Soleado

Mi mamá solía contar, de tiempo en tiempo, que la psicóloga le había dicho que me compraran un perrito, porque yo estaba deprimida. Yo he dicho también, de tiempo en tiempo, que de 10 años no me acuerdo de mi misma. No me recuerdo triste o sola. Es un espacio sin tiempo, sin sustancia, que estoy segura haber vivido pero de cuyas días no encuentro su peso.

Mis papás y yo queríamos un chihuahueño. En la veterinaria, acabamos llevándonos al beagle gordito que estaba dormido en su plato de comida.

Así lo recuerdo. Gordo y bonachón. Sonny

La vez que se metió un ladrón a robar, suponemos, Sonny lo recibió con lengüetazos. Cuando alguien nuevo llegaba a la casa por la puerta principal, Sonny no esperaba ni un segundo para hundir uñas, olisquear suelas y posar sendo trasero en las piernas del primer incauto. Simplemente los amaba a todos.

Así, también logró atravesar tela, plástico, madera y yeso, impelido por su hambre voraz. Dice Diana: “A Sonny sólo le faltaba una cosa: llenadera”. Unos de primeros sueños que tuve de mi perro, era de él convertido en salchichón con orejas. Las salchichas Fud eran su pasión. Las rebanadas de jamón, las naranjas maduras, la fruta, las tostadas charras, el brócoli, el papel con mocos, los calzones, la esquinas de nuestra casa se acumulaban en segundo lugar.

A veces, yo lloraba. Sonny saltaba a la cama y me olía la cara. Me hundía en su panza gorda, buscando consuelo y casi siempre funcionaba. A veces, me reía. De él, de camino al cerro, con el trasero hundido en un matorral, cagando por quinta vez, entusiasmado de hundir el trasero en las plantas, feliz de oler más cacas, de comer tierra, de raspar el zacate seco con sus patas delanteras y de llenarme de caca el pantalón. Copio el epitafio de Esquilo:

De sus cacas La Bufa fue testigo / y las palomas de grises alas, que tuvieron demasiado de él.

Mató ratas, ratones, gorriones y palomas. A él, lo afligió su gordura, la hinchazón de sus orejas, la cola fracturada, la patita chueca y, finalmente, la insuficiencia renal, que lo debilitó hasta hacerlo una sombra del maravilloso y brillante gordo que siempre fue. Tú sabes desde el principio que sobrevivirás a tu perro. Nosotros fuimos lo suficientemente tontos como para considerar su existencia en cantidades de enternidad.

Cuando lo mirábamos a la carilla regordeta, nos decíamos: Mi perro nopuede ser sólo un perro. Es una persona completa. Sentíamos su obstinada, latosa, ruidosa, amable y preciosa personalidad a través de sus ojos caramelo.

Lo he escuchado todo: los perros son nuestros mejores amigos. Los más fieles. Los más tiernos. Los más protectores. Es verdad, pero no es suficiente.

Sonny fue el Sol.

La canción es de Boney M, ese ecléctico grupo de funk ochentero conocido por el Ra-ra-rasputin. Uno de los primeros días, Sunny comenzó a sonar y mi perro entró corriendo hacia conmigo. Le dije a Diana o a mi mamá: Parece que le gusta la canción. De Toto, a Amigo, a Campeón, mi perro chiquito y gordito, pasó a llamarse Sonny. Sin la U, para evitar confusiones. 15 años después, cuando Jane llegó a la casa, pensaba: “Debí haberle puesto Cher”. Sonny and Cher. Algo así de tonto.

Sonny. Sonno. Soncho. Roncho. Gordelio. Bordelio. Chonny, Salchichony. El gordo. El mugre gordo. Que enseñó a mi gata a raspar puertas para exigir la entrada. Que una vez se fue corriendo hasta la Bufa y yo detrás de él. El que aceptaba a todos los chicos que metía a mi sala, con completa confianza. El que soltaba pelos a granel. El que se comió un sillón entero cuando nos fuimos de vacaciones. El tonto que una vez se quiso pelear con perro más grande que él. El beagle que roncaba como si fuera una Olimpiada. Mi perro, que llegó a nuestras vidas para hacernos feliz. Sólo eso. Y sólo eso hizo.

Una de las fotos más viejitas que tengo de él. De hace 8 años.
Sunny, yesterday my life was filled with rain.
Sunny, you smiled at me and really eased the pain.
The dark days are gone, and the bright days are here.
My Sunny one shines so sincere.
Sunny, one so true, I love you.

El NaNoWriMo, u otra excusa más para ponerme a escribir, por el amor de dios

El National Novel Writing Month, vaya.

Lo he intentado desde que me enteré que existía este concurso. Se supone que es un concurso, en el que todos los que lleguen a la meta son “ganadores”. La meta: 50,000 palabras en 30 días. Una novela lista para su publicación. Se supone. Y yo, cuando estaba en prepa, influenciada por las noticias americanas que leía en Tumblr, quise intentarlo.

Por su puesto, siempre fracasé en la empresa. Como siempre he fracasado en mi empresa de mantener un diario fiel, en un cuaderno, durante los 365 días del año. Mi mente de teflón tiene la culpa. Mi procrastinación perenne también. Si no liberara tantas endorfinas en pensar “mejor lo hago al ratito” creo que sería la escritora prolífica que siempre sueño que sería. Entonces el asunto se reduce en si quiero continuar con las ensoñaciones matutinas o las realidades tangibles. Es como subir al cerro: claro que desde la carretera, el monolito se antoja inexorable. Pero una vez que se ponen los piecitos en acción se llega a la mitad del camino y, de repente, se observa la ciudad desde la comodidad de una piedra afilada. O sea, que se tiene que empezar por algún lado.

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Empiezo por el miedo.

