Simónides de Ceos no juega al futbol americano porque sabe que la memoria es corta

«Extranjero, ve a decir a los espartanos que yacemos aquí, en obediencia a sus leyes
Epitafio encontrado en el camino de las Termópilas, compuesto por Simónides de Ceos

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Se abre el telón.

Una figura rubia y rubicunda se quita el casco y saluda hacia el público que vitorea desde las gradas. El viento de octubre le pega en la cara y sonríe. Aparece ante nosotros Peyton Manning, quaterback de los Broncos de Denver, luminaria del siglo XXI, celebrando el récord de más pases de anotación en la historia de la NFL, y que ahora le pertenece. Es una figura divina en ajustados calzoncillos blancos. Es el portador del glorioso #areté.

Desde el televisor, una voz surge, en medio de la celebración. La voz del coro. El reportero dice: “Manning, la figura estrella, celebra su nuevo récord. ¿Qué más le queda por hacer al corebac de 38 años? Quizá retirarse y hacer una vida fuera del fútbol”. Esas palabras flotan, como si no lo quisieran, junto al papel picado y junto a las ovaciones del público americano.

“¡Qué idea tan griega!”, pienso. Las becas de fútbol americano, los jóvenes fornidos y tontos cuya única habilidad radica en la de ser inamovibles como montañas, veloces como liebres. Aquiles se moriría de la vergüenza. Jugar, triunfar y, finalmente, retroceder a la oscuridad del anonimato. Vender autos usados, perseguir un puesto político. “Escribir un libro y plantar un árbol”. ¿Qué más le queda por hacer a Peyton Manning? Ser padre de familia o presentador deportivo de las noticias a las tres, actor o líder motivacional. El coro de reporteros reaparece frente al televisor. Visten trajes y llevan micrófonos en las solapas del saco:

☞ “La muerte sería más noble que el olvido”.

Pocos recuerdan que Esquilo luchó contra los persas, en la primera de las Guerras Médicas. El ideal griego de vida. Luchar, triunfar y, finalmente, retroceder a la oscuridad del anonimato. De esta batalla y no de sus tragedias, se glorió el dramaturgo en su inscripción funeraria: De su valor Maratón fue testigo / y los Medos de larga cabellera, que tuvieron demasiado de él. Y así como él, Frínico, Estesícoro de Hímera y Simónides de Ceos deseaban que sus esfuerzos gloriosos contra la invasión del ejército de Darío perduraran eternamente (¡qué palabra tan fuerte es eternidad!), mas su obras líricas y trágicas son las que se empastan y se venden en las librerías de clásicos y son leídas con fruición por nerviosos estudiantes de filología.

☞ El kleos de la letras sobre el de la batalla.

Esquilo se pone frente a Peyton Manning y nos damos cuenta de que no son tan diferentes. El primero porta una barba ciertamente más voluminosa, pero los dos son altos, de espaldas anchas, rubios y con las mejillas quemadas por el sol. A sus redondas cabezas les quedan muy bien los cascos. Pero la diferencia es clara, importante y crucial. Esquilo gana esta ronda, para alegría de Aristófanes, pues Manning no podrá sacudirse del mote de “quaterback”, y en el Almanaque de Deportes del siglo XXII nadie recordará si plantó un árbol o escribió un libro. Escrito sobre piedra, como en un epitafio, aparecerá: “Rompió el récord de más pases de anotación”. No es necesario volver al futuro para saberlo. En la década de Twitter y Youtube, la muerte es más noble que el olvido.

«Una sola cosa le aflige en el Aqueronte: no es que haya dejado el sol detrás, sino que encontró allí los pasillos del Leteo», Simónides, Fragmento 67

Simónides de Ceos es recordado por dos cosas: el epitafio de los trescientos espartanos muertos en el desfiladero de Termópilas y por la anécdota en la que, gracias a su portentosa memoria, identifica los cuerpos desfigurados de los asistentes a una fiesta, luego de morir aplastados por el derrumbe del techo, porque sabía exactamente en donde estaba cada uno. Padre del método de Loci, lírico coral. Su poesía sobrevive en pedazos. Los reporteros le siguen la sombra, pues es Simónides de Ceos el que orquesta esta tragedia.

☞ El olvido es un río y la memoria, una casa de columnas jónicas.

Es aquí, cuando hace su entrada triunfal el anacrónico bufón: en julio de 1968, en México, un partido de fútbol americano desembocaría en una riña entre estudiantes del IPN y preparatorianos de la UNAM. El cuerpo de granaderos desintegra el conflicto y entra en las instalaciones del Politécnico. Jóvenes son arrestados y los ánimos se calentaron. A partir de este momento, una madeja de eventos se desenvuelve, como si fuera cayendo de una larguísima escalera: marchas, pliegos petitorios, manifestaciones. Voces sin rostro, anónimos armados con megáfonos. Hasta que, el 2 de octubre del mismo año, las Moiras cortan de tajo el hilo que cae.

Y caen los cuerpos, también. Caen y no dejan de caer. Los documentales que aparecen cada año con puntualidad en el televisor lo dicen. El profesor señala el lugar exacto en el que el estudiante en turno cayó, con una bala atravesada en el cráneo. Si Simónides hubiera estado ahí (en toga blanca y barba larga), ¿hubiera podido recordar el lugar exacto en el que cada persona cayó fulminadas, como por la flecha de Paris? Si Simónides viviera hoy, ¿recordaría con exactitud la ubicación de la fosa en la que yacen 43 cuerpos desfigurados? Dos epitafios:

«Porque perdimos preciosa juventud y tomamos a cambio la nube irregular de la guerraSimónides, Fragmento 2
«Porque una bruma propia de Éstige ha sobrevivido y la juventud de nuestro país toda ha perecido.», Esquilo, Los persas

Los ríos de gente que caminan por las arterias de las polis se muerden los labios. Llevan velas en las manos y consignas pegadas en las espaldas. El coro anuncia desde los puentes peatonales, donde son testigos de “el hacer memoria”:

☞ “La violencia más cruel es el anonimato”.

Los griegos pensaban que la escritura fijaba, y los epitafios son la primera manifestación que es creada para ser leída. Recordar para no morir. La memoria, según el sabio de Ceos, es un palacio de columnas fuertes y gruesas, capaz de soportar el peso de una vida entera. Poesía violenta. Una pica sobre el granito intransigente. Martillo, martillo sobre la pica. [Cac, cac, cac]. Clave de gato. Hashtag: Vivos se los llevaron, vivos los queremos.

