Traducción: 3 poemas de Mary Oliver

Luego de leerla intermitentemente en Tumblr, de ver el video en el que ella, de cabellito blanco y voz suave, leer Wild Geese, y de tomar como mía la experiencia estética del picnic rústico y de ir a abrazar la tierra roja del cerro, me tomé muy en serio la muerte de Mary Oliver a principios de año. Casi inmediatamente compré un libro suyo para Kindle y comencé a aprenderme sus poemas. Es apreciable su trabajo ahora, en esta coyuntura de incendios forestales y sesgos de derechos humanos. Lo que siempre ha atraído de su poesía es su impasible y perenne declaración: Amar, amar, amar. Ojalá con estos poemas que traduzco puedan descubrir el encanto de Mary.

Cuarenta años

durante cuarenta años
las hojas de blanco papel han
pasado bajo mis manos y he intentado
mejorar su pacífico

vacío, al depositar
pequeños caireles pequeños tallos
de letras escritas
pequeñas llamas saltando

ni una página
fue menos que fascinante
discurso lleno de cadencia
sus pálidos nervios escondiéndose

en las curvas de las Qs
detrás de las marciales Hs
en los pies palmeados de las Ws
cuarenta años

y de nuevo, esta mañana como siempre
me detengo mientras el mundo vuelve
mojado y hermoso, estoy pensando
que el lenguaje

no es ni siquiera un río
ni siquiera un árbol ni siquiera un campo verde
ni siquiera una negra hormiga que viaja
enérgicamente modestamente

de día a día, de una
dorada página a otra.


Cuando la muerte venga

Cuando la muerte venga
como un oso hambriento en otoño;
cuando la muerta venga y tome todas las monedas brillantes de
su bolsa

para comprarme, y cerrar su bolsa de golpe;
cuando la muerte venga
como el sarampión,

cuando la muerte venga
como un iceberg entre los omoplatos,

quiero atravesar la puerta llena de curiosidad,
preguntándome:
¿cómo será, aquella cabaña de oscuridad?

Y por lo tanto, lo veo todo
como una fraternidad y una hermandad,
y miro al tiempo como no más que una idea,
y considero a la eternidad como otra posibilidad.

y pienso en cada vida como una flor, tan común
como una margarita de campo, y tan singular,

y a cada nombre una música cómoda en la boca,
tendiendo, como hace toda la música, hacia el silencio,

y a cada cuerpo un león de coraje, y algo
precioso para la tierra.

Cuando se acabe, quiero decir que toda mi vida
fui esposa que se casó con el asombro.
Fui el esposo, tomando al mundo entre mis brazos.

Cuando se acabe, no quiero preguntarme
si hice de mi vida algo particular y
real.

No quiero encontrarme a mí misma suspirando y asustada,
repleta de argumentos.
No quiero terminar simplemente habiendo visitado este mundo.

La mensajera

Mi trabajo es el de amar al mundo.
Aquí los girasoles, ahí el colibrí–
idénticos buscadores de dulzura.
Aquí la apresurada levadura; ahí las azules ciruelas.
Aquí la almeja, hundida en la arena moteada.

¿Mis botas son viejas? ¿Mi abrigo está roto?
¿Ya no soy joven ni todavía la mitad de perfecta? Déjenme
concentrarme en lo que importa,
que es mi trabajo,

el cuál, en su mayoría, es estar de pie y aprender a estar
asombrada.
El mosquero, la candelilla.
Las ovejas en su pastura, y la pastura.
Lo cual es, en su mayoría, jubiloso, pues todos los ingredientes están aquí,

que son gratitud, por haber recibido una mente y un corazón
y estos cuerpos vestidos,
una boca que da gritos de alegría
a la polilla, al reyezuelo, a la soñolienta y recién excavada almeja
para decirles, una y otra vez, como es
que viviremos para siempre.

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Cuento: Notre Dame

Escribí este cuento en ¿2014? Era de cuando estaba realmente obsesionada con mis santos y acabábamos de llegar de París y la imagen de Carlomagno todo esmeralda todavía me perforaba las pupilas. Decido compartirlo porque lo acabo de encontrar. ¡Gracias por leer!

Junté mis manos para orar. Lo hacía sólo de costumbre. No tenía mucho que decir; no sabía qué decir. Las junté y cerré los ojos. ¿Esto es lo que se hace? Siento movimientos detrás de mí; modestos frufrús, voces en portugués, el ruido de la goma de los zapatos deportivos del hombre que vi al entrar. Estoy frente a San Jorge y una Virgen vestida de índigo que no reconozco. Pareciera que las únicas luces son las de las velas eléctricas. El silencio ha hecho nido en mis oídos. Las manos muy juntas. Los ojos ahora hacia arriba, hacia donde miran los santos. Pienso en Dios.

