De las propiedades de la identidad

Siempre te encuentras con ese tipo de personas: toman las tazas llenas de café con determinación y te miran a los ojos sin miedo. Las noto porque son todo lo que carezco. La confianza de quien no se hace preguntas para aprender, sino para reafirmar su poder sobre algo o alguien. Yo, que cuando se trata de estrechar lazos con otros humanos, prefiero ser lo más cuidadosa posible, soy todo lo contrario a estas personas que poseen las propiedades de un ventarrón enfurecido.

Alguien me preguntó el otro día: Quién es Sara Andrade, con decidida intención.

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(Yo me aguanté la carcajada; luego de la aventura con Maggie Zavala y las 100 preguntas periodísticas que uno no debe olvidar, aquella forma de referirse al entrevistado en tercera persona me voltea de risa).

Luego de la risa, se instaló una furia muy específica: ¿Cómo que quién diablos soy yo? ¿Qué clase de pregunta barata, molesta, honestamente aburrida es esa? ¿También leíste El Mundo de Sofía y te sentiste chido en tu clase de introducción a la filosofía? Largo de aquí con tus preguntas de reportero de cuarta.

Cuando, luego de trastabillar en busca de una respuesta inteligente para salir de tal atolladero, le pregunté que cómo uno responde tal deleznable pregunta, me dijo: “Pues es fácil, dices: Soy una persona con principios que quiere seguir su vida lo mejor posible”.

Si pudiera poner los ojos más en blanco, Anish Kapoor me compraría para hacer uso exclusivo de tan enfurecido color.

O sea, concluyendo de mi terrible experiencia, las personas que se conocen a sí mismas son unas arrogantes insufribles.

Pero la cosa no acaba ahí ¿o sí?

Analizo con cuidado la premisa anterior: Soy una persona con principios que busca seguir su vida lo mejor posible. La masco, la estiro, la pongo a contraluz y me parece absurda de principio a fin. Dejando de lado un poco a lado mi filosofía de que el lenguaje es falso, ¿quién puede sentirse identificado con un par de palabras que indican “frase que puedes encontrar en un playera de WalMart”? Claro que soy una persona con principios que busca seguir su vida lo mejor posible. ¡Todas las personas quieren lograr aquello! No puedo creer que me vi atropellada de una manera tan vil para recibir esa blanda respuesta olor a col.

Me espíritu de individualidad, que generé desde muy pequeña, me repele a todas aquellas generalizaciones, por muy pequeñas que sean. Me pongo tres aretes y falda con pantalón. NO QUIERO SER COMO LOS DEMÁS. YO SOY YO. YO NO TENGO QUE SER UNA FRASE HALLMARK. Pero luego, cuando veo a todos usar bomber jackets y bobs largos y hacer bullet journals y poner el filtro C1 de VSCO Cam en sus fotos de instagram, yo quiero ser como todos, claro que sí, quiero ser aquella persona que veo pasar, exactamente, o como aquella otra, sí, todos ellos. Quiero ser un árbol, una fuente, un vaso de leche que se cae, NO QUIERO SER YO CUANDO SE EXTIENDEN ANTE MÍ TODAS ESTAS HERMOSAS POSIBILIDADES.

o SEA.

Más que pelearme con el ser y no ser, me peleo con la idea de que tenemos que saber qué somos y que no. ¿Por qué demonios?, le pregunto a todas las personas que se enfundan en una biografía tan perfecta y dulce que rompe los dientes.

Yo nunca sé quien soy. Pero, al mismo tiempo, sé perfectamente quién soy.

A veces ando por mi vida y pienso: Cielos, realmente no tengo la menor idea de nada ¿verdad? Otras veces, cuando me siento particularmente feliz, digo: Cielos, esto es una típica reacción Saraandrade. Classic Saropi.

Por ejemplo: Estaba recordando como la vez que fui a París y visitamos un local de Ladurée yo, conscientemente, decidí no comprarme los mundialmente reconocidos macarrones franceses por temor a verme como una turista efusiva. ¿Pueden creer a esta persona que leen? FUI A PARÍS Y NO COMPRÉ COSAS POR NO VERME BÁSICA. Dioses del viento, llévenme lejos de aquí. ¿Saben qué me compré? Un lápiz rosa con la tipografía de la casa repostera y regresé a Zacatecas sintiéndome como un pedazo de queso dejado en el sol.

Pero por otro lado, me siento muy orgullosa de ser como soy en situaciones de alto estrés. Como en el momento de lidiar con mi bendita tisis o cuando me asedian con flechas ardientes en mi trabajo. Me calmo, me siento, respiro y me pongo a escribir. Acepto mi condición de enferma tuberculosa y creo algo a partir de aquello. Algo valioso e importante para mí. Algo de lo que puedo estar realmente orgullosa. Me apropio de mis desventuras y las obligo a obedecerme en el único espacio en el que tengo absoluto control de las cosas.