Violencia es olvidar. Enterrar bajo la arena, la que se atora en las suelas de las sandalias, a todas esas voces sin megáfono y sin cuenta de Instagram. Vivir, crecer, morir. El ideal de la vida natural. Manning y Esquilo se llevan la mano al pecho. La realidad no es como los nueve poetas líricos de Quintiliano la han pintado. Los jarrones de terracota encontrados en el Peloponeso han mentido. Esto no es Esparta.

☞ Sin embargo, recordar es un acto de violencia.

El corifeo se levanta con un gruñido y cientos de voces se escuchan al mismo tiempo. La parábasis. “Yo no tuve relaciones sexuales con esa mujer”, dice el presidente. El sonido de un avión de pasajeros que colisiona contra un Polifemo de hierro y cristal. “Aquí en Chernobyl nos va de maravilla”, anuncia una voz de fuerte acento. El avión se estrella de nuevo y de nuevo y de nuevo. Las Moiras se han encontrado con que la madeja del año 2000 está hecha de acero inoxidable.

«Siendo mortales debemos tener pensamientos mortales, de modo que para todos los graves y cejijuntos, a tenerme a mí por juez, la vida no es realmente vida, sino catástrofe.», Eurípides, Alcestis

Me levanto de mi lugar, pues el único rostro que no aparece en las fotografías es el del fotógrafo. El testigo de la catástrofe es el más cruel de los animales.
Yo, sin nombre, sin musa, soy un número y un pedazo de carne atravesado por ondas electromagnéticas, y te señalo a ti, público en las gradas que aplaude a los actores de esta absurda y patética tragedia. ¡Tú, el culpable!, gritan desde el escenario. Tú el que recuerda, el que olvida, el que estipula las leyes. Deus ex machina arbitrario, Érebo de los rincones hasta el fondo de los salones, el horror de las cuentas sin fotos de perfil. ¡Tú, Sociedad! ¡Tú, Naturaleza humana! Aquí yacemos en obediencia a tus leyes.
Peyton Manning, corebac de los Broncos de Denver, no podrá escribir un libro ni plantar un árbol, en las manos ya no le cabe más que un balón ovoide. No se tallarán los nombres de los estudiantes fulminados en ninguna roca, pues ni la casa de columnas jónicas soportará su peso. Esquilo no deja de escribir acerca de Orestes y de la violencia. Clitemnestra gime: ─Fue la Moira, la que me indujo a hacerlo. Orestes, inflexible y furioso, recuerda: ─También ahora la Moira dispuso tu muerte.

☞ ¡Quitaos las máscaras! V de Venganza no os salvará.

Guy Fawkes y su Conspiración de la Pólvora nunca pensaron acabar en una fábrica clandestina, en medio de alguna selvática ciudad brasileña, en las que se producen máscaras en serie. Del uno al diez mil en una jornada de 16 horas. La revolución hacker del 2010 prometió no olvidar y no perdonar la incursión del gobierno americano al terreno anónimo de las inter-redes. Sin embargo, los hackers adolescentes nunca se acordarían de la pornografía infantil en el tablero /b/ de 4chan. Un drama satírico. Violencia eterna. No hay espacios para otro pase de anotación más.
Simónides se pasa el dedo índice por el cuello.

Se cierra el telón, apago el televisor. “¡Qué idea tan griega!”, vuelvo a pensar. Simónides de mCeos no juega al futbol americano porque sabe que la memoria es corta.

Consummatum est.

Emoji review: el 🤠 y su correspondencia con el estado de mi espíritu

No sé qué hora es y creo que he perdido la cabeza.

Pero en una nota un poco más, uhm, (cómo decirlo), ABSURDA, ya que en general la vida insiste en demostrarme que nada de lo que pueda tener un poco de decencia es real ni duradero, les traigo un post divertido y buena onda. Todo esto se me ocurrió cuando entre huelgas, chicles en los zapatos, reuniones secretas a horas antinaturales y la serie de “Maniac” en Netflix decidí que la mejor manera de perder la cabeza era poner a todo volumen Be The Cowboy de la poeta laureada, Mitski, y leer disertaciones acerca de si el arte de la Cueva de Palmira obedecía al arte por el arte o a deseos chamánicos. Una cosa llevo a otra y pasé 3 horas pensando en el emoji del vaquero.

Este emoji me ha ayudado a sobrellevar esto con un poco más de gracia, quiero suponer. En los mensajes no me veo tan desesperada cuando digo:

Oigan 🤠 deseo el dulce abrazo de la muerte.

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Todo se torna más suave, más entendible. Esta desesperación no es lo suficientemente seria como para no usar un emoji de manera irónica. Le he tomado cariño al pequeño sujeto, quiero decir, por lo que comencé a fijarme en su cambio de aparencia entre plataforma y plataforma, y por eso aquí les presento la lista definitiva y las calificaciones del emoji de vaquero y mis opiniones científicas y académicas acerca de cada hermosa representación. Si algún cazador del arte, en un futuro muy lejano, llegara a encontrar este post, díganle que esto es arte por el arte (¿o deseos chamánicos?).

Mis referencias son de: https://emojipedia.org/face-with-cowboy-hat/

1. 

apple cb

Por alguna extraña razón, no puedo confiar 100% en este tipo. Sé que es lo que podría llamar “el original” pero el uso de los ojos ovalados y la sonrisa con sólo una fila de dientes me hace creer que de ser esta una persona sería el típico modelo de stock que se ve equis y rubio y tonto, y que algún cibercafé usaría como imagen empresarial. Siento que no se ha ganado su título de vaquero, ¿saben?

Calificación: 5/10

 

2.

cb google

Este dude parece que va directo al Club de los Pequeñines. Este dude no me puede ayudar a representar lo que quiero decir cuando yuxtapongo el sustantivo “muerte” o “aflicción” junto con este emoji. Este es un emoji puro que quiere ir a su primer rodeo. No puedo mancharlo con mi perverso sentido del humor.

Calificación: 6/10

 

3.

cb microsoft

No sé ustedes, pero este vato tiene problemas. Serios. No confío en él. ¿Por qué se tapa los ojos con el sombrero?, ¿por qué con su sombrero intenta mostrarnos su “potente virilidad”?, ¿por qué sonríe como si ocultara algo? No sé, pero me da como vibras de No Country for Old Men. De que, vibras psicópatas. De que, uhm, este dude es de Monterrey y me dijo “pinche naca de provincia” en Twitter, type of thing. De que este dude voto por El Bronco. Culpo directamente a Bill Gates de esta cosa.