Estoy frente a la computadora, esquivando mi itinerario de trabajo durante el mes. Me digo a mí misma: “es que no puedo escribir una novela, así como así”. Tengo dos en el cajón. Una novela YA y La Primera Novela. Las abro de vez en cuando y en todas esas ocasiones examino mis comienzos con el pesar de un forense primerizo. Me da miedo mirar durante mucho tiempo las partes diseminadas del cuerpo al que intento darle sentido. Me mareo, desenfoco la vista, hago como que todo está bien y cierro mis carpetas diciendo lo que todos los desidiosos dicen: “Ya llegará la inspiración”. Así que inauguro mi primer NaNoWriMo con 50 cuartillas de una historia que se me ocurrió hace una semana y para terminar mi fanfiction de Star Trek. Paso a pasito. Ténganme paciencia.

Le sigo con el aburrimiento.

Lo que me sobra es tiempo y me empeño en creer que no. Pero sí, y mucho. Lo que me sobra de tiempo es inversamente proporcional a lo que me falta de área de trabajo, por lo que en mi nomadismo godinezco (que cómo los antiguos pobladores del mundo, me dedico a buscar los pastizales más verdes y con mejor conexión a internet) tengo la oportunidad de sentarme, pensar y, si hay suerte, escribir. He intentando aprovechar aquello. Sí, sí, que me he dedicado a hacer larguísimo un pedazo de ficción para fans de una serie de los sesenta que debía haberme dado para unas 5 mil palabras y he acabado con un monstruo de casi 20 mil, pero ¡EY! Que estamos hablando de escribir-escribir.

Finalmente, la disciplina.

Como ser humano absolutamente falible, le tengo miedo de la arbitrariedad con la manejo mis deseos. Siempre he creído que siempre sucumbo a ellos, que soy débil, que me deberían atar a las astas de los barcos, porque no soporto el canto de las sirenas. Pero luego me sorprendo a mi misma en mi estoicismo, en la medida represión a la que me auto-sujeto, como si se tratara de un ritual importantísimo, al que faltar sería un grave pecado. O sea, que mi disciplina es nula y mis maestros Jedi o mis monjes benedictinos me reprenderían por absurda.

Me gusta sujetarme a la calma de un calendario y de un horario, eso es cierto. También me gusta llorar en mi almohada durante horas, culpando a los hados por mi mala fortuna. El NaNoWriMo será pues un concurso muy real para mí, un “¿realmente podré hacer esto durante 30 días?”. No se trata de realmente escribir una novela (que para eso ya estoy planeando un maratón parecido para diciembre), pero si de un calentamiento, de volver al partido y no estar escuchándolo desde la calle y de sacudir ese auto-impuesto analfabetismo que generé debido a los traumas y angustias de mi duelo.

¿Pero qué cosa más feliz puede existir que dedicarse a escribir durante un par de horas al día, sin lineamientos, sin fechas tope, sin respiraciones agraviadas en el cuello de una pobre muchacha que sólo quiere que la dejen escribir laaaargo y tendiiiido? Ahorita no se me ocurre otra cosa de la que aferrarme con fuerza más que esta. Sin suscripción al gimnasio, debo dedicarme a la calistenia de los dedos sobre el teclado, de los ojos sobre la pantalla y del trasero sobre el asiento ergonómico para evitar dolores de cóccix. La felicidad absoluta, sin me preguntan.

NaNoWriMo es el acrónimo de National Novel Writing Month (y por lo tanto debe pronunciarse algo así como “nanoraimo”), es decir, Mes Nacional de Escritura de Novela. Surgió en 1999, en Estados Unidos, cuando una veintena de amigos se propuso un reto: escribir una novela de 50 mil palabras en un mes. El mes de noviembre. El equivalente a 50 mil palabras es un libro de unas 175 páginas, o unas 80 páginas de Word en Times New Roman 12, interlineado sencillo. Tanto les gustó el desafío que al año siguiente repitieron. Y tanto gustó a otras personas que pronto la iniciativa dejó de ser “nacional” y de ejecutarse solo en inglés.

NaNoWriMo: a escribir que se acaba el mundo (o el mes)

Yo voy a escribir, empezando este jueves, de lunes a sábado la Historia Principal (y escribir más de 1,924 palabras al día) y todos los domingos del mes me voy a dedicar exclusivamente al Fanfiction (que no tiene límite de palabras, pero al tener yo la historia completamente definida, el asunto radica más bien en terminar). Mi horario de escritura empieza a las 9 am y termina a las 9 pm, con descansos necesarios durante estas 12 horas.

Lo escribo aquí para dar permiso total de humillarme en caso de no cumplir con lo cometido.

De ahí en más, la invitación está abierta a todos los que quieran participar. A los que me quieran acompañar en la Biblioteca, aquí voy a estar, seguramente. A los que quieran ver de lejitos, cada domingo haré un update del desafío.

Y bueno… ¡nos vemos el 30 de noviembre!

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De soledades a soledades

Me recuerdo muy bien, como en tercera persona, estar sentada en las gradas de la cancha del colegio. Estaría en tercero de primaria. Había perdido a los amigos que me había granjeado durante esos tres años de escuela gracias a mi ya insana obsesión con Harry Potter. Llevaba en ese entonces El Cáliz de Fuego, que era el libro más gordo que compañeros y muchas maestras habían visto. Como no me quería perder una página de libro por jugar a los atrapados, me iba a la biblioteca, donde leí los primeros cuatro libros de la saga sin que nadie me molestara. Eso provocó que si alguien echara de menos mi presencia, se acostumbrara a no verme por ahí a la hora de recreo, lo que me hizo una exiliada. Tenía 8 años y no le hablaba a nadie y nadie me hablaba a mí. Quizá la madre Fracis me hacía plática o algún profesor, pero eso era todo.

Me recuerdo pequeña y viendo a todos los demás jugar. Aunque me esfuerce no recuerdo haber estado triste, pero lo más probable es que sí.

Todavía me faltaría un año para conocer a Karen y para que mi hermana entrara a la primaria junto conmigo. En tercero de primaria era la niña más solitaria de la escuela, todo por ser una pequeña obsesiva.