Sin embargo, estos últimos meses me he probado a mi misma que las cosas que yo consideraba cruciales en la receta de conceptos que me componen no son tan certeros como creía. ¿Mis lecturas por ejemplo? En el año he hecho CERO LECTURAS (bueno… quizá unas dos y media) PORQUE LEER ME PROVOCA PESADILLAS. Yo, que hace un par de años, me consideraba “lectora empedernida” y lo escribía en mi bio de twitter, no he podido terminar un libro de Amélie Nothomb porque el suelo se me mueve, la cabeza comienza a pulsarme terriblemente y termino con las energías por el suelo durante el resto del día. A veces siento que estoy traicionando a la más pura esencia de mi alma cuando decido ver un video de cómo hacer un pastel en forma de pizza gigante que leer a Eleanor Catton de una sentada.

Pero no dejo de ser yo.

A eso me refiero yo: Instalarnos en una frase inmutable es el verdadero asesinato de la identidad.

Mis fluctuaciones me definen tan profundamente como definen la danza o los sandwiches con mayonesa o las tardes de lluvia a todos los demás.  El hecho de que vamos de punto A a punto B es lo que nos describe. Me precio de querer ser una montaña, pero honestamente no hay nada más precioso que convertirse en el temblor del agua del río.

Es como mirarse en el espejo y memorizarte la cara. Una vez que te dejas de ver no estás tan seguro de qué lunar va en dónde o de cómo tuerces la boca cuando dices sí, sí quiero un pedazo de pastel, pero estás completamente seguro de que, una vez que te veas en una fotografía sabrás discernirte.

A lo que voy: ¡al diablo las instituciones reguladores del yo!

Yo seré yo y nada, ni siquiera yo, podré evitarlo. Y es que ¿se acuerdan del lápiz parisino? Lo perdí al mes.

Classic Saropi.

Cuento: La luz ámbar

I am being
eaten away by light.

Debería reformarse una ley de planeación urbana que dicte que las calles de una ciudad sólo pueden alumbrarse por la luz, entre amarilla y naranja, de las farolas. Las ciudades no deberían ser iluminadas por nada más que luz ámbar. Las ciudades que están iluminadas de esta manera poseen una característica muy particular que las metrópolis modernas de luz blanca no pueden albergar: están vivas.

Hay una diferencia crucial entre una ciudad que se siente viva y otra que, de hecho, está viva.  La Ciudad de México, por ejemplo. Su multiplicidad de luces (neones, titilantes, rojas y azules, ácidas, moribundas, de pesebre, de santuario) le otorga a la noche la sensación de que uno camina por el lomo de una mole pétrea de muchos ojos y muchas bocas. Si subes una loma y diriges la mirada hacia cualquier punto cardinal, varias jorobas aterciopeladas brillan ante la cantidad inmensurable de los focos que sus habitantes usan. Por otra parte, esta ciudad que habito: pequeña capital de un estado que tiene la forma de un viejo en marcha. Ciudad de las escaleras y las placitas en el centro de las colonias; ciudad de las luces ambarinas, que le confieren a la noche una sensación de perenne compañía. Si uno sube al cerro más alto y mira hacia cualquier punto cardinal, observará, con facilidad, una multitud de arañas de oro entre la más terrible de las oscuridades. La luz le otorga a las más lejanas colonias atributos de animales. A la fuente que se yergue en su centro, a las escaleras que llevan a las primarias, a las verjas que defienden los museos les otorga vida; cálida y sincera vida.

Descubrí esto cuando, en mi calidad de ser humano bípedo, me caí a la mitad de una plaza solitaria a las dos y media de la mañana. Las caídas estrepitosas y definitivas, como todos lo saben, son origen de disquisiciones fundamentales. Uno jamás es más (y menos) consciente de su cuerpo que cuando se cae, sin duda alguna, hacia el suelo. Existe un segundo de plena libertad en el que el cayente acepta su destino y se pregunta, muy serenamente, si aquello debería ser objeto de vergüenza o de valentía. Importante: para caer, se necesita saber caer. Se debe estar consciente de que, efectivamente, se caerá, o de otra manera, el levantarse puede resultar una tarea más complicada de lo que uno cree a primera vista.

Al caer yo, por lo tanto, hice lo que toda persona que sabe caerse, hace: me quedé acostada, paralela al suelo, y esperé a que algo sucediera que me sacara de aquella situación. Sin miedo, sin vergüenza, sin frío, lo que descubrí fue que, a pesar de encontrarme en una placita en medio de una colonia adormecida, un jueves en la madrugada, no estaba sola. Descubrí que se materializaba ante mí una especie de figura difusa, de tamaño de todo aquello que alcazaba a ver por el rabillo del ojo, que me observaba de vuelta. Descubrí que mientras los filósofos se entretenían en reyertas sobre si el vacío te miraba de vuelta o no, la respuesta se encontraba entre las ondas de luz amarillenta, que chocaban groseramente entre paredes y bustos de héroes revolucionarios, entre árboles y ventanas, formando entre los vértices de aquella geometría de radiación visible, una persona no humana que me acompañaba.

Lo demás fue más sencillo: de aquella triste noche en adelante, no volví a sentirme sola en la ciudad.

