De las propiedades de la identidad

Siempre te encuentras con ese tipo de personas: toman las tazas llenas de café con determinación y te miran a los ojos sin miedo. Las noto porque son todo lo que carezco. La confianza de quien no se hace preguntas para aprender, sino para reafirmar su poder sobre algo o alguien. Yo, que cuando se trata de estrechar lazos con otros humanos, prefiero ser lo más cuidadosa posible, soy todo lo contrario a estas personas que poseen las propiedades de un ventarrón enfurecido.

Alguien me preguntó el otro día: Quién es Sara Andrade, con decidida intención.

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(Yo me aguanté la carcajada; luego de la aventura con Maggie Zavala y las 100 preguntas periodísticas que uno no debe olvidar, aquella forma de referirse al entrevistado en tercera persona me voltea de risa).

Luego de la risa, se instaló una furia muy específica: ¿Cómo que quién diablos soy yo? ¿Qué clase de pregunta barata, molesta, honestamente aburrida es esa? ¿También leíste El Mundo de Sofía y te sentiste chido en tu clase de introducción a la filosofía? Largo de aquí con tus preguntas de reportero de cuarta.

Cuando, luego de trastabillar en busca de una respuesta inteligente para salir de tal atolladero, le pregunté que cómo uno responde tal deleznable pregunta, me dijo: “Pues es fácil, dices: Soy una persona con principios que quiere seguir su vida lo mejor posible”.

Si pudiera poner los ojos más en blanco, Anish Kapoor me compraría para hacer uso exclusivo de tan enfurecido color.

O sea, concluyendo de mi terrible experiencia, las personas que se conocen a sí mismas son unas arrogantes insufribles.

Pero la cosa no acaba ahí ¿o sí?

Analizo con cuidado la premisa anterior: Soy una persona con principios que busca seguir su vida lo mejor posible. La masco, la estiro, la pongo a contraluz y me parece absurda de principio a fin. Dejando de lado un poco a lado mi filosofía de que el lenguaje es falso, ¿quién puede sentirse identificado con un par de palabras que indican “frase que puedes encontrar en un playera de WalMart”? Claro que soy una persona con principios que busca seguir su vida lo mejor posible. ¡Todas las personas quieren lograr aquello! No puedo creer que me vi atropellada de una manera tan vil para recibir esa blanda respuesta olor a col.

Me espíritu de individualidad, que generé desde muy pequeña, me repele a todas aquellas generalizaciones, por muy pequeñas que sean. Me pongo tres aretes y falda con pantalón. NO QUIERO SER COMO LOS DEMÁS. YO SOY YO. YO NO TENGO QUE SER UNA FRASE HALLMARK. Pero luego, cuando veo a todos usar bomber jackets y bobs largos y hacer bullet journals y poner el filtro C1 de VSCO Cam en sus fotos de instagram, yo quiero ser como todos, claro que sí, quiero ser aquella persona que veo pasar, exactamente, o como aquella otra, sí, todos ellos. Quiero ser un árbol, una fuente, un vaso de leche que se cae, NO QUIERO SER YO CUANDO SE EXTIENDEN ANTE MÍ TODAS ESTAS HERMOSAS POSIBILIDADES.

o SEA.

Más que pelearme con el ser y no ser, me peleo con la idea de que tenemos que saber qué somos y que no. ¿Por qué demonios?, le pregunto a todas las personas que se enfundan en una biografía tan perfecta y dulce que rompe los dientes.

Yo nunca sé quien soy. Pero, al mismo tiempo, sé perfectamente quién soy.

A veces ando por mi vida y pienso: Cielos, realmente no tengo la menor idea de nada ¿verdad? Otras veces, cuando me siento particularmente feliz, digo: Cielos, esto es una típica reacción Saraandrade. Classic Saropi.

Por ejemplo: Estaba recordando como la vez que fui a París y visitamos un local de Ladurée yo, conscientemente, decidí no comprarme los mundialmente reconocidos macarrones franceses por temor a verme como una turista efusiva. ¿Pueden creer a esta persona que leen? FUI A PARÍS Y NO COMPRÉ COSAS POR NO VERME BÁSICA. Dioses del viento, llévenme lejos de aquí. ¿Saben qué me compré? Un lápiz rosa con la tipografía de la casa repostera y regresé a Zacatecas sintiéndome como un pedazo de queso dejado en el sol.

Pero por otro lado, me siento muy orgullosa de ser como soy en situaciones de alto estrés. Como en el momento de lidiar con mi bendita tisis o cuando me asedian con flechas ardientes en mi trabajo. Me calmo, me siento, respiro y me pongo a escribir. Acepto mi condición de enferma tuberculosa y creo algo a partir de aquello. Algo valioso e importante para mí. Algo de lo que puedo estar realmente orgullosa. Me apropio de mis desventuras y las obligo a obedecerme en el único espacio en el que tengo absoluto control de las cosas.

Sin embargo, estos últimos meses me he probado a mi misma que las cosas que yo consideraba cruciales en la receta de conceptos que me componen no son tan certeros como creía. ¿Mis lecturas por ejemplo? En el año he hecho CERO LECTURAS (bueno… quizá unas dos y media) PORQUE LEER ME PROVOCA PESADILLAS. Yo, que hace un par de años, me consideraba “lectora empedernida” y lo escribía en mi bio de twitter, no he podido terminar un libro de Amélie Nothomb porque el suelo se me mueve, la cabeza comienza a pulsarme terriblemente y termino con las energías por el suelo durante el resto del día. A veces siento que estoy traicionando a la más pura esencia de mi alma cuando decido ver un video de cómo hacer un pastel en forma de pizza gigante que leer a Eleanor Catton de una sentada.

Pero no dejo de ser yo.

A eso me refiero yo: Instalarnos en una frase inmutable es el verdadero asesinato de la identidad.

Mis fluctuaciones me definen tan profundamente como definen la danza o los sandwiches con mayonesa o las tardes de lluvia a todos los demás.  El hecho de que vamos de punto A a punto B es lo que nos describe. Me precio de querer ser una montaña, pero honestamente no hay nada más precioso que convertirse en el temblor del agua del río.

Es como mirarse en el espejo y memorizarte la cara. Una vez que te dejas de ver no estás tan seguro de qué lunar va en dónde o de cómo tuerces la boca cuando dices sí, sí quiero un pedazo de pastel, pero estás completamente seguro de que, una vez que te veas en una fotografía sabrás discernirte.

A lo que voy: ¡al diablo las instituciones reguladores del yo!

Yo seré yo y nada, ni siquiera yo, podré evitarlo. Y es que ¿se acuerdan del lápiz parisino? Lo perdí al mes.

Classic Saropi.

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sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

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