Calificación: 0/10

 

4.

cb samsung

A veces quiero defender a Samsung (porque honestamente sus celulares no me han explotado en la mano mientras canto las de Carly Rae Jepsen a todo volumen), pero a veces es difícil y tengo que reconocerlo. Este vaquero les salió idiota. No creo que tenga malas intenciones, pero no creo que sea capaz de reconocer una vaca de un caballo. Me gusta su sombrero, tho.

Calificación: 6/10

 

5.

cb whatsapp

Me cae bien este morro porque es el que me acompaña la mayoría del tiempo. Es como el tipo de vaquero (gay, obviamente) que de repente te hace compañía en alguna feria o baile de rancho cuando estás completamente ebria y devastada cerca de algún cubo de heno, llorando por las oportunidades perdidas. ¿Saben cómo? O sea, este dude me sacaría a bailar el Payaso de Rodeo y no le diría que no. Es buen compa y pone rolas chidas en las fiestas.

Calificación: 9/10

 

6.

cb twitter

Este vaquero es mi mejor amigo. Cuando hablo con él, a un lado del abrevadero, él sabe escuchar. Una vez me regaló una corona de margaritas y yo le prometí que le traería de la ciudad el libro de historias que su abuela le contaba en las noches, cuando no podía dormir. Es el héroe sentimental de mi novela pastoril. Sabe usar su sombrero bidimensional con gracia y entiende mis arrebatos histéricos y subtuits furiosos, que le causan una tonta ternura. ¡Este dude me manda fotos de vacas dormidas y yo le digo que lo amo y él sólo se ríe! Ugh, ¡qué hermoso vaquero!

Calificación: 10/10

 

7.

cb facebook

Este es como el primo menos carismático de mi amigo vaquero de Twitter. Siempre que estoy en Facebook espero que salga, pero aparece este dude, más definido, con un sombrero más grande que su cabeza, pero sonriendo de manera honesta. Es como el recuerdo aguado de alguien a quien amaste con fuerza cuando eras niño. Como dicen los aedos de nuestros tiempos, La Oreja de Van Gogh, este vaquero es “hoy mi premio de consolación”. ¡Qué melancolía!

Calificación: 7/10

 

8.

cb emojione

Not to be a bigot, pero ¿este emoji qué? Sé que es de un código abierto y está disponible para todos en la red, pero honestamente… su sombrero es ridículo y parece más bien recolector de fresas y no un hombre que sabe el arte de domar a un caballo. Es un timo.

Calificación: 3/10

 

9.

cb emojipedoa

Este rip off del emoji de Apple con sombrero gigante me dijo que se llamaba Don Domodin y era dueño del Domodin de Dimsdale, donde presentan a Crash Nebula sobre hielo.

Calificación: 5/10

 

10.

cb emojidex

Miren, no odio a los weaboos, porque de los 13 a los 15 yo también caía en los tramposos encantos de la cultura uwu, pero esto es una ofensa. Siento que este emoji es un morrito de 15 años que está haciendo cosplay de algún personaje de One Piece y simplemente no puedo respetarlo. ¿Las chapitas y la sonrisa enorme y falsa? Miss me with that weaboo shit. Ugh, de verlo me dan ganas de hacerle bullying.

Calificación: 1/10

 

11.

cb htc

Este vaquero pequeñín me recuerda a un compañero del gimnasio que era muy pequeño (un metro cincuenta quizá) que tenía unas largas pestañas, ojos de becerro y los brazos de La Roca en plena flexión. Por ser chino, siento que este emoji es como una versión de Jackie Chan en la de Shangai Noon (¡excelente película por cierto!). Estoy esperando a verlo repartir patadas voladoras y espero muchas cosas de él.

Calificación: 7/10

*

¡Amigues, lectores, testigos! Gracias por haber asistido a mi Ted Talk y los espero con ganas para el próximo Emoji Review y les dejo una rolita de mi mamá Mitski que ayudo a escribir todo esto. Grax.

Letanía en la cual ciertas cosas están tachadas, de Richard Siken

Cada mañana, las hojas de maple.

Cada mañana otro capítulo donde el héroe pasa su peso de un pie al otro. Cada mañana las mismas grandes y pequeñas palabras deletreando deseo, deletreando Estarás siempre solo y luego morirás.

Así que, tal vez, quería darte algo más que un catálogo de actos no-definitivos, algo más que esta desesperación.

Querido Así-y-Así, siento no haber asistido a tu fiesta.

Querido Así-y-Así, siento haber asistido a tu fiesta

y seducirte y haberte dejado magullado y arruinado, pequeña cosa triste.

Quieres una mejor historia. ¿Quién no?

Un bosque, entonces. Árboles preciosos. Y una mujer cantando.

Amor en el agua, amor bajo el agua, amor, amor y así sucesivamente.

Qué dulce mujer. ¡Canta mujer, canta! Y por supuesto, ella despierta al dragón.

El amor siempre despierta al dragón y de repente

llamas por todas partes.

Sé que piensas que soy el dragón, eso sería tan como yo, pero no lo soy. No soy el dragón.

Tampoco soy la princesa. ¿Quién soy yo? Soy sólo un escritor. Escribo cosas. Camino a través de tus sueños y me invento el futuro. Claro, hundo el bote del amor, pero eso viene después. Y sí, trago cristal, pero eso viene después.

Y la parte en la que te empujo al ras de la pared y cada parte de tu cuerpo roza los ladrillos, cállate

estoy llegando a eso.

Durante un tiempo pensé que yo era el dragón. Creo que te puedo decir eso ahora. Y, por un tiempo, pensé que también era la princesa, rosa algodón de azúcar, ahí sentada en mi habitación, en la torre del castillo, joven y hermosa y enamorada y esperándote confiadamente

pero la princesa se mira en el espejo y sólo ve a la princesa, mientras yo estoy aquí, bregando por el barro, respirando fuego y siendo apuñalado hasta la muerte.

Bien, entonces soy el dragón. Vaya cosa.

Tú todavía puedes ser el héroe.

¡Obtienes guantes mágicos! ¡Y un pez que habla! ¡Consigues ojos como linternas! ¿Qué más quieres?

Te cocinaré panqueques, te llevaré a cazar, te hablaré como si realmente estuvieras ahí.

¿Estás ahí, cariño? ¿Me conoces? ¿Está funcionando este micrófono?

Déjame hacerlo bien de una vez por todas, para que conste, déjame prepararte algo de crema y estrellas que se convierta en, te sabes la historia, simplemente el cielo.

Dentro de tu cabeza escuchas un teléfono timbrando y cuando abres los ojos, solamente un claro con un venado dentro. Hola cariño.

Dentro de tu cabeza el ruido del vidrio, el ruido de un accidente automovilístico, mientras los carros dan vueltas y explotan en cámara lenta.

