De los motivos para pintarse la cara

Nací creyendo que era niño.

Con el tiempo, y gracias al condicionamiento de género, entendí que era mujer y que, por lo tanto, podía actuar en consecuencia.

Lo que quiero decir es que no entendía cómo es que había que usar vestidos, oler bonito, hablar delicadamente y tener el cabello largo para ser yo. Siempre tuve una idea muy clara de quién era: lo que me compone, lo que veo desplegado frente a mí cuando tengo que describirme, nunca obedeció a designios tan fútiles como el coordinar zapato con moño en la cabeza. Lo que era yo a los 13 años era un a nube sin forma. La idea de una formación rocosa a la lejanía: azulada, difusa, sin contornos. Me gustaba no tener límites y recuerdo haberle dicho a mis amigas con decisión: no creo jamás usar brillo labial en mi vida.

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Puedo ser una nube maquillada.

Hasta que lo hice.

Entiendo las mecánicas de la belleza occidental. No me engaño. Sé que me maquillo para no mostrar mi piel (que, honestamente, no tiene nada de malo), para aparentar que soy de un solo y brillante color (W3 de L’Oreal True Match o NC30 de Mac Pro Longwear) y para poder estamparme en los cachetes ese hermoso color coral de Elf Cosmetics que compré en Amazon a 225 pesos. No me gusta aparentar que así amanecí, suavecita y brillante, porque si algún error podemos cometer al maquillarnos (nosotras las mujeres, claro) es pretender que no sabemos qué hacemos cuando nos empolvamos la nariz.

Aprendí a maquillarme gracias a la influencia de las primeras beauty gurus de Youtube. Quien tuvo la suerte de encontrarlas a tan temprana fecha podrán recordar las condiciones: una chica metida en su baño, jalándose el párpado para poder dibujarse la línea sobre el ojo. O sea, cercana, real. Cuando Youtube se hizo negocio y cuando leakearon la rutina de Kim Kardashian la cosa cambió, claro. Pero yo hablo de los primeros días de Michelle Phan o Pixiwoo.

Diana, como todas las cosas importantes en mi vida, fue la que me dio el empujón a ese mundo. Yo todavía era un niño-nube cuando ella un día apareció maquillada al estilo Harajuku en la casa. Ya saben: delineador blanco, pestañas largas, piel muy blanca. Le dije: Diana enséñame a hacer eso que hiciste en tu cara. Diana me señaló la pantalla de la computadora de escritorio y me mostró a decenas de chicas maquillándose en sus baños.

Comienzas imitando, a eso voy.

Mi mamá tiene un cajón (el de arriba, el que importa) lleno de precioso maquillaje que llenaba de misterios exóticos mi mente infantil. No sabía para qué era la mitad de lo que veía y hurtaba, en obsesivo trance, para observar con detenimiento en la seguridad de mi cuarto. Ella siempre supo pintarse de tal manera que todos la miraban con admiración. Cuando ella se maquillaba para ir a una fiesta yo siempre me maravilla de la ilusión que lograba crear con polvos brillantes y olorosos.

En mi condición de niebla dispersa, por supuesto, aquello me parecía insoportablemente humano. Sí claro, tenemos granos y sebo y líneas de expresión y lunares y enrojecimientos y todo eso. ¿Qué le vamos a hacer? Las chicas en el colegio comenzaron a maquillarse entrando a la secundaria. Yo le hablaba a las paredes de los baños, todavía bien colocada en la tierra de las fantasías de primaria, cuando alguien un día me presentó un enchinador de pestañas.

La irrealidad de ese metal retorcido confirmó mi reserva: maquillarse es equivalente a la tortura medieval.

