❈ ¿Cómo dices que te llamas? ❈

A los 11 años yo era todo menos yo.

Me acuerdo mucho de El Caballero Inexistente, de Italo Calvino, específicamente de Gurdulú, el vagabundo y loco del pueblo que se cree que es todo con lo que interactúa. Si ve un árbol, un árbol será, si ve un cuenco de agua, o un perro, o una lanza presta a atacar, también. Nunca vacío, siempre henchido de significado.

Entre cuarto de primaria y segundo de secundaria, yo era un Gurdulú de experta manufactura. No había más que ponerme el libro o la serie o la película enfrente para yo mimetizarme con aquel producto creativo. Incluso con conceptos abstractos que no comprendía completamente: el corazón rodeado de espinas del Sagrado Corazón, el color naranja, la liminalidad de los aeropuertos vacíos. Ya saben: esa sensación confusa pero certera de que algún engranaje en ti –grande o pequeño– cambió para siempre.

A los 11 años, también, yo ya era una experta en el teclado QWERTY y era de las pocas en mi salón de clases con un correo electrónico funcional. El mío: scabbers. Compuesto de mis iniciales SCAB y mi amor intenso y profundo por Harry Potter, así que Scabbers, a pesar de que fuer el nombre de la rata-animago-mortífago de Peter Pettigrew. En el momento decisivo de escoger mi nombre en la antíquisima página de hotmail, mi madurez triunfó: yo sé que pude escoger algo más ~quirky~ como “sara_lovegood” “jkrmidiosa”, pero sabía que parece aquel remoto 2003 nadie tenía scabbers como nombre de mail y me apropié de ese nombre.

Lo primero que hice con ese correo fue integrarme como miembro activo a HarryLatino. Por aquel tiempo, mi mamá y yo pasábamos horas en la computadora viendo la página de JKRowling.com, que en aquel entonces era una experiencia maravillosa: la página principal era el escritorio desordenado de Jotacá con diversos objetos interactivos: una goma, la pluma, una liga para el cabello, una envoltura de chicle de menta. Podía acceder a su biblioteca, a la zona de noticias, al pizarrón de corcho (en el que había un radio que tocaba canciones de Las Brujas de Macbeth) y un pasillo con una puerta y un espejo al fondo, en el que en ocasiones especiales, Jotacá posteaba noticias de los libros. Si esperabas 10 minutos en la página, Peeves volaba todo del escritorio y podías encontrar dibujos antaños de Dean Thomas o Hagrid. ¡Dios! Aquella página era pura magia.

Para ese tiempo mi mamá también me presentó el primer fic que leí en mi vida. Una historia de 7 cuartillas de una muchacha que conoce a Snape en el tren a Hogwarts. Mi mamá me dijo: Podrías escribir tu propia historia. Yo, asustada, pensé que no podía mancillar el trabajo de mi heroína personas. Más tarde, demasiado envalentonada, decidí escribir el primer capítulo de La Orden del Fénix (que empezaba con que Cho Chang le mandaba una carta a Harry y él no la leía y los Dursley se iban a un concurso de pays y Sirius recogía a Harry para llevárselo a la Madriguera). Sólo puedo decir que 1) gracias a Dios que eso desapareció del universo y 2) ¿por qué siempre quiero escribir un montón?

 

 

Lo que pasó primero es que en HarryLatino descubrí Potterfic, el foro y el chat de rol. Estos espacios fueron esenciales en mi crecimiento y lo digo sin exagerar. En Potterfic descubrí desde estructura literaria y suspenso ficcional hasta partes del cuerpo y su extraño funcionamiento. En el foro descubrí la gastritis inducida por el estrés ante los spoilers. En el chat de rol, por otra parte, aprendí a escribir sin ver el teclado y la esencia más profunda de mí misma. En aquel entonces, el chat de rol de HL era una pantalla verde con todos los esenciales: una columna donde podías ver quién o quién no estaba en el chat, el recuadro de las conversaciones, y el cuadro de texto en el que escribías y donde también había emoticones simples.

Para los menos enterados, me revelo: el chat de rol, como su nombre lo dice, es tomar un rol de tal o tal obra creativa y jugar con otros a que estamos en aquel mundo. En HL, normalmente, todos íbamos a Hogwarts y éramos estudiantes. Así que entrabas al chat e iniciabas la conversación con algo como:

tunombreñoño: *salgo del castillo y me siento abajo de un árbol* ugh estoy aburrida
elnombreñoñodeotrotip@: *llego con tunombreñoño y me siento a su lado* hey hola quieres ir a cazar ardillas mutantes al bosque prohibido?
tunombreñoño: *me paro y saco mi varita* vamos!! 🙂

Juro que era súper divertido.

Inocente yo, entré bajo el nombre de scabbers sólo para descubrir que los populares (y muy españoles) “hermione_granger” y “potter17” se burlaban de mí por haber escogido tan ridículo nombre. Me salí del chat y volví bajo el elegante nombre de katrina_black y la gente comenzó a respetarme un poco más, hasta que en una de nuestras usuales peleas de rol alguien me llamó “¡letrina black!” y yo, a mis inocentes 12 años, volví a salir del chat, busqué el significado de letrina y regresé, furiosa, en forma de un ominoso “.” y pasé días enteros aterrorizando a mis congéneres, que llamaban a aquel ataque “La Ira del Puntito”. Cambié mi nombre después por Lillian_Catweller, en miras de crear un personaje original, pero tampoco fue bien recibido.

Mi primera crisis de nombre comenzó ahí: si no era una rata, o miembro de la familia Black o incluso una bruja de cabello rojo y naranja (según los dibujos que Karen hacía en las partes traseras de nuestros cuadernos de secundaria), si ni siquiera era un puntito, entonces, ¿quién era yo?

Fue potter17 o king0weasley me mostaron la amplia puerta del MSN (cuando platicaba con hermione_granger y se despedían diciendo: eh, a la misma hora en msn tío?) y logré que mis amigos niña_oscura y uriel-el-mago me agregaran y pasáramos del lúdico chat a las amistades a distancia en línea, con todo y zumbidos.

A lo que voy es que fue en esa preciosa época, en aquellos neblinosos años del AOL en disco e Internet que obstruía las llamadas vespertinas entre tías, en la que yo comencé mi ardua tarea de saber cómo diablos llamarme en la web. Y me refiero a un NOMBRE. Eterno y poderoso. Como el que escogían las monjitas ade mi escuela, con el que sacralizaban el resto de sus vidas.