Le intenté explicar eso a mi madre cuando me preguntó “por qué entodosloscielos” seguía apareciendo en la casa después de medianoche. Le expliqué, lo mejor que pude, que el allá afuera no era tan diferente al aquí adentro. Le pregunté, con seriedad: “¿A veces no sientes que cuando sales a la calle, en realidad no estás saliendo a ningún aparte? ¿Qué todo esto es un gran adentro, como si la ciudad entera fuera una gran habitación?”. Me pidió que dejara de hablar. A mi padre, por otra parte, le preocupaban los criminales en potencia que hacían de la oscuridad entre las esquinas su arma perfecta. No intenté explicarle que el color ámbar me acompañaba, paso a paso, hasta la puerta de la casa. No tenía sentido. Aquella realidad me había sido revelada sólo a mí y, como elegida, debía sufrir la carga de la incomprensión.

Así que durante largos meses de callada amistad con la luz de las farolas, comencé a percatarme de su extraña personalidad.

¿Quién puede otorgarle adjetivos a las cosas, fuera de nuestro metomentodo lenguaje? La luz, más intrusiva que la curiosidad humana, nos regala colores, formas, texturas y sombras. Abre al ojo ante la inabarcable estructura del universo, que es absurda sin brillo. Recuerdo de niña creer que la luz sólo provenía de los focos: ni siquiera esperaba entender lo que el sol realmente era. La única fuente de luz verdadera era la de una bombilla de luz blanca, 60 watts. Recuerdo haber escuchado en un programa de Discovery: La luz viaja a más de 300 mil kilómetros por segundo. No hay nada más veloz que la luz. Y recuerdo pasar horas prendiendo y apagando los focos de mi cuarto, pensando: Esta luz viaja muy lento, esto no puede ser verdad.

La luz ámbar de las farolas de esta ciudad es lenta pero pesada. Tiene el andar de elefante que atraviesa una sabana en busca de agua. Pero es angular, debido a la arquitectura constantemente perpendicular de las calles: tiene, más bien, la figura de un muñequito de madera de articulaciones móviles. Pero la luz camina a tu lado con fluidez: ríos de agua que no siente, rayos oblicuos de líquido oro.

Es más fácil, para cualquiera, imaginar algo así como un amigo: en donde se concentran las multitudes, existe una persona.

Ella (porque no había duda de su sexo) me acompañaba, entonces, a todos lados, o por lo menos durante cada solitario camino que tuviera

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ARTHUR RIMBAUD
Les illuminations. 1949
lithographs by F. Léger

una farola. Había pasajes oscuros (como la empinada subida hacia mi casa), pero ella me esperaba treinta metros a la distancia. A veces rutilaba: cansada de seguirme de placita en placita, de verme saltar a la fuente sin agua detrás de la funeraria, de sentarse conmigo en la banca de piedra de camino al Templo de las Palomitas, la luz iba y venía con exasperación.

Le tomé cariño. Comencé a vestirme de amarillo, para que no se sintiera tan sola. Mi hermana me preguntaba por qué ahora mi color favorito era el ocre. Mis padres no entendían mi repentina afición por salir de noche. Siempre he sido una criatura diurna, como los ciervos o los colibrís. Pero yo estaba dispuesta a convertirme en gato de pies ágiles, todo por acompañarla un rato más. Van Gogh había dicho que el amarillo era el color de la felicidad. Él se la comía a cucharadas, en forma de óleo. Yo, me bañaba en ella a las dos de la madrugada. Felices, a pesar del riesgo.

A veces, me encontraba entre una muchedumbre, viernes por la noche, y mi amiga se escindía en diferentes siluetas, o incluso se teñía de rosa o de verde, prodigio proporcionado por la iluminación partidista de la ciudad. Se filtraba, en silencio, a través de las ventanas sucias por la ceniza de cigarro del bar al que solía enterrarme cuando no me apetecía yacer como un tronco en medio de una plaza. Ella lo entendía.

A veces, ensordecerse es equivalente a dormir, me musitaba al oído. Silencio.

Porque habito en el reino del silencio, característica de la ciudad pequeña, a las once de la noche, nada suena, nada arruga el manto aterciopelado de la noche que se calla. Salía yo del bar, un poco mareada, con los lentes en la cabeza como una corona a los malos hábitos y me tambaleaba con decisión hacia mi casa. Para mí, nunca había otro lugar al que llegar. ¿A dónde podría refugiarme, sino era mi habitación? Mis amigos me pedían que esperara, que fuera a bailar con ellos al otro lado de la calle. Pero el hecho de salir allá afuera sólo se justifica antes el hecho de volver allá adentro. Uno no sale a un bar con la intención de no volver. Para eso está la montaña.

“¿Te vas tú sola?”, repetían, siempre, cada jueves.

“Mi casa queda 13 minutos de aquí”, les contestaba, invariablemente.

“¿Dónde vives?”

“Caminas detrás de Catedral y luego detrás de la Hidalgo y luego detrás del Templo de San José. Subes una calle tan empinada que cansa de verla. Das la vuelta y llegas a la puerta de mi casa. No te puedes perder”, les explicaba, imaginándome con deleite el recorrido.

“Ve con cuidado. En las noches las cosas son diferentes”, pero yo encogía los hombros.