(Pero pienso en ti, veladamente. Que Dios, celoso como es, no se entere. Pienso en Dios y en ti, al mismo tiempo, como una cosa natural. Cuando me detuve a observar la verde figura de Carlomagno, tú te seguiste de largo. La idea de caminar durante una hora más en un lugar tan viejo no te parecía tan tentadora como un café bien cargado en el bistro de mesas rojas que viste de camino. No te digo nada. Me dices, “te espero allá, ¿ok?, no tardes”. Asiento. Carlomagno, no el herrumboso que está frente a nosotros, sino su mismísimo espíritu, me mira con el ceño fruncido. No sé muchas cosas, me defiendo; sé sólo las necesarias. Atravieso las puertas doble de madera de la catedral, me interno rápidamente hacia uno de los últimos nichos. Me acomodo en el reclinario e intento buscar el lugar al que miran los santos. ¿Qué es lo que ven?, pregunto desesperada. El cuarto dorado que contiene todas las cosas, me responde el incómodo dragón debajo de la preciosa suela del santo. Sus ojos de esmeralda son los únicos que me miran a mí. Un frío que no viene de ninguna parte me invade. ¿Dónde está ese lugar?, le preguntó al dragón derrotado. Mírate las manos, susurra casi triste, mira detrás de tu hombro. Observa atentamente hacia donde te llevan tus pies. San Jorge le pisa el hocico con más fuerza. Me levanto, asustada, decidida a salir, pero un resplandor dorado me detiene. Una joven, toda de oro, con una espada en las manos, que también mira hacia arriba, me detiene el paso. La reconozco sin leer el nombre que aparece en la placa de su pedestal. Le beso los pies. Somos pequeñas polillas polvorientas en sus manos. Podría aplastarnos completamente, pero no lo hace. Finalmente lo hará, por supuesto. Ahora, bienaventurados, sólo estamos rodeados de su fuego y de nuestro polvo. ¿Cómo lo sabes?, le pregunto. Agarro su túnica con fuerza. Baja la mirada y el ruido, todo, se detiene. Escucho la voz de Dios tan clara como tus lágrimas, me dice con ternura. No estoy llorando, respondo, alejándome. Pero lo harás. El aire fresco de la mañana me pega con fuerza en las mejillas al salir. Estás sentado, te veo desde aquí. Levanto la mano para que me veas tú a mí. Le das un sorbo al café y miras hacia el cielo).

Junto las manos con más fuerza.

Trascender la trampa: las villanas del capitalismo y yo

Entre que procrastino terminar un cuento o empezar otro, sucede lo inevitable: Amazon.com.mx me toma del ojo y comienzo a scrolear las distintas opciones de gasto capitalista que se traduce en la promesa de envíos gratuitos en menos de dos días, todo gracias a que gasto 399 al año para ser parte del club Prime. Eso es lo que destaca a Amazon de tantas otras páginas de compra-venta, según he leído. Que Jeff Bezos ha amasado insanas cantidades de dinero por hacer trabajar a hordas de empleados mal pagados con tal de hacerle llegar a la chica veinteañera en turno una base de Maybelline a la puerta de su casa, porque no se puede molestar en caminar 10 minutos a su tienda de cosméticos más cercana.

En lo que va del año, la página me anuncia que he realizado 16 compras a través de la plataforma. Entre básculas, libros Young Adult en su idioma y paletas de sombras para ojos siento crearse un lazo estrecho entre empresa y cliente. Amazon es mi mejor amigo, que salta de repente mientras surfeo la net, para decirme que ese humidificador al que le eché el ojo por medio minutos está en descuento. No me siento espiada, al contrario, me siento acompañada, segura de que alguien en la vastedad del Internet me conoce tan bien como para recomendarme unos pants de yoga mientras intento descubrir la mejor receta para brownies.

Ni a mí tampoco, aparentemente.

A veces, poquísimas veces, a la mitad de la noche abro los ojos y pienso: “Demonios, debería estar ahorrando para mi futuro, que es infinitamente más incierto que la futura fortuna de Bezos”. Me atenaza la culpa: “¿Cómo demonios me he atrevido a gastar, otra vez, miles de pesos en maquillaje lleno de glitter?”. En la oscuridad de mi habitación me siento inmoral, sucia, llena de remordimiento. “No puedo creer que he sido presa de esta máquina reptiliana come almas; mañana mismo cierro mi cuenta”. Veo, como si se trataran los fantasmas de las Navidades pasadas, a todos los trabajadores mal pagados a los que he hecho trabajar horas extras por exigirles mi base Fit Me de Maybelline, una botellita de cristal de 30 ml que puedo cubrir con una mano completa, empaquetada en un sobre manila tamaño radiográfico. Me dicen: Sara, por el amor de dios, tú sabes lo que es trabajar así, ¿por qué nos haces esto?

A la mañana siguiente, claro, las endorfinas que uno libera en las compras capitalistas sin conciencia se encarga de que no sólo mantenga mi perfil de Amazon Prime (que, se ha demostrado, es endemoniadamente difícil de eliminar), sino que navegue las páginas de eBay, MercadoLibre, demonios, incluso Wish, para satisfacer mi necesidad de gratificación instantánea.

En momentos de claridad, como en estos, me pregunto cuál es la estrategia correcta para escapar la trampa capitalista que los super-ricos han tendido para ganar dinero de nuestra fútil mano de obra. Quizá, como muchos ya hacen, hacerme zero waste y consumir de manera local y órganica. Quizá, como otros también, dedicarme al freeganismo y recoger la buena comida de los Walmarts del mundo tiran porque no ha sido comprada a tiempo. O también, la ruta que tal vez toma la mayoría, no hacer nada y esperar a que la Tierra se consuma en fuego (y cantar las de Hozier, ¡Wasteland, baby!) y morir en medio del caos que bien yo pude haber evitado. Pero vuelvo a lo inevitable: por muchos popotes que yo rechace en Starbucks, mi contribución al planeta es mínima en comparación con lo que las grandes empresas, dueñas de todo, puede hacer para detener esta vorágine de contaminación, pobreza e incertidumbre.