Hola cariño, perdóname por eso.

Perdón por los codos huesudos, perdón por vivir ahí, perdón por la escena al fondo de la escalera y por estropear todo al decirlo en voz alta.

Especialmente eso, pero debí haberlo sabido.

Verás, yo tomo las partes que recuerdo y las coso juntas de vuelta

para crear una criatura que haga lo que digo o que me ame de vuelta.

No estoy muy seguro de por qué lo hago, pero en esta versión tú no te estás dando a comer a un hombre malo

contra un cielo negro salpicado de pequeñas luces.

Me retracto.

Las paredes de madera como ataúdes. Esos términos de las peores profundidades.

Me los llevo.

Aquí está la repetida imagen del amante destruido.

Tachada.

Manos torpes en un cuarto oscuro. Tachadas. Hay algo debajo del entarimado. Tachado. Y aquí está el tabernáculo reconstruido.

Aquí está la parte en donde todos eran felices todo el tiempo y todos estábamos perdonados, a pesar de que no lo mereciéramos.

Dentro de tu cabeza escuchas un teléfono timbrando, y cuando abres los ojos, te estás lavando en el baño de un extraño, de pie en una toalla amarilla, junto a la ventana, sólo a veinte minutos de distancia de la cosa más sucia que conoces.

Todas las habitaciones del castillo excepto esta, dice alguien, y se repente oscuridad, de repente, solamente oscuridad.

En la sala, en el patio destruido,

en la parte trasera del auto mientras las lucen pasan. En el gorgoteo y ruido del baño del aeropuerto, bañados en la luz antinatural de la farmacia, mis manos luciendo extrañas, mi cara extraña, mis pies demasiado lejos.

Y luego el avión, el asiento en la ventanilla frente al ala con una vista del ala y una pequeña bolsa de maníes.

Arribé a la ciudad y nos encontramos en la estación, tú sonriendo de una forma que me asustaba. Al fondo del callejón, a la vuelta de la sala de juegos, subiendo las escaleras del edificio, al pequeño cuarto de los grifos rotos, tus dibujos, todas tus cosas,

miré fuera por la ventana y dije

Esto no es muy distinto a casa

porque no lo era

pero entonces noté el cielo negro y todas esas luces.

Caminamos por la casa hacia el tren elevado.

Todos esos edificios, todo ese vidrio y el brillante y hermoso aire mecánico.

Estábamos dentro del vagón y comencé a llorar. Tú también estabas llorando, sonriendo y llorando de una forma que me ponía más histérico. Me dijiste que podía tener todo lo que quisiera, pero no pude decirlo en voz alta.

De hecho, dijiste El amor, para ti, es más grande que el típico amor romántico. Es como una religión. Es aterrador. Nadie querrá dormirse contigo nunca.

Muy bien, si eres tan grandioso, tú hazlo

aquí está el lápiz, hazlo funcionar.

Si la ventana está a tu derecha, estás en tu propia cama. Si la ventana está sobre tu corazón, y está cerrada a cal y canto, entonces estamos respirando agua de río.

Constrúyeme una ciudad y llámala Jerusalén. Constrúyeme otra y llámala Jerusalén.

Hemos venido de Jerusalén, donde no encontramos lo que buscábamos, así que hazlo de nuevo, dame otra versión

un cuarto diferente, otro pasillo, la cocina pintada una y otra vez

otro plato de sopa.

La historia completa del deseo humano tarda aproximadamente setenta minutos en contarse.

Desafortunadamente, no tenemos ese tiempo.

Olvídate del dragón, deja el arma en la mesa, esto no tiene nada que ver con la felicidad.

Adelantémonos al momento de la epifanía, en luz dorada, mientras la cámara se desliza a donde está la acción,

junto al lago y retroiluminada, y enfoca, lo suficientemente cerca para observar los aros azules de mis ojos mientras digo algo horrible.

Nunca me gustó ese final tampoco. Más amor que fluye hacia el camino equivocado, y yo no quiero ser el tipo de persona que dice el camino equivocado.

Pero no funcionan, esas tachaduras, ese constante replegamiento de los pliegues.

Hubo partes buenas, claro,

todo dulces de limón y bolas de melón, riendo en pijamas de seda

y los granos de azúcar en las tostadas, amor amor o lo que sea, toma un número. Siento tanto que sea una historia tan mala.

Querido Perdón, sabes que hace poco tuvimos dificultades y hay muchas cosas que quiero preguntarte.

Lo intenté en aquella ocasión, en la preparatoria, en el segundo almuerzo, y de nuevo, años después, en la piscina clorada.

Te sigo hablando acerca del auxilio. Todavía no poseo esos lujos.

Te he dicho de donde he venido, así que ponlo todo junto.

Nos aferramos a nuestros vientres y rodamos por el piso…

Decir esto debería significar risa, no veneno.

Quiero más puré de manzana. Quiero más asientos reservados para los héroes.

Querido Perdón, te guardé un plato.

Deja de trabajar en el patio y entra a comer.

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Poema que traduje en 2015 para Letras, y ahora traigo a la vista de nuevo porque Pablo y Arely descubrieron a Siken hace poco. Suframos todos juntos.

La consistencia de las oficinas a deshoras: un ejercicio en la futilidad

Abrí los ojos a las 5 de la mañana, creyendo que eran las 7 y luego, al intentar dormirme de nuevo, no pude creer que la alarma sonará las 2 horas después en la que debía, porque yo acababa de cerrar los ojos, pensando “si sonara la alarma ahora mismo, quedaría como idiota”. Quedé como una idiota, pero de todos modos hice el esfuerzo de levantarme e irme a mi (oh dioses) nuevo empleo.

De saber cómo soy, de saber la retahíla de tonterías que pienso de cada casual conversación, o del sonido de los tacones y zapatos que suben escaleras con prisas, estoy casi segura de que la persona que me extendió mi nombramiento (un desconocido amable pero indiferente, de esos que abundan ahí) me lo hubiera arrebatado de las manos y me mandaría hacia los soldados que en la entrada canjean armas por juguetes y nuevos billetes de Benito Juárez. “Llévensela lejos, donde nadie la encuentre”. Me imagino pequeñísima en el horizonte, arrastrada por un pelotón. Me imagino los disparos al unísono, a lo lejos. Escapismo, le dicen.