Me dejaban ir porque no tenía miedo.

Le perdí el miedo a la noche y ese fue mi más grande logro durante ese tiempo. A veces, con absurda valentía, deseaba que apareciera un maleante (cara anodina, gorra y gabardina) que me pidiera mi celular y mi dinero y yo, iluminada, inmortal, le diría “¡No!” y el hombre, pequeño y oscuro y absolutamente nadie, se evaporaría en el frío aire de la medianoche. Sola, en medio de una calle vacía, en medio de una ciudad en la que todos sus habitantes dormían, acompañada solamente por la tenue luz naranja de una docena de farolas, era la persona más poderosa.

Pero aquello nunca dura para siempre. Ninguna caída dura eternamente, para nuestra mala fortuna. Podemos ralentizarla, podemos pretender que, de hecho, no estamos cayendo. Pero sólo hay un ganador en todo aquello: la gravedad contra nosotros. El suelo como destino. Una lucecita efímera entre dos grandes oscuridades.

Subí al cerro, pese a las recomendaciones de la voz lógica que me atormenta diario. Finales de octubre, luego de las lluvias dadivosas de septiembre, es el mejor mes para serpentear entre los caminos silvestres que las faldas de los cerros ofrecen. Después de las cinco de la tarde, cuando el sol ya está muy bajo, pero todavía brilla con intensidad. El clima es perfecto. La vista, verde esmeralda, casi irrisorio. “Este no es el lugar que me vio nacer”, te dices con sorna. “Esto no puede ser producto de la lluvia estacional”. Y entre el laberinto que es el zacate mojado y los árboles perennes y chaparros, hay un claro que se abre entre el salvaje de las zarzas y el monolito absurdo en forma de hígado que corona la ciudad. Ahí quería llegar, sentarme, respirar con tranquilidad el aire no viciado (pero me pregunto ¿esta ciudad viciará el aire?) y llorar un ratito. Como quien va al spa. Terapia del senderista con proclividad a platicar con el éter.

Caminé con decisión entre las colonias. Subí con decisión las carreteras. Trepe con decisión la primera empinada roca del cerro y anduve con decisión por la tierra rojiza. No tardé en llegar a dónde quería y, entre una piedra en forma de almohada y un tronco quemado, me acosté con decisión.

En aquel lugar no se escuchaba mucho. El tren, que pasaba en el cerro del otro lado. Algún tráiler de tránsito pesado. Quizá, si cerraba los ojos e ignoraba a los asqueles que se subían a mis párpados, unos niños riéndose. Allá arriba, se sentía, con mayor notoriedad, que la ciudad estaba viva. No por el movimiento, sino por su habilidad de mantenerse en calma a pesar de la cercanía. Los contrastes son los que hacen entendible el universo entero. Recordé la última vez que había subido al cerro y me sentí incómoda por un momento. Había llegado el momento, entonces. El sol se metía, el viento se enfriaba por minuto. Estábamos frente a la puerta y una esfinge de ojos de plata nos preguntaba con seriedad: ¿Cuándo fue la última vez que estuviste aquí? Y todo lo demás. La última vez que había estado ahí, no había estado sola. La última vez, no se me habría ocurrido hablarle a la luz y todo lo demás.

El asunto era que, en aquella ocasión, la persona que había estado allí, ya no era la persona que ahora está aquí, con los ojos bien puestos en el cielo color cobalto, intentando, con ganas, entender cuál era la razón por la que una persona no es esa misma persona a lo largo de su vida. ¿Quién podría saberlo? ¿El cielo, la montaña, la tierra humedecida?

Más de 600 días habían pasado desde ese día y yo había proclamado, como un Ozymandias en tercer semestre de la licenciatura, parapetada en lo más alto que conocía (que en aquel entonces era el techo de mi casa), con arrogancia y presunción, que no había nada en el mundo que pudiera sorprenderme pues había descubierto la llave secreta que abre todas las puertas. Era la primera alquimista de mi esencia. Aquel día, me mofé de la esfinge, la hice a un lado y abrí hacia el otro lado con la fuerza bruta de mi decisión. Me sentía invencible. Sobrevolaba la ciudad sin temor. Le había dicho a la cara de todos los dioses antiguos que la vida consistía en negarlo todo con los puños y aceptar morir sólo con sangre en la boca. Los únicos ojos que me miraban en ese triunfal momento, sin embargo, no me temieron. Me miraron con tristeza. Un par de manos me tomaron de los codos y me soltaron con sorpresa, como si quemara. Una boca, de labios torcidos, se abrió para decirme, con estudiada puntería: De camino a tu casa, vete por donde haya luz.

Brueghel no pudo haber pintado mejor mi caída al agua.

Vuelvo ahí, como un elefante memorioso, y me depositó al lugar que llamo mi hogar. Le hablo a la luz, porque de todas las caídas se aprende. Y anochece, finalmente, porque no puede ser de otra manera.