“That you gaze unafraid as they saw from the city ruins”

Es bien conocido que son sólo 100 empresas las que son responsables del 70% de las emisiones de gas con efecto invernadero en el mundo. Un estudio, Carbon Majors Report, señala como culpables a las grandes empresas de combustibles fósiles como causantes en la subida de la temperatura global: “ExxonMobil, Shell, BP y Chevron se encuentran entre las empresas de inversionistas con mayor emisión desde 1988. Si los combustibles fósiles continúan extrayéndose al mismo ritmo en los próximos 28 años que en 1988 y 2017, dice el informe, las temperaturas medias estarían en camino de aumentar en 4ºC para finales de siglo. Es probable que esto tenga consecuencias catastróficas, como la extinción sustancial de especies y los riesgos globales de escasez de alimentos”. (The Carbon Majors Database, CDP Carbon Majors Report 2017).

No sólo tienen un rol principal en el temido calentamiento global, sino también en la contaminación activa de los grandes cuerpos de agua del mundo, las terribles condiciones laborales en países en desarrollo y el uso indiscriminado de la mercadotecnia para hacernos creer que lo que hacen es exactamente lo que necesitamos. Lo que quiero decir es que, si queremos evitar que las tortugas sufran, entonces debemos guillotinar a los reptilianos super-ricos.

¿O hay otra salida?

Las villanas del capitalismo

Estaba comiendo lentejas, a la mesa de la casa, leyendo, atónita, la historia de una tal Caroline Calloway y su rise and fall en el mundo editorial, luego de que ella, influencer egresada del NYU, se granjeara un acuerdo de $500,000 dólares para publicar sus románticas memorias sobre su estancia en la Universidad de Cambridge (que titularía And We Were Like), que hizo pública en su Instagram (con más de 800 mil seguidores) y engañara a medio mundo con supuestos talleres de creatividad. No sólo nunca escribió el libro (a pesar de haber recibido medio millón de dólares para hacerlo y de tener que pagar 100 mil dólares en retribución…), sino que se atrevió a cobrar $165 dólares por una plática vocacional en su departamento de Boston y regalar mason jars para los incautos que cayeron en sus encantos. La cultura del Influencer de Instagram en un párrafo.

Le conté la historia a mi hermana que me replicó, un poco harta: “¿Y tú por qué no has logrado engañar a una editorial y que te den medio millón para publicar?“. Me como las lentejas en silencio. Demonios. Esa es la pregunta del millón, ¿no? ¿Cómo es que la gente más despreciable del mundo logra obtener millones de dólares? La historia de Caroline Calloway me impactó por su cercanía: ¿qué daría yo por estar en su posición? Una chica rica (blanca y privilegiada) como para estudiar en las universidades más prestigiosas del mundo y escribir sobre lo que veo. No sólo escribir, sino recibir montones de dinero para que la gente puede leer mis tonterías. ¡Y yo aquí pagando $1,500 pesos para mantener mi punto com enn WordPress! ¡Qué haría yo con 10 millones de pesos para publicar mis vicisitudes godinas, mis recuerdos letrudos! Les digo lo que haría: trabajar duro para concretar ese libro. Quiero decir, por ese dinero, les hacía una heptalogía sin miedo, sin rencores. Sin embargo, la realidad de las cosas es otra y mi dignidad (aprendida en casa) no es capaz de hacerle eso a la gente. Caroline Calloway, sin remordimiento aparente, sigue vendiendo talleres, a pesar del escarnio público y la deuda de un libro que jamás será publicado.

Supongo que el secreto es ser blanca, rubia y bonita.

En escalas más violentas, están los casos de la falsa socialité Anna Delvey (quizá mi favorita de todas ellas) y Elizabeth Holmes, la siniestra CEO de la infame Theranos. La primera engañó a todo el Soho de Nueva York y les hizo creer que era la hija desconocida de un magnate alemán que “solamente estaba buscando comprar un edificio en Manhattan y hacerlo un museo de arte”. La chica (en realidad llamada Anna Sorokin, de orígenes humildes) arrojó un dardo a la lejana nebulosidad de los bancos suizos y dio en el blanco: alegando que poseía una fortuna de 60 millones de euros, pidió un préstamo de 22 millones de dólares, que obtuvo a través de una línea de crédito de 100 mil dólares, que obtuvo de la misma manera, alegando que poseía lo que no tenía. Lo milagroso de su situación es que a través de estos juegos gigantescos de transacciones millonarias la chica estiró las manos y se hizo de unos 275 mil dólares con el que se dio un mes de ensueño, viviendo en un hotel neoyorkino, comprando ropa y comida, viajando a Venecia y apareciendo en los Instagrams de los más ricos. Su artículo de The Cut (que enlazo más arriba) hace de su estafa una aventura que hasta las víctimas más afectadas admirarían. Se parece mucho a la gran proeza del Sueño Americano, de lograr lo más grande a partir de la nada, tanto así que se habla de un documental o de una película en su honor. El único problema de Anna fue el de haberse metido con los ricos reptilianos. Ahora enfrenta el juicio en su contra y la promesa de varios años en prisión.