Mi nombre, Sara Andrade, estaba fuera de cuestión. ¿Quién diablos va y se hunde en las aguas profundas del internet para quedarse con lo que el acta de nacimiento dicta? Yo no.

Luego del intento fallido de scabbers, me decanté por la otra de mis grandes pasiones: la literatura. Luego de Harry Potter, leí a Chaucer y a María de Francia como si fuera muy sencillo Recuerdo haber sido, por un par de meses, “excalibur” y “ginebra12”. Recuerdo también haber leído un libro de Hechizos y pociones con Karen. En secundaria, impelidas por nuestra obsesión, intentábamos todos los métodos para ser mágicas: en nuestra iniciación wicca, ella y yo escogimos nuestros nombres. El mío fue Minerva. La efervescencia duró un par de semanas.

Luego, entrando a la prepa, recogí los libros que mi abuela, oh, gran sabia de la lectura, tiraba porque no le habían gustado o le habían parecido una perdida de tiempo. Tomé Al oeste del sol, al sur de la frontera y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Murakami. Yo, caí rendida. Mi abuela, inmutable, me ofreció su reseña: “Están muy bien y todo, pero eso de que se mete a un pozo y todo eso… ya fue mucha locura”. En Metroflog yo me llamaba Scabbers (todavía dispuesta a no dejar morir ese nombre), pero pronto cambié el nombre por “PajaroQueDaCuerda” y luego por “Philia_”, por la película japonesa, All About Lily Chou-Chou.

 

 

En prepa, por ahí del 2009, acabé leyendo Sputnik, mi amor. Para ese tiempo, mi hermana y yo estábamos bastante inmersas en nuestra etapa weaboo japonesa, ella con Perfume (una banda de morritas cantoras) y yo con Murakami. En ese año fue cuando abrimos Tumblr y, claro, mi primer user fue “pajaroquedacuerda”. Y como Tumblr permite cambio ilimitados en el user, yo comencé una nueva exploración.

Luego de pajaroquedacuerda fui:

  • eyeslikepleiades (porque estaba traumada con las Pléyades)
  • pleaidism
  • quintaesencias (otra influencia medieval)
  • locutio (cuando tuve latín)
  • sputnikshine (que ahora es el nombre de mi correo de gmail)
  • sppputnik
  • bradamant (luego de leer el Orlando Furioso)
  • hagiografia (por los santos)
  • jehannedarcs (por Juanita de Arco)
  • janegayre (de la que estoy muy orgullosa)
  • y ahora, finalmente, sputnikan, que combina Sputnik y el “An” de Andrade.

Sputnik triunfó al final. Yo sé que es un nombre más bien común. Muchas personas me han preguntado: “Oye, ¿entonces eres la Sputnik de los memes literarios?” o “¿Eres Sputnik, la de youtube?”. Dios nos ampare. Con que no nos caiga la maldición del copyright murakamiano, yo y el cientos de chicas que se hacen llamar Sputnik estaremos a salvo.

Pero este es el nombre que escogí para mí, y he decidido que irá por delante de mí, en todas mis aventuras por el Internet. Me acuerdo mucho de la frase de Sputnik, mi amor que me hizo considerar nombrarme como Sumire:

-Tengo la cabeza atiborrada de cosas que quiero escribir. Como un granero atestado de cualquier manera -me dijo Sumire-. Imágenes, escenas, retazos de palabras, figuras humanas… Están llenos de vida dentro de mi cabeza, lanzando destellos cegadores. Y oigo cómo gritan: “¡Escribe!”. Pienso que de ahí tendría que surgir una gran historia. Tengo la impresión de que van a conducirme a algún lugar nuevo. Pero, llegado el momento, cuando me siento frente a la mesa e intento traducirlos en palabras, me doy cuenta de que se pierde algo vital. El cuarzo no cristaliza, todo queda en pedruscos. Y yo no llego a ninguna parte

Recuerdo haber estado leyendo y pensar que era algo que me sucedía de manera constante (y que me sigue sucediendo) y sentir una opresión en el pecho: no quería acabar como Sumire, perdida entre las rocas griegas de una isla en medio de la nada, sin la posibilidad de escribir nada más. Sentía ese destino como ominoso, cercano y posible. Como el propio satélite: “Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa”.

Pero yo quiero una palabra y necesito una promesa. Anclarme. Estar presente. Si era yo una nube perdida, el azul de las irregularidades lejanas en el horizonte, ahora quiero ser tan patente como el hígado rocoso de La Bufa. Necesito recrearme a mí misma, en cantera o en palabras. En palabras más simples: esta es mi marca.

Sputnikan. Sara Andrade. Es lo mismo.

Mucho gusto.

(Pero no te doy un beso en la mejilla, porque eso es horroroso).

 

Del {des}encanto

Entre los 16 y 19 años sufrí de un extraño ataque de ansiedad que me impedía salir de mi habitación en la noche. Me despertaba a las 3 de la mañana presa de dolor chillante en la vejiga, o con una sed atroz. Sudorosa y con las ideas poco claras, me sentaba en mi cama para mirar la puerta oscurecida de mi cuarto. Ahí era donde empezaban los problemas.

Del otro lado de la puerta todas las más siniestras posibilidades se gestaban. Un asesino en serie, psicótico, dispuesto a rebanarme en dos, una muñeca de porcelana con pequeños ojos rojos, un alien rabioso o un bicho intergaláctico del tamaño de la puerta. Una junta de duendes o mi perro poseído, flotando por la sala de la televisión. Lo que fuera, pero algo tan imposiblemente espantoso que mi mano se quedaba a unos centímetros de la manija de la puerta, y yo sin atreverme a salir al baño o la cocina por agua. Tenía que debatirme durante una hora. Prendía la luz, tomaba mi celular, me ponía los zapatos y contaba hasta tres; me volvía a meter a la cama y volvía a hacerlo todo de nuevo, volví a contar hasta tres antes de abrir la puerta, dispuesta a morir o a matar, para enfrentar lo que viniera.

El resultado, siempre, SIEMPRE, era la anodina oscuridad de mi casa a las 4 de la mañana. Bajaba como un rayo por un vaso de agua o hacer pipí y me volvía a meter en las cobijas, sintiéndome realmente tonta, y quizá un poco decepcionada, porque por supuesto que NADA se iría a aparecer, qué estaba pensando, los fantasmas victorianos no son reales, Sonny realmente no es un ser maligno, oh ho ho¡Qué tonta yo!

El terror volvía a tomar su lugar usual la noche siguiente.