Ahora que soy completamente analfabeta y no leo y no escribo y no sé cómo diablos citar en APA y me encuentro igual de solitaria, me pregunto en qué diablos me he equivocado en la vida o si esta soledad a la que nos vemos sometidos día a día es más bien una predisposición natural, como la de quemarse bajo el sol o estornudar con el polvo, y que simplemente debo aceptar mi condición.

En mi actual trabajo las cosas se desenvuelven bien en el sentido más austero de la palabra. Nadie me acosa laboralmente ni me mete zancadillas en las escaleras con la intención de verme rodar. Simplemente soy invisible. Lo cual está bien (continuando con la austeridad) porque puedo escapar de vez en cuando y nadie se percata de mi falta. Más bien: me veo obligada a huir para poder respirar. Me paso una hora en el Oxxo, como su fantasma residente, y los empleados me miran como entre indecisos entre correrme u ofrecerme guarida en la trastienda, de lástima. Hace un par de días comencé a ir a la Biblioteca Mauricio Magdaleno, donde encontré a hermanos en soledad. Un anciano que se va a leer un periódico y una enciclopedia todos los días, los estudiantes casuales que prefieren el silencio apremiante de la sala general, las encargadas con cubrebocas y cuchicheos de ratón. Estoy sola en una mesa, dándole la espalda a la ventana y siento que puedo respirar con normalidad.

Comparo la consistencia de ambas soledades.

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Una rana espacial

En una, es opresiva y en la otra, liberadora. En una, me siento como debe sentirse un pez en una pecera con castillos y algas de plástico y que en el fondo un marinero le diga perpetuamente hola, porque es un muñequito, sin poder dialogar con nadie ni salir a desayunar a las gorditas, sin poder chismorrear sobre la nueva secretaria que usa tacones de 15 centímetros todos los días, proeza monumental.

Me sorprendo (como J. D., de la serie Scrubs) de la insignificancia que tomo en mi propia metáfora. Antes, cuando transformaba mis antiguos empleos en alegorías, era yo tripulante de un barco o de una nave espacial. Ahora soy pez beta que morirá en un par de semanas, en el olvido. O eso es lo que siento.

En la mañana, luego de checar la entrada en mi trabajo, me vuelvo a salir, para encaminarme a algún lugarcito en el qué desayunar y leer un fic o un libro en mi Kindle. Me siento en paz, lejana y anónima, pero en paz. Cuando llego a la Biblioteca Estatal, lo que me recibe no es un beso tronado o un Buenos días, sino el cálido abrazo del silencio impuesto. Ahí me estoy hasta que tengo que regresar a mi trabajo a checar la salida y enfilar hacia mi casa, echándome a la bolsa otro día de perfectas nadas.

Experimento lo que uno siente cuando se está en medio de una piscina, de muertito. Flotando, el sol en la cara, los oídos debajo del agua y sólo el gluglu del líquido clorado que se mece por el viento de verano. Es como un día de vacaciones, pero sin familia y sin sin gritos de niños en el tobogán y sin horarios de bufét. Está lloviendo (las colitas de Willa que nos ha nublado toda la semana) y me detengo para apreciar de manera muy consciente lo afortunada de no estar triste en una situación que descrita suena terriblemente angustiosa.

Si les dijera (y lo he hecho, en los momentos de derrota): “Me siento extranjera hasta en mi propia piel y, como dice la Britney, this loneliness is killing me”, quizá podría aceptar llamadas de atención y mensajes de preocupación. Pero como les estoy diciendo: “Soy una rana en una hoja de Loto en un laguito de alguna campiña sin perturbar”, creo que merezco una que otra palmada en la espalda, por haber sacado lo bueno de lo tedioso y por transformar mi rutina en un escape creativo, en el que trabajo y escribo, como siempre quise. Presiento que la yo de 8 años no estaba tan feliz con el acuerdo del olvido y la alienación debido a los libros que leía. Sé que me volqué a leer más, debido a esa soledad (llegando, cuando tenía 11, a leer Los Cuentos de Canterbury sin haber entendido ni pizca), pero hoy me encuentro más sabia (eso quiero creer) y acepto esta condición con calmada resignación.

No sé cuánto vaya a durar este arreglo personal. Una vez que Recursos Materiales me encuentre un escritorio y una silla completa, quizá. El día que Recursos Humanos me niegue la entrada, por trabajar fuera del edificio, tal vez. Pero todo esto terminará, así como termina la compañía y el bienestar, también lo hace la soledad y la incomodidad.

 

Simónides de Ceos no juega al futbol americano porque sabe que la memoria es corta

«Extranjero, ve a decir a los espartanos que yacemos aquí, en obediencia a sus leyes
Epitafio encontrado en el camino de las Termópilas, compuesto por Simónides de Ceos

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Se abre el telón.

Una figura rubia y rubicunda se quita el casco y saluda hacia el público que vitorea desde las gradas. El viento de octubre le pega en la cara y sonríe. Aparece ante nosotros Peyton Manning, quaterback de los Broncos de Denver, luminaria del siglo XXI, celebrando el récord de más pases de anotación en la historia de la NFL, y que ahora le pertenece. Es una figura divina en ajustados calzoncillos blancos. Es el portador del glorioso #areté.

Desde el televisor, una voz surge, en medio de la celebración. La voz del coro. El reportero dice: “Manning, la figura estrella, celebra su nuevo récord. ¿Qué más le queda por hacer al corebac de 38 años? Quizá retirarse y hacer una vida fuera del fútbol”. Esas palabras flotan, como si no lo quisieran, junto al papel picado y junto a las ovaciones del público americano.