Así fue como también sucedió con Elizabeth Holmes, la joven mente maestra detrás de Theranos, la empresa que prometía revolucionar la medicina mediante nuevas pruebas de sangre a través de una pequeña gota. Holmes, hija del vicepresidente del todavía infame Enron (talk about nurture), a los 19 acumuló una inversión de 700 millones de dólares para arrancar a Theranos, nombre creado a partir de “terapia” y “diagnosis”. No sólo llegó a ser considerada la empresaria billonaria más joven de la década, con 9 billones de dólares, de acuerdo a Forbes, sino que embustó a personajes de la talla de Bill Clinton, Henry Kissinger y Betsy DeVos, haciéndose pasar por la Steve Jobs de la medicina moderna. No sólo eso, en su papel de villana de Disney, con su cuello alto y su voz de baritono, provocó que el jefe del área de Ciencias de la empresa se quitara la vida antes las presiones y engaños que ella y su pareja asestaban para que no saliera a la luz el terrible secreto: Theranos no era más que una gran mentira. En poco tiempo, se descubrió que era imposible diagnosticar diabetes o malaria de una sola gota de sangre y que los milagrosos resultados que la Elizabeth prometía en la televisión habían sido fabricados. Para ese entonces, ya habían vendido la fraudulenta tecnología a Walgreens y a Departamentos de Salud de varios estados americanos. Acusada de “fraude masivo” por su fallida empresa, Forbes tuvo que ratificar su afirmación y anunció que lo que en realidad valía Elizabeth Holmes era cero dólares.

¡Qué golpe!

Las veo y descubro, como quién quiere ver entre pesadas cortinas, sus intenciones: si todo es sobre el dinero, para estas mujeres también es sobre reivindicación. A pesar de su patente privilegio (incluso la más pobre de este trío, Anna Delvey, estudió la universidad y se pagó su vuelo a Nueva York), se dieron cuenta de que para una gran porción de la población las cosas se tornan difíciles. Como villanas de este drama, por supuesto, también decidieron tomar el camino de los malvados: pisotear por encima de las cabezas de los demás para llegar a la delantera. Su error, como he dicho, fue que no pisotearon a pobres trabajadores mal pagados, con horarios y expectativas imposibles de cumplir, como en el caso de Amazon y Jeff Bezos, sino a la clase cocodrilo, a ese 10% turbio que maneja el 90% de la riqueza del planeta Tierra. También, porque es imposible hacer caso omiso a esto, que al ser mujeres el escrutinio al que son y fueron sometidos es mayor que a sus compañeros estafadores masculinos. A pesar de que muchos admiran a cada una (o en conjunto) por las estafas, fraudes y engaños que tan expertamente manifestaron en el mundo, presiento que como yo, no son más que víctimas de esta gran maquinaria, que lo único que desea es perpetuar esa demanda y oferta insostenible.

Como moraleja, me quedó lo que la autora de la note sobre Caroline Calloway dice al respecto del caso:

She has had every opportunity handed to her, including a book deal that would be life-changing for most, but she had no intention of following through. […] Her main problem is that she doesn’t want to be an artist or a storyteller or a writer: she wants to have made art, to have told stories, to have been a writer, to have taught, and so on. But that requires work, research, planning, sacrifice, and an acute understanding that not everything you do will be successful or worthy of celebration. She has nothing to offer but is selling everything.

Aunque yo jamás posea la estamina para embaucar al estado de Arizona o a los ricos de Soho o Cambridge, si estoy dispuesta a acaparar todo los hilos sueltitos que el capitalismo permite que tome (pienso en las pruebas gratis de comida en Sam’s y mi estómago gruñe contento) y también estoy dispuesta a formar parte de aquella futura revolución alla français en la que exigiremos que las cabezas cocodrilezcas de los que nos han orillado a esto rueden por las plazas.

Supongo que las villanas tienen razón: a veces la única acción posible es violenta. Mientras tanto, me dedico a scrolear, hasta que el resto se una a la causa.

Mala en aritmética

Siempre he tenido esta afición por los números que no quieren significar nada. O sea: que si no tengo que sumar, restar o agregar letras, me encanta eso de obsesionarme con un número en particular. Reformulo: me considero cabalística de pacotilla. Supongo que eso nace de la lectura temprana de El Diccionario del Mago que influyó las suaves neuronas espejos de mi cerebro. En este libro, indispensable en mi obsesión infantil por Harry Potter, había una entrada dedicada a la numerología en el que te enseñaba cómo sacar de tu fecha de nacimiento el número que definiría tu vida.

El mío era (de sumar, 25+02+1993, que es 2020, y sumar los dígitos de ése) el 4. Recuerdo todavía lo que decía el diccionario: el 4 es el número de la estabilidad, tanto así que una mesa tiene cuatro patas. Mi cabecita explotaba de la impresión. El cuatro, según mi lectura, era el número de la naturaleza, de las estaciones, de los puntos cardinales. También era el número de la muerte, por su correspondencia con el fonema de la palabra muerte en japonés. Me apropié de este número y de su cuadratura durante la secundaria. Luego sumaba los números que resultaban de mi nombre simplificado: colocas un número en cada letra del alfabeto, siendo la A el 1, la B el 2 y así sucesivamente. El resultado me deba el portentoso número 1. El diccionario decía que, por lo tanto, estaba destinada a la grandeza. Si sumaba todas las letras de mi nombre completo, me daba el 9, que significaba el camino del místico iluminado. Yo anotaba todo esto, azorada, en mi libreta de matemáticas, en lugar de atender las clases de cómo hacer un ecuación de segundo grado.

Cabe destacar: soy malísima en las ciencias exactas. Como el pajarito ese que dice: El riesgo que tomé fue calculado pero, dios, soy malo en matemáticas.