El asunto es que luego de un par de años de expectativa y de decepción, la cosa comenzó a perder su encanto. Parecía que incluso La Ansiedad™ se daba por vencida, como si existiera realmente un límite para creer que dentro de la oscuridad de mi casa existía un peligro.

Recuerdo claramente, una noche cualquiera, estar sentada en las escaleras de mi casa, a oscuras, luego de salir por agua, pensando en si debía ponerme un pantalón o un vestido al día siguiente y percatarme, de repente, que estaba ahí. Fue como “Oh, ya. Es que le tengo miedo a la oscuridad 😐”.

No es algo que me gusta experimentar. Me siento traicionada por la vida. No es que me enoje, como dicen los papás, es que me decepciona bastante el hecho de que no existan los monstruos y tenga que enfrentarme a esta vida aburrida. La única particularidad de la noche es que El Sol está en Australia y no podemos ver tan bien el suelo en el que caminamos.

Me ha sucedido, como a todas las personas, desde muy chica. Mi problema es que siempre me toma por sorpresa.

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“Nunca tan bueno”

Siento que no he entendido que las cosas no son tan espectaculares o únicas o hermosas como creo que sean. Craso error. Si en literatura, creer a primera vista lo que leemos es la “suspensión de la incredulidad”, el make-believe de la vida diaria posee las mismas características áreas del pacto ficcional. Hay que elevarse por el aire, como haría mi perro si realmente estuviera poseído, y dejarse llevar ante la cara brillante de la existencia y apreciarla sólo por encimita. Como ver El Vestido™ y creer que es blanco y dorado.

El desencanto, la caída más atroz e inevitable de todas. ¡Plop! Directo y sin escalas a la cruda realidad.

De las {orquídeas}

Hablando un poco del génesis de mi libro que está a punto de publicarse (por las manos santas del equipo de Texere), el desencanto es unos de los punto focales. Recuerdo estar frente al computador, en mi eterno zapping de Wikipedia, y leer, bastante sorprendida, que el mercado de las orquídeas se había devaluado luego de que Walmart y otras tiendas departamentales parecidas lograrán hacerlas crecer en invernaderos de su propiedad. Antes, explicaba un artículo, sólo se podían encontrar en las profundidades de selvas amazónicas o de China; muchos pequeños productos sobrevivían de la venta de las flores. Finalmente, la locura por las orquídeas disminuiría con rapidez una vez que comenzaron a ser accesibles en las grandes cadenas de almacenes de productos. Este fenómeno se puede comparar con la Fiebre de los Tulipanes o los spinners: un producto aparentemente único que se replica de manera violenta hasta que pierde todo valor ante el cliente.

Bastante sorprendida ante esta historia, me acordé de varias personas en mi vida. Personas que yo había considerado las más brillantes, las más increíbles y llenas de tanta luz que era imposible verlas a la cara y cuya grandiosidad jamás cambiaría. Pensé que ellos habían sido mis propias orquídeas de supermercado, aparentemente exóticas, pero decididamente vulgares y comunes. Una amiga del montón, un amigo que partiría el cielo como un cometa poco particular.

Releo mis diarios del 2007-2008. Entre otras cosas, me detengo en escribir que: “según mi amiga KB debería dejar de ser una histérica y aceptar que ellos no son las personas que yo digo que son”. No sé quienes son ellos. No sé quién es KB. Otra entrada dice: “No puedo creer que sigo creyendo que van a cambiar. ¡¡¡No van a cambiar!!! ¡Me siento tan estúpida! ¡Pero yo sé lo que son en realidad y me enoja que nadie lo vea!”. Otra más explica mi estado mental: “Tengo 15 años y me quiero morir”.

Dos cosas quedan claras: mi perenne actitud hiperbólica ante los hechos más insignificantes de mi vida no ha cambiado nada y a los 15 años yo ya había sufrido los estragos de la decepción platónica. Esa que sucede cuando te enteras que tus padres son humanos o cuando te explican que Lindsay Lohan no tienen una gemela (y que no se llama Dennis Quaid) y que Juego de Gemelas es todo una gran mentira. Aquello se replicaría el resto de mi vida hasta ahora (si tengo muchísima suerte y muchísimo cuidado). El crush violento, la equiparación divina, las dudas de la terrenalidad, la caída del desencanto. Mis torpes conclusiones eran que todos somos falibles y que nadie tiene gemelos perdidos ingleses.

Aquello es algo que todos sobrellevamos y, si tenemos suerte, superamos; y somos tan culpables como los demás. ¿Quién no ha caído presa del encantamiento de la limerencia? ¿Quién no ha sido objeto de una obsesiva admiración? Recuerdo que me pasaba bastante con mis propios amigos, a quienes depositaba en estándares imposibles de cumplir, cegada por mi violento sentimiento de amor. Eso, finalmente, se constituye en una injusticia, por lo que no sólo acabas triste y desencantado, sino con un inquietante sentimiento de remordimiento.

El amor y el miedo exacerbados llevan irremediablemente a la decepción, pues nada nunca es tan bueno como lo creemos. No es pesimismo (porque quien me conoce sabe que soy la persona más estúpidamente optimista), sino una verdad ineludible. Aquella Oh, Gran Verdad Ineludible me ha golpeado con violencia en la cara en incontables ocasiones. Algunas de esas, incluso, le han dado la vuelta a su originaria vulgaridad que se han vuelto piedras preciosas que sostengo en la mano de manera constante. La vez que los amigos déspotas forjaron mi carácter, la vez que el crush salvaje que me orilló a revalorar mis decisiones, la vez que Dios mismo se quedó callado y su ausencia me demostró la intricada delicadeza de nuestras acciones. En mi libro, Orquídea de supermercado, es lo que intento dilucidar.