Hago un esfuerzo monumental: quiero huir, pero no lo hago. Quiero pararme de este nuevo escritorio y de este nuevo asiento y alejarme, pero no lo hago. No me malinterpreten: agradezco muchísimo tener un trabajo y poder tener un medio para continuar acrecentando mi colección de sombras para los ojos. O sea, que si pudiera evitarlo, lo haría, pero ¿quién no lo haría? Pienso que esa vida de bohemios intelectuales que tanto añoraba a los 13 años no es precisamente una vida barata. Por algo LORD FUCKING BYRON, en su calidad de noble descarado, es el bohemio por excelencia. Pero YO estoy atada a esa simple vida de pequeño consumista capitalista que no ha hallado la fórmula para esquivar el gloriado trabajo burgués. ¡Ah, la burocracia! ¿Qué acaso mi trabajo no es el sueño de todo medioclasero del siglo XVIII?

Vuelvo los pasos hacia la cordura. Esto se llama Ansiedad. Una condición que me es familiar en estos contextos de absoluta alienación. No sé qué hago aquí, no sé cuál es mi tarea, nadie sabe nada más que lo suficiente para hacer funcionar la gran maquinaria que habita este edificio. Nadie me conoce y yo no los reconozco de vuelta. Tiemblo de terror. Si estuviera en una obra de teatro, y mi función fuera la de hacer preguntas (como un coro a la compostura), diría en voz alta: SEÑORES, DE QUÉ DEMONIOS SE TRATA ESTO. He bromeado lo suficiente acerca de como las oficinas gubernamentales funcionan sostenidas en un palito de paleta y un clip como para saber que realmente no es una broma. Como ese truco de las sillas en el que cuatro personas se acuestan en las piernas de los otros, y una a una van quitando una silla, hasta formar un cuadrado que se sostiene en el aire. Si levanto el fondo de esta oficina, presiento, veré detrás un público, personal de luces, un director, una orquesta completa, todos mirándome de vuelta, como diciendo que vuelva a lo mío. El Truman Show Godín.

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Estoy en mi escritorio, perforando hojas que deben ir en un cartapasio verde y rígido. Me tomo mi tiempo, alineando la hoja A4 para que en la carpeta no se vean fuera de lugar. Está lloviendo y nadie dice mucho. Se escucha el “chac, chac” de la hoja que se corta. Acomodo los memos de viejos a nuevos, primero enero 2018 y hasta el final agosto 2018. Membreto la carpeta, agregó la información adecuada a transparencia, guardo el cartapasio en un librero detrás de mi y vuelvo a sentarme a mi escritorio, pensando en cuál será la forma más rápida de acabar con mi vida ahora que ya no tiene sentido mi presencia en aquel lugar. Veo el reloj de la computadora: 8:34 am. Me quedan otras 7 horas de silencio e inutilidad. Chac, chac.

Me regaño a mí misma. “A la próxima, tómate 8 horas en hacer esto”.

¿Se acuerdan de mi Métrica Jane Austen para catalogar a mis jefes y/o situación laboral?

Bueno, pues ahora me encuentro en una danza sin sentido entre jefes, directores y secretarios que poca intención tienen de mandarme, torturarme o tomarme como su pequeña mascota, por lo que no podría hablar libremente de su relación conmigo. Al parecer, aquí yo soy dueña de mi tiempo y yo debo administrarlo como crea conveniente. No me queda de otra más que autocatalogarme y escojo al personaje austiniano que mejor me define: la crédula Catherine Morland, y este lugar es La Abadía de Northanger y yo estoy esperando encontrar trabajo riguroso, esfuerzos concienzudos y metas gloriosas, pero sólo hallo un teclado que no sirve, Windows XP, Mozilla y un garrafón que no surte agua caliente. Busco refugio en los baños, pero sólo encuentro olor a hospital abarrotado de enfermos. Salgo al patio, que huele a humo de cigarro. Atravieso el puente y del otro lado me saludan los techos de casas a las que nunca entraré, cuyos habitantes nunca conoceré.

Catherine buscaba en el Bath de la Regencia terrores, desmayos y fantasmas como en los Misterios de Udolfo. Quizá yo buscaba ese furor casi religioso de las oficinas japonesas (me enchinaba de la emoción al pensar en Estupor y temblores de Amélie Nothomb: ¡ah, las delicias del terrorismo godín!). Pero la cuarta transformación no ha llegado en este cubículo de mazmorra y debo someterme al chac, chac de la hoja bond que se perfora, al tac, tac de la plataforma llenada, al sigh y yawn intermitentes.

Me queda la salida de Amélie: defenestrarme en la primera oportunidad.

Para mi suerte, este edificio no tiene ventanas.

Nadie me toca con impunidad

Los resultados de ADN de la menor encontrada sin vida la tarde de ayer lunes en un predio de la privada Villa de las Flores, en Guadalupe, finalmente confirmaron que se trata de la niña Sanjuana, desaparecida en la colonia Gavilanes desde el viernes 20 de julio, cuyo caso será investigado como feminicidio.

*

Hay flores que cortan cuando las tocas.

*

Mary, reina de los escoceses, se viste de color marrón para a su ejecución. Es el color de los mártires. La desvisten, la arrodillan en una plataforma de madera, y murmura antes de ser ejecutada: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum.

Del incidente de la liga de la Condesa Joan de Kent (que en su condición de listón resbaló por el noble y rollizo muslo y cayó en el piso real a la vista de todos) y de la frase Honi siot qui mal y pense (que proclamó el ilustre Enrique III, mientras se ataba el furtivo listón en su propia pierna) se han escrito innumerables páginas. No es poco: la antiquísima y muy importante Orden de la Jarretera se funda sobre esta leyenda. Sir Gawain y el caballero verde y Tirant lo Blanc hacen uso del lema para avanzar sus tramas caballerescas: este es el ideal. Servir a la Bella Dama™, a la corona inglesa y a Dios. Practicantes de rituales absurdos (¿no todos los rituales, al final del día, son absurdos?) que preferían gloriarse en la xenofobia que en el desdén al género femenino, cuyo mérito se reduce en la musa medieval de cabellos largos y rubios, de voces suaves, encerradas en lo alto de una torre, esperando a que Lancelot irrumpa por la noche y les enseñe lo que es el Verdadero Amor.

Pero el lema llama la atención: “Que la vergüenza caiga sobre aquel que piense mal de ello” es su traducción del francés antiguo (o la mala transcripción de Martorell: Castigado sea quien piense mal de esto). Se huele la desesperación de las casas reinantes europeas del siglo XIV: mi derecho de estar aquí y de reclamar tus tierras es divino. La vergüenza (o el castigo) caerá sobre ti. Y, porque era mi 1300 y las cosas funcionaban así, la vergüenza solía caer sobre ti.