Nuestro cerebro está hecho para reconocer patrones, porque esto asegura nuestra supervivencia. En el bosque de signos y significados en el que habita mi mente, sobrevivo de la cantidad de endorfinas que libero al sumar los números que resultan del nombre de mi persona predilecta. A veces es el 4 o el 9. Me emociono si hay correspondencia. A veces resulta un 8 o un 3. Y sumo en mi cabeza, como tonta: “Si yo soy un 4 y esa otra persona es un 3, entonces resultamos en un 7, que es el número de la magos y las brujas. Eso quiere decir que somos almas gemelas, estoy segura”.

Más delante, en preparatoria, la cosa había evolucionado en un cerebro entrenado para sacar números de gestos, de metros recorridos, o de miradas compartidas. En la universidad, pasé al mundo de la geometría, al conectar puntos de la ciudad con una regla precisa que me indicaba que mi deseo tenía la forma de un hexágono irregular. Veía constelaciones en las calles, formaba triángulos en los lunares de las caras, comparaba la sonoridad fonológica de los apellidos. Me gustaba hacer cosas los días 16 y los 23 (que son 7 y 5, que son 12, que da un 3) porque siempre están juntos en el calendarios, uno encima del otro. Me gustaban los febreros que empezaban en domingo por su simetría. Me gustaban las colonias que numeraban sus casas de manera sensible, del 1 al infinito, números pares de un lado, números nones del otro. Encontré alivio en la supuesta seguridad que me daba algo que nadie podía negar: la simple aritmética de la vida. Si todo era tan fácil como agregar y substraer números del 1 al 9, entonces no había ningún secreto para mí. A los 18 años, entonces, era la Alquimista más improbable del siglo XXI.

El Paisaje con la caída de Ícaro, Pieter Bruegel, el viejo. O como lo conozco: mi peor enemigo.

La fecha de mi cumpleaños, claro, me parecía fabuloso en sus múltiples sietes que podía resultar de los números, o por la contundencia del 5 en el día, por el filo del 3 al final del año, por la redondez y calma del 2 del chiquito febrero.

Como se pueden imaginar, es cansado existir de tal manera. Mi obsesión por aquella antaña cuadratura, ponía en jaque el natural suceso de las cosas. Quiero decir, tendemos al caos. Somos entrópicos por diseño, por lo que mi cábala de niña no tiene cabida en el gran teatro del Universo y todos mis intentos por interpretar cualquier cosa acaban pulverizados. ¡Vaya sorpresa!

Me río ahora, pero hace unos años esto era una realización dolorosa para mí. Si la magia no es real, entonces ¿cuál es el punto?

A pesar de todo, hoy cumplo 26 años. Hace un año (pues cumplía 25 en el 25) saboreaba una promesa que intuía en esta simetría. Fallé espectacularmente en mis portentosos designios, como el Paisaje con la caída de Ícaro de Bruegel. Directo hacia el agua y sin hacer mucho ruido en el planeta. Así cumplimos años todos: a partir de nuestro escandaloso nacimiento, sólo nos damos cuenta de aquello por las extremidades convulsas que crecen, por la estela de plumas que dejamos detrás. No hay matemáticas para explicar el porque existe la indiferencia, el porque no podemos descifrar nada acerca de nosotros mismos y los demás, o de cómo es que podemos sobrevivir esto (hago un movimiento con las manos, con el que intento abarcar todo lo que me rodea).

En año nuevo, me declaraba libre, por fin, de la adicción a la numerología. Me ponía a la merced de lo incontrolable como debí haber hecho a los 15, en vestido rosa de tafeta, en lugar de postrarme en un banquito de madera y anunciar inmortalidad. Como dice Glück de Agamenón: “he was a fool, thinking│it could be controlled. He should have said│I have nothing, I am at your mercy.”

Feliz cumpleaños, Sara Andrade. You’re a number-loving fool. Todo te sorprende todo el tiempo, nada tienes definido. Las cartas señalan el dos de espadas (tus amigas te dicen “escritora sin rumbo”; no por estar perdida, sino por trazarlo mientras andas) y el Universo insiste en el hálito azulado de la montaña lejana: What do we have to appease the great forces?

Yo tengo esto: palabras sin números, días y días, ciudades sin formas (como la constelación azarosa que es Zacatecas). Mi deseo al soplar las velas: más luz.

A space of multiple falls

Mi hermana, Diana Andrade, tradujo este texto mío que apareció en la última entrega de la revista de Punto de Partida, Un espacio de múltiples caídas, al inglés. Interesante ver como cambian las sensaciones de las cosas leídas en otro idioma. Pasen a leer (o a practicar su inglés, con Larousse en mano) y manden kudos a Diana, para que se anime a traducir más cosas, más ahora que su plan de vida ya involucra adentrarse al oscuro mundo de las Letras y la Lingüística y prepararse como traductora. ¡Yey por un post positivo para el futuro! También no olviden leer todo lo que hay en la revista. ¡En serio una lectura imperdible!

How nice it is of me to be writing to you,
when you’re not writing to me.

Virginia Woolf to Vita Sacville-West,
July, 1927.

It rains. I walk down to the meeting point: from my house to the busiest downtown avenue. I carry my mother’s umbrella, the mint colored one with red flowers. It looks like she bought it in some Chinese store: it isn’t sturdy. It’s not cold, it only drizzles from right to left, in spite of being mid September.