Cómo por ejemplo (Storytime): como es bien sabido (o mejor dicho, como he hecho el esfuerzo de dar a conocer) me caigo ante la menor provocación, sin que eso amilane mis ganas de trepar hacia lo más alto, entiéndase como cerro, edificación irregular o árbol torcido. Mi yo de 17 años era una chica teatral que consideraba a su cuerpo simple transporte, por lo que no me pareció extraño ni ridículo pedirle a mi Crush del Momento (que en la prepa aparecían por montones, como florecitas de pirul en la cabeza) que fuéramos a una casa abandonada en medio de una colina, rumbo a Bracho. Nos metimos allí y comencé yo a platicar con pesada exactitud de que iba el libro de Murakami en turno y cuando Mi Crush se estaba perdiendo en un sueño sin retorno, recuerdo mirarle la cara con profunda admiración y jurar y perjurar que su piel estaba brillando. Lo grité, lo dancé, lo escribí en perfectos sonetos en la parte de atrás de mi libreta. Le decía a mi amiga: “No puedo creer que Mi Crush tenga diamantina en la piel de manera natural”. Aquel brillo sobrenatural, me daba cuenta, no sólo se reducía a su piel. Caminar a su lado significaba que las faroles se encendían solitas, que cuando llovía el agua no nos tocaba, que el señor de las rosas de Castilla le regalara un ramo por “tan honesta sonrisa”. Era un pequeño milagro empaquetado en radiantes mejillas y enchinadas pestañas. Yo escribía como posesa en mi libreta: Estoy dispuesta a matar o morir por esta persona, lo juro, no me prueben.

Un día, me mandó un mensaje de texto con el nombre de su ex y toda mi parafernalia se vino abajo cuando me di cuenta de que en realidad era un histérico insoportable y un indeciso de muerte. Aguantaba yo, perdida en su nuca, 90 minutos de él decidiendo entre si salir a la calle o ver una película en Cuevana.

Por lo que, al final del día, en este libro me río de mi propia ridiculez. ¡Oh, dios!

Sin embargo, el proceso de mirar a mi vida y escoger, entre el entramado que veo detrás mi, el delgado hilo que une a esta y esta otra y esta historia ha sido uno de los más satisfactorios y extraños, pero definitivamente el menos decepcionante. Realmente que escribir es la única acción que podría repetir, como quien abre y cierra una puerta, una y otra vez, por el resto de mis días.

 

Tres meses tarde es mejor que nunca: Viaje a Italia 2017-2018

Ya se la saben: la procrastinación es la madre de todos los sentimientos de fracaso. El origen de esta es similar: al no poder ofrecer la perfección (o sea, que por un sentido agudo del fracaso) se escoge no actuar. Ahí yace la mitad de mis proyectos. RIP in peace.

Pero Italia sucedió, eso es innegable. Que tome fotos, también. Y como prometí subir esto y este es mi blog y si quiero me muero, pues he ahí. Honestamente Italia es precioso y su historia es impactante. ¿Quiero volver? Mil veces sí. ¿Quiero volver a gastar 2 mil pesos en una cena? Hell to the no. Ya aprendí mi lección y la próxima que me vean por allá, andaré de turista en los mini markets comprando aguas de .18 euros. Ok ahí tienen, bye.

De la imposibilidad de un alma. Sufjan y yo.

Corría el 2009 y yo decidí abrir mi tumblr luego de observar a mi hermana encontrar imagen tras imagen de su banda japonesa favorita. Esa página prometía un pozo sin fondo de diversión visual. Quien ha estado desde el 2008 en aquella plataforma sabe de lo que hablo: su famoso azul de fondo y montones de imágenes de Starbucks y bostonianos con los primeros filtros de Instagram, o sea, un paraíso hipster al que podía migrar luego de la locura de Metroflog y el eventual cierre de las páginas personales de Hotmail, Messenger y el declive de Harrylatino.  Al año, ya era mi pequeño paraíso, y fue ahí dónde descubrí dos cosas que definirían los años consecuentes: el fandom de Sherlock y la música de Sufjan Stevens.

giphy

Sucedió con uno de esos posts, populares en aquel tiempo, en el que algún listillo combinaba dos canciones parecidas y la hacía sonar increíble. Era un mashup de Clocks de Coldplay y Chicago de un tal “Sufjan Stevens”, que nadie parecía conocer. Escuche el audio, que no era más que la música de Clocks con la voz de Sufjan superpuesta. Lo busqué en Google, pero lo único que me aparecía era Cat Stevens. En Ares (porque sí, eran tiempos de Ares) sólo me aparecía The Dress Looks Nice On You y  la Chicago original. Durante meses, estuve contenta con tener esas tres canciones en mi colección.

Seguí buscando, un poco desesperada, porque NADIE parecía saber nada acerca del cantante que comenzaba a atormentarme por ser tan endemoniadamente evasivo. Encontré, un día, una página de bandcamp (la suya) que contenía 4 álbumes: A Sun Came, Michigan, Seven Swans e Illinoise, sus primeros cuatro discos, y todos a mi disposición. Al poco tiempo, también pude descargarlos, y para mi sorpresa, en ese mismo año sacó un álbum y un EP: The Age of Adz y All Delighted People. Eventualmente, en su bandcamp también aparecerían Enjoy Your Rabbit y The BQE.

Quiero recalcar dos cosas muy importantes y que necesito dejar muy muy claras.

La primera es que no sé que es la música.

Podrá parecer que sí y podrá parecer que conozco mucho de esta o aquella banda o cantante, pero el concepto de “música” o “canción” me vuela por encima de la cabeza y no logro entender como es que alguien se aprende una canción o alguien produce sonidos con sus dedos en un par de cuerdas y todo lo demás. Nunca he sido de esas personas que dicen: La música es mi vida. Si me conocen, ya saben lo realmente analfabeta que soy en materia musical. Simplemente me es imposible aprenderme la letra de la rolita popera en la radio porque mi cerebro carece de la sinapsis necesaria para poder entender qué demonios es esa armonía. No canto, no toco, no bailo. Ni siquiera me sé una canción completa de Sufjan. Me gusta el sonido de la estática y de los viejos refrigeradores, y hasta ahí se limitan mi sensibilidad al respecto de la música. Si me dan a escoger, prefiero el silencio. Si me piden que les diga cuál es mi género favorito digo “cantos gregorianos” y si a mis 15 años me preguntaban que cuál era mi banda favorita, seguramente respondería con un genérico: “Uhm, me gusta de todo”, a falta de (de hecho) un gusto musical.

Cuando digo que escucho a tres bandas nada más, no es una exageración. Mi shuffling en Spotify y YouTube se reduce a Sufjan, Beach House y Joanna Newsom (otra artista huidiza: tiene dos (2) videos musicales y ha proclamado nunca aparecer en Spotify. ¡Ay de mí!). A veces escucho La Mer de Debussy en repeat durante el día. Otras veces, pongo sonidos de ventiladores industriales.