“¡Qué idea tan griega!”, pienso. Las becas de fútbol americano, los jóvenes fornidos y tontos cuya única habilidad radica en la de ser inamovibles como montañas, veloces como liebres. Aquiles se moriría de la vergüenza. Jugar, triunfar y, finalmente, retroceder a la oscuridad del anonimato. Vender autos usados, perseguir un puesto político. “Escribir un libro y plantar un árbol”. ¿Qué más le queda por hacer a Peyton Manning? Ser padre de familia o presentador deportivo de las noticias a las tres, actor o líder motivacional. El coro de reporteros reaparece frente al televisor. Visten trajes y llevan micrófonos en las solapas del saco:

☞ “La muerte sería más noble que el olvido”.

Pocos recuerdan que Esquilo luchó contra los persas, en la primera de las Guerras Médicas. El ideal griego de vida. Luchar, triunfar y, finalmente, retroceder a la oscuridad del anonimato. De esta batalla y no de sus tragedias, se glorió el dramaturgo en su inscripción funeraria: De su valor Maratón fue testigo / y los Medos de larga cabellera, que tuvieron demasiado de él. Y así como él, Frínico, Estesícoro de Hímera y Simónides de Ceos deseaban que sus esfuerzos gloriosos contra la invasión del ejército de Darío perduraran eternamente (¡qué palabra tan fuerte es eternidad!), mas su obras líricas y trágicas son las que se empastan y se venden en las librerías de clásicos y son leídas con fruición por nerviosos estudiantes de filología.

☞ El kleos de la letras sobre el de la batalla.

Esquilo se pone frente a Peyton Manning y nos damos cuenta de que no son tan diferentes. El primero porta una barba ciertamente más voluminosa, pero los dos son altos, de espaldas anchas, rubios y con las mejillas quemadas por el sol. A sus redondas cabezas les quedan muy bien los cascos. Pero la diferencia es clara, importante y crucial. Esquilo gana esta ronda, para alegría de Aristófanes, pues Manning no podrá sacudirse del mote de “quaterback”, y en el Almanaque de Deportes del siglo XXII nadie recordará si plantó un árbol o escribió un libro. Escrito sobre piedra, como en un epitafio, aparecerá: “Rompió el récord de más pases de anotación”. No es necesario volver al futuro para saberlo. En la década de Twitter y Youtube, la muerte es más noble que el olvido.

«Una sola cosa le aflige en el Aqueronte: no es que haya dejado el sol detrás, sino que encontró allí los pasillos del Leteo», Simónides, Fragmento 67

Simónides de Ceos es recordado por dos cosas: el epitafio de los trescientos espartanos muertos en el desfiladero de Termópilas y por la anécdota en la que, gracias a su portentosa memoria, identifica los cuerpos desfigurados de los asistentes a una fiesta, luego de morir aplastados por el derrumbe del techo, porque sabía exactamente en donde estaba cada uno. Padre del método de Loci, lírico coral. Su poesía sobrevive en pedazos. Los reporteros le siguen la sombra, pues es Simónides de Ceos el que orquesta esta tragedia.

☞ El olvido es un río y la memoria, una casa de columnas jónicas.

Es aquí, cuando hace su entrada triunfal el anacrónico bufón: en julio de 1968, en México, un partido de fútbol americano desembocaría en una riña entre estudiantes del IPN y preparatorianos de la UNAM. El cuerpo de granaderos desintegra el conflicto y entra en las instalaciones del Politécnico. Jóvenes son arrestados y los ánimos se calentaron. A partir de este momento, una madeja de eventos se desenvuelve, como si fuera cayendo de una larguísima escalera: marchas, pliegos petitorios, manifestaciones. Voces sin rostro, anónimos armados con megáfonos. Hasta que, el 2 de octubre del mismo año, las Moiras cortan de tajo el hilo que cae.

Y caen los cuerpos, también. Caen y no dejan de caer. Los documentales que aparecen cada año con puntualidad en el televisor lo dicen. El profesor señala el lugar exacto en el que el estudiante en turno cayó, con una bala atravesada en el cráneo. Si Simónides hubiera estado ahí (en toga blanca y barba larga), ¿hubiera podido recordar el lugar exacto en el que cada persona cayó fulminadas, como por la flecha de Paris? Si Simónides viviera hoy, ¿recordaría con exactitud la ubicación de la fosa en la que yacen 43 cuerpos desfigurados? Dos epitafios:

«Porque perdimos preciosa juventud y tomamos a cambio la nube irregular de la guerraSimónides, Fragmento 2
«Porque una bruma propia de Éstige ha sobrevivido y la juventud de nuestro país toda ha perecido.», Esquilo, Los persas

Los ríos de gente que caminan por las arterias de las polis se muerden los labios. Llevan velas en las manos y consignas pegadas en las espaldas. El coro anuncia desde los puentes peatonales, donde son testigos de “el hacer memoria”:

☞ “La violencia más cruel es el anonimato”.

Los griegos pensaban que la escritura fijaba, y los epitafios son la primera manifestación que es creada para ser leída. Recordar para no morir. La memoria, según el sabio de Ceos, es un palacio de columnas fuertes y gruesas, capaz de soportar el peso de una vida entera. Poesía violenta. Una pica sobre el granito intransigente. Martillo, martillo sobre la pica. [Cac, cac, cac]. Clave de gato. Hashtag: Vivos se los llevaron, vivos los queremos.

Violencia es olvidar. Enterrar bajo la arena, la que se atora en las suelas de las sandalias, a todas esas voces sin megáfono y sin cuenta de Instagram. Vivir, crecer, morir. El ideal de la vida natural. Manning y Esquilo se llevan la mano al pecho. La realidad no es como los nueve poetas líricos de Quintiliano la han pintado. Los jarrones de terracota encontrados en el Peloponeso han mentido. Esto no es Esparta.

☞ Sin embargo, recordar es un acto de violencia.