Las chicas se negaban a correr a la hora de educación física porque no querían chorrear polvo compacto y yo (sentada con todas ellas porque me había equivocado de uniforme y no podía hacer mucho con zapatos negros y falda) las veía compartirse el gloss como en un ritual que escapaba mi entendimiento. No sólo eso, todas se planchaban el cabello, se perfumaban, se depilaban los brazos y las piernas y se hacían tratamientos para tratarse el acné. Aquella era la norma. Y es que, a pesar de mi liviandad, mi educación católica me enseñó que seguir las reglas era lo ideal, por lo que, a pesar de ser bruma, no me gustaba salirme de la rayita.

Sufrí el último año de secundaria intentando manejar lo mejor posible todo aquello. ¿Qué es esto que hacen? A veces, un alma caritativa me explicaba: es que el rímel no se pone así…. O la monjita en turno me volteaba a ver con el ceño fruncido: Sara, ¿hace cuánto que no te bañas?

En la prepa, preocupada ante mi recién adquirida feminidad, comencé a usar vestidos de manera consciente, y aquello me agradó. Me compré mi primer delineador en este tiempo. También, gracias a la injerencia de mi madre, adquirí mi primera base de maquillaje (una de Neutrogena, bastante equis) y mi primer enchinador de pestañas. He triunfado, pensé, ilusionada, ahora sé de qué va este asunto.

En la prepa, por supuesto, nadie se maquillaba y nadie usaba vestidos.

Hay un diferencia de clases, comprendí. Aquellos chicos de 16 años eran más como yo, menos influenciados por las revistas de 90 pesos de Vogue. Aprendí, por lo tanto, acerca de lo que es tener cuerpo (porque es gratuito) y ser mujer. La cosa es que nadie te dice que una vez que te ves frente al espejo disfrazada de mujer es muy difícil salir de ahí. Comencé a ver más videos y comencé a imitar más. Comencé a usar sombras de colores, labiales, polvos translúcidos. Comencé a conocer de marcas. Urban Decay no era lo mismo que Jordana. Comencé a entender la sutil pero importante diferencia entre el SW, FW, Cruise, Haute Couture o Resort de Chanel.

Llegó el día en que, con mi larga cabellera enchinada, mi rutina matutina de 25 minutos frente al espejo, mi vestido rojo que combinaba perfectamente con mis zapatos y maquillaje había olvidado lo que era ser neblina en el horizonte. Ahora era tan patente como un monumento en una plaza, exigiendo ser mirada.

No hay maldad en aquello, aclaro. No estoy aquí para señalar con un dedo largo y tembloroso a las chicas que se maquillan todos los días ni a las que no lo hacen. Lo que quiero decir es que, en aquel punto, yo hacía todo aquello como no queriendo aceptar que, efectivamente, aquel menjurje que había que quitar en las noches, era artificial. El maquillaje sin consciencia es peligroso. No es que engañe a los demás acerca de nuestra apariencia, sino que nos conduce a un espejismo.

Me gusta maquillarme, entendí luego de dejar de hacerlo durante un tiempo. Me gusta comprar labiales y me gusta ver a Lisa Eldridge poner de manera preciosa un iluminador en alguna mejilla. Entendí también que actúo desde una plataforma de privilegio: puedo comprarme un bronceador y usarlo sin represalias o sin verme obligada a hacerlo. Lo hago por puro placer y no para esconder cicatrices o acné que provoque burlas de extraños. Estoy en una posición muy cómoda como para poder decir que el maquillaje no es tan importante como para suscribirme a una ideología radical pero lo demasiado relevante como para dedicarle un post en mi blog.

A veces, quisiera, sin embargo, volver a esos tiempos sin historia, en los que uno se pintaba la cara de blanco o rojo o negro porque uno era guerrero o sacerdote supremo o para adorar a un dios que habitaba dentro de una cueva.

Otras veces, más atenta a la realidad, me doy cuenta de que todavía lo hacemos. Somos criaturas que se pintan la cara. El resto, échenle la culpa al capitalismo.

 

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sputnikan

Juana de Arco wannabe. Escribo porque, honestamente, no sé hacer otra cosa. Tengo muchas madres y muchos padres y muchos hijos. Me como la luz ámbar a cucharadas. Un día voy a vivir para siempre.

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