La segunda es que este dude es de los artistas más huraños y menos dados a la promoción en el mundo entero. No tiene ni un video musical, hace conciertos cada venida de papa y casi no concede entrevistas. O sea, que no es Ed Sheeran y no corro con la suerte de ver 500 millones de vistas en su VEVO o de verlo cada 30 minutos en MTV. Es tan inaprensible que durante años su página en AZLyrics sólo tuvo las canciones más populares y su página de Wikipedia no podía explicarme quién diablos es esta persona que escucho casi diario, por el amor de Dios. Luego de su último disco comenzó a salir un poco a la vista de los demás, pero durante años, AÑOS, lo único que tenía de él eran videos amateur de sus conciertos del 2006 en Detroit o Nueva York o sus posts neuróticos de tumblr (porque sí, el señor tiene tumblr también).

Así que Sufjan Stevens llegó como si se tratase de una llave, que abriría mis atolondrados oídos a un nuevo tipo de experiencia sensorial. Y todo empezó cuando escuché por primera vez Impossible Soul, la última canción de The Age Of Adz, cuya característica principal es que dura 25 minutos y habla sobre las posibilidades y esperanzas de un alma presa de la ansiedad y la culpa. Un milagro, dirían los más crédulos.

sufjanMi primer acercamiento con Sufjan es, por supuesto, su voz. Suelo decir que es la más pequeña de todas, porque es tan suave que parece casi un susurro, pero al mismo tiempo tan clara y precisa que es inconfundible. Luego el banjo o el piano, su sonido maximalista, sus ganas de querer usar siempre flautas dulces y ocho violines y siete tombrones, o la forma en que usa el autotune, casi como un chiste, pero que resulta maravilloso. Finalmente, sus letras, que siempre fue lo que más me llamó la atención porque era lo que más podía entender.

Sufjan narra de la manera más delicadamente imprecisa su vida, su educación católica, el amor hacia los personajes americanos más particulares (Andrew Jackson, John Wayne Gacy o Tonya Harding), la relación fallida con su madre, la mitología griega, su perpetua obsesión con la Navidad y hasta pequeñas historias de amor sin género enmarcadas en los suburbios de Michigan. En mi búsqueda por más de él, me encontré con varios cuentos que escribió cuando él todavía esperaba ser escritor. Estudió Literatura y mandó a concursar un libro de cuentos que ganó el primer lugar en su universidad. Pero luego tomó su banjo y su flauta dulce y se dio cuenta de que lo que tenía que hacer era tocar y escribir música.

Algunos ejemplos preferidos:

And I have a sister somewhere in Detroit.
She has black hair and small hands.
And I have a kettledrum,
I'll hit the earth with you
Sister
Oh! I love you from the top of my heart.
And what difference does it make?
I still love you a lot; Oh! I love you from the top of my heart
And on your breast I gently laid. Oh! My head in your arms.
Do you love me from the top of your heart?
All Delighted People (Original Version)
You, you must be a Christmas tree, a Christmas tree.
You light up the room, oh, you light up the room.
Oh, you light up the room.
Barcarola (You Must Be A Christmas Tree)
The only thing that keeps me from cutting my arm,
Cross hatch, warm bath, Holiday Inn after dark,
Signs and wonders: water stain writing the wall,
Daniel’s message; blood of the moon on us all.
The Only Thing

Muchas de las cosas que amamos, no las entendemos del todo. La idea, a pesar de la obsesión personal y las ganas de saber hasta el más pequeño de los detalles, es aceptar lo que queremos como si se tratara de nuestra propia imagen en el espejo. Yo entiendo (y siento) a lo que amo como un reflejo de lo más real y profundo que se desarrolla en mi alma. Las personas que me rodean, la música que escucho, las escritoras que leo, los colores que tomo como míos.

El sentimiento de encontrarse, cara a cara, con un igual es lo que nos hace, como especie, querer seguir adelante, ante la promesa de que otros verán lo mismo en nosotros, o que no estamos aislados en nuestras experiencias o que, a pesar del miedo, seguimos caminando con la mirada puesta más allá de la cordillera que tapa la mitad del cielo.

Al ser yo de naturaleza hiperbólica no puedo evitar enarbolar como una bandera la cara y bíceps de Sufjan y gritar cuando veo su cara en los Oscars, luego de casi más de 10 años de recreármelo para mi solita, sin que nadie (salvo a los pocos que lo descubrieron de manera violenta luego de Carrie & Lowell) me acompañara en mi pasión por un señor de 40 años del norte de Estados Unidos, que canta muy bajito y que no tienen la menor idea de que una chica en México le dedica, cada tercer día, un tarareo o un gesto ceñudo. Nada puedo hacer para evitarlo.

Lo que sí puedo hacer es decirles: ¡Hey! ¿Quieren escuchar conmigo 23 minutos y medio de Sufjan Stevens? Quizá lo odies, quizá no, pero esto me representa fielmente y necesito, necesito que nos veas, porque boy, we can do much more together.

Veinticinco y otras mutaciones

25/25

A las 11:38 am, el día de mi cumpleaños 25, estaba vomitando el yogurt de frutas de Vip’s que a duras penas pude tragar. Ya había pedido mi platillo favorito del restaurante (huevos divorciados poblanos) y sentí con absoluta claridad, 25 años después de mi nacimiento, que me estaba arrepintiendo de todas las decisiones de mi vida.  Intentaba tragar saliva, pero aquella era una empresa imposible. Me pasé el día acostada, haciendo un esfuerzo monumental por no devolver (otra vez) el agua que podía pasar más allá de la garganta y quejándome de un dolor indeterminado entre pecho y frente.

24 horas antes de ese terrible momento, estaba yo muy contenta de estar a punto de celebrar con mis amigos; de comer y beber. 24 horas después, estaba yo muy contenta con mis nuevos compañeros del trabajo, quienes me llevaron un pastel y me cantaron Las Mañanitas, a pesar de mi cara de “he estado cruda 48 horas y deseo el dulce abrazo de la muerte”. O sea: a pesar de mis ganas de siempre querer hacer que las Fechas Importantes sean Realmente Importantes, debo aprender a que la simetría no siempre es posible.

Hace un año, celebraba en un ambiente y estado totalmente diferente al de ahora. Recién operada, cansada como nunca en la vida, invadida de una aplastante tristeza que no sabía de dónde provenía pero cuyo origen y su eventual descubrimiento revolucionaría mi vida en un decisivo antes y después, estaba sentada entre mis amigos y mi familia, segura de que de los 24 quizá no pasaría.