El corifeo se levanta con un gruñido y cientos de voces se escuchan al mismo tiempo. La parábasis. “Yo no tuve relaciones sexuales con esa mujer”, dice el presidente. El sonido de un avión de pasajeros que colisiona contra un Polifemo de hierro y cristal. “Aquí en Chernobyl nos va de maravilla”, anuncia una voz de fuerte acento. El avión se estrella de nuevo y de nuevo y de nuevo. Las Moiras se han encontrado con que la madeja del año 2000 está hecha de acero inoxidable.

«Siendo mortales debemos tener pensamientos mortales, de modo que para todos los graves y cejijuntos, a tenerme a mí por juez, la vida no es realmente vida, sino catástrofe.», Eurípides, Alcestis

Me levanto de mi lugar, pues el único rostro que no aparece en las fotografías es el del fotógrafo. El testigo de la catástrofe es el más cruel de los animales.
Yo, sin nombre, sin musa, soy un número y un pedazo de carne atravesado por ondas electromagnéticas, y te señalo a ti, público en las gradas que aplaude a los actores de esta absurda y patética tragedia. ¡Tú, el culpable!, gritan desde el escenario. Tú el que recuerda, el que olvida, el que estipula las leyes. Deus ex machina arbitrario, Érebo de los rincones hasta el fondo de los salones, el horror de las cuentas sin fotos de perfil. ¡Tú, Sociedad! ¡Tú, Naturaleza humana! Aquí yacemos en obediencia a tus leyes.
Peyton Manning, corebac de los Broncos de Denver, no podrá escribir un libro ni plantar un árbol, en las manos ya no le cabe más que un balón ovoide. No se tallarán los nombres de los estudiantes fulminados en ninguna roca, pues ni la casa de columnas jónicas soportará su peso. Esquilo no deja de escribir acerca de Orestes y de la violencia. Clitemnestra gime: ─Fue la Moira, la que me indujo a hacerlo. Orestes, inflexible y furioso, recuerda: ─También ahora la Moira dispuso tu muerte.

☞ ¡Quitaos las máscaras! V de Venganza no os salvará.

Guy Fawkes y su Conspiración de la Pólvora nunca pensaron acabar en una fábrica clandestina, en medio de alguna selvática ciudad brasileña, en las que se producen máscaras en serie. Del uno al diez mil en una jornada de 16 horas. La revolución hacker del 2010 prometió no olvidar y no perdonar la incursión del gobierno americano al terreno anónimo de las inter-redes. Sin embargo, los hackers adolescentes nunca se acordarían de la pornografía infantil en el tablero /b/ de 4chan. Un drama satírico. Violencia eterna. No hay espacios para otro pase de anotación más.
Simónides se pasa el dedo índice por el cuello.

Se cierra el telón, apago el televisor. “¡Qué idea tan griega!”, vuelvo a pensar. Simónides de mCeos no juega al futbol americano porque sabe que la memoria es corta.

Consummatum est.

Emoji review: el 🤠 y su correspondencia con el estado de mi espíritu

No sé qué hora es y creo que he perdido la cabeza.

Pero en una nota un poco más, uhm, (cómo decirlo), ABSURDA, ya que en general la vida insiste en demostrarme que nada de lo que pueda tener un poco de decencia es real ni duradero, les traigo un post divertido y buena onda. Todo esto se me ocurrió cuando entre huelgas, chicles en los zapatos, reuniones secretas a horas antinaturales y la serie de “Maniac” en Netflix decidí que la mejor manera de perder la cabeza era poner a todo volumen Be The Cowboy de la poeta laureada, Mitski, y leer disertaciones acerca de si el arte de la Cueva de Palmira obedecía al arte por el arte o a deseos chamánicos. Una cosa llevo a otra y pasé 3 horas pensando en el emoji del vaquero.

Este emoji me ha ayudado a sobrellevar esto con un poco más de gracia, quiero suponer. En los mensajes no me veo tan desesperada cuando digo:

Oigan 🤠 deseo el dulce abrazo de la muerte.

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Todo se torna más suave, más entendible. Esta desesperación no es lo suficientemente seria como para no usar un emoji de manera irónica. Le he tomado cariño al pequeño sujeto, quiero decir, por lo que comencé a fijarme en su cambio de aparencia entre plataforma y plataforma, y por eso aquí les presento la lista definitiva y las calificaciones del emoji de vaquero y mis opiniones científicas y académicas acerca de cada hermosa representación. Si algún cazador del arte, en un futuro muy lejano, llegara a encontrar este post, díganle que esto es arte por el arte (¿o deseos chamánicos?).

Mis referencias son de: https://emojipedia.org/face-with-cowboy-hat/

1. 

apple cb

Por alguna extraña razón, no puedo confiar 100% en este tipo. Sé que es lo que podría llamar “el original” pero el uso de los ojos ovalados y la sonrisa con sólo una fila de dientes me hace creer que de ser esta una persona sería el típico modelo de stock que se ve equis y rubio y tonto, y que algún cibercafé usaría como imagen empresarial. Siento que no se ha ganado su título de vaquero, ¿saben?

Calificación: 5/10

 

2.

cb google

Este dude parece que va directo al Club de los Pequeñines. Este dude no me puede ayudar a representar lo que quiero decir cuando yuxtapongo el sustantivo “muerte” o “aflicción” junto con este emoji. Este es un emoji puro que quiere ir a su primer rodeo. No puedo mancharlo con mi perverso sentido del humor.

Calificación: 6/10

 

3.

cb microsoft

No sé ustedes, pero este vato tiene problemas. Serios. No confío en él. ¿Por qué se tapa los ojos con el sombrero?, ¿por qué con su sombrero intenta mostrarnos su “potente virilidad”?, ¿por qué sonríe como si ocultara algo? No sé, pero me da como vibras de No Country for Old Men. De que, vibras psicópatas. De que, uhm, este dude es de Monterrey y me dijo “pinche naca de provincia” en Twitter, type of thing. De que este dude voto por El Bronco. Culpo directamente a Bill Gates de esta cosa.