¿Pero a quién le importa la vergüenza alla Guerra de los Cien años en el siglo de Snapchat? Las guerras aquí duran 10 segundos antes de que sean sustituidas por otra guerra, más crucial, más fresca, hasta que la próxima aparezca. Kim Jong-Un y Trump han destruido la Tierra y a todos sus habitantes una docena de veces y seguimos aquí, ecuánimes, a la espera del Apocalipsis que nos eliminará para siempre.

Las guerras que se gestan, en realidad, son inmateriales. Nunca parecen estar presentes. Los enemigos son invisibles, no tienen piernas con listones y no portan espadas de renombre. Los enemigos son sombras a la vuelta de la esquina, que se alargan a cada farola naranja; sombras frías, familiares, inesperadas.

Y es que ¿a quién puede interesarle el concepto de la justa venganza cuando las muertes se apilan una sobre otra sin descanso? ¿Quién puede ocuparse de resarcir honores cuando las cabezas ruedan como un desfiladero desgajándose por la lluvia?

Juana de Kent no tuvo que preocuparse por su cuello. Sus bellas manos galesas se preocuparon solamente en estar bien colocadas sobre su regazo. Yo, sin tanta suerte, las tengo que colocar en el teclado, como me enseñaron en mecanografía, en aras de salvarme mi propio pellejo. Otras tantas, las tienen que juntar palma con palma y tienen que rezar por su vida, rogar por un momento más, rogar por ver el día siguiente, porque no les cercenen la carne y las dejen, en pedazos irreconocibles, entre matorrales de cardos, entre las aguas sucias de una ciudad que ya no escucha un grito entre el fragor incesante de la batalla por la supervivencia.

A María de Escocia, legítima reina de Escocia, la entregaron los hombres que ansiaban un pedazo del trono que poseía Isabel de Inglaterra,. La trasladaron de castillo a castillo, de trama en trama, como una pluma de ganso o un fino mueble (el baldaquino que la acompañaría en sus lujosa celda, que tenía grabado “En mi final está mi principio”) y ella, sin poder hacer mucho a pesar del poder que representaba, se dejaba hilar, se dejaba encerrar en jaulas de oro. Sin esposo, sin hijos, sin aliados, fue enjuiciada por traición y por conspirar en la muerte de la reina que ella no reconocía, a la que 20 años antes le había pedido ayuda para manterner la cabeza sobre los hombros. Cuando le dijeron que ese era el precio del crimen cometido, ella les dijo a sus jueces: Look to your consciences and remember that the theatre of the whole world is wider than the kingdom of England. 

El teatro del mundo (la sonrisa y el puchero) es mucho más ancho que esta ciudad de límites indefenidos.

*

Un cardo, pese a su visible fragilidad, deja su huella en la mano intransigente que se atreve a tocarlo. Se prende de la piel de la palma, se hunde en carne. Nemo me impune lacessit.

*

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Pienso en la inmensidad de su nombre, que me golpea como un gancho certero en el centro del estómago. Santa ella. Una niña. Como Juana de Arco, que murió en las llamas provocadas por los que la llamaron hereje y mujer que gritaba alto y niña que escuchaba a Dios en su cabeza y no de los labios de los hombros que seguramente sabían más que ella. Pienso en mi gata, que se llama Juana también, pequeñita, que no hace mella en el mundo a su alrededor. Pienso en todas las santas, en todas las gatas, en todas las niñas que se miran las rodillas raspadas de tanto caerse cuando juegan, pero que insisten en salir una vez más, para volver a levantarse, a pesar de las costras y de las regañinas de mamá.

Pienso en las sombras anónimas, que no figuran en las páginas de Historias del Mundo. No son condes ni cardenales de apellido centenario. No hay complots, no hay diplomacia, ni reinos enteros que se disputan el Oro de las Indias.

Es una niña, vestida de lila. San Juana.

Es una niña, de camino a la escuela. Cinthia.

Es una niña, junto a su madre, Anita.

Se nos desdibuja frente a los ojos la realidad que hace posible que ellas, tan pequeñas, que no dejan mella por donde andan, desaparezcan de manera tan brutal y tengamos que buscarlas entre los cardos salvajes de los lotes sin habitar, para encontrarlas mutiladas, manchadas por las manos de los cobardes sin rostro.

¿Es el asesinato de niñas impune?

¿Se les puede tocar sin castigo?

*

De acuerdo con la leyenda, el lema Nemo me impune lacessit se refería inicialmente a la flor del cardo, símbolo de Escocia: durante un ataque sorpresa de los daneses, uno de los invasores pisó un cardo y gritó adolorido, alertando así a los defensores de su presencia. Luego del funesto episodio de María de Escocia, la gente común usaría el “¿Quien se atreve a meterse conmigo?” y el “Nadie puede meterse conmigo sin venganza”.

De esto, se crearía la Orden del Cardo, que a diferencia de su homóloga inglesa no se identifica por las preservación de la dignidad de una dama de muslos blancos si no por la mordida vengativa de una flor que hace gritar hasta el más avezado de los soldados.

Nadie me toca con impunidad.

*

San Juana, tu nombre no será olvidado.

*

Y en Inglaterra, la cabeza de la reina de los escoceces rodó de la manos del verdugo. Su cuerpo y su ropa carmesí fue incinerada en la chimenea del Gran Salón, frente a la docena de cortesanos que presenciaron la ejecución. De ella quedan pinturas que se exhiben en museos y efigies en iglesias,  para recordar a María I de Escocia como la mártir heroíca de una tragedia patética.

*

San Juana, tu nombre no será olvidado, aunque querramos.

Nadie te toca con impunidad.

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De: TooDrunk TooFuck In en Facebook. Gracias por permitirme usar su imagen.

 

 

Los sorprendentes resultados: acerca de la memoria

Diana y yo íbamos de camino a Guanajuato, para visitar a Karen que estaba participando en el Verano de la Ciencia en Irapuato. Me tomé la libertad de usar un cheque de mi beca (lo siento mucho, dioses de las becas) y partimos temprano hacia la capital, para luego de ahí irnos a Irapuato. Nunca habíamos viajado solas y juntas. Teníamos listas nuestros playlists para los viajes en camión. Diana tenía descargados varios podcasts de RadioLab. Escuchamos uno del proceso creativo de un músico, otro acerca del autismo y uno sobre la memoria. Éste último hablaba sobre el Alzheimer y sobre un compositor que al intentar remasterizar un antiguo casette descubrió que, poco a poco, ésta se desintegraba. Pitchfork lo explica de mejor manera:

En un estado saludable, la cinta analógica es de marrón pálido, que es el color de la grabación de audio magnético que contiene. En 2001, William Basinski, buscando digitalizar una colección de antiguas cintas que había creado con música easy-listening, descubrió que la cinta comenzaba a flaquear un poco mientras la tocaba, como si se pelará la pintura. Al tocar los bucles repetidamente, estos comenzaron a perder su composición hasta que la cinta se desintegró. Lo que comienza como un fragmento de una trompeta, eventualmente se degrada en una pálida imitación, como si hubiera producido una composición y luego, inmediatamente después, se tocara su memoria desvanecida.