We agreed to go for coffee to our favorite bakery, near the Cathedral. Then to maybe go to the movies or to visit the art exposition in local crafts market. Nothing set in stone. “There’s a really interesting film in the local cinema”, he said. “¿Did you know that that person will be at the exposition?”, I answered.

To get to the avenue, I must go down a cluster of stairs that starts at the edge of the church and ends on our meeting point. I say cluster because said street is parts stairs and parts ramp, and then the unevenness of the garage ramps from the houses. So the railing comes and goes. The alley gives the feeling of have been sketched by Escher. Towards the end, the stairs bifurcate: left and right, a hole opens up in the middle which –for the sound of constant running water– gives way to the sewers.

I go downstairs carefully. I recall the lights of the ambulance and people circling a spot on the floor: a long time ago, a lady rolled down the stairs to her death. After that, the local government renewed the alley. Before, it was just stairs.

In total, there are two hundred quarry steps, the edges gone and now a liquid roundness makes the most accomplished feet slip. Sometimes those feet are mine. I stop by the church’s closed gate. My boots are sinked in a black puddle that reflects the exact greenish glow of the glossy umbrella. It’s early still, he won’t be here for five or ten minutes.

I fell here when I was thirteen, or maybe a few more steps towards the center of the stairs. I was late to the end-of-school mass and I ran downhill without measuring the narrow space of the step. A twisted ankle, hands inside the pockets of my sweater. I fell sideways and hit my head to the edge of the sidewalk. I woke up between the embrace of a neighbor and the screams of the nuns coming out from the temple. Until I arrived to the hospital I could see myself in a mirror. Inside the restroom of the ER, my head and half my face were soaked in blood that matched my burgundy uniform, which smelled like iron. I looked like a heroine, like an amazon. It didn’t even hurt. I’ve never looked more beautiful.

When I told him about my incident, he laughed: “only you would be happy to crack your head in two”, he said. I informed him that the sidewalk displayed my blood for three days before the neighbor who found me washed it with water and Pine-Sol. “It was the most interesting moment of my life”, I added faking hurt. Sometimes, in the darkness of his room, he runs his hands through my hair and his fingers stop for a moment on the six-stitched scar. As payment in kind, I kiss the scar in his knuckles that he got on a fight. “We’re the same”, I tell him. “Marks of war.”

We have walked these stairs up and down many times. He likes them. “I see you at the stairs”, he texts me and I obey. I wait for him and watch him arrive from the avenue. Sometimes we go up to my house or even farther. Sometimes we go inside the church’s patio and sit between the pepper tree and the shrine of the Patrocinio’s virgin. I then share pieces of me: “There was a fountain before. I was baptized here. There, they threw the coins. They fell like gushes from my father’s hands, like streams of silvery water. There, the children rose their hands thinking of spending their coins on orange juice and cookies. It was filled with sound. It is filled with sound now, even though there’s only you and me whispering secrets.”

On one occasion he tripped on a ramp. I caught him by the sweater before he fell. “What would I do with you and your head cracked open?” We laughed like fools. I imagined him in a puddle of blood the whole evening. It wasn’t the same heroic image that I had seen in the hospital’s restroom.

The water of the puddle trembles when a group of women walk downstairs to the avenue in a rush.

I have dreamt of that place as well. At night, the entire city is mine. Its ruffs, the parks and the treetops, the hills and the alleys. He and I, sitting on the ancient stairs. Calmly, he says: “We can’t see each other anymore” and I don’t cry. His face darkens even darker than the night surrounding us. “¿Do you remember that time when I went through town, all the way to your window and tapped gently because I didn’t want to fright you? I couldn’t stop looking at you, even if I wanted to”, I tell him. Sometimes I dream that we dance and music comes through the stones. Sometimes we’re not ourselves: we have different faces, different lives, and we find each other in that middle point. One going up and the other going down.

Although the question remains: “What would you do if it weren’t me and you weren’t you and we found each other?” He answers that probably nothing because we wouldn’t even meet. I reassure him that what we share has the same essence as any elemental force, that if we find shelter in the idea of those stairs as our inhabitable place, we are destined to something more than a relationship that will eventually end. So we choose corners between buildings, balconies with view to the city, trees that bloom with time, I take all the places we shelter on like sparrows in winter.

I see him turn at the corner. He’s smoking, in spite the rain. His hair is wet. If he sees me under a green umbrella besides the church, he doesn’t show it and leans in the wall. Throws the cigarette butt to the sewer and I descend carefully. The stair opens up in two. He’s in the right side. I go down to the left to surprise him, but he begins climbing the stairs. I shout his name from below. He turns, with a grimace. Confused, annoyed. “What were you thinking, huh?” he tells me, maybe without meaning to. While he starts coming down to where I am, I take the umbrella off me, thinking of giving it to him so that he stops getting wet. And I –with all the intention– say: about gravity.

La negligencia de “estar bien”

Estaba viendo un documental de Vice absurdo: al parecer hay familias conservadoras de California que detestan vivir en ese “agujero liberal” y han contactado a empresas que se dedican a recolocar a estas familias en vecindarios “realmente americanos”. La gran mayoría acaban mudándose a Texas, por supuesto. Uno de los comentarios en el video de YouTube era que “estadísticamente, están en lo correcto: rodearse de personas que piensan igual que nosotros acrecenta nuestra felicidad. Por otra parte, esto acabará separando al país”.