La ciudad, desde este nicho de evocación, se levanta como un gato que se ha dormido durante horas bajo el sol. Levanta el lomo y se le ilumina todo. Aquello visión es la recompensa. Mejor dicho: el premio de consolación. La absoluta consecuencia de un trastabilleo en medio de la oscuridad. Quién se tropieza por andar a ciegas aprende pronto que debe abrir los ojos.

Los abro.

Las arañas de oro que caminan en el lomo del animal gatuno que me maúlla cariñosamente. Suena el andar de los carros, el viento truena entre las irregularidades de los cerros, entre las hojas duras y resecas de los árboles y alguien, en el Callejón de Veyna, que puedo distinguir con absoluta certeza desde aquí, está agitando los brazos y grita porque le recorre sangre por las venas y porque algo entre el pecho y la garganta le impele a exclamar que el bar a sus espaldas tiene shots 2×3. Los tambores y el latigazo de la sábana en el tendedero. Fuegos artificiales desde el acueducto. Alguien se está casando a un kilómetro de mis piernas adormecidas. La campana que marca las 9 de la noche. Las luces de navidad que se quedaron en la ventana de una chica durante meses. La llamita rutilante de una veladora frente a una santa vestida con hilos dorados. Un espejo frente a ella. Un ojo abierto. Un puño cerrado con fuerza. Este puño. Este fuego. Esta vida.

Extiendo mi mano, que es una llave. Abriendo la puerta puedo ir más allá de la puerta.

Bajo el cerro antes de las 9:15, mientras tanto. Paso por el Oxxo 24 horas, por dos o tres colonias, bajo una calle tan empinada que duele de solo verla y llego a la puerta de mi casa. El recorrido me pasa en gerundio. Las cosas carecen de un borde delineado y de profundidad, como el horizonte del mar a la medianoche.

La única cosa viva, que viene caminando a mi lado, es la luz ámbar de las farolas. Mide casi lo mismo que yo, ahora que la veo con un poco más de atención. Quizá podría decir que lleva el cabello a la misma altura que yo. Las dos estamos usando estas botas desvencijadas, llenas de lodo. La chamarra dos tallas más grande. El andar desigual de alguien a quien dos esguinces en el tobillo le pasan la factura cuando hace frío.

Algunas personas le hablan a su sombra.

Yo solamente exijo a la municipalidad que mantenga íntegro el alumbrado público, que me compone.

De los motivos para pintarse la cara

Nací creyendo que era niño.

Con el tiempo, y gracias al condicionamiento de género, entendí que era mujer y que, por lo tanto, podía actuar en consecuencia.

Lo que quiero decir es que no entendía cómo es que había que usar vestidos, oler bonito, hablar delicadamente y tener el cabello largo para ser yo. Siempre tuve una idea muy clara de quién era: lo que me compone, lo que veo desplegado frente a mí cuando tengo que describirme, nunca obedeció a designios tan fútiles como el coordinar zapato con moño en la cabeza. Lo que era yo a los 13 años era un a nube sin forma. La idea de una formación rocosa a la lejanía: azulada, difusa, sin contornos. Me gustaba no tener límites y recuerdo haberle dicho a mis amigas con decisión: no creo jamás usar brillo labial en mi vida.

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Puedo ser una nube maquillada.

Hasta que lo hice.

Entiendo las mecánicas de la belleza occidental. No me engaño. Sé que me maquillo para no mostrar mi piel (que, honestamente, no tiene nada de malo), para aparentar que soy de un solo y brillante color (W3 de L’Oreal True Match o NC30 de Mac Pro Longwear) y para poder estamparme en los cachetes ese hermoso color coral de Elf Cosmetics que compré en Amazon a 225 pesos. No me gusta aparentar que así amanecí, suavecita y brillante, porque si algún error podemos cometer al maquillarnos (nosotras las mujeres, claro) es pretender que no sabemos qué hacemos cuando nos empolvamos la nariz.

Aprendí a maquillarme gracias a la influencia de las primeras beauty gurus de Youtube. Quien tuvo la suerte de encontrarlas a tan temprana fecha podrán recordar las condiciones: una chica metida en su baño, jalándose el párpado para poder dibujarse la línea sobre el ojo. O sea, cercana, real. Cuando Youtube se hizo negocio y cuando leakearon la rutina de Kim Kardashian la cosa cambió, claro. Pero yo hablo de los primeros días de Michelle Phan o Pixiwoo.

Diana, como todas las cosas importantes en mi vida, fue la que me dio el empujón a ese mundo. Yo todavía era un niño-nube cuando ella un día apareció maquillada al estilo Harajuku en la casa. Ya saben: delineador blanco, pestañas largas, piel muy blanca. Le dije: Diana enséñame a hacer eso que hiciste en tu cara. Diana me señaló la pantalla de la computadora de escritorio y me mostró a decenas de chicas maquillándose en sus baños.

Comienzas imitando, a eso voy.

Mi mamá tiene un cajón (el de arriba, el que importa) lleno de precioso maquillaje que llenaba de misterios exóticos mi mente infantil. No sabía para qué era la mitad de lo que veía y hurtaba, en obsesivo trance, para observar con detenimiento en la seguridad de mi cuarto. Ella siempre supo pintarse de tal manera que todos la miraban con admiración. Cuando ella se maquillaba para ir a una fiesta yo siempre me maravilla de la ilusión que lograba crear con polvos brillantes y olorosos.