Calificación: 0/10

 

4.

cb samsung

A veces quiero defender a Samsung (porque honestamente sus celulares no me han explotado en la mano mientras canto las de Carly Rae Jepsen a todo volumen), pero a veces es difícil y tengo que reconocerlo. Este vaquero les salió idiota. No creo que tenga malas intenciones, pero no creo que sea capaz de reconocer una vaca de un caballo. Me gusta su sombrero, tho.

Calificación: 6/10

 

5.

cb whatsapp

Me cae bien este morro porque es el que me acompaña la mayoría del tiempo. Es como el tipo de vaquero (gay, obviamente) que de repente te hace compañía en alguna feria o baile de rancho cuando estás completamente ebria y devastada cerca de algún cubo de heno, llorando por las oportunidades perdidas. ¿Saben cómo? O sea, este dude me sacaría a bailar el Payaso de Rodeo y no le diría que no. Es buen compa y pone rolas chidas en las fiestas.

Calificación: 9/10

 

6.

cb twitter

Este vaquero es mi mejor amigo. Cuando hablo con él, a un lado del abrevadero, él sabe escuchar. Una vez me regaló una corona de margaritas y yo le prometí que le traería de la ciudad el libro de historias que su abuela le contaba en las noches, cuando no podía dormir. Es el héroe sentimental de mi novela pastoril. Sabe usar su sombrero bidimensional con gracia y entiende mis arrebatos histéricos y subtuits furiosos, que le causan una tonta ternura. ¡Este dude me manda fotos de vacas dormidas y yo le digo que lo amo y él sólo se ríe! Ugh, ¡qué hermoso vaquero!

Calificación: 10/10

 

7.

cb facebook

Este es como el primo menos carismático de mi amigo vaquero de Twitter. Siempre que estoy en Facebook espero que salga, pero aparece este dude, más definido, con un sombrero más grande que su cabeza, pero sonriendo de manera honesta. Es como el recuerdo aguado de alguien a quien amaste con fuerza cuando eras niño. Como dicen los aedos de nuestros tiempos, La Oreja de Van Gogh, este vaquero es “hoy mi premio de consolación”. ¡Qué melancolía!

Calificación: 7/10

 

8.

cb emojione

Not to be a bigot, pero ¿este emoji qué? Sé que es de un código abierto y está disponible para todos en la red, pero honestamente… su sombrero es ridículo y parece más bien recolector de fresas y no un hombre que sabe el arte de domar a un caballo. Es un timo.

Calificación: 3/10

 

9.

cb emojipedoa

Este rip off del emoji de Apple con sombrero gigante me dijo que se llamaba Don Domodin y era dueño del Domodin de Dimsdale, donde presentan a Crash Nebula sobre hielo.

Calificación: 5/10

 

10.

cb emojidex

Miren, no odio a los weaboos, porque de los 13 a los 15 yo también caía en los tramposos encantos de la cultura uwu, pero esto es una ofensa. Siento que este emoji es un morrito de 15 años que está haciendo cosplay de algún personaje de One Piece y simplemente no puedo respetarlo. ¿Las chapitas y la sonrisa enorme y falsa? Miss me with that weaboo shit. Ugh, de verlo me dan ganas de hacerle bullying.

Calificación: 1/10

 

11.

cb htc

Este vaquero pequeñín me recuerda a un compañero del gimnasio que era muy pequeño (un metro cincuenta quizá) que tenía unas largas pestañas, ojos de becerro y los brazos de La Roca en plena flexión. Por ser chino, siento que este emoji es como una versión de Jackie Chan en la de Shangai Noon (¡excelente película por cierto!). Estoy esperando a verlo repartir patadas voladoras y espero muchas cosas de él.

Calificación: 7/10

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¡Amigues, lectores, testigos! Gracias por haber asistido a mi Ted Talk y los espero con ganas para el próximo Emoji Review y les dejo una rolita de mi mamá Mitski que ayudo a escribir todo esto. Grax.

Letanía en la cual ciertas cosas están tachadas, de Richard Siken

Cada mañana, las hojas de maple.

Cada mañana otro capítulo donde el héroe pasa su peso de un pie al otro. Cada mañana las mismas grandes y pequeñas palabras deletreando deseo, deletreando Estarás siempre solo y luego morirás.

Así que, tal vez, quería darte algo más que un catálogo de actos no-definitivos, algo más que esta desesperación.

Querido Así-y-Así, siento no haber asistido a tu fiesta.

Querido Así-y-Así, siento haber asistido a tu fiesta

y seducirte y haberte dejado magullado y arruinado, pequeña cosa triste.

Quieres una mejor historia. ¿Quién no?

Un bosque, entonces. Árboles preciosos. Y una mujer cantando.

Amor en el agua, amor bajo el agua, amor, amor y así sucesivamente.

Qué dulce mujer. ¡Canta mujer, canta! Y por supuesto, ella despierta al dragón.

El amor siempre despierta al dragón y de repente

llamas por todas partes.

Sé que piensas que soy el dragón, eso sería tan como yo, pero no lo soy. No soy el dragón.

Tampoco soy la princesa. ¿Quién soy yo? Soy sólo un escritor. Escribo cosas. Camino a través de tus sueños y me invento el futuro. Claro, hundo el bote del amor, pero eso viene después. Y sí, trago cristal, pero eso viene después.

Y la parte en la que te empujo al ras de la pared y cada parte de tu cuerpo roza los ladrillos, cállate

estoy llegando a eso.

Durante un tiempo pensé que yo era el dragón. Creo que te puedo decir eso ahora. Y, por un tiempo, pensé que también era la princesa, rosa algodón de azúcar, ahí sentada en mi habitación, en la torre del castillo, joven y hermosa y enamorada y esperándote confiadamente

pero la princesa se mira en el espejo y sólo ve a la princesa, mientras yo estoy aquí, bregando por el barro, respirando fuego y siendo apuñalado hasta la muerte.

Bien, entonces soy el dragón. Vaya cosa.