Estaba viendo eso, mientras me comía a cucharadas mi smoothie bowl de frutos rojos y guayaba, a un lado de mis gatas. Mediodía, silencio absoluto en la casa, no me he quitado la pijama (que siempre es un par de leggings y una sudadera) y no planeo hacerlo en todo el día. En los comentarios de este video, la queja principal es la siguiente: LOS SAFE SPACES SON PARA MARICAS. Lo leo un poco preocupada, viendo a mis gatas, a mis pies sin calcetas. Sé que todo aquello tiene que ver con una postura política muy gringa, con el reciente cambio en la balanza del discurso (reduccionista, a mi parecer) de liberal-conservador y a la tendencia imposiblemente humana de separarse en categorías. Sé que no me afecta a mí, pero al mismo tiempo sé que lo hace de manera muy real.

El asunto comienza dónde siempre (o bueno, desde hace 2 años): mi trabajo es insatisfactorio, por decirlo de manera amable. Quizá excluyendo mi tiempo haciendo debates (por lo menos tenía compañeros de mi edad), todos los empleos que he tenido en mi cuarto de siglo han sido terribles, deprimentes y tediosos. La particularidad del actual es que, en una serie de acontecimientos fuera de mi control, hago home office. Y lo hago endemoniadamente bien.

El chongo despeinado es esencial para el home office.

Me levanto a las 8 de la mañana, prendo la computadora y comienzo a trabajar antes de que las gatas me pidan comida o agua. Edito boletines o corrijo códigos html envuelta en la cobija que me tejió mi tía. A mediodía bajo a mi casa a desayunar. Recibo llamadas, mando mensajes, termino mi carga del día y hago la comida junto con mi mamá. A veces salgo a hacer otras cosas (brunchear con mis amigas, lidiar con el SAT, comprar más leche vegetal) o a veces me quedo a gustito en mi cama hasta bien entradas las 3 de la tarde. Cada tercer día, sin embargo, impelida por un gran sentimiento de justicia, voy a la oficina de mis superiores a pedir (una vez más) mi escritorio y mi silla. Negocio: “La computadora la pongo yo, sólo quiero un lugar”. Responden, inexorables: “Estamos trabajando; danos unos día”. Los días se han convertido en 4 meses de trabajar desde mi casa. Muchos me han dicho que es la mejor de las posibilidades y no lo niego. Mi cuarto al amanecer es mi safe space. Me aterra pensar en perder la oportunidad de continuar mi trabajo y de perder mi tiempo en una oficina fría y lejos de rica y nutritiva comida. No me gusta pensar en que no podré hacer yoga a las 2 de la tarde porque voy a estar 30 minutos lejos de mi tapete y de la conexión libre de Internet.

La Sara Andrade de hace 6 meses habría hecho lo posible por mantenerse en ese espacio (la llamada zona de confort) como en una especie de retribución al universo por haberme hecho sufrir tanto. “Merezco este tiempo de paz, idiotas”, diría.

Sin embargo, no es justo.

No es justo para mí estar en una posición de home office porque mis empleadores no pueden darme lo básico para trabajar (o el tiempo suficiente como para sentarme frente a ellos y quejarme A GRITOS). Estoy gastando mis propios recursos para quedar bien, e incluso el tiempo y recursos de otras personas. Es irrisoria la situación. A pesar de que en mi calidad de “aviadora funcional” las cosas me vayan medianamente bien, a mi no me sienta bien. Entran en juego algo que se llama respeto y dignidad en esta decisión.

Pienso en las otras muchas cosas en las que soy negligente, creyendo que lo que más importa es que “me siento bien” y no tanto el “si esto es justo para mí”. Por ejemplo, mi salud mental y física. El beber cerveza como maníaca para detener un poco el influjo de pensamientos coherentes (y, oh, las Navidades fueron testigos de mi negligencia) y acrecentar el dolor de barriga. Ahora, a pesar de que la extraño tanto, he dejado de tomarla. He dejado el azúcar y las harinas refinadas (¡dejaría mi estómago de ser millenial intolerante al gluten!) y ahora consumo los tan vilipendiados smoothies de plátano con cacao y los avocado toast como si en eso se me diera la vida. ¡Y quizá sí! Entre el yoga y las caminatas al cerro y el darle besitos a mis gatas y en desearles cosas buenas a mis amigos y dejar de desear mi propia muerte he encontrado una paz inusitada. Como una calma no resignada, una tranquilidad más bien ganada a pulso. Estar bien porque me he esforzado en estar bien, porque me he esforzado en que mi tripa deje de doler, en dejar de llorar a medianoche, en dejar de encerrarme en los mismos hábitos y espacios, creyendo que habitar el safe space de la inactividad no me ha afectado en absoluto.

Aquí algunas de mis actividades para el wellness:

No me esfuerzo demasiado, claro. Sigo siendo yo, después de todo, y a veces le muerdo violentamente a un bolillo y a veces me como un chocolate lleno de azúcar. O a veces me siento a pudrir neuronas viendo videos de Vice o de cómo ganar 7,000 dólares al mes haciendo YouTube, o compilaciones de recetas de Tasty. Ya saben, tomarse las cosas no tan en serio, dar entrada a lo ridículo de vivir. Y me digo frente al espejo: “Debo cuidarme la panza y el corazón, y dejar de ser negligente como las familias republicanas de Los Ángeles mudándose al centro de Texas para poder blandir una AK47 en el Walmart local con total libertad”.

Después de todo, tenemos altas y bajas; es lo más normal.