En mi condición de niebla dispersa, por supuesto, aquello me parecía insoportablemente humano. Sí claro, tenemos granos y sebo y líneas de expresión y lunares y enrojecimientos y todo eso. ¿Qué le vamos a hacer? Las chicas en el colegio comenzaron a maquillarse entrando a la secundaria. Yo le hablaba a las paredes de los baños, todavía bien colocada en la tierra de las fantasías de primaria, cuando alguien un día me presentó un enchinador de pestañas.

La irrealidad de ese metal retorcido confirmó mi reserva: maquillarse es equivalente a la tortura medieval.

Las chicas se negaban a correr a la hora de educación física porque no querían chorrear polvo compacto y yo (sentada con todas ellas porque me había equivocado de uniforme y no podía hacer mucho con zapatos negros y falda) las veía compartirse el gloss como en un ritual que escapaba mi entendimiento. No sólo eso, todas se planchaban el cabello, se perfumaban, se depilaban los brazos y las piernas y se hacían tratamientos para tratarse el acné. Aquella era la norma. Y es que, a pesar de mi liviandad, mi educación católica me enseñó que seguir las reglas era lo ideal, por lo que, a pesar de ser bruma, no me gustaba salirme de la rayita.

Sufrí el último año de secundaria intentando manejar lo mejor posible todo aquello. ¿Qué es esto que hacen? A veces, un alma caritativa me explicaba: es que el rímel no se pone así…. O la monjita en turno me volteaba a ver con el ceño fruncido: Sara, ¿hace cuánto que no te bañas?

En la prepa, preocupada ante mi recién adquirida feminidad, comencé a usar vestidos de manera consciente, y aquello me agradó. Me compré mi primer delineador en este tiempo. También, gracias a la injerencia de mi madre, adquirí mi primera base de maquillaje (una de Neutrogena, bastante equis) y mi primer enchinador de pestañas. He triunfado, pensé, ilusionada, ahora sé de qué va este asunto.

En la prepa, por supuesto, nadie se maquillaba y nadie usaba vestidos.

Hay un diferencia de clases, comprendí. Aquellos chicos de 16 años eran más como yo, menos influenciados por las revistas de 90 pesos de Vogue. Aprendí, por lo tanto, acerca de lo que es tener cuerpo (porque es gratuito) y ser mujer. La cosa es que nadie te dice que una vez que te ves frente al espejo disfrazada de mujer es muy difícil salir de ahí. Comencé a ver más videos y comencé a imitar más. Comencé a usar sombras de colores, labiales, polvos translúcidos. Comencé a conocer de marcas. Urban Decay no era lo mismo que Jordana. Comencé a entender la sutil pero importante diferencia entre el SW, FW, Cruise, Haute Couture o Resort de Chanel.

Llegó el día en que, con mi larga cabellera enchinada, mi rutina matutina de 25 minutos frente al espejo, mi vestido rojo que combinaba perfectamente con mis zapatos y maquillaje había olvidado lo que era ser neblina en el horizonte. Ahora era tan patente como un monumento en una plaza, exigiendo ser mirada.

No hay maldad en aquello, aclaro. No estoy aquí para señalar con un dedo largo y tembloroso a las chicas que se maquillan todos los días ni a las que no lo hacen. Lo que quiero decir es que, en aquel punto, yo hacía todo aquello como no queriendo aceptar que, efectivamente, aquel menjurje que había que quitar en las noches, era artificial. El maquillaje sin consciencia es peligroso. No es que engañe a los demás acerca de nuestra apariencia, sino que nos conduce a un espejismo.

Me gusta maquillarme, entendí luego de dejar de hacerlo durante un tiempo. Me gusta comprar labiales y me gusta ver a Lisa Eldridge poner de manera preciosa un iluminador en alguna mejilla. Entendí también que actúo desde una plataforma de privilegio: puedo comprarme un bronceador y usarlo sin represalias o sin verme obligada a hacerlo. Lo hago por puro placer y no para esconder cicatrices o acné que provoque burlas de extraños. Estoy en una posición muy cómoda como para poder decir que el maquillaje no es tan importante como para suscribirme a una ideología radical pero lo demasiado relevante como para dedicarle un post en mi blog.

A veces, quisiera, sin embargo, volver a esos tiempos sin historia, en los que uno se pintaba la cara de blanco o rojo o negro porque uno era guerrero o sacerdote supremo o para adorar a un dios que habitaba dentro de una cueva.

Otras veces, más atenta a la realidad, me doy cuenta de que todavía lo hacemos. Somos criaturas que se pintan la cara. El resto, échenle la culpa al capitalismo.

 

Me senté, lloré, pero aquello seguía doliendo.

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British actress Tilda SWINTON. During filming of “Orlando”, directed by Sally POTTER.