The Disintegration Loops son inmensamente largos (la primera de sus cuatro partes dura más de una hora), que están compuestos de fragmentos repetidos a veces tan cortos como cinco o 10 segundos. En el transcurso de ese gigantesco tiempo de ejecución, escuchas que la pieza se derrumba, literalmente. “Estoy grabando la vida y la muerte de una melodía”, dijo Basinski en una entrevista de Radiolab en 2011. “Simplemente me hizo pensar en los seres humanos, ya sabes, y en cómo morimos”. Los misterios de la vida y la muerte son quizás una pregunta demasiado grande para ser contestada por el dron de cinta, y Basinski no lo intenta. Su pieza es bella y triste, temporal e infinita; sus cambios son imperceptibles, pero siempre presentes. Suena como el viento, como el cuerno de un barco que se escucha en la distancia cuando se pierde en el mar, de camino a rescatarte o a pasarte. (Seguir leyendo aquí).

Recuerdo de vez en cuando la sensación que nos produjo enterarnos de eso. Fue una confrontación muy clara con la temporalidad de las cosas; como tener frente a nosotras La Respuesta y no poderla verla de frente, porque (como se nos había advertido) es una visión aterradora. Nacemos para morir y cada día que vivimos, olvidamos algo. Damos círculos en nuestra pequeña esfera de significados, y esta poco a poco se desgasta. Llegamos al final de esta, no porque cerremos una figura geométrica de perfecta simetría. Simplemente paramos, como una canción que se interrumpe un segundo antes de terminar.

Varios músicos tomaron esa misma idea (la de la memoria que persiste a pesar del tiempo, pero que finalmente sucumbe ante la nada) y un puñado de artistas publican sus mixes bajo el subgénero del ambiente que alguien nombró “hauntology”.

Creánlo o no, es algo que me pasa al ver mi perfil de Instagram.

Puedo ver una línea muy clara, que muta constantemente, entre las cosas que reconozco como cercanas, mías todavía, y entre las que ya no me pertenecen del todo, porque ya pasaron a formar parte de un orden diferente. Ahora mismo, si abro la aplicación, las cosas comienzan a difuminarse antes de Italia. Parece tanto tiempo, a pesar de que sólo han pasado 6 meses, y al ver mi cara, no me reconozco del todo (eh, que todo eso del copete Copérnico fue un error, producto de mi triste corazón).

No he borrado mis cuentas pasadas de Instagram. La primera (Quintaesencias) guarda mi cara del 2014. La segunda (hagiografia) contiene mi cara del 2015. La tercera (janegayre), del 2016. Y la de ahora (sputnik.an, la que más ha durado), mis caras del 2017 y toda esta mitad del 2018. Abro esas cuantas de vez en cuando, y casi puedo sentir olores o sabores increíblemente específicos. Abro hagiografia, por ejemplo, y una foto que tengo de cuando estaba escribiendo Orquídea de supermercado. Recuerdo vívidamente el olor de la lluvia (Facebook hace poco me recordó que publiqué en mayo, casi asustada: “¿No creen que no ha dejado de llover?”) y la sensación de darle la espalda a la puerta de mi cuarto, porque acababa de acomodar un escritorio, que nadie usaba, entre mi cama y mis libros.

No recuerdo, sin embargo, nada de esos flashazos significativos que nos electrizan cuando salimos del baño y que decimos, iluminados: “¡He aquí la más absoluta de las verdades!”. Sé que las tuve. Sé que todas esas pequeñas experiencias que documenté en Instagram desde el 2014 forman parte integral de lo que yo, a mediados del 2018, intento dilucidar.

En secundaria, mi mamá me compró un perfume Anaïs-Anaïs. Por la misma fecha, mi papá me compró un disco de éxitos de Los Beatles. Entre fragancia y canciones, una quedó mezclada con la otra. Ahora, cada vez que escucho Anna (Go To Him) o Chains, recuerdo el olor a las miles de flores que evoca el aroma. Me pasa lo mismo con las canciones de Air de Las Vírgenes Suicidas y el helado de queso, o el soundtrack del juego de PC de Harry Potter y la Cámara Secreta y la luz del atardecer que se filtra por las ventanas de mi casa, cuando estoy sola.

La relatividad de nuestra memoria se vuelve patente en momentos de crisis. Vivimos cada segundo con intensidad y sobrevivimos el ojo del huracán sólo para no recordarlo justo en el segundo en que salimos de éste. En cambio, recordamos con absoluta claridad momentos aleatorios, como la vez que decidimos que, de andar por una banqueta, jamás pisaríamos la línea amarilla, y que seguimos repitiendo, como obedeciendo una ley punible, a pesar de que no tienen ningún sentido. O el aroma de las flores que nuestra maestra en primaria puso el Día del Maestro o cómo nos sentimos de avergonzados cuando alguien nos descubrió en nuestra mentira blanca del día.

El hecho de que no soy más que memoria (como también hace patente la película 50 First Days) me atormenta más de lo que me concilia. Sobre todo porque me jactó de tener la peor memoria. Quizá, por esa razón, decidí abandonar la tediosa costumbre que tenía de cerrar todas mis redes sociales cada año, como en una especie de purificación azteca, intentando renovarme, salir de la cáscara, ver escamas nuevas, contemplar el vacío que he dejado detrás y andar sobre de él, imaginando esta u otra cosa, sin querer asimilar nunca la verdad. No es una forma honesta de vivir. Es escoger entre pedregullos o montañas. ¿Quién puede decir que una u otra cosa es más importante?

Escribí en uno de mis diarios, hace mucho:

Pensé: Qué hermoso es ser así como él. Crear experiencias significativas a cada paso. Caminar y plantar bien los pies. Dejar marca. Qué hermoso recordar fechas y rostros y el movimiento exacto de los labios de las personas cuando pronunciaron algo digno de citar. ¡Cuánto he aprendido de él! Ya no vivo en la vaguedad de la niebla matutina. Tengo un nombre y un pasado. Recojo con las manos las pepitas de oro que antes me negaba a tomar, excusando que en el camino hay que ir lo más ligero posible. Qué hermoso ir cargado de deliciosas cargas. Qué hermoso es estar presente.