Canción de la semana: Andromeda, de Weyes Blood

(se pronuncia GÜAIS BLOOD lol)

Perros mirando hacia abajo: un ejercicio en el mindfullness

Esto debe ser como una tendencia mía bien marcada. Hasta hoy me percato. Si recapitulo sin pensarlo mucho, encuentro clases de natación, gimnasia, un día de ballet, karate, kick boxing, yoga y las 3 veces que he entrado al gimnasio increíblemente motivada y no he vuelto por una y otra razón. Cuento esto sin considerar las optativas del colegio, de las que huía porque en mi papel de ñoña rechazada no me sentía del todo bien siendo portera/tiro al blanco del equipo de fútbol o el integrante de brazos más débiles del equipo de voleibol.

La tendencia es que siempre he querido hacer deporte/ejercicio físico y siempre me encuentro a mí misma fracasando estrepitosamente. Creo que lo único en lo que mi disciplina no ha fracasado estrepitosamente es en el de escribir en el internet, y aún así lo estoy haciendo de manera terrible. Pero aquí estoy, 10 de enero del nuevo año 2019, y estoy completamente convencida de que puedo obligarme a seguir con disciplina, aunque sea 1 (UNA) cosa por 365 días en el año. Quiero decir, ni siquiera dormir lo hago bien, porque de repente me entra la locura estacional y me vuelvo a forzar a estar despierta durante 80 horas, al punto en que escucho sinfonías de Mozart saliendo de las cosas.

Así que en el maelstrom de las festividades navideñas tomé una resolución entre las muchas resoluciones que suelo tomar a fin de año: empezaría a hacer yoga todos los días. El 30 de diciembre encontré un canal en YouTube y una rutina de 31 días para hacer durante enero y el 1 de enero, con un poco de resaca, hice el primer día para alivio de mi columna y de mis huesos ateridos luego de meses en encierro godinato. ¡Dioses, qué alivio el del estiramiento antinatural de las extremidades! ¡Qué regalo el de la circulación de la sangre de cabeza a pies cuando uno hace un perro mirando hacia abajo!

Recuerdo con alegría los meses que mi hermana y mi tía íbamos a yoga, con un grupo de mujeres que tenían una forma brutal de hacernos sudar y doler con sólo plantar dos pies sobre el tapete. Durante ese tiempo, logré hacer muchísimas posiciones yoguis, cuyos nombres sánscritos se me escapan, y llevar mi nariz hacia la punta de mi dedo gordo sin molestia alguna. ¿A dónde se habrá ido esa flexibilidad? No lo sé, duds.

Esta mujer es como la Bob Ross del Yoga en casa

Total, que a los 5 días yo ya sentía una transformación sensible. Mis huesos crujían con alegría al despertar y mi postura al sentarme frente al computador mejoró visiblemente. Claro que no dejo de sentir dolor en todas las parte de mi cuerpo: panza, parte trasera de las piernas, el hueco de los codos, los hombros, el cuello. También comencé a salir a caminar por ahí sin rumbo, pero con prisa (imaginen a Flanders apretando el paso) durante una hora o 30 minutos. ¡Santo remedio a las aflicciones del horario de 9 a 5! Mi estómago dejó de doler (que según mi doctor, era un síntoma del “tipo emocional” lol) y comencé a dormir con mucho más gusto. Bueno, oigan, por favor, que esto no se trata de venderles la idea del yoga como estilo de vida, porque Vishnú sabe que soy un desastre, pero si lo que han necesitado durante estos días es ese mensaje que los invite a mover la carnes, este es.

El asunto del reto de 31 días que les puse allá arriba es que no haces yoga, sino que utilizas herramientas de la yoga para alinear lo que esté desalineado. ¡No lo sé Rick, pero a mí me ha funcionado perfectamente! Estar atento de tu cuerpo, de las plantas de tus pies, de algo tan sencillo como respirar a tiempo. Lo que los millenials llamamos mindfullness.

m i n d f u l l n e s s

Llevo 10 días en este proceso y estoy orgullosa de mí misma. Sin embargo, no me confío. A los 11 días dejé el NaNoWriMo para nunca volver (aunque siendo sincera, algunas críticas situaciones y personajes inútiles determinaron que noviembre de 2018 se volviera uno de los peores meses de mi existencia como ser humano en este planeta) y viendo mi historial deportivo, lo más probable es que esto dure otro par de meses más. Pero veamos qué sucede: si logro hacer 365 días de yoga y para el 31 de diciembre del 2019 puedo pararme de cabeza, flotar por los aires y soltar máximas hinduistas, entonces ya saben qué sucedió. Si para Marzo estoy dando excusas a mi personalidad aireada y caprichosa, alegando que mi pasado determina de manera innegable lo que hago en este presente, pues ya saben qué palabra dejar en los comentarios… “fracasada”.

Es broma lol. No... no dejen comentarios así porfavore. 

Anyway, estoy ahorita en leggings, con un video de 3 horas de música de yoga/spa/study de fondo y mi tapete en espera de verme sufrir por otros 30 minutos en las posiciones más fáciles del universo y sonriendo hacia la nada porque Adriene me ha dicho que el mejor estiramiento es el de la sonrisa sobre la cara. Si no fuera tan cínica, les diría que aquello es una paparrucha new age a la que no hay que prestarle atención. Pero como le he dado la vuelta entera a mi cinismo les digo que sí es verdad, que tiene razón.