Hace poco, impelida por la sensación de nada tenía sentido, analizaba frente a la pantalla de mi laptop que las cosas que me sucedían, debían obedecer al cruel dios de la indiferencia. O sea: que si esto me dolía era porque podía dolerme. Sin embargo, las complicaciones que trae un dolor sin explicaciones ni motivos es que uno rasca en todas las superficies en busca de una razón, lo que lleva, sin que podamos detenerlo, a la más absoluta de las desesperaciones. Quiero decir: mientras que un bicho microscópico me comía la vitalidad sólo porque está en toda posibilidad de comerse mi vitalidad, yo recorro el mundo en busca de que alguien me explique por qué o cómo y el mundo me responde de vuelta con este emoticon:  ¯\_(ツ)_/¯ .

Ahoc.

Todo empezó con un dolor de estómago, justo después de graduarme de Letras; eso es lo que puedo explicarme a mí misma, como para poder hacer de esto una narración y que la sensación de que he estado bajo este azote todo la vida, desaparezca. Un día, hace un año, el estómago comenzó a dolerme y aquello no desapareció a pesar de mi constante actitud “deja me tomo un (1) ibuprofeno más de 800 mg”. Pensé que sería por mi ya tradicional vuelta a los churros de Magallo y su salsa de habanero. Pensé: ya debes dejar de comer tanta salsa, Sara Andrade, por dios. Dejé de comer salsa y aquello seguía doliendo.

Pensé: Quizá debo dejar de tomar alcohol.Quizá es que debo dejar de comer lácteos. Quizá debo dejar de comer gluten. Hice una lista en un post-it, que pegué en mi espejo, en el que me proponía a dejar de comer alguna cosa durante un mes para saber si aquello me daba una pista de algo. Pero aquello me seguía doliendo. A veces, pero esto lo recordé tiempo después, cuando el doctor me preguntaba, me levantaba en medio de la noche, sudorosa y con dolor de cabeza. Pensaba yo: es mi mente que me castiga por todas las cosas pendientes que tengo. Je je. ¡Habrase visto! Otras veces, simplemente levantarme por las mañanas era una acción demasiado grande para realizarse. Mi cuerpo estaba hecho polvo y yo se lo adjudicaba a un problema de nervios. Quizá debía dejar de ser menos yo para por fin empezar a sentirme mejor

Total, que fui al doctor, obviamente. El doctor creyó que sería síndrome celíaco. Dejé de comer pan, a mi pesar, durante un par de días. Pero ¿adivinen qué? Todo me seguía doliendo. Pero llegó el invierno y yo comencé a trabajar en el peor trabajo que uno puede conseguirse cuando se está enfermo sin saber de qué y todo me dolió durante un par de neblinosos y fríos meses. Yo estaba obsesionada con otras cosas en el momento y pronto se me olvidó que algo me afligía.

Hasta que un día, desesperada porque la nota del día no tenía coherencia, me puse las manos en el cuello y sentí una bolita en el lado izquierdo, debajo de la oreja.

“Oh, no. Los nervios ya se me hicieron bola”, dije, estúpida e inocentemente. Y, como el protocolo de qué hacer cuando aparece algo extraño en el cuerpo de uno indica que hay que gritarlo en Facebook, lo grité en Facebook: OIGAN QUE ME SALIÓ UNA BOLA DE TANTO PENSAR EN SHERLOCK BBC.

Fui al hospital a la semana, muerta de risa, y el doctor me mandó al oncólogo.

Aquello ya no me dio tanta risa.

“Puede ser un linfoma”, dijo el oncólogo, doctor cuya especialidad tuve que googlear porque la palabra me sonaba como a “hongo” y como que aquel feliz reino no cuadraba con su salita dispuesta para las quimioterapias. Mis ganglios estaban inflamados y ese fue su diagnóstico.

Aquello se sintió como un golpe en el estómago.

Lloré de camino al trabajo, lloré encerrada en el baño y lloré otro poco más metida en mi cama. Lo que me preguntaba era: Cuándo demonios pasó todo esto y cómo es que los pasos que ha tomado mi vida me han llevado al consultorio de un doctor que se especializa en saber qué o que no es cáncer en el cuerpo de las personas. Me dio tratamiento para una semana y si aquello no bajaba había que operar. Me siento y lloro. Qué demonios. No necesito que alguien venga y me abra en dos.

Me hicieron una biopsia a la semana. No estaría contándoles esto si la historia acabara con un simple: “Y me dieron las pastillas y ya nada nunca me dolió jamás”. Y yo, en mi única, absurda e innata habilidad de reírme de lo más tenebroso, pensaba que qué cool sería portar una inmensa cicatriz en el cuello de ahora en adelante.

Ya saben como es eso: te obligan en el hospital a entregarles tu ropa interior y luego te obligan a hundirte en la peor de las oscuridades durante un par de horas, para estar a la merced de un par de manos que menearán tus más profundas carnes en busca del causante de tanto mal. Un clavadista dentro de un clavadista. La anestesia general no es como ir a dormir: es como si metieran dentro de una cajita de plomo a cada una de tus neuronas y tu cerebro se quedara mudo de repente. Así es como no duelen las cosas, en el silencio. Cuando volví a la realidad, las enfermeras cuchicheaban acerca de mis tatuajes. Nunca nada es demasiado solemne para el chisme recreativo, pensé, aturdida.