Tú todavía puedes ser el héroe.

¡Obtienes guantes mágicos! ¡Y un pez que habla! ¡Consigues ojos como linternas! ¿Qué más quieres?

Te cocinaré panqueques, te llevaré a cazar, te hablaré como si realmente estuvieras ahí.

¿Estás ahí, cariño? ¿Me conoces? ¿Está funcionando este micrófono?

Déjame hacerlo bien de una vez por todas, para que conste, déjame prepararte algo de crema y estrellas que se convierta en, te sabes la historia, simplemente el cielo.

Dentro de tu cabeza escuchas un teléfono timbrando y cuando abres los ojos, solamente un claro con un venado dentro. Hola cariño.

Dentro de tu cabeza el ruido del vidrio, el ruido de un accidente automovilístico, mientras los carros dan vueltas y explotan en cámara lenta.

Hola cariño, perdóname por eso.

Perdón por los codos huesudos, perdón por vivir ahí, perdón por la escena al fondo de la escalera y por estropear todo al decirlo en voz alta.

Especialmente eso, pero debí haberlo sabido.

Verás, yo tomo las partes que recuerdo y las coso juntas de vuelta

para crear una criatura que haga lo que digo o que me ame de vuelta.

No estoy muy seguro de por qué lo hago, pero en esta versión tú no te estás dando a comer a un hombre malo

contra un cielo negro salpicado de pequeñas luces.

Me retracto.

Las paredes de madera como ataúdes. Esos términos de las peores profundidades.

Me los llevo.

Aquí está la repetida imagen del amante destruido.

Tachada.

Manos torpes en un cuarto oscuro. Tachadas. Hay algo debajo del entarimado. Tachado. Y aquí está el tabernáculo reconstruido.

Aquí está la parte en donde todos eran felices todo el tiempo y todos estábamos perdonados, a pesar de que no lo mereciéramos.

Dentro de tu cabeza escuchas un teléfono timbrando, y cuando abres los ojos, te estás lavando en el baño de un extraño, de pie en una toalla amarilla, junto a la ventana, sólo a veinte minutos de distancia de la cosa más sucia que conoces.

Todas las habitaciones del castillo excepto esta, dice alguien, y se repente oscuridad, de repente, solamente oscuridad.

En la sala, en el patio destruido,

en la parte trasera del auto mientras las lucen pasan. En el gorgoteo y ruido del baño del aeropuerto, bañados en la luz antinatural de la farmacia, mis manos luciendo extrañas, mi cara extraña, mis pies demasiado lejos.

Y luego el avión, el asiento en la ventanilla frente al ala con una vista del ala y una pequeña bolsa de maníes.

Arribé a la ciudad y nos encontramos en la estación, tú sonriendo de una forma que me asustaba. Al fondo del callejón, a la vuelta de la sala de juegos, subiendo las escaleras del edificio, al pequeño cuarto de los grifos rotos, tus dibujos, todas tus cosas,

miré fuera por la ventana y dije

Esto no es muy distinto a casa

porque no lo era

pero entonces noté el cielo negro y todas esas luces.

Caminamos por la casa hacia el tren elevado.

Todos esos edificios, todo ese vidrio y el brillante y hermoso aire mecánico.

Estábamos dentro del vagón y comencé a llorar. Tú también estabas llorando, sonriendo y llorando de una forma que me ponía más histérico. Me dijiste que podía tener todo lo que quisiera, pero no pude decirlo en voz alta.

De hecho, dijiste El amor, para ti, es más grande que el típico amor romántico. Es como una religión. Es aterrador. Nadie querrá dormirse contigo nunca.

Muy bien, si eres tan grandioso, tú hazlo

aquí está el lápiz, hazlo funcionar.

Si la ventana está a tu derecha, estás en tu propia cama. Si la ventana está sobre tu corazón, y está cerrada a cal y canto, entonces estamos respirando agua de río.

Constrúyeme una ciudad y llámala Jerusalén. Constrúyeme otra y llámala Jerusalén.

Hemos venido de Jerusalén, donde no encontramos lo que buscábamos, así que hazlo de nuevo, dame otra versión

un cuarto diferente, otro pasillo, la cocina pintada una y otra vez

otro plato de sopa.

La historia completa del deseo humano tarda aproximadamente setenta minutos en contarse.

Desafortunadamente, no tenemos ese tiempo.

Olvídate del dragón, deja el arma en la mesa, esto no tiene nada que ver con la felicidad.

Adelantémonos al momento de la epifanía, en luz dorada, mientras la cámara se desliza a donde está la acción,

junto al lago y retroiluminada, y enfoca, lo suficientemente cerca para observar los aros azules de mis ojos mientras digo algo horrible.

Nunca me gustó ese final tampoco. Más amor que fluye hacia el camino equivocado, y yo no quiero ser el tipo de persona que dice el camino equivocado.

Pero no funcionan, esas tachaduras, ese constante replegamiento de los pliegues.

Hubo partes buenas, claro,

todo dulces de limón y bolas de melón, riendo en pijamas de seda

y los granos de azúcar en las tostadas, amor amor o lo que sea, toma un número. Siento tanto que sea una historia tan mala.

Querido Perdón, sabes que hace poco tuvimos dificultades y hay muchas cosas que quiero preguntarte.

Lo intenté en aquella ocasión, en la preparatoria, en el segundo almuerzo, y de nuevo, años después, en la piscina clorada.

Te sigo hablando acerca del auxilio. Todavía no poseo esos lujos.

Te he dicho de donde he venido, así que ponlo todo junto.

Nos aferramos a nuestros vientres y rodamos por el piso…

Decir esto debería significar risa, no veneno.

Quiero más puré de manzana. Quiero más asientos reservados para los héroes.

Querido Perdón, te guardé un plato.

Deja de trabajar en el patio y entra a comer.

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Poema que traduje en 2015 para Letras, y ahora traigo a la vista de nuevo porque Pablo y Arely descubrieron a Siken hace poco. Suframos todos juntos.