Pensé en cómo lo hacía yo, sin embargo. No dejo marca, pensé. No es lo que hago. Camino ligera y me esfuerzo en no salir en las fotos. No quiero que nadie saque un álbum y me señale la cara mal enfocada y diga: “Mira, qué recuerdos”. No sé que hice hace dos años en el día de las madres. No sé que dicen las personas cuando abren las bocas. Todo se disuelve perfectamente como una nube en junio. Tengo tantos nombres y muchos futuros posibles. No recojo pepitas: tamizo con esfuerzo lo que me presenta el camino y dejo colar lo que no tiene un tamaño considerable. Me interesan las montañas porque no las puedo perder y porque, en realidad, no me pertenecen del todo. Son parte de algo más grande, de un orden superior.

Son dos maneras de enfrentarse al mundo: él recoge tantas cosas brillantes a lo largo de su tránsito y las guarda con esmero. Se hace pesado en ocasiones. Hay veces en que tiene que detenerse para darse un respiro. Le duele la cantidad de cosas que pueden existir. Yo, por otro lado, me esmero en no tener nada más que aquello que transforma geografías. Los accidentes topográficos de tal envergadura no aparecen todo el tiempo: mi destino es el de estar sola en el valle que resulta de aquel desplazamiento tectónico. Aprendimos de esto, queramos o no. Aprendimos a ser felices con nuestros recursos.

Me encuentro feliz de mis decisiones. De recrearme cada que abro el Instagram y me pregunto, con absoluta curiosidad: ¿Pero quién diablos es esa persona? y de luego encontrar, en los pequeños detalles, las razones de porqué estoy en donde estoy. Como diría Jenny Holzer “Vivimos los sorprendentes resultados de viejos planes”. Y así, y así, hasta que dejemos de sonar.

you live the surprise results of old plans

De las carreteras temprano en la mañana

Sin planearlo, me he encontrado en el asiento del copiloto durante estos meses. No es un lugar en el que yo haya imaginado ser presa de importantes disquisiciones. La más importante de estas es: ¿por qué no he aprendido a manejar? El asunto es que sí sé, pero comodina como soy, prefiero ir en el asiento de copiloto, y dedicarme a pensar. O como la canción de Courtney Barnett: A veces sentarme y pensar, y a veces sólo sentarme.

Aunque no todos mis viajes han sido como copiloto. He viajado todo el mes a lo ancho y lo largo del estado, desde mediados de mayo, para concretar y realizar debates. Para eso me contrataron en el Instituto Electoral. Una vez concluido mi contrato, analizo, deberé buscar las formas de seguir viajando, pues a pesar de la extenuación propia del cuerpo que pasa seis horas en el espacio reducido del asiento de un Express, le he tomado gusto.

El 22 de mayo escribí en mis notas del celular:

¿Extraña el cerro partido la ausencia de la roca? ¿De sí misma? El camino en carretera sólo es soportable porque sabemos que continúa. ¿Quién tiene la valentía de abrirse paso en el camino no explorado?

Hay un tramo peculiar de camino a Río Grande que me hizo escribir esto. Subes una colina, después de Fresnillo y se puede notar, kilómetros atrás, la precisión matemática con la que se cercenó el  cerro para hacer la pendiente menos pronunciada. Andamos 100 kilómetros al día, del punto A al  punto B, y me atenaza la ansiedad al imaginarme a una sola persona, apisonando la tierra roja para hacer la carretera. La incomodidad se disipa cuando vamos hacia Jalpa o a Monte Escobedo y me sorprende, como un codazo en las costillas, lo impresionante que es la sierra lejana y la hondonada reverdecida.

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Este último mes viajamos a distintos municipios para concretar debates entre candidatos. Cuando me dijeron que íbamos a Juan Aldama, yo tuve que checar un par de veces el mapa de Zacatecas porque no tenía la menor idea de si teníamos que “subir” o “bajar”. Lo mismo me pasó con Villa de Cos, Valparaíso y Jalpa. “¿Está en la patita?”, preguntaba confundida. “¿O tenemos que ir para la cabeza?”. Estado en forma de anciano que anda. Hoy me doy cuenta de que no tengo la menor idea de en qué lugar vivo.

Desde el carro, me siento presa de una culpabilidad que quiero reconocer lo más pronto posible. Les digo a todos: “No puedo creer que yo pensaba que Zacatecas era feo con ganas”. Lo mismo decía visitando las cabeceras municipales. O comiendo al alguna marisquería, sorprendida y molesta ante mi propio esnobismo. ¡Cómo si la belleza se concentrara únicamente en las capitales administrativas!

Para viajar en carretera, la hora ideal es temprano en la mañana cuando el sol no ha salido por completo y los cerros siguen humedecidos por el rocío. Yo salía de mi casa a las 7 de la mañana y a las ocho ya estábamos en Jerez o en Fresnillo, mirando la señalética verde bandera, preguntándonos en cuánto tiempo llegaríamos a tal o tal lugar, planeando qué comer y a qué hora, apostando en que si habría letras coloridas en la plaza principal, deletreando el nombre del lugar.

A veces, consideré seriamente lo de ahorrar mi dinero en un futuro no muy lejano, vender mi hipotética casa y mi hipotético carro y comprar un terrero en alguna esquina perdida. Tener una docena de vacas, plantar chile, vivir sin cable, sin internet; levantarme con las primeras luces de sol y sólo viajar al pueblo más cercano ṕara lo indispensable.  Todas esas cosas que piensas solamente, como posibilidades reales y tangibles, cuando estás a 2 horas de camino de tu destino. ¿Qué tiene de malo dejarlo todo, te dices cuando miras a la distancia, y cavar un hoyo en medio del campo agreste, el que no ha sido usado para la agricultura o la ganadería? Imagino cómo escabullirme del trabajo. Fingir que tengo que ir al baño y salirme del Consejo Municipal Electoral y correr un par de horas, hasta que deje de ver casas y luces, encontrar un hueco entre una piedra y un matorral, y enterrarme ahí, como un topo.

Todas esas ideas se disipan cuando llego en la noche a mi casa, a mi cama, y recuerdo todos mis planes, todas las cosas que quiero escribir y todos los lugares que quiero habitar (entre los que se encuentra, claro, el hoyo en la tierra) y vuelvo a pensar con deleite en los caminos que he recorrido y que quiero recorrer.

Junto con estos viajes, descubrí a Niña Tormenta y se volvió el soundtrack indiscutible de los cerros zacatecanos. Vayan y escúchenla.