Dando pasos de un año hacia atrás es como puedo recordar todos mis cumpleaños. A los 18 me vestí de blanco. A los 15, los pasé con el uniforme del colegio negándome a bailar canciones de quinceañera. A veces contabilizaba el paso del tiempo en Olimpiadas. Recuerdo las Olimpiadas de Invierno del 2002 y cómo yo hacía las matemáticas: 4 más 4 más 4 más 4…. dentro de 16 años tendré 25 y cómo es posible que el tiempo pase tan inevitablemente, como el frío que rompe las tuberías, y yo sigo sin alcanzar la parte alta del refrigerador.

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A los 9 años pensaba, súbitamente emocionada y aterrada, que cuándo tuviera 18 años más sería una persona tan distinta que si me viera a la cara no la reconocería. Pensaba en el futuro como una entidad gelatinosa, inefable e inalcanzable. Me veo ahora y veo la foto que tengo guardada en mi cartera de mi carita de tercero de kínder y me digo: Me reconocería a mi misma entre un mar de gente. No hay manera de que esa niña no sea yo. Lo que soy yo es el único camino.

Considero ahora mismo, triunfante, que ese es mi regalo de cuarto de siglo.

La Métrica Austen

Le cuento a mi mamá de mi primer día de trabajo en mi nuevo trabajo y ella sentencia: ¿Y cómo es tu jefe? ¿Collins o Wickham?

Me explico.

La métrica para medir a mis jefes resultó luego de un jefe que tuve en un restaurante indeterminado en el que trabaje durante el tiempo de mi prepa-universidad. El dude en cuestión era un (a falta de mejores palabras) un mamador infumable. O sea, justo como se describe al primo Collins, azote personal de las familia Bennet. El Collins de Zacatecas (en una posición de poder que, como su tocayo inglés, no sabía ostentar) solía subirse a un escalón y pregonar acerca de sus incuestionable conocimiento en la gastronomía internacional. Todos debíamos escucharlo, educados, pero los más exasperados solían echar polvos laxantes a su comida o esconderle sus comandas favoritas. Le tenía una fascinación casi abnormal a su propio jefe y solía emocionarse al borde de las lágrimas por las cosas más insignificantes y vulgares, como el tinte rubio de cabello o los iPhone. Sin entrar en más detalles (pues casi estoy segura de que sus amigos cercanos todavía son mis amigos en facebook), Collins era un pesado que sólo podía ser descrito bajo los parámetros de Jane Austen. Mi madre, que ha leído sus novelas de pi a pa, aprobó mi elección de apodo.

Mis jefes consecuentes fueron el bandido, mentiroso y ruin de Wickham, la atolondrada pero bonachona señora Bennet y ahora, tengo la fortuna de poseer a mi propio señor Bennet, encerrado entre libros y datos curiosos, pero absorto de la realidad más cercana. Un ente bondadoso aunque lejano y huraño.

fdhgghA lo que voy: estoy contentísima de tener a un señor Bennet y no a una Carolina Bingley o una Lady Catherine de Bourgh. Y esto sólo pensando en Orgullo y prejuicio. Veo mi vida hacia adelante y veo no 25 años, sino 50 y más, y estoy segura de que podré repasarme el padrón austeniano sin mayor problema.

Le decía a mi mamá: ¿Por qué no tendré a un Darcy de jefe? Pero luego me acordé que, (y como dice Wikipedia: (as he) lacks ease and social graces, and so others frequently mistake his aloof decorum and rectitude as further proof of excessive pride) SOY YO mi propio Darcy. Por qué O H  D I O S M Í O, las danzas sociales y de etiqueta de la oficina godín promedio serán, finalmente, mi muerte. ¿Saberme el nombre y apodo del secretario de la oficina de al lado? ¿Saber qué decir cuándo chocas con alguien de camino al garrafón de agua? ¿Las palabras secretas que se pronuncian antes de salir a comer?

No hay novela del 1800 que sepa describir con exactitud  la ridiculez del empleo de escritorio. De conocerme, Jane Austen me dedicaría una risita socarrona. ¡Madres del mundo, ayúdenme!

Rojo tirándole al verde

Cuando abrí mi tumblr por primera vez, hace ya casi 8 años, comencé a interesarme en un aspecto poco explorado para mí: el espectro de la luz fragmentada. Entiéndase: el color. Repentinamente adicta a cambiar los valores html/css del tema de mi página, comencé a apreciar las virtudes de los colores que antes consideraba ofensivos. El amarillo y el rojo, por ejemplo, que ahora considero mis favoritos. Es tonto, pero luego de 8 años de repasar cientos de miles de imágenes en una plataforma que se vuelve una ventana al interior de tu alma, el color rojo en particular se ha vuelto un estandarte para mí.

Recuerdo esto porque la publicación de mi libro está a la vuelta de la esquina. Es una locura.

Justo ayer mandaba el informe de actividades de estos últimos tres meses y no pude evitar ponerme sentimental y escribir algo como: No he parado de llorar porque ya tengo mi portada hecha y todo está precioso y ojalá, oh grandes jueces de los estímulos de creación, entiendan mis lágrimas. Los tkm.

Lo que me perturba un poco de todo esto es que, una vez que eso esté afuera, ya no podré hacer nada al respecto. Allí afuera estará una parte de mí y estará a la merced de quien decida tomarlo. Pienso en el color que escogimos para la portada: un frambuesa muy amigable. Sobreanalizo: ¿entenderá la gente qué es lo que quiero decir al tener ese color en la portada? ¿debí haber escogido algo más rojo, quizá más marrón, un rojo tirándole al verde, a la mitad de esa escala cromática? Ahora tomo mis libros con mucho más respeto. Hay algunos de colores y ediciones tan atroces que no puedo más que compadecer a los autores. ¿Se entenderá que este color y no otro es el reflejo más íntimo de mis palabras? ¿Tendré que aparecerme en los hogares de quien haya comprado el libro y guiarlos, parte por parte, en qué significa cada cosa, desde solapas hasta construcciones sintácticas?

Al final me relajo. Lo importante es ~lo de adentro~ ¿no es así? Esos pequeños manchones de tinta que quieren decir letras, que quieren decir palabras, que quieren decir: Digo sí a lo imposible (aveda).

 

 

Cómo perder horas de tu vida, una guía. Primera parte.

No sé ustedes, pero yo encuentro una extraña satisfacción, muy cercana a la que siente quien comete un delito, al acomodarme en medio de mi cama, rodeada de almohadas y sacar el celular con una mano (porque la otra está bien guardada en el burrito de cobijas) y ver los videos que Instagram me recomienda, hasta que los ojos me duelan o los dedos se me entuman. Mi cerebro, alimentado de videos diy, life hacks, de trenzados imposibles y de fails de gatitos, libera endorfinas como loco y la gratificación instantánea que obtengo (la que ha resultado mi peor enemiga) me vuelve un caracol en todo el sentido de la palabra: babosa y feliz.

