agua. A los 10 años, mi crol y mariposa eran tan espectaculares que mi maestra me anotó a un concurso regional. Obviamente, no asistí. Aterrada, dejé plantada a mi maestra y no volví jamás a la piscina del Injudez. Volví a natación un tiempo, en la alberca Bicentenario. Sin embargo, los altos niveles de cloro, doñas de gobierno con piernas embadurnadas de crema Pons y borlitas de tela al fondo de la piscina acabaron por ahuyentarme para siempre. Mi maestro me dijo un día: “¡Tú deberías estar nadando con los avanzados, no aquí con principiantes 2!”. Yo sólo divisiva a la Muerte hacia la zona de 2 metros y medio, con su largo y huesudo dedo, pidiéndome acercarme a mi total desaparición.

La yoga llegó a mí al buscar actividades afines a mi vegetarianismo. Encontramos, mi hermana, mi tía y yo, un lugar pequeñísimo en el que tres maestras se dividían la carga de trabajo y nos enseñaban los nombres correctos de las posiciones que, con esfuerzo, componíamos: adomukha svanasana o el perro mirando hacia abajo, sarvangasana o la vela, vrikshasana o el árbol, savasana, o la posición del muerto. A veces, nos hacían mirar hacia una vela y nos pedían pensar en nada y mirar y mirar hasta perder la capacidad de parpadear y no ser nosotros, sino ser la vela. Otras veces, nos preparaban tamales veganos.

Dejé de asistir, porque la líder espiritual del pequeño espacio se iría a Querétaro o Puebla con sus 4 hijos y dos perros a propagar la sanidad del hatha yoga lejos de nosotras. Yo, que había recuperado mi antaña elasticidad infantil, tuve que aguantarme mi corazón roto y volver a mi rutina de ir por churros con salsa de Magallo y dos litros de Coca y olvidarme de ser sana en cuerpo y alma. Quiero decir: no estoy tan loca como para yo sola ponerme a hacer mi saludo al sol.

Finalmente, un día, me operaron del cuello y tuve que aprender a sentarme de nuevo y mientras la tuberculosis hacía mella en mi cansado organismo (que había sufrido enfermedad tras enfermedad en el último año), todas mis energías desaparecieron. Mi elasticidad, mi condición, mi ganas de atarme las agujetas hicieron las maletas, tomaron su sombrero de viaje y se largaron para siempre. Subir la docena y media de escaleras hacia el segundo piso de mi casa era una tortura. Que me daba el “bof” machín, vaya. Poco a poco recuperé la energía y ya no tenía que escoger entre bajar por agua o ir al baño, ya que la perspectiva de hacer aquellas actividades era como intentar trepar una montaña. Poco a poco, el torcer el cuello no era totalmente imposible. Mi esternocleidomastoideo ya era mío de nuevo, por lo que la idea de ejercitarme se volvió un poco más real.

Karen y yo pagamos nuestra inscripción y mensualidad hace un mes, exactamente.

Debo decir que estaba asustada: aquello lo había pagado con mi salario godín (que se vio cercenado de manera violenta) y la perspectiva de atender las clases con 1) doñas de gobierno embadurnadas de crema Pond’s o 2) morros adictos a los chochos y a escuchar The Eye of the Tiger mientras hacen pierna me parecía terrorífico.

La primera clase resultó fenomenal. Así como el resto de las clases de pilates y activación. En cardio, no me sentí como una inútil entre gente muy musculosa y doñas muy flojas. Corrí 20 minutos y me sentí la Ana Guevara del Capital Gym. Salí sudorosa y el dolor me duró en los huesos el resto de la semana. Comencé a progresar. Aguantaba las palizas de las clases con menos pujidos y aguantaba corriendo más tiempo.

Pequeños logros. Ahora no me da el bof cuando subo las escaleras de mi casa.

Ahora, lo más difícil es pararme de aquí, de este suave pastito, en esta tibia temperatura. ¿Qué dirán los enamorados si me oyen roncar, presa del sueño post-gimnasio?