La consistencia de las oficinas a deshoras: un ejercicio en la futilidad

Abrí los ojos a las 5 de la mañana, creyendo que eran las 7 y luego, al intentar dormirme de nuevo, no pude creer que la alarma sonará las 2 horas después en la que debía, porque yo acababa de cerrar los ojos, pensando “si sonara la alarma ahora mismo, quedaría como idiota”. Quedé como una idiota, pero de todos modos hice el esfuerzo de levantarme e irme a mi (oh dioses) nuevo empleo.

De saber cómo soy, de saber la retahíla de tonterías que pienso de cada casual conversación, o del sonido de los tacones y zapatos que suben escaleras con prisas, estoy casi segura de que la persona que me extendió mi nombramiento (un desconocido amable pero indiferente, de esos que abundan ahí) me lo hubiera arrebatado de las manos y me mandaría hacia los soldados que en la entrada canjean armas por juguetes y nuevos billetes de Benito Juárez. “Llévensela lejos, donde nadie la encuentre”. Me imagino pequeñísima en el horizonte, arrastrada por un pelotón. Me imagino los disparos al unísono, a lo lejos. Escapismo, le dicen.

Hago un esfuerzo monumental: quiero huir, pero no lo hago. Quiero pararme de este nuevo escritorio y de este nuevo asiento y alejarme, pero no lo hago. No me malinterpreten: agradezco muchísimo tener un trabajo y poder tener un medio para continuar acrecentando mi colección de sombras para los ojos. O sea, que si pudiera evitarlo, lo haría, pero ¿quién no lo haría? Pienso que esa vida de bohemios intelectuales que tanto añoraba a los 13 años no es precisamente una vida barata. Por algo LORD FUCKING BYRON, en su calidad de noble descarado, es el bohemio por excelencia. Pero YO estoy atada a esa simple vida de pequeño consumista capitalista que no ha hallado la fórmula para esquivar el gloriado trabajo burgués. ¡Ah, la burocracia! ¿Qué acaso mi trabajo no es el sueño de todo medioclasero del siglo XVIII?

Vuelvo los pasos hacia la cordura. Esto se llama Ansiedad. Una condición que me es familiar en estos contextos de absoluta alienación. No sé qué hago aquí, no sé cuál es mi tarea, nadie sabe nada más que lo suficiente para hacer funcionar la gran maquinaria que habita este edificio. Nadie me conoce y yo no los reconozco de vuelta. Tiemblo de terror. Si estuviera en una obra de teatro, y mi función fuera la de hacer preguntas (como un coro a la compostura), diría en voz alta: SEÑORES, DE QUÉ DEMONIOS SE TRATA ESTO. He bromeado lo suficiente acerca de como las oficinas gubernamentales funcionan sostenidas en un palito de paleta y un clip como para saber que realmente no es una broma. Como ese truco de las sillas en el que cuatro personas se acuestan en las piernas de los otros, y una a una van quitando una silla, hasta formar un cuadrado que se sostiene en el aire. Si levanto el fondo de esta oficina, presiento, veré detrás un público, personal de luces, un director, una orquesta completa, todos mirándome de vuelta, como diciendo que vuelva a lo mío. El Truman Show Godín.

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Estoy en mi escritorio, perforando hojas que deben ir en un cartapasio verde y rígido. Me tomo mi tiempo, alineando la hoja A4 para que en la carpeta no se vean fuera de lugar. Está lloviendo y nadie dice mucho. Se escucha el “chac, chac” de la hoja que se corta. Acomodo los memos de viejos a nuevos, primero enero 2018 y hasta el final agosto 2018. Membreto la carpeta, agregó la información adecuada a transparencia, guardo el cartapasio en un librero detrás de mi y vuelvo a sentarme a mi escritorio, pensando en cuál será la forma más rápida de acabar con mi vida ahora que ya no tiene sentido mi presencia en aquel lugar. Veo el reloj de la computadora: 8:34 am. Me quedan otras 7 horas de silencio e inutilidad. Chac, chac.

Me regaño a mí misma. “A la próxima, tómate 8 horas en hacer esto”.

¿Se acuerdan de mi Métrica Jane Austen para catalogar a mis jefes y/o situación laboral?

Bueno, pues ahora me encuentro en una danza sin sentido entre jefes, directores y secretarios que poca intención tienen de mandarme, torturarme o tomarme como su pequeña mascota, por lo que no podría hablar libremente de su relación conmigo. Al parecer, aquí yo soy dueña de mi tiempo y yo debo administrarlo como crea conveniente. No me queda de otra más que autocatalogarme y escojo al personaje austiniano que mejor me define: la crédula Catherine Morland, y este lugar es La Abadía de Northanger y yo estoy esperando encontrar trabajo riguroso, esfuerzos concienzudos y metas gloriosas, pero sólo hallo un teclado que no sirve, Windows XP, Mozilla y un garrafón que no surte agua caliente. Busco refugio en los baños, pero sólo encuentro olor a hospital abarrotado de enfermos. Salgo al patio, que huele a humo de cigarro. Atravieso el puente y del otro lado me saludan los techos de casas a las que nunca entraré, cuyos habitantes nunca conoceré.

Catherine buscaba en el Bath de la Regencia terrores, desmayos y fantasmas como en los Misterios de Udolfo. Quizá yo buscaba ese furor casi religioso de las oficinas japonesas (me enchinaba de la emoción al pensar en Estupor y temblores de Amélie Nothomb: ¡ah, las delicias del terrorismo godín!). Pero la cuarta transformación no ha llegado en este cubículo de mazmorra y debo someterme al chac, chac de la hoja bond que se perfora, al tac, tac de la plataforma llenada, al sigh y yawn intermitentes.

Me queda la salida de Amélie: defenestrarme en la primera oportunidad.

Para mi suerte, este edificio no tiene ventanas.