Mis neuronas se toman unas vacaciones a Balí y yo, si es que me siento lo suficientemente dinámica, aprendo a armar casas en miniatura. He aquí una lista.

Youtube

Ah, Youtube, ¿cuántas horas no he pasado, en espiral, viendo videos acerca de cómo se teñían los antiguos uniformes de las huestes romanas o cuáles son los mejores labiales de menos 5 dólares? Aquí, algunos canales dignos para binge-watch hasta altas horas de la madrugada. (Alert: la mayoría están en inglés)

  • Ask a mortician: No digo esto muy seguido pero ME ENCANTA MORIR Y LA MUERTE. Y, por suerte, hay gente que siente lo mismo. Literal, me puse a ver a Caitlin Doughty durante una semana entera y ahora estoy segura de que mi meta en la vida es ser embalsamada y mostrada en algún jardín. Pero en serio, es una joya. ¡Oh! Y tiene muchísimos videos acerca de santos y muertes medievales.
  • Cody Ko: DON’T @ ME pero este morro es mi youtuber favorito y lo amo y todos los videos que hace me encantan. Una disculpa adelantada. Pero su contenido es REALMENTE DIVERTIDO y deberían verlo. Literal, todos sus videos. Empiecen.
  • ElmundoDKBza: Miren este dude es uno de los pocos en español que sigo fielmente y obvio tenían que ser videos de miedo y fantasmas y la muerte. Lo que me gusta es su producción visual, o sea que, me asustan más sus efectos de sonidos que el video en sí. Pero si son las 3 de la mañana y quieren seguir despiertos, aterrorizados de la sombra más pequeña y el rechinido más leve, recomiendo esto.
  • Getty Museum: ¿Qué lugar más apropiado para perder el tiempo y aparentar que no lo estás haciendo que un museo? Pues el Museo Getty volvió en forma de instructivos videos de menos de 5 minutos que puedes ver desde la comunidad de tu nido de cobijas y migajas de Madalenas Bimbo. ¿Mis favoritos? Los Getty Talks de hora y media acerca de temas que nadie nunca te preguntará pero que traerás a la mesa durante reuniones con amigos, para comprobar una vez porque no tienes relaciones sanas con la gente.
  • Grand Illusions: Este don es una joya en la vida de cualquiera, porque es el canal más wholesome del universo. Literalmente es un señor mostrando artículos creativos e interesantes. Y eso es todo. Lo tkm mucho y ustedes lo van tkm también.
  • Hokeykki: Tres palabras: RECETAS ASMR COREANAS. Un canal de recetas hermosas en 4K y sin música ni diálogo y todo bien precioso. Cuando ando estresada veo esto y de repente soy la persona más zen del mundo.
  • Kirsten Dirksen: Este es otro de esos canales que te hacen decir ¿Cómo es que no estoy viviendo mi potencial al 100% y sigo comiendo Madalenas a las 2 de la tarde desde mi cama mientras otras personas se dedican a tiempo completo en cosas extremadamente cool? Sí, es un canal de diseño de interiores y casas alrededor del mundo. Directo, sin ediciones grandiosas ni música molesta. 5 de 5.
  • Lisa Eldridge: No sería este un post completo sin un shotout a mi reina y madre, Lisa Eldridge que me ha enseñado todo lo que sé de maquillaje. Su canal es elegante, sus videos van directo al punto y te invita a gastar mil pesos en sombras Chanel o Láncome con su hermoso acento inglés. Lo que sea por mi mamá Lisa.
  • The Square To Spare: Un día desperté con ganas de ver como hacían maquetas y descubrí el mundillo fantásticos de creaciones en miniatura de Youtube. Huelga decir que he dedicado incontables minutos a admirar como se puede hacer una casa encantada del tamaño de una caja de zapatos. Adéntrense conmigo a este mundillo. No se arrepentirán.
  • Vsauce: Tengo que presumir que soy de las fans OG de Micheal Stevens y que solía ver todos sus videos de tops y datos científicos curiosos. Luego se volvió el vato más azotado de la plataforma al narrarte temas terribles como la naturaleza del color, la izquiera y la derecha, el lenguaje y el fin del universo visible. Todavía puedo declamar con absoluta claridad muchos de sus videos (Why things are creepy o Juvenoia) y pues ¡Hello, Micheal here! de aquí a la eternidad. ¡Y tienen subtítulos! Pero, en serio, ver sus videos me ha ayudado muchísimo en como hilar un texto y como estructurar una idea, pues tiene una forma tan clara pero interactiva de dar a conocer su punto. Un genio, pues

 

Netflix:

¿Qué clase de lista sería esta sin al menos un Top7 de series recomendadas? Spoiler alert: todas mis recomendaciones son SUMAMENTE ÑOÑAS Y ANGL

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OSAJONAS. Una disculpa.

  • Brooklyn 99: ¿Otra serie de comedia de policías más? Sí, y es wholesome, divertida y exactamente el humor que mi inocente corazón busca. Hay cuatro temporadas en Netflix y no se arrepentirán de la cara de Andy Samberg (que por cierto es mi favorito luego de ser el orgulloso esposo de mi diosa Joanna Newsom), ni de los diálogos o los personajes. Yo soy 50% Gina Linetti y 50% Jake Peralta.
  • The Good Place: ¡Escuchen! Esta serie es un regalo del cielo. Narra la vida, después de la vida, de 4 personas que murieron y ahora viven en el Good Place. ¿Fácil? ÑO. Y por eso me aventé la serie de un sentón y fui tan feliz. Tan feliz. 10/10 una de las mejores series en Netflix.tumblr_oyuhvlr2L11rq49qyo1_400
  • Chef’s Table: Cinematografía y comida, en episodios de una hora. Este es el contenido que se debe ver cuando uno está solo en casa, está lloviendo y anhelas sentir que realmente esta vida tiene sentido.
  • Steven Universe: Si me conocen saben que yo moriría por mi gordito Steven Universe y por Pearl en cualquier segundo porque literalmente salvaron mi vida. Lamentablemente, Netflix sólo tiene la primera temporada, pero si le PICAN AQUÍ, encontrarán más de esta hermosura hecha animación.
  • RuPaul’s Drag Race: ¿Realmente tengo que decir más? Sólo vayan y denle clic. Es una experiencia que transforma vidas and then LIPSYNC FOR YOUR LIFE.
  • The Keepers: Si lo que buscan, en cambio, es preguntarse porque seguimos viviendo en este mundo podrido, lleno de maldad, esta serie es ideal. Lloré mucho y me sentí terrible y con náuseas durante mi maratón, pero es un misterio que se va desenvolviendo lentamente y te atrapa desde el primer minuto. Oh, dios. El mundo realmente está podrido.
  • La serie que no debe ser nombrada: Ya saben a qué me refiero. Y como ya la cancelaron por siempre, háganse un terrible favor y véanla por fin. O no la vean. A mi no me interesa.tumblr_okikezRnek1vsxvq5o1_250