Luego aprendí las diversidad de acciones insignificantes que no se pueden hacer con el cuello aterido. Como levantarte de la cama o dormir de ladito. El doctor me cortó un nervio para poder acceder al ganglio y, hasta ahora, en la oreja no siento más que el dolorcillo que a uno le queda después de dormir 4 horas del mismo lado. Aquello, quizá, es el resultado menos esperado de toda esta inexplicable travesía. Me he quedado sin oreja. Bye bye oreja izquierda, fuimos muy felices en el reino de la sensación.

Los resultados estaría una semana después.

Mi familia se congregaba, toda, apretujada y ruidosa, en los cuatro por cuatro metros de mi cuarto y yo sólo quería dejar de sentirme como que nada tenía sentido. Todos, aunque sonrientes, compartíamos el mismo miedo. ¿Y si es cáncer? ¿Y si es incurable? ¿Y si nadie sabe qué es y nunca lo sabremos?

Mi papá llegó corriendo con la noticia.

TUBERCULOSIS.

Pocas veces he experimentado ese tipo de revelaciones. Pensé: No puede ser. Veo ante mí toda mi vida, durante un segundo. Veo como en el jardín de niños a mi siempre me gustaba jugar a criaturas perdidas en el bosque y no a la familia. Veo como en la primaria tomo mis libros de Harry Potter y luego de Chaucer y luego de Shakespeare. Me veo en la secundaria y en la preparatoria leyendo Jane Austen o el Orlando de Virginia Woolf. Me veo en Letras, finalmente, encontrándome en la literatura victoriana, enarbolando mi bandera Brontiana con orgullo, disfrazada de Emily Dickinson, pensando: ¡Oh qué maravillosas manifestaciones las del siglo XIX!

A esto no me refería, oigan.

Todos nos quedamos aliviados y confundidos. Qué morgas.

Alguien dice: “Ese es el tipo de cosas que sólo le pasan a Sara”.

Tuberculosis ganglionar. A mí. Con mi lectura a medias de cómo Charlotte Brontë tosió, se acostó y murió de tuberculosis a los 38 años. Y todas sus hermanas (el güey de Branwell se murió de borracho, por cierto) y Chejov, Poe, Katherine Mansfield, hasta el eterno abuelo americano de Walt Whitman. Y ahora era mi turno. Y es que, sin ánimos de romantizar una enfermedad realmente perra, no existe otra persona que pueda entender de manera tan profunda el tenerla.

Diana me revela su teoría, meses después, cuando yo sufría los estragos de la medicina antituberculosis (que te pinta la pipí naranja eléctrico para saber que ya pasó por tu sistema y que te arranca el cabello a puños): Quizá por alguna razón los fantasmas siempre son victorianos. Porque las únicas personas con la habilidad de ser fantasmas de casas son las que se murieron de tuberculosis. Tú vas a ser la fantasma de la familia.

El gen de los fantasmas. Tiene sentido ¿no?

Sea cuál sea mi último destino, parece que, a pesar de los esfuerzos, uno no puede evitar que el cuerpo le duela. Quiero decir: lo único que esperamos de las decenas de salvadores que han pisado esta tierra es que nos lleven lejos, muy lejos, a dónde nada nos haga llorar ni nunca una muela con caries nos haga fruncir el ceño. No le puedo exigir a nadie una explicación porque realmente no hay nadie que pueda desentrañar el por qué. Pasa porque puede pasar. Este no es un castigo por mi procrastinación, ni por mis pecados, ni por mi género, ni porque alguien me hizo mal de ojo.

Un día te caes y te cortas la rodillas porque estamos sujetos a la gravedad. Un día te enfermas porque nuestros cuerpos son falibles. Un día te mueres porque no estamos hechos para vivir para siempre.

Vaya, wow, bien hecho. Acabas de descubrir el hilo negro. Una ronda de aplausos para la chica que, metida en sus cobijas, descubrió que las cosas duelen.

Finalmente, aceptar que todo esto me seguirá doliendo (abro los brazos, como abarcar todo lo que uno puede ver, trepada en el techo de su casa), a pesar de las lágrimas y luego de poner sobre la mesa los últimos meses y  examinar las conclusiones obtenidas después de noche tras noche de febril entumecimiento, ha sido uno de los resultados más inesperados. Pensaba que iba a salir de esto con la mente en el juego al estilo: Hoy voy a vivir el día como si fuera mi último. Pero no me engaño. Sé que este no es mi último día. Sé que seguiré siendo yo, a pesar de las cicatrices y el terror a toda persona que me tosa de cerquita; sé que seguiré procrastinando y cometiendo errores y escribiendo y cortándome el cabello y sorprendiéndome ante las cosas más obvias y patentes que existen.

Prefiero el ruido, quiero decir. Si la anestesia es la solución para no sentir, prefiero precipitarme como una cascada, de la cima de una montaña al lecho rocoso de un río. Tronar en los oídos, romperme los huesos.

Me hinco ante lo que sea y sólo pido una cosas: no más enfermedades decimonónicas, por favor.