Les dejo esta primera parte, porque todavía tengo que recolectar los CIENTOS de links de Wikipedia que NECESITO y DEBO compartir con ustedes porque me encanta leer Wikipedia. Así como blogs, documentos en archive.org y así. Disfruten amiguitos. Y comenten, plis, qué hacen cuando su cerebro clama por contenido basura para calmar las ansias y desconectarse de esta horrible vida que nos exige estar hiperalertas todo el tiempo. ¡Los quiero!

 

Roman Holiday, o porqué no debes gastar 4,60 euros en un botella de agua

Nuestra guía nos aseguró, con seguridad socarrona, que todo guía se gradúa en Italia. “Es la de cajón”, dijo. Estamos sentados en Venecia, esperando el barco que nos va a llevar a tierra firme. Ha estado lloviendo todo el día, pero los turistas no se amilanan. Siento que he visto millones de rostros. Estamos todos ateridos, adoloridos y el deseo generalizado es irse a la cama calientita del hotel.

O sea sí: Venecia es precioso, fuera de este mundo, incluso en un brumoso día de invierno. Pero me siento tan pequeñita que eso no me ayuda a sentirme en paz. Tengo el vestido mojado de la góndola, los pies cansados de atravesar docenas de puentes y la mirada borrosa de tanto ver. Quiero decir, aquí yo compito contra una basílica bizantina del año 800. Estoy enojada conmigo misma. Me enfada pensar así, pero en los días que llevo en Italia no puedo parar. Hemos paseado por Milán, Verona y Venecia. Mañana nos vamos a Florencia y yo estoy dispuesta a huir de Venecia tan rápido como nuestro chófer (un napolitano con un exagerado sentido de la moda y la irritabilidad) pueda.

Estoy segura de que el mármol la tiene contra mí. La roca, el ladrillo, el bronce de las estatuas, todo conjurado para aplastarme contra mi misma. La gente que sigue pasando. Veo botas, chamarras, gorritos para no mojarse la cabeza. Santa María de Fiore me está mirando, pero ¿cómo podría distinguirme? A mi no cabe en las pupilas. Soy un granito de tierra en el aire. Estoy hambrienta y sedienta. Así que me meto a un tabacci y tomo una botella de agua y cuando la voy a pagar el señor del otro lado de la barra me dice: quattro con sessanta. Le pago con un billete de 5 euros y me salgo aún más aturdida. Acabo de pagar 100 pesos por agua que me acabo en un par de minutos (y mis 2 botellas de 2 litros del Oxxo a 18 pesos lloran por mí) y esta ciudad la tiene contra mí. Sus puertas, el adoquín, el prosciutto que cuelga de las tiendas, la tienda de Dolce & Gabanna que sólo vende bolsas y lentes, el guía que nos lleva a ver a El David y, particularmente, al pulido y redondo trasero de el David.

Si Stendhal se desmayaba en presencia de la belleza milenaria de Florencia, yo me enojo.

Estoy irritada la mitad del viaje y la otra mitad, por fin, caigo en una extraña melancolía, la de turista desubicada, que se acaba de percatar de que todas las ciudades son lo mismo. Roma tiene la particularidad de que hay pilares y arcos de antes de Cristo y miles de personas metiendo y sacando la mano de una boca abierta en la roca del Coliseo. La Bocca della Verità te come si dices mentiras.

Aquí la verdad, pues.

Yo, como Audrey Hepburn, también estoy huyendo. No es descuido el estar actualizando mi blog luego de 6 meses. Renuncié a mi trabajo, me corté el cabello y fui y vine a Italia. Fui de vuelta a mi cerro, donde me acosté dentro de un tiro de mina y sentí que me iba a morir. Siento que no puedo ganar, a pesar de estar haciendo exactamente lo que quise por meses y meses. A pesar de sentirme libre y en paz y feliz. Uno supone, cuando se encuentra frente al Arco de Constantino que se trata más bien algo de aquí adentro, en lugar de algo de allá afuera.

Pasé los meses anteriores al viaje alegando que iría en busca de la plaza en la finalmente acabaría con mi vida y cuando llegué a las plazas que esperaba me mostraran una romántica cara a la muerte, descubrí que aquello no era lo que quería. Me lo demostraron, con cruel honestidad, las figuras petrificadas de los habitantes de Pompeya. ¿A qué estoy jugando? Yo quiero vivir tantos años como los que tiene la Basílica de San Marcos o la Columna de Trajano.

Sin embargo, me obligo a volver a empezar. Me obligó a cerrar algo que ni siquiera sé cuando empezó. Pienso de camino a la Fuente de Trevi qué puedo desear. Hay infinidad de lugares a los cuales aventar una moneda y pedir un deseo. Hay decenas de monumentos a los que manosear en búsqueda de algo agradable, cientos de piedras qué pisar, miles de tumbas a las qué mirar, con esperanza. Mientras que es un eficaz truco para recaudar millones de euros, y a mi monedero de NiNi recién estrenada no le parece uno muy gracioso, siento que de eso se trata venir, de arrojar un pedazo de metal a las inquietas aguas de una famosísima fuente y creer, firmemente, que ha sucedido un cambio trascendente en tu vida y que, de ahora en adelante, puedes hacer el resto.

O sea, sí. Graduarme de algo y dar un paso adelante. Dejar de lamentar el frío de enero (ir dar paso a los vientos de Febrero y luego, hacia el final, a mis 25 años) ((¿cuántos años tendrá un guijarro en la explanada del Coliseo?)) y arrojar cuatro euros al agua y no gastarlos en una botella de 750 ml de agua. En serio. No gasten en agua, qué demonios.

En Venecia me compré un cuaderno con la idea de escribir todos los días. Pero ¿no que nos íbamos a dejar de autoengañar? Mejor escribo aquí y se los comparto a ustedes, los